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domingo, 18 de enero de 2015

Amor e indignación. El alcance de un puñetazo Escrito por Antonio Duato

 


XIMO2
Por Joaquín García Roca, sociólogo y teólogo, del Consejo de Iglesia Viva,

Las manifestaciones del papa Francisco, en conversación informal con periodistas, en las que solicita que no se insulte ni provoque la fe de los demás “porque será natural e inevitable que alguien dé un puñetazo a quien ofende a su madre” han planteado cuestiones que cada una de ellas merece una atención diferenciada.
1.- Algunos andan preocupados por el alcance del “puñetazo”. ¿Cómo un papa que enfatiza la misericordia y el perdón ha podido justificar una reacción violenta? ¿Dónde queda aquello de la otra mejilla, se preguntan con evidente asombro? Ciertamente que un puñetazo ni es mortal ni incita a la guerra santa ni inicia una revuelta ni justifica medidas violentas; simplemente indica que el amor sin indignación no es amor en absoluto. Quien es incapaz de airarse, sólo conoce la apatía de la indiferencia. Un amor decidido y eficaz es un amor airado. Por eso el cristiano se indigna airadamente de los productores de pobreza, de los políticos corruptos, de los provocadores gratuitos, de los saboteadores de la convivencia. Quizá el mundo cristiano necesita más personas indignadas que den puñetazos ante los despropósitos e injusticia. No se está justificando asesinatos, violencias ni terrorismos sino indicando simple y decididamente que no todo es tolerable. Con la imagen del puñetazo se indica que la suavidad y amabilidad en cualquier circunstancia no equivale al amor cristiano sino que muchas veces esconde cobardía y flojera.
2.- El gesto físico de repulsa, que escenifica el Papa en la conversación, ante la provocación de lo que se considera sagrado en una determinada sociedad, en ningún caso pretende alimentar la violencia ni justificar la acción asesina, sino al contrario pretende desactivarlas. Para ello, no concede ninguna razón a los que mataron –con el asesinato la perdieron toda– pero intenta comprender a los millones de personas que en nombre de sus convicciones religiosas piden respeto airadamente en las calles de medio mundo. Cuando la humanidad se introduce peligrosamente en la confrontación entre multitudes que practican el derecho de expresión y multitudes que practican el derecho a ser respetadas en sus creencias, se necesitan lideres mundiales que ayuden a desactivar el círculo la lógica de la acción-reacción que siempre es un poder autodestructivo productor de barbarie y muerte. Un líder religioso como Francisco, que ha lanzado carcajadas contra el poder absoluto del dinero y del capitalismo y ha erosionado el poder eclesiástico en todas sus formas, está legitimado para desestabilizar el poder absoluto de los medios de comunicación.
3.- ¿Es la blasfemia una provocación intolerable? ¿O quizá el derecho a la expresión debe aceptarse sin reservas ni limites porque es una conquista irrevocable e incondicional del mundo civilizado? Cuando la Ministra de Justicia francesa se opone frontalmente a las declaraciones del Papa en razón de considerarse la patria de la irreverencia, consagra un principio peligroso para la convivencia cívica. Por las mismas razones, que desautoriza los límites al derecho de expresión, deberían ser intocables los Whatsapp, que hablan de amenazas y predican la irreverencia con el orden público: al fin y al cabo son manifestaciones del mismo derecho de expresión. La finura francesa puede dar más de sí.
4.- Al considerar que la libertad de expresión es un núcleo básico, incondicional y absoluto de la civilización occidental, se añade un elemento nuevo, a saber, que quien la matice o simplemente la someta al criterio del buen gusto o al sentido común se considerará un hereje contra la razón ilustrada y un atentado contra la modernidad y los valores de occidente. Ya no estamos ante un agravio y una represalia condenable por provocar muerte, sino ante un conflicto de civilizaciones. El resultado es tremendamente peligroso por las consecuencias que produce, se logra blindar nuestros países a los pasajeros sospechosos, se evita el contagio de los inmigrantes que se declaran sobrantes, se temen a las minorías sociales, culturales y religiosas que con sus estilos de vida cuestionan los nuestros y merecen un control especial; con lo cual se justifica el cierre de fronteras y se impide la movilidad de las personas ante un clima social irracional. El control de aeropuertos, las leyes restrictivas sobre el orden público, la negación de otros derechos civiles como el de manifestación están servidos y justificados a causa del miedo frente al portador de otra civilización incompatible. Sin embargo, las civilizaciones no entran en conflicto sino que lo que chocan es lo peor de cada una de ellas alentados por las tensiones acumuladas en el interior de la única civilización global. Unos y otros luchan por el poder y la influencia, con los mismos medios de comunicación, con sus tarjetas de crédito, con sus agencias globales de financiación, con las redes e Internet. Por debajo del choque de civilizaciones hay una civilización global que debe humanizarse entre todos con pedagogía social y estrategias pre-políticas, a la que el Papa hace una contribución modesta y razonable.
5.- En esta cultura global, no cabe ni el terrorismo que mata ni el desprecio arrogante de las convicciones del otro. Ciertamente, hay que tutelar la risa y la carcajada, hay que promover firmemente el derecho a la vida y el derecho de expresión, pero con la misma firmeza hay que defender también todos y cada uno de los derechos civiles, sociales y políticos. Frente al terrorismo, que mata, no debe haber tregua, pero la reacción no puede ser meramente policial y militar sino que debe implicar el compromiso democrático a favor de la justicia, tanto penal como redistributiva; entonces la libertad de expresión no responderá sólo a las leyes del mercado sino que se someterá al interés general. No se puede confundir la civilización global con una libertad más interesada en producir beneficios para pocos que justicia para muchos. Existe fundamentalismo en cualquiera secta religiosa, y también existe un fundamentalismo de la propia razón cuando la antepone al interés general y a la paz social. Sólo de este modo se puede afrontar un futuro global e interdependiente.
6.- Cuando la humanidad se introduce en esta espiral de acción-reacción se necesitan mediadores mundiales que desde la arena y en el interior de fuerzas contrapuestas llamen al sentido común, detengan las aguas agitadas de la rabia y el resentimiento, y favorezcan la paz a través del encuentro de quienes hoy están en trincheras contrapuestas y excluyentes. Para la nueva civilización se necesitará tanto la verdad de los que defendemos la libertad de expresión como la verdad de lo que defendemos el respeto a las creencias de las personas. Para esta operación no sirve la batalla de la represalia, ni tampoco instalarse en el “o con nosotros o con los terroristas”, sino que es necesario otro camino capaz de tutelar la libertad de expresión y la diversidad cultural y religiosa. La manifestación informal y distendida del papa resulta, de este modo oportuna, adecuada y pertinente en el fondo y en la forma.
  • El texto más completo de las declaraciones papales en el avión puede leerse en Vatican Insider que reproduce también Religión Digital.

viernes, 16 de enero de 2015

Para después del Adviento Gabriel Mª Otalora

Echamos en falta a los profetas del presente, aunque sería más acertado decir que el problema es que no les reconocemos. Así que cuando llega alguno con tanta claridad como el Papa Francisco, la esperanza renace y con ella, la alegría también. Pero una vez pasados los primeros momentos, la labor del profeta nos interpela a cada uno, no en genérico.
Alegría, esperanza, compromiso con un mundo mejor, ejemplo, son actitudes cristianas que se nos han puesto delante y no precisamente desde la periferia, como ha ocurrido tantas veces con profetas que daban testimonio desde los ambientes marginales de la sociedad. En esta ocasión, el profeta que nos ha sido dado conocer llega investido de poder y nos habla y actúa con carismas de jefe de la iglesia católica. De ahí el desconcierto. Cuántas veces hemos soñado un profeta no como Jeremías, en el destierro, o como tantos que han salido al mundo allende nuestras fronteras culturales para acabar martirizados por su fe; sino alguien de los nuestros, cercano, y con posibilidades de que “los que mandan” le respeten en las formas cuando se pone a cambiar las cosas.
Pues ahí lo tenemos, un profeta del siglo XXI para que nos libere de nuestras penumbras revestido nada menos que como cabeza de la iglesia católica, diciendo cosas y dando ejemplo de audacia y humildad como hacía tiempo no se conocía en los medios de comunicación. Y de ahí nuestro desconcierto, porque ahora nos empieza a tocar a todos, a obispos, a todos los demás, a nosotros: se nos pide ya secundar las enseñanzas proféticas de Francisco para generar el cambio a nuestro nivel, en nuestras pequeñas comunidades con actitudes renovadas, consecuentes y valientes.
Por fin los obispos españoles han salido del cascarón para denunciar lo que está ocurriendo con los inmigrantes. Algo es algo para romper la sonatina de que el gobierno de turno persigue a la iglesia. A la curia de los cardenales ya les dio un buen repaso a sus mediocridades y está empeñado en el cambio real de estructuras y paradigmas en la Iglesia. Y qué pasa con los laicos que nos decimos alborozados por la presencia de Francisco Papa, ¿reconocemos el brillo del evangelio en los gestos y vientos que él está insuflando? ¿Nos interpela hasta movemos con hechos en su dirección? Me viene a la cabeza el filósofo Joan-Carles Mélich, que encuentra en Nietzsche luz para el camino, cosa que yo no he sido capaz de ver en sus textos. Pero hace una diferenciación muy interesante para este tiempo con Francisco como profeta de lujo. Mélich reniega de Kant y de la moral porque (ver su Ética de la compasión) la moral se ha quedado en teorías, en un código absoluto del deber frente a la experiencia de la práctica que nos demanda el dolor del otro, el del prójimo. “Ser ético es creer que la peripecia del otro es mi problema”, afirma en otro de sus libros.
A pesar de que no le va la metafísica a Mélich, y de que moral y ética no creo que se contrapongan en la práctica, este filósofo nos da una llamada de atención muy seria recordando con otras palabras que una fe sin obras es una fe muerta. Que la moral por muy ciencia y sabia que sea, puede ser incluso contraproducente cuando sirve es de parapeto para no vivir el evangelio. Podemos saber mucho de moral y comportarnos a diario con la indiferencia del escriba y el sacerdote de la parábola del buen samaritano.
¿De qué nos sirve pasar decenas de Advientos y tener el profeta soñado entre nosotros, si no nos reconocen a diario por nuestros hechos de amor cristiano? 

El teólogo Juan José Tamayo: “Los nuevos aires del papa Francisco aún no han llegado aquí”

 teinteresa


El teólogo Juan José Tamayo, crítico con la jerarquía eclesiástica, ha lamentado hoy que el cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, haya vetado que pueda impartir hoy una conferencia en una parroquia y ha denunciado que “los nuevos aires del papa Francisco aún no han llegado aquí”.
El teólogo Juan José Tamayo, crítico con la jerarquía eclesiástica, ha lamentado hoy que el cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, haya vetado que pueda impartir hoy una conferencia en una parroquia y ha denunciado que “los nuevos aires del papa Francisco aún no han llegado aquí”.··· Ver noticia 

•Para entender el terrorismo contra Charlie Hebdo en París Leonardo Boff, teólogo y escritor



Una cosa es indignarse, con toda razón, contra el acto terrorista que acabó con los mejores caricaturistas franceses. Se trata de un acto abominable y criminal, imposible de ser apoyado por cualquiera que sea.
Otra cosa es buscar entender analíticamente por qué tales sucesos terroristas ocurren. No caen del cielo azul. Detrás de ellos hay un cielo oscuro, hecho de historias trágicas, matanzas masivas, humillaciones y discriminaciones, cuando no de verdaderas guerras como las de Iraq y Afganistán que sacrificaron vidas de miles y miles de personas o las obligaron a marchar al exilio.

Sigue el camino hacia la guerra en Ucrania Ernesto Viento

 
 
 
Hay que rebuscar en la prensa del día, entre noticias sobre el islamismo o el fútbol, para encontrar la noticia del día (con permiso del tsunami económico provocado por las decisiones sobre el tipo de cambio del franco suizo, cuyo impacto veremos en los próximos días y que ya se está cobrando las primeras grandes víctimas). Se trata de la decisión del gobierno de Ucrania de desplegar unidades militares en el este de país, lo que supone probablemente la cuarta movilización del ejército ucraniano, y una ruptura de facto de la tregua con los novorrusos. Si se confirma la ruptura de la tregua, será esta vez un hilo muy fino el que separe este conflicto de una guerra abierta con Rusia, conflicto que podría internacionalizarse rápidamente.
Según informa Europa Press, Rusia ha condenado enérgicamente la acción ucraniana, aunque todavía no se conoce la decisión que pueda tomar al respecto. Según algunas fuentes, desde hace semanas está llegando diverso armamento ruso a la región de Donbass, donde se están registrando combates estos días, especialmente en torno al aeropuerto de Donetsk. Los observadores de la OSCE se están retirando ante las violaciones continuas de la tregua por ambas partes.
Estados Unidos y Europa, mientras tanto, no buscan una posición neutral que ayude a superar el conflicto; más bien al contrario. Mientras afirman que están ‘preocupados’ por el aumento de la violencia, Obama y Merkel se comprometen con un nuevo paquete de financiación al gobierno de Ucrania en plena movilización militar.
Nuestros países están colaborando a empujar una guerra que ya es económica pero que puede volverse militar y realmente peligrosa. La ciudadanía informada es quien puede poner freno a esta bomba de relojería.
Se ruega difusión. 

jueves, 15 de enero de 2015

Los nuevos cardenales Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Es típica la audacia de los que se consideran periodistas, rayana en la osadía, para interpretar y glosar el sentido de las decisiones de los que ejercen poder decisorio, tanto en el terreno civil como el religioso. No es lo mismo intentar dar sentido a un evento fortuito, no dependiente directamente de la decisión voluntaria de un solo agente, sino de muchos, o de múltiples variables difíciles de conocer, aislar y analizar. Acontecimientos como una guerra global, o una crisis económica, o una decadencia socio-política de larga duración. En todas estas situaciones, pienso que es posible, y hasta útil, y, a veces, necesaria, la sabia y entendida mediación del especialista que ponga al lector en antecedentes, y, sobre todo, lo informe de las diferentes pautas que hay que tener en cuenta.
Pero esto no sucede cuando la decisión a comentar o interpretar es exclusiva, no por casualidad, sino por la esencia de la cosa, de una sola persona. Es el caso que comento en este artículo. El Papa, al elevar a un fiel católico al cardenalato, ejerce una autoridad exclusiva, sin participación, sin obligatoriedad, ni necesidad siquiera necesidad o utilidad, de que a la decisión preceda una consulta, o una petición de parecer, o una especie de sondeo, para que los elegidos a tan alto servicio en la Iglesia sean los adecuados y no sean causa posterior de sobresalto o vergüenza para el que los nombró, en este caso, el Papa. Es evidente que antes de los nombramientos, y cuanto más notorios y elevados, más, es necesaria una discreta acción de información y de recogida de datos. Pero también es lógico que esta información responde a cada uno de los posibles elegidos, individualmente, sin que el Papa necesite sondear, en un pequeño o grande comité, el tipo de cardenal o purpurado que ahora se necesita en la Iglesia.
Me ha llamado mucho la atención la sorpresa, expresada por algunos, de que entre los nuevos cardenales electores, solo uno, el actual presidente de la Signatura Apostólica, especie de Tribunal Supremo de la Sede romana, Mons. Raymond Leo Burke, sea miembro de la curia. Y yo veo, o mejor, sospecho, una desviación en la consideración de la misión de los cardenales. Siguen habiendo eclesiásticos que consideran el cardenalato como la cúspide del poder en la Iglesia, por la cercanía y la familiaridad con el Papa. De lo que deducen que es lógico y comprensible, y hasta deseable, que los cardenales, un buen número por lo menos, sean miembros de la Curia Romana, que es el alto organismo de dirección de la Iglesia. Yo ya he respondido a este, para mí, falso supuesto, afirmando que para ser un burócrata curial no es preciso ser obispo, mucho menos arzobispo, y, consecuentemente, ¿por qué cardenal?
Tengo entendido, o eso me pareció, al estudiar la Historia de la Iglesia, con una sana y lúcida mezcla de la Liturgia Romana, que los cardenales vienen, o venían a ser, una especie de canónigos de la Iglesia de Roma, y por eso todos ellos, aunque no residan en la ciudad del Tiber, ostentan el título de una de las parroquias romanas. Y así se consideró mientras funcionó la percepción de que el título esencial del elegido para Sumo Pontífice, era el de Obispo de Roma. En este sentido, no hace falta recordar la anécdota de la tarde de la presentación del nuevo papa en al balcón de la Basílica Vaticana: “Estos cardenales han ido al fin del mundo para elegir al obispo de Roma”. Esta frase tenía, además de un fuerte sentido teológico, una nítida resonancia Conciliar, y podría explicar, perfectamente, el hecho, indiscutible, de que el perfil, como ahora se dice, de los nuevos cardenales, se acerque más al estilo pastoral que al de Gobierno, o alta dirección de la Iglesia a nivel internacional. (El caso de Blázquez es muy característico, pero no hace falta recurrir al sentido reivindicativo de Francisco para encontrar la mejor explicación. El apunte de cardenales pastorales, verdaderos colaboradores del obispo de Roma, que he descrito un poco más arriba, sería suficiente, sin caer ni merodear en maldades eclesiásticas).

El último reto del obispo Osoro: acabar con las misas franquistas en Madrid J.M. Garrido

 


Consciente del catastrófico legado que Antonio María Rouco Varela dejó a la Iglesia tras los 12 años en los que impuso su férrea doctrina (según el CIS, tan sólo el 4,9% de los españoles participa activamente en alguna parroquia), el nuevo arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, se afana en marcar distancias con su antecesor al frente del arzobispado de Madrid.
Los gestos de Osoro
Como ejemplo, basta con resaltar la decisión adoptada por Osoro de eliminar las concentraciones en la plaza de Colón para clamar contra el matrimonio homosexual o la ley del aborto. Tal y como avanzó ELPLURAL.COM, el nuevo arzopispo de Madrid decidió sustituir estas manifestaciones por una jornada en la que el prelado se encontró en la catedral de La Almudena con las familias, con las que mantuvo cordiales charlas y a quienes estrechó la mano, dejando de lado la costumbre del beso reverente de los fieles al que acostumbran los obispos.

•Domingo 18 de Enero, 2 Tiempo Ordinario – B (Juan 1,35-42): Aprender a vivir José Antonio Pagola

APRENDER A VIVIR

El evangelista Juan ha puesto un interés especial en indicar a sus lectores cómo se inició el pequeño grupo de seguidores de Jesús. Todo parece casual. El Bautista se fija en Jesús que pasaba por allí y les dice a los discípulos que lo acompañan: «Este es el Cordero de Dios».
Probablemente, los discípulos no le han entendido gran cosa, pero comienzan a «seguir a Jesús». Durante un tiempo, caminan en silencio. No ha habido todavía un verdadero contacto con él. Están siguiendo a un desconocido y no saben exactamente por qué ni para qué.
Jesús rompe el silencio con una pregunta: «¿Qué buscáis?» ¿Qué esperáis de mí? ¿Queréis orientar vuestra vida en la dirección que llevo yo? Son cosas que es necesario aclarar bien. Los discípulos le dicen: «Maestro, ¿dónde vives?» ¿Cuál es el secreto de tu vida? ¿Qué es vivir para ti? Al parecer, no buscan conocer nuevas doctrinas. Quieren aprender de Jesús un modo diferente de vivir. Quieren vivir como él.
Jesús les responde directamente: «Venid y lo veréis». Haced vosotros mismos la experiencia. No busquéis información de fuera. Venid a vivir conmigo y descubriréis cómo vivo yo, desde dónde oriento mi vida, a quiénes me dedico, por qué vivo así.
Este es el paso decisivo que necesitamos dar hoy para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo. Millones de personas se dicen cristianas, pero no han experimentado un verdadero contacto con Jesús. No saben cómo vivió, ignoran su proyecto. No aprenden nada especial de él.
Mientras tanto, en nuestras iglesias no tenemos capacidad para engendrar nuevos creyentes. Nuestra palabra ya no resulta atractiva ni creíble. Al parecer, el cristianismo, tal como nosotros lo entendemos y vivimos, interesa cada vez menos. Si alguien se nos acercara a preguntarnos: «dónde vivís», «qué hay de interesante en vuestras vidas», ¿cómo responderíamos?
Es urgente que los cristianos se reúnan en pequeños grupos para aprender a vivir al estilo de Jesús escuchando juntos el evangelio. Él es más atractivo y creíble que todos nosotros. Puede engendrar nuevos seguidores, pues enseña a vivir de manera diferente e interesante.
José Antonio Pagola

Las caricaturas de Mahoma: provocación e irresponsabilidad Juan José Tamayo




Difundimos este artículo de Juan José Tamayo, publicado en El Correo el 9 de Febrero de 2.006 porque el fondo de lo que en él se manifiesta, sigue teniendo plena actualidad después de los últimos sucesos acaecidos en Francia. (Redacción de RR.CC)
En Europa hay una ignorancia enciclopédica sobre el Islam. Apenas se sabe nada de dicha religión, y lo que se sabe es deformadamente. Más que con información objetiva se opera con estereotipos que no resisten la prueba de la historia, y con descalificaciones gruesas y viscerales que están en proporción directa con el desconocimiento. Tal situación se explica, al menos en parte, por una carencia grave en el sistema educativo de algunos países europeos: no haber estudiado las ciencias de las religiones, y más en concreto la historia de las religiones, que da cuenta de éstas como caudal de sabiduría y de cultura, pero también como fuente de violencia y expresión del fanatismo y la irracionalidad.

Suele acusarse al Islam de ser una religión integrista y fundamentalista en su totalidad, cuando el fundamentalismo es una desviación o, peor todavía, una perversión, y no pertenece a su esencia, aunque tenga algunos rasgos de ese tipo, como sucede en todas las religiones y en otras manifestaciones culturales, sociales, económicas y políticas, que tienden a absolutizar lo relativo, universalizar lo particular, simplificar lo complejo, eternizar lo histórico, visualizar lo invisible y explicar lo inexplicable, es decir, el misterio.
Se entiende y se traduce la palabra yihad, de manera errónea, por Guerra Santa contra los infieles y se la considera uno de los pilares del Islam. Sin embargo, el significado primero de esa palabra es esfuerzo por conseguir una vida espiritual perfecta y luchar contra el egoismo. Ésa es el gran yihad a la que llama Al-lah a través del mensaje del Profeta, el más difícil de cumplir y el que logra una recompensa mayor. Está, luego, el pequeño yihad, que consiste en el trabajo misionero para la extensión del Islam y en la lucha por defenderse de quienes obstaculizan la práctica de dicha religión. El Yihad como Guerra Santa no es un pilar del Islam, si bien lo tienen por tal los movimientos fundamentalistas radicales que recurren a la violencia, hoy en auge. En consecuencia con esta idea del Islam se tiende a presentar a Mahoma como visionario fanático y guerrero como rasgos más destacados de su personalidad sin hacer referencia a su experiencia mística, a su honestidad personal y a su sentido caritativo, tal como subraya Karem Armstrong en Mahoma. Biografía del Profeta (Tusquets Editores, Barcelona, 2005).

La publicación, por el diario danés Jyllands-Postern en septiembre de 2005, y su reproducción por la revista cristiana noruega Magazinet y por varios medios de comunicación europeos unos meses después, de unas caricaturas que presentan Mahoma como guerrero y terrorista suicida, de muy mal gusto y nula calidad, vienen a confirmar los estereotipos peyorativos sobre el Islam. Esta publicación me parece un uso irresponsable de la libertad de expresión y de prensa, y una provocación para el mundo islámico. Provocación que puede hacer descarrilar las iniciativas políticas de paz llevadas a cabo por algunos organismos internacionales y por gobiernos democráticos de Occidente y del mundo musulmán, como España y Turquía, que han copatrocinado la Alianza de Civilizaciones, y cuyos presidentes Rodríguez Zapatero y Erdogan están haciendo estos días llamadas a “oír la voz de la razón”, al respeto y a la calma.
El problema no es la legalidad o no de la publicación de las caricaturas, sino su moralidad. Coincido con los dos dirigentes políticos en que la publicación “puede ser perfectamente legal, pero puede ser rechazada desde el punto de vista de la moral y de la política”, porque “no hay derecho sin responsabilidad y respeto a las diferentes sensibilidades”. Es posible que los responsables del periódico danés no calcularan bien los riesgos que las caricaturas pudieran tener en la escena política internacional, donde, en un momento de tanta tensión, hay que operar con suma prudencia. Pero lo cierto es que pueden hacer fracasar las numerosas propuestas de diálogo entre culturas que se llevan a cabo en los diferentes foros continentales, regionales y locales, a partir del principio de la interculturalidad.


Creo, igualmente, que es una irresponsabilidad que puede arruinar los excelentes resultados que hasta el presente están dando las múltiples plataformas de diálogo interreligioso, para retroceder a la época de las guerras de religiones, que creíamos ya superada. Amparándose en la libertad de expresión, que es un derecho irrenunciable, se ha demonizado al fundador del Islam, una religión con 1200 millones de seguidores y seguidoras. Demonización que refuerza la creciente islamofobia instalada en la población occidental.
A su vez, las reacciones violentas de un sector creciente del mundo integrista islámico, a las que se han sumado algunos gobiernos musulmanes, constituyen una respuesta totalmente desproporcionada con claros tonos de fanatismo, que nada tiene que ver con la esencia del islam.

Estas reacciones ya se han cobrado varios muertos por la quema de embajadas y por las agresiones contra ciudadanos europeos y amenazan con convertirse en una espiral de violencia, que es necesario detener antes de que desemboquen en un baño de sangre. Nada tienen que ver estos comportamientos violentos en masa con la actitud del Profeta, quien al comienzo practicó el principio evangélico de poner la otra mejilla. Ante las persecuciones, torturas y vejaciones de que fueron objeto los musulmanes en la Meca al principio, éstos le pedían autorización al Profeta para defenderse, y la contestación del Profeta era: “No se me ha ordenado combatir”. La respuesta a una mala acción tiene que ser una acción buena. Al mal se le repele no con el mal, sino con el bien, más aún, “con algo que sea mejor”. Con ese modo de actuar el enemigo “se convertirá en amigo ferviente” (13,22; 23,96; 28,54; 41,34
De nuevo se vuelve a utilizar a las religiones como líquido inflamable que puede terminar convirtiendo el mundo en un coloso en llamas. Se trata, a mi juicio, de una estrategia perfectamente calculada por parte de los sectores extremistas del mundo musulmán y de Occidente que pretende dar por válida la teoría del choque de civilizaciones, de Huntington -cuando en realidad es una construcción ideológica del Imperio para seguir manteniendo el control del mundo- y la idea también huntingtiniana, de que “el islam es la civilización menos tolerante de las religiones monoteístas”, cuando el judaísmo, al menos el de Sharon, y el cristianismo, al menos el de Bush, están demostrando también su carácter violento a diario.
La alternativa frente a la estrategia destructiva del choque de civilizaciones y de la guerra de religiones no puede ser otra que una alianza de civilizaciones, culturas y religiones, con el compromiso de hacer la realidad los Objetivos del Milenio. Es necesario luchar contra la pobreza, que afecta a más de dos terceras partes de la humanidad y constituye el principal desafío de nuestro tiempo para construir un mundo interreligioso, intercultural e interétnico donde la diferencia en las creencias no sea motivo de enfrentamiento sino de pacificación, el diálogo entre religiones sustituya al anatema y las jerarquizaciones entre las culturas se transformen en interculturalidad.

Juan José Tamayo es Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de “Diez palabras sobre Paz y violencia en las religiones” (Verbo Divino, Estella, 2004)
(EL CORREO, 9 de febrero de 2006)

miércoles, 14 de enero de 2015

Un abogado nada recomendable Jaime Richart, Jurista y antropólogo

Oír a un presuntuoso padre de la constitución española razo­nar a mitad de camino entre lo técnico y lo profano en materia jurídica para defender lo indefendible, refleja la ínfima cate­goría profesio­nal de ese personaje que ahora se dedica a la abogacía para la oca­sión. Y no sólo eso, pues de rechazo cues­tiona su contribución a la redacción de la constitución; consti­tución ya de por sí cuestio­nada por razones varias entre la que se cuentan las es­trechas miras de unos redactores en general muy contaminados por el espíritu de la dictadura entonces aún muy re­ciente.
Por eso no extraña la bajeza de este engolado y fatuo leguleyo que se permite incluso comentarios ofensivos para el esforzado juez de la causa. Los hechos que fundamentan los sucesivos autos y resolucio­nes del juez y de la Audiencia de Mallorca no requie­ren una inter­pretación muy especializada, pues se expli­can por sí solos por la asimetría de la figura de ambos cónyu­ges y la dife­rencia nada desde­ñable entre la presunta escasa formación empresarial de un ba­lonma­nista y el dominio de la misma de una licenciada en cien­cias empre­sariales que además se entrena en conocimientos finan­cieros en una enti­dad cata­lana bancaria de primera línea. Un abogado tiene que hacer todo lo posible por defender a su cliente, pero también debe sa­ber perder. Algo que no adorna precisamente a este obstinado caballero. Porque la obstinación es típica precisamente de quienes saben que no tie­nen razón.
En suma, un abogado en ejercicio que, dadas las cir­cuns­tan­cias, el marco en que el proceso penal se está sustan­ciando y sus reiteradas comparecencias en los medios, roza la baja es­tofa y por tanto nada recomendable…

Hay que pedir responsabilidades al Banco de España Juan Torres López, catedrático de economía aplicada

 Rebelión


Como he comentado en otro artículo (¿Salimos de la crisis?) en los próximos meses se registrará una mejora de la actividad económica, aunque muy moderada y desigual, como consecuencia del aumento del gasto propio de un año electoral y de la bajada de los precios del petróleo.
Pues bien, ha bastado que se intuya esa mejoría para que el Banco de España, sin perder un minuto, ya anuncie a bombo y platillo que los salarios no pueden subir afirmando, como siempre, que si lo hacen se perderá la expectativa de recuperación económica.
Una vez más, el Banco de España actúa de parte, es decir, haciendo afirmaciones sin fundamento científico ninguno pero que llevan a que las medidas de política económica que se puedan tomar sean en beneficio de los propietarios de capital y de los bancos y en contra de los asalariados. Algo que de ninguna manera se puede afirmar que sea inevitable que ocurra para que haya recuperación económica. ··· Ver noticia ···

Estos cinco cardenales, y otros así, ¿creen en Cristo? Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Este es el comentario al enérgico y decidido artículo de José María Castillo, Otro restauracionismo preconciliar. En él el teólogo-ensayista anunciaba la campaña contra el estilo, los modos, los gestos, y las acciones de Francisco, orquestada, según su opinión, y por las informaciones de que dispone, por grandes jerarcas de la Iglesia. De hecho, los cuatros cardenales Müller, Caffarra, De Paolis, Brandmüller y Burke son de lo más granado y alto en el escalafón vaticano. Sobre todo, Muller, que es el prefecto de la romana Congregación para la defensa de la Fe, antiguo Santo Oficio, antigua Inquisición. Para que mis lectores puedan entender el alcance y la gravedad de la situación, explicaré brevemente los puntos principales,
Estos purpurados apelan a la Tradición. Pero como a muchos les sucede, podrían ser generosos y amables e informarnos en qué año comienza la Tradición que ellos invocan, Porque no es lo mismo tener como referencia el Siglo XVI, que el siglo primero. Los primeros cristianos aceptaban, sin más, el significado latino de “traditio”, que es lo más parecido que puede haber al concepto de “relevo” en las carreras por equipos. La seña que recibo, es la que entrego después. Ese fue el sentido que Pablo dio en su carta a la fidelidad y lealtad que él tuvo con sus fieles al transmitirles, en la celebración de la Eucaristía, lo que, a su vez, él había recibido. (“porque lo mismo que yo recibí, y que venía del Señor, os lo transmití a vosotros, que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó un pan, …”).De tal manera que la “traditio” quedó como una de las etapas del camino catecumenal hacia el bautismo.
Pero la tradición de estos cardenales es muy reciente: a lo sumo va hasta el Concilio de Trento, en el siglo XVI, y abarca, sobre todo, los usos y costumbres de la Curia Vaticana, a veces nimios, ridículos e infantiles. Y, sobre todo, mantienen, proclaman, enseñan y defienden la ¿tradición?, la costumbre que ha hecho que ellos ocupen esos sitiales privilegiados, que los llena no solo de orgullo, sino de poder. Y que hacen quese pavoneen, preocupados en su propia vanidad”. ”. Il Papa dixit
Lo que es triste y vergonzoso es que esa vanidad, y ese aferramiento al poder, ponga en peligro no solo el pontificado de Francisco, papa legítimo a todas luces, sino también la propia Unidad de la Iglesia. Ese muro que algunos eclesiásticos quieren levantar para defenderse de las reformas del Papa argentino, son exactamente los mismos diques que quisieron levantar contra la marea conciliar del Vaticano II. Desgraciadamente, en aquellas circunstancias pos-conciliares, con la inestimable y entusiasta colaboración del papa Karol Woigtila, y la impagable ayuda del cardenal Ratzinger. Ya en esos años tormentosos hubo otro cardenal, mucho más engreído que inteligente, Alfredo Ottaviani, quien afirmó, y, sobre todo, practicó, que la Tradición era mucho más importante para marcar la dirección institucional de la Iglesia que la Sagrada Escritura. (¡Toma ya!) Al que esto le parezca raro y extraño, e inaceptable, les recuerdo que la Inquisición no solo prohibió, sino persiguió con saña a los que se atrevieron a traducir a las lenguas vernáculas cualquier pasaje de la Escritura. Y también les refresco la memoria de que la primera traducción de la Biblia, permitida por la Iglesia española, data del año 1943.
Hay muchos miembros eminentes en la Iglesia, (¡o, por lo menos, ellos así se autodenominan!), y, lo que es peor, muchos teólogos, que manejan más los conceptos mundanos del pensamiento, y se sienten mejor, en los vaivenes de la cultura filosófica y teológica europeas, que en las luminosas y comprometedoras páginas de la Biblia. Es lamentable, pero así ha sido durante siglos, y solo un pequeño número de cristianos fieles a la Palabra de Dios se ha atrevido por el camino para mí recto, y directo.

martes, 13 de enero de 2015

La Familia Salesiana celebra el Bicentenario de Don Bosco


- Por: Javier Valiente

El 16 de agosto de 2015 se cumplirán 200 años del nacimiento de San Juan Bosco (1815-1888), sacerdote turinés fundador de los Salesianos, que dio origen a la Familia Salesiana, un amplio movimiento en la Iglesia de congregaciones religiosas y grupos de seglares que, inspirados por él y con su espíritu, trabajan en la evangelización y educación de los jóvenes.
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Aunque las celebraciones por el Bicentenario se iniciaron en agosto del pasado año, con la entrada del 2015 se multiplican los actos conmemorativos. En torno al 31 de enero, festividad litúrgica de San Juan Bosco, se han organizado decenas de actividades religiosas, culturales y deportivas en las presencias salesianas.

El Rector Mayor de los Salesianos, el español Ángel Fernández Artime, ha explicado que esta celebración “será una oportunidad para una verdadera renovación espiritual y pastoral en nuestra Familia. Una oportunidad para vivir con renovada fuerza la misión encomendada, siempre por el bien de los jóvenes de todo el mundo”.

Actos del Bicentenario
El 14 de enero, a las 12:00 horas, los alumnos del centenar de colegios salesianos de España soltarán globos para recordar al “Padre y Maestro de la juventud”, como fue proclamado por San Juan Pablo II. “Tú has transformado la vida y los corazones de miles de personas”, leerán los jóvenes en un manifiesto que recuerda la tarea emprendida por Don Bosco a favor de los jóvenes y que hoy continúa toda la Familia Salesiana.

En Madrid se celebrará, del 28 al 30, un Triduo de Acción de Gracias en diversas parroquias salesianas en el que participarán el cardenal Carlos Amigo, arzobispo emérito de Sevilla; monseñor Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española; y monseñor Joaquín María López de Andújar, obispo de Getafe.
El 31 de enero, el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, presidirá la celebración de la eucaristía en la solemnidad de San Juan Bosco en la catedral de La Almudena. En muchas otras diócesis, este mismo día, la Familia Salesiana se reunirá alrededor del obispo diocesano para recordar a Don Bosco.

El domingo 1 de febrero, la 2 de TVE retransmitirá la eucaristía desde el templo salesiano del Tibidabo, en Barcelona, dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, y que estará presidida por el Cardenal Martínez Sistach.

Durante los siguientes meses y por toda la geografía Española, se organizarán actos culturales y religiosos con motivo de este acontecimiento. También el Papa Francisco participará en los actos del Bicentenario, visitando Turín el 21 de junio. El colofón final tendrá lugar en agosto con dos eventos de gran magnitud: el Encuentro Internacional del MJS (Movimiento Juvenil Salesiano), del 10 al 17, y el Acto Oficial de Clausura del Bicentenario el 16 de agosto, ambos en Turín, ciudad donde nació.

Los Salesianos en el mundo
En la actualidad 15.300 salesianos, presentes en 132 países, se dedican a la educación y evangelización, la promoción y la defensa de los derechos de niños, niñas y jóvenes. Además, cuentan con la colaboración de más de 100.000 seglares, entre educadores y animadores que ofrecen su apoyo y entrega a esta labor.

En España la presencia de los salesianos está organizada en dos provincias religiosas o inspectorías, circunscripciones que agrupan las comunidades salesianas y las obras que estas dirigen y animan en un determinado territorio.

La Inspectoría de María Auxiliadora, de la zona sureste junto con Baleares y Canarias, tiene su sede en Sevilla. Cuenta con 58 comunidades, en las que hay un total de 457 salesianos. La red inspectorial se compone de 61 centros escolares (29 con Formación Profesional), 58 centros juveniles, 112 plataformas sociales y 52 parroquias.

La Inspectoría de Santiago el Mayor, de la zona centro y noroeste de España, tiene su sede en Madrid. En sus 54 comunidades hay 618 salesianos. Su labor se extiende a través de 35 colegios (21 con Formación Profesional), 46 centros juveniles, 43 plataformas sociales y 47 parroquias.

De esta forma se hace realidad el deseo de Don Bosco de que las comunidades salesianas sean casas que acogen, escuelas donde se aprende, patios en las que se juega e iglesias que evangelizan.

Más información de los actos del Bicentenario:
 https://donbosco2015.wordpress.com

¿El papa Francisco irá al infierno? Desiderio Parrilla Martínez

  • Religión Digital

  • El 17 de diciembre, coincidiendo con el 78 cumpleaños del Papa Francisco, se iniciaban las negociaciones del histórico acuerdo entre Estados Unidos y Cuba para levantar el embargo. Tanto Obama como Castro agradecieron de esta manera el papel jugado por la Santa Sede para el buen fin de las negociaciones.
    Frente a esta buena noticia hubo sin embargo reacciones extemporáneas, que manifiestan el clima de odio que la ideología anti-católica, capitalista y neoliberal, pretende mantener contra el pontificado del papa Francisco. ··· Ver noticia ···
  • “Se estigmatiza a la gente que pasa hambre, pero no a las causas del hambre”

    AgEFE_NC_1214_b Emili Serra | Agencia EFE

    La periodista e investigadora en políticas agrícolas y alimentarias Esther Vivas (Sabadell, 1975) cree que las personas que buscan comida en contenedores son estigmatizadas y rechazadas, incluso por la administración que llega a cerrar los contenedores.
    Vivas, que acaba de publicar el libro El negocio de la comida. ¿Quien controla nuestra alimentación?, editado por Icaria, asegura que la pobreza alimentaria es una de las consecuencias de la crisis económica y ha criticado en una entrevista con EFE que “se estigmatice la hambruna y la gente que pasa hambre, pero no las causas de esta situación”.
    “Se dice que la gente que busca en la basura genera alarma social, pero lo que debería generar alarma social es que la gente se vea abocada a esta situación de pobreza”, alerta la experta.
    En su libro, Esther Vivas se adentra en los entresijos del negocio del modelo agroalimentario global para explicar cómo los alimentos recorren miles de kilómetros hasta llegar a nuestro plato, o cómo se ha llegado al punto de especular con el precio de la comida.
    La autora asegura que pese a producir comida para alimentar hasta 12.000 millones de personas, 1 de cada 8 pasa hambre. Esto, según Vivas, demuestra que nuestro modelo alimentario está “enfermo” porque indica que los alimentos se han convertido en mercancía: “O tienes dinero para comprar comida, que cada día es más cara, o no comes”, afirma la activista.
    “Hoy en día se suministran más fármacos a animales sanos de granja que luego sirven para alimentarnos, y esto tiene un fuerte impacto en nuestra salud”, destaca Vivas, que aboga por cuestionarnos la actual producción agrícola “intensiva y kilométrica”.
    Según la periodista, un tercio de los alimentos que se producen a escala mundial “acaba perdiéndose antes de llegar a la mesa”, y de esto tienen una gran culpa los supermercados.
    Al ser preguntada por estos, la autora asegura que los supermercados tienen una responsabilidad “importante en el derroche alimentario”, y recuerda que estos lanzan diariamente “toneladas de alimentos que podrían dar respuesta a las necesidades de mucha gente que pasa hambre”.
    “Pese a todas las campañas de mercadotecnia que estos realizan, sólo un 20 % de las grandes superficies dona comida al Banco de los Alimentos”, destaca la autora del libro, en el que propone un modelo de alimentación que esté más centrado en el comercio local y de proximidad antes que seguir comprando en las grandes superficies.
    La gran distribución, según Vivas, está terminando con el comercio local “expulsándolo de nuestras calles”. La activista recuerda que el año 1998 había 95.000 tiendas en España, y en 2004 sólo 25.000, lo que demuestra una “creciente erosión del comercio local”.
    Además, hay varios estudios que demuestran que entre un 20 y un 25 % de nuestras compras en un supermercado son el resultado de “impulsos externos” contra los que el comercio local no puede competir.
    La investigadora recuerda que por un puesto laboral que se crea en un supermercado se destruye “un puesto laboral y medio”, en la medida que muchas tiendas acaban cerrando porque “no pueden competir con los precios y los horarios de estas grandes superficies”.
    Esther Vivas termina con un consejo: “Hay que cuestionarse si realmente compramos tan barato cómo creemos. Pese a la tendencia creciente de homogeneizar lo que comemos hay alternativas, como la agricultura ecológica y de proximidad, que pueden ayudar a que esta tendencia cambie de dirección y haga de la alimentación un bien al que todos podamos optar”.

    Europa prefiere buitres Juan Torres López, catedrático de economía aplicada

    El País


    Las autoridades europeas se ponen del lado de los fondos financieros y de los bancos
    Últimamente se han aprobado en Naciones Unidas varias resoluciones sobre la deuda soberana que significativamente han pasado casi desapercibidas en los medios de comunicación españoles.
    El septiembre pasado, la Asamblea General aprobó una resolución para impulsar un marco multilateral que regule los procesos de reestructuración de deuda soberana y posteriormente se han ido tomando acuerdos para definirlo y establecer el calendario de actuaciones.

    Allahu Akbar José Arregi



    Hay que estar muy loco o desesperado para matar periodistas al grito de “Allahu Akbar”. ¿Quién les va a creer que “Dios es grande” si necsita de armas y bombas? ¿Quién se dejará atraer por esa fe articulada de gritos fanáticos, de odio y de sangre?
    Pero no es fe lo que les mueve, por fervorosos que sean. No es Allah en quien creen, por convencidos que estén. Su fervor se llama fanatismo. Son los peores enemigos del Islam, pues pervierten su religión y ofrecen el argumento deseado por patriotas neonazis que aborrecen a los musulmanes, atacan mezquitas y organizan manifestaciones contra la supuesta islamización del Occidente. Los unos y los otros se dan la mano y la razón, mejor: comparten el miedo y la sinrazón. Entre los unos y los otros aumentan y agravan los peligros de la humanidad. ¿Cómo nos salvaremos?


    Sabemos cómo. Lo sabe Malen, una mocita adorable, algo tímida, alegre, llena de imaginación y ocurrente, a punto de cumplir 12 años. El día de la masacre contra ‘Charlie Hebdo’, ella no lo entendía. ‘Hace unos años –le dije – el hebdomadario publicó unas caricaturas de Mahoma –la paz sea con él–, y se han vengado por ello. ¿A ti qué te parece?’. ‘Pues me parece que la revista hizo mal, pero los asesinos han hecho peor’, respondió Malen. No hay más que decir.
    No debieron publicar unas viñetas satíricas, a sabiendas de que iban a ofender tanto a cientos de millones de musulmanes en el mundo. Pero no debieran ofenderse tanto los musulmanes por unas simples viñetas. ¿Acaso se ofende Mahoma, que vive en ‘la morada de la paz’? ¿Acaso puede ofenderse Allah, a quien los piadosos musulmanes invocan como al-Bari (Origen de todo), al-Khabir (Comprensivo), al-Mujyi (El que da la vida), al-Salam (la Paz?). Quienes ahogan la libertad de expresión en nombre de Dios o de la verdad están lejos de Dios o de la verdad. Quienes se ofenden por unos dibujos o unas palabras –sobre Jesús, el Corán, el rey o la bandera– tienen la mente o el corazón estrecho. Y quienes matan por tales motivos… no tienen ni corazón ni mente. Que no se llamen creyentes, por favor.
    De ningún modo representan el Islam, religión de la justicia y de la paz. Quede muy claro. Pero debo decirlo también: haría mal el Islam en no dejarse interpelar por la existencia en su seno de tanto fanático. Haría mal en prohibir una lectura crítica del Corán, coartar la libertad, aferrarse a estructuras religiosas del pasado.
    También nosotros, el llamado Occidente, haríamos muy mal en cerrar los ojos y negarnos a entender por qué hay tantos yihadistas, tanto Al Qaeda y estado islámico. Entender no es excusar. Son muchos menos de lo que poderosos medios de comunicación nos quieren hacer creer, pero son peligrosos por ser desesperados, por sentirse excluidos del mundo. Son una ínfima minoría de los musulmanes, pero forman parte de una inmensa mayoría que se siente humillada por las potencias occidentales (“cristianas”) durante los últimos 100 años, y aun más en las últimas décadas. No habría yihadistas, o no serían tantos, sin los crímenes contra Palestina y las campañas de Afganistán y las guerras del Golfo y los negocios del petróleo y la barbarie americana en Irak y en Guantánamo. Y las medidas antiterroristas nunca bastarán para salvarnos.


    Solo nos salvarán la justicia y la cordura, la amplitud de mente y corazón. Como la de Ziad Medoukh, un amigo palestino poeta que vive en Gaza, y que el miércoles escribía: “En Gaza condenamos con toda firmeza el ataque asesino contra Charlie Hebdo. Palestina, que sufre el terrorismo del estado de Israel, denuncia este acto criminal contra los periodistas franceses. Un gran homenaje de parte de Gaza la destruida a las víctimas de este acto bárbaro. Nuestras condolencias a las familias en luto. Por la libertad, contra el odio, en solidaridad ante esta tragedia con todos los franceses”.
    ¡Gracias, Ziad! Yo también soy palestino. Yo también soy Charlie Hebdo. Y porque “Dios es más grande”, porque quiero creer que el Bien es más fuerte, he de decir: también soy el yihadista asesino.

    (Publicado el 11-01-2015 en DEIA y los Diarios del Grupo Noticias)

    lunes, 12 de enero de 2015

    fundamentalismo religioso ¿ amenaza u oportunidad? J.M Castillo teólogo

    Fundamentalismo religioso, ¿amenaza u oportunidad? José M. Castillo, teólogo religiones, temas sociales ene 12 2015 Enviado a la página web de Redes Cristianas Teología sin censura Los recientes y dolorosos incidentes, ocurridos en Paris y provocados presuntamente por los fundamentalistas religiosos de la yihad islámica, han hecho saltar todas las alarmas no sólo en Francia, sino en toda Europa. Los políticos y los cuerpos de seguridad del Estado se han puesto lógicamente en estado de máxima alerta. En cada país, los gobernantes le dicen a la gente que no tengan miedo, que todo está asegurado y garantizado el orden. No hay motivos de preocupación, ya que contamos con policías armados y cuerpos de seguridad que nos garantizan a todos la necesaria estabilidad para vivir tranquilos. No hay razones para dudar de que nuestros políticos, al decir estas cosas, nos transmiten la verdad. Y la eficacia con que ha procedido la policía francesa es la prueba más evidente de que estamos protegidos. El problema, por tanto, no está en que las fuerzas de seguridad no dispongan de los medios que necesitan para defendernos. El problema está en que el enemigo, en este caso, supera en peligro todos los medios de defensa que puedan tener los medios de seguridad del Estado. Porque la lucha está planteada entre fuerzas muy dispares. Los medios con que cuenta la policía se basan en la técnica. Los medios con que cuenta el fundamentalismo religioso se basan en la conciencia y en ocultos intereses relacionados con la conciencia. Ahora bien, esto quiere decir que los medios con que cuenta la policía son conocidos, mientras que los medios con que cuenta el terrorismo religioso no son (ni pueden ser) conocidos. Por eso los terroristas fanáticos de una religión atacan dónde, cuándo y como menos se puede imaginar y de forma que nadie podía sospechar lo que sucede o ha sucedido. Si somos sinceros, no tenemos más remedio que reconocer que esto es así. Por más desagradable o costoso que resulte reconocerlo. Pues bien, estando así las cosas, ¿qué hacer? Por supuesto, en lo que se refiere al papel, que corresponde a los cuerpos de seguridad del Estado, lo que hay que hacer es apoyar el esfuerzo enorme que vienen realizando para asegurar nuestra protección ante las amenazas del terrorismo religioso. Pero, dicho esto, es decisivo tener muy claro que el camino de la solución radical no será el que nos tracen los políticos, con sus reuniones y acuerdos, ni el que nos puedan ofrecer los policías, con sus armamentos y estrategias. Si la raíz del peligro está en las conciencias, lo que urge pensar a fondo es si podemos – y debemos – renovar las religiones de forma que, en ellas, no tengan lugar las conciencias de los terrorismos fundamentalistas. ¿Es eso posible? Más aún, ¿es eso no sólo conveniente, sino incluso necesario? El dato capital, en todo este asunto, radica en que el punto de partida del hecho religioso no estuvo en la fe en Dios, sino en la fe en los rituales religiosos. Estoy hablando de los lejanos tiempos del paleolítico superior. Más aún, abundan los paleontólogos convencidos de que ya los neanderthal practicaban el entierro ceremonial de los muertos, de forma que actividades semejantes habrían ido acompañadas de ideas religiosas desde hace alrededor de cien mil años (Konrad Lorenz, E. O. Wilson, K. Meuli, W. Burkert, H. Kühn). Así las cosas, se ha dicho con razón que “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (G. Van der Leeuw; cf. R. P. Marret, M. P. Nilsson). Y la historia posterior, hasta nuestros días, se ha encargado de dejar patente que los individuos, desde la niñez, y la sociedad en general al igual que la cultura, asimilan con más facilidad y claridad la fe en los ritos que la fe en Dios. Es frecuente que la gente se aferre a las observancias rituales, en tanto que la seguridad y la claridad, en lo que concierne a Dios, resulta para muchos algo problemático, quizá dudoso y, en todo caso, un sentimiento amenazado por la oscuridad. Las observancias rituales tranquilizan las conciencias. El asunto de Dios es, para muchos, un problema nunca resuelto y que, tantas veces, se vive como un misterio o, al menos, como un enigma. No es posible analizar aquí la hondura y las consecuencias de lo que acabo de indicar. Pero hay algo, muy fundamental, que no podemos dejar al margen. Se trata de un hecho que estamos viendo a diario y por todas partes. Me refiero a la cantidad de fieles, que nos confesamos creyentes, pero que en nuestra vida somos más estrictos observantes de los rituales religiosos que estrictos cumplidores de las exigencias éticas que tendríamos que cumplir como ciudadanos ejemplares. Reducimos nuestra religiosidad a determinadas prácticas rituales, al tiempo que excluimos de nuestra religiosidad el respeto, la tolerancia, la sensibilidad ante el sufrimiento, sobre todo el sufrimiento de los más débiles. Y así sucesivamente. Hasta llegar a hacer compatible la estricta observancia de la religión con la violencia más brutal ante todo aquello con lo que no estamos de acuerdo. Esta violencia, por lo demás, es comprensible. Y con frecuencia resulta inevitable. Porque la religión es la creencia en un poder absoluto. La que lógicamente se traduce en la obligación indiscutible de una obediencia absoluta. Ahora bien, desde el momento en que el centro de la vida (y el futuro de la salvación) depende de una obediencia absoluta, la consecuencia inevitable es que tal obediencia se antepone a todo lo demás, incluso a la vida misma de quienes se oponen o dejan de cumplir semejante obediencia. Naturalmente, una persona que piensa y vive así, no puede estar de acuerdo con la modernidad, con la sociedad secular, en la que los derechos fundamentales del ser humano se anteponen a todo cuanto pueda limitarlos y sobre todo reducirlos o anularlos. Ahora bien, desde el momento en que nos encontramos con este problema, por eso mismo tropezamos con las raíces del fundamentalismo religioso. Es el problema que ya intuyó, en 1909, el profesor de la Universidad de Harvard Charles Eliot, cuando insistió en que el dilema de los cristianos, en el mundo moderno, es el dilema que consiste en si ponemos el centro de nuestra fe en las exigencias éticas o más bien lo situamos en la fidelidad a las creencias ortodoxas y a los rituales sagrados (cf. Karem Armstrong). Como es lógico, los fundamentalistas religiosos centran de tal manera (y hasta tal extremo) su vida y sus intereses en la fiel observancia de los rituales sagrados, que anteponen esa observancia a la vida misma. La vida de quien sea y en lo que sea. Hasta el extremo de estar dispuestos a matar, o dejarse matar, con tal de no permitir que la sociedad democrática, laica y secular se sobreponga a la sociedad condicionada y sumisa a las exigencias de la religión. En el caso del cristianismo, es conocido el enfrentamiento de los creyentes, sobre todo de la clase alta, a las libertades y derechos del hombre y del ciudadano, tal como habían sido promulgados por la Asamblea Francesa en 1789. Desde entonces, es conocida la postura intransigente de hombres como Louis Bonald, Joseph de Maistre y La Mennais, en Francia, Karl Ludwig von Haller y Friedrich von Hurter, en Alemania, Donso Cortés en España. Y no hay que olvidar la resistencia del papado, desde Pío VI (en 1790) hasta Pío X (en 1906), en cuanto se refiere a las dos grandes exigencias de la modernidad: la igualdad y la libertad. No pretendo entrar en la complicada historia reciente del fundamentalismo judío e islámico. Me limito a recordar, por lo que se refiere a la actualidad de éste último, los nombres de Mustafa Kemal Ataturk (1919-1922), en Turquía, y Rashid Rida (1922-1923), en Egipto, que propugnaron sociedades más de corte moderno que de fidelidad al pasado islámico por el que se habían regido hasta comienzos del siglo XX. Desde entonces, en el mundo islámico, hay no pocas personas y grupos que ven, en la sociedad secular y democrática, una amenaza para la integridad y estabilidad de sus creencias. Así las cosas, el problema en este momento está fuertemente condicionado, sin duda alguna, por intereses de poder y por ambiciones económicas. Pero el fondo del problema es, sin duda alguna, de carácter religioso. Se trata del enfrentamiento de la religión centrada en la más estricta observancia e impuesta obligatoriamente a toda la sociedad. Un califato. Lo más diametralmente opuesto al proyecto fundamental de una sociedad laica, libre y respetuosa con las creencias religiosas, con tal que, en esa sociedad, se privilegien sobre todo los derechos fundamentales de los seres humanos. Pues bien, dado que nos encontramos en esta situación, se comprende la actualidad apasionante que entraña lo que, en un reciente estudio, he calificado como “la laicidad del Evangelio”. Los relatos, que ofrecen los evangelios, son la historia del enfrentamiento de Jesús con las raíces del fundamentalismo religioso. Jesús, en efecto, comprendió que el mayor peligro, para la religión y para la humanidad, está precisamente en el sometimiento incondicional a los rituales religiosos, de forma que la sumisión a tales rituales se antepone al sufrimiento humano, a los derechos humanos, a la dignidad de las personas y a la vida misma. Esto es lo que Jesús no toleró en modo alguno. Y por esto precisamente fue por lo que los dirigentes de la religión vieron que el proyecto de Jesús era incompatible con el proyecto que ellos defendían por encima de todo. Pienso, además, que en no pocos textos de los profetas de Israel, como en numerosos documentos del Korán, la aspiración a la paz y el entendimiento entre los seres humanos y los pueblos se nos ofrecen como principios rectores de la sociedad. La conclusión más razonable, que cabe deducir de la reflexión que acabo de exponer, es que, por más importante y urgente que nos parezca la sólida defensa de nuestros pueblos, culturas y sociedades, por la solidez y eficacia de las fuerzas de seguridad del Estado, reducir nuestra defensa a esa solides militar y policial sería algo así como ponerle puertas al campo. Mientras haya individuos y grupos organizados, que viven convencidos de que su misión en la tierra es el sometimiento, o incluso el exterminio, de quienes queremos y defendemos una sociedad que antepone los derechos fundamentales de los seres humanos a las normas y rituales de la religión, todos viviremos amenazados. Y amenazados de muerte, por más policías que nos defiendan y por más seguridades que nos garanticen nuestros gobernantes. Esto supuesto, desde luego que valoramos y exigimos que los policías nos defiendan. Pero, si es que vemos la hondura del problema, valoramos y exigimos más aún que se gestione la educación religiosa de manera que lo primero y lo esencial, en esa educación, sea inculcarnos a todos – e inculcar a todos los pueblos de este mundo – que la fe en Dios y el respeto a Dios consiste, ante todo y sobre todo, en defender la vida, respetar la vida, promover los derechos y la dignidad de los seres humanos, hasta que la igualdad en derechos, y la libertad en creencias y convicciones, estén garantizadas para todos. En el Sermón del Monte, Jesús dijo: “Si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24). Se pueden discutir no pocos detalles relativos a este texto. Pero, en cualquier caso, lo que no admite discusión es que aquí se presenta un modelo de religión en el que lo primero no es la observancia del ritual. Lo primero de todo, en la vida y en la religión, tiene que ser siempre mantener la mejor relación posible con el otro, sea quien sea y por el motivo que sea. El día que se eduque a todos los niños y jóvenes del mundo en esta convicción, ese día la humanidad habrá dado el paso decisivo para empezar a vivir en paz. Y con la seguridad de la paz garantizada.

    Los problemas teológicos de la familia son dogmas de fe?

    Los problemas teológicos de la familia, ¿son dogmas de fe? José M. Castillo, teólogo iglesia catolica ene 10 2015 Enviado a la página web de Redes Cristianas Teología sin censura 1. Cuando hablamos de la “familia”, ¿de qué hablamos? Para comprender la hondura y la importancia del problema, que aquí afrontamos, hay que tener en cuenta, ante todo, que la familia es: 1) Una unidad económica: la transmisión de la propiedad (los bienes, el patrimonio) ha sido, durante siglos, la base principal del matrimonio (Anthony Giddens, Un mundo desbocado, Madrid, Taurus, 2000, 67-68). 2) Una unidad jurídica: los deberes y los derechos de los padres, de los hijos, y de las relaciones que deben mantener, han necesitado y han justificado una serie de leyes y las consiguientes dependencias respecto al poder judicial. 3) Una unidad de relaciones emocionales: relaciones entre los cónyuges, entre los padres y los hijos, entre los hermanos…. Pero aquí es de suma importancia señalar que, en la Europa medieval (y todavía en muchas culturas) el matrimonio no se contraía sobre la base del amor sexual, ni se consideraba como un espacio donde el amor debía florecer. La desigualdad de hombres y mujeres era intrínseca a la familia tradicional. En Europa las mujeres eran propiedad de sus maridos. Y esto se extendía, por supuesto, a la vida sexual. Durante gran parte de la historia, los hombres se han valido de amantes, cortesanas y prostitutas. Los más ricos tenían aventuras amorosas con sirvientas. Eso sí, los hombres tenían que asegurarse de que sus mujeres fueran las madres de sus hijos. 4) Una unidad para la procreación: ya que el matrimonio y la familia constituyen normalmente el medio que, mediante la generación, perpetúa la especie y, sobre todo, socializa a los recién nacidos integrándolos en la sociedad. 2. Problemas teológicos de la familia Cuando en este conjunto de problemas (propiedad, derecho, sexo, generación, educación…) entra la religión y se mezcla con tales problemas, a esos problemas se suma un elemento añadido, de enorme importancia (para bien o para mal) porque toca donde nadie más puede tocar, en la intimidad de la conciencia, allí donde uno se ve a sí mismo como una persona honrada o, por el contrario, como un indeseable, un despreciable, una mala persona. Todos los problemas que entran en el enorme bloque de la “bio-ética” están condicionados, en gran medida, por esta intromisión del hecho religioso en la institución familiar. Esto supuesto, la pregunta que se plantea es la siguiente: los llamados “problemas teológicos de la familia”, ¿son problemas que afectan a nuestra fe cristiana? Y por tanto, si un creyente está en desacuerdo con las soluciones “oficiales”, que se les suelen dar a esos problemas, ¿es por eso un mal creyente o incluso un hereje? Dicho de otra forma, ¿se puede disentir de las soluciones “oficiales”, que se suelen dar a los problemas relativos al matrimonio y a la familia, sin ser por eso un mal cristiano que pone en serio peligro su fe y su amor a la Iglesia? 3. Dogma de Fe En la Iglesia se entiende por “Dogma de Fe”, “una proposición objeto de fe divina y católica” (K. Rahner-H. Vorgrimler, Diccionario Teológico, Barcelona, Herder, 1966, 185). Esta afirmación se basa en la definición que, en 1870, hizo el concilio Vaticano I: “Deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o tradicional, y son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ya sea por juicio solemne, ya sea por su magisterio ordinario y universal” (Denzinger-Hünermann, 3011). Por tanto, para que una verdad sea Dogma de Fe, en esa verdad tienen que darse dos elementos esenciales: 1º) Tiene que ser una verdad que ha sido revelada por Dios. 2º) Tiene que ser una verdad que el Magisterio de la Iglesia propone como revelada por Dios. Si falta uno de estos dos elementos esenciales, no hay (ni puede haber) un Dogma de Fe. La negación (o la puesta en duda) de una verdad determinada, que no reúna los dos elementos mencionados, no puede ser nunca una herejía. De lo dicho se sigue que todo lo que no son “dogmas de fe”, son por eso mismo cuestiones de las que se puede disentir. Serían, por tanto, “quaestiones disputatae”, según la denominación que les daba a estas cuestiones la teología escolástica medieval. Es decir, serían cuestiones que siempre pueden estar sometidas a la duda, a la discusión, incluso al disenso. 4. Los problemas relativos a la familia, ¿son Dogmas de Fe? Ante todo, tenemos presente que una verdad teológica es “Dogma de Fe” cuando esa verdad ha sido revelada por Dios (en la Biblia o en la Tradición) y cuando, además de eso, tal verdad ha sido propuesta por el Magisterio de la Iglesia como una afirmación de Fe que ha de ser aceptada y creída como Dogma. Por tanto, no basta preguntarse si tal problema concreto (relativo al matrimonio o a la familia) se encuentra en la “revelación civina”. Además de eso, tiene que estar fuera de duda que esa verdad ha sido propuesta por el Magisterio infalible como Dogma de Fe. Ahora bien, no existe ninguna afirmación teológica, relativa al matrimonio o a la familia, que reúna los dos elementos mencionados. Concretamente, el tema de la ley natural (al que suelen apelar los documentos eclesiásticos cuando se refieren a la familia) aparece, por primera vez, en el Magisterio solemne de la Iglesia, en la Declaración “Dignitatis Humanae” sobre la libertad religiosa, del concilio Vaticano II, en 1963. El tema de la indisolubilidad del matrimonio se menciona por primera vez, en un documento pontificio, en la Encíclica “Arvanum Divinae Sapientiae”, de León XIII, en 1880. El tema de la homosexualidad fue asunto de los manuales de teología moral, hasta que en 1975, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la Declaración “Persona humana”, rechaza abiertamente las prácticas homosexuales como contrarias al constante magisterio eclesial y al sentimiento moral de los fieles. No se trata de analizar aquí estos documentos. Para lo que interesa al presente estudio, basta tener claro que ninguno de estos documentos, ni los que han tratado posteriormente estos asuntos, han sido pronunciamientos del Magisterio infalible de la Iglesia. Por tanto, no se trata de doctrinas vinculantes para la Fe de los cristianos. En consecuencia, no se puede afirmar que los problemas que plantea la teología del matrimonio y la familia sean temas que afectan a la Fe divina y católica. No lo son. Así lo demuestra la historia de la Iglesia y de la teología cristiana. En efecto, durante los primeros siglos de la Iglesia, los cristianos siguieron los mismos usos y costumbres, por lo que concierne al casamiento, que había en el resto del Imperio romano. Esta situación se mantuvo, por lo menos, hasta el siglo IV (J. Duss-Von Werdt, El matrimonio como sacramento, en Mysterium Salutis, IV/2, 411). Lo cual quiere decir que los cristianos de los primeros siglos no tenían conciencia de que la revelación cristiana hubiera aportado algo nuevo y específico al hecho cultural del matrimonio en sí. Por tanto, en aquellos primeros siglos, la Iglesia no tenía un Derecho matrimonial propio y específico. Es más – y esto es importante que se sepa -, la Iglesia, durante casi todo el primer milenio, no sólo se rigió en sus decisiones (también sobre el matrimonio y la familia) por el Derecho romano, sino que “la custodia de la tradición jurídica romana recayó fundamentalmente en la Iglesia. Como institución, el Derecho propio de la Iglesia en toda Europa fue el Derecho romano. Como se decía en la Ley Ripuaria de los francos (61(58)1), en el s. VII, “la iglesia vive conforme al Derecho romano” (Peter G. Stein, El Derecho romano en la Historia de Europa, Madrid, Siglo XXI, 2001, 57). Más aún, en el año 619, el concilio de Sevilla, presidido por san Isidoro, invocaba el Derecho romano como la “lex mundialis”, aceptando así su universalidad (Conc. Hispalense II, can. 1 y 3. Cf. Ennio Cortese, Le Grandi Linee della Storia Giuridica Medievale, Roma, Il Cigno, 2008, 48). Y esto se mantuvo así, no obstante las resistencias de algún que otro autor más puritano, como fue el caso de Beda el venerable. Sin embargo, desde el año 620, las Etymologiae de san Isidoro se erigieron en la fuente de referencia más importante del Derecho romano a lo largo y ancho de Europa (Peter G. Stein, o. c., 58). Ahora bien, es importante saber que el Derecho romano no se ocupara para nada de lo que ocurría dentro de la familia. Las relaciones entre sus miembros eran un asunto privado, en el que la comunidad no intervenía. Todo el Derecho recaía sobre el poder y los privilegios del paterfamilias, en el que se concentraba toa la propiedad familiar. Y todos los poderes sobre la mujer y sus hijos. De manera que los hijos, incluso adultos, no podían poseer bienes hasta la muerte del padre (Peter G. Stein, o. c., 7-8). Como es lógico, estas condiciones y este vacío de legalidad indican claramente que las preocupaciones de la Iglesia no se centraban en los temas relativos al matrimonio y a la familia. En todo el primer milenio, no hay documento alguno del Magisterio que hable de los siete sacramentos. Porque la teología de los siete sacramentos se elabora a partir de los comentarios al Decretum de Graciano (.s. XI). Tales comentarios se hicieron, por tanto, a partir del s. XII, cuando aparecieron los primeros libros de Sententiae o Tractatus sobre los sacramentos (las Sententiae Divinitatis y el Tractatus de sacramentis del Maestro Simón). Hasta que se impuso el tratado de las Sentencias de Pedro Lombardo, que fue aceptado como fuente de los comentarios de los grandes Teólogos Escolásticos, de los siglos XII y XIII. Pero es importante saber que hasta el s. XIV no se impuso la doctrina de los siete sacramentos (José M. Castillo, Símbolos de libertad. Teología de los sacramentos, Salamanca, Sígueme, 1981, 375-301). Sabemos que el concilio de Trento dedicó la Ses. VII por completo al tema de los siete sacramentos. Pero, para fijar exactamente el “valor dogmático” que tienen las afirmaciones, que hizo el concilio en esta Sesión, hay que tener en cuenta dos puntos capitales: 1º) Los anathemas que impuso el concilio no significan necesariamente, en modo alguno, condenas de herejía (por ejemplo, DH 1660; 1759. Cf. P. Fransen, Reflexions sur l’anathème au concile de Trente: ETL 29 (1953) 658). 2º) La pregunta que les hicieron a los padres y teólogos del concilio fue si las doctrinas, que enseñaban los reformadores sobre los sacramentos, eran “errores” o “herejías” (CT 5, 844, 31-32). Pero no hubo manera de llegar a un acuerdo sobre este asunto. Así consta expresamente en las Actas del concilio (CT 5, 994, 11-12. DH 1600; cf. José M. Castillo, o. c., 333). Por tanto, no es un “dogma de fe” ni que los sacramentos sean siete; ni que el matrimonio cristiano sea un sacramento instituido por Cristo. A partir de esta afirmación fundamental, hay que tener presente que toda la doctrina del Magisterio, sobre el matrimonio y sobre la familia, nunca ha sido una definición dogmática. Siempre han sido enseñanzas pastorales, catequéticas o, en todo caso, de rango inferior. Ni siquiera el concilio Vaticano II se pronunció dogmáticamente sobre los asuntos que trató. Fue un “concilio pastoral”. Esto es lo que quiso Juan XXIII y mantuvo Pablo VI. La conclusión, que cabe deducir de lo dicho, es que todas las cuestiones y problemas, que se han planteado y se están debatiendo en el Sínodo de la Familia, son cuestiones sobre las que todos los cristianos podemos (y debemos) sentirnos libres para pensar, opinar y decir nuestra opinión, sin que por eso debamos tener miedo a atentar contra nuestra fe y nuestra fidelidad a la Iglesia. 5. Cuestiones de mayor actualidad 1. Divorcio He dicho que el Derecho de la Iglesia, durante los diez primeros siglos de su historia, fue el Derecho romano. Pues bien, en los manuales de Derecho romano se enseña que, al menos hasta el siglo IV, la libertad para divorciarse fue casi total en la sociedad romana. A partir del siglo IV, fue en aumento una cierta reprobación social en los casos de divorcios que se efectuaban sin una causa justificada (cf. Aulo Gelio, en las Noches Áticas, en 232 a. C., que probaría la mencionada reprobación social en los casos de divorcio injustificado). A partir del siglo VI, Justiniano admite el divorcio por “justa causa”. Y se sabe, con seguridad, que la Iglesia aceptó y practicó esta legislación. Por ejemplo, el año 726, el papa Gregorio II responde a una consulta de san Bonifacio: ¿Qué debe hacer el marido cuya mujer haya enfermado y como consecuencia no puede darle el débito conyugal? “Sería bueno que todo siguiese igual y se diese a la continencia. Pero, como eso es de hombres grandes, el que no se pueda contener, que vuelva a casarse; pero no deje de ayudar económicamente a la que enfermó y no ha quedado excluida por culpa detestable” (PL 89, 525). La misma doctrina sobre el divorcio entre cristianos se encuentra en el papa Inocencio I, en respuesta a Probo (PL 20, 602-603; cf. M. Sotomayor, Tradición de la Iglesia con respecto al divorcio: Proyección 28 (1981) 102-103). 2. Homosexualidad Este asunto es motivo y causa de enorme apasionamiento y de más enorme sufrimiento. Ambas cosas. Apasionamiento en quienes lo rechazan. Y sufrimiento en no pocos de quienes lo padecen o lo tienen que soportar, en las sociedades en que esta condición de la sexualidad humana es fuertemente rechazada. Es de sobra conocido que algunas religiones se han opuesto, y se sigue enfrentando, con violencia a las personas de condición homosexual. En la historia del cristianismo, este enfrentamiento ha llegado, a veces, a la violencia extrema del asesinato. Antiguamente, a los homosexuales se les quemaba vivos, como se hacía con los herejes. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, la cultura se humaniza y, sobre todo, se conoce mejor lo que es la condición humana en su totalidad, el juicio y la estimación social de este asunto se va equilibrando. Se suele citar a san Pablo como un opositor tajante de la condición homosexual. Pero hay que matizar este juicio. Pablo, hablando desde la Torá judía, singulariza en Rom 1, 26-27 la homosexualidad únicamente para rechazarla como “contra la naturaleza”. Pero en esa tradición, como en muchas otras, la naturaleza sexual estaba determinada por la biología, el cuerpo y los genitales. Para muchas personas hoy en día, sin embargo, la naturaleza sexual está determinada por la química, el cerebro y las hormonas. Así pues, Pablo nunca se enfrentó a la pregunta que nosotros debemos responder actualmente (J. D. Crossan, J. L. Reed, En busca de Pablo, Estella, Verbo Divino, 2006, 453). ¿Qué pasa si resulta que la homosexualidad es tan “natural”, para algunos, como lo es la heterosexualidad, para otros? En todo caso, no podemos utilizar a Pablo para responder a una pregunta que Pablo, en su tiempo y su cultura, no pudo jamás hacerse, ni sospechar del problema que esa pregunta oculta. Por esto, parece más razonable hacerse esta otra pregunta: ¿aceptó la Iglesia, en siglos anteriores y en algunos casos, el matrimonio homosexual? El Derecho romano, que la Iglesia aceptó e hizo suyo, reconocía dos definiciones de matrimonio. Así lo indican los manuales de Derecho romano (Antonio Fernández de Buján, Derecho Privado Romano, Madrid, Iustel, 2008, 134-135). Una de estas definiciones se encuentra ya en Ulpiano (Digesto, 1. 1. 3) y fue desarrollada por Modestino (D. 23. 2. 1), que entiende el “matrimonio, coniunctio maris et feminae, la unión del hombre y la mujer”. La otra definición está también en Ulpiano (D. 24. 1. 32. 13): “No es la unión sexual lo que hace el matrimonio, sino la afección, affectio, matrimonial”. Como es lógico, la”afección matrimonial” se puede dar y vivir lo mismo entre personas de distinto sexo que entre personas del mismo sexo. Es verdad que la definición de Modestino (“unión de hombre y mujer”) es la que prevaleció en el Decretum de Graciano y, de ahí, pasó al Derecho Canónico. Sin embargo, la segunda de las definiciones mencionadas quedó también recogida en las Instituciones de Justiniano (A. Fernández de Buján, o. c., 135). De forma que donde se pone el acento, en ambas definiciones, es en “el proyecto de vida en común” (o. c., 135). Es evidente que tal proyecto se puede realizar lo mismo entre personas de distinto sexo que entre personas del mismo sexo. Por lo demás – y esto es fundamental -, esta legislación tuvo que traducirse en hechos. O quizá lo que sucedió es que esta legislación era la que correspondía a hechos que se vivían ya en la Edad Media. Esto es lo que demuestra el estudio de John Boswell, Las bodas de la semejanza (Barcelona-Madrid, 1996). La tesis de la obra de Boswell es que los homosexuales existieron en la sociedad medieval occidental, sin ser perseguidos de forma significativa, existiendo también una subcultura gay que era tolerada. A partir del siglo XIII, se acentúa la tendencia hacia la uniformidad en las sociedades cristianas europeas y el fortalecimiento de las autoridades tanto religiosas como civiles, cosa que se puso de manifiesto en la persecución contra los albigenses a los que se acusaba de practicar la sodomía y de cometer delitos “contra natura”. Además, Boswell demuestra que existían rituales para la celebración de la unión matrimonial entre personas del mismo sexo. La plegaria de estos rituales matrimoniales decía: “Bendice a tus siervos N. y N., no unidos por naturaleza… Y concédeles amor recíproco y que permanezcan libres de odio y escándalo…” (John Boswell, o. c., 490-491; cf. Javier Gafo, “Cristianismo y Homosexualidad”, en Javier Gafo (ed.), La homosexualidad: un debate abierto, Bilbao, Desclée, 3ª ed., 1998, 189-222). 6. Reflexión final Es evidente que la institución familiar es la base sobre la que se sostiene la firmeza y la consistencia del tejido social. Una sociedad en la que la familia se desestructura y se rompe es una sociedad que se autodestruye. En una sociedad así, la violencia se desata hasta límites que no imaginamos. Por el contrario, en las peores circunstancias de crisis social, si la familia es sólida, la sociedad se sostiene y mantiene a las personas y a las instituciones. Lo hemos visto en la crisis económica y política de Europa. La unidad familiar ha sido decisiva para mantener una ayuda y una protección segura a quienes los parados y, en general a quienes se han visto en dificultades. Es bien conocida la ayuda que han prestado los pensionistas a los hijos parados, a los niños, a los enfermos, etc. Es evidente también que la familia tradicional está evolucionando. Es un hecho que el elemento determinante de la familia ya no es el matrimonio, sino la pareja. Y el factor decisivo, para el mantenimiento de la pareja, es la comunicación basada en la relación pura (Anthony Giddens, o. c., 73-75). Se trata de la relación “basada en la comunicación emocional”. La relación que se basa en aquella forma de comunicación humana en la que “entender el punto de vista de la otra persona es lo esencial” (o. c., 75). Insistir en este punto, mantenerlo y enriquecerlo, todo esto es mucho más importante que resolver los problemas teológicos tradicionales de la familia. Problemas que fueron planteados por teólogos solteros. Y ahora son de nuevo los solteros los que pretenden resolver los problemas que ellos plantearon Y problemas que los clérigos solteros les metieron en la cabeza a los laicos. Seamos, pues, respetuosos todos, unos con otros. Y, en lugar de discutir cuestiones que no van a resolver los verdaderos problemas que hoy tienen tantas familias, seamos honestos todos. Reconozcamos nuestras limitaciones. Y pongámonos a buscar las verdaderas soluciones.