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jueves, 30 de julio de 2026

Costos mundiales de la guerra contra Irán -- Sergio Ferrari

 


Enviado a la página web de Redes Cristianas

Una de cada tres personas no come lo necesario
Aunque los costos mayores los paga el propio Medio Oriente, la guerra desatada en febrero por los Estados Unidos e Israel contra Irán acarrea impactos negativos a nivel mundial. La crisis resultante tiene similitudes a la que vivió el planeta veinte años atrás.

A pesar de casi 14 mil kilómetros que separan a Teherán de la Ciudad de México o de Buenos Aires, la interdependencia de las economías hace que América Latina y el Caribe, así como prácticamente los demás continentes, sientan el efecto
empobrecedor del conflicto bélico.

A mediados de junio pasado, Estados Unidos e Irán firmaron un acuerdo que logró poner fin momentáneo a los ataques militares y reabrir el estrecho de Ormuz al tráfico comercial. Establecía además dos meses de plazo, hasta mediados de agosto, para lograr un acuerdo definitivo. Sin embargo, a inicios de julio se
reiniciaron las hostilidades luego de que en el marco de la reciente Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Ankara, Turquía, Donald Trump expresara sus dudas sobre la solución negociada del conflicto.

Pase lo que pase en las próximas semanas –un nuevo enfriamiento o agravamiento de la crisis bélica– esta guerra ya está impactando directamente muchas esferas de la actividad económica mundial.

América Latina y el Caribe, golpeados
En el caso específico de esta región tan vasta, un informe reciente de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) bajo el título de Impactos en América Latina y el Caribe de las hostilidades recientes en la República Islámica de Irán y sus
alrededores sostiene que este año el precio promedio de los bienes energéticos será de 20% a 25% mayor que en 2025.

Sin duda una proyección preocupante aun cuando se trata de una región en una posición geográfica más favorable que otras
debido a su baja exposición directa a los países del Golfo Pérsico. Y por demás alarmante para aquellos países latinoamericanos –la gran mayoría– que son
importadores netos de hidrocarburos.

En otras palabras: si bien el aumento del costo de la energía generado por la guerra favorece la balanza comercial de los países que exportan hidrocarburos (principalmente Brasil, Venezuela, México, Argentina, Chile y Colombia), afecta
significativamente a los que deben importarlos (la gran mayoría de la región).

El encarecimiento energético de los que importan erosiona directamente el poder adquisitivo de la canasta de consumo, el transporte y básicamente todo lo necesario para el funcionamiento cotidiano y el bienestar de sus hogares. A esto se le suma el
impacto causado en los alimentos por el aumento de los precios de los fertilizantes, cuya oferta y tránsito, al igual que con el petróleo y el gas, se concentra en gran proporción en el Golfo Pérsico (https://repositorio.cepal.org/server/api/core/bitstreams/d667c7c2-f2d6-4f28-b56e-89aab621937a/content).

Por otra parte, como subraya CEPAL, Latinoamérica y el Caribe, al igual que prácticamente el resto del mundo, confronta un “enfriamiento de la actividad económica mundial” que afecta sus perspectivas de crecimiento global. No menos importante, las consecuencias negativas en el terreno financiero y de política
monetaria.

La presión inflacionaria sobre las economías avanzadas lleva a sus bancos centrales a mantener tasas de interés elevadas por más tiempo del previsto, lo cual encarece el financiamiento externo para Latinoamérica y el Caribe. “El aumento de la incertidumbre geopolítica”, argumenta CEPAL, “se asocia a una mayor demanda de activos considerados más seguros, lo que fortalece el dólar y
crea una mayor presión sobre las monedas de los países de la región”. 

Todo esto se da en el marco de una situación mundial de por sí preocupante, donde el costo de una alimentación saludable aumentó un 25% en cinco años y casi una de cada tres personas –nada menos que 2.690 millones de seres humanos– no logra
nutrirse convenientemente. Significativamente, la región del planeta con los costos más elevados para una alimentación básica es América Latina y el Caribe.

Según la FAO, esto se explica, en parte, por el hecho de que muchos de sus países priorizan las exportaciones de granos, carne y comestibles en desmedro de una oferta suficiente y diversificada para sus propios mercados y consumidores locales.
(https://www.swissinfo.ch/spa/el-costo-de-una-alimentaci%C3%B3n-saludable-aument%C3%B3-un-
25%25-en-cinco-a%C3%B1os%2C-seg%C3%BAn-la-fao/91756374).

Dos grandes crisis en lo que va del siglo
La guerra de Medio Oriente y otros conflictos bélicos vigentes afectan tanto el aprovisionamiento de combustibles como el de fertilizantes, como ocurrió hace dos décadas, cuando el mundo confrontó una crisis muy grave debido al aumento del
precio del petróleo.

Según la organización internacional Grain (Granos/Semillas), la
cual apoya a movimientos sociales del sector rural en todo el mundo, ese aumento se tradujo en aumentos paralelos en los costos de producción y distribución de alimentos, fenómeno que “trastocó la vida de cientos de millones de personas”.
(https://grain.org/es/article/7398-otra-crisis-alimentaria-si-pero-esta-vez-es-diferente).

El aumento del costo de los fertilizantes, dice Grain, obliga al campesinado en muchos países a sembrar menos o reducir el uso de fertilizantes en momentos en que el precio de los alimentos ya se está disparando debido al impacto energético en
el procesamiento, el envasado y el transporte. Pero “lo peor está por venir en unos meses,” anticipa esta agencia con sede en Barcelona, España, “cuando los recortes actuales en la siembra o en el uso de fertilizantes se traduzcan en cosechas
reducidas”.

Con esa perspectiva, “la situación será especialmente grave para
cultivos como el arroz, el maíz y el trigo”.
El análisis de Grain visualiza ciertas coincidencias entre estos dos periodos mundiales tan complejos. A inicios de siglo, por ejemplo, los efectos de los altos precios del combustible se vieron amplificados enormemente por fenómenos
meteorológicos extremos, especialmente inundaciones y sequías.

Ahora, el mundo está por encarar un súper El Niño con graves sequías e inundaciones durante este año y comienzos del siguiente. En 2008, los especuladores financieros y las
corporaciones que dominaban los sectores de semillas, fertilizantes y el comercio de mercancías y supermercados utilizaron su poder para obtener enormes beneficios y
trasladar los costos al campesinado y los consumidores.

Ahora, la concentración empresarial y el impacto de las finanzas y la especulación sobre el sistema alimentario se han agudizado.
Sin embargo, señala Grain, ambas coyunturas históricas exhiben diferencias. En primer lugar, la situación actual es consecuencia directa de la guerra y la agresión imperialista. En segundo lugar, “el mundo se ha vuelto indudablemente más desigual”, con una población mundial más vulnerable a los aumentos repentinos del
precio de los alimentos que hace 20 años.

Aumento que también impacta directamente en la vivienda, el transporte, la electricidad, el vestido y los medicamentos aun cuando los ingresos reales de la gente no se ajustan en
absoluto.

En la coyuntura actual, prosigue Grain, los ricos se están volviendo mucho más ricos mediante la acumulación de riqueza en los mercados financieros y el sector tecnológico. Para los trabajadores, particularmente los que producen, procesan y
distribuyen alimentos, la situación se está volviendo más difícil.

En síntesis: “Los salarios disminuyen, los empleos son más precarios, el cambio climático y la intensificación de la agricultura hacen que el trabajo agrícola y el procesamiento de
alimentos sean más peligrosos, y para muchas personas no existen protecciones ni beneficios sociales”.

A modo de conclusión, el estudio de Grain alega que “la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha vuelto a poner de manifiesto, de forma dolorosa, la excesiva dependencia de nuestro sistema alimentario de los combustibles fósiles y
su vulnerabilidad ante las agresiones imperiales”.

Si a esto se le suma la crisis climática, resulta urgente romper con dicha dependencia y construir sistemas alimentarios biodiversos, sin duda la única alternativa viable al uso y abuso de los combustibles fósiles. Construcción que puede convertirse en un punto común de confluencias sociales internacionales que unan a los diferentes movimientos sociales, pero con perspectivas reales solo si se fundamenta en la construcción de economías solidarias y equitativas.

¿Laberinto sin salida?
El diagnóstico del impacto negativo de la guerra en la sobrevivencia de la especie humana es claro, y muy diversas voces coinciden en la gravedad de la coyuntura presente donde la fuerza de las balas se impone a la viabilidad alimentaria de la
población mundial. Sin embargo, la extraña confluencia de palabras afónicas de gran parte de la sociedad civil internacional y los oídos sordos del poder imperial marcan un escenario de penurias humanas y climáticas crecientes.

¿Por qué resulta tan difícil reformar la Iglesia Católica?

 


Cuando la Iglesia católica convoca grandes procesos de reflexión sobre sí misma —como el Concilio Vaticano II o el actual Sínodo de la Sinodalidad— reconoce implícitamente que existen problemas que requieren revisión. Sin embargo, comprender por qué las reformas avanzan con tanta lentitud exige mirar más allá de las declaraciones oficiales y analizar los engranajes internos de una institución con casi dos mil años de historia.

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha construido una organización extraordinariamente sólida, capaz de influir en la mentalidad de millones de personas. Mediante la enseñanza, la liturgia, la catequesis y la vida sacramental, transmite una visión sutil del mundo y de la relación entre Dios, la autoridad y la conciencia individual.

Pero este proceso produce un efecto que a menudo pasa desapercibido: los mismos mecanismos que moldean la mentalidad de los fieles terminan configurando la del clero. Sacerdotes, obispos y los máximos responsables institucionales han sido educados desde jóvenes dentro de este marco doctrinal y psicológico. No solo enseñan el sistema; han aprendido a pensar desde él.

Con frecuencia se atribuye la resistencia al cambio exclusivamente al deseo de conservar privilegios o posiciones de poder. Sin duda, ese factor existe en una jerarquía que ha concentrado históricamente la autoridad y el prestigio. Sin embargo, reducir el problema a intereses personales sería simplificar la realidad.

Muchos miembros del clero están sinceramente convencidos de que preservar la estructura actual es un deber religioso. El proceso formativo que fomenta la obediencia y la identificación entre doctrina e institución actúa con igual fuerza en quienes gobiernan. En consecuencia, quienes deberían impulsar las reformas son, en buena medida, producto del sistema que necesita ser reformado. Esta dinámica genera una inercia institucional donde incluso personas honestas y comprometidas experimentan enormes dificultades para imaginar modelos organizativos distintos, al asumir que la estructura existente forma parte de la voluntad divina.

El núcleo del problema reside en una convicción central: la Iglesia se considera depositaria e intérprete auténtica de una revelación definitiva de Dios. Esto desencadena dos consecuencias críticas:
– Dificulta la autocrítica: Cualquier cuestionamiento puede interpretarse no como una oportunidad de mejora, sino como una amenaza a la verdad revelada.
– Transforma la duda en un problema moral: La reflexión crítica o la búsqueda honesta corren el riesgo de vivirse como una falta de fe o una desobediencia.

Para preservar la unidad, la Iglesia ha desarrollado dogmas y fórmulas de fe obligatorias. En este contexto, la discrepancia deja de ser una diferencia de opinión y se convierte en una ruptura con la enseñanza oficial.

Junto a la dimensión doctrinal aparece la distancia entre los principios proclamados y las prácticas institucionales. Los ejemplos son visibles:
– Se predica la pobreza evangélica mientras se administra un inmenso patrimonio económico.
– Se exalta la humildad mientras se mantiene una estructura fuertemente jerarquizada y centralizada.
– Se defiende la libertad de conciencia, pero la discrepancia pública puede acarrear sanciones o marginación.
– Se proclama la igualdad ante Dios, aunque los ministerios de mayor autoridad se reserven exclusivamente a varones célibes.

Estas tensiones generan la impresión de que las exigencias morales recaen principal-mente sobre los fieles, eximiendo del mismo control a quienes ejercen el poder. El ejemplo más grave de esta incoherencia ha sido la gestión de los abusos sexuales. Investigaciones judiciales e informes gubernamentales han demostrado que, durante décadas, numerosos responsables priorizaron la protección de la institución sobre la de las víctimas mediante el secreto, el traslado de acusados y la falta de colaboración con la justicia civil. Estos fallos estructurales evidencian una cultura donde preservar el prestigio organizativo se convirtió en un objetivo prioritario.

La capacidad de influencia de la Iglesia acompaña a las personas desde el nacimiento hasta la muerte. Conceptos como pecado, salvación, cielo o infierno configuran la conciencia moral de millones de creyentes. Ante las críticas, la respuesta habitual es distinguir entre la perfección de la doctrina y las imperfecciones de los hombres. Sin embargo, en la práctica es difícil separarlas: la propia institución ha elaborado el canon, la doctrina y la interpretación de los textos sagrados.

Esta educación de la conciencia tiene efectos psicológicos profundos, como sentimientos de culpa o dependencia de la autoridad. Por ello, muchos de quienes abandonan la práctica religiosa describen un profundo alivio al dejar atrás un modelo basado en el temor y la vigilancia permanente.

El blindaje definitivo de la estructura consiste en el origen divino que atribuye a su autoridad. Al presentarse como una institución querida directamente por Dios, cuestionar una decisión eclesial equivale a cuestionar al Creador. Este mecanismo afecta tanto a quienes obedecen como a quienes mandan: el obispo o sacerdote que teme modificar una tradición no siempre busca poder; a menudo teme poner en riesgo la fe.

Si la Iglesia desea recuperar su credibilidad, las reformas no pueden limitarse a respuestas puntuales ante las crisis. Se requiere afrontar cuestiones de fondo: una distribución equilibrada del poder, una transparencia efectiva, una gestión radicalmente distinta de los abusos y una participación comunitaria amplia en las decisiones.

El núcleo del mensaje de Jesús —centrado en el amor, la justicia y la misericordia— no depende de un modelo concreto de organización. Aunque el clero asumió históricamente el rol de mediador exclusivo, cada vez más cristianos consideran que la relación con Dios no requiere una intermediación institucional obligatoria. Esto no implica renunciar a la vida comunitaria, sino transformar la naturaleza del liderazgo: pasar de un modelo de subordinación y control a uno basado en el servicio, la corresponsabilidad y la rendición de cuentas.

La pregunta decisiva sigue siendo: ¿hasta qué punto puede transformarse una institución cuando quienes tienen el poder de reformarla han sido moldeados por el propio sistema?.

Cualquier intento de cambio corre el riesgo de reducirse a ajustes superficiales que dejen intactos los mecanismos fundamentales. Aquí cobra sentido la imagen evangélica del remiendo nuevo sobre un vestido viejo: el problema no es la calidad del remiendo, sino el desgaste del tejido que debe sostenerlo. La verdadera renovación exige revisar críticamente los fundamentos culturales, psicológicos y organizativos del sistema. Solo distinguiendo con claridad entre la permanencia del mensaje evangélico y las formas históricas en que ha sido administrado se podrá abrir el camino hacia una transformación verdaderamente profunda.

https://cristianosdebasedegijon.com/articulos/mi/dificil%20reforma.html

Faustino Castaño (pertenece a los grupos de Redes Cristianas en Asturias)

¿POR QUÉ TEME EL GOBIERNO A LA IGLESIA?


 El Presidente de la de la Conferencia Episcopal Española (CEE), en una conferencia el pasado 9 de julio, llamó al Gobierno «banda de ladrones», así como suena, al manifestar:  “Cuando un Estado olvida la ética, se convierte en una banda de ladrones y a las pruebas me remito”. Jesús Bastante, califica esta noticia en elDiario.es, como «querer reventar la buena sintonía del Gobierno y la Iglesia», como si Argüello fuera un simpatizante de VOX. Y no contento con afirmarse posteriormente en sus declaraciones, extendió sus quejas contra la aprobación del Parlamento de las Leyes en favor del aborto, del matrimonio entre personas de diverso sexo y de la permisión del Orgullo LGTBIq+, que acababa de celebrarse en todo el país. No obstante, si esta actitud del jefe de los obispos nos llama la atención, mayor estupor me causa a mi la tibia respuesta del Gobierno ante estas andanadas del Presidente de la CEE. Pues no es esta la primera vez que Argüello califica así al Gobierno. Ya lo hizo en diciembre pasado, según El País, en una entrevista concedida a La Vanguardia, al manifestar respecto a la crisis gubernamental: «Hay que ir a una cuestión de confianza, moción de censura o elecciones”, tal como opinan PP y VOX.

¿Y cuál ha sido la respuesta del Gobierno ante estos desplantes y calificativos injuriosos?  Por tercera vez el Ministro de la Presidencia y de Justicia, Felix Bolaños, se ha contentado con responder al Presidente de los obispos de la Iglesia española con una tercera carta, en la que se queja de sus palabras “ofensivas, tanto desde el punto de vista personal como institucional”, pero se contenta con un «y tu más»: “¿Qué le parecería si un miembro del Gobierno calificase a la Iglesia entera como ‘banda de agresores sexuales, a las pruebas me remito‘?”. Todo esto indica que el Gobierno está cagado de miedo ante la Iglesia, y no se atreve a tomar medidas más drásticas ante esta ofensa institucional al Estado español, según el Ministro de la Presidencia.

La respuesta contundente ante esta ofensa institucional al Estado, no es otra que  quitarle a la Iglesia algunos de los diversos privilegios de que goza, como el no pagar el IBI, obligarle a devolver los 35.000 bienes inmatriculados por la Iglesia Católica desde 1998 al 2015, según lista publicada por el propio ministerio de la Presidencia o quitarle todos. ¿Cómo?

Yendo a la raíz y causa de todos ellos, al Concordato o los Acuerdos. En definitiva, cumplir de una ver la Denuncia y Derogación de los Acuerdos firmados entre el Estado español y la Santa Sede, aprobada por el PSOE y otros partidos en la comisión de Educación celebrada del Congreso, el 21 de febrero de 2018,  Pero el Gobierno NO se atreve . ¿Por qué?   Porque el Gobierno  tiene un tremendo temor  a la Iglesia.  Al parecer teme que si saca los trapos sucios de la Iglesia o le quita sus privilegios,  en las próximas elecciones generales perderá los votos de los católicos. ¿Es esto cierto?

Todo puede suceder, pero atendiendo a las ultimas noticias dadas  por el CIS y publicadas por Religión Digital, es cierto que un 52’9 % se declara católico, pero solo el 17’3 % se declara practicante, mientras crecen los no  practicantes del 35’5 al 36’6 %. Pero, sobre todo, en España se estima que 4 de 10 españoles se declaran agnósticos y ateos. A este número de personas nos sumamos los cristianos críticos o herejes  de las Comunidades Cristianas de Base (CCB), cuya Carta abierta a Mons.Argüello de su Coordinadora estatal suscribo, de la Revuelta de mujeres en la Iglesia y otros movimientos apostólicos que estamos agrupados en Redes Cristianas, a los que hay que sumar otros grupos cristianos críticos de diversa índole y militantes en diversos Partidos. España ha dejado de ser católica tradicional, es mucho más crítica. Hoy en España todas estas personas y muchas más votaríamos a favor de cualquier propuesta que merme privilegios a la Iglesia y, sobre todo, a  favor de la Denuncia y Derogación de los Acuerdos  o Concordato entre el Estado español y la Santa Sede del 3 de enero de 1979.   ¿A qué está esperando el PSOE y los partidos que están a su izquierda?

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Antonio Moreno de la Fuente
Miembro de las CCB de Andalucía 

18º domingo del tiempo ordinario

 


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Hermanos y hermanas, “dadle vosotros de comer” Jesús nos apremia a combatir el hambre del mundo. Somos corresponsables de la vida de nuestros hermanos. Oremos.

Queremos ser signos del Reino

Necesitamos una Iglesia solidaria; que se dé en tiempo y en bienes; que denuncie la injusticia de la desigualdad y repartición de los bienes en nuestro mundo.

Queremos ser signos del Reino

Necesitamos creyentes implicados en hacer de este mundo un lugar amable para toda la humanidad; donde cada persona se sienta valorada, alentada, amada…

Queremos ser signos del Reino

Necesitamos comunidades parroquiales y religiosas que compartan y atiendan a quienes necesitan comida, hogar, papeles, trabajo, dignidad…

Queremos ser signos del Reino

Necesitamos Instituciones civiles y sociales que se ocupen de quienes sufren la desigualdad, la injusta repartición de los bienes de la tierra.

Queremos ser signos del Reino

Necesitamos familias que sean escuelas de solidaridad, donde los niños y jóvenes aprendan a compartir lo que tienen y son.

Queremos ser signos del Reino

En un mundo donde el ansia de acumular bienes es el anhelo al que dedicamos mucho tiempo y esfuerzo; hemos de recordar que la celebración de la Eucaristía nos exige compromiso y apuesta por una nueva sociedad y un nuevo orden internacional.

Halík propone una iglesia que enseñe a mirar antes que a responder


La Federación de Conferencias Episcopales de Asia (FABC) celebra estos días en Yakarta su XII Asamblea Plenaria, un encuentro que reúne aproximadamente cada cuatro años a obispos del continente junto con teólogos, especialistas y responsables pastorales para reflexionar sobre los principales desafíos de la Iglesia en Asia. Bajo el lema «Conversión sinodal y misión de construir puentes de comunión en Asia», la asamblea ha contado con la participación de representantes de la Santa Sede y de diversos ponentes invitados, entre ellos el cardenal Luis Antonio Tagle, la teóloga malasia Choong Pui Yee y el sacerdote y pensador checo Tomáš Halík.

La presencia de Halík no es casual. Sacerdote ordenado clandestinamente durante el régimen comunista de la antigua Checoslovaquia, colaborador del presidente Václav Havel tras la recuperación de la democracia y profesor de Sociología en la Universidad Carolina de Praga, está considerado una de las voces más influyentes del pensamiento cristiano europeo. En 2014 recibió el prestigioso Premio Templeton por su aportación al diálogo entre fe y cultura, y buena parte de su obra gira en torno al encuentro entre creyentes y no creyentes, la secularización y la renovación espiritual de la Iglesia.

En su intervención, Halík afirmó que la mayor crisis del mundo contemporáneo no es únicamente política o económica, sino una crisis de confianza, de sentido y de capacidad para comprender la realidad. A su juicio, la misión de la Iglesia no consiste tanto en ofrecer respuestas inmediatas a todos los problemas como en formar comunidades donde las personas aprendan a mirar con profundidad, a discernir y a descubrir la presencia de Dios en medio de la vida cotidiana. Desde esa perspectiva, la sinodalidad no sería solo una reforma de las estructuras eclesiales, sino una forma de caminar juntos que transforme también la manera de escuchar y dialogar.

Sus planteamientos han suscitado en ocasiones debate dentro de la Iglesia por su defensa de una mayor apertura al diálogo con la cultura contemporánea y por su insistencia en una renovación pastoral que priorice la acogida, la escucha y el discernimiento. Sin embargo, nunca ha sido objeto de sanciones doctrinales y hoy es reconocido internacionalmente como uno de los teólogos católicos más influyentes de nuestro tiempo.

Una invitación a mirar de otra manera

En tiempos en los que la inmediatez parece exigir respuestas para todo, Halík propone recuperar un aprendizaje más humilde y profundamente evangélico: detenerse, escuchar y mirar la realidad con profundidad antes de emitir juicios. Tal vez ahí resida una de las tareas más urgentes de la Iglesia del siglo XXI. No tanto multiplicar respuestas como ayudar a las personas a descubrir preguntas más verdaderas y una mirada capaz de reconocer la presencia de Dios en medio de la vida.

Inma Calvo

Fuentes consultadas

Agencia Fides. Tomáš Halík en la Asamblea de la FABC: «El futuro del cristianismo dependerá de si nuestras comunidades se convierten en espacios donde las personas aprendan a ver de verdad».

Federación de Conferencias Episcopales de Asia (FABC). Información sobre la XII Asamblea Plenaria celebrada en Yakarta.

Templeton Prize. Biografía de Tomáš Halík.

Universidad Carolina de Praga. Perfil académico de Tomáš Halík.

Juntos somos mejores

 


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Los jugadores Ferran y Nico, pero también Rodri —capitán de la selección española y Balón de Oro del Mundial—, que no dudó en mencionar a Dios al hablar de las emociones vividas tras la victoria, representan a una nueva generación de jóvenes que viven su fe con naturalidad. No tienen miedo de expresar públicamente el cristianismo que les sostiene en los momentos difíciles y muestran, además, un espíritu de equipo y de solidaridad que recuerda una idea repetida durante todo el campeonato: «Juntos somos mejores».

Alegra encontrar testimonios así, tanto de palabra como de vida. Personalmente, no comparto la enorme dimensión que ha adquirido un acontecimiento como la final del Mundial. Me cuesta asumir el despliegue económico, la espectacularización del evento o algunas de las implicaciones políticas que lo han acompañado.

Sin embargo, prefiero fijarme en los aspectos positivos. Valoro el esfuerzo compartido, la entrega de quienes buscan dar lo mejor de sí mismos y el testimonio de aquellos futbolistas que han reconocido con sencillez que creen en Dios y que la oración forma parte de su vida.

Sin dejar de ser crítico con algunos excesos del Mundial, merece la pena reconocer estos signos de inspiración cristiana. Ojalá sirvan de estímulo para muchos jóvenes y, también, para quienes ya no lo somos tanto. Porque esa frase que ha acompañado al equipo español no solo es válida para el deporte, sino también para la vida: «Juntos somos mejores».

Gerardo Villar

Lefebvre y roma: Un conflicto que revela los límites de un modelo de iglesia

 


Hay conflictos que, por mucho que se presenten como debates doctrinales, en realidad hablan sobre el modelo de Iglesia que subyace a ellos. El prolongado enfrentamiento entre el Vaticano y el movimiento lefebvriano es uno de esos casos.

Desde hace más de medio siglo, la discusión gira en torno a la autoridad, la tradición, la liturgia, el Concilio Vaticano II o la obediencia. Sin embargo, una lectura desde una eclesiología evangélica, de comunión, participativa y desclericalizada permite descubrir que el verdadero problema no es únicamente qué doctrina se defiende, sino quién posee el poder para definirla y cómo se estructura la comunidad eclesial.

Paradójicamente, el conflicto entre Roma y los seguidores de Marcel Lefebvre no cuestiona realmente el clericalismo; enfrenta dos maneras distintas de comprender y ejercer la autoridad eclesial. No son posiciones equivalentes. La propuesta del Vaticano, especialmente desde el Concilio Vaticano II, incorpora una renovación eclesiológica de enorme alcance. Pero el conflicto sigue desarrollándose, en buena medida, dentro de un marco donde el protagonismo efectivo continúa concentrado en las élites clericales.

La nueva ordenación que ha reabierto la crisis

La reciente decisión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de proceder a una nueva ordenación episcopal sin mandato pontificio ha vuelto a situar el conflicto en primer plano. Después de décadas de contactos intermitentes con la Santa Sede y de algunos gestos de acercamiento, la Fraternidad ha optado nuevamente por garantizar su propia sucesión episcopal al margen de la autorización de Roma.

Desde la perspectiva vaticana, el problema es evidente: en la eclesiología católica, la comunión con el Obispo de Roma se expresa también en que ningún obispo puede ser consagrado legítimamente sin mandato pontificio. La ordenación de un obispo sin esa autorización supone una ruptura grave de la disciplina eclesial y cuestiona la unidad visible de la Iglesia.

Para la Fraternidad, en cambio, la situación de “estado de necesidad” que, según ellos, vive la Iglesia justificaría actuar sin ese consentimiento para preservar la tradición litúrgica y doctrinal que consideran amenazada.

Ahora bien, ambas posiciones no poseen el mismo grado de consistencia eclesiológica. La postura de la Santa Sede se apoya en un principio constitutivo de la tradición católica: la comunión episcopal articulada en torno al ministerio del Obispo de Roma. La decisión lefebvriana, por el contrario, introduce una excepción cuya legitimidad decide el propio grupo que la aplica. Paradójicamente, para defender la autoridad de la tradición termina atribuyéndose una autoridad superior a la de la propia Iglesia que afirma querer preservar.

Las posiciones son conocidas. Lo interesante es advertir qué presupuestos siguen compartiendo. Porque la discusión vuelve a girar casi exclusivamente en torno a quién tiene autoridad para transmitir el ministerio episcopal.

El centro del debate no son las comunidades cristianas, ni la evangelización, ni los pobres, ni el anuncio del Reino, sino la legitimidad del ejercicio del poder sacramental y jurisdiccional. Una vez más, el sujeto visible del conflicto son, sobre todo, las élites clericales. 

Una disputa dentro de un paradigma todavía muy clerical

Si algo caracteriza al discurso eclesiológico crítico, que busca una Iglesia desclericalizada, es la insistencia en distinguir entre la Iglesia nacida del Evangelio y determinadas formas históricas que ha adoptado la institución eclesiástica.

La Iglesia no se identifica sin más con su aparato jurídico ni con sus estructuras de poder. Es, ante todo, el Pueblo de Dios convocado por el Espíritu.

Desde esta perspectiva, el Vaticano y el lefebvrismo comparten todavía importantes rasgos de una eclesiología donde el protagonismo efectivo continúa concentrándose en la jerarquía. Sin embargo, no lo hacen con la misma intensidad ni en la misma dirección. Mientras el Vaticano II abrió una comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios, comunión y sinodalidad —aunque su recepción práctica siga siendo incompleta—, el lefebvrismo representa precisamente una reacción frente a ese desarrollo conciliar y acentúa un modelo mucho más rígidamente clerical y piramidal.

Naturalmente, existen diferencias importantes entre ambos. Roma defiende la recepción del Vaticano II, mientras que la Fraternidad mantiene una crítica profunda a aspectos centrales del Concilio. Pero, incluso en la Iglesia postconciliar, las decisiones decisivas continúan descansando en gran medida en el ámbito episcopal y clerical. El pueblo cristiano aparece con demasiada frecuencia como destinatario de esas decisiones, más que como verdadero sujeto eclesial.

El debate se desarrolla entre obispos, cardenales… Los y las fieles apenas existen como protagonistas.

El pueblo ausente

Uno de los aspectos más originales de la eclesiología del Vaticano II consiste en recuperar la centralidad del bautismo frente a la hipertrofia del ministerio ordenado. La Iglesia no nace del sacerdote. Nace de la fe compartida.

El ministerio existe para servir a la comunidad; no la comunidad para legitimar el ministerio. Cuando esta relación se invierte, aparece el clericalismo: una concepción según la cual la vida eclesial queda monopolizada por quienes ejercen el poder sacramental o jurídico.

Precisamente eso explica por qué un conflicto como el actual acaba ocupando el centro de la escena eclesial.

Las negociaciones nunca se plantean preguntando qué necesitan las comunidades cristianas para anunciar mejor el Evangelio, cómo favorecer una mayor participación de los y las laicas o cómo hacer más visible el Reino de Dios.

El centro del problema son cuestiones como el estatuto canónico de una fraternidad sacerdotal, la jurisdicción para administrar sacramentos, las competencias doctrinales o la autoridad del Papa.

Ahora, con la nueva ordenación episcopal, el foco vuelve a situarse sobre la sucesión apostólica entendida como problema de legitimidad jurídica entre obispos. El resto de la Iglesia permanece prácticamente invisible.

Buena parte de los malestares contemporáneos en la institución provienen de conservar una imagen excesivamente jerárquica de la Iglesia.

Aunque el Vaticano II recuperó la categoría bíblica de Pueblo de Dios y abrió caminos como la colegialidad y la sinodalidad, en muchos aspectos la práctica posterior siguió funcionando mediante un esquema vertical: la autoridad decide; la base recibe.

En ese contexto resulta perfectamente comprensible que pueda producirse un conflicto como el actual entre Roma y los lefebvrianos. La disputa consiste principalmente en determinar quién representa legítimamente la autoridad. Es una discusión semejante a la que puede producirse dentro de cualquier institución altamente centralizada: todos aceptan la necesidad de una autoridad, aunque discrepan profundamente sobre quién puede ejercerla y en qué condiciones.

¿Y si el problema fuera el modelo?

¿Qué ocurriría si la Iglesia estuviera organizada de otra manera? Si las comunidades locales tuvieran una auténtica capacidad deliberativa. Si los procesos de discernimiento fueran realmente sinodales. Si los y las laicas participaran corresponsablemente en las decisiones. Si la autoridad fuera entendida prioritariamente como servicio y no como concentración de competencias.

En un modelo así, la ordenación de un obispo no sería percibida únicamente como un acto de transmisión de poder dentro de una élite clerical, sino como un acontecimiento que implicaría verdaderamente a la comunidad que ese ministerio está llamado a servir.

Conflictos como el actual perderían buena parte de su dramatismo, porque dejarían de ser luchas por el control institucional para convertirse en procesos de discernimiento eclesial.

Las primeras comunidades como referencia

Las primeras comunidades cristianas ofrecían una imagen mucho más dinámica y participativa. Existían ministerios. Había liderazgo. Pero la comunidad precedía a la institución. Las decisiones importantes nacían del discernimiento común bajo la acción del Espíritu.

El llamado Concilio de Jerusalén constituye precisamente un ejemplo de búsqueda comunitaria más que de imposición unilateral. La fórmula “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” expresa una autoridad compartida que difícilmente puede identificarse con el monopolio de una élite clerical.

Naturalmente, sería ingenuo idealizar aquellas comunidades. Pero también sería un error olvidar que el cristianismo nació mucho más cerca de una soro-fraternidad de iguales que de una organización piramidal.

El clericalismo adopta formas distintas

El clericalismo no tiene un único color ideológico. Puede ser progresista. Puede ser conservador. Puede defender el Vaticano II. Puede combatirlo.Puede celebrar la liturgia reformada. Puede celebrar exclusivamente el rito preconciliar.

En todos los casos aparece cuando la Iglesia deja de entenderse como comunidad de bautizados y pasa a concebirse principalmente como una organización dirigida por especialistas de lo sagrado, los clérigos.

Desde este punto de vista, el lefebvrismo constituye una expresión particularmente intensa del clericalismo tradicional, pues identifica casi por completo la continuidad de la Iglesia con la continuidad de un determinado modelo de autoridad clerical.

La posición de Roma, por el contrario, incorpora elementos decisivos de renovación eclesiológica gracias al Vaticano II. Sin embargo, corre el riesgo de reproducir parcialmente esa misma lógica cuando la resolución del conflicto queda reducida casi exclusivamente a una cuestión de competencias jurídicas entre autoridades eclesiásticas, dejando nuevamente en un segundo plano al conjunto del Pueblo de Dios.

Se trata de recuperar la convicción evangélica de que todos los y las bautizadas participan de una misma dignidad y de una misma responsabilidad en la misión.

Eso era, en buena medida, lo que el Vaticano II abrió como horizonte para una auténtica renovación eclesiológica. El problema no reside tanto en el Concilio cuanto en la insuficiente recepción de algunas de sus intuiciones más profundas. Mientras el sujeto efectivo de la Iglesia siga siendo una minoría clerical —aunque esté dividida entre Roma y Ecône— seguirán reproduciéndose conflictos como el actual.

Cuando el verdadero sujeto vuelva a ser el Pueblo de Dios, la pregunta dejará de ser únicamente quién tiene derecho a ordenar obispos y pasará a ser la decisiva: cómo anunciar hoy el Evangelio de Jesús y construir comunidades donde la autoridad sea, de verdad, servicio.

José Antonio Vázquez Mosquera

Religión Digital, 29 Jun 2026

Dos banderas

 


Es la misma, pero no es igual

Quienes se mueven o han bebido de la espiritualidad ignaciana, al leer el título de esta reflexión, habrán esbozado una sonrisa. Es lógico. Al ver escrito «Dos banderas», a cualquier hijo de San Ignacio se le va la mente de inmediato a la famosa meditación de los Ejercicios Espirituales: ese discernimiento entre la bandera de Cristo y la bandera de Lucifer, entre la luz y las tinieblas. Pero lamento decepcionar a los más místicos: hoy no van por ahí los tiros. O quizá, si lo miramos bien, un poco sí. Porque hoy quiero hablar de otra dualidad, mucho más terrenal, pero igualmente divisiva: las dos formas de usar la bandera de España.

Vivimos días donde los colores de nuestra bandera se despliegan en dos escenarios completamente opuestos. Vivimos días donde los colores de nuestra bandera se despliegan en dos escenarios completamente opuestos. Dos maneras de sentir un país que nos obligan a preguntarnos si lo que compartimos es un punto de encuentro o una frontera insalvable.

La bandera que suma: El entusiasmo de la camiseta

Por un lado, tenemos la bandera de la alegría compartida, esa que vemos estos días con los éxitos de la selección española. Es fascinante ver cómo se transforma el ambiente. De repente, la gente sale a la calle, se enfunda la equipación roja, saca la bandera al balcón o se la pinta en las mejillas sin ningún tipo de complejo.

En ese espacio, la bandera no pide el carné de identidad ideológico a nadie. Nos entusiasmamos todos por igual: el de izquierdas, el de derechas, el agnóstico, el creyente, el que nació aquí y el que llegó buscando un futuro mejor y hoy celebra los goles como el que más. Es una bandera limpia de reproches, que funciona como un punto de encuentro festivo. Una tela que, en lugar de tapar bocas, abre abrazos. Es la España integradora, la que se reconoce en el esfuerzo común y en la celebración colectiva.

La bandera que resta: El secuestro de los símbolos

Pero luego cruzamos la acera y nos encontramos con la otra bandera. La de las pulseritas estratégicas, las banderitas en el perfil de las redes sociales, los logotipos de Vox y los discursos inflamados. Es la bandera utilizada como arma arrojadiza, convertida en el patrimonio exclusivo de la derecha y la ultraderecha.

Asistimos, con cierta tristeza, a un auténtico secuestro de los símbolos nacionales. Una apropiación indebida que pretende dictar quién es "buen español" y quién es un "anti-España". Esta segunda bandera no une; excluye. Se usa para marcar territorio, para levantar muros frente al diferente y para dibujar una España monocromática, rancia y excluyente que ya no existe —y que probablemente nunca existió en la diversidad real de sus pueblos—. Al convertir la bandera en el logotipo de una ideología, la han vaciado de su sentido común para transformarla en un elemento de división.

La verdadera España no cabe en el bolsillo de unos pocos. España es de todos o no es de nadie; es multicolor, plural, diversa y ruidosa.

Recuperar la casa de todos

Como seguidores de Jesús, estamos llamados a derribar los muros de separación y a construir puentes. Por eso duele ver que el símbolo que debería cobijarnos a todos sea utilizado para dejarnos fuera a muchos.

La España real no es unívoca. Es la España que se emociona con el talento de nuestra gente, la que acoge, la que progresa y la que dialoga. No podemos permitir que nos arrebaten lo que es de todos. Es hora de reivindicar una identidad sana, madura y multicolor, donde la bandera sea, como la de la selección, un motivo para encontrarnos en la plaza pública y no una trinchera desde la que disparar al vecino.

Al final, quizás sí que tenía algo de ignaciana esta reflexión: nos toca discernir qué bandera queremos levantar en nuestro día a día, si la que excluye y juzga, o la que incluye, celebra y suma. Yo lo tengo claro. Yo me quedo con la España de todos, aunque no estés de acuerdo conmigo. Y me quedo con ella sabiendo que, más allá de cualquier frontera y de cualquier tela, antes que de un país concreto, somos hijos de Dios y ciudadanos del mundo.