infolibre
miércoles, 26 de agosto de 2026
¿Dónde está la Iglesia en Ceuta? -- Ramon-Jordi Moles Plaza
No hay vuelta atrás después del genocidio, pero la contraofensiva global de Israel está en marcha
La decisión de Colombia de reconocer la soberanía israelí sobre los Altos del Golán sirios ocupados marca un peligroso punto de inflexión. Al convertirse en el segundo país del mundo —después de Estados Unidos— en respaldar la anexión ilegal de territorio sirio por parte de Israel, Bogotá ha señalado un cambio radical en la política exterior de Gustavo Petro bajo el mandato del nuevo presidente de extrema derecha, Abelardo de la Espriella.
Sin embargo, Colombia no es un caso aislado. Refleja una campaña más amplia y muy agresiva por parte de Israel para desmantelar y revertir sistemáticamente las posiciones a favor de Palestina y de los países árabes que tanto ha costado conseguir en todo el mundo. De hecho, el giro de Bogotá coincide con cambios drásticos en Caracas, donde el Gobierno interino de Venezuela ha tomado medidas para restablecer las relaciones consulares con Israel tras 17 años de congelación.
Lo mismo está ocurriendo en Europa. Un ejemplo destacado es Eslovenia, donde el Gobierno recién investido, liderado por Janez Janša, retiró la bandera palestina de los edificios gubernamentales y anunció su intención de congelar el reconocimiento de la Estado palestino previsto para 2024 y trasladar su embajada a Jerusalén.
Israel sabe que su denominado «problema de relaciones públicas» ya no se reduce a una mera imagen mancillada como consecuencia de una cobertura mediática negativa ocasional. El genocidio en Gaza, unido al discurso genocida y a las guerras de agresión en todo Oriente Medio, significa que Israel, en esta ocasión, no se recuperará fácilmente del daño que ha infligido a su reputación mundial.
Aunque algunos círculos, incluidos aquellos supuestamente críticos de Israel, insisten en que el problema es el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su gobierno de extremistas, pero la verdad es mucho más desagradable para Israel. De hecho, Israel como país, como proyecto colonial y como ideología está siendo cada vez más cuestionado.
Incluso algunos miembros de los propios medios de comunicación dominantes de Israel han comenzado a reconocer la gravedad de la crisis. «Quizá sea hora de comprender que esto no es solo un fracaso de relaciones públicas, sino un fracaso moral», afirmó el año pasado la destacada presentadora de televisión israelí Yonit Levi. Por su parte, The Washington Post describió a Israel como «un país que se está convirtiendo en un paria mundial».
Pero los líderes israelíes, aunque se niegan a reconocer los cambios potencialmente irreversibles en la opinión pública mundial hacia su país y el sionismo en su conjunto, se consuelan con dos factores: en primer lugar, el apoyo continuado de EE. UU. —y, por extensión, de Occidente—; y, en segundo lugar, directamente relacionado con el primero, su capacidad para influir en las posiciones de los gobiernos respecto a Israel mediante medios políticos, diplomáticos y de otro tipo.
Para Israel, los pueblos no han importado nunca; solo importan los gobiernos. Colombia ilustra precisamente por qué. Israel no necesitaba cambiar la opinión pública colombiana ni deshacer años de solidaridad con Palestina. Solo necesitaba un cambio de gobierno. La elección del descaradamente proisraelí De la Espriella proporcionó exactamente eso.
Las consecuencias políticas fueron casi inmediatas. De la Espriella tomó medidas para restablecer plenamente las relaciones con Israel y retirar el apoyo de Colombia al caso de genocidio de Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia, reanudar las exportaciones de carbón y, lo que es más importante, reconocer la soberanía israelí sobre el Golán ocupado.
Este rápido cambio de rumbo también da mayor relevancia a las repetidas declaraciones del expresidente Petro sobre la injerencia de Estados Unidos e Israel en las elecciones que derrotaron al candidato de izquierdas Iván Cepeda. Aunque estas acusaciones siguen siendo objeto de controversia, el resultado en sí mismo es inequívoco: un cambio de gobierno bastó para empezar a desmantelar años de política colombiana respecto a Palestina e Israel.
Lo mismo ocurre con Venezuela. Muchos consideraron inicialmente que el secuestro por parte de EE. UU. del presidente propalestino Nicolás Maduro no ha sido más que otro episodio en la larga historia de intervención de Washington en América Latina. Pero la rapidez del posterior reajuste de Venezuela sugiere una transformación más amplia.
El indicio más claro es el creciente acercamiento de Caracas a Tel Aviv. Venezuela rompió relaciones diplomáticas con Israel bajo el mandato de Hugo Chávez en 2009 a raíz de una de las embestidas de Israel contra Gaza. Diecisiete años después, ambos gobiernos han acordado restablecer los servicios consulares, un paso significativo hacia la normalización y un poderoso símbolo del cambio en la orientación geopolítica de Venezuela.
La relación de Israel con gran parte del Sur Global ha sido históricamente tensa, marcada por su carácter colonial, su agresión militar y su estrecha alineación con las potencias occidentales.
Bajo el mandato de Netanyahu, sin embargo, Israel trabajó sistemáticamente para romper ese aislamiento, ampliando su influencia por África, Asia y América Latina a medida que el orden mundial dominado por EE. UU. comenzaba a debilitarse.
Gaza ha revertido drásticamente esos avances, no solo en el Sur Global, sino en todo el mundo. El reto ahora es hacer que ese cambio sea duradero —y que los recientes avances de Israel en Colombia, Venezuela, Eslovenia y otros lugares sean temporales—.
Pero los países árabes pueden —y deben— hacer más. Su rápida condena de la decisión de Colombia sobre el Golán, en virtud de la Resolución 497 del Consejo de Seguridad de la ONU, es necesaria, pero las declaraciones por sí solas no pueden contrarrestar la activa ofensiva diplomática de Israel.
Las posturas basadas en principios sobre Palestina y los territorios árabes ocupados deben reforzarse mediante alianzas económicas, diplomáticas y estratégicas. De lo contrario, los logros políticos conseguidos con tanto esfuerzo seguirán siendo frágiles y podrán revertirse fácilmente cada vez que cambien los gobiernos.
Nos encontramos en la cúspide de un momento histórico, una realidad cada vez más reconocida por los propios políticos, historiadores y medios de comunicación israelíes. Desperdiciar esta oportunidad de desenmascarar a Israel y hacerle rendir cuentas por sus crímenes en Palestina y en todo Oriente Medio sería imperdonable.
La lucha por la justicia en Palestina ya ha adquirido una dimensión global, y aquellos de entre nosotros que nos preocupamos profundamente por Gaza debemos comprender la importancia de esta transformación. Israel está luchando por revertir su creciente aislamiento y no cabe esperar que se rinda a corto plazo.
Por lo tanto, debemos acelerar nuestros esfuerzos, utilizando todos los medios disponibles que sean compatibles con el derecho internacional y las aspiraciones del pueblo palestino, para garantizar que la transformación histórica provocada por Gaza no pueda simplemente revertirse.
Israel debe comprender que no puede volver a la normalidad, que no puede eludir su responsabilidad y que no hay vuelta atrás después de un genocidio.
Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, entre ellos Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y ‘The Last Earth, siendo el más reciente Before The Flood: A Gaza Family Memoir Across Three Generations of Colonial Invasion, Occupation and War in Palestine. El Dr. Baroud es también investigador senior no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es www.ramzybaroud.net.
Texto en inglés: Znet, traducido por Sinfo Fernández.
La crisis del celibato en la Iglesia de Francia -- Robert Ageneau/ Golias
Religión Digital
«¿Cuál es el peor momento del ateo?» -- Leonardo Boff
de agradecer y no sabe a quién». Esta frase no es mía, sino de G. K. Chesterton (1874-1936), gran escritor inglés, considerado el «príncipe de la paradoja», admirado por Alceu Amoroso Lima, Gilberto Freyre y, principalmente, por Gustavo Corção.
Como todo ser humano, el ateo debe ser respetado en su opción. Pero en la vida se presentan situaciones, independientemente de las opciones de cada uno, en las que el sentimiento de gratitud se vuelve imperioso. No porque lo queramos o no, sino por una fuerza intrínseca al propio hecho. Para esos casos hay varias respuestas. Insuficiente resulta el azar, que para Einstein expresaba solamente nuestra ignorancia.
Otros lo atribuyen a la suerte. Pero esta resulta igualmente poco esclarecedora, pues sería como decir: «Por suerte, mi equipo favorito no descendió». Pero hay momentos más dramáticos en los que se impone una respuesta espontánea: el agradecimiento imperioso a Alguien mayor.
Doy un ejemplo de carácter personal. Voy conduciendo tranquilamente por la Avenida Paulo de Frontin, en Río de Janeiro, debajo del viaducto del mismo nombre. Alguien detrás de mí toca repetidamente la bocina, intentando adelantarme. Le cedo el paso. Algunos metros más adelante, cae una gran parte del viaducto, hecha de pesado cemento y hierro, y mata a decenas de personas. Sobre quien me había adelantado cayó un enorme pedazo del viaducto, que aplastó el automóvil y al conductor. Bajé del coche y comprobé que ya estaba muerto. Quedé destrozado.
¿Por qué no yo? Si no le hubiera cedido el paso, habría sido yo quien recibiera mortalmente el impacto. ¿Por qué fui preservado? Surge un sentimiento de inmensa pena por el fallecido y, al mismo tiempo, un profundo sentimiento de gratitud. Hay hechos cargados de tal densidad —como la vida o la muerte— que no se dejan interpretar como mero azar o pura suerte. Nuestro sentimiento se dirige hacia un Ser Mayor, hacia Aquel que conoce nuestro destino y que deberá tener algún designio para que mi vida haya sido preservada. ¿Quién puede saberlo? Es una pregunta existencial para la que no hay respuesta.
Ese sentimiento de gratitud es irresistible y llega incluso a dejarnos perplejos. Surge espontáneamente. Agradecer es mucho más que decir simplemente «muchas gracias».
Había un famoso profeta que recorría las calles de Río con su túnica blanca y un estandarte con numerosos adornos religiosos, algunos de ellos críticos con el capitalismo, conocido como el «Profeta Gentileza». Nunca aceptaba que se dijera «muchas gracias», pues sostenía que no estamos necesariamente «obligados» a nada. Deberíamos decir, en cambio, «muy agradecido», porque «agradecido» viene de «gracia».
Reconocer que la vida y los gestos de gentileza de unos hacia otros —su lema era «gentileza genera gentileza»— son obras de la gracia, de aquello que no tiene precio porque es gratuito. Merece ser reconocido con gratitud. Pelé tenía razón cuando decía: «Déjenme jugar al fútbol ese don que Dios me dio gratuitamente». Cruyff, estrella del fútbol holandés, también dijo: «Recibí gratuitamente los dones para ser un buen jugador». Este reconocimiento genera humildad y sencillez. El éxito no ensoberbece a los grandes jugadores ni los distancia de los demás.
Pasemos ahora a aquella realidad que merece nuestro agradecimiento cotidiano: nuestra propia existencia. Nadie pidió existir. Alguien nos puso en este mundo. Existir y continuar viviendo es una gracia. Pero hay otro que está tan presente que lo olvidamos: el Sol. Necesitamos el Sol para poder ver. De lo contrario, todo permanecería oscuro. El 99 % de toda la vida en la Tierra depende del Sol. Mantiene el agua en estado líquido y permite así la vida y la fotosíntesis de las plantas. Y nos proporciona el oxígeno sin el cual no podríamos respirar. El propio petróleo, fundamental para nuestro tipo de civilización que todo lo contamina, fue producido por la luz solar mediante la fotosíntesis, en un pasado remoto de millones de años. Necesitamos la luz solar para producir todas las vitaminas, especialmente la vitamina D, de la que dependemos.
El Sol existe desde hace 4.570 millones de años, a partir de una nube de gas y polvo que colapsó y se condensó formando esta estrella que es el Sol. Se alimenta de hidrógeno (74 %) y helio (24 %). Es 332.900 veces mayor que la Tierra. Y apenas se encuentra en la mitad de su vida. Cuando termine de consumir el hidrógeno comenzará a quemar helio, cuyo calor será tan intenso que incinerará la Tierra. ¡Calma! Para eso todavía faltan millones y millones de años.
Qué hermoso es contemplar por la mañana la niebla baja sobre el suelo, que poco a poco se disipa con el calor del sol y se convierte en rocío, dejando todo el césped mojado. Si la temperatura llega a cero o cerca de cero, como ocurre donde vivo, todo se transforma en el blanco de la escarcha. Con el Sol naciente, poco a poco desaparece. Y el Sol baña todo con su luz benéfica, alimentando los árboles, despertando a los animales y haciendo crecer todo tipo de vegetación y alimentos. Agradezcamos especialmente a las abejas, que garantizan la polinización. Cuando bebamos agua, agradezcamos a la fuente o manantial; cuando bebamos vino, agradezcamos a la cepa de la vid.
Cuando estamos a la mesa disfrutando de las bondades de la naturaleza, sostenida por el Sol, no dejemos de agradecer a esa luminosa estrella que todo nos da. Agradezcamos los frijoles y el arroz, la carne y las verduras que componen nuestro plato. Agradezcamos al agricultor que cultivó todo eso y lo llevó al mercado, y a quienes en la cocina lo transforman en alimentos saludables.
Estamos continuamente bajo la acción de las energías del universo, de las estrellas, del Sol, de la Tierra, de las raíces de los árboles, que producen las hojas para la fotosíntesis y las flores para nuestro deleite. Agradezcamos a las nubes que nos traen la lluvia y a la Luna que nos lleva a cantar: «No hay luz de luna como esta del sertão...». Agradezcamos también a ese inmenso pueblo de microorganismos escondidos bajo el suelo y que garantizan la fertilidad de la tierra.
Todo es tan obvio y cotidiano que nos olvidamos de agradecer. Este sentimiento debería ser el primero del día y de la noche. Y sabemos a Quién agradecer: al Creador de todas las cosas. Sin Él no existiríamos.
Fue Él quien nos sacó de la nada o del All Nourishing Abyss («el Abismo que todo lo alimenta»), en el lenguaje secular de los cosmólogos. Nosotros decimos simplemente: el Dios de mil nombres y de ninguno.
La teología enseña que, si Él no dijera a cada instante «hágase» —repito: a cada instante—, volveríamos a la nada. La creación no es algo del pasado. Es el momento permanente en el que el Creador pronuncia la palabra generadora: «hágase». Y todo comienza a existir y a subsistir. Si comprendiéramos este milagro permanente, sabríamos a Quién agradecer, cantar alabanzas y maravillarnos.
Debemos respetar a cada uno de los ateos, pues cada cual tiene derecho a definir, a su manera, su lectura del mundo y de su futuro. Pero vemos la buena razón de Chesterton al referirse al sentimiento que puede apoderarse del ateo que, milagrosamente, ha escapado ileso de un accidente aéreo mortal.
Como ser humano, algo mayor e interior le hace sentir que debe agradecer. ¿A quién? ¿A la suerte? Es demasiado poco. Debe ser algo más profundo, por ejemplo, ¿a la Vida? Pero esta es siempre mortal. Esta vida remite a aquella Vida que creó la vida mortal. Fue esa Vida misteriosa la que lo salvó para que pudiera continuar viviendo. A Ella corresponde el agradecimiento desde el fondo del corazón, con emoción y con lágrimas.
Ateo o religioso, el agradecimiento es un sentimiento radicalmente humano.
Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL (https://www.revistaliberta.com.br) y escribió también Gracia y liberación humana, Vozes 1999/2005 (https://www.leonardoboff.org).
RECOPILACIÓN DE IDEAS SOBRE LOS VALORES EUROPEOS Y EL PATRIMONIO CULTURAL CRISTIANO
Las cifras de principios de agosto de 2026 situaron el número de fallecidos en la entrada masiva a Ceuta entre 78 y 88 según fuentes oficiales españolas, y hasta 141 si se incluyen los cuerpos recuperados en aguas marroquíes según fuentes independientes. En cuanto a personas esperando ser acogidas hay alrededor de 1.000 migrantes ante el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, y entre 1.300 y 1.500 menores no acompañados pendientes de identificación y acogida. Las cifras de muertos y de menores en desamparo son escandalosas. Otra cifra importante: las estimaciones más citadas sitúan el número de muertos (y desaparecidos) en el Mediterráneo en lo que va del siglo XXI en más de 40.000 personas. Este mar baña las, se puede decir, muy “católicas” naciones de Italia, Francia y España, que no estaría mal que sus jerarquías eclesiásticas en ocasión tan dramática de desamparo de niños hicieran un signo de acogida conjunta de un número importante de estos menores migrantes, como testimonio y denuncia de la falta de solidaridad mostrada por destacadas formaciones políticas que fraudulentamente presumen de identificarse con lo cristiano.
Por otra parte, recientemente, el 10 de agosto de 2026, leemos el comunicado sobre, o contra, la migración entre la ultra italiana Meloni y la socialdemócrata danesa Frederiksen en el que vemos una fuerte carga identitaria al señalar la necesidad de preservar “los valores europeos” y proteger “el patrimonio cultural cristiano de Europa”, al mismo tiempo que, contradictoriamente, intensificaron su presión para poder llevar a otros países no europeos los extranjeros “ilegales”, lo que en parte lograron.
A PROPÓSITO DE “LOS VALORES EUROPEOS”
Los valores de la Unión Europea están formalmente recogidos en el Artículo 2 del Tratado de la Unión Europea (TUE). En ellos destaca el respeto a la Dignidad Humana y Derechos Humanos, inviolables como base del ordenamiento legal, defienden la libertad de circulación, de expresión y de asociación, igual que el principio democrático que exige que el funcionamiento de la UE se fundamente en la representación ciudadana (Parlamento Europeo) y el control intergubernamental (Consejo). Se prohíbe la discriminación por sexo, origen, religión, discapacidad, edad u orientación sexual. En la UE el Estado de Derecho implica que toda actuación de la UE y de sus Estados miembros debe basarse en el derecho, con un control judicial independiente liderado por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE).
La acogida de migrantes vulnerables —especialmente menores no acompañados y personas que huyen de la guerra, el hambre o la persecución— conecta directamente con los valores del Artículo 2 del Tratado de la Unión Europea (TUE) y se articula a través de un marco legal específico que garantiza el derecho de asilo con el debido respeto a las normas de la Convención de Ginebra de 1951 y obliga a evaluar las solicitudes individuales de quienes huyen de persecuciones (políticas, religiosas, ideológicas) o del riesgo de daño grave (guerras), prohíbe devolver o expulsar a una persona a un país donde su vida, libertad u otros derechos fundamentales corran un riesgo grave, obliga a que cualquier medida legislativa o de acogida aplicable a niños o menores no acompañados ponga como prioridad absoluta su protección, tutela legal, educación y reagrupación familiar.
Los Principios de Actuación que deben regir son Solidaridad y Responsabilidad lo que conlleva un reparto equitativo de la responsabilidad entre los Estados miembros, tanto a nivel financiero como de reubicación física de los solicitantes. Además, El Pacto Europeo sobre Migración y Asilo establece mecanismos de respuesta ante crisis migratorias para evitar que la carga recaiga de forma desproporcionada sobre los países de llegada o frontera exterior.
SOBRE EL PATRIMONIO CULTURAL CRISTIANO
Tomemos como referencia la postura de la Iglesia católica europea expresada a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE) que, en sintonía con las orientaciones de la Santa Sede, sitúa la dignidad humana y los derechos fundamentales en el centro del debate migratorio, por encima de los criterios estrictamente geopolíticos, de seguridad o electorales.
Los principios fundamentales de la postura doctrinal católica se articulan, en palabras del Papa Francisco, sobre este eje: acoger, proteger, promover e integrar a las personas migrantes y refugiadas. Los obispos insisten en que los migrantes son personas con una dignidad inviolable que debe prevalecer en cada decisión legislativa. También afirman reiteradamente que las políticas migratorias europeas no deben construirse sobre el miedo a la alteridad cultural o religiosa ni sobre el temor a las presiones electorales populistas y exigen una verdadera solidaridad compartida entre todos los Estados miembros de la UE para evitar que la carga recaiga únicamente en los países fronterizos del Mediterráneo.
Los obispos europeos reconocen el derecho de los Estados a gestionar sus fronteras, pero critican duramente los enfoques centrados únicamente en el control y la contención y advierten que el marco normativo actual corre el riesgo de vulnerar el derecho fundamental de asilo y menoscabar los derechos humanos en las fronteras exteriores. Muy concretamente muestran seria preocupación ética ante el traspaso de la gestión y custodia de migrantes a terceros países que no garantizan los estándares mínimos de protección. También rechazan el uso generalizado de la detención preventiva —especialmente de familias y menores— y las normativas que facilitan retornos masivos o exprés y reclaman con frecuencia la apertura de corredores humanitarios y canales formales de migración laboral para evitar la trata de personas y las vidas perdidas en el mar.
En síntesis, la Conferencia Episcopal europea aboga por un modelo que concilie el ordenamiento normativo del flujo migratorio con un compromiso humanitario firme, recordando que la vocación de Europa es construir una sociedad abierta, fraterna y basada en el respeto a la vida humana.
CONCLUSIÓN
Después de lo leído, vemos que el objetivo real del comunicado de la socialdemócrata danesa Mette Frederiksen y la ultraderechista italiana Giorgia Meloni, no es defender los valores europeos y la cultura cristiana, sino reducir a cero, sea como sea, la permanencia de inmigrantes irregulares en sus países. Esto no parece que sea posible, por lo que tal pretensión es más que otra cosa un eslogan populista que cae muy bien a los votantes que piensan solamente en su bienestar personal al margen de cuáles sean los principios humanitarios y cristianos tradicionales en la UE.
Los comentaristas políticos afirman que “Meloni y Frederiksen han estrechado su colaboración para promover una transformación del sistema europeo de asilo y reforzar las políticas de deportación de inmigrantes a países de fuera de la UE. Su argumento es que “nadie puede negar que la inmigración ilegal tiene un impacto negativo”, al provocar un “aumento de las tasas de criminalidad”, ejercer “más presión sobre los servicios públicos” y erosionar “la confianza en las instituciones públicas”, según el comunicado conjunto”.
Esta valoración sobre la inmigración no se corresponde con la verdad que se deduce de los datos de análisis de estos temas. Son muchos los estudios que demuestran que las personas en situación irregular presentan tasas de arresto, condenas e encarcelamiento menores o equivalentes a las de la población nativa; la llegada de población migrante a zonas urbanas a menudo no altera, o incluso reduce, las tasas de delitos violentos y contra la propiedad.
Tampoco es toda la verdad lo que dicen respecto a la presión sobre los servicios públicos: en el corto plazo y a nivel municipal o local, los flujos migratorios no planificados pueden saturar temporalmente albergues de emergencia, atención médica de urgencia o escolarización en municipios receptores directos. Sin embargo, a nivel macroeconómico, la evidencia muestra que la población migrante aporta mano de obra clave en sectores tensionados y contribuye a la recaudación fiscal indirecta (IVA, impuestos al consumo, tasas), compensando en gran medida los costes que producen en los servicios públicos.
Ante el problema político real que supongan los inmigrantes, no se puede utilizar el mito de la criminalidad para cerrar a cal y canto las fronteras europeas. Parece más conforme con los valores europeos y los principios cristianos medidas como la regularización llevada a cabo por el actual y anteriores gobiernos españoles, que la solución buscada por el gobierno ultra de Meloni de externalizar en Albania el asentamiento de inmigrantes, que fue puesto en entredicho por el tribunal europeo. Finalmente, la presión ejercida por Italia y Dinamarca junto con otros socios europeos dio sus frutos a principios de junio, cuando la UE aprobó el Pacto de Migración y Asilo, que autoriza a los Estados miembros a firmar acuerdos con terceros países que se consideren “seguros” para deportar a los migrantes. Han conseguido un marco legal para deshacerse de migrantes, pero no llamen a esto defender el patrimonio cultural cristiano o los tradicionales valores europeos. Entienden ellos que así protegen el bienestar o los miedos de sus votantes y así mismo en el poder. Así de claro.
José María Álvarez (pertenece a los grupos de Redes
Faustino Vilabrille, gracias por tu testimonio
Con tristeza hemos conocido esta mañana el fallecimiento de Faustino Vilabrille, miembro de los grupos de Redes Cristianas en Asturias y colaborador habitual de esta página web.
Nos ha dejado una persona muy comprometida con el Evangelio de Jesús, con gran inquietud e iniciativa. En estos enlaces se recoge su trayectoria:
¡GRACIAS, FAUSTINO!
Fallece a los 90 años el sacerdote y misionero Faustino Vilabrille
Las iglesias de méxico se abren a las familias que buscan a sus desaparecidos
Ante una herida que afecta a más de 130.000 hogares, la Iglesia pide a sus comunidades que escuchen, acompañen y den cobijo a quienes se niegan a dejar de buscar.
El próximo 30 de agosto se celebra el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. En México, la jornada adquiere una dimensión especialmente dolorosa: más de 130.000 personas permanecen desaparecidas o sin localizar. Detrás de esta cifra hay madres, padres, esposas, hijos y hermanos que viven suspendidos entre la esperanza de encontrarlas y el temor a conocer la verdad.
Ante la insuficiencia de la respuesta institucional, muchas familias han tenido que asumir por sí mismas las labores de búsqueda. Organizan colectivos, investigan pistas y recorren terrenos en los que podrían encontrarse fosas clandestinas. No eligieron convertirse en rastreadoras ni investigadoras. Lo hacen porque el amor no les permite resignarse y porque buscar es también una manera de mantener viva a la persona ausente.
Con motivo de esta jornada, la Iglesia mexicana, a través del Diálogo Nacional por la Paz, ha pedido a parroquias y comunidades religiosas que acojan las iniciativas convocadas por las familias buscadoras. La propuesta incluye recibirlas en las celebraciones, ofrecerles escucha y consuelo, incorporar a los desaparecidos en las oraciones y facilitar espacios donde puedan instalar sus llamados «buzones de paz».
Son gestos sencillos, pero poseen una profunda carga simbólica. Abrir las iglesias significa ofrecer un lugar a quienes con frecuencia se sienten abandonados por las instituciones y olvidados por la sociedad. Significa permitir que entren en ellas los nombres, las fotografías y las historias de quienes un día salieron de sus casas y nunca regresaron.
Una persona desaparece dos veces: cuando se pierde su rastro y cuando dejamos de nombrarla. Por eso, acoger a sus familiares también es una forma de proteger su memoria. Mientras alguien conserve su fotografía, pronuncie su nombre y continúe preguntando dónde está, esa vida no podrá quedar reducida a una cifra dentro de un registro.
«Recuperar la paz pasa por sanar la herida de las personas desaparecidas», recuerda la convocatoria. No puede construirse una paz verdadera sobre el silencio, el miedo o la impunidad. La reconciliación necesita conocer la verdad, exigir justicia y reparar, hasta donde sea posible, el daño causado.
La Iglesia no puede resolver por sí sola esta tragedia ni sustituir la responsabilidad de las autoridades. Pero sí puede decidir dónde situarse. Puede limitarse a contemplar el sufrimiento desde lejos o caminar junto a quienes buscan. Puede ofrecer palabras generales de consuelo o convertir sus comunidades en espacios concretos de acogida, memoria y esperanza.
Abrir las puertas de las iglesias no es tan solo ofrecer consuelo para soportar la incertidumbre, sino que sostiene la exigencia de verdad, justicia y reparación. Las madres buscadoras no deberían verse obligadas a ser heroínas, ni a investigar, remover la tierra y recorrer solas el país para encontrar a sus hijos. Esa responsabilidad corresponde a las autoridades. La Iglesia puede acompañarlas y amplificar su reclamación, para conseguir que México se implique en esa búsqueda. De las iglesias abiertas sale una voz que se niega a callar hasta encontrar a los desaparecidos.
Inma Calvo Torrejón
Fuentes consultadas: Vida Nueva, Gobierno de México y Agencia EFE.
Sin funerales
Antes era habitual que la familia despidiera a la persona fallecida con una misa funeral, a la que acudían parientes, amigos y conocidos. Ahora, en muchos casos, el féretro es trasladado directamente desde el tanatorio hasta el cementerio o el crematorio, sin celebrar una misa o un responso. En otras ocasiones se organiza una despedida laica o una sencilla celebración religiosa en el propio tanatorio.
Este cambio me hace pensar que está disminuyendo el número de creyentes y que, para muchas personas, la oración comunitaria ante la muerte ya no significa demasiado ni les ayuda a vivir esos momentos. Quizá también esté debilitándose el sentido comunitario que antes reunía a familiares, amigos y vecinos para acompañarse y compartir el dolor.
Todas las opciones son respetables. Lo importante es vivir la muerte de un ser querido de la manera más consciente, humana y significativa posible.
Mi pequeña experiencia me dice que, cuando la celebración religiosa tiene lugar en la sala del tanatorio y participa un grupo reducido, puede resultar más íntima, familiar y cercana. A veces permite expresar y compartir la fe con mayor sencillez.
Tal vez esta nueva realidad sea también una llamada para que nuestras celebraciones sean más comprensibles, acogedoras y próximas a las personas, de modo que puedan ayudarlas realmente.
Se trata de vivir esos momentos con el mayor sentido posible. La Iglesia ofrece un camino y una posibilidad a quienes encuentran consuelo y esperanza en la fe. Ojalá cada celebración sea verdaderamente una oportunidad de acompañar, recordar, agradecer y confiar.
GERARDO VILLAR
Más allá de la trinchera: Bonhoeffer, Arendt y el abrazo abrahámico frente a la anestesia del odio
Frente a la marea creciente de antisemitismo e islamofobia, el diálogo entre cristianos, musulmanes y judíos no es un mero adorno diplomático. Es un acto de resistencia espiritual y de higiene moral frente al pensamiento único
Vivimos días en los que el aire pesa. Basta encender la televisión o deslizar el dedo por la pantalla del teléfono para sentir cómo la polarización nos va ganando el terreno del alma. Nos hemos acostumbrado a un lenguaje de trinchera donde el "otro" deja de ser un semejante para convertirse en una amenaza, un eslogan o un objetivo a derribar.
En este clima enrarecido, presenciamos con profundo dolor el repunte de dos fantasmas que creíamos haber arrinconado en los desvanes más oscuros de la historia: el antisemitismo y la islamofobia. Dos manifestaciones de una misma ceguera que olvida que detrás de una mezquita, una sinagoga o una iglesia hay rostros, historias, lágrimas y esperanzas idénticas a las nuestras.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué prende tan rápido la chispa del odio en sociedades que se presumen cultas y avanzadas?
1. La "estupidez moral" de Bonhoeffer y la "banalidad del mal" de Arendt
Para entender este fenómeno no basta con señalar a los fanáticos rabiosos; hay que mirar a la masa anestesiada. Y aquí es donde la historia nos ofrece dos faros indispensables que dialogan maravillosamente entre sí.
Por un lado, el teólogo y mártir luterano Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde la celda donde lo encerró el nazismo, dejó una reflexión magistral: la estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Bonhoeffer no se refería a la falta de inteligencia académica, sino a una estupidez moral y sociológica. Cuando el poder, la ideología o el eslogan dominan a una persona, esta queda privada de su capacidad crítica; se vuelve incapaz de pensar por sí misma, impermeable a las razones y manipulable. La persona "estupidizada" moralmente no odia por convicción elaborada, sino porque ha dimitido de su propia conciencia.
Por otro lado, la filósofa judía Hannah Arendt, al contemplar el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, acuñó su célebre concepto de la "banalidad del mal". Arendt descubrió con horror que los mayores crímenes de la humanidad no los cometen necesariamente monstruos sedientos de sangre, sino burócratas grises, ciudadanos "normales" que simplemente dejaron de pensar, que obedecieron consignas, que normalizaron la deshumanización del vecino y aplicaron clichés sin cuestionar las consecuencias.
Lo cortés no quita lo valiente: llamar a las cosas por su nombre exige reconocer que el antisemitismo y la islamofobia de hoy no nacen de un exceso de pensamiento, sino de su ausencia. Brotan de esa mezcla explosiva entre la estupidez moral de Bonhoeffer y la banalidad del mal de Arendt: la masa que repite el prejuicio de moda, que aplaude el chiste xenófobo en la comida familiar o que mira hacia otro lado cuando se profana una sinagoga o se agrede a una mujer con hiyab.
2. El escándalo de la fe manipulada
Cuando la fe religiosa se contagia de esta anestesia del pensamiento, el desastre es absoluto. Quien odia en nombre de Dios está rindiendo culto a un ídolo fabricado a la medida de sus miedos y prejuicios. Como advertía Bonhoeffer, el cristianismo exige un "coste" de compromiso personal; no basta con la "gracia barata" de ir a la deriva con la corriente ideológica del momento.
El verdadero Dios nunca exige la aniquilación ni el desprecio del vecino para reafirmar la propia identidad.
Tanto la Torah como el Corán y el Evangelio coinciden en un grito primordial: el respeto sagrado a la dignidad del ser humano. Cuando un judío es atacado por llevar su kipá, cuando un musulmán es discriminado por su fe, o cuando un cristiano ve perseguida su comunidad, la herida no se le inflige solo a un grupo: se le inflige al Dios de la vida que nos creó a todos a su imagen y semejanza.
3. Un mismo olivo: el abrazo abrahámico como antídoto
Frente al pensamiento perezoso que categoriza y divide, el diálogo interreligioso se levanta como un acto subversivo de pensamiento crítico y fe auténtica. Cristianismo, Islam y Judaísmo no son tres trincheras enemigas; son tres ramas que brotan del mismo tronco abrahámico.
El diálogo no consiste en diluir nuestras identidades en un consenso tibio. Todo lo contrario: consiste en enraizarnos tan profundamente en nuestra propia fe que perdamos el miedo a abrazar la diferencia del otro.
El Judaísmo nos regala el valor innegociable de la memoria, de la pregunta incómoda frente al poder y del cuidado de la creación (Tikkun Olam).
El Islam nos aporta la entrega confiada a la voluntad divina, la compasión (Rahma) y la devoción incansable en la cotidianidad.
El Cristianismo ofrece la radicalidad del perdón, la mesa compartida con el excluido y la convicción de que el amor al enemigo es la única revolución capaz de vencer la muerte.
4. Ni tibieza ni complicidad: el aviso de Niemöller
Llegados a este punto, conviene no llamarse a engaño. El diálogo interreligioso y la fraternidad no son sinónimos de ingenuidad ni de un «buenismo» anestesiado. Lo cortés no quita lo valiente, y la caridad cristiana nunca ha sido un cheque en blanco para la pasividad, al contrario, más bien ha sido motivo de profetismo y denuncia evangélica.
Quienes nos profesamos cristianos no podemos ser meros espectadores de la corriente de odio que atraviesa nuestras calles. La neutralidad ante la injusticia no es virtud ni prudencia: es complicidad. Cuando el mal avanza y nos refugiamos en la comodidad del silencio, dejamos de ser testigos del Evangelio para convertirnos en colaboradores necesarios de la devastación de los opresores.
Esta es la trampa mortal de la tibieza que el pastor luterano Martin Niemöller retrató con amarga lucidez tras sufrir los campos de concentración nazis. Una de las versiones que ha llegado a nosotros es esta:
«Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los creyentes de otras iglesias, y no dije nada porque a mí no me afectaba.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.»
Hoy esa lógica perversa sigue vigente. Si callamos cuando se persigue a un judío porque no somos judíos, o miramos a otro lado cuando se estigmatiza a un musulmán porque no somos musulmanes, estamos pavimentando el camino hacia nuestra propia destrucción. Y aquí no cabe firmar un cheque en blanco a ninguna ideología ni a ninguna religión. No caben razones de Partido ni de Estado. El mal es mal, lo haga quien lo haga. No valen las excusas ni la doble vara de medir a la que recurrimos cuando perdemos la objetividad solo porque la falta o el penalti lo ha cometido nuestro propio equipo de fútbol.
5. Profetas o cómplices: defender a la persona, frenar la barbarie
Para no caer en ese abismo, necesitamos sostener con firmeza una distinción teológica fundamental: denunciar el pecado con rotundidad sin destruir a la persona.
Se señala y se combate la acción perversa: Desenmascaramos el antisemitismo, la islamofobia y el fanatismo vengan de donde vengan, sin doble rasero ni paños calientes. A quien hace daño hay que pararlo, con valentía personal e institucional; dejar que la locura campe a sus anchas en nombre de una falsa tolerancia es una irresponsabilidad suicida. Desde esa ceguera mutua, terminaríamos por exterminarnos todos.
Se custodia la dignidad del ser humano: La persona nunca pierde su condición sagrada. Por muy extraviado o agresivo que sea quien actúa con odio, conserva intacto el derecho y la posibilidad de arrepentirse, reconciliarse con Dios y rectificar el rumbo.
Bonhoeffer pagó con la vida su negativa a ser un sujeto pasivo; Arendt nos advirtió del peligro mortal de dejar de pensar; y Niemöller nos legó la confesión de lo que ocurre cuando elegimos la comodidad del silencio.
Hoy, frente a las olas de antisemitismo e islamofobia, nos toca elegir: o somos cómplices por omisión de la banalidad del odio, o nos convertimos en artesanos valientes de un diálogo que devuelva a nuestro mundo su humanidad perdida. El puente está ahí, esperando a que tengamos la lucidez y el coraje profético de cruzarlo y, como decíamos anteriormente, “Lo cortés no quita lo valiente”.