Hace muchos años vengo reflexionando sobre este tema, y hoy quiero compartir algo de lo que sucede en mi sentir de la fe paciencia y atención, no es un asunto sencillo; por eso pido tu lectura atenta. El postulado tradicional en el Catecismo 1035 dice así:
La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Inmediatamente después de la muerte, las almas de quienes mueren en estado de pecado mortal descienden al infierno, donde sufren los castigos infernales, el «fuego eterno». El castigo principal del infierno es la separación eterna de Dios, en quien únicamente el hombre puede poseer la vida y la felicidad para las que fue creado y que anhela.
Algunos argumentos van por el camino de la libertad, creyendo que Dios te hace libre para decidir por Él o no. Es un punto interesante, no digo que no, pero parece estar hablando de un dios muy menor (un dios con minúsculas). En la Biblia, la libertad no se comprende como en el derecho; no se trata de una libertad en términos jurídicos. La Escritura plantea un camino distinto. En un momento en que Dios le habló al pueblo hebreo acerca de la tierra prometida, le dijo:
«Hoy tomo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra; yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y le seas fiel. Porque de ello depende tu vida y tu larga permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob.» (Dt 30,19-20)
Elegir la vida nos hace libres en Dios; el pasaje no está hablando del cielo, habla de una vida ética, social, de lo cotidiano. Es muy fácil manipular el texto bíblico y llevar estos versículos al mundo del más allá. Pero el texto no hace referencia al después de la muerte, sino al hoy en el mundo. Estamos puestos en esta historia para hacer el bien, para elegir la vida que propone Dios. Al ser un tema tan delicado, el Nuevo Testamento lo vuelve a retomar, también en clave social y dentro del mundo:
«Porque el que era esclavo cuando el Señor lo llamó, ahora es un hombre libre en el Señor; de la misma manera, el que era libre cuando el Señor lo llamó, ahora es un esclavo de Cristo. ¡Ustedes han sido redimidos y a qué precio! No se hagan esclavos de los hombres.» (1 Cor 7,22-23)
Comparto algunas conclusiones a las que he llegado con los consejos paulinos. Siendo que Saulo era un fariseo, comprendo su celo riguroso, tanto en su tiempo de Saulo como en su etapa como Pablo el cristiano. Pero algo me llama la atención desde hace años: la libertad cristiana no se comprende en hacer y elegir lo que uno quiere; Dios no nos hizo libres en esa dirección. Al modo de Pablo en Corintios, me animo a argumentar que solo se es libre —cristianamente hablando y en metáfora— haciéndonos esclavos de Cristo. Es decir, solo se es libre en una vida orientada hacia el bien.
Si el cielo es de Cristo, entonces habrá que hacerse servidor y amigo de Él. Aunque no solo eso: como el cielo es el Rescate de Dios a toda la Creación, hay algo más que no se resuelve únicamente en nuestra capacidad de decidir. A decir verdad, el único libre y soberano de la libertad es Jesucristo, Dios hecho hombre. Esto quiere decir que del otro lado no se jugará tu libertad tal como la entendemos en esta vida.
Pero supongamos por un momento que sí. Imaginemos que mantienes la noción de que del otro lado se seguirá jugando tu libertad de elegir vivir junto a Dios o ir al infierno. Intentar justificar a Dios diciendo «Dios quiere que todos se salven, pero cada quien elige libremente» también pertenece a la idea de un Dios lejano, muy distinto al que presenta Jesús. Si el cielo es una fiesta, Dios se las va a arreglar para conseguir traje para todos.
Me explico. Tengo un amigo, se llama Jabi; el vasco, él es mecánico de automóviles. En su taller hay muchas herramientas, de esas que ni sé cómo se llaman ni para qué sirven —y eso que me gusta arreglar cosas—. Cuando lo visito con un problema en mi coche, aunque yo no sepa cómo resolverlo, para él es sencillo porque tiene las herramientas adecuadas. El punto no es si yo sé o quiero arreglar el problema técnico. Lo que quiero considerar es que Dios tiene todas las herramientas para hacerte elegir el cielo, nunca el infierno. Dios es el gran soberano de la mecánica, tiene una llave para cada pecado, para cada sombra, para cada vulnerabilidad, para cada miseria, para cada miedo. No se le pasa un solo detalle, porque Dios es siempre más grande que nuestras posibilidades finitas.
En la idea de un infierno tras la muerte, hablamos más de nuestras limitaciones que de Dios. Piénsalo así: si de este lado del mundo alguien puede convencer a una persona de orientarse hacia el mal —corrompiendo a otro y transformándolo en un delincuente o un mentiroso—, cuánto más Dios, cuando nos encontremos cara a cara con el gran misterio de amor. Del otro lado seguiremos aprendiendo; y si la dificultad fuera la libertad, Dios sabrá persuadirnos infinitamente mejor de lo que puede hacerlo cualquier ser humano en esta vida.
Nunca dejes de recordar que a Dios no se le pierde para siempre ni una sola oveja. No sé exactamente cómo lo hace, pero no pensemos que a Dios se le puede pasar por alto una forma de sanar a alguien. Dios no carece de recursos ni de caminos para redimirnos. Verdaderamente Él hace nuevas todas las cosas.
El problema suele ser nuestra idolatría: el creernos demasiado sabios o suficientes. ¿A qué viene esto? A que, como a veces nos vemos incapaces de convencer a alguien de volver al camino del bien, proyectamos esa incapacidad al cielo y creemos que Dios es igual a nosotros y que tampoco podrá.
Otra cuestión a recordar es el perdón y el arrepentimiento. Dejemos de creer que el arrepentimiento es el pago que hacemos para recibir el perdón. Al menos en la teología de Jesús, eso no es así. Recordemos el episodio más duro de su vida: la crucifixión, el dolor frente a la violencia y el desprecio. Gracias a Lucas tenemos esa palabra:
«Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.» (Lc 23,34)
Grábate bien la frase, tatúate en la mente y el corazón. Jesús muere perdonando. Jesús crucificado está perdonando a sus verdugos, pero hay algo raro, ninguno se está arrepintiendo, al contrario, luego de la frase de perdón, ellos se sortean la ropa del desnudo Jesús, a modo de broma macabra. A esos está perdonando, a los más descarriados y crueles. Es todo un signo: el Dios encarnado perdona sin exigir una condición previa de arrepentimiento. Perdona porque ama entrañablemente a sus hijos, a los virtuosos y a los más caídos. Hay que decirlo sin miedo: Dios nos ama incondicionalmente, tal como somos y no como deberíamos ser, porque nadie es como debería ser (como recordaba a menudo Brennan Manning).
Nos cueste o no aceptarlo, del otro lado estaremos todos. Habremos aprendido del Maestro cara a cara, del gran persuasor, del gran amador que convierte todo lo que toca.
Hablemos desde el amor; tal vez allí podamos llegar mejor a puerto. El enamoramiento no distingue muy bien todo lo que hay en el corazón del otro. Es así de extraño, podemos enamorarnos de personas que -estando cuerdos- no elegiríamos. Y lo que sucede luego del enamoramiento es que afloran las miserias, o, mejor dicho, nos damos cuenta de lo que siempre hubo, pero no queríamos ver, porque no convenía ver. Así funciona el amor erótico, el amor de pareja. Es un poco loco, pero luego, cuando la vida toma otro color, no nos basta el enamoramiento, el eros debe hacerse recíproco, trabajando mutuamente. Lo que sucede es que Dios, además de ser Eros, también es Filos, y también es Storgé; y también es Ágape. Dios contiene todas las formas del amor. Aunque te parezca extraño, sí, Dios también es eros, porque es posesivo, y como tal no dejará que te pierdas, porque eres y somos su posesión, su herencia. Pero vuelvo al principio del problema, si a nosotros se nos juega la libertad, quédate tranquilo que te va a enamorar libremente, porque además del Eros, usará su amor de padre y madre, el que llamamos storgé; y también usará el amor de amigos, llamado filos, y usará su amor deslumbrante que no necesita reciprocidad, el que llamamos ágape.
¿Hablamos entonces de que no puede haber otro destino tras la muerte que no sea estar con Dios? La propuesta no es solo mía; soy heredero de la tradición bíblica expresada en el Salmo 139:
«¿A dónde iré para estar lejos de tu espíritu? ¿A dónde escaparé de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás tú; si me tiendo en el Abismo, estás presente. Si tomara las alas de la aurora y fuera a habitar en los confines del mar, también allí me llevaría tu mano y me sostendría tu derecha. Si dijera: "¡Que me cubran las tinieblas y la luz sea como la noche a mi alrededor!", las tinieblas no serían oscuras para ti y la noche será clara como el día.» (Sal 139,7-12)
No estamos frente a un Dios impotente. Somos impotentes frente a un Dios todopoderoso en amor y misericordia. Entonces, ¿aunque no haga los deberes iré con Dios? No tiene sentido, dicen algunos. Claro, si el sentido es el mérito para el amor de Dios, solo estoy jugando con una pata del amor. Tenemos que comprender que nuestras relaciones humanas no bastan para describir el amor de Dios. Entiendo que, al pensar en los amores, uno se centra en lo que conoce como experiencia. Podemos amar a alguien en pareja sólo cuando ese amor es recíproco, pero así no funciona con Dios. El amor de pareja sí que es meritorio, solo se sostiene sanamente en la reciprocidad, si no, no funciona.
La novela La Cabaña, de Paul Young, contiene dos pasajes emblemáticos sobre esto. En boca de Jesús se dice:
«La mayoría de los caminos no llevan a ninguna parte. Lo que eso significa es que yo recorreré todos los caminos para salir a tu encuentro.» (p. 196)
Y también:
«El dolor tiene poder para cortarnos las alas e impedirnos ser capaces de volar. Pero yo soy Dios, soy el que soy y, a diferencia de ti, mis alas no pueden ser cortadas.» (p. 106)
Qué profunda sabiduría la de comprenderse frente al Dios de Jesucristo. No dejemos de sorprendernos del inmenso amor de Dios hacia nosotros. Al final de la muerte, vendrá la vida eterna, dotada de amor y sanación. La experiencia será fascinante.
¿Dónde iremos Señor? No hay lugar posible fuera de tus manos, fuera de tus abrazos, aunque me esconda en el abismo, enojado por el odio que he recibido, Tú me buscarías una y mil veces, porque eres dócil y paciente. Por eso te amo, te amo con locura, porque sé de lo que eres capaz conmigo y mis hermanos: toda la humanidad. Eres capaz de buscarnos y encontrarnos cuantas veces sea necesario. Te alabo Padre mío y me sorprendo de tu amor hacia mí.
Señor mío y Dios mío, pongo en tus manos mi oración por los corazones del mundo, para que podamos saborear en la tierra ese inconmensurable amor que seguiremos recibiendo en tu cielo.
Amén.
Mariano Serer Mora (@ezeryah_producciones)