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miércoles, 30 de septiembre de 2026

El Papa: Las guerras no tienen sentido, Rusia y Ucrania deben sentarse a dialogar


 En el vuelo de Metz a Roma, al reunirse con los periodistas, León XIV habla de los conflictos y de los intereses económicos que los sustentan: «La Iglesia sigue alzando la voz para anunciar el Evangelio. Son pocos los que se están enriqueciendo con la industria bélica; con esos miles de millones se podrían resolver problemas como el hambre en el mundo».

Noticias del Vaticano

«Estos cuatro días han estado, literalmente, llenos de bendiciones. Casi milagros, diría yo, sobre todo el tiempo que pasé en Lourdes, caminando y acompañando a tantas personas enfermas y que sufren, y viendo cómo la gracia de la presencia de Dios, manifestada de tantas formas diferentes, toca el corazón de las personas, transforma sus vidas y devuelve la dignidad a los enfermos, a los mayores y a aquellos que, en algunos sectores de la sociedad, son marginados». El Papa León XIV comenta con entusiasmo el viaje apostólico a Francia que ha concluido hoy, lunes 28 de septiembre. En el vuelo de regreso de Metz a Roma, el Sumo Pontífice saluda y da las gracias a los 80 periodistas que le han acompañado en este viaje al otro lado de los Alpes: «Una vez más, gracias a vosotros por el trabajo realizado. Creo que estáis bastante cansados tras estos últimos cuatro días. En cierto sentido, ha sido un programa muy intenso…».

«Personalmente —dice el Pontífice—, me he sentido muy bendecido por haber tenido el privilegio de visitar Francia para animar sobre todo a los jóvenes que, obviamente, están buscando algo. Quedó patente en el estadio, aquella noche en la que se reunieron 80 000 jóvenes procedentes de toda Francia, con su entusiasmo, su alegría y el sentido de esperanza que transmitieron, pero sobre todo, creo, que han recibido y que serán capaces de compartir con los demás».

Juan José Tamayo: "No hay un documento de la jerarquía católica de condena de la extrema derecha como en Alemania"

 Público

  • Raúl BocanegraRedactor de Público en Andalucía desde abril de 2018. Profesor colaborador de redacción periodística en la UOC. Licenciado en Derecho y máster en periodismo por la UAM/El País. Le gusta el baloncesto y leer. Cuando tiene tiempo, escribe. Es autor del relato Río Tuerto. Lo puedes localizar en el correo rbocanegra@publico.es.


  • Juan José Tamayo 
    El teólogo reflexiona con 'Público' sobre las relaciones entre religión y política tras la publicación de un libro al respecto. 

  • "Hay puntos en el programa de Vox y HazteOír que coinciden con los de la Conferencia Episcopal. Por ejemplo, el rechazo a las personas LGTBIQ+, al feminismo, a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, al matrimonio igualitario o a la interrupción voluntaria del embarazo", señala Tamayo.

  • La visita del papa, claroscuro

  • El cristoneofascismo

“Soy cristiano”: el humorista Manu Sánchez carga en prime time contra el odio y la violencia Por Mateo González Alonso


Vida Nueva

 Durante la última entrega de ‘El perro andaluz’, el cómico sorprende a la audiencia de la televisión pública con un alegato a favor de la defensa del débil, atribuyendo su ideología a la educación de sus monjas.


En la última entrega de ‘El perro andaluz’ en la 1 de TVE, el humorista y presentador Manu Sánchez no solo se presentó ante la audiencia con su habitual sátira política más ácida, sino que lanzó un profundo y personal alegato en horario de máxima audiencia. En un encendido monólogo en el que repasó la actualidad nacional e internacional –desde Donald Trump hasta el desahucio de una anciana de 87 años en Madrid–, Sánchez sorprendió a la audiencia con una declaración de principios rotunda: “Paren rotativas, soy cristiano”.

Alumno de las compasionistas

Lejos de ofrecer un mensaje complaciente, el presentador andaluz vinculó sus creencias a la justicia social y a la defensa del más débil, atribuyendo su forma de pensar a la educación que recibió de las monjas de su colegio, de origen francés y “muy modernas”. Se refería al Colegio Nuestra Señora de la Compasión, regentado por las compasionistas –como se conoce a las Religiosas de Nuestra Señora de la Compasión, fundadas en 1817 por el sacerdote diocesano Mauricio Garrigou y la religiosa Juana María Desclaux–, en la localidad sevillana de Dos Hermanas. Un centro al que ya como humorista ha acudido a diferentes actos. De hecho, demostró saberse de memoria el himno de la congregación.

“Así que ya tenéis a quién echarle las culpas de todita la tontería y pajarito que tiene este perro andaluz en la cabeza”, reclamó ante quienes critican que la televisión pública es un reflejo de las políticas gubernamentales. “Que si comunista, que si paniaguado, que si socialista, que si comprado, que si bandido, que si rojo peligroso, que si traidor”, enumeró Sánchez, para zanjar el asunto afirmando: “Soy lo mismo que he sido desde que soy un niño, porque son los valores que me han inculcado”.

Un cristianismo centrado en el oprimido

Sánchez dejó claro qué tipo de fe le mueve. Explicó que se considera seguidor del pasaje evangélico que reza: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis, estuve desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis”.

Con su característico tono irónico, restó importancia a los aspectos sobrenaturales de la religión, afirmando que “lo de los superpoderes me impresiona menos y me interesa nada”. Para él, la magia pasa a un segundo plano frente a la figura de un Jesús más terrenal: “A mí el Cristo que me interesa es el revolucionario, el contestatario, el rebelde, el humano, el que perdió las elecciones”. Recordó, además, que “Jesucristo se presentó a unas elecciones y la mayoría votaron a Barrabás”.

En un claro mensaje contra la polarización y la deshumanización que domina parte del debate público actual, el presentador afirmó que “por culpa de mis monjas tengo el cerebro adulterado” para considerar inaceptables la violencia y la injusticia. En una rápida enumeración de los horrores que vemos en las noticias, Sánchez sentenció con firmeza que asesinar niños, el genocidio, arrasar con población civil o “pisar y humillar a la gente vulnerable por no regular el mercado” es, sencillamente, “malo”.

Para Sánchez, intentar ser buena persona en los tiempos que corren parece una tarea quijotesca, pero necesaria. “En esta espiral de violencia que hay ahí fuera parece que pierde el primero que perdone”, lamentó el humorista, insistiendo en que el verdadero mensaje de su educación consiste en estar “al pie de la cruz de los que sufren”. “Llámale teoría de la liberación, defender al oprimido, rojo peligroso, democristiano, estar con el débil o simplemente ser cristiano”, concluyó en uno de los momentos más aplaudidos de su intervención.

Manu Sánchez cerró su alegato asumiendo que “intentar ser buena gente no está de moda ni da visita”, pero manteniéndose firme en sus convicciones para el futuro: “Solo quiero poder enseñarle a mis hijos lo que mis monjas a mí me enseñaron. Ser un cristiano es querer al prójimo como a ti mismo e intentar ser machaconamente bueno”.


¿Desahuciar a Argüello? JV Fernández de la Gala

 

"Cargados de paciencia, los cristianos seguimos esperando. Pero, mientras tanto, nos sumaremos a esas iniciativas ciudadanas que, desde la aconfesionalidad, sí están demostrando la solidaridad y la humanidad evangélica que la Iglesia española, anclada en la vieja inercia de sus siglos de gloria, no ha sido capaz de demostrar hasta ahora"

Lo peor de algunos de nuestros obispos es que nunca nos sorprenden. Y esta rutina se convierte en el peor enemigo de la esperanza, porque comprobamos de nuevo cómo ciertas estructuras caducas y ciertos mensajes añejos hace tiempo que dejaron de servir para cambiar un mundo que corre siempre más aprisa de lo que permiten los faldones de una sotana.

La última lluvia sobre mojado es la soflama que publica en X monseñor Argüello. El documento no lleva los membretes de la Conferencia Episcopal y tampoco va firmado, por lo que pensamos que no recoge el sentir de la colegialidad de los obispos españoles. ¡Alabado sea Dios! En ese texto, el obispo de Valladolid repasa los desahucios que sufre hoy la sociedad española: el de Maricarmen, víctima simbólica de los propietarios sin escrúpulos; el de los ceutíes, que ven alterada la rutina ciudadana de sus calles y, por último, el de los migrantes en Ceuta, expulsados de la mesa de la sociedad del bienestar y atrapados, en un limbo sin fecha, entre sus pesadillas de África y su sueño de Europa. Con una metáfora bastante dudosa, Argüello añade de su puño y letra otro desahucio: la expulsión del embrión del vientre de una mujer que decidió abortar en los supuestos que marca la ley. Riesgosa comparación que convierte entonces todo vientre femenino en un vientre de alquiler. Este es el peligro de algunas metáforas poco afortunadas, pero muy esperables en alguien que demuestra más familiaridad con los inmuebles que con la biología de la reproducción.

Olvidó mencionar el desahucio que la iglesia institucional decidió practicar con las mujeres, desahuciándolas de los puestos de gestión que realizaban en el grupo original de los apóstoles y olvidó el desahucio eclesial a la comunidad LGBTI Q+, expulsándola públicamente de su condición de miembros preferentes de la Iglesia, de su condición de espejos del amor plural de Dios. Lástima que Argüello no se olvidara, en cambio, de hablar de “invasión” y de “okupas”, términos presentes siempre en los estribillos de odio de la ultraderecha y que no faltan tampoco en las edificantes líneas del obispo

Si esta es la respuesta institucional de la Iglesia a los problemas del país, no será raro que cada vez más cristianos comprometidos desahucien también a nuestros obispos, por pasar más tiempo en el púlpito que en la calle o por creerse en posesión de una autoridad moral que hoy toca fondo. Me parece muy lícito que la Iglesia pueda debatir la ética cívica que trata de regular legítimamente situaciones extraordinarias como el aborto o la eutanasia. Pero debatir es dialogar, no dar lecciones de moral. Para ello necesitarían haberse ganado una credibilidad social que el escándalo de los abusos sexuales, la dudosa gestión de sus inmuebles o las connivencias políticas han convertido sucesivamente en una vergonzosa ruina. Sabemos que Argüello cree estar hablando desde el balcón endoselado del palacio arzobispal, pero habla, en realidad, desde la ruina moral de una institución que ya no parece buscar creyentes adultos, sino crédulos ingenuos y cristianos de sangre y tradición que comulguen con las ruedas de molino de un clericalismo trasnochado.

Esta inercia inveterada, que dejó en borrador los documentos luminosos del Concilio Vaticano II, nos sigue condenando a llegar tarde a todos los trenes. Perdimos ya sin remedio el tren de la lucha democrática frente a las monarquías absolutas, el tren comprometido de las ciencias, el tren de los obreros, el tren de la juventud, el tren del diálogo interreligioso… Gracias a Francisco, cogimos por los pelos el tren de la lucha ecológica y casi, casi el del respeto por la diversidad sexual. La estación de Añastro empieza a parecerse a un grupo de andenes ruinosos y polvorientos, a una red de vías muertas donde hace mucho que nadie espera ya ningún tren.

Muchos creyentes, bien cargados de paciencia y de misericordia, pedimos a la Conferencia Episcopal que reconstruya la credibilidad perdida con un compromiso más decidido por el Evangelio, que reconduzca la ideología reaccionaria e inflamable de sus medios de comunicación, que abra ejemplarmente sus inmuebles a las necesidades sociales y que las mitras y los báculos y las cruces pectorales estén más presentes en la agitación de las calles, al lado de los que sufren. De la iglesia de Ceuta, por ejemplo, solo hemos oído declaraciones profundamente desafortunadas. Si algo podemos destacar de la personalidad de Jesús de Nazaret es precisamente su capacidad de conmoverse por los que la sociedad de su tiempo había desplazado al margen de los caminos y a los que el fariseísmo religioso había decidido no mirar siquiera.

Cargados de paciencia, los cristianos seguimos esperando. Pero, mientras tanto, nos sumaremos a esas iniciativas ciudadanas que, desde la aconfesionalidad, sí están demostrando la solidaridad y la humanidad evangélica que la Iglesia española, anclada en la vieja inercia de sus siglos de gloria, no ha sido capaz de demostrar hasta ahora.

Senado democrático -- Juan Torres López Por Juan

 


Publicado en La Voz del Sur el 25 de septiembre de 2026

Las próximas elecciones generales serán cruciales en España, como lo están siendo en tantos otros países. La extrema derecha avanza sin descanso y las fuerzas progresistas suelen afrontarlas divididas. Es una tragedia, porque la amenaza a las libertades y a la democracia no es una hipótesis teórica, sino algo que estamos comprobando que sucede en los países donde esas fuerzas llegan al gobierno y disponen de mayorías parlamentarias.

En España vivimos un momento especialmente delicado. Sin gobernar siquiera, la derecha y la extrema derecha utilizan aparatos del Estado e instituciones -desde la policía a la administración de justicia, pasando por el Senado- para combatir por cualquier medio a un gobierno que, desde el primer momento y con independencia de lo que pudiera haber hecho, ya consideraron ilegítimo. Sólo buscan acorralar y acabar, a veces de forma abiertamente inmoral, con quienes no consideran que seamos "españoles de bien", como se definen con exclusividad a sí mismos.

Lo hacen cada vez con más intensidad y con un nerviosismo revelador. Porque, en contra de lo que repite la caja de resonancia mediática de la derecha, el resultado de las próximas elecciones no está escrito. Es cierto que la mayoría de las encuestas señalan su ventaja en intención de voto, pero también en julio de 2023 daban por hecha una mayoría de PP y Vox y las urnas no la confirmaron. Falta, además, mucho tiempo y el voto progresista puede movilizarse y dar muchas sorpresas. La derecha lo sabe y la experiencia pasada la saca de quicio. Por eso va a ir a por todo antes de que las elecciones se celebren y ese es, precisamente, el origen de las prisas, del atropello y de los ataques desaforados contra el gobierno de Pedro Sánchez, al que se quiere derribar como sea.

Por eso resulta descorazonador comprobar que las fuerzas de izquierda no terminen de ponerse de acuerdo, ni siquiera en cuestiones que son de mínimos: defender una democracia, unas libertades y un bienestar hoy claramente amenazados.

A la dificultad que supone la desunión se añade otra, no menos decisiva: las leyes electorales no ayudan a que las mayorías sociales se traduzcan en mayorías institucionales. Y el caso más flagrante de ello es el del Senado.

Como es sabido, en cada provincia peninsular se eligen cuatro senadores, pero cada votante solo puede marcar tres nombres. Se trata, pues, de un sistema mayoritario en el que el partido más votado se lleva el 75 % de la representación provincial.

Se castiga, por tanto, al bloque que se presenta fragmentado y, como el voto progresista se reparte entre varias siglas (PSOE, Sumar, Podemos, izquierdas territoriales...), rara vez resulta más votada una sola de ellas, incluso allí donde el conjunto de la izquierda es mayoritario.

La distorsión salta a la vista, como ha mostrado el economista y demógrafo Juan Antonio Fernández Cordón en un análisis reciente. En las últimas elecciones del 23 de julio de 2023, los bloques de izquierda y de derecha empataron prácticamente en votos -en torno al 50 % cada uno- y, pese a ello, la derecha se llevó 127 senadores electos frente a los 81 de la izquierda. Un cuasiempate en las urnas se convirtió en una diferencia de más de cuarenta escaños. En no pocas provincias la izquierda fue incluso mayoritaria en votos y, aun así, no logró la mayoría de sus senadores.

Por todas estas razones, un amplio grupo de personas de distintas sensibilidades progresistas estamos impulsando una iniciativa para presionar -y no me duele emplear esta palabra- a los partidos de izquierda para que acuerden candidaturas unitarias al Senado en el mayor número posible de provincias. No hace falta reformar la Constitución, ni la ley electoral, ni ninguna mayoría parlamentaria previa. Basta voluntad política para decidir que, allí donde el bloque progresista es mayoritario, concurra una sola candidatura de tres nombres capaz de ser la más votada y de llevarse tres de cada cuatro senadores.

Y no se trata de un brindis al sol. El propio Fernández Cordón ha estimado, circunscripción a circunscripción, lo que esa unidad podría dar de sí: en un escenario favorable, unas candidaturas unitarias bien planteadas alcanzarían 134 senadores de elección directa, es decir, la mayoría absoluta del Senado. Incluso en el escenario más prudente la izquierda mejoraría con claridad su posición actual. Lo que hoy es una mayoría absoluta de la derecha utilizada para combatir por cualquier medio al gobierno y tratar de bloquear su acción política, podría convertirse, sin cambiar una sola coma de la ley, en una mayoría de progreso.

No es una ocurrencia ni un experimento de laboratorio, sino un camino ya recorrido con éxito en otras ocasiones y territorios y la lección de todas ellas es inequívoca cuando ya no vivimos tiempos de mayorías absolutas de un solo partido: cuando la izquierda se ha presentado unida al Senado, ha ganado; cuando ha ido dividida, se lo ha regalado a la derecha.

Las dificultades para que se haga posible una iniciativa de este tipo no son pocas. En el bloque de progreso conviven fuerzas nacionalistas e independentistas que difícilmente cabrían en una misma papeleta en todo el territorio, y el sectarismo y la falta de lucidez también existen en las filas progresistas. Los partidos deben superarlas quizá intentando no una lista única de ámbito nacional, sino acuerdos pragmáticos por comunidades, o incluso provincia a provincia, allí donde una candidatura conjunta sea viable y sume. No se pide a nadie que renuncie a lo que tiene. Pedimos inteligencia y generosidad, sencillamente, para no regalar a la derecha lo que puede estar en manos del progreso.

Es una iniciativa, además, valiosa en sí misma. No importa gane quien gane el Congreso. Si hay mayoría progresista, un Senado que no sea monopolio de la derecha evita que la Cámara se convierta en una barricada que ha acumulado en dos años y pico más choques institucionales entre las Cámaras y el Gobierno que en las catorce legislaturas anteriores juntas, y con el solo propósito de frenar lo que no logra evitar en las urnas.

Si ganase la derecha y la extrema derecha (ya prácticamente una misma cosa) el riesgo que conlleva no sacar adelante la iniciativa es muy grande. Con los tres quintos de la Cámara, la derecha podría designar por sí sola a los magistrados del Tribunal Constitucional pendientes de renovación y, más adelante, a una parte del Consejo General del Poder Judicial, terminando de moldear a placer los órganos que deben arbitrar nuestra democracia. Incluso en el peor escenario del Congreso, la iniciativa que impulsamos serviría, al menos, para que la mayoría social plural esté representada y para negar a la derecha esa supermayoría amplificada y ficticia.

Animamos, por eso, a cuantas personas deseen que la mayoría ciudadana progresista se vea representada en el Senado, que quieran acabar con el sectarismo con que se está utilizando la mayoría del PP y que aspiren a una España donde el diálogo, la pluralidad y el respeto presidan la vida política, a que impulsen esta iniciativa.

El manifiesto que la explica con detalle puede leerse en senadoresporlademocracia.es. Pero no debería quedarse en un papel que circule más o menos ampliamente, sino en un banderín de enganche para realizar actos, manifestaciones y convocatorias que, de la forma más amplia y democrática posible, reclamen a los partidos progresistas coherencia y unidad para acudir juntos a las elecciones al Senado.

No podemos resignarnos ante un sistema injusto. Hay que reaccionar y usar con inteligencia las reglas que tenemos para que la voluntad mayoritaria del país deje de estar secuestrada por una cámara diseñada para amplificar al más fuerte. Conseguir un Senado democrático en las próximas elecciones es, ahora, una manera muy concreta de defender la democracia. Y los partidos a quienes nos dirigimos deberían tener presente algo fundamental: no poner en práctica esta iniciativa de unidad no va sólo en su propio perjuicio, sino que supone desarmar aún más a millones de personas que están sufriendo por el desmantelamiento de los servicios públicos, los desahucios, la subida de precios de bienes básicos y por un clima de polarización y enfrentamiento que destroza la convivencia y nos paraliza.