FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Demasiado silencio de la jerarquía española ante todo lo que está sucediendo en Ceuta -- Juan Cejudo


El Blog de Juan Cejudo

No entro en análisis socio-político de todo lo que está sucediendo en Ceuta, ni en los ataques de partidos políticos que buscan aumentar sus números de votantes a costa de lo que sea. Ni de los problemas estructurales de África, el gran continente olvidado.
Quiero comentar de modo especial el silencio cómplice de nuestros obispos, que no se han pronunciado como Conferencia Episcopal ante todo lo que allí está pasando. Es cierto que ha habido algunos (muy pocos) que sí han comentado la situación. Ver noticia original

Mi reflexión ante Ceuta - Fernando García Cadiñanos, obispo

 


Fuente:   El Progreso

Por   Fernando García Cadiñanos

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Ante el drama humanitario que hemos vivido estos días en Ceuta, algunos medios de comunicación me han preguntado cómo me he sentido y qué he pensado al ver las imágenes que a todos nos han sorprendido. Confieso que me han dolido y me han conmovido, a la vez que me han preocupado. 

Sin duda, hemos asistido a una auténtica tragedia humanitaria. En primer lugar, me duelen las vidas humanas segadas. No sé si un día sabremos el número real de los que han fallecido: pero no serán un mero número, son personas concretas que han muerto en la esperanza de un mundo mejor. Se suman a los cientos de miles de personas que fallecen diariamente en las diferentes rutas migratorias que existen en todo el mundo y a los que cubrimos con nuestra indiferencia. Pienso en sus familias y en sus historias truncadas. La fotografía de un cementerio de frontera con nichos en los que solo aparecen números es deshumanizadora. Esos muertos nos tienen que doler como propios.

Junto a ello, me duele la utilización e instrumentalización que se ha hecho de todas las personas que cruzaron la frontera, especialmente de los pobres y personas vulnerables con los que es fácil jugar y utilizar. Entre ellos, perfiles tan distintos y con significado tan diverso, como nos señalan los que están en el terreno. Me parece triste que, en la búsqueda de juegos de poder y de oscura política, de movimientos geopolíticos que utilizan la biopolítica, se haya jugado con cientos de miles de personas concretas que, en su desesperación, han escuchado cantos de sirena y se han enfrentado a frustraciones, sufrimiento y muerte. También aquí podemos decir que, no solo "esta economía mata" sino que también "esta política mata". 

A mi mente han venido las palabras del Papa León en Canarias cuando invitaba, con tono firme y profético a los que así actúan, a detenerse y convertirse. Por eso, me parece tan interesante la invitación que el Papa nos hace a custodiar la dignidad humana tan amenazada en esta nueva etapa de la historia. Así nos lo propone en la encíclica Magnífica Humanitas. Como también recordó el Papa Juan Pablo II, quizás esta es hoy una tarea de la Iglesia de primer orden como servicio a la humanidad: desvelar, proteger y defender la dignidad de todo ser humano.

Me duele igualmente el miedo con el que han vivido estos días los habitantes de Ceuta, también utilizados, que se han visto desprotegidos y vulnerados en sus espacios vitales. Ellos han de sentir mejor la protección del Estado y la solidaridad del resto de comunidades. Junto a ello, no puedo obviar el agradecimiento por ser una sociedad integrada e integradora que ha sabido gestionar positivamente esta situación tan compleja.

No obstante, tras la tormenta, me preocupan las consecuencias. Especialmente la situación de los inmigrantes que han quedado en Ceuta, sobre todo los menores. Se trata de una ciudad pequeña, sobrepasada ante este reto. El respeto a la dignidad humana y el interés superior del menor, de acuerdo al marco jurídico, tienen que prevalecer y han de ser reivindicados. Se ha de cumplir la legalidad. Por eso, se presenta ante nosotros, ante el resto de tierras de esta única piel de toro, un enorme reto que, como país, tenemos que afrontar unidos: ser capaces de acompañar a estos menores en su proceso de integración y capacitación en nuestro país.

Y también me preocupan las consecuencias sociales y culturales que este hecho pueda tener en el relato sobre la migración y en los vínculos necesarios para crear una sociedad integradora. Hay interés político y electoralista. Los discursos no son inocuos y hemos presenciado muchos relatos interesados que pueden generar miedo y rechazo, enfrentamiento y división. La cuestión migratoria, como fenómeno estructural de nuestro tiempo, hemos de saberla gestionar muy unidos, alejándonos de posiciones ideológicas y de emociones y poniendo mucha razón y, los cristianos, mucha fe. La razón y la fe nos dan un nuevo horizonte y perspectiva que no hemos de perder si queremos vivir este fenómeno de una manera humana.

La Iglesia nos recuerda que, ante el reto migratorio no bastan respuestas simples, parciales ni unilaterales. Es urgente una buena gobernanza que articule y ayude a conjugar diferentes principios que están presentes en este fenómeno de la movilidad humana: el derecho a migrar, el derecho a no migrar, el derecho de todo país al control de sus fronteras. Y todo con un objetivo: cuidar de toda la persona y de todas las personas buscando su integración en nuestra sociedad.

 

Israel busca el respaldo de Trump para su plan de expulsar a los palestinos de Gaza

 


Fuentes: El Diario
Por Andrew Roth 

El ministro de Defensa israelí ha afirmado que el presidente de EEUU no ha descartado la idea de expulsar a todos los habitantes de la Franja, pero que necesita convencer a los países árabes vecinos para que acojan a los refugiados palestinos.

El ministro de Defensa de Israel ha declarado que su Gobierno busca el apoyo del presidente estadounidense, Donald Trump, para aprobar planes para expulsar a los palestinos de la Franja de Gaza, una medida que la comunidad internacional ha rechazado anteriormente y que puede ser un crimen de guerra.

Israel Katz afirmó que, en última instancia, “no existe una solución real para Gaza sin la migración” de los alrededor de 2 millones de habitantes durante una conferencia organizada por el sitio de noticias israelí Ynet y el periódico Yedioth Ahronoth. El titular de Defensa señaló que el Gobierno israelí está “organizado y preparado para sacarlos por mar, por aire y por cualquier vía posible”.

A principios de 2025, el propio Trump dijo que Estados Unidos tomaría el control de la Franja de Gaza —lo que habría implicado expulsar a los palestinos del territorio—, pero posteriormente abandonó esa idea. El plan de paz de 20 puntos para Gaza elaborado por la Casa Blanca el año pasado no incluye la deportación de los palestinos, algo que sería ampliamente considerado como una limpieza étnica.

Sin embargo, Katz declaró el miércoles que, a su juicio, el apoyo de Estados Unidos al plan inclinaría la opinión de los países árabes a favor del reasentamiento forzoso de los gazatíes. Remarcó que el visto bueno de Trump era crucial para convencer a los países vecinos de que aceptaran a refugiados palestinos. “Todos los países dispuestos a acogerlos buscan el respaldo de Estados Unidos”, afirmó. Y agregó que el presidente Trump no canceló el plan de deportación, por el momento, sino que “lo ha congelado”.

La Casa Blanca no respondió de inmediato a una solicitud de The Guardian sobre si Trump seguía manteniendo conversaciones acerca de las propuestas de Israel para despoblar por la fuerza la Franja de Gaza.

Katz señaló en particular a Egipto, país que —según el ministro— había presionado a Washington para que se opusiera al traslado forzoso de la población palestina. “No se ha descartado”, aseguró. “Es un tema que se debate constantemente, incluso ahora, y creo que, a fin de cuentas, no existe otra solución que redunde en beneficio de todos”.

Las declaraciones del ministro de Defensa se producen en plena campaña electoral en Israel para las elecciones del 27 de octubre, que estarán muy reñidas y ante las que el primer ministro, Benjamín Netanyahu, y sus aliados de derecha buscan atraer a los votantes abogando por medidas más agresivas contra los palestinos.

Algunas de estas posturas han sido abiertamente incendiarias y crueles. El ministro de Seguridad Nacional, el ultraderechista Itamar Ben Gvir, publicó en X imágenes de una prisión de mujeres y afirmó ser el responsable de las pésimas condiciones en las que se encuentran en ese centro. Cuando una reclusa le comunicó que no recibían atención médica, ni podían ducharse ni disponer de ropa limpia, Ben Gvir respondió: “Se acabó lo de las buenas condiciones en las cárceles. Esta es la situación actual y yo soy el responsable directo de todo. Estoy satisfecho con estas condiciones”.

El miércoles, Netanyahu visitó un puesto militar israelí situado cerca de la llamada Línea Amarilla en la Franja de Gaza, que delimita el territorio que ocupa Israel. El Ejecutivo ha manifestado que no se retirará de dicha línea hasta que Hamás se desarme, a pesar de las peticiones de una retirada gradual para facilitar el reciente acuerdo anunciado por Trump.

“Controlamos el territorio y nos mantendremos en esta línea”, afirmó Netanyahu esta semana. “Estamos haciendo todo lo posible para lograr nuestro objetivo: desarmar a Hamás y desmilitarizar Gaza. Gaza dejará de suponer una amenaza para Israel”. Hace unos meses, el primer ministro dijo que el ejército controlaría el 70% de la Franja y eso es aproximadamente lo que ocupa actualmente, pese a que representa casi un 20% más de lo estipulado por el acuerdo de alto el fuego de octubre de 2025, cuando las tropas se retiraron de la mitad del territorio palestino hasta la Línea Amarilla.

Texto traducido de The Guardian y actualizado por elDiario.es

Fuente: https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/israel-busca-respaldo-trump-plan-expulsar-palestinos-gaza_1_13484518.html

Dime de qué presumes y te diré de qué careces en Ceuta

 


Publicado en ctxt.es el 4 de septiembre de 2026

Hay dos clases de problemas en la vida de las personas y en la de las sociedades: los que tienen solución y los que no. Los primeros desaparecen si se encuentra la respuesta adecuada y se aplica con acierto. Los segundos no tienen remedio que los haga desaparecer, y empeñarse en buscárselo conduce a la frustración, primero, y después a la parálisis. Con ellos no cabe resolver, sino evitarlos mientras se pueda, paliar el daño, frenarlos, retrasarlos, pasarlos a otro tiempo o a otras manos… y, sobre todo, cuidar en todos los sentidos a quien los padece, sea una persona, un territorio, un animal, o un patrimonio que no queremos perder.

Mi tesis es que el problema de Ceuta (y Melilla) pertenece a esta segunda clase en el plano político, geoestratégico e incluso humanitario, al menos a corto y medio plazo, y las razones de que no tenga solución me parecen claras. Son dos territorios que pertenecen a España antes de que existiera el Marruecos actual, pero que este país reclama sin descanso porque esa reivindicación forma parte de su identidad nacional y del cemento de su monarquía. Es un conflicto entre dos Estados imbricados hasta los tuétanos (fronteras, comercio, migración, seguridad, energía…) y de los cuales uno es una autocracia que sabe usar esa imbricación como palanca sibilina para agredir y hacer chantaje, incluso permitiendo -por ejemplo- que miles de personas violen una frontera como munición, aun a costa de sus vidas. Hay una población autóctona, la ceutí y melillense, con intereses propios y legítimos para la que seguramente no hay más “solución” imaginable que mantener el statu quo del que depende su vida. Y, para colmo, en España hay una derecha ferozmente nacionalista que se proclama patriota pero que nunca arrima el hombro en favor de toda la patria, sino que sopla las brasas con tal de quemar al gobierno que no represente a lo que ella considera la suya, la "España de bien". Y lo hace, aunque así se deteriore la cohesión interna, se quiebre la imagen internacional del país o hasta se genere más riesgo de perder territorios de la patria que dice defender. Y el problema se complica, finalmente, aún más dadas las racionales sospechas de que quien realmente mueve los hilos en esa zona pueden ser los gobiernos de Estados Unidos e Israel, a quienes interesa que España y Europa se desestabilicen y que han dado sobradas muestras de cinismo e inmoralidad.

Quizá la mejor forma de comprobar que el problema de Ceuta no tiene solución es comprobar lo que han hecho quienes más alto proclaman que sí la tiene, la derecha y extrema derecha (en este caso, la misma cosa) que acusan al Gobierno de Pedro Sánchez de no defender a Ceuta y que reclaman mano dura contra Marruecos.

Es la derecha y extrema derecha que no sólo no condena al franquismo, sino que incluso lo reivindica, pero que olvida que en noviembre de 1975 y ante la Marcha Verde (trescientas mil personas caminando), el régimen de Franco -el más militarista, beligerante y supuestamente patriótico que ha conocido España, armado hasta los dientes y sin parlamento, oposición ni tribunales que le ataran las manos- no defendió el Sáhara. Lo entregó en cuestión de días, lo mismo que había hecho antes, en 1969, cuando cedió Ifni a Marruecos. Es la misma derecha que, sin embargo, celebró como gesta nacional la recuperación de la Isla Perejil, un islote deshabitado del que en 2002 hubo que desalojar a un puñado de gendarmes que ni siquiera opusieron resistencia.

Esa es la medida exacta del patriotismo de la derecha española: epopeya cuando no hay nadie ni nada que defender, entrega o silencio cuando lo que está en juego es un territorio con población y futuro. Y es la misma derecha que hace gala de su atlantismo y sintonía con Washington pero que calla cuando es precisamente Estados Unidos quien tiene la llave para subir o bajar la temperatura de la frontera.

Ni siquiera tiene solución al día de hoy el problema humanitario: el acoger, atender, ordenar la llegada de miles de personas con decencia. Es lo que habría que hacer, pero también esa puerta está entornada.

El Tribunal Supremo español dictó (casualmente días antes del problema) que a quienes son interceptados en el mar tratando de entrar a nado en Ceuta no se les puede aplicar el “rechazo en frontera”; es decir, la devolución sumaria en caliente, sino el procedimiento ordinario de devolución, que lleva garantías individuales y necesita tiempo para hacerla efectiva, si se hace. Y aún más. ¿Cómo se frena una avalancha de casi tantos miles de personas como habitantes tiene Ceuta? ¿A tiros? ¿Ahogando a quien nada? No hay respuesta compatible con la decencia, y por eso ninguno de los que exigen firmeza ha formulado en voz alta solución alguna… salvo uno. La que dio el único dirigente de la derecha que se ha atrevido a concretar qué se debería hacer fue tan bárbaro como esclarecedor: el diputado de Vox José María Figaredo propuso, sin metáfora y reiterándose al día siguiente sin retractarse, “cazar” a los inmigrantes "uno a uno” o “pescarlos”, y lo dijo acompañando sus palabras con onomatopeyas de disparo. Esa ha sido la única propuesta específica que la derecha ha logrado poner sobre la mesa.

Las salidas se cierran porque no se puede resolver en días, meses o pocos años el desnivel que empuja a la gente del África saqueada durante siglos hacia el norte. Porque se necesita a la inmigración, pero no se la quiere, y las patronales, los partido y los gobiernos europeos (unos más que otros) están atrapados en esa contradicción. Porque no se aplaca con buenas palabras a un vecino que sabe usar la frontera como palanca de guerra híbrida y al que no le importa que mueran sus ciudadanos. Porque no se defiende un enclave como Ceuta con las bravuconadas de Aznar y sus acólitos, como demuestra la propia historia de la derecha que vocifera. Porque no se frena a decenas de miles de personas sin cruzar la línea de la barbarie y porque incluso la vía humanitaria tropieza con límites materiales que ningún discurso elimina.

Lo único que queda entonces, cuando se han agotado todas las respuestas que podrían resolver el problema, es el cuidado. El pariente pobre de las respuestas a lo que no tiene solución.

Cuando no se puede resolver, ni domar, ni frenar sin barbarie, lo que separa la decencia de la ignominia es el cómo se cuida a quien lo padece. Y aquí es donde hay que decir, con dolor porque uno esperaba otra cosa, que el Gobierno ha fallado. No en lo imposible, pues nadie le puede exigir honradamente que resuelva lo que no tiene solución, sino precisamente en lo único que estaba en su mano, la celeridad a la hora de atender y el cuidar a la población ceutí y a la que entró irregularmente.

Es, sin duda, injusto decir que el Gobierno de Pedro Sánchez no ha hecho nada en la gestión administrativa de la emergencia. Ha habido muchos recursos, protocolos, plazas, kits de higiene, ministras que visitaron el enclave, y hasta se aceleró el traslado a la Península de las niñas más vulnerables. Hubo, incluso, perspectiva de género en esa gestión. Y sin embargo todo ello pertenece a un mismo tipo de actuación, el de la administración, el del poder que ordena, coordina y paga. Pero ha faltado otra, la que no tiene que ver con “hacer”, sino con “estar”.

Porque una cosa es atender a las personas y otra muy distinta es estar con ellas. Un gobierno puede movilizar recursos, habilitar plazas y activar dispositivos de emergencia manteniendo una enorme distancia con las personas concretas que sufren y se sienten solas, porque el sistema puede funcionar a la perfección mientras la persona sigue estando sola. Pero eso se paga.

El poder y la gestión llegaron tarde, a remolque de la presión vecinal. El cuidado ha tenido en Ceuta rostro y sexo y no ha sido el del gobierno. Mientras el Estado contaba plazas, decenas de mujeres y niñas que dormían a la intemperie entre cientos de hombres empezaron a denunciar acoso y agresiones sexuales, y quienes primero improvisaron espacios donde pudieran pasar la noche seguras no fueron los ministerios, sino los vecinos de El Príncipe y de Sidi Embarek, una organización como Save the Children y las propias mujeres migrantes organizándose para protegerse unas a otras. Es verdad que fueron ministras. Hubo visitas, sí, pero no fue el gobierno quien cuidó, sino otra gente. Y esa gente pudo ver lo que a la administración se le escapaba, porque sólo se ve cuando se está cerca que el problema no era únicamente cuántas camas había, sino quién protegía a las mujeres durante la noche.

Hay, de nuevo desgraciadamente, un símbolo bien elocuente de la distancia con la que el gobierno ha hecho frente al drama. La del propio presidente, Pedro Sánchez, que ciertamente visitó Ceuta el 31 de julio, al día siguiente de la avalancha, pero que se marchó de vacaciones a la jornada siguiente a Lanzarote. Desde allí llegó a presidir, a mediados de agosto y por videoconferencia desde la residencia de La Mareta, la reunión con sus ministros sobre Ceuta. Tiene todo el derecho a descansar, como él mismo ha reivindicado, pero esa no es la cuestión. No se trata de discutir si un gobernante tiene derecho o no a irse de vacaciones. La cuestión es el modo de gobernar que atiende la emergencia de personas concretas a través de una pantalla, desde lejos, sin pisar el suelo del dolor. Gobernar Ceuta por videoconferencia desde la playa, o -como han hecho otras ministras y ministros, desde Madrid- es, literalmente, hacer sin estar.

Ahí está la diferencia entre administrar y cuidar, entre añadir una perspectiva de género a los papeles y cambiar la manera de ejercer el poder. Lo primero lo hizo el Gobierno; lo segundo no. Y eso ha sido el origen del grito que lanzaron los ceutíes (“Nos sentimos abandonados”) y que han repetido vecinos, comerciantes y hasta responsables políticos socialistas de la ciudad.

Que una parte de España tenga que decir en voz alta que se siente abandonada por España es, en sí mismo, el mayor de los reproches. No importa cuántos millones se libren ni cuántos dispositivos se activan, porque es a ese sentimiento a lo que no se debió dar pie jamás. Un gobierno que cuida no evita sólo el daño material; evita, sobre todo, que los suyos (que somos todos) tengan que gritar que están solos. Y quien se siente solo y sin respuesta termina escuchando a quien le ofrece una, la que sea, aunque sea falsa y cruel. El abandono es la puerta por la que entra la demagogia, y por ahí se ha colado la derecha.

En toda esta tragedia, quien ha aparecido ante mucha gente como el que se pone del lado de Ceuta y de los demás españoles más o menos preocupados por lo que pasaba allí, ha sido la derecha, no el Gobierno. Es una solidaridad falsa, porque defiende a unos enfrentándolos a otros, porque propone cazar a los más vulnerables para tranquilizar a los demás y porque se basa en el mismo patriotismo de cartón piedra que celebró la gesta de Perejil y calla ante los cadáveres del espigón. Pero si ocupa ese terreno es porque la izquierda lo dejó vacío.

Hay algo que la izquierda sigue olvidando. Hay muchos momentos, muchos más de los que solemos creer, en los que el consuelo, el apoyo, la compañía y la empatía son tan necesarios o más que la buena doctrina e incluso que la partida presupuestaria. Un poder que sólo sabe dar discursos, librar fondos y redactar notas de prensa no sólo cuida mal; gestiona peor, porque se pierde justo lo que únicamente se conoce de cerca. Y la gente lo nota.

Un gobierno progresista no fracasa cuando es impotente ante un poder que lo desborda. De esa impotencia nadie está a salvo, y en Ceuta no había victoria posible para nadie. Fracasa -como está fracasando el gobierno de Pedro Sánchez- cuando, no pudiendo resolver, renuncia además a lo único que sí estaba en su mano: estar al lado de la gente. No falló por no poder, ni siquiera por no hacer, sino por no estar.

Y la paradoja final es que todo eso que ha faltado tiene nombre. Esa presencia, ese hacerse cargo de la vida concreta de la gente, esa manera de ejercer el poder que no manda desde fuera, sino que sostiene desde dentro, no es un buenismo vago. Son, en su sentido más hondo, dos cosas que en este país no se paran de invocar, de las que se presume pero que, a la hora de la verdad, no se practican. Una se llama patriotismo, si por patriotismo no entendemos el culto a la tela de la bandera, sino la defensa de la vida, el bienestar, la seguridad y también el suelo donde vive la gente a la que uno se debe. La otra se llama feminismo, si por feminismo no entendemos la etiqueta, ni sólo la perspectiva de género añadida a un expediente administrativo, ni el recuento de cuántas ministras se sientan en el Consejo o de cuántos huecos se ocupan en las listas -eso es representación, que importa, pero es sólo la puerta. De este gobierno esperábamos algo más hondo, precisamente lo que el feminismo nos había hecho creer que podríamos esperar de su práctica: romper la vieja frontera que dejaba en el lado de lo público la razón, la autoridad y el mando, y confinaba en el de lo privado -donde a su vez se confinaba a las mujeres- el cuidado, la dependencia y la vulnerabilidad, como si no fueran también asuntos políticos. Esperábamos un modo de gobernar feminista que no se limitara a cambiar quién ejerce el poder, sino que transformara el cómo se ejerce, que sustituyera la lógica patriarcal de la jerarquía y el mando a distancia por la de la cercanía y el cuidado. De un cuidado de una clase precisa, porque no vale cualquiera: no el que decide desde arriba lo que a la gente le conviene -ese también es autoritario y paternalista-, sino el que escucha y reconoce a quien sufre, empezando por esas mujeres y esas niñas, como sujeto capaz de decidir sobre su propia vida y no como mero objeto al que proteger. Un poder que se mide, al final, en vida sostenida, en dolor aliviado y en autonomía devuelta.

Eso es lo que debería avergonzar a unos y a otros. Aunque, desde luego, no de la misma manera ni en la misma medida, porque igualar aquí las dos faltas sería la más cómoda de las mentiras. La derecha hace gala de patriotismo, pero lo que ha hecho no es defender la españolidad de Ceuta sino convertirla en un misil contra el Gobierno. Su única propuesta concreta ha sido cazar a los más débiles. El error del gobierno, por el contrario, no es el del cínico que finge una virtud que no siente, sino el de quien traiciona una que dice tener y podía haber ejercido. A la derecha hay que reprocharle lo que hace; al gobierno, con más dolor, lo que pudo hacer y no hizo.

Y si con este segundo se es más severo no es porque sea peor -a mi juicio no lo es-, sino porque de él se esperaba otra cosa y porque su fallo lo vamos a pagar muy caro y quizá pronto. Ceuta enseña algo muy claro. Cuando un problema no tiene solución, lo más importante que cabe hacer es cuidar y no producir abandono, y haber descuidado ese cuidado y haber hecho que la población ceutí e incluso la del resto de España se sienta abandonada, lo que al principio de estas líneas parecía lo más pequeño de todo, es precisamente lo que dio la llave, ha dejado el campo libre y está haciendo fuerte a la extrema derecha.  

La jerarquía de la caridad -- José Arregui, teólogo

 


Me resultaron sorprendentes tanto como tristes las palabras escuchadas hace unos días de boca de un joven sacerdote de Ceuta.

Jesús Francisco Molina dijo: “La Iglesia no es una ONG”. ” La función principal [de la Iglesia] no es la de atender al necesitado; es una de las principales, desde luego, pero la Iglesia está para atender a su pueblo en las necesidades sobrenaturales que tiene que administrar: los sacramentos, la predicación, la sustentación del pueblo de Dios”. Y más: “Hay que ayudar primero al prójimo, al más cercano, al ceutí antes que al no ceutí”. “Es la caridad la que exige esa jerarquía”.

No puedo imaginar a Jesús de Nazaret diciendo hoy tales cosas en Ceuta, en Gaza, en Madrid, en Francia o en los EEUU de América. Pues su consigna fue: “los últimos serán los primeros” (Mt 20,16)”. Y porque en su tiempo dijo: “No basta decir ‘Señor, Señor’, para entrar en el reino de Dios; es preciso hacer la voluntad de mi Padre del cielo” (Mt 7,21). ¿Y en qué consiste la “voluntad del Padre del cielo” (la principal tarea de la Iglesia, por lo tanto)? Consiste en “dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, acoger en casa al extranjero, vestir al desnudo, socorrer al enfermo y al encarcelado” (Mt 25, 31-46).

Creo, pues, que hoy en Ceuta, en Gaza, en Madrid o en Francia y en los EEUU de América Jesús clamaría:

“¿Acaso no tenéis ojos para ver que una misma es la pobreza de todos los pobres, sean de aquí o de allá?,

¿y que todos los mapas de África han sido trazados por Europa y que los países llamados “occidentales” han sido quienes han empobrecido, explotado y vaciado más que nadie el llamado “tercer mundo”, hasta el punto de hacer allí la vida imposible?,

¿y que todos estamos hechos de la misma carne y de la misma sangre, que somos hermanas y hermanos de la misma familia, ciudadanos de la misma ciudad universal, seres humanos de la misma humanidad?,

¿y que la prioridad son quienes no tienen ni pan ni casa ni pueblo, y los menores de edad sin familia y las menores o mayores de edad violadas, sean europeas, asiáticas, americanas o africanas?

¿que, en resumen, la prioridad corresponde al sufrimiento y a la compasión poseen, independientemente de todas las fronteras, si es verdad que tenéis un corazón en vuestro pecho?”

José Arregi, Aizarna, 7 de septiembre de 2006
www. josearregi.com

DESDE COVADONGA, UNA NUEVA CAMPANADA DE D. JESÚS SANZ, OBISPO DE OVIEDO

 

El eco en los diarios escritos y digitales, regionales y nacionales, estaba asegurado: el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, vuelve a hablar de los inmigrantes. Lo hace en dos mensajes publicados en su cuenta de X. El más actual es el del 3 de septiembre de 2026. “España escenificó su apoyo solidario a Ceuta y Melilla. También en Covadonga en plena novena a la Santina. Lugar de reconquista que recuerda que hemos de recuperar lo que vale la pena, lo que nos sostiene e identifica ante la pretensión marroquí y la inanición de una gobernanza fallida”. Quizás el obispo esté en Covadonga, pues es tiempo de la novena a la Santina, y, posiblemente por estar allí, el leguaje de reconquista que emplea. Sobre el tema de Ceuta ya antes se había comentado también en X: “Incomprensible avalancha de tantos jóvenes que con algún toque de corneta cruzan por miles las fronteras de Ceuta con sus vivas. Nueva marcha verde ante la debilidad extrema de un gobierno tocado conquistando sin armas ni estrategia la imposible esperanza de su libertad y hambruna”. Podríamos subrayar su visión de Covadonga como “lugar de reconquista”, que llama a “recuperar lo que vale la pena”, y también la masiva entrada que hacía ver la “pretensión marroquí” y sobre manera el calificativo de “gobernanza fallida” del Gobierno.

En los dos textos de Twitter citados ataca, como acostumbra a hacer cuando sube al escenario político, al gobierno de España, que, desde sus criterios, uniéndose a todos los de la oposición ultraconservadora y de extrema derecha, lo califica de gobernanza fallida y de no hacer lo debido, manifestando una “debilidad extrema”, pues quienes han entrado “lo hicieron sin armas ni estrategia”. Indudablemente es mucho decir y, además, regando fuera de tiesto.

Como se ha visto, la gran mayoría de los que entraron en Ceuta, posiblemente no eran de verdad inmigrantes, pero seguro que sí casi todos los que se negaron a retornar a Marruecos. A esos, que son los que crearon un problema humanitario de primer orden, desde el Evangelio lo que hay que recordar es la obligación de acoger, proteger, promover e integrar que tenemos todos empezando por el gobierno central español, el de las autonomías, especialmente con los menores, incluyendo la Iglesia católica española, más si el que habla del tema está en el santuario de la Virgen de Covadonga, a la que en todos los lugares del mundo se invoca como madre de misericordia, palabra que encierra la atención cordial hacia los más empobrecidos que viven en la miseria, acosados día y noche por el hambre, la guerra y otras violencias típicas de los países donde no se respetan los derechos humanos. La presión sobre ellos es tan fuerte que, a pesar de los muchísimos que mueren intentando la huida por el Atlántico o el Mediterráneo para llegar a Europa, corren el riesgo de hacerlo.

El obispo de Oviedo ha querido regar en otra huerta y ha hablado desde su postura política, con la que no todos los asturianos coincidimos, pues hay quien ha visto una prudente respuesta, a la que no se ha puesto aún el punto final, a la espera de más información. Las opiniones políticas al respecto son varias y diferentes, algunas en matices, otras con discrepancias radicales. Es normal. Pero tratándose de D. Jesús Sanz, un obispo, que además está en el ejercicio de su ministerio, se ve en él demasiada política partidista y poco evangelio.

Que este obispo no representa la opinión de todos los asturianos es evidente. Ahí está el reciente Documento de las 100 firmas y el anterior comunicado “ERA INMIGRANTE Y ME ACOGISTEIS” del Colectivo Cristianos de Asturias por una Iglesia Sinodal. Pero, lamentablemente, también es igual de evidente la escasa manifestación de la opinión de quienes no comulgan con él.

La estructura jerárquica de la Iglesia y el modo de entender la autoridad en ella les da a los obispos una poder tan grande que puede anular la capacidad de visión y de libertad de los que viven en las bases del pueblo fiel. Había nacido una cierta esperanza de que este sínodo podía cambiar algo las cosas, renovando en los temas tratados la legislación vigente, pero parece que solo llegará a hablar a la conciencia de las legítimas autoridades para que oigan las opiniones de sus fieles y, en cuanto ellos estimen, les hagan caso. “No se les puede ignorar”, sobre todo cuando hablan desde dentro de una institución eclesiástica. El número 92 del Documento final POR UNA IGLESIA SINODAL: COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN Y MISIÓN es contundentemente cortante para poder hacer cualquier revisión sobre el autoritarismo eclesiástico, que es el soporte del tan denostado clericalismo que tantos males ha producido en la Iglesia. Las fuerzas de progreso son tan minoritarias que poco pueden hacer para abrir una nueva etapa que modernice el modo de ser de nuestra Iglesia y ponerla en consonancia con los valores que impulsan los derechos humanos, que gravitan sobre los ejes ya clásicos de la libertad, la igualdad y la fraternidad, tan ultrajados en las relaciones internas eclesiásticas. Recordemos las reivindicaciones de colectivos dentro la Iglesia como el de la mujeres, o el de los LGTBI, o el que pide desligar el sacerdocio del celibato… La Iglesia no tuvo miedo a cambiar para adaptarse al Imperio Romano, incluso alejándose del evangelio de Jesús. Ahora, para modernizarse, lo tiene, a pesar de que se puede ver en ello una exigencia del evangelio cristiano fundacional.

 

José María Álvarez. Oviedo, 5 de septiembre, 2026

UN NIÑO PONE A PRUEBA NUESTRA DEMOCRACIA. Ceuta, examen de ciudadanía, humanidad y Evangelio

 


Un niño de doce años llora mientras es conducido hacia Marruecos. Suplica que no lo devuelvan. Unos vecinos advierten que es menor y logran detener la marcha. La escena resume la crisis de Ceuta: la frontera veía a un extranjero; la ciudadanía tuvo que recordar que llevaba entre las manos a un niño.

Después llegaron las identificaciones, los centros desbordados, las disputas entre administraciones y el acostumbrado reparto de culpas. Todos invocaban la legalidad, la seguridad y hasta los derechos humanos. El niño, entretanto, seguía esperando protección.

Ceuta no examina solamente nuestra política migratoria. Examina la calidad de nuestra democracia, nuestra educación cívica y la humanidad que aún conservamos. España dispone de Constitución, enseñanza universal y solemnes declaraciones de derechos. Sin embargo, basta una crisis migratoria para que las personas se conviertan en “avalancha”; los menores, en “carga”; la solidaridad, en “efecto llamada”; y los derechos humanos, en asignatura optativa.

La Institución Libre de Enseñanza quiso formar ciudadanos capaces de observar antes de juzgar, contrastar antes de afirmar y pensar antes de obedecer. Hoy necesitamos recuperar esa pedagogía frente a los nuevos dogmas difundidos por las redes sociales, donde cada cual encuentra sus prejuicios confirmados por una voz desconocida con miles de seguidores.

Ceuta necesita orden, medios, seguridad, cooperación internacional y una política migratoria seria. Defender la dignidad humana no significa negar los problemas. Pero la organización sin humanidad acaba convirtiendo a los menores en paquetes administrativos que las comunidades autónomas se devuelven con acuse de recibo.

También el cristianismo pasa aquí su control fronterizo. Su credibilidad no depende de defender una supuesta “civilización cristiana”, sino de reconocer al ser humano concreto que llama a la puerta. El Evangelio no deja demasiado margen: «Fui extranjero y me acogisteis». Jesús puso a un niño en medio; nosotros hemos colocado en medio el reparto competencial.

No basta con enseñar los derechos humanos, proclamarlos en el Parlamento y predicarlos los domingos. Hay que reconocerlos el lunes, cuando llegan mojados, asustados y sin documentación.

Desde Redes Cristianas pensamos que nuestro expediente continúa abierto: sobresaliente en declaraciones, notable en vigilancia y todavía pendiente en justa humanidad. Por fortuna, la democracia —como la educación y el Evangelio— admite conversión. Pero convendría no dejarla siempre para septiembre.

La grandeza de una iglesia se mide por su fidelidad al evangelio

 


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Ante los obispos latinos de las regiones árabes, León XIV recuerda que la fuerza de una comunidad cristiana no depende de sus números o recursos, sino de su capacidad para servir, acompañar y sembrar la paz.

León XIV recibió el pasado 3 de septiembre a los miembros de la Conferencia Episcopal Latina en las Regiones Árabes. Este organismo reúne a los obispos de comunidades católicas de rito latino presentes en países de Oriente Medio, el norte y el este de África y la península arábiga.

Son Iglesias que desarrollan su misión en contextos especialmente complejos. Algunas viven en territorios atravesados por guerras y tensiones políticas o religiosas. Otras han visto cómo muchas familias se marchaban empujadas por la violencia, la pobreza o la falta de futuro. El Papa recordó también a religiosas, sacerdotes y fieles asesinados mientras atendían a las personas más vulnerables en Yemen, Irak, Siria y otros lugares.

Ante comunidades cada vez más frágiles y reducidas, León XIV pronunció una frase que puede servir también a muchas Iglesias occidentales: «No tengan miedo de su pequeñez». La fecundidad de una comunidad cristiana, afirmó, no se mide por sus números, sus estructuras o sus recursos, sino por su fidelidad al Evangelio.

Vivimos en una sociedad que identifica fácilmente el éxito con el tamaño, la influencia y la visibilidad. También la Iglesia puede caer en la tentación de medir su vitalidad por el número de asistentes, las vocaciones, los edificios que conserva o la repercusión pública de sus declaraciones. Sin embargo, una Iglesia más pequeña no tiene por qué ser una Iglesia irrelevante.

La cuestión decisiva es qué hace con aquello que tiene y junto a quién decide situarse. Las comunidades a las que se dirigió el Papa sostienen parroquias, escuelas, hospitales y obras sociales. Acompañan a familias que sufren, atienden a los pobres y acogen a trabajadores migrantes que viven lejos de sus seres queridos, especialmente en los países del Golfo.

León XIV pidió que esas comunidades sean casas en las que nadie se sienta extranjero. También las animó a dialogar con los musulmanes y con las demás tradiciones religiosas. Dialogar no significa renunciar a la propia identidad, sino aprender a vivirla sin miedo al encuentro. En sociedades donde la guerra ha sembrado desconfianza, cada gesto de respeto y colaboración puede convertirse en un pequeño paso hacia la reconciliación.

No se trata de idealizar la debilidad ni de resignarse a la desaparición de las comunidades cristianas. Se trata de comprender que el Evangelio propone otra manera de estar presentes: sin buscar imponerse, respondiendo a la violencia con la caridad y sustituyendo el deseo de poder por la voluntad de servir.

En un mundo acostumbrado a admirar lo grande, lo fuerte y lo exitoso, León XIV vuelve la mirada hacia esas comunidades pequeñas que continúan acompañando, educando y acogiendo en medio de enormes dificultades. La Iglesia no pierde importancia cuando disminuyen sus números, sino cuando deja de servir a las personas que tiene cerca.

Fuente consultada: discurso de León XIV a la Conferencia Episcopal Latina en las Regiones Árabes.

El oficio de pensar en la era de la inmediatez

 


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Recuperar la lentitud evangélica, el rigor filosófico y la hondura teológica frente al ruido de la opinión

Vivimos sumergidos en un ecosistema de aceleración constante donde la velocidad ha suplantado al significado. En la era del titular efímero, el algoritmo reactivo y la tiranía de la inmediatez, el pensamiento parece haberse reducido a la mera opinión (doxa): acelerada, polarizada y visceral. Opinar se ha vuelto obligatorio; pensar, en cambio, se ha convertido en un acto de resistencia contracultural.

Ante esta conmoción del espíritu contemporáneo, urge reivindicar el «oficio de pensar». No como un ejercicio académico autorreferencial o un refugio de eruditos, sino como un servicio humano, una práctica teológica vital y un compromiso ético indispensable para no perecer en la superficialidad.

1. La degradación del pensamiento: de la búsqueda de sentido a la dictadura del automatismo

El sociólogo Zygmunt Bauman advirtió que la modernidad líquida nos priva de puntos de anclaje. Cuando el ritmo de la vida supera la capacidad humana de asimilación, la reflexión profunda es la primera víctima.

El imperio de la opinión (doxa): La cultura digital incentiva la respuesta instantánea. El valor de una idea ya no se mide por su verdad, su coherencia interna o su peso ético, sino por su capacidad de generar impacto, emoción rápida o polarización.

La trampa de la hiperconexión desatenta: Paradójicamente, cuanta más información acumulamos a un solo clic, más incapaces nos volvemos de habitar la complejidad. Se confunde el dato con el conocimiento, y el conocimiento con la sabiduría.

La pérdida de la contemplación: Decía el filósofo Byung-Chul Han que la vida contemplativa requiere de una «pedagogía de la mirada». Sin silencio, pausa y distancia, no hay pensamiento posible; solo hay reacción instintiva al estímulo externo.

2. La filosofía como terapia de la complejidad

Frente al pensamiento simplista que divide el mundo en blanco o negro, la filosofía nos devuelve el coraje de habitar la incertidumbre y formular preguntas incómodas.

Desconfiar de las evidencias fáciles: Pensar filosóficamente significa desarmar los prejuicios que asumimos como verdades absolutas. Es el método socrático: la honestidad radical de reconocer el «solo sé que no sé nada» para empezar a buscar con rigor.

El cuidado del lenguaje: Quien no domina las palabras es dominado por las narrativas ajenas. La filosofía cuida la precisión del vocabulario frente a la manipulación del discurso político y mediático. Nombrar bien la realidad es el primer paso para transformarla.

Cultivar el discernimiento: La filosofía no ofrece recetas rápidas, sino herramientas analíticas para distinguir lo esencial de lo accesorio, la causa real de la consecuencia superficial. Nos enseña a sostener la paradoja sin caer en el dogmatismo ni en el nihilismo.

3. La teología como hondura: pensar la vida desde el Misterio

Si la filosofía enseña el rigor del método, la teología aporta la dimensión de la esperanza y el horizonte de la trascendencia. Una fe adulta no teme al pensamiento; al contrario, exige el mayor rigor intelectual para no caer en la superstición o la fe ciega.

Una fe libre de ciegas creencias: Creer no significa ahogar la inteligencia ni renunciar al cuestionamiento crítico. La verdadera madurez creyente no ahuyenta las dudas, sino que las asume como el motor para seguir buscando; pensar la fe implica desmantelar las imágenes infantiles de Dios y los ídolos fabricados a nuestra medida para dejarnos interpelar por el Dios vivo.

El Logos encarnado: Para el seguidor de Jesús de Nazaret, el pensamiento no es una abstracción desencarnada. El Logos (la Palabra, la Razón última del universo) se hizo carne en la historia, en la fragilidad y en el barro humano, donde razón y amor se conjugan en gerundio: razonando y amando en la vida concreta. Por tanto, pensar teológicamente es pensar la realidad desde la carne del necesitado, la justicia y la compasión.

La pausa del Sabbat y la mística del silencio: La tradición judeocristiana regala al mundo la pedagogía del descanso sagrado. En un mundo obsesionado con la producción y el consumo sin pausa, la teología recuerda que el silencio es la matriz donde se engendra la verdad y donde el ser humano se reencuentra con su propia dignidad.

Un llamamiento al discernimiento evangélico

El «oficio de pensar» es una tarea profundamente humana y evangélica. Pensar detenidamente es hoy un acto de amor al prójimo: evita que juzguemos a la ligera, frena la propagación del odio y nos capacita para construir alternativas de paz y justicia en medio de la complejidad geopolítica y social.

Una fe que no piensa se atrofia y se vuelve fanática; una razón que no se abre al misterio de la existencia corre el riesgo de volverse cínica y calculadora. Romper la tiranía de la inmediatez requiere la audacia de detenerse, respirar y volver a cultivar la paciencia del pensamiento. Solo desde esa lentitud y silencio habitados podremos pasar de la mera opinión a la sabiduría, y de la reacción ruidosa al compromiso transformador.

Tres palabras para habitar el futuro

 


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Al leer Magnifica Humanitas, tres palabras resonaron profundamente: verdad, trabajo y libertad. Tres realidades humanas que la llegada de la IA nos obliga a repensar qué humanidad queremos construir.

Cuando empecé a leer Magnifica Humanitas, la encíclica de León XIV, lo hice pensando que iba a encontrar, sobre todo, una reflexión sobre la inteligencia artificial.

Y sí, la inteligencia artificial está muy presente.

Pero, a medida que avanzaba en la lectura, tuve la sensación de que la IA era casi una puerta de entrada a algo mucho más grande.

Porque detrás de algoritmos, datos, plataformas y máquinas aparecen preguntas que no son nuevas y que, en realidad, nos afectan a todos: ¿qué entendemos por verdad?, ¿qué lugar ocupa el trabajo en nuestra vida?, ¿y qué significa ser realmente libres?

Hay tres palabras que se me quedaron especialmente grabadas: verdad, trabajo y libertad.

Tres palabras sencillas. De esas que utilizamos todos los días y que creemos conocer bien. Pero que, leídas desde Magnifica Humanitas, adquieren una profundidad nueva.

Y quizá ahí está, para mí, una de las cosas más interesantes de esta encíclica: que cuando el Papa habla de inteligencia artificial, no está hablando solamente de tecnología. Está hablando de nosotros.

VerdadLa verdad no es algo que poseemos: la buscamos juntos.

En los números 132-136, Magnifica Humanitas llama la atención sobre un problema que la inteligencia artificial hace todavía más evidente: la facilidad con la que podemos confundir lo verdadero con lo que simplemente parece verdadero.

Vivimos rodeados de información. Nunca habíamos tenido tanto acceso a noticias, imágenes, opiniones, vídeos o conocimientos. Y ahora tenemos además herramientas capaces de producir textos, imágenes, voces o vídeos que pueden parecer completamente reales.

La pregunta entonces ya no es solamente cuánto sabemos, sino cómo sabemos que lo que sabemos es verdad.

La encíclica recuerda que la verdad tiene una dimensión relacional. Necesita contraste, diálogo, confianza y responsabilidad. No basta con encontrar una respuesta: también tenemos que preguntarnos de dónde viene, si podemos verificarla y qué responsabilidad tenemos al transmitirla.

Una inteligencia artificial puede darnos una respuesta perfectamente redactada y decirla con una seguridad absoluta. Pero eso no significa que sea verdadera.

Y aquí aparece algo que ninguna máquina puede hacer por nosotros: juzgar, contrastar, dialogar y asumir la responsabilidad de aquello que creemos y transmitimos.

Me parece una llamada de atención importante en un momento en el que podemos acostumbrarnos demasiado fácilmente a preguntar a una máquina y aceptar su respuesta.

Quizá la tecnología pueda ayudarnos a encontrar la verdad.

Pero la búsqueda de la verdad sigue siendo una tarea humana.

TrabajoEl trabajo no es solo producir: también es dignidad, realización y aportación.

En los números 148-156, la encíclica presenta el trabajo como una dimensión esencial de la persona. No es solamente aquello por lo que cobramos a final de mes. También es experiencia, conocimiento, creatividad, responsabilidad y una manera de aportar algo a la sociedad.

Aquí aparece una expresión que me llamó especialmente la atención: "desespecializar" al trabajador.

Podemos seguir siendo especialistas en nuestro oficio y, sin embargo, acabar trabajando cada vez más al ritmo que marca una máquina, siguiendo instrucciones de un sistema y utilizando cada vez menos nuestro propio criterio.

Y entonces aparece una pregunta que me parece muy sencilla:

¿Quién manda a quién?

La tecnología debería ayudarnos a hacer mejor nuestro trabajo, no convertirnos en piezas que tienen que adaptarse permanentemente a ella.

Pero aquí también hay una oportunidad.

Si la inteligencia artificial puede hacerse cargo de tareas repetitivas, pesadas o mecánicas, quizá pueda devolvernos algo que hoy vale muchísimo: tiempo.

La cuestión será qué hacemos con ese tiempo.

¿Trabajaremos todavía más?

¿O podremos dedicar algo más a conversar, cuidar, aprender, crear, descansar, estar con otros?

Quizá también tengamos que aprender a medir el progreso no solamente por cuánto conseguimos producir, sino por cuánta vida humana somos capaces de recuperar.

LibertadSer libres no es solo poder elegir: también es poder detenernos y decidir.

En los números 170-171, Magnifica Humanitas habla de la "economía de la atención" y de la capacidad de los sistemas digitales para conocer nuestros hábitos, preferencias y vulnerabilidades, con el riesgo de llegar a predecir y orientar nuestros comportamientos.

Nos gusta creer que somos libres porque podemos elegir.

Pero ¿qué ocurre cuando otros conocen tan bien nuestros hábitos que pueden utilizar ese conocimiento para conseguir nuestra atención, nuestro tiempo o nuestro dinero?

Todos conocemos esa experiencia de coger el teléfono para mirar una cosa y descubrir, media hora después, que seguimos allí.

La pregunta es sencilla:

¿He elegido yo realmente estar aquí durante media hora?

La inteligencia artificial puede hacer que estos sistemas sean todavía más eficaces a la hora de conocernos, anticipar nuestros comportamientos y orientar nuestras decisiones.

Por eso la libertad no consiste solamente en poder elegir entre A o B.

También significa poder parar.

Poder cerrar el teléfono.

Poder no comprar.

Poder no reaccionar inmediatamente.

Poder preguntarnos antes de hacer clic: "¿Realmente quiero esto o me han hecho desearlo?"

Y esa capacidad de detenernos, de pensar y de decidir conscientemente me parece una de las formas más importantes de libertad que tendremos que cuidar.

Tres palabras para una misma pregunta

Al terminar Magnifica Humanitas, me quedé pensando que quizá verdad, trabajo y libertad no son tres temas separados.

Los tres hablan, en el fondo, de lo mismo: de qué lugar queremos que ocupe la persona en un mundo en el que la tecnología va a tener cada vez más capacidad para hacer, decidir, predecir y transformar.

Verdad, para no delegar nuestro criterio.

Trabajo, para no olvidar que nuestra dignidad vale mucho más que nuestra productividad.

Libertad, para recordar que nuestro tiempo, nuestra atención y nuestras decisiones no deberían convertirse en mercancía.

Por eso, aunque muchas veces hablemos de Magnifica Humanitas como "la encíclica sobre la inteligencia artificial", yo me quedo con una impresión diferente.

Quizá sea, sobre todo, una encíclica que nos pregunta qué queremos hacer con nuestra humanidad cuando tenemos a nuestra disposición una inteligencia cada vez más poderosa.

La inteligencia artificial va a cambiar muchas cosas. Algunas serán extraordinariamente buenas. Otras nos obligarán a estar atentos.

Pero quizá la pregunta más importante no sea qué hará la inteligencia artificial con nosotros.

Quizá sea otra:

¿Qué queremos hacer nosotros con ella?

Porque una máquina puede aprender muchísimo sobre el ser humano.

Lo que sigue estando en nuestras manos es decidir qué humanidad queremos construir.

María Eugenia Massariol

Referencias a Magnifica Humanitas: Las reflexiones sobre la verdad parten especialmente de los números 132-136; las relativas al trabajo, de los números 148-156; y las referidas a la libertad y la economía de la atención, de los números 170-171. León XIV, Magnifica Humanitas, 15 de mayo de 2026.