jueves, 23 de julio de 2026
¿Hay lugar para la espiritualidad en la era de la IA y de la tecnopolítica? --
Dos antropologías en oposición, presupuestas en la IA -- Leonardo Boff
El papa Francisco, en la Laudato Si', sobre el cuidado de la Casa Común (2015), sometió a una rigurosa crítica a la tecnociencia por ser una, entre otras, de las causas de la degradación de la naturaleza. Se trata de la vigencia del paradigma del dominus (ser el dueño), imperante en toda la modernidad, sin que el ser humano se sienta parte de la naturaleza. A este paradigma del dominus, el Papa, en Fratelli tutti (2020), contrapone el paradigma del frater (hermano y hermana). Todos los seres son nuestros hermanos y hermanas porque todos venimos del mismo polvo de la Tierra. Además, todos, desde los más ancestrales, pasando por los dinosaurios, por las aves y llegando hasta nosotros, poseemos el mismo código genético de base, los 20 aminoácidos y las cuatro bases fosfatadas. De ahí se deriva una fraternidad universal, entre los seres humanos y estos con todos los demás seres de la naturaleza. Un lazo de amor y de amistad, enfatiza la encíclica, debería envolver a todos.
Esa fraternidad universal proyecta otro tipo de mundo, de política, de economía, comenzando desde abajo, desde la región, siempre al servicio de la comunidad de vida, tanto de la naturaleza como de los seres humanos, particularmente de los más vulnerables. De aquí nace una nueva ética de solidaridad y de cooperación que tiene en la parábola del buen samaritano, detalladamente analizada por Fratelli tutti, su punto de referencia ejemplar.
1. La antropología de la vigilancia
Subyacentes a la encíclica Magnifica Humanitas están vigentes dos antropologías criticadas por ella: la de la vigilancia y la del cuidado. En la metáfora del Papa, Babilonia y Jerusalén. La primera, la de la vigilancia, fue formulada inicialmente por la filósofa y psicóloga estadounidense Shoshanna Zuboff en 2021. Después fue asumida por el fundador de Palantir, Peter Thiel. No tiene como objetivo el proceso económico, sino el control y la vigilancia de las personas. Peter Thiel parte de una antropología extremadamente reduccionista: «el hombre es un ser peligroso, marcado por pasiones, naturalmente inclinado al conflicto, necesitando contención».
La estrategia consiste en vigilarlo, sustrayéndole espacios de libertad de tal forma que pueda ser contenido dentro del sistema imperante, capitalista neoliberal especulativo. Este encuentra nombres más suaves para ser mejor absorbido, sin cambiar su lógica: «democracia de mercado» o «capitalismo democrático».
Esa antropología llevó al pensador Garrett Hardin a afirmar: «Habiendo eliminado todos los otros enemigos, el hombre es ahora su peor enemigo; al terminar con todos sus depredadores, el hombre es el depredador de sí mismo».
Esa estrategia de control y de vigilancia, debido a la crisis climática, enfrentará grandes disturbios sociales. Pretendiendo salvar a la humanidad de su perversidad natural, la somete totalmente.
Es en ese sentido que la Magnifica Humanitas somete a una rigurosa crítica, aun reconociéndole algunos méritos, al transhumanismo y al poshumanismo. El transhumanismo procura explorar al máximo las capacidades humanas mediante recursos técnicos y biológicos, buscando una mayor eficiencia en función de la acumulación. El poshumanismo es más radical, pues procura acoplar de tal forma al ser humano a la máquina y a la naturaleza que innovaría la historia y fundaría una nueva era geológica, a semejanza del antropoceno.
Todas estas propuestas son derivaciones del paradigma de la modernidad, del dominus: el ser humano apropiándose de todo y colocándose fuera y por encima de la naturaleza. Por más severa que sea la observación, importa reconocer que este proyecto, que excluye la trascendencia y se apoya únicamente en las acciones humanas, realiza la construcción de la Babilonia denunciada por el Pontífice. Él no apunta hacia una mayor humanización ni hacia relaciones sociales más amistosas. Dada su lógica interna de competencia sin solidaridad, tal proyecto puede conducirnos a la autodestrucción. Esto ya había sido anteriormente advertido por el cosmólogo Carl Sagan al considerar el riesgo de la difusión de armas letales. Él acuñó la expresión principio de la autodestrucción.
2. La antropología del cuidado y de la prevención
A esta antropología de la vigilancia y del control se opone la antropología del cuidado y de la prevención, la reconstrucción de Jerusalén que, junto con el esfuerzo humano, incluye una referencia a lo trascendente, a Dios. La ventaja de esta categoría del cuidado es que pertenece a la esencia del ser humano, como fue visto desde la fábula 220 de Higino, en la antigüedad romana, y profundizado por Martin Heidegger en Ser y tiempo y por la enfermera inglesa Florence Nightingale. La Carta de la Tierra y la encíclica del papa Francisco tienen como subtítulo: «Sobre el cuidado de la Casa Común».
El cuidado representa una relación no agresiva y amistosa con todo lo que existe y vive. Si las Big Tech y la IA estuvieran imbuidas de cuidado y del principio de prevención de posibles males, jamás pondrían en riesgo la vida humana y el futuro del planeta con toda su biodiversidad.
Este paradigma del cuidado emerge como el más adecuado a la propuesta del Papa Francisco y del Papa León XIV, y de lo mejor de la reflexión ecológica, de un mundo caracterizado por el amor y por la amistad. Él está dentro de las posibilidades humanas. La visión antropológica de Peter Thiel olvida que el ser humano es, por esencia, un ser de amor, como fue demostrado por los biólogos James Watson, Humberto Maturana y Francisco Varela, estos dos últimos chilenos. Igualmente, es un ser de solidaridad, por medio de la cual dio el salto de la animalidad a la humanidad.
La nueva ciencia afirma actualmente que la espiritualidad es un dato objetivo de la naturaleza humana, así como lo son la razón y la voluntad. Ella se revela por el amor, por la cooperación, por la apertura al Misterio del mundo, en el lenguaje de los cosmólogos llamado All-nourishing Abyss (Abismo generador de todo).
La sociedad de la vigilancia y del control entrena a las personas; la sociedad del cuidado las educa. Esa educación es urgente si queremos continuar sobre este planeta vivo, nuestra patria y matria comunes. Entonces no se realizará la advertencia del papa Francisco en Fratelli tutti: «Estamos todos en la misma barca. Nadie se salva solo. O nos salvamos todos o no se salva nadie».
El papa León XIV, con su Magnifica Humanitas, nos ofrece orientaciones viables para garantizar un buen futuro para la humanidad, para la Casa Común y para la naturaleza.
Vale la esperanzadora afirmación de un estudioso de la cultura patriarcal, el brasileño Antonio Sales Rios Neto, que seguramente va en la línea positiva de la Magnifica Humanitas y de la nueva ecología:
«Surgirán iniciativas hasta el punto de hacer posible una democracia planetaria, que abrace el pluralismo de modos de vivir y una economía que reencuentre su sentido original —la preservación de la vida y el cuidado de nuestra única Casa Común—, a tiempo de evitar la interrupción prematura de la experiencia humana. ¡No cuesta mucho imaginarlo e intentarlo!» Así lo quiera Dios.
Leonardo Boff es ecoteólogo y filósofo, escribe para la revista LIBERTA del ICL (https://www.revistaliberta.com.br) y es autor de Cuidar de la Casa Común: pistas para postergar el fin del mundo. (https://www.leonardoboff.org).
Las palabras de argüello desatan una insólita ola de rechazo en la iglesia
Hacía tiempo que unas declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal Española no provocaban una respuesta tan amplia y contundente entre colectivos cristianos. Las palabras de Luis Argüello sobre el Estado, las políticas sociales y las personas LGTBI+ han generado indignación no solo en el Gobierno, sino también dentro de la propia Iglesia.
Durante la clausura de la Escuela de Verano de la Conferencia Episcopal, celebrada el pasado 9 de julio bajo el título El colapso de la democracia, Argüello afirmó que «cuando un Estado olvida la ética, se convierte en una banda de ladrones» y añadió: «A las pruebas me remito». En la misma intervención criticó a las democracias asistencialistas, a las que acusó de ofrecer ayudas para comprar la voluntad de los ciudadanos y hacerlos dependientes del Estado.
El presidente de los obispos dedicó también una parte de su discurso a las leyes relacionadas con la identidad de género y a las celebraciones del Orgullo. Habló de un supuesto proyecto de «deconstrucción antropológica», criticó las «terapias de afirmación», una posición que acaba legitimando las llamadas terapias de conversión, que no respetan la orientación sexual o la identidad de género de las personas, y llegó a identificar el orgullo con «el pecado de Satán». Unas expresiones especialmente dolorosas cuando proceden de quien representa públicamente a la Iglesia católica española y se dirigen contra un colectivo que durante demasiado tiempo ha sufrido rechazo, discriminación y exclusión también dentro de la Iglesia.
Argüello aclaró después que no se refería expresamente al Gobierno y que su llamada a la responsabilidad ética incluía también a los ciudadanos que defraudan, no pagan impuestos o solicitan facturas sin IVA. Sin embargo, su apostilla —«cada uno verá por qué se siente aludido»— no contribuyó precisamente a rebajar la confrontación. Tampoco consiguió borrar la impresión de que su discurso participaba de un marco político muy determinado.
La Iglesia tiene pleno derecho a intervenir en el debate público. Puede y debe denunciar la corrupción, la injusticia, la pobreza o cualquier abuso de poder. El problema no es que un obispo hable de política, sino cómo lo hace y desde qué lugar. La crítica democrática exige señalar hechos concretos y responsabilidades determinadas. Convertir al Estado en una «banda de ladrones», desacreditar las políticas sociales como instrumentos para comprar voluntades y recurrir a Satanás al hablar del Orgullo sobrepasa la legítima discrepancia y entra en el terreno de la descalificación.
La reacción del Gobierno fue inmediata. El ministro Félix Bolaños respondió preguntando qué le parecería a Argüello que alguien calificase a toda la Iglesia como «una banda de agresores sexuales», una generalización que también sería profundamente injusta. Además, le reprochó su partidismo en favor de la derecha y la ultraderecha. La ministra Margarita Robles calificó sus palabras de «absolutamente inaceptables» y le pidió una disculpa.
Pero lo más significativo es que las críticas no han procedido únicamente del Gobierno o de organizaciones laicas. Han surgido con una intensidad poco habitual desde el interior mismo de la comunidad cristiana. Redes Cristianas ha denunciado que el insulto no puede sustituir al discernimiento y al diálogo, recordando que quien preside la Conferencia Episcopal no habla como un ciudadano particular, sino en nombre de una Iglesia llamada a ser lugar de fraternidad y reconciliación.
El Movimiento por el Celibato Opcional, MOCEOP, se ha declarado «indignado y escandalizado» ante unas manifestaciones que considera fuera de tono, de respeto y de Evangelio. La Coordinadora Estatal de Comunidades Cristianas Populares ha señalado, además, la contradicción de que la jerarquía eclesiástica imparta lecciones de ética al Estado mientras disfruta de importantes privilegios fiscales, económicos y educativos y continúa sin resolver plenamente asuntos como las inmatriculaciones.
Por su parte, CRISMHOM ha centrado su respuesta en el daño causado a las personas LGTBI+. La asociación recuerda que la diversidad afectivo-sexual y de género forma parte de la riqueza de la humanidad y que las llamadas terapias de conversión han provocado sufrimiento y graves daños. Frente a la condena, invita a Argüello a encontrarse con creyentes LGTBI+ y sus familias, escuchar sus vidas y conocer su compromiso cristiano.
El contraste con León XIV resulta difícil de ignorar. Apenas un mes antes, el Papa había visitado España, se había reunido con el presidente del Gobierno y había pronunciado un histórico discurso ante el Congreso de los Diputados. Allí defendió la legítima autonomía de las instituciones democráticas y pidió que la pluralidad política no degenerase en la descalificación permanente del adversario. Sus palabras parecen hoy dirigidas al propio presidente de la Conferencia Episcopal: «La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación».
La diferencia no es menor. Mientras el Papa en su visita a España eligió la cooperación institucional, la concordia y el respeto a quien piensa distinto, Argüello ha adoptado un lenguaje que alimenta la polarización y termina funcionando, con independencia de su intención, como altavoz de algunas de las batallas culturales de la ultraderecha.
Cada persona puede tener sus propias ideas políticas. También los obispos. Pero quien habla desde una responsabilidad institucional debe extremar el cuidado de sus palabras. La línea se cruza cuando la crítica se convierte en una condena moral indiscriminada, cuando la voz de la Iglesia se confunde con una trinchera partidista y cuando se utiliza la autoridad religiosa para aumentar el rechazo hacia un colectivo históricamente herido.
La extraordinaria reacción de estos días demuestra que muchos creyentes no se sienten representados por ese lenguaje. Lo que está en juego no es solamente la relación de la Conferencia Episcopal con un Gobierno concreto, sino algo mucho más profundo: si la Iglesia española quiere contribuir a desarmar la polarización o convertirse en una pieza más de ella.
La ‘magnífica humanidad’ necesitada de evangelización
El ser humano es la suma de muchas dimensiones: histórica, biológica, religiosa, sexual, económica, política, lúdica, familiar, social, psicológica, ecológica, etc. Cada una de estas dimensiones tiene diversidad de expresiones en la vida de cada ser humano. Las instituciones sociales están para servir y atender al desarrollo de cada una de estas dimensiones y de sus múltiples manifestaciones en cada individuo, mediante tiempos y espacios sociales.
Así que el progreso de una sociedad determinada se mide por el mayor o menor grado de crecimiento armónico que cada ciudadano alcance en el desarrollo de la mayoría de sus dimensiones.
Entre las instituciones sociales (económicas, políticas, culturales, etc.), muchos sociólogos consideran a la religión como la “institución rectora” o “leading institution”, porque goza de mayor prestigio, dicta la teoría de la realidad a toda la cultura y, en consecuencia, fija los criterios de valor. (Cfr. González Anleo, Juan – Para comprender la Sociología – EVD- p. 182).
En nuestras sociedades occidentales, y especialmente en las latinoamericanas, es la Iglesia Católica la que, como institución rectora y líder, “ha sellado el alma de América Latina, marcando su identidad histórica esencial y constituyéndose en la matriz cultural del continente…” (DP 445).
De tal manera que, si “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo… son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo…(y) la Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia. (GS 1); entonces cabe afirmar que las luces y sombras, los triunfos y fracasos, la bondad y maldad de nuestras sociedades tienen que ver directamente con el rol de la Iglesia Católica y de sus aciertos y desaciertos en su tarea evangelizadora, vale decir, en su tarea de impregnar de criterios del Evangelio la vida de las personas y de las instituciones sociales.
Pero, si la tarea ha sido bien hecha, si la tarea de la siembra evangelizadora ha sido buena, la Iglesia Católica ha de estar confiada y no prevenida ni temerosa en la cosecha de frutos buenos y abundantes que deben darse en las sociedades lideradas por ella.
Uno de los instrumentos y documentos más importantes con los que cuenta un Papa en su ministerio pastoral y evangelizador petrino son las Encíclicas. Son documentos epistolares con los que se pretende instruir a los fieles católicos en temas de fe y moral, y a la sociedad entera respecto de los desafíos globales presentes, al tiempo que orientan la acción social de la Iglesia, unifican criterios e impulsan la tarea permanente de la nueva evangelización exigida por cada coyuntura histórica.
El Papa León XIV, este pasado 15 de mayo, coincidiendo con el 135 aniversario de la promulgación de la Encíclica “Rerum Novarum” sobre asuntos sociales de su antecesor, León XIII, ha firmado y publicado su primera Encíclica, titulada MAGNIFICA HUMANITAS, por las dos primeras palabras con las que comienza en latín, y que en español significa: LA MAGNÍFICA HUMANIDAD. Versa sobre LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANA EN EL TIEMPO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL y consta de una introducción, cinco capítulos y una conclusión.
Los invito a una lectura reposada, con todo detalle y profundidad del contenido de esta Encíclica, en la que León XIV nos recuerda principios fundamentales del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia y subraya, especialmente, los siguientes temas:
La persona humana está – y debe estar – en el centro de todo progreso científico y tecnológico, incluido el desarrollo de la llamada “inteligencia artificial”.
La vida de cada hombre se ilumina y esclarece confrontada con el misterio de Jesucristo, revelación de Dios-Padre. (Cfr. GS 22)
La principal disyuntiva y enorme desafío de nuestro tiempo es construir la humanidad como una “Torre de Babel” o como una “Civilización del amor”.
Todo desarrollo social y científico ha de estar al servicio del bien común, del bienestar de todos.
La fragilidad humana no es un error que hay que corregir sino una riqueza y oportunidad que permite la experiencia del amor y del servicio fraterno.
Ninguna máquina, ningún invento, puede ni debe sustituir la experiencia humana del encuentro amoroso.
La verdad es un bien humano y común que debe ser defendido y protegido de toda manipulación.
El desarrollo tecnológico debe procurar el bien de las personas y no al revés. Hay que dar primacía al hombre sobre el trabajo y al trabajador sobre las máquinas.
La libertad humana, como la verdad, está siendo amenazada por la manipulación algorítmica.
Frente a la violencia, al armamentismo, a la guerra y a la cultura de la muerte, el Papa, como sus antecesores inmediatos, vuelve a exhortarnos a la construcción de una cultura y una civilización basadas en el amor y en el respeto por la vida y por la persona humana.
MAGNIFICA HUMANITAS ofrece a los tecnólogos y a los gobernantes un marco ético que prioriza al ser humano y al bien común por encima de la métrica fría de la optimización y la eficiencia.
Denuncia el "colonialismo digital" mediante las herramientas tecnológicas que se sostienen sobre la extracción de recursos y la precariedad laboral en el sur del planeta
De esta manera, MAGNIFICA HUMANITAS entra al selecto grupo de las grandes Encíclicas sobre la Doctrina Social de la Iglesia, asumiendo el desafío de orientar a todos en la complejidad de nuestra coyuntura histórica: la era de la inteligencia artificial exponencial y de la automatización masiva.
De esta manera, León XIV sitúa a la Iglesia Católica como una institución religiosa rectora, no ajena a nuestros tiempos, y como una voz activa y dialogante, evangelizando “no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces —la cultura y las culturas del hombre». EN 20
Porque la habilidad del ser humano de nuestro tiempo, sujeto moral, capaz de bien y de mal, para usar – y no para condenar ni satanizar – los progresos de la ciencia y de la técnica, dependerá siempre del papel rector que en nuestras sociedades cumpla la institución religiosa, en su tarea impostergable e irrenunciable de llegar a tiempo, de acompañarnos y de capacitarnos con principios éticos y fundamentos morales nacidos del Evangelio de Jesucristo, que se resumen en el mandamiento nuevo del amor.
Mario J. Paredes (*)
Religión Digital
(*) Mario J. Paredes es el secretario de la fundación Dr. Ramon Tallaj, organización cuya misión es otorgar becas en la República Dominicana y en Estados Unidos a estudiantes de bajos recursos interesados en estudiar carreras en el campo de la salud.
Romadescubre la ia y evita mirarse al espejo
La primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, tiene un mérito indiscutible: habla de uno de los grandes asuntos de nuestro tiempo. Mientras buena parte de la opinión pública oscila entre el entusiasmo tecnológico y el miedo apocalíptico, el Papa propone una tercera vía: pensar.
El documento se abre con una imagen poderosa. En el número 1 afirma que «la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». La metáfora marca toda la encíclica: la tecnología puede ser instrumento de comunión o de dominación.
La comparación con la histórica Rerum Novarum no es casual. Así como León XIII reflexionó sobre la revolución industrial, León XIV intenta comprender la revolución digital. La pregunta de fondo es la misma: ¿cómo evitar que el progreso técnico termine aplastando a las personas?
Lo mejor del texto: la defensa de la dignidad humana
La aportación más sólida de la encíclica es su insistencia en que la persona debe estar por encima de la técnica. En el número 45 se lee: «La inteligencia artificial nunca puede sustituir el valor único e irreductible de cada persona humana».
León XIV rechaza explícitamente la idea de que la tecnología sea un mal en sí misma. En los números 4 y 9 recuerda que no es una «fuerza antagónica respecto a la persona» ni «un mal en sí misma». Pero añade algo decisivo: «La tecnología no es neutral» (78), porque refleja los intereses de quienes la diseñan, financian y controlan.
Esta crítica al poder tecnológico resulta especialmente interesante. Denuncia la concentración de datos, algoritmos y capacidad de decisión en manos de unos pocos actores globales. Y habla incluso de esclavitud tecnológica y de «nuevas formas de colonialismo digital» (82).
También es notable la defensa del trabajo humano: «La automatización no debe conducir a una cultura del descarte del trabajador» (108). Frente a una visión puramente productivista, León XIV recuerda que una persona vale más que su rendimiento económico: «El trabajo humano no puede ser reducido a un residuo sustituible por la eficiencia de las máquinas» (103). Aquí la encíclica conecta con una preocupación clásica de la Doctrina Social de la Iglesia: el trabajo como expresión de la persona, no como simple engranaje productivo.
Otro aspecto destacable es la crítica al transhumanismo. El Papa rechaza la idea de una humanidad «superada» tecnológicamente y recuerda que «la humanidad, magnífica y herida, no debe ser ni reemplazada ni superada» (126).
Finalmente, el documento sorprende por su contundencia contra la militarización de la inteligencia artificial. Uno de los tramos más contundentes aparece en el número 146: «No es aceptable delegar decisiones de vida o muerte en sistemas autónomos de inteligencia artificial». «La guerra —se afirma en el número 149— nunca puede ser gobernada por lógicas puramente técnicas». La llamada al «desarme de la IA» (110) y el cuestionamiento de la teoría clásica de la guerra justa (192) constituyen probablemente algunas de las afirmaciones más audaces de todo el texto.
Los silencios: cuando la encíclica habla menos
Pero toda encíclica es también aquello de lo que no habla. Y aquí aparecen algunas limitaciones importantes.
El documento dedica más de doscientas páginas a la inteligencia artificial, pero apenas entra en cuestiones que afectan directamente a la vida cotidiana de millones de creyentes católicos.
El texto afirma la igualdad fundamental de toda persona (51), pero no aborda el papel de la mujer en la estructura ministerial de la Iglesia ni su acceso a ministerios ordenados o a espacios reales de decisión. En una Iglesia donde las mujeres constituyen la inmensa mayoría de las personas comprometidas en la vida pastoral, el silencio resulta llamativo.
Algo parecido ocurre con el celibato obligatorio. Una encíclica que reflexiona sobre el futuro de la humanidad no dedica prácticamente espacio a una disciplina eclesiástica cuya revisión es solicitada desde hace décadas por numerosos sectores católicos.
Tampoco existe una reflexión profunda sobre la inclusión de las personas LGTBI+, más allá de las referencias generales a la dignidad humana.
Y aunque la encíclica menciona la necesidad de verdad y transparencia, muchos lectores echarán de menos un tratamiento más amplio de la crisis de abusos sexuales que ha afectado gravemente a la credibilidad de la Iglesia.
Cuando Roma se encuentra con el BOE
En España, la lectura del documento tiene inevitablemente una dimensión política. No porque la encíclica sea partidista, sino porque la doctrina católica mantiene posiciones claramente divergentes respecto a varias leyes civiles vigentes.
La oposición al aborto y a la eutanasia, por ejemplo, continúa siendo parte esencial de la antropología moral católica. Sin embargo, ambas realidades están reconocidas legalmente en España. León XIV, siguiendo la doctrina de los papas anteriores, afirma tajantemente en el número 55: «El primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción al término natural… Cuando este derecho fundamental viene negado —como ocurre en el aborto provocado, en el asesinato de inocentes y la eutanasia— nos encontramos frente a decisiones que la Iglesia juzga gravemente ilícitas».
También existe una distancia evidente entre la concepción magisterial del matrimonio —entendido doctrinalmente como unión entre hombre y mujer— y el pluralismo familiar reconocido por la legislación española.
Una democracia madura puede admitir discrepancias éticas. Pero, en estos casos, se trata de desacuerdos relevantes entre la moral oficial de la Iglesia y las decisiones adoptadas por el legislador democrático.
Y otras ausencias de las que la encíclica no habla
Para el lector y lectora españoles existen, además, otras ausencias particularmente significativas. La encíclica insiste en la justicia, la transparencia y el bien común. Sin embargo, no existe ninguna referencia a cuestiones patrimoniales, como las inmatriculaciones; insiste también en la responsabilidad institucional sin abordar el debate sobre los Acuerdos preconstitucionales Iglesia-Estado de 1979, que en España han generado controversias durante décadas.
No eran estas, ciertamente, objeto directo de la encíclica. Pero cuando un documento habla de poder, propiedad, justicia y responsabilidad social, el lector español puede preguntarse legítimamente si esas categorías sólo se aplican a las grandes multinacionales tecnológicas o también a las propias instituciones religiosas.
Conclusión: una gran encíclica con preguntas pendientes
Magnifica Humanitas es, probablemente, el documento social más importante publicado por la Iglesia en los últimos años. Su crítica al poder tecnológico, su defensa de la dignidad humana y su llamada a una ética de la inteligencia artificial merecen reconocimiento.
Sin embargo, la encíclica deja una sensación paradójica. Analiza con lucidez los peligros de los algoritmos, pero evita importantes debates internos que muchos creyentes consideran igualmente urgentes.
Quizá sea ésa su mayor enseñanza involuntaria: la Iglesia ha comprendido que debe dialogar con las máquinas. Queda por ver hasta qué punto está dispuesta a dialogar también con todas las voces de la magnífica humanidad que sigue llamando a sus puertas.
EVARISTO VILLAR
Eclesalia, 15/06/26
Estella y su foro ¡Gracias de corazón!
Los viejos muros de San Benito volvieron a testificar nueva comunión. El futuro de paz y de hermandad entre las gentes y los Credos, al igual que en otros tantos rincones planetarios, volvió a desembarcar a sus pies. El color, la alegría y la diversidad del mañana se hizo una vez más patente junto al otrora recio edificio monacal. Ya han sumado doce desembarcos y queríamos descansar, pero no sabemos si tanto corazón desbordado nos permitirá cruzarnos de brazos.
La culpa la tuvo esa alma gallega que corrió desde Lugo a cantarnos (“Nuestra alma canta”) tan suave al oído, que nos llevó a cumbres de suprema unión desconocidas. La responsabilidad también se reparte con unos ponentes y facilitadores que se dieron por entero, que sacaron todos sus algodones, ungüentos, pensamientos clave y otros recursos para “sanar la herida”. La culpa reposa igualmente en esas más de trescientas almas que dejaron atrás balones y chupinazos y trajeron su oración en los labios, su voluntad de sumar en el altar interior.
Tras las ponencias de los representantes, las heridas en pequeños grupos se airearon y revelaron con más facilidad. Hemos aprendido a compartir la llaga y en esa medida nos hemos podido sentir, si cabe, más fuertemente unidos. Con las aflicciones ventiladas, el canto cobró más ánimo, las danzas más fuerza, las caminatas más conciencia y agradecimiento…
El Foro Espiritual de Estella quiere seguir también caminando…, contribuyendo a un mundo de heridas ya personales, ya colectivas cada vez más cicatrizadas, a un planeta cada vez más unido, justo y fraterno. Gracias de corazón a cuantos y cuantas habéis hecho posible y seguís garantizando en este, vuestro rincón de Navarra, la unión entre los Credos
Mila esker bihotz-bihotzez!
¡Mil gracias de todo corazón!
Koldo Aldai Agirretxe
ECLESALIA, 15/07/26
Desarmar las palabras, desarmar los privilegios
Cuando el insulto sustituye al diálogo: Manifiesto de Redes Cristianas ante las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal Española
Las recientes declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal Española, calificando al Gobierno de España como una «banda de ladrones», nos producen un profundo escándalo y una honda preocupación. No porque la Iglesia deba renunciar a expresar su opinión sobre la vida pública, sino porque el insulto nunca puede sustituir al discernimiento ni al diálogo.
Las relaciones entre las instituciones en una sociedad democrática deben construirse siempre desde el respeto. Quien preside la Conferencia Episcopal no habla solo en nombre propio: representa públicamente a una Iglesia llamada a ser fermento y lugar de fraternidad y reconciliación, no de polarización.
Nos duele que una parte de la jerarquía española, designada mediante procedimientos ajenos a toda participación democrática del Pueblo de Dios, aparezca con demasiada frecuencia alineada con los sectores más reaccionarios de la sociedad, cuestionando avances democráticos y alimentando la confrontación política.
La autoridad moral exige también coherencia. Mientras se lanzan graves acusaciones contra las instituciones democráticas, la Iglesia católica española sigue disfrutando de importantes privilegios históricos que contradicen el principio de igualdad. Entre ellos, el escándalo de las inmatriculaciones de miles de bienes al amparo de una legislación heredada del franquismo, que otorgó a los obispos prerrogativas excepcionales de las que ningún otro ciudadano o institución disponía. Quien reclama ejemplaridad debería empezar por revisar sus propios privilegios.
Conviene recordar, además, el contexto en el que monseñor Argüello pronunció esas descalificaciones. Lo hizo a propósito de la prohibición de las llamadas terapias de conversión dirigidas a personas homosexuales. Una vez más, asistimos a la posición de un sector de la jerarquía católica que desoye el consenso científico —expresado, entre otros documentos, en la declaración de la Asociación Mundial de Psiquiatría de 2016— y mantiene planteamientos que suponen una grave discriminación hacia las personas LGTBQ. Ese contexto hace aún más preocupante el tono empleado y la descalificación de las instituciones democráticas.
Sin embargo, no confundimos la jerarquía con la Iglesia. La Iglesia son principalmente miles de comunidades, religiosas y religiosos, sacerdotes y laicos que viven el Evangelio desde el servicio a las personas empobrecidas, migrantes, enfermas y excluidas. Esa Iglesia humilde y servidora merece más respeto por parte de sus jerarcas y nuestro reconocimiento y nuestra esperanza.
El Evangelio nunca exige privilegios ni poder. Jesús de Nazaret no los exigió para imponer su verdad ni buscó el respaldo de los poderosos. Su autoridad nacía de la misericordia, la justicia y el servicio.
Por eso hacemos nuestra la llamada del papa León XIV a «desarmar las palabras». Pero también creemos necesario desarmar los privilegios, renunciar a toda pretensión de superioridad moral y volver al Evangelio desnudo de poder.
Desde Redes Cristianas pedimos a la Conferencia Episcopal que abandone el lenguaje de la confrontación y recupere la palabra humilde que escucha, dialoga y construye humanidad. Solo así la Iglesia podrá ser una buena noticia para nuestro tiempo.
«vine sin discurso…»: León xiv y la verdadera elocuencia
«Vine sin discurso…». Con estas palabras, pronunciadas por León XIV en Borgo Laudato Si', en los jardines pontificios de Castel Gandolfo, el 11 de julio, ante dos centenares de personas vulnerables, el Papa dijo mucho más de lo que parecía. Su afirmación posee una densidad espiritual que trasciende la espontaneidad del momento: no es un simple comentario improvisado ni la mera constatación de la ausencia de un texto preparado, sino una clave para comprender cómo Dios actúa en la historia de la salvación. En el Reino de Dios, la palabra verdaderamente fecunda no nace de la autosuficiencia humana, sino de la docilidad al Espíritu Santo.
La Escritura revela una constante: Dios desconfía de la suficiencia del hombre para que el hombre aprenda a confiar en la suficiencia de Dios. Cuando Moisés intenta excusarse diciendo: «Yo nunca he sido una persona elocuente… soy torpe para hablar y me expreso con dificultad» (Ex 4,10), el Señor responde: «¿Quién dio la boca al hombre?… Ahora ve; yo te asistiré siempre que hables y te indicaré lo que debes decir» (Ex 4,11-12). La eficacia del enviado nunca depende primero de su capacidad retórica, sino de la presencia del Dios que habla a través de él.
Lo mismo ocurre con el profeta Jeremías. Su resistencia nace de la conciencia de su pequeñez: «¡Ay, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy un muchacho» (Jer 1,6). Pero Dios no acepta esa objeción. «No digas: "Soy un muchacho"… Yo pongo mis palabras en tu boca» (Jer 1,7.9). La misión comienza cuando termina la confianza exclusiva en uno mismo.
Esta lógica alcanza su plenitud en Jesucristo. El Verbo eterno no irrumpe en la historia mediante una demostración de poder intelectual, sino mediante la humildad de la Encarnación. San Pablo describirá este misterio afirmando que Cristo «se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo» (Flp 2,7). Toda autoridad en la Iglesia nace de esta kenosis: cuanto más se vacía el hombre de sí mismo, más espacio encuentra Dios para manifestarse.
Por eso san Pablo puede escribir a los cristianos de Corinto unas palabras que parecen iluminar el sentido profundo de «Vine sin discurso»:
«Cuando os visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. .. Mi palabra y mi predicación no consistieron en persuasivos discursos de sabiduría humana, sino en la demostración del poder del Espíritu, para que vuestra fe no se fundara en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co 2,1.4-5).
No condena la inteligencia. Pablo poseía una formación extraordinaria. Más bien, propone una purificación del ministerio. El Evangelio nunca puede depender del brillo del predicador, porque entonces la fe terminaría apoyándose en la admiración humana y no en la gracia.
Aquí la voz de san Agustín adquiere una actualidad sorprendente. En sus Confesiones, después de haber recorrido el camino de la retórica, del prestigio intelectual y de la búsqueda incesante de reconocimiento, descubre que la verdadera palabra nace del encuentro con Dios. Entonces escribe la célebre confesión:
«Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, I,1,1).
Toda palabra pronunciada desde un corazón centrado en sí mismo busca aplausos; toda palabra nacida de un corazón que descansa en Dios busca únicamente la verdad. En otro lugar confiesa el Hiponense:
«Allí donde hallé la verdad, allí encontré a mi Dios, la misma Verdad» (Confesiones, X,24,35).
El obispo de Hipona incluso advierte que la belleza del lenguaje jamás puede reemplazar la verdad del corazón. El pueblo de Dios necesita más un testigo santo que un orador brillante. La elocuencia puede conmover por unos minutos; la santidad transforma generaciones enteras.
Esta convicción hunde sus raíces en el mismo Evangelio. Jesús nunca prometió discursos preparados a sus discípulos cuando llegara la persecución. Al contrario:
«No os preocupéis de cómo o qué vais a decir, porque en aquel momento se os dará lo que habéis de decir; pues no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros» (Mt 10,19-20).
La Iglesia vive precisamente de esta promesa. No es una institución sostenida por estrategias humanas, sino un pueblo guiado por el Espíritu Santo.
Desde esta perspectiva, «Vine sin discurso…» deja de ser una simple observación circunstancial para convertirse en una confesión de fe. Significa reconocer que el ministerio petrino no descansa sobre la autosuficiencia del hombre, sino sobre la fidelidad de Aquel que dijo a Pedro: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,17). El verdadero Pastor no habla en nombre de sí mismo; presta su voz al único Buen Pastor.
En una época fascinada por la imagen, la planificación y la comunicación perfecta, esta sencillez posee una fuerza profundamente evangélica. El mundo espera líderes capaces de impresionar; Cristo sigue buscando discípulos capaces de transparentarlo. Porque, al final, la Iglesia no convence cuando exhibe el brillo de sus discursos, sino cuando deja entrever la belleza de Aquel que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6).
Quizá esa sea la enseñanza más profunda de esta expresión. El mejor discurso de un sucesor de Pedro —como el de todo cristiano— no es el que nace de un guion cuidadosamente preparado, sino el que Dios va escribiendo pacientemente en su corazón. La verdadera autoridad de la Iglesia no se funda en la perfección de sus palabras, sino de la transparencia de una vida configurada con Cristo. Cuando el corazón ha aprendido a habitar en Dios, incluso el silencio adquiere una elocuencia que ningún artificio retórico puede igualar.
Por eso san Agustín podía afirmar que «quien habla con sabiduría, aunque no hable con elocuencia, es más útil a sus oyentes que quien habla con elocuencia pero sin sabiduría» (De doctrina christiana, IV, 28,61). En la lógica del Evangelio, la santidad precede siempre a la elocuencia; la verdad tiene más fuerza que el brillo, y el testimonio pesa más que cualquier argumento.
En realidad, «Vine sin discurso…» puede leerse como la síntesis de toda una espiritualidad. Paradójicamente, esas tres palabras dieron comienzo al verdadero discurso de León XIV: el que no nace de un texto cuidadosamente preparado, sino de un corazón que ha aprendido a dejar hablar a Dios. Porque, en el Reino, las palabras más decisivas no son las más elaboradas, sino las que brotan de una vida habitada por el Espíritu.
Así ha sido siempre en la historia de la salvación. La Iglesia no transforma el mundo cuando habla mucho de Cristo, sino cuando deja que Cristo hable a través de ella. Entonces la palabra deja de ser un simple sonido para convertirse en testimonio; y la voz —la única verdaderamente inolvidable— ya no resuena primero en los labios, sino en una existencia configurada con Él, capaz de transparentar, en medio de la historia, el rostro vivo de Cristo.
Rafael Lazcano
Religión Digital