FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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SAN JUAN BOSCO (Pinchar imagen)

COLEGIO SALESIANO - SALESIAR IKASTETXEA

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jueves, 18 de marzo de 2021

Ha fallecido Don Roberto Belarmino De Juan Franco

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SALESIANOS SANTIAGO EL MAYOR

 En la mañana del 17 de marzo, con 86 años,  fallecía el salesiano sacerdote D. Roberto Belarmino de Juan Franco,  en la Casa de Salud de León Santiago el Mayor. El funeral, y el posterior entierro en el panteón salesiano de la ciudad de León, tendrá lugar el 18 de marzo a las 11:30 h, en la Casa Salesiana de León Santiago el Mayor.

La capilla ardiente se dispusó en la capilla de la comunidad, durante el día 17 y finalizó con una sencilla celebración a las 20:00 h.

Varias casas son el campo donde Roberto Belarmino ha entregado su vida al Señor en el carisma salesiano, pero es en la cada de Vigo-María Auxiliadora donde  ha permanecido más tiempo. Nos deja un testimonio de un hermano salesiano sencillo, trabajador, fiel a su vocación religiosa salesiana y cuidadoso en el empeño de sus responsabilidades.

Pedimos al Señor la recompensa del Paraíso para nuestro hermano. Y para nosotros el compromiso de vivir con coherencia nuestra vocación, como él, hasta el final de nuestra vida.

Semblanza de Roberto Belarmino De Juan Franco.

Las mujeres en la Iglesia

 


Rafael Narbona

vidanueva

Nunca pensé que manifestar mi apoyo al sacerdocio femenino en la red social Twitter provocaría las iras de una horda de católicos fanáticos e integristas, con perfiles falsos en la mayoría de las ocasiones y con graves problemas para expresarse sin cometer faltas de ortografía. Durante una semana, cerca de quinientas personas me insultaron hasta el aburrimiento, llamándome “masón”, “hereje”, “luterano” y otras lindezas.
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Nª 117 de “Utopía”: El virus de lo inhumano

 


Utopia

cabecerautopia

Una vida más humana para todas las personas
El virus de lo inhumano es un virus que muta continuamente pero que está siempre presente entre nosotros. En una sociedad que llamamos civilizada, que debería caracterizarse por su humanidad (lo que los latinos llamaban humanitas), es decir, la racionalidad, el respeto a la persona y el reconocimiento de la dignidad de todos, lo que predomina, por el contrario, es la immanitas (palabra también latina), que significa inhumanidad, barbarie, ferocidad.
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Reflexión: Individualismo, el virus que ataca las defensas de lo comunitario

 


Jesús Bonet Navarro

Utopía

El virus de lo inhumano
Vidas cada vez más solitarias
Escribir sobre algunas consecuencias de la COVID-19 es subrayar algo que ya ocurría antes, pero que se ha acentuado o ha quedado más claramente al descubierto: cada vez más solos en una sociedad cada vez más conectada, porque conexión no es lo mismo que comunicación, aunque se empeñen algunos en confundirnos.
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Marcial Sánchez: “en los obispos chilenos hay una falta de respeto a Francisco. Son indiferentes”


kairosnews

Al cumplir el papa Francisco ocho años de pontificado, conversamos con uno de los más expertos analistas de la Iglesia. Sostiene que Francisco es un personaje que pasará a la historia como un grande porque que es un papa que va en contra de los poderes fácticos y contra los poderes grandes.
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FRANCISCO O LA REVOLUCIÓN DE LA AUTENTICIDAD

RELIGIÓN DIGITAL

col caram

 

Cumplimos ocho años de revolución iniciada por un Papa venido del fin del mundo, cuya única aspiración fue, desde el minuto cero, “ser un Papa -un servidor-sencillamente cristiano”. Y esa sencillez y opción por el Evangelio, cogió con el pie cambiado a los amigos del poder, a aquellos que como los hijos del Zebedeo o su madre, buscaban estar a la derecha y a la izquierda del poder.

Un Papa jesuita, que enamoró a los limpios de corazón y rescató del abismo a los que viviendo el mensaje de Jesús, la “Santa Madre Iglesia” les hacía sentir fuera de su comunión, porque había demasiados porteros, martillos de herejes que controlaban y sometían a hombres y mujeres que tomaban partido por los últimos, los marginados, por aquellos más débiles o ignorados por los imperialistas que desde hace años pugnaban por sentarse en la cátedra de Pedro.

Y este Papa cristiano, seguidor de Jesús, argentino, venido del tercer mundo, que llevaba en su corazón la compasión evangélica y que quería vivir la pasión compartida del Profeta de Nazareth, del amigo de los pobres, del cantor de las bienaventuranzas, reabrió las ventanas y las puertas de la Iglesia para que el aire -que ya estaba muy contaminado- se renovara y para que el Espíritu Santo, con su fuerza transformadora devolviera credibilidad a la Iglesia nacida de la Pascua.

Dicen que inició la revolución de la ternura, tal vez porque no “pontificaba” ni se sentía poseedor de la autoridad para condenar a nadie, antes bien, recordaba a aquel servidor del Rey que había organizado el banquete de su hijo y que por imperativo de su Señor, salió a los caminos a suplicar a los invitados que fueran a la fiesta porque todo estaba preparado. Le oímos hablar de una Iglesia “en salida” porque Él mismo salió a los caminos al encuentro de todos los que buscan. Y desde el primer instante de su servicio petrino, se negó a ocupar el lugar del rey renunciando a la tiara pontificia al salir por el balcón a suplicar a los fieles que rezaran por Él.

Pidió abandonar los palacios, a nos ser llamados príncipes y a no buscar privilegios. Contagió la pasión por el Evangelio de Jesús y pronto fascinó al mundo su fe. Si, su fe. Teníamos un Papa que transpiraba Evangelio y que se parecía mucho a Jesús.

Sabía que la Iglesia había perdido credibilidad y que esa “culpa” ganada a pulso de infidelidades había puesto contra las cuerdas a Benedicto, que agotado sintió que no podía más y renunció como un acto de servicio. Y precisamente por ello decidió abordar aquellos frentes por los que sangraba y se desangraba la Iglesia de Jesús.

Dijo tolerancia cero a los abusos de menores y se aplicó a defender a las víctimas. Y cuando se equivocó o le tembló el pulso, pidió disculpas y rectificó. Prueba de ello fue su viaje a Chile y actitud de apoyo y reconocimiento posterior a las víctimas. Su reunión con Juan Carlos Cruz y sus compañeros, el envío de Monseñor Sicluna y Bertomeu a conocer, acompañar, consolar: a dar un poco de luz en medio de un infierno de tanto dolor. Y la tolerancia cero a los abusos de menores, le granjeó enemigos, pero le ayudó limpiar el “amado rostro de Cristo” como llamaba catalina de Siena a la Iglesia.

Y puso luz en las tenebrosas finanzas vaticanas y comenzaron a saltar príncipes que veían amenazado sus espacios de poder revestidos de púrpuras cardenalicias y episcopales. Y éstos, se revelaron, y vimos cómo aquellos que durante años manipulaban y engañaban a los Papas, les arrastraban al error y exigían obediencia ciega al sucesor de Pedro, se revelaron y desde trincheras, cada vez más violentas y visibles, atacaron y atacan sin piedad.

Un Papa que se acercó a los heridos por la santa Madre Iglesia, por la pobreza, el abandono o diversos tipos de dominación e indiferencia, y que salió al encuentro de los abusados, de los colectivos de LGT, de los divorciados, de aquellos que eran señalados y excluidos sin saber cómo vivían y qué anhelos había en sus corazones de creyentes. Salió y a los cuatro vientos dijo que quería una Iglesia pobre al servicio de los pobres, y se arrodilló para lavar los pies a hombres y mujeres de diversas religiones, razas y culturas, a los presos y marginados. Y esto disparó las alarmas. Algunos tenían mucho que perder y temieron ensuciarse las manos y decidieron matar al mensajero.

Y Francisco continuó leyendo el Evangelio en clave humana y humanizadora, y a los discípulos de Jesús nos hizo recuperar la ilusión y la confianza perdida en los últimos años. Y sus palabras y gestos pasaron a la acción, y poco a poco vimos que Él era el mensajero de la paz que venía cargado de bendiciones y que su fuerza era imparable y que la Iglesia comenzaba a vivir un nuevo pentecostés.

Hay muchas, demasiadas resistencias a su voz y a su mensaje. Muchos le quieren poner a prueba y otros se han erigido en sus acusadores. Pero él lo tiene claro. El Reino tiene que abrirse paso entre la mediocridad y la indiferencia; entre el pecado y las malas intenciones, el Reino es imparable y sólo se construye -y Él lo sabe- con la coherencia y la entrega sin reservas de la propia vida.

En ocho años Francisco ha recuperado en la Iglesia de Jesús el sentido del humor, porque es el sentido del amor. Ha devuelto la sonrisa y la esperanza a muchos que estaban agobiados, y escuchando a todos y acogiendo en su corazón sin discriminar a nadie, nos sigue mostrando cada día las dimensiones infinitas del corazón de Dios.

Francisco: No te detengas. Sigue haciendo lío. Sigue con la locura del Evangelio. Que nada ni nadie te detenga y que el Dios de la vida te regale muchos años para poder llevar adelante la reforma, que hoy te encomienda a Ti, como le encomendó al “pobre de Asís” reconstruirla desde la sencillez y la austeridad en aquella derruida Iglesia de San Damián.

Que Dios te bendiga, mensajero de la paz, testigo de la misericordia, revolucionario del Evangelio: Padre y hermano ¡Francisco!

RESPUESTA AL ARZOBISPO DE OVIEDO DE UNA FEMINISTA


col capellin

 

Presidenta del Fórum de Política Feminista de Asturias


Don Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo ha publicado el pasado domingo un artículo, “Hombre y mujer los creó” en que, como es habitual en él, condena al feminismo. Pero lo hace, también como de costumbre, malinterpretándolo, yo diría que deliberadamente, para poder rechazarlo pues no creo que un hombre de sus conocimientos y cargo pueda desconocer de esa manera una de las grandes corrientes del pensamiento de nuestro tiempo.

Reconoce que “durante demasiados siglos se ha impuesto una visión del mundo desde la óptica masculina. Esta concepción monocolor y excluyente, de índole “machista” ha sido pobre y empobrecedora e injusta”. Según él la visión feminista cometería el error contrario.

Empecemos aclarando que durante milenios se ha desarrollado un sistema de relaciones de opresión basadas en el sexo que somete y discrimina a las mujeres y desarrolla un conjunto de roles, expectativas y conductas culturalmente determinadas:  lo femenino y lo masculino, para que cada uno de los sexos adquiera un comportamiento que contribuya a mantener el sistema y en el que la mujer lleva siempre las de perder. A eso se le llama patriarcado, un sistema que va cambiando pero que tiene una gran resistencia. No es lo mismo el patriarcado en Arabia Saudí que en Asturias, en el siglo XVIII que hoy, como no es lo mismo el cristianismo de las Cruzadas que el del Papa Francisco.

Nos referimos con el “machismo” a aquellas conductas despreciativas o vejatorias hacia las mujeres. Así todos vivimos en un sistema patriarcal pero no todas las personas son machistas.

La cita que hace de Guitton “la mujer posee la llave de nuestros abismos, es capaz de perderlo todo o de salvarlo todo” nos lleva a la inmediata asociación de ese par, tan querido al pensamiento conservador, de Eva que induce al pecado frente a María que lo redime.

No hace falta ser creyente para maravillarse de la pobreza de pensamiento de tantos hombres religiosos que olvidan las numerosas mujeres que la Biblia nos da a conocer: Judith, Noemí, Ruth, Sarah, Agar, Rebeca y tantas más, modelos valiosos de “mujeres fuertes”.

De la misma forma que aún hoy cuando leen el Evangelio, siguen sin ver que Jesús se rodeaba de discípulos y discípulas y cómo Cristo resucitado se aparece primero a María Magdalena y María Cleofás quienes se encargan de dar la “buena nueva”, es decir de hacer el primer apostolado. Tres siglos después decidieron, respondiendo a su época, que los varones eran los Apóstoles y ellas quedaban ocultas en lo de las “santas mujeres”. Tal ceguera interesada hoy, es bastante sorprendente. Afortunadamente hay en todas las religiones del “libro” mujeres teólogas que están releyendo su propia historia y eso Señor Arzobispo es feminismo.

Cuestiona a Guitton porque “extraña su (de las mujeres) irrelevancia explícita en la marcha de la historia, o tal vez explique el injusto acoso y arrinconamiento que ha sufrido por parte del hombre”.

Es cierto que cuando los destinos de los pueblos se determinaban por la guerra y la fuerza era la llave al poder, las mujeres eran irrelevantes, pero cuando era la diplomacia y el desarrollo de la vida lo que primaba, conocemos una larguísima genealogía de mujeres que tuvieron un papel decisivo en la historia.

Incluso en una institución tan patriarcal como la Iglesia, hay un buen número de abadesas, en todos los países, extraordinariamente importantes en el transcurrir de su tiempo. Y cuando los varones que ocupaban la jerarquía de esa Iglesia la hundieron en la corrupción, la simonía, el nepotismo y el crimen en la lucha por el poder, mujeres como Catalina de Siena o Teresa de Ávila -ambas consideradas santas- encabezaron, cada una en su época, los movimientos para volverla al buen camino.

Estoy segura que analizando la esclavitud el señor arzobispo no se atrevería a considerar simétricos en el error a quienes defendieron ese sistema -y a quienes aún hoy desarrollan el apartheid, el racismo estructural- frente a quienes combatieron ese crimen contra la humanidad que la esclavitud y el racismo suponen defendiendo que todos los seres humanos somos iguales.

¿Por qué entonces ese empecinamiento en tergiversar el feminismo? Repasemos cuales han sido sus objetivos y su práctica lo largo de los tres siglos de su historia.

Hay una primera etapa centrada en el derecho a la educación y al conocimiento. Las feministas que lo demandan y los pocos hombres que las apoyan se encuentran una oposición tenaz. Todavía hoy las tasas de analfabetismo y los años de escolarización, arrojan un saldo muy desfavorable para las mujeres en muchos lugares del mundo. Aún no hemos alcanzado esa meta.

Después viene la lucha por el sufragio como instrumento para influir en las leyes que permitieran cosas como el acceso a empleos dignos, a la universidad, a la herencia, a manejar sus propios recursos, a la autonomía personal, a la propiedad, a no someterse a un matrimonio impuesto, a la patria potestad, a alquilar un piso o abrir una cuenta bancaria y un largo etcétera. En resumen, el acceso a los derechos civiles y políticos.

Y a pesar de los avances conseguidos por el feminismo, de nuevo lamentamos que en el mundo demasiadas niñas sean obligadas a casarse, demasiadas mujeres no puedan decidir libremente sobre sus vidas, demasiadas sufran ablación genital, puedan ser encarceladas por conducir un coche o leer un periódico, y padezcan todo tipo de opresiones bajo el manto de leyes injustas.

El último medio siglo las reivindicaciones feministas dieron un paso más, intuyo que son éstas las que condena el Arzobispo de Oviedo, siguiendo la estela de los hombres de Iglesia que, antes que él, se opusieron a las anteriores demandas.

Las feministas conseguimos que las mujeres pudieran acceder a los puestos de trabajo prohibidos; hoy podemos ser jueces, médicas, militares, ejecutivas, notarias, presidentas, alcaldesas, conductoras de autobús o metalúrgicas; aún no podemos ser sacerdotes u obispas en la Iglesia Católica, pero ya se ha conseguido en la Anglicana. Exigimos respeto a nuestra dignidad, y a nuestra integridad física y que las leyes lo respalden castigando la violación, el abuso sexual, la trata y la violencia contra nosotras. No entiendo que ninguna de estas demandas implique violencia contra los hombres. De hecho, afortunadamente millones de hombres las apoyan.  

Hay un asunto sobre el que no tendríamos acuerdo: el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo y por tanto a la interrupción voluntaria de un embarazo no deseado. Pero el feminismo no se queda ahí, demandamos la extensión de una coeducación afectivo-sexual que prevenga los embarazos no deseados y propicie una relación más sana e igualitaria y de mutuo respeto entre adolescentes y jóvenes.

Respeto a quienes no consideran admisible el aborto (cierto que me gustaría un poco más de caridad en su actitud), incluso sabiendo que es algo que también ha cambiado históricamente, pues durante siglos se admitió el aborto en los primeros meses del embarazo porque se consideraba que el alma aún no había entrado en el feto. Tomás de Aquino pensaba que en los niños se formaba a los 4 meses y en las niñas a los seis, creo recordar. Vergonzoso que se tolerase en los primeros años del franquismo el “aborto por razón de honor” en que un varón podía obligar a abortar a su hija soltera o a su esposa supuestamente adúltera y que no fuese condenado por ello.

Lo que confieso no soy capaz de comprender es su condena a los derechos de las personas homosexuales y su indiferencia ante el dolor que causan con su crueldad; las feministas hemos apoyado sin fisuras dichos derechos a una vida plena.

El divorcio ha sido otro punto conflictivo, pero solo afectaría a los católicos e incluso para estos la Iglesia ha encontrado formas de reconocerlo anulando a través de costosos procesos y por diversos motivos, algunos matrimonios.

Vuelvo a repetir: ninguno de estos temas supone un “abuso de nuevo cuño feminista” ni lleva a una “polarización hostil y excluyente” o a una lucha de poder entre los sexos. La realidad es que gran número de militantes feministas compartimos nuestra vida con compañeros varones que nos apoyan, somos madres y abuelas de hijos y nietos, tenemos padres y hermanos, amigos que entienden que solo con el avance del feminismo habrá un mundo más justo y más pleno para todos. Un feminismo que pretende que las mujeres, cada una de ellas, tengan capacidad y posibilidad de decidir sobre su vida, con autonomía moral y sin que persona ni institución alguna pueda usar o abusar de ella.

MI GRITO, SEÑOR, ES EL GRITO DE UN PUEBLO, EL PUEBLO CATÓLICO SEXUALMENTE DIVERSO, AL QUE HOY LE HAN DADO UN NUEVO GOLPE

RELIGIÓN DIGITAL

col magdala

Carta abierta de un joven gay a Dios con motivo de la última declaración de la Santa Sede sobre la bendición de parejas homosexuales

Algún lugar del mundo, 15 de marzo de 2021

Señor:

Hoy soy solo uno más de tus hijos, que puede ser tu hija, también, y a quien llamas con nombre propio, con plena dignidad. Yo, Señor, hoy me siento como Job. Estoy ahora mismo ante una iglesia, solo, con la luz del mediodía. La gente pasa y ni ve la iglesia, porque ya es parte del paisaje. No es nada nuevo. Tampoco es nuevo lo que hoy dijo tu siervo. No es nuevo que nos llamen personas con “tendencias objetivamente desordenadas” y que nos pongan el sello del pecado. No es nuevo. Pero siempre que se reafirma es doloroso, muerde el alma como el mal espíritu al corazón de tus santos. Y recuerdo las noches sin dormir, porque no podía sacarme de encima este deseo, estas ganas de amor “desviadas”, “mal encaminadas”, “con un objetivo erróneo”. Recuerdo la adolescencia negándome a mí mismo, escondiéndome. Con miedo a sacar a relucir mi secreto. Recuerdo mi miedo. Miedo, Señor, que mata la esperanza, que mata la vida. Señor, ¿tu camino no era el de la Verdad y la vida? ¿Por qué estuve tantas veces muerto?

¡Cuántas veces, Señor, me dijeron que esto era una prueba tuya! Que todo esto era una suerte de treta para probar hasta dónde podía darme a ti, hasta dónde lo dejaba todo por seguirte, hasta dónde podía negarme a mí mismo. Señor, me decían que me ibas a dar la vida si moría a este pecado. Pero yo moría entero, estaba muerto entero, como si nunca me fuera a llegar la vida.

Hoy me planto frente a esta iglesia tuya, donde tantas conversaciones hemos tenido. Y recuerdo toda la consolación que me has dado, toda la vida que me has dado tan gratuitamente. Recuerdo incluso el amor que me ha venido en forma de otro hombre, como yo. Ese amor que sé que ha venido de ti, a salvarme de mí mismo, de mis cerrazones, de mis angustias, de mis miedos, y me ha llenado de esperanza y de sentido de misterio. A estos recuerdos me aferro, Señor, para no perder el norte.

Hoy me planto frente a esta iglesia tuya, donde tantas conversaciones hemos tenido. Y recuerdo toda la consolación que me has dado, toda la vida que me has dado tan gratuitamente. Recuerdo incluso el amor que me ha venido en forma de otro hombre, como yo. Ese amor que sé que ha venido de ti, a salvarme de mí mismo, de mis cerrazones, de mis angustias, de mis miedos, y me ha llenado de esperanza y de sentido de misterio. A estos recuerdos me aferro, Señor, para no perder el norte.

Ya no estoy en edad, pero recuerdo el desasosiego que me llevaba a pensar en que me odiaras, en que repudiaras lo que sentía. Señor, fueron días en que no quería ni estar vivo. En que me despreciaba, me odiaba. Señor: odio, miedo, desesperanza, repudio, cerrazón, obsesión, ¿todo esto viene de ti? Ya sé que no.

Señor, veo la iglesia delante de mí cerrada: estarán almorzando. Y luego pienso, ¿esta es la Iglesia que tú querías? ¿Esta de puertas cerradas, con olor a polilla, de columnas de piedra, de retablos de oro? ¿Esta de cardenales que acusan, de poderosos que presionan, que atornillan, que le matan el vuelo a la libertad, a la novedad y al encuentro? Señor, en muchas partes de esa Iglesia me han hecho a un lado, se han asustado conmigo, por miedo a esa autoridad. Me han negado la vocación que tengo por ser como soy. Me han dicho que mi sacerdocio es inviable por mi “tendencia profundamente arraigada”. Señor, yo no la tengo profundamente arraigada.

La tengo como algo más de mi persona, que no me quita ni me pone, que simplemente es. Solo tú sabes por qué me hiciste así y cuál es tu plan conmigo, pero quería yo entregarme al servicio a tu Iglesia y me cerraron las puertas. Algo que ni siquiera constituye el centro de mi vida pasó a ser una “tendencia profundamente arraigada” ese día. Como si el objeto de mi deseo afectivo se volviera algo crucial, determinante. Como si lo que hiciera con mi genitalidad (que Tú creaste, que Tú me diste y que agradezco) fuera algo exento de ti, exento al Amor, a la vida, a la Verdad. Todo parece siempre reducirse a eso: a rechazar mi carne, a plantearme un dualismo entre mi cuerpo y mi alma que no viene de ti.

Luego quise apoyar desde el laicado. Y siempre viene el miedo, Señor. A no encontrarme un presbítero tan abierto, a encontrarme con argucias argumentativas que justifican la doctrina de mi dolor, que justifican la injusticia que siento que se me hace. A encontrarme con que incluso me pueden negar la subida a tu altar y la comunión, como si eso no fuera conmigo. Me escondo en muchos escenarios por miedo, me da miedo mostrarme como soy, decir lo que siento. Todos pueden hablar de sus parejas, de sus amistades, de sus amores, menos yo. Yo tengo que ser prudente. ¿Por qué, Señor?

Te hablo desde mi fragilidad, Señor, desde mi dolor, desde mi soledad. Te hablo desde las palabras sin decir, desde las palabras sin entender. Te hablo desde mis días de pobreza, de miseria, de dolor de consciencia desesperada, de sueños rotos, de necesidad de amor, cariño, libertad, paz. De todo eso que solo tú nos das. Te hablo desde el miedo a que esto se lea y que me censuren, que me castiguen. Te hablo desde una prisión que me he hecho y me han hecho.

Hoy, Señor, te hablo desde aquí y te veo en la cruz, todo lleno de heridas, de insultos, de agravios. Te veo condenado por el sanedrín, acusado de no obedecer la Tradición, de poner a la persona que sufre antes que la Ley. Por curar en sábado, por poner al leproso en el medio, por andar con prostitutas y pecadores, por andar con lo excluido, con lo condenado, y por no pedirles nada más que amor. Hoy me siento como Job, Señor, gritando desde mi pequeñez, diciéndote que me duele. Diciéndote desde todo lo que no sé que te necesito. Sabiendo que mi grito es el de un pueblo, el pueblo católico sexualmente diverso al que hoy le han dado un nuevo golpe. Por estas razones te escribo como anónimo: por miedo, por mi fragilidad, por mi condición de pecador (como todo ser humano, no por gay), y porque siento que así muchas personas se verán reflejadas en estas palabras. Por eso también quiero que se publique, para que no nos sintamos solos, sino que somos comunidad, como tú quieres.

Por estas razones te escribo como anónimo: por miedo, por mi fragilidad, por mi condición de pecador (como todo ser humano, no por gay), y porque siento que así muchas personas se verán reflejadas en estas palabras. Por eso también quiero que se publique, para que no nos sintamos solos, sino que somos comunidad, como tú quieres

Señor, desde aquí te pido que me ayudes. Y que me des fuerzas, porque veo mi lucha vana, incierta. Porque me siento mal en una Iglesia que me va a maltratar cada tercer año de este modo. Porque cada paso hacia adelante significa dos para atrás. Dánosla a todos los que dudamos de la santidad de tu Iglesia, para que podamos discernir tu camino, para que podamos seguir contigo, aunque a muchos les pese. Danos consciencia de que no quieres victorias, sino luchas por la justicia, aunque estén perdidas; que no quieres coronaciones mundanas, títulos cardenalicios y presbiterales mundanos, sino obras de misericordia. Que repitamos “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. Que vivamos en esta esperanza, Señor, y que amemos mucho, en nuestros trabajos, en nuestras familias, en nuestras camas, en todas partes, a quien sea y como sea, pero siempre amando.

Te ama,

Tu creatura gay.

VOCACIONES

ECLESALIA

col zapatero

El pasado día 7 de marzo, víspera del Día Internacional de la Mujer, se manifestaron delante de la catedral o de algunas iglesias de varias ciudades de España numerosos colectivos de mujeres cristianas reclamando a la jerarquía eclesiástica el reconocimiento de su derecho por la igualdad dentro de la propia Iglesia y para que se ponga fin, ya de una vez, su estructura patriarcal.

Pues bien, el día 19 del mismo mes, concretamente once días más tarde, se celebra en todas las diócesis de España también, como todos los años, el Día del Seminario. Es el día en qué, además de hacer una cuestación especial para sostener los seminarios que preparan a los futuros sacerdotes, se dedica fundamentalmente a rezar por las vocaciones sacerdotales. Un tiempo de oración que, si bien es cierto, no se reduce ni mucho menos a esta jornada, ya que rezar por esta intención es algo que suele hacerse, a veces casi de forma cansina, todos los días del año en parroquias, iglesias, conventos y centros de culto; sí que es verdad que en este día el rezar por esa intención, y hacerlo bajo el patrocinio de san José, tiene un sentido especial.

Dos realidades de iglesia separadas por un intervalo pequeño de tiempo. Dos realidades que, si bien forman parte en principio de un objetivo común en su caminar hacia la consecución del Reino y, por lo mismo, avanzar juntas, no lo hacen, sin embargo, de esa manera, es decir, juntas; sino, más bien, de manera paralela, como lo hacen las vías del tren: cada una por su lado y sin ninguna posibilidad de llegar a juntarse. Pero es que, además, es así porque, si bien el fin es el mismo, creo que de eso no duda nadie, los caminos para llegar a dicho fin son, sin embargo, no solo diferentes, sino que me atrevería a decir que opuestos en muchos momentos.

Por un lado, unos candidatos preparándose para recibir el sacramento del Orden, dentro de una Iglesia jerárquica y piramidal. Una iglesia separada en dos bloques: el clero y el pueblo. Una Iglesia en la que el sacramento del Orden sacerdotal es “más de primera” que el sacramento del Bautismo. Una Iglesia en la que los ministros, que un día saldrán de esos seminarios, una vez ordenados por el obispo, serán quienes decidan en todos los asuntos dentro de las parroquias y/o comunidades; eso sí, como máximo, después de oír y/o consultar a algunos fieles o miembros de dichas parroquias o comunidades. Una Iglesia en la que los sacerdotes que la sirven deben asumir obligatoriamente el celibato como “conditio sine qua non” para poder recibir después el sacramento del Orden Sacerdotal. Una condición, por cierto, que cierra el camino a muchos candidatos, exclusivamente masculinos en este caso, que pudieran sentirse vocacionados para el servicio ministerial, pero, en cambio, sin la fuerza suficiente para vivir con alegría el carisma del celibato; ya que, por tratarse de un don no recibido, carecen de la gracia necesaria para vivirlo como vale la pena, precisamente porque no les ha sido dado. Una Iglesia que no impone, pero que sí que aconseja a sus sacerdotes y a quienes lo serán en un futuro que se distingan por un tipo de vestir ante toda la gente que los pueda ver; y no solo ante la gente perteneciente a la propia parroquia, comunidad o movimiento eclesial. Porque, queramos o no, esta Iglesia a la cual servirán los futuros sacerdotes, continúa teniendo, para sus dirigentes, mucho de “cristiandad” y muy poco de “pueblo de Dios”.

Por otro lado, unos colectivos de mujeres, junto a comunidades de base y muchas otras personas y grupos, tanto de hombres como de mujeres, que no coinciden con los parámetros de Iglesia según el Derecho Canónico. Una Iglesia de iguales, donde la persona que la presida sea un miembro de la propia comunidad, escogido/a de manera libre y democrática por los miembros que la forman. Una Iglesia donde, por estar formada precisamente por hombres y mujeres, a los/as candidatos/as a presidirla no se les tenga en cuenta, a la hora de ser escogidos/as, el sexo ni la orientación sexual. Una Iglesia insertada plenamente en la vida de los hombres y mujeres, sin distinciones ni privilegios. Una Iglesia que camina con el pueblo, junto al pueblo, escuchando al pueblo en todo momento, lejos de los parámetros de “cristiandad” en la que tanto pesa el sentido proselitista. Una Iglesia, en definitiva, vacía de normas de conducta y de leyes impositivas, excepto las necesarias para asegurar el correcto funcionamiento; pero siempre consensuadas por todas/os miembros. Una Iglesia sin dogmas ni preceptos; con la única excepción de creer en el Dios que enseñó y testimonió Jesús: el Dios que ama y perdona sin condiciones. Por ello precisamente, una Iglesia que, por creer únicamente en el amor, practica la caridad de manera incansable y se esfuerza por vivir en la esperanza de la “Utopía final”. Una Iglesia…

Vamos a rezar también y seguir rezando sin parar por esta forma de ser “iglesia” y de vivirla.