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miércoles, 28 de octubre de 2026

Llamados/As a la santidad

 


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Mt 5, 1-12a

Mt 5,1-12a

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

La liturgia de la fiesta de todos los Santos nos invita a recordar, ‘pasar por el corazón’ las Bienaventuranzas del evangelista Mateo. Se nos proponen como un programa de vida cristiana. No sólo quieren enseñarnos quién es dichoso sino también, cómo hay que obrar para participar en esa dicha.

Las ocho primeras bienaventuranzas, más cortas, forman un todo y se dividen en dos grupos de cuatro. Por otra parte, la cuarta y la octava se caracterizan por la presencia de la palabra ‘justicia’ que Mateo considera relevante (aparece cinco veces en el sermón de la montaña).

La novena es de un estilo muy distinto. Va escrita en segunda persona: ‘vosotros’ y se dirige expresamente a sus discípulos/as para definir el papel de estos ante el mundo: vuestras buenas obras. Gracias a vuestras buenas obras seréis como el candil puesto sobre el candelero haciendo brillar la luz que Dios os ha concedido; o también, vosotros/as sois la sal de la tierra, la luz del mundo…

No obstante, la teología y la predicación que hemos escuchado durante años, centrada en el pecado, en el dolor, en el sacrificio, en la búsqueda de la perfección para alcanzar méritos o aplacar la ira divina… encubrió la llamada a la santidad que a todos nos pertenece por ser hijos e hijas amadas, como nos recuerda la preciosa carta de Juan: “Mirad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos” (1Jn 3,1-3).

Esa concepción amarga y penosa del mundo nos ha desviado separándolo de la esencia misma de toda criatura. Jesús comienza su sermón pronunciando bendiciones sobre personas en desventaja: pobres, tristes, hambrientos, sedientos, perseguidos, calumniados. Más adelante, declara que sus seguidores son la ‘sal de la tierra y la luz del mundo’ insistiendo en la importancia de las buenas obras; después dirige su atención a la ley dejando claro que ‘Su’ norma va más allá de la observancia de la letra de la ley incluso hasta el amor ¡a los enemigos! Un programa de vida, ciertamente exigente.

Veamos juntas estas dos bienaventuranzas: Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey. Dichosos los no violentos, porque ésos van a heredar la tierra; (los pobres de espíritu y los mansos de las traducciones clásicas).

La primera procedía de Is 61,1 donde se trataba de los anawin. La de los no violentos está sacada literalmente del Sal 37,11. Ambas son traducciones distintas de la misma palabra anawin. Se trata en ambos casos de la misma realidad. El añadido ‘de espíritu’ nos indica que no se trata de la pobreza en sentido de indigencia, sino de una disposición espiritual. Pero, ¿cómo trasladar esta noción de pobreza a un plano espiritual? En los manuscritos del mar Muerto en Qumrán los pobres en espíritu, los anwey ruah, son personas que se encorvan interiormente, que no se resisten, que no se rebelan, personas que poseen la ruah anawah, el espíritu de pobreza, una actitud espiritual hecha a la vez de humildad, paciencia, mansedumbre, no violencia y obediencia. Esa actitud la podemos encontrar en Isaías (57,15. 66,2) y en el propio Mateo (Mt 11,28-30). La actitud interior de Jesús, humildad y mansedumbre, debe ser para los humildes, estímulo para hacerse sus discípulos pues ese Maestro es capaz de comprender su debilidad y mostrarse paciente con ellos/as.

Los padres de la iglesia lo interpretaron como los humildes, aunque fueron incapaces de justificar su interpretación. Es una tradición que se remontaría a una época en la que todavía no se conocía el hebreo y que se había mantenido durante siglos.

Dichosos los que prestan ayuda (misericordiosos) y los que trabajan por la paz.

Estas dos bienaventuranzas se refieren más al obrar que al ser. Son las bienaventuranzas del amor al prójimo. La primera nos previene que Dios utilizará con nosotros la misma medida que utilicemos nosotros con los demás.

Dos pistas de lo que Mateo entiende por ‘conducta misericordiosa’: se es misericordioso perdonando a los otros y, ayudando a los que se encuentran en apuros.

El tema del perdón lo encontramos en la parábola del siervo despiadado (Mt 18,23-35) en la que Jesús hace del perdón una condición para entrar en el reino de los cielos.

Mostrarse misericordioso es también ayudar a los que están necesitados. El texto más claro es Mt 25,31-46. Aunque aquí no encontramos la palabra misericordia, se inspira en acciones que el judaísmo llamaba ‘obras de misericordia’. Mateo las propone como accesibles a todo el mundo.

Dichosos los que trabajan por la paz. Esta bienaventuranza no habla de los hombres pacíficos o que viven en buena armonía con todo el mundo como recomienda la catequesis primitiva. Se trata de una categoría que podemos traducir como ‘los que trabajan por la paz’. Y se convierte en una obra de misericordia porque es algo muy delicado reconciliar, enseñar a vivir en paz a los esposos, a los amigos, a los convivientes. El mejor servicio que se puede prestar al prójimo es ayudarle a reconciliarse con los demás, buscar la paz entre todos.

Mateo insiste en (7,12): “Así pues tratad a los demás como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la ley los profetas”. Esta regla de oro es en realidad la verdadera conclusión del sermón de la montaña. En el pensamiento de Mateo, no es más que una manera de decir: ‘amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos’. Algo que ya estaba en la ley: (Lev 19,18).

Dichosos los limpios de corazón: ésos van a ver a Dios.

Esta bienaventuranza nos orienta hacia la unidad que Somos manifestada en cualquier ámbito: personal, laboral, comunitario. Está sacada del Salmo 24,3-6. Aunque no aparece la promesa de ‘ver a Dios’ se expresa el deseo de ver a Dios (literalmente ‘buscar el rostro’) de Dios. También el Levítico (cap. 8 y 9) incluye la idea de arrancar del corazón las malas inclinaciones, la tendencia al pecado. Solo así se manifestará la gloria de Dios. Estamos muy cerca de esta bienaventuranza: para ver a Dios hay que purificar el corazón.

En Mateo la disociación entre lo interior y lo exterior, entre lo que se piensa y lo que se dice o se hace, es una hipocresía. Para conservar el sentido bíblico y evangélico habría que comprender la pureza de corazón como una perfecta conexión entre lo de dentro y lo de fuera, entre las intenciones y las acciones. Sin embargo, el ser humano es incapaz de purificar él mismo su corazón. Es Dios el que va a tomar la iniciativa, creando en el hombre/mujer un corazón nuevo gracias a la presencia de su Espíritu-Ruah.

Esta bienaventuranza promete una felicidad que se realizará en el mundo venidero, pero esta esperanza transfigura ya el presente: lo abre hacia un porvenir gozoso. Nos promete que vamos a ver a Dios teniendo acceso a él, gozando de su familiaridad, entrando en relación personal con él. Todo eso es ‘ver a Dios’. Aunque nos resulte inimaginable. Lo cual no nos dice nada si no tenemos cierta experiencia de lo que puede ser esa felicidad prometida. Puede hacernos vibrar en la medida en que hayamos experimentado emociones análogas: el silencio habitado, la dicha de celebrar juntos la acción de gracias, la oración interior. Todo ello nos permite conocer, ya ahora, la anticipación de esa dicha y suscitar en nosotros/as el deseo y la esperanza de esta visión de Dios.

Las bienaventuranzas se dirigen a todos los hombres y mujeres, cristianos o no cristianos, que practican ‘la justicia’. La versión pastoral de Mateo lo lleva directamente a las consecuencias que las bienaventuranzas tienen que tener en la vida cristiana. Es verdad, que la última solo se puede aplicar a los cristianos; pero puntualizando: de nada serviría sufrir persecución por causa de Cristo, si esa persecución no se padeciera ‘por la justicia’ (Mt 5,10) y si las acusaciones que la provocan no fueran ‘falsas’ (Mt 5,11).

En definitiva, las bienaventuranzas son ante todo una declaración de felicidad y no solamente promesa de felicidad. De ahí la proclamación de Jesús que se hace presente cada día:

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

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