FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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miércoles, 6 de septiembre de 2017

LAS "MUJERES DIÁCONO" EN LA ERA APOSTÓLICA Y SUBAPOSTÓLICA

col pani

La figura de la mujer en la sociedad ha cambiado radicalmente en comparación a los tiempos antiguos, y las perspectivas para el futuro podrían cambiar en el seno de la iglesia. Por el momento, el Papa Francisco quiere escuchar a las mujeres con la guía del Espíritu y se ha comprometido a instituir una comisión para estudiar el papel de la mujer en la iglesia católica. Es por eso que en el siguiente post os dejamos una reflexión de carácter histórico de la mano del escritor Giancarlo Pani S.I.
El 12 de mayo de 2016, en ocasión de la audiencia general a las superioras generales de las órdenes religiosas, una hermana preguntó al papa Francisco por qué las mujeres estaban excluidas de los procesos de decisión en la Iglesia y de la predicación en la celebración eucarística, siendo así que, según sus mismas palabras, «el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida de la Iglesia y de la sociedad».[1]
En su respuesta, Francisco hizo referencia a la existencia de diaconisas en la Iglesia antigua: «Parece que el papel de las diaconisas era ayudar en el bautismo de las mujeres [...], también para hacer las unciones sobre el cuerpo de las mujeres».
Y tenían también otra tarea: «Cuando había un juicio matrimonial porque el marido golpeaba a la mujer y ella iba al obispo a lamentarse, las diaconisas eran las encargadas de ver las marcas en el cuerpo de la mujer por los golpes del marido e informar al obispo».
Por último dijo el Papa: «Quisiera constituir una comisión oficial que pueda estudiar la cuestión: creo que hará bien a la Iglesia aclarar este punto; estoy de acuerdo, y hablaré para hacer algo de este tipo».[2]
Tres meses más tarde, el 2 de agosto, el Papa hizo honor a su compromiso e instituyó la comisión para estudiar el tema del diaconado femenino sobre todo en la historia. La comisión ya ha comenzado su trabajo. En espera de conocer sus conclusiones, queremos realizar aquí una reflexión de carácter histórico.
Los Evangelios y las mujeres
La novedad saltó de inmediato a los medios del mundo católico y no católico, provocando reacciones diversas y opuestas. Algunos consideran que el diaconado permanente de las mujeres es un regreso a lo que estaba en vigor en la Iglesia antigua, y, por tanto, algo legítimo. Otros, por el contrario, lo consideran el primer paso hacia el sacerdocio de las mujeres y estiman que esto no es posible en la Iglesia católica.
Los Evangelios muestran, respecto de la mujer, una actitud nueva y positiva, libre de prejuicios: Jesús habla en público con mujeres, comportamiento que en la época se consideraba poco digno de un maestro. Él «se opone a todos los hombres que en nombre de la ley judía querían condenar a la adúltera, defiende el gesto afectuoso de María de Betania contra las críticas, alaba en la pecadora arrepentida una actitud de amor muy superior a la de Simón el fariseo, en el tiempo de la resurrección se aparece a María Magdalena antes de mostrarse a los apóstoles».[3] Esta última elección es, tal vez, la más significativa: el Señor confió a María Magdalena el primer mensaje de la resurrección, sobre el cual se funda el cristianismo, y su testimonio se difundió en el mundo entero mediante el anuncio evangélico.[4]
Jesús sabía bien que el testimonio de las mujeres iba a ser recibido como «delirio» (cf. Lc 24,11), pero las eligió igualmente para una tarea primordial de testimonio en la Iglesia y para iluminar a los mismos apóstoles.[5] Análogamente, la primera comunidad cristiana tiene un modo innovador de relacionarse con la mujer, hasta tal punto que este período es considerado por los estudiosos como «una primavera para el ministerio femenino. [...] Varios historiadores están convencidos de que, en el tiempo de la primera evangelización, las mujeres no solo participaban en la misión, sino que dirigían también ekklēsíai domésticas».[6]
Las «mujeres diácono» en la era apostólica y subapostólica
En cuanto a las «mujeres diácono», pocos son los pasajes del Nuevo Testamento en los que se hace referencia a ellas. La carta a los Romanos habla de ellas en el último capítulo, donde Pablo dice: «Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, que además es servidora [diákonos] de la Iglesia que está en Céncreas» (Rom 16,1). Febe es la única mujer diácono de la Iglesia del siglo I cuyo nombre se conoce.[7] Su condición de «diácono de la Iglesia» está en femenino,[8] algo puesto de manifiesto por la estructura misma de la frase, que hace resaltar su función diaconal pero sin especificar los ámbitos de servicio. Pablo le asocia otra cualificación, la de prostatis (el que se ocupa, el benefactor), para indicar otra tarea específica de Febe.[9]
En cualquier caso, es difícil no dar al término «diácono» el mismo significado de «diácono del Evangelio» que Pablo atribuye a sí mismo y a sus colaboradores.[10] Orígenes comenta de la siguiente manera este pasaje: «También hay mujeres constituidas en el ministerio de la Iglesia. [...] Por eso, [el Apóstol] enseña [...] que en la Iglesia hay mujeres ministras, y que deben ser incorporadas al ministerio aquellas que hayan asistido a muchos y que, por sus buenos servicios, hayan merecido llegar a la alabanza apostólica».[11]
Las mujeres ejercían también funciones de apostolado y de profecía, como resulta de Rom 16,7: «Saludad a Andrónico y a Junia, mis parientes y compañeros de prisión, que son ilustres entre los apóstoles [en toîs apostólois] y además llegaron a Cristo antes que yo». Se trata, tal vez, de una pareja de cónyuges. En el texto griego resulta problemático el género del nombre Junia, que podría ser masculino,[12] pero de hecho es femenino.[13]
San Juan Crisóstomo comenta: «Estar entre los apóstoles es ya una gran cosa, pero ser ilustres entre ellos [es] un gran elogio. [...] Esta mujer es estimada digna del apelativo de los apóstoles».[14] Según Crisóstomo, el nombre de Junia es el de una mujer, y se la califica con el título de los «apóstoles». Se trata del mismo término con el cual Pablo se define a sí mismo en la presentación de las cartas.[15]
Otro documento es el pasaje de 1 Tim 3,11, donde el autor, después de haber dado instrucciones para los obispos y los diáconos, se refiere a las «mujeres», que deben ser «respetables, no calumniadoras, sobrias, fieles en todo». Pero ¿quiénes son estas «mujeres»? ¿Son, tal vez, las esposas de los diáconos que se acaban de mencionar? En este caso habríamos esperado la expresión «sus mujeres». La opinión de los exégetas es hoy unánime: se trata de las «mujeres diácono» de la comunidad.[16] Este pasaje es considerado como un argumento importante para el instituto de las «mujeres diácono».[17]
También hay que señalar en este lugar una carta de Plinio el Joven al emperador Trajano (ca. 111-113) en la que se habla de ministrae, un término que podría ser la traducción de diákonoi.[18] El gobernador daba una noticia recibida de los mismos cristianos: «He creído necesario someter a la tortura a dos esclavas a las que se llamaba ministrae».[19] Si es imposible precisar las funciones a las que hace alusión el término, lo cierto es que el autor aporta un testimonio en favor de la existencia, en el siglo II, de una forma de diaconado femenino.[20]
Corresponde recordar aquí que, para los dos primeros siglos, los términos «diácono» y «epíscopo» no tienen una codificación particular (como la que se sigue de una «ordenación»), sino que indican un encargo, por parte de una autoridad de la Iglesia, a un cristiano para una tarea particular en la comunidad. No se puede proyectar sobre estos términos el significado que se funda en una interpretación sacramental posterior.[21]
Los siglos siguientes
En los primeros tiempos de la historia de la Iglesia, semejante protagonismo de las mujeres no duraría mucho tiempo, sino que probablemente fue reabsorbido por la tradición judía. El pasaje de 1 Cor 14,33b-35, en el que se ordena a las mujeres guardar silencio en las asambleas, podría ser precisamente la señal de tal influencia (los exégetas lo consideran un agregado posterior); de todos modos, la restricción allí expresada se confirma en 1 Tim 2,11-12, donde dice el texto, categóricamente: «No consiento que la mujer enseñe ni que domine sobre el varón».
No obstante, en el siglo III las mujeres diácono son atestiguadas tanto por Clemente de Alejandría[22] como -según se ha visto- por Orígenes, pero de ahí no puede deducirse que en su época existiese un «orden» de «diaconisas». En cambio, eso mismo está documentado por la Didascalia de los apóstoles (un texto del año 240, en el ámbito siríaco).
Según el liturgista Aimé G. Martimort, se trata de un texto «que nos presenta a la diaconisa como un verdadero ministerio, a la vez pastoral y litúrgico».[23] En él se hace referencia al bautismo de las mujeres, que se administraba por inmersión; a las diaconisas se les pedía también que realizaran la unción bautismal y que asumieran la tarea de la instrucción religiosa de las neófitas. También debían cuidar de las enfermas. Su ministerio, no obstante, parece limitado: no podían ni bautizar ni enseñar.[24]
En el siglo IV hacen referencia al ministerio de las diaconisas Epifanio y las Constituciones apostólicas. El primero confirma que en la Iglesia existe «un orden de las diaconisas»[25] con la tarea de asistir a las mujeres durante la inmersión bautismal y en caso de enfermedad. Epifanio se muestra polémico contra las sacerdotisas de los montanistas, censuradas porque ejercen funciones sacerdotales, y remite a la Escritura, haciendo notar que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se excluye la existencia de cualquier sacerdocio femenino; subraya, además, que entre los apóstoles no hubo mujeres y que María, la madre de Jesús, no tuvo el sacerdocio.[26]
A finales del siglo IV las Constituciones apostólicas dan indicaciones concretas acerca de las funciones femeninas que las diaconisas desarrollan dentro del rito del bautismo, confirmando las indicadas por Epifanio y agregando que se prohíbe a las mujeres enseñar y bautizar, porque les está vedado el sacerdocio.[27]
En el rito de bendición de las diaconisas, tanto la palabra «ordenación» como la «imposición de las manos», como también las oraciones, son las mismas que se utilizan para el subdiácono y el lector.
En Occidente es el Ambrosiaster (a finales del siglo IV) el que afirma con fuerza que solo el varón es imagen de Dios y que, por tanto, sería una vergüenza que las mujeres hablaran en la Iglesia, del mismo modo que es inconcebible ordenar a una mujer al diaconado.[28] También algunos concilios particulares se pronuncian contra las mujeres que se arrogan funciones sacramentales.[29] No obstante, la Iglesia latina tiene una Oratio ad diaconam faciendam presente en el sacramentario Hadrianum de finales del siglo VIII.[30] En general puede afirmarse, de todos modos, que el diaconado femenino tuvo escasa difusión en Occidente.
Del siglo IV-V en adelante se producen hechos nuevos: disminuyen los bautismos de adultos y el tipo de vida de las diaconisas se acerca al de las mujeres que conducen una comunidad monástica. La «diaconisa» -atestiguan los padres capadocios- es ahora responsable de un cenobio femenino, y se ocupa de la atención a los pobres y necesitados.[31] Juan Crisóstomo tiene un amplio intercambio epistolar con varias diaconisas, entre ellas Olimpia, higúmena (o sea, abadesa) de un monasterio. El canon 15 del concilio de Calcedonia (año 451) afirma que las diaconisas son ordenadas mediante la imposición de las manos (cheirotonía); el ministerio se denomina leitourgía y no se permite a las diaconisas contraer matrimonio después de la ordenación.[32]
En Oriente, por lo menos a lo largo de toda la época bizantina, se ordena a diaconisas en los conventos femeninos. Las Iglesias ortodoxas tienen todavía hoy «diaconisas ordenadas», un instituto que nunca fue abolido.[33]
El «problema» del diaconado femenino
En Pentecostés de 1994 el papa Juan Pablo II resumió en la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis el punto de llegada de una serie de intervenciones precedentes del Magisterio (entre ellas la declaración Inter insigniores), concluyendo que Jesús eligió solamente a varones para el ministerio sacerdotal. Por tanto, «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres [...] Este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia».[34]
El pronunciamiento resultaba claro para cuantos consideraban poder discutir el rechazo de la ordenación sacerdotal de las mujeres. No obstante, dejaba también emerger de forma imprevisible un pasaje de Pablo VI del año 1975, en el que se afirma que la Iglesia debe «reconocer y promover el papel de las mujeres en la misión evangelizadora y en la vida de las comunidades cristianas».[35]
Algún tiempo después, como consecuencia de los problemas suscitados no tanto por la doctrina como por la fuerza con la que se la exponía, le era presentada a la Congregación para la Doctrina de la Fe una duda al respecto: si la Ordinatio sacerdotalis «se ha de entender como perteneciente al depósito de la fe». La respuesta fue: «Sí» [affirmative], y la doctrina fue calificada como infallibiliter proposita, es decir, que «se debe mantener siempre, en todas partes y por todos los fieles».[36]
Las dificultades de recepción de la respuesta crearon «tensiones» en las relaciones entre Magisterio y teología por los problemas asociados a ella; problemas que tienen que ver con la teología fundamental acerca de la infalibilidad. Es la primera vez en la historia que la congregación invoca explícitamente la constitución Lumen gentium, n.º 25, donde se proclama la infalibilidad de una doctrina por ser enseñada como debe considerarse de manera definitiva por los obispos dispersos por el mundo pero en comunión entre ellos y con el sucesor de Pedro.[37]
Además, la cuestión toca la teología de los sacramentos, porque se refiere al sujeto del sacramento del orden, que de manera tradicional es, precisamente, el varón, aunque sin contemplar los desarrollos que en el siglo XXI han tenido la presencia y el papel de la mujer en la familia y en la sociedad.[38] Se trata de dignidad, de responsabilidad y de participación eclesial.
Una observación del P. Congar
El hecho histórico de la exclusión de la mujer del sacerdocio por el impedimentum sexus es innegable. No obstante, ya en 1948, es decir, mucho antes de las contestaciones de los años sesenta, el P. Congar recordaba que «del hecho de que la Iglesia no haya hecho una cosa [...] no es siempre prudente concluir que la Iglesia no pueda hacerla y que nunca la hará».[39]
Además, agrega otro teólogo, «el consensus fidelium de muchos siglos ha sido invocado en el siglo XX sobre todo con motivo de los profundos cambios socioculturales que han tenido que ver a la mujer. No tendría sentido sostener que la Iglesia tiene que cambiar solamente porque los tiempos han cambiado, pero sigue siendo verdad que una doctrina propuesta por la Iglesia pide ser comprendida por la inteligencia creyente.
La disputa sobre las mujeres sacerdote podría ser puesta en paralelo con otros momentos de la historia de la Iglesia; en todo caso, en la cuestión del sacerdocio femenino son claras las auctoritates, es decir, las posiciones oficiales del Magisterio, pero a muchos católicos les cuesta comprender las rationes de opciones que, más que expresión de autoridad, parecen significar autoritarismo. [...] Hoy hay un malestar entre quienes no llegan a comprender cómo la exclusión de la mujer del ministerio de la Iglesia puede coexistir con la afirmación y la valorización de su igual dignidad».[40]
La objeción de fondo, que ha resurgido en el debate, sigue siendo la misma: ¿cómo es que la Iglesia antigua admitió a algunas mujeres al diaconado e incluso al apostolado? ¿Y por qué se excluyó después a la mujer de tales funciones?
La «gracia del diaconado» para las mujeres
En una intervención para las congregaciones generales antes del cónclave del año 2005, el cardenal Carlo Maria Martini habló de la posibilidad de estudiar la institución del diaconado para las mujeres, dado que la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis no había tocado la cuestión. Recordaba Martini que en la historia de la Iglesia antigua había diaconisas[41] y sugería un criterio de discernimiento, que es el mismo Concilio Vaticano II: regresar a las fuentes, estudiar los orígenes, valorar todo en la libertad de los hijos de Dios, pero sobre todo en una rigurosa fidelidad al Evangelio. Es el mismo criterio de discernimiento espiritual del papa Francisco.
Nuestra revista se ha interesado varias veces por el tema. Cabe señalar las aportaciones del P. Jean Galot, que se remontan a los años del Concilio y hacen referencia a la situación pasada.[42] Más reciente es el artículo del P. Piersandro Vanzan, que trata específicamente sobre las «diaconisas».[43] El autor rastrea su historia a través de las publicaciones posconciliares. El problema que no se llega a solucionar tiene que ver con la sacramentalidad de tales tareas, pues del examen de los textos antiguos los teólogos llegan a conclusiones opuestas.
J. Daniélou, R. Gryson y C. Vagaggini avalan una analogía sustancial entre la ordenación de las diaconisas y la de los diáconos.[44] En cambio, A. G. Martimort considera que las ordenaciones de las diaconisas orientales se sitúan, por decirlo así, a medio camino entre los órdenes mayores (diaconado, presbiterado, episcopado) y la amplia serie de ministerios menores (subdiaconado, acolitado, ostiariado, etc., que no son «ordenados»).[45]
Por último, el P. Corrado Marucci ha encarado el intrincado problema que tiene que ver con la presencia, las funciones y la sacramentalidad del diaconado femenino en la Iglesia del primer milenio.[46] Él afirma que la mayor parte de los estudiosos reconoce que las ordenaciones de las diaconisas tenía dignidad sacramental, y concluye subrayando que «la casi totalidad de los argumentos lleva a considerar muy probable que las diaconisas de la Iglesia antigua y medieval recibiesen una ordenación sacramental análoga a la de los diáconos».[47] Es la gracia del diaconado para las mujeres.[48]
Observaciones finales
Según lo dicho no hay duda alguna de que en el siglo V (can. 15, concilio de Calcedonia)[49] la Iglesia tenía diaconisas «ordenadas». Si tal «ordenación» (cheirotonía) era considerada un sacramento (con la imposición de manos, cheirothesía) o solo una bendición o un sacramental, es un problema que habrá que aclarar en el futuro teniendo también en cuenta la evolución y precisión de la misma terminología litúrgica.[50] Y habrá que hacerlo sobre todo para responder a las peticiones, formuladas desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, de revivir el diaconado femenino.[51]
La palabra clarificadora puede venir del Magisterio, intérprete autorizado de la tradición. En cualquier caso, no siempre se puede recurrir al pasado, como si solo en él hubiese indicaciones del Espíritu. También hoy el Señor conduce a la Iglesia y sugiere asumir con valentía perspectivas nuevas. Por lo demás, la afirmación del papa Francisco citada al comienzo no se limita a lo que ya se conoce, sino que quiere adentrarse en un campo complejo y actual para que sea el Espíritu el que guíe a la Iglesia.
El verdadero problema no es solamente el diaconado femenino, sino también la sacramentalidad del diaconado masculino. Algunos teólogos consideran que esta fue implícitamente declarada en el concilio de Trento (DH 1765 y 1776). El Concilio Vaticano II, en la constitución Lumen gentium, da a entender que considera el diaconado como sacramento: a los diáconos se les imponen las manos «para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio», para ser «fortalecidos [...] con la gracia del sacramento [...] en comunión con el obispo y sus presbíteros».[52]
Con el motu proprio «Omnium in mente», del año 2009, Benedicto XVI excluyó el diaconado de los ministerios configurados in persona Christi capitis. Por eso los diáconos «son habilitados para servir al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad».[53]
También la Comisión Teológica Internacional considera el diaconado como una realidad sacramental, [54] pero excluye explícitamente a las mujeres porque, según la tradición de la Iglesia primitiva, sus funciones «no son pura y simplemente asimilables a los diáconos».[55]
Perspectivas para el futuro
En el pasado, pero también actualmente, en algunos monasterios cartujos femeninos se practicaba la entrega solemne de la estola diaconal por parte del obispo para habilitar a la superiora a presidir la liturgia de las horas y a proclamar el Evangelio en ausencia del presbítero.[56] Los estatutos de los cartujos definen tal entrega como «el gran sacramento que se realiza en la soledad, el de Cristo y de la Iglesia, del cual se tiene el ejemplo eminente en la Virgen María».[57] Es un signo importante de la presencia de un ministerio femenino en la Iglesia.

Giancarlo Pani sj

LIMPIEZA EN EL VATICANO

col jesus mart

El Papa Francisco se ha tenido que emplear a fondo estos últimos meses para despejar del horizonte a una serie de personas y comportamientos que han venido lastrando el proyecto de reforma de la Iglesia desde el inicio de su pontificado.
En primer lugar, ha concedido una "excedencia" al cardenal australiano G. Pell, (miembro del llamado C-9, considerado el número tres del organigrama vaticano y encargado, desde el 4 de julio de 2016, de "vigilar y controlar" -pero no administrar- los bienes de la Sede Primada) para poder defenderse de las acusaciones de abusos sexuales, supuestamente cometidos entre los años 1976-1980 y 1996-2001.
Son muchos los que, interpretando semejante "excedencia" como un viaje sin retorno, no dejan de censurar la confianza depositada en él y entienden que sus diferentes nombramientos son, muy probablemente, el mayor error cometido por Francisco. La justicia australiana clarificará la consistencia de las imputaciones y, a la vez, si, efectivamente, la confianza en él depositada ha sido el error de bulto que se aprecia, al menos, en un primer momento, y, de paso, si la "excedencia" es una rectificación, aunque tardía.
Pero, además, el papa ha relevado a G. Müller, una vez cumplido su mandato de cinco años, al frente de la Congregación para la Doctrina de la fe (ex - Santo Oficio); una inusual decisión que parece obedecer a diferentes razones. El cardenal alemán ha sido uno de los más firmes y persistentes opositores a la propuesta papal de primar la verdad evangélica de la misericordia sobre las "verdades innegociables" de la llamada ley moral natural en el caso de los divorciados vueltos a casar civilmente y, por extensión, en la moral sexual y en la pastoral familiar.
Y, también, quien ha amparado el boicot a la decisión papal de implementar una política de tolerancia cero en los casos de pedofilia de los curas y de los obispos, tal y como denunció en su día Marie Collins (activista irlandesa, víctima de abusos sexuales y miembro de la Comisión encargada de tutelar a los menores).
Cuando esta mujer presentó su dimisión, alegó la "inaceptable y vergonzosa falta de colaboración" "de algunos miembros de la Curia Vaticana", aduciendo, concretamente, la negativa de tales miembros a responder a las cartas que les dirigían las víctimas de la pedofilia, así como a la vía muerta en que había quedado la decisión papal de poner en funcionamiento un tribunal para juzgar a los obispos negligentes al respecto.
Fueron legión quienes, a raíz de semejantes denuncias, pudieron constatar cómo el cardenal G. Müller era un gran especialista en activar una variante vaticana del llamado "pase foral": acataba formalmente lo que el Papa aprobaba, pero no lo ejecutaba... Y fueron muchos más los que ya no pudieron soportar la respuesta -despreciativa- del cardenal a las denuncias de Marie Collins, más allá de que fuera acusada en algunos círculos vaticanos de ser una mujer un tanto autoritaria y de no tener paciencia alguna...
Con el nombramiento de Mons. Luis Francisco Ladaria, mallorquín, jesuita español y secretario de la Congregación para la Doctrina de la fe desde 2008, a la vez que presidente de la comisión encargada de estudiar la posibilidad de un diaconado femenino, Francisco parece estar apostando por dotar a sus decisiones más relevantes de una consistencia teológica tal que resulten difícilmente cuestionables para el sector inmovilista de la Iglesia.
Es una interpretación cuya verosimilitud (o no) podrá comprobarse, de manera particular, cuando la comisión que preside el nuevo Prefecto de la Congregación se posicione sobre el diaconado femenino, una puerta que, de abrirse, dejaría franco, más pronto o más tarde, el camino del sacerdocio ministerial e, incluso, del episcopado femenino.
Finalmente, es excepcional e inaudito que los tribunales de la Santa Sede hayan decidido llamar a declarar al cardenal T. Bertone (el número dos en el papado de Benedicto XVI) para que aclare su posible responsabilidad en la desviación de 442.000 € del hospital infantil "Bambino Gesù" con los que, al parecer, habría arreglado el ático en el que reside, una vez jubilado.
Un indudable ejemplo de transparencia, largo tiempo esperado y que sería deseable se extendiera a todos los ámbitos de gobierno, en el Vaticano y en todas las demás instituciones eclesiales, incluidas, obviamente, las diocesanas. La impunidad no es de recibo en ninguna institución. Y menos, en la Iglesia, aunque el sospechoso haya sido el número dos del Vaticano o, aunque lo sean cardenales, obispos, sacerdotes y laicos "factótum" en cualquier parte del mundo.
Entre tanto, se han conocido otros gestos y detalles del papa Bergoglio cargados de esperanzada significatividad. Con ellos muestra, mejor que con sus palabras, lo que es ser cristiano, es decir, seguidor del Crucificado en los crucificados de nuestros días y, a la par, partícipe y transmisor de la vida que brota del Resucitado: ha aprobado que sean reconocidas como santas las personas que han dado sus vidas por el prójimo aceptando libre y voluntariamente una muerte cierta y prematura; ha estado cerca de los padres de Charlie Gard, el niño recientemente fallecido por una extraña enfermedad genética; ha telefoneado a R. Acuña, un basurero argentino, padre de cinco hijos que perdió sus piernas hace cuatro meses en un accidente de trabajo; ha escrito una carta a Andrea, una enferma que le había invitado a ir con ella y con sus compañeros a una peregrinación a Loreto, animándola a no bajar nunca la guardia y, por si todo ello fuera poco, ha puesto un letrero a la entrada de su despacho en el que se puede leer: "prohibido quejarse". "Los transgresores están sujetos a un síndrome de victimismo con la consecuente disminución del tono del humor y de la capacidad para resolver problemas". "Por tanto: deja de quejarte y actúa para hacer mejor tu vida".
Limpieza, obviamente, pero también, y, ante todo, misericordia a manos llenas; en especial, con los más sencillos y necesitados. Y, por supuesto, unas cuantas gotas de buen humor. Tres oportunos ingredientes para los tiempos que corren.

169 AÑOS DE UN 'MARTIRIO CRUENTO' POR EL CELIBATO OPCIONAL

col rufo

18 de Agosto de 1848. Un sacerdote de la diócesis de Buenos Aires (Argentina), Ladislao Gutiérrez, y su mujer, Camila 0’Gorman, fueron asesinados por la autoridad civil con la bendición eclesial. Su delito: abandonar el ministerio sacerdotal y formar una familia. Les mataron a los dos y al hijo concebido, en el octavo mes de gestación. El obispo de entonces, Mariano Medrano y Cabrera, pidió al Gobernador: "en cualquier punto que los encuentren a estos miserables, desgraciados infelices, sean aprehendidos y traídos, para que, procediendo en justicia, sean reprendidos por tan enorme y escandaloso procedimiento". En su huida hacia Brasil, otro sacerdote avisó a la policía y los detuvieron.
Camino de Buenos Aires, en un juicio sumarísimo, fueron condenados a  muerte y fusilados en la mañana del 18 de agosto en el Cuartel General de Santos Lugares de Rosas (actualmente localidad de San Andrés, General San Martín). Ladislao hizo llegar a Camila este escrito: "Camila mía: Acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el cielo ante Dios. Te abraza tu Gutiérrez". Sentados en sendas sillas, cargadas por cuatro hombres a través de dos largos palos, les vendan los ojos y, escoltados por la banda de música del batallón, los llevan al patio interior. Camila lloraba. Cuando los soldados los ataban a las sillas, pudieron despedirse, hasta que Ladislao comenzó a gritar: "Asesínenme a mí sin juicio, pero no a ella, y en ese estado ¡miserables...!". Las balas los silenciaron.
¡No podemos olvidar!
Sobre todo, cuando la ley que permitió tal crueldad, sigue vigente. Este crimen es una consecuencia extrema de preferir la Ley a la libertad del Evangelio. Lo mismo fue la muerte de Jesús: "nosotros tenemos una ley y, según esa ley, debe morir" (Jn 19, 7). Este es un episodio especialmente violento de los muchos que jalonan la lucha por el celibato opcional.
Cuesta trabajo creer que haya en la Iglesia tal apego a una ley que ha producido tantos desmanes durante siglos y aún siga sustancialmente vigente. Por esta ley, sigue habiendo comunidades sin eucaristía, personas rotas vitalmente, escándalos, hijos desprotegidos, mujeres invisibles, destierros impuestos, vicios "contra naturam" (Conc. Lateranense III año 1179, canon 11), abusos "con impúberes de cualquier sexo" (Instrucción 9 junio 1922), etc. etc.
Quienes se oponen a esta ley no niegan en absoluto la posibilidad de un celibato evangélico, siempre que sea libremente mantenido. El celibato opcional contribuye a lograr vidas entregadas al ministerio eclesial, llenas de sentido. Pero también es verdad que en parte de la Iglesia católica -la oriental- hay "presbíteros casados muy meritorios" (PO 16), por su santa gestión del ministerio. Podría haberlos en la Iglesia católica occidental, si esta ley, que ata necesariamente ministerio y celibato, no existiera. A mediados del siglo XX, hay sacerdotes casados en parroquias católicas occidentales, procedentes de otras confesiones cristianas convertidos al catolicismo. Escandaliza el que no sea igual para todos.
La cerrazón autoritaria sigue manteniendo esta ley, a pesar de las masivas deserciones ministeriales -a causa del celibato- en el catolicismo occidental. Los máximos dirigentes de la Iglesia no quieren ver el signo de Dios en dichos abandonos. La Iglesia está cada día más desamparada de vocaciones a estos ministerios, pero no se buscan soluciones verdaderas. No se aceptan ministros ordenados no célibes ni mujeres cristianas, que, con los varones, son "uno en Cristo Jesús" (Gál 3, 28). La inmensa mayoría de la Iglesia -casados y mujeres- tiene vetado su acceso a los ministerios ordenados. ¡Ya está bien de perder el sentido común y eclesial!
Una evidencia: esta ley no procede del Evangelio de Jesús.
La ley celibataria tuvo una primera etapa en la "ley de la continencia matrimonial de los clérigos" avalada por el papa Siricio (384-399). Se basaba en las supersticiones judías sobre la impureza de la relación matrimonial. Sigue hoy como "Magisterio de la Iglesia" (cf. H. Denzinger 185) la carta de san Siricio al obispo de Tarragona sobre esta ley de continencia. Sus bases erróneas pueden resumirse:
- confusión entre el sacerdocio antiguo y el ministerio de Jesús;
- ignorancia sobre la bondad de la sexualidad;
- interpretación errónea de "los que están en la carne no pueden agradar a Dios" (Rm. 8, 8);
- creer que Dios no escucha a quien tiene relaciones sexuales con su mujer;
Conclusión lógica, tan aberrante como las premisas: la relación sexual matrimonial indispone para celebrar los sacramentos divinos.
Otra evidencia: esta ley no es voluntad divina ni de "tradición apostólica".
Para atar más la ley -¡qué bien se le da a las tiranías estas argumentaciones!-, pretenden hacernos creer que esta norma es voluntad divina expresada en la vida de Jesús y sus Apóstoles. Incluso se atreven a cargar su imposición al Espíritu Santo que guía a la Iglesia. ¿Cómo puede honradamente sostenerse que la "continencia" es una "tradición apostólica" ante unos textos tan claros como estos?:
"Dios creó al hombre, varón y mujer, a imagen suya... creced y multiplicaos" (Gen 1, 27-28).
"No es bueno que el hombre esté solo; voy hacerle una compañera" (Gen 2, 18).
Jesús no lo exigió a sus apóstoles, ni lo recomendaba:
"no todos entienden esta palabra, sino aquellos a quienes se le ha concedido..." (Mt 19,11-12).
Los apóstoles estarían casados. De Pedro nos consta por casualidad:
"La suegra de Simón Pedro estaba en cama con calentura..." (Mc 1, 30s).
San Pablo claramente dice que "no es ley del Señor":
- "Sobre las vírgenes no tengo precepto del Señor" (1 Cor 7,25).
Pablo da un criterio, en desuso por la ley celibataria, para elegir obispo:
- "que gobierne bien su propia familia y se haga obedecer de sus hijos con dignidad" (1Tim 3, 4).
Reconoce que es un derecho tan vital como el alimento y la bebida:
- "¿Acaso no tenemos derecho a comer y beber?, ¿acaso no tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles, incluyendo a los parientes del Señor y a Pedro?..." (1Cor 9,4-5).
- "Si no pueden sostenerse, que sea casen; más vale casarse que quemarse" (1Cor 7,9).
- "Supongamos que uno con mucha vitalidad piensa que se está propasando con su compañera y que la cosa no tiene remedio: que haga lo que desea, no hay pecado en eso; cásense. Otro, en cambio, está firme interiormente y no siente una compulsión irresistible, tiene libertad para tomar su propia decisión y ha determinado dentro de sí respetar a su compañera: hará perfectamente. En resumen, el que se casa con su compañera hace bien. y el que no se casa, todavía mejor" (1 Cor., 7, 36-38).
"El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos apostarán de la fe prestando atención a espíritus embusteros y a enseñanzas de demonios, valiéndose de la hipocresía de impostores marcados a fuego en su propia conciencia, que prohíben casarse y abstenerse de manjares que Dios creó..." (1Tim 4,1-3).
La ley impositiva actual es fruto del imperialismo eclesial
Nació formalmente en el segundo milenio. Fruto del imperialismo papal surgido al final del primer milenio, una de las épocas más tristes de la Iglesia. Gregorio VII (+1085), el que se atrevió a dictar el "Dictatus Papae", en que se autoproclamó señor absoluto de la Iglesia y del mundo, no tuvo reparos en imponer que toda persona que desea ser ordenada debe hacer primero un voto de celibato: "Los sacerdotes [deben] primero escapar de las garras de sus esposas" (1074).
Poco después, en 1095, el Papa Urbano II hace vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas y sus hijos abandonados. En el siglo XII, en 1123, el Concilio I de Letrán, a instancias del Papa Calixto II, decreta que los matrimonios clericales no son válidos. En 1139, el Papa Inocencio II logra que el Concilio II de Letrán confirme el decreto del anterior Concilio. Todo contrario al espíritu evangélico (Mc 10, 42ss y paral.).
¿Cuándo la Iglesia Católica reconocerá esta libertad del Espíritu Santo?
Muchas Confesiones cristianas rompieron esta ley inicua. ¿Cuándo lo hará la Iglesia católica? Pidamos al Espíritu Santo que haga presente pronto esta libertad. También la Iglesia "cuando se vuelva hacia el Señor, se quitará el velo. Ese Señor es el Espíritu, y donde hay Espíritu del Señor hay libertad" (2Cor 3, 16-17). Vincular ministerio y celibato no es obra del Espíritu. Es obra de la Ley. "Si os dejáis guiar por el Espíritu, no estáis bajo la Ley" (Gál 5, 18).

HUMANIZAR LA IGLESIA

col castillo

Entiendo que haya personas que, nada más que leer el título de este breve artículo, sientan un cierto recelo o quizá experimenten desconfianza o incluso un abierto rechazo. Porque a muchos de nosotros nos han educado en el convencimiento de que “lo humano” se contrapone a “lo divino”. Y eso, llevado hasta sus últimas consecuencias, desemboca –sin más remedio– en la idea fija de que “a más humanidad, menos divinidad”. O sea que “humanizar la Iglesia” equivaldría a robarle o recortarle su condición sagrada, sobrenatural y divina.
Sin embargo, me atrevo a decir que “humanizar la Iglesia”, no sólo es lícito, sino sobre todo es enteramente necesario y urgente. Si es que este asunto se piensa desde la fe y la mentalidad cristiana. Porque vamos a ver, según nuestras creencias, ¿qué es lo que hizo Dios para traer solución y salvación al mundo?
Los cristianos decimos que esa pregunta tiene su respuesta a partir del misterio de la Encarnación de Dios en Jesús. Lo que, traducido a un lenguaje más sencillo, quiere decir la Humanización de Dios en un modesto galileo que se llamaba Jesús el Nazareno. San Pablo lo explica diciendo algo muy fuerte: “Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos” (Fil 2, 6-7).
Desde hace más de diez años, me viene preocupando lo que esto entraña y representa. He publicado cuatro libros y cantidad de artículos sobre el tema. Ahora quiero dar un paso más, que me parece urgente y decisivo. Porque, si lo que acabo de indicar es indispensable para entender el cristianismo, ¿no va a ser tanto o más urgente y necesario para entender la Iglesia? Lo que equivale a hacerse esta otra pregunta, quizá más incómoda para algunos: Si Dios se rebajó y se humanizó, para traer salvación a este mundo, ¿por qué la Iglesia no se despoja también de sus rangos, dignidades y privilegios, de forma que de ella podamos decir que se ha humanizado? Y lo peor de todo es que, como sabemos (y con frecuencia), los “hombres de Iglesia” mantienen sus rangos, privilegios y dignidades a base de “deshumanizarse” en no pocos asuntos que tocan asuntos de los más fuertes que tenemos que afrontar los humanos. Por supuesto, Dios no es la religión. Ni Dios es la Iglesia. Pero, en todo caso, los caminos de Dios, de Jesús, ¿no tendrían que ser los caminos de la Iglesia?
Limpieza, obviamente, pero también, y, ante todo, misericordia a manos llenas; en especial, con los más sencillos y necesitados. ¿Por qué será esto así?

¡QUÉ FÁCIL ES CRITICAR, QUÉ DIFÍCIL CORREGIR!

col sicre

La formación de los discípulos
A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:
1. Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)
2. Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)
3. El desconcierto del discípulo:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)
De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2º, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3º, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).
La corrección fraterna
Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.
En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».
Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.
La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.
Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.
¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.
Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.
El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.
Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán
Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.
Los cuatro pasos en la Regla de la congregación
1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).
2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los "grandes" sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).
4) «El que calumnia a los "grandes", que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea (...) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad... que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).
Algunos castigos
«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año...»
«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»
«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»
«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.
«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los "grandes" será castigado treinta días».

martes, 5 de septiembre de 2017

La monja rapera que le cantará al Papa en Colombia

El camino de la vida....wmv

Los diez Principios de la Felicidad ~ Kwan Yin

El viaje de Abraham como modelo de un cristianismo inter y multicultural


Juan Pablo Espinosa Arce

El fenómeno actual de la migración, representa un desafío para los gobiernos, las ONG y también para la fe cristiana. El propósito del presente artículo es propiciar algunas reflexiones en torno a la necesidad de pensar un cristianismo inter y multicultural. La migración es una experiencia de cruces y entrecruces de culturas distintas que conviven en un determinado espacio. Para ello, asumiremos un motivo teológico específico, a saber, el viaje del patriarca Abraham el cual será definido como modelo de un cristianismo intercultural. La tesis central es que la coexistencia con otros grupos humanos, con los extranjeros, los migrantes, los distintos, no representa una amenaza. Al contrario, dicha convivencia está en la base misma de la Alianza que ofrece el Dios de Biblia, Dios de Abraham y Padre de Jesús. ··· Ver noticia ···

De los ultra católicos, ¡Líbranos, Señor!

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

1º) No ganamos para sustos. El otro día fue el padre Santiago Martín, ex TOR, (Tercera Orden Regular, de los franciscanos, y actualmente fundador de su propio grupo religioso), quien, en una homilía dulce y fraterna, arremetió contra la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, a la que casi colocó a la misma altura que a los verdaderos autores en la responsabilidad de los atentados de Barcelona y Cambrils. Tampoco se mostró excesivamente benevolente y misericordioso, como nos enseñó Jesús, en referencia a los musulmanes, y a sus actividades militares. Nadie piensa que un ultra católico, como Santiago, fuera a aplaudir a personas que han provocado tanto dolor, que, además, en nuestra opinión, no tiene ni justificación, ni explicación, ni utilidad nada positivo, y que es perfectamente inútil. Pero hay modos y modos de referirse a “nuestros enemigos”, y, para un cristiano, el modo exacto, como en todas las situaciones, laberintos, dudas, vacíos, y oscuridad, es el que nos enseñó el Señor Jesús: “amad a vuestros enemigos …; si amáis a los que os aman, ¿Qué merito tendréis? Eso también lo hacen los publicanos y pecadores.

Santiago, como todos nosotros, es un pecador, y se ha comportado como tal. Por eso me ha sabido tan mal la carta abierta de Christopher Hartley, un misionero de la diócesis de Toledo, dirigida a Santiago Martín, reproducida en Religión Digital, (RD), reprochando, y afeando, la actitud del arzobispo de Madrid, D. Carlos Osoro, del que afirma que “”Tu arzobispo no sólo no te ha defendido en público, sino que te ha corregido y humillado”.
La nota del obispado de Madrid no era, de ninguna manera, humillante, sí, correctora. Claro que la prosa de Christopher no se pasa en benevolencia y caridad, como podemos apreciar en esta frase de su misiva: “El arzobispado salió en defensa de dos alcaldesas impresentables, que continuamente ensucian con sus palabras y decisiones institucionales, todo lo que es sagrado, verdadero y justo”. Es hora de que alguien con autoridad explique a quienes se comportan públicamente como “talibanes” católicos que nadie tiene el secreto, ni siquiera la jerarquía de la Iglesia, de lo que es sagrado, verdadero y justo. Que tal vez nos hayan enseñado, de pequeños, que el Magisterio de la Iglesia era el dueño de todos los secretos de la vida, y de todas las verdades sobre lo bueno y lo malo. ¡También nos decían que a los niños los trae de Paris una cigüeña!, pero la vida nos hace crecer, y ¡ay de aquel que no sabe crear su propio acerbo de criterios, valores, y elementos de juicio. Además, los cristianos lo tenemos muy fácil: solo nos hace falta oír las Palabras de Jesús, y ver sus actitudes. Siempre me gusta recordar que el Señor, a los que más atizó con su Palabra de fuego, fue a los Sumos Sacerdotes, a los jefes de los fariseos, a los escribas, y a los senadores. Nunca se metió con publicanos, samaritanos, prostitutas, ¡ni siquiera con los romanos”, esos sí enemigos, y opresores, del Pueblo judío.
2º) Y hoy, otro sobresalto. Religión digital (R) publica una noticia que, a mí, me sobrecoge. El obispo auxiliar de Madrid, Martínez Camino, en claro desafío a la iniciativa y a las palabras del papa Francisco, de exaltar la figura de Lutero, y acudir, en Suecia, a los primeros fastos del 500º aniversario del inicio de la Reforma. De ésta, el obispo ¿jesuita? madrileño afirma que “la obra de Lutero tuvo dos graves efectos negativos contrarios a su intención, la ruptura de la unidad de la Iglesia latina, que se consumó con la creación de una aparato eclesiástico enfrentado a la Iglesia Católica, y la configuración progresiva del secularismo, de tal modo que la religión se quedó relegada a la esfera de lo privado”. He afirmado que esta opinión del obispo Camino me sobre coge porque no puede ser que en la misma Iglesia Católica la idea que un prelado tiene de Lutero sea contraria a la del Papa, que afirma sobe el mismo que fue “un testigo del Evangelio” y “un reformador en un momento difícil, puso la palabra de Dios en manos de los hombres”, cuya intención “era renovar la Iglesia, no dividirla”. Esta opinión es bastante más cercana a la de mi profesor de Historia de la Iglesia que la el ex portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE). MI profesor, P. Miguel Pérez del Valle, ss.cc. aseguraba que Lutero fue, con Agustín, Tomás de Aquino y Karl Barth, uno de los mayores genios religiosos del Cristianismo. Y el Papa, además, afirma algo fundamental, sobre la Reforma Luterana, y es que “puso la palabra de Dios en manos de los hombres”. ..
Esto es fundamental, y es la gran diferencia entre poner la Biblia al alcance de los hombres, como hizo Lutero, traduciendo, o promoviendo la traducción de la Sagrada Escritura al alemán, o perseguir al que la tradujese, o, simplemente, la leyese. El mayor agravio que la jerarquía católica ha hecho, a la vez, al Pueblo fiel, y a la Sagrada Escritura es pensar que su conocimiento podría ser malo para los creyentes, hasta llegar a torturar y condenar por esa lectura o conocimiento. En España hemos tenido ejemplos muy tristes, sangrantes y penosos de esa actitud. ¡Claro!, eso es coherente con el hecho de que la primera traducción bíblica permitida en nuestro país sucedió el año 1943, como quien dice, ayer. Pero estas cosas no parecen interesar ni tener importancia para el obispo Martínez Camino.

Luis Miguel Modino: “Ser misionero es estar entre los últimos, estar en las periferias del mundo”


Cameron Doody


“Nuestro papel es hacernos presentes entre aquellos que nadie se hace presente”
Luis Miguel Modino, misionero y periodista muy querido por los lectores de Religión Digital, vive y trabaja con comunidades indígenas en la frontera entre Brasil, Colombia y Venezuela. Si es que “trabajar” es la palabra mas adecuada para definir aquello a lo que ha dedicado su vida. Hacerse presente “entre aquellos que nadie se hace presente”: en esta entrevista describe mejor y en voz propia qué forma toman las luces y sombras de sus días en la Amazonia.
Hoy nos acompaña Luis Miguel Modino, misionero en Brasil. Bienvenido.
Muchas gracias. ··· Ver noticia ···

José María Pires, primer obispo negro de Brasil

Juan José Tamayo

Tamayo3El 27 de agosto falleció a los noventa y ocho años, setenta de sacerdocio y sesenta de episcopado, José María Pires, el primer obispo negro de Brasil que mantuvo una gran vitalidad intelectual y una intensa actividad teológica y pastoral hasta el final. Pertenecía a la generación de los grandes obispos latinoamericanos de la liberación: Helder Cámara, Paulo Evaristo Arns, Pedro Casaldáliga, Tomás Balduino, Aloisius Lorscheider, Antonio Fragoso, Manuel Larraín, Leónidas Proaño, Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz, Gerardo Oviedo Valencia, Oscar Arnulfo Romero, Enrique Angelelli, Juan José Gerardi y otros, a quienes José Comblín llama “los Santos Padres de América Latina”.

Ellos inauguraron un nuevo paradigma de Iglesia ubicada en la realidad latinoamericana: la Iglesia de los pobres, y una nueva manera de ser obispos más allá de la sola administración local y de la Iglesia local. Se caracterizaron por la libertad de pensamiento y de acción frente a los censores eclesiásticos, la denuncia profética de la opresión política y de la explotación económica, la persecución por parte de los poderes políticos, militares e incluso religiosos –El vaticano actuó con ellos como un verdadero detective-, la opción por las personas y los colectivos excluidos, el ecumenismo entendido como trabajo en común con otras iglesias y religiones en la lucha por la justicia, la defensa de los derechos humanos de las comunidades marginadas: negras, indígenas, campesinas, y la colaboración con los movimientos sociales.
José María Pires, llamado cariñosamente “Dom Pelé”, destacó por su lucha contra el racismo instalado en la sociedad y la Iglesia brasileñas, el reconocimiento de los derechos del campesinado y de las comunidades afrodescendientes de Brasil. Ejemplo de su compromiso con dichas comunidades es su libro La cultura religiosa afrobrasileña y su impacto en la cultura universitaria. Fue amigo de Helder Cámara, a quien consideraba maestro y con quien mantuvo una relación de complicidad en la lucha contra la injusticia, la denuncia de la dictadura militar y la afirmación de la dignidad de las mayorías populares. Eran llamados los “obispos rojos”.
Ordenado obispo en 1957, participó en el Concilio Vaticano II celebrado en Roma de 1962 a 1965 y puso en práctica la reforma conciliar en su diócesis de Paraiba, de donde fue arzobispo treinta años. Fue uno de los cuarenta obispos participantes en la reunión semi-clandestina que tuvo lugar en la Catacumba de Santa Domitila el 16 de noviembre de 1965. En dicho encuentro firmaron el “Pacto de las Catacumbas”, al que posteriormente de adhirieron más de quinientos obispos. En él se comprometían a renunciar a todo boato y a vivir pobremente, a renunciar a los símbolos de poder y a los privilegios y a utilizar signos evangélicos, a dar protagonismo a los laicos, a transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la justicia y a situar a los pobres en el centro de su actividad pastoral. Era la ejemplificación de la Iglesia de los pobres que defendió en Juan XXIII, pero no logró prosperar en el Concilio, el anticipo del cristianismo liberador que germinó en América Latina a través de las comunidades eclesiales de base con el apoyo del episcopado latinoamericano en la Asamblea de Medellín (Colombia) en 1968 y el germen de la teología de la liberación.
En 2013, ya nonagenario y con plena lucidez, firmó, junto con sus colegas los obispos brasileños Pedro Casaldáliga y Tomás Balduino, la Carta al Episcopado de Brasil en la que denuncian el secuestro del pueblo de Dios por el clericalismo, critican la estructura monárquica centralizada de la Iglesia, defienden la necesidad de des-occidentalizar el cristianismo como condición necesaria para que sea realmente universal, comparten la propuesta del papa Francisco de una Iglesia de salida a las periferias, se comprometen a hacer la caminada junto a los pobres, retoman la mística y la espiritualidad del Éxodo, apoyan la organización sinodal y participativa eclesial, reivindican los plenos derechos de las mujeres y apuestan por un nuevo Pacto de las Catacumbas. La firma de la Carta por monseñor Pires es su mejor Testamento.
Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Teologías del Sur. El giro descolonizador, que acaba de publicar la Editorial 

Yo sí tengo miedo

José Arregi


José Arregui1Me siento hermanado con la multitud que se manifestó el sábado pasado 27 de agosto en las Ramblas de Barcelona. Yo también soy Barcelona, soy Cataluña, pero soy incapaz de gritar su lema: “No tengo miedo”. Jo sí que tinc por.
Tengo miedo de quienes están dispuestos a morir matando para imponer su locura. Nunca lo conseguirán, pero podrán seguir provocando indecibles sufrimientos a innumerables inocentes. Apelan al Islam, pero niegan el Islam, religión de paz. Están llenos de odio y resentimiento, o simplemente desesperación, contra Occidente, contra su propia comunidad islámica, contra todo el género humano, contra sí mismos. No son muchos, pero son temibles, porque no tienen miedo –ellos no– de nadie y de nada, ni de matar ni de morir. Quienes no temen matar y morir son invencibles, más aún si no tienen nada que perder y creen tener de su lado a Dios o a Allah o la Verdad absoluta, y piensan ganar el paraíso matando y haciéndose matar.


Hay que defenderse de ellos. Pero ¿cómo hay que defenderse? Miro a todos los lados, y veo que quienes deben y pueden defendernos agravan el peligro. También a ellos los temo, sobre todo a ellos. Los yihadistas no nacieron fanáticos asesinos, con bombas en la cintura o fusiles y puñales en las manos, ni al volante de furgonetas mortíferas. No nacieron así ni se hicieron tales a sí mismos, aunque no por eso son, quiero decir han de llegar a ser, menos responsables. Todo tiene que ver con todo.
Temo a los imanes de Arabia Saudí, pues siguen enseñando que hay que entender y aplicar el Corán a la letra. ¿Por qué no también la aleya que ordena: “Matadlos [a los que se resistan al Islam] donde deis con ellos, y expulsadlos de donde os hayan expulsado” (2,191)? Temo al régimen teocrático saudí, que nombra, paga y controla a todos los imanes de su país y a otros muchos en todo el mundo. Imanes que siguen soñando e inculcando un califato medieval, dictatorial y religioso para vergüenza de su religión. Me da miedo que tantos millones de musulmanes, gente noble y pacífica, los sigan escuchando y creyendo. ¿Qué nos asegura que un día, en otras circunstancias, no pasarán a la yihad violenta “porque el Corán lo manda”?
Mientras los imanes y los regímenes que los sustentan no enseñen que todo el Corán son palabras humanas escritas hace 1400 años en otra cultura y que en el Libro solo es “divino”, más allá de la letra, el espíritu que nos sigue inspirando justicia, paz, tolerancia, igualdad de hombres y mujeres, mientras no cambie la lectura del Corán –o de la Biblia–, “mientras no cambien los dioses” o las religiones –incluida la de muchos obispos católicos que apoyan cadenas de televisión que difunden la islamofobia o impiden que la imagen de la divinidad hindú Gasnesha se encuentre con la imagen de María en el santuario patronal de Ceuta–, no bastará con perseguir yihadistas. La intolerancia y el exclusivismo llevan a la violencia.

Temo también a tantos gobiernos de países modernos y democráticos –España, por ejemplo– que se muestran tan celosos de las libertades y de los derechos humanos en Venezuela, celosos en el fondo de su petróleo, mientras rinden pleitesía a los gobernantes de Arabia Saudí, les venden armas, les construyen ferrocarriles y hacen pingües negocios. ¡Qué más da que allí se hubiera fundado y sigan aún financiando en buena parte el Estado Islámico, y prohibiendo a las mujeres conducir, encarcelando, torturando y condenando a muerte a los disidentes, y masacrando a Yemen desde hace dos años con nuestras armas? Los petrodólares valen más que los derechos humanos.
Temo a quienes quieren hacernos olvidar que el Estado Islámico nació de Al Qaeda y que Al Qaeda nació en Irak, tras la invasión americana promovida por el trío de las Azores: Bush, Blair y Aznar. Y aún produce escalofríos leer la declaración de Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad de Jimmy Carter: “Yo creé el terrorismo yihadista y no me arrepiento”.

Temo la política de los Estados Unidos y de la Unión Europea en Turquía, el Oriente Medio y el norte y el centro de África, donde se cumple la sentencia de Paul Valéry: “La guerra es una masacre entre gente que no se conocen, para provecho de gente que sí se conoce pero que no se masacran”.
El miedo es a menudo el mayor peligro, pero también una alerta necesaria para indagar las causas y buscar la verdadera solución.
(Publicado en DEIA y en los periódicos del Grupo NOTICIAS el 3-09-2017)

El miedo: enemigo de la alegría de vivir

Leonardo Boff


Leonardo Boff2Hoy en el mundo, y en Brasil, las personas están angustiadas por el miedo a asaltos, a veces con muertes, balas perdidas y atentados terroristas. Los realizados recientemente en Barcelona y Londres, provocaron un miedo generalizado, por más que haya habido demostraciones de solidaridad y manifestaciones pidiendo paz.
Yendo más al fondo de la cuestión, hay que reconocer que esta situación generalizada de miedo es la consecuencia última de un tipo de sociedad que ha puesto la acumulación de bienes materiales por encima de las personas y ha establecido como valor principal la competición y no la cooperación. Además ha elegido el uso de la violencia como forma de resolver los problemas personales y sociales.
La competición debe distinguirse de la emulación. La emulación es buena, pues trae a la superficie lo que tenemos de mejor dentro de nosotros y lo mostramos con sencillez. La competición es problemática, pues significa la victoria del más fuerte de los contendientes, derrotando a todos los demás, lo cual genera tensiones, conflictos y guerras.



En una sociedad donde esta lógica se hace hegemónica, no hay paz, sólo armisticio. Siempre existe el miedo a perder, perder mercados, ventajas competitivas, ganancias, el puesto de trabajo y la propia vida.
La voluntad de acumulación también produce ansiedad y miedo. Su lógica dominante es ésta: quien no tiene, quiere tener; quien tiene, quiere tener más; y quien tiene más dice: nunca es suficiente. La voluntad de acumulación alimenta la estructura del deseo que, como sabemos, es insaciable. Por eso, necesita garantizar el nivel de acumulación y de consumo. De ahí resulta la ansiedad y el miedo a no tener, a perder capacidad de consumir, a descender en status social y, por fin, a empobrecerse.

El uso de la violencia como forma de solucionar los problemas entre países, como se mostró en la guerra de Estados Unidos contra Irak, se basa en la ilusión de que derrotando al otro o humillándolo conseguiremos fundar una convivencia pacífica. Un mal de raíz, como la violencia, no puede ser fuente de un bien duradero. Un fin pacífico demanda igualmente medios pacíficos. El ser humano puede perder, pero jamás tolera ser herido en su dignidad. Se abren heridas que difícilmente se cierran y sobra rencor y espíritu de venganza, humus alimentador del terrorismo, que victima tantas vidas inocentes como lo hemos visto en muchos países.

Nuestra sociedad de cuño occidental, blanca, machista y autoritaria ha elegido el camino de la violencia represiva y agresiva. Por eso anda siempre metida en guerras, cada vez más devastadoras, como en la actual Siria, con guerrillas cada vez más sofisticadas, y con atentados cada vez más frecuentes. Detrás de tales hechos existe un océano de odio, amargura y deseo de venganza. El miedo flota como un manto de tinieblas sobre las colectividades y sobre las personas individuales.
Lo que invalida el miedo y sus secuelas es el cuidado de unos a otros. El cuidado constituye un valor fundamental para entender la vida y las relaciones entre todos los seres. Sin cuidado la vida no nace ni se reproduce. El cuidado es el orientador previo de los comportamientos para que sus efectos sean buenos y fortalezcan la convivencia.


Cuidar a una persona es involucrarse con ella, interesarse por su bienestar, sentirse corresponsable de su destino. Por eso, todo lo que amamos también lo cuidamos y todo lo que cuidamos también lo amamos.
Una sociedad que se rige por el cuidado, cuidado de la Casa Común, la Tierra, cuidado de los ecosistemas que garantizan las condiciones de la biosfera y de nuestra vida, cuidado de la seguridad alimentaria de cada persona, cuidado de las relaciones sociales para que sean participativas, equitativas, justas y pacíficas, cuidado del ambiente espiritual de la cultura que permite a las personas vivir un sentido positivo de la vida, acoger sus limitaciones, el envejecimiento y la propia muerte como parte de la vida mortal, esta sociedad de cuidado gozará de paz y concordia necesarias para la convivencia humana.


En momentos de gran miedo, ganan especial sentido las palabras del salmo 23, aquel de “el Señor es mi pastor y nada me falta”. El buen pastor asegura: “aunque pases por el valle de sombra de la muerte, no temas porque yo estoy contigo”.
Quien logra vivir esta fe se siente acompañado y en la palma de la mano de Dios. La vida humana gana ligereza y conserva, incluso en medio de riesgos y amenazas, una serena jovialidad y alegría de vivir. Poco importa lo que nos suceda, sucede en su amor. Él sabe el camino y lo sabe bien.


* Leonardo Boff es articulista del JB online y ha escrito El Señor es mi pastor: consuelo divino para el desamparo humano, Sal Terrae 2005.
Traducción de Mª José Gavito Milano

lunes, 4 de septiembre de 2017

El Papa pide que las parroquias no sean “oficinas funcionales” sino lugares “en contacto con el pueblo”


Cameron Doody

Papa Francisco7“Tienen que ser casas donde la puerta esté siempre abierta”, afirma
“Se trata de dejar que Jesús salga afuera con toda la alegría de su mensaje”
“Casas donde la puerta esté siempre abierta”, y de ninguna de las maneras “oficinas funcionales”. En la edición de septiembre del Vídeo del Papa, Francisco ha pedido así que los templos católicos estén “en contacto con los hogares, con la vida de la gente, con la vida del pueblo”.··· Ver noticia ··

Mensaje conjunto del Papa y el patriarca de Constantinopla por la defensa de la naturaleza


Jesús Bastante

Papa Francisco7Francisco y Bartolomé, a los líderes mundiales: “Respondan a la súplica de millones de personas”
Denuncian un “escenario moralmente decadente” con “consecuencias trágicas y duraderas”
“No respetamos ya la naturaleza como un regalo compartido; por el contrario, la consideramos una posesión privada. Ya no nos relacionamos con la naturaleza para sostenerla, sino que la dominamos para sostener nuestras propias invenciones”. El Papa Francisco y el patriarca Bartolomé han publicado un mensaje conjunto con motivo de la celebración, hoy, de la II Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación.··· Ver noticia ··

Elogio de la transparencia


José M. Castillo, teólogo

Castillo2Según el Diccionario de la RAE, el término “transparencia” se deriva del adjetivo “transparente”, que, en sentido figurado, indica lo que es claro y evidente.
Esto supuesto, siempre me ha llamado la atención la enseñanza insistente de Jesús en los evangelios sobre la importancia de la transparencia en nuestras vidas, especialmente en la vida de los cristianos. Así como la necesidad de evitar el ocultamiento de tantas cosas, que no queremos en modo alguno que se sepan.
Debo advertir, ante todo, que el problema, que se nos plantea a los cristianos con el tema de la transparencia, no es simplemente el problema de la sinceridad, sino algo mucho más serio. Lo que está en juego, cuando se trata de este asunto, es el problema de nuestra autenticidad. Un cristiano auténtico es una persona transparente. Y si no lo es, por el motivo que sea, es que deja de ser cristiano. Así de serio y de fuerte es el tema y el problema de la transparencia, en el caso del que dice que cree en Cristo y que, por tanto, es cristiano a carta cabal. Si no es transparente, con las creencias y las observancias religiosas, eso no basta.
¿Por qué digo esto? Jesús afirma que los cristianos somos “la luz del mundo” (Mt 5, 14). La luz no se enciende para ocultarla, sino para que la vean todos. Para que vean, ¿qué? “Vuestras buenas obras” (Mt 5, 16). Es decir, vuestra conducta. Con lo que Jesús viene a decir: que no tengáis nada que ocultar en vuestra vida. O sea, que vuestra vida entera sea transparente.
Por esto precisamente, lo curioso y extraño es lo que el mismo Jesús afirma que los cristianos tenemos que ocultar. ¿Nuestra honradez y nuestra bondad? No. Eso lo ve todo el mundo. Lo que tenemos que ocultar son las limosnas que damos (Mt 6, 2-4), los rezos que hacemos (Mt 6, 5-6) y los ayunos o privaciones piadosas que nos impongamos (Mt 6, 16-18). O sea, es justamente lo contrario de lo que tantas veces se hace en la Iglesia. La honradez y la honestidad pisoteadas, se tapan todo lo posible. Porque “los trapos sucios de la madre-Iglesia) se lavan en casa”, no se airean. Y con este argumento, tan poderoso y “evangélico”, se han ocultado, durante siglos, auténticos delitos, que a veces no podemos ni imaginar.
No me quiero hacer pesado. Pero hay un hecho que no me puedo callar. Cuando el evangelio de Juan relata la pasión del Señor, nos recuerda que el sumo sacerdote le preguntó a Jesús qué era lo que había enseñado (“tes didachês autou”) (Jn 18, 19), la respuesta de Jesús fue inmediata y contundente: “ego parresía leláleka tô kósmo”, “He hablado abiertamente al mundo” (Jn 18, 20). La clave es el término “parresía”, que es la libertad para decir todo (“pan, rêsis”). Es la libertad de la que gozan los ciudadanos libres (Demóstenes, Or 111, 3 s). O sea, decir todo lo que hay que decir. Y decirlo con total libertad, sin callarse nada. Es lo que hacían los primeros cristianos de Jerusalén cuando recibían el Espíritu (Hech 4, 28. 31).
Donde no hay plena transparencia no puede estar presente y operante el Espíritu de Dios. Ni, por tanto, en un ambiente así puede estar presente el Evangelio de Jesús. Ni su Iglesia verdadera. Es más, solamente donde se vive este ideal o se lucha por conseguirlo, es posible afirmar con verdad que se ama a la Iglesia, y se sufre por ella y para ella.

Viaje al liderazgo de servicio


Gabriel Mª Otalora

Leo que el personaje de Anne Perry, Melisande, le suelta al inspector Runcorn: “No deseo que se me proteja de la vida. Tal como lo veo, eso hace que nos perdamos buena parte de las cosas buenas, y las malas darán con nosotros de todas maneras. Cuando menos, la sensación de vacío. Creo que se preferiría comer algo desagradable de vez en cuando a perecer de inanición sentada a la mesa por miedo a probar la comida”. Esta actitud experimental y proactiva ante la vida me recuerda que dos terceras partes de las habilidades del desempeño laboral “estrella” descansan en las competencias emocionales, mientras que el tercio restante se basa en habilidades cognitivas o técnicas.
Estas conclusiones coinciden con otros muchos estudios en la misma dirección que señalan al miedo como uno de los grandes frenos de nuestro desarrollo aunque sepamos por experiencia que lo de siempre no funciona; que el liderazgo “de siempre” no funciona. No en vano, los escandinavos centran el liderazgo en la disponibilidad y en el desarrollo de personas, remarcando la importancia de ejercer la autoridad como un servicio. Que hasta para entenderse en el diálogo empresarial y en los equipos de trabajo intervienen todos los aspectos de la inteligencia: los intelectuales y los afectivos; las expectativas, el deseo de hacerse querer, los fracasos, los mecanismos de defensa; el deseo de saber, la comunicación no verbal, los condicionantes del carácter y los miedos a probar otras cosas
El término “liderazgo de servicio” fue acuñado por Robert Greenleaf, en 1970. La idea, según este emprendedor, surgió de la lectura de la novela Viaje a Oriente, de Herman Hesse. Narra la historia de un grupo de viajeros que emprenden un viaje mítico acompañados por un sirviente que realiza las tareas que parecen poco importantes. La presencia de este sirviente ejerce un gran impacto en el grupo que solo se verá el alcance cuando aquél desaparece, y descubren que era el verdadero líder, el que les guiaba con sus cuidados desinteresados.
¿Y si el liderazgo eficaz fuese efectivamente un servicio? Resulta un error confundir bondad con debilidad. También lo es actuar como si los principios de la autoridad y del poder descansan en los mismos pilares. Nos atrae más la imagen de superman o superwoman cuando la realidad es otra: el auténtico Superman solo existe cuando veíamos al actor Christopher Reeve batallando como un superhombre frente a su enfermedad en una silla de ruedas. Luchamos para ser fríos y pensar correctamente; o para echar mano del corazón y hacerlo más profundamente. Pero en el fondo, el servicio es una actitud de vida que no precisa de esta tensión entre analizar los problemas en ambos estados: pensar con frialdad y con profundidad. (Los antiguos persas, por si acaso, debatían todas las cosas dos veces: una, cuando estaban borrachos; y otra a la mañana siguiente, cuando estaban sobrios).
Gracias a estos líderes y lideresas que abundan calladamente entre nosotros, la realidad social, empresarial y familiar es mejor de lo parece a primera vista. Se habló en su día del impacto del trabajo silencioso de las mujeres africanas y su enorme aportación al IPC de África. Creo que ahora debiera contabilizarse impactos similares de muchas mujeres y hombres, bien cerca nuestro, que con su capacidad de servicio transforman para bien grandes espacios degradados de convivencia. Yo me acuerdo de algunas monjitas que atendían a los sidosos moribundos cuando nadie les quería, ayudándoles a morir, confortados y llenos de cariño. Ahora lo hemos visto en mucha gente actuando en medio de la tragedia de Barcelona y Cambrils. Vaya desde aquí mi admiración en estos tiempos recios hacia tantas personas que hacen de su vida un mundo mejor para quienes les rodean, y lo hacen con la inteligencia y el arrojo necesarios. Sus actitudes nada serviles ni calculadas son el liderazgo maduro que necesitamos más que nunca entre nosotros, y a todos los niveles.

Guerras de hoy, ¿guerras de siempre?


Óscar Mateos

[El Ciervo]
La guerra es una continuidad histórica. Numerosos autores han insistido en la idea de que, en nuestra historia moderna, no ha existido ni un solo día en el que el planeta no haya estado sufriendo el impacto de un conflicto armado. No obstante, la naturaleza de las guerras, la forma en que estas se llevan a cabo, el número de conflictos, las causas de fondo que las explican, e incluso las tácticas de guerra han ido cambiado substancialmente en los últimos tiempos.··· Ver noticia ·

Llegaremos a tiempo? Retrospectiva del debate ecológico de este curso


ECOLOGÍAUna mirada al debate ecológico este curso nos pone de relieve la importancia y centralidad que vamos dando a un tema crucial como éste. No son pocas las alarmas que se van encendiendo entorno a una cuestión, relegada históricamente en las decisiones políticas, y que toma cada vez más centralidad en los discernimientos futuros sobre cómo debe organizarse la civilización humana. Sí, vivimos una crisis de civilización, no hay duda, y quizás llegamos tarde para poner freno al primer síntoma de esta crisis: el cambio climático.··· Ver noticia ··

Vicepresidente de los hindúes de Ceuta Premi Mirchandani: “Estamos dolidos y hundidos

”

Zornoza“Voy a pedir que el obispo se disculpe ante los hindúes de Ceuta, de España y del mundo entero”
(Premi Mirchandani, vicepresidente de la comunidad hindú de Ceuta).- Señor director: Ceuta es una ciudad donde convivimos 4 religiones diferentes, cristiana, musulmana, hebrea e hindú. Yo, concretamente soy Hindú, nacido en Ceuta. Mi abuelo fue el primer hindú que llegó a Ceuta, y mi padre, el primer niño que llegó a esta bella ciudad.··· Ver noticia ··

sábado, 2 de septiembre de 2017

Sobre el repetido, y cansino, tema de la interpretación del capítulo 8º de la “Amoris Laetitia”


Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Dudas sobre el Magisterio eclesiástico

He leído hoy un intenso, y larguísimo artículo de monseñor Victor Manuel Fernández, arzobispo y rector de la UCA, (Universidad Centro Americana) presentado por José Manuel Vidal, director de Religión digital, (RD) con el título sugerente “El Capítulo VIII de la Amoris Laetitia, lo que queda después de la tormenta”, el sobre título “Propone un paso adelante, que implica un cambio en la disciplina vigente”, y un sub Título “Amoris laetitia da lugar a un cambio, que no implica contradicción con la enseñanza anterior”. Se trata de un verdadero ensayo, corto, pero sobrepasa nítidamente las dimensiones de un articulo de blog, por ejemplo. Me gustaría hacer un extenso, y profundo comentario del mismo, pero me temo que iría a cansar, y hasta aburrir, a mis lectores. Que no suenen mis palabras a menosprecio, o injusta valoración de la investigación, que supone, y la claridad con la que está expuesto.


Pero procuraré, sin faltar al respeto, ni poner en duda, de ningún modo, la categoría teológica y pedagógica de Victor Manuel, presentar mi dudas y peros a este tipo de argumentación clerical, que tanto se prodiga, ¡todavía!, en la Iglesia. Iré tomando, sin compromiso de orden lógico, ni, mucho menos, de estudio de la totalidad, diversos puntos que me parecen interesantes de considerar, desde el lado de la crítica, poniéndome, como decían en los debates medievales, y recuerda Tomás de Aquino, en sus Sumas filosóficas y teológicas, en el lado de los “adversarii”, que ayudaba mucho la metodología de la exposición.
Se pueden hacer cambios que no impliquen contradicción con el magisterio eclesiástico anterior. Me parece superflua esta preocupación, en mi opinión absolutamente innecesaria, porque como el mismo autor recuerda, ha habido multitud de casos en los que se ha dado esta contradicción entre enseñanzas, muy separadas en el tiempo, o no tanto, en otras ocasiones. La teoría de “Las dos espadas”, de la Bula “Unam Santam”, de Bonifacio VIII, (Noviembre de 1302), sobre la distribución y jerarquía del poder en el mundo. Habría dos poderes fundamentales, el espiritual y el temporal, o civil, o político, quedando éste subordinado al espiritual, que ostentaría el Papa, por disposición divina. No hace falta recordar cómo le llovieron las críticas por ese documento, y de los delitos eclesiásticos de que fue acusado.(Aprovecho para recordar que en la Edad Media, y todavía los más conservadores en la Iglesia mantienen esa práctica, muchos teólogos y canonistas, abusaban de la expresión “iure divino”, por derecho divino, que, como suelo afirmar con cierta dosis de humor irónico, desconozco, porque nunca lo han dicho, de donde sacan esas certezas de que Dios haya establecido, con su autoridad, ciertos derechos. El evangelio de hoy, 2º Domingo del tempo ordinario, de Mateo, 16, 20-30, echa por tierra de manera implacable, esa pretensión arrogante de conocer, sin más, los secretos de Dios, dejando bien claro que, en ocasiones, se pueden hacer, o decir, barbaridades.
Éste es le tema que iba a tratar hoy, pero se me ha interpuesto el artículo que he mencionado). La insistencia con la que nos enseñaban, antes de la reforma litúrgica de Pío XII, y del Concilio Vaticano II, y la exigencia implacable con la que obligaban a tiernos infantes a soportar la sed desde la doce de la noche hasta la comunión eucarística, y a los misioneros que cubrían a caballo grandes regiones en América o África, para cumplir ese ayuno al decir misa en grandes extensiones, nos demuestra que se trataba de una disciplina litúrgica a la que se daba muchísima importancia, y luego cambió. O la saña con la que el papa Pío IX (1864), en el Syllabus condenaba la libertad religiosa como uno de los principales y más nefastos errores. Por estos, y muchos más casos, considero que no debíamos de tener tantos miramientos al reconocer que la doctrina, ¡gracias al buen Dios!, como se dice en Brasil, va cambiando, de acuerdo con la expresión bíblica “Dios hace nuevas todas las cosas”.
No es prudente caer otra vez en la casuística, aunque se trate de otra más argumentada y razonada. En mis años de estudio de Teología, en las mercuriales que hacíamos a imitación de las famosas discusiones de la universidad dela Sorbona, estudiábamos casos de moral, para avezarnos en los laberintos que podríamos encontrar, después, en el confesionario. Se trataba de “casuística” pura, y dura. en el artículo que estoy comentando se emplea otra más fina, más “¡intelectual” y teológica, pero muy poco bíblica, como suele suceder entre los profesionales del ramo. Dilucidar a estas alturas de pecado objetivo, pecado subjetivo, y condiciones que pueden modificar, atenuar o agravar esas condiciones, es, a estas alturas, ejercicio de entrenamiento de la razón en una tarea absolutamente inocua y estéril. Los divorciados de hoy, o separados, excepto unos poquísimos, no tienen, en general, conciencia de pecado. Solo son conscientes de que algo anormal sucede por la interferencia clerical, y el ruido que el tema provoca, que llega a la prensa generalista, en el caso de que intervengan altos prelados, como esos cardenales prepotentes que pretendían montar una especie de examen de ortodoxia al papa Francisco.
Y sobre el pecado mortal (¿Pecado mortal?, ¿Puede haber algo más fuerte que el amor de Dios y su misericordia que sea capaz de matar su Gracia, que no sufre alteraciones, sino que es contante y continua? ¿Es que Dios retira su Gracia como si fuese una cosa, que te dan y te la quitan? Por eso hay autores de Teología moral actuales que prefieren, antes que esa expresión letal, la de pecado grave. No es lo mismo faltar a la caridad haciendo un pequeño desprecio a un amigo, que darle una puñalada. Esta terminología la entienden todos). Y sobre la prudencia, y hasta el miramiento que hay que usar para hablar de pecado mortal, lo afirma y corrobora el mismo Tomás de Aquino, que afirma que “de pecado mortal hay que hablar con mucha dificultad”. Desde luego da a veces la impresión de que es sano, y, para algunos, hasta necesario, lo que nos enseñan en los estudios. Para que hubiera pecado mortal se necesitaba, recuerden, tres cosas, de las que solo la primera resultaba fácilmente factible: 1ª), materia grave (un homicidio, un traición gorda, una mentira que arruinase la vida de alguien, etc.); 2ª), compresión perfecta, no al 95%, sino al 100%); y, todavía más complicada, 3ª), consentimiento pleno, sin fisuras, sin la más mínima vacilación o duda?. ¡Que razón tenía el gran Tomás, qué difícil es cometer un pecado mortal! Además, este lenguaje es clerical, no de Jesús, que como titulaba un cura madrileño, cuyo nombre no recuerdo, en tiempos del Vaticano II, “Jesús, ¡gracias a Dios!, no era cura”.

¿Por qué tanto empeño en interpretar las palabra del Papa, y tan poco, ¡ningún interés!, en obedecer las órdenes del Señor Jesús? Voy a decirlo en pocas palabras: en la institución de la Eucaristía Jesús empleó cuatro, ¡4!, imperativos, que vienen a constituir uno de los tres mandamientos del Señor: tomad, comed, bebed, haced esto en memoria mía. No son consejos o invitaciones, son imperativos, y constituyen, junto con “id por el mundo entero anunciando mi Evangelio”, y “amaos unos a otros como yo os he amado”, uno de los tres mandamientos específicos del Maestro. -¡Que no olviden los intérpretes, (el Papa es de los pocos, que, valientemente, no lo olvida), ni los cardenales díscolos, ni los obispos que sospechan de Francisco, ni los moralistas profesionales, ni los que “colocan pesadas cargas en los hombros de los demás, y no mueven un dedo para ayudarles a soportarlas y llevarlas”, que no olviden, digo, que Jesús, además de dar a Judas, uno de los primeros, el pan de su cuerpo, no puso cortapisas, como hacen esos moralistas, para los seguidores de Jesús. La única actitud que se necesita es una verdadera fe, y una voluntad decidida de seguir las palabras y los mandatos del Señor. No es el pecado el que impide la comunión, sino la “indignidad” (muy mal entendida por moralistas que entienden poco de exégesis) de comulgar sin discernimiento, por el qué dirán, o por motivos fútiles. Muchas veces los clérigos olvidamos que los pecadores son predilectos de Dios, como demostró su hijo Jesús, el Dios encarnado

(Nota: de este tema he escrito varias veces en este blog. Pero podéis buscar el artículo titulado “No estoy de acuerdo con José María Castillo, ese gran teólogo”, del 31 de agosto de 2015)

(Por si lo queréis publicar, os mando también el artículo del año 2015 que cito en el artículo de hoy)
No estoy de acuerdo con José María Castillo, ese gran teólogo
Antes de comenzar quiero hacer dos aclaraciones: 1ª), sé que puedo parecer petulante, pero a mis casi 74 años, -los cumplo el cinco de octubre-, 56 de profesión religiosa, y 46 años de cura, no voy a ponerme a pensar en los títulos, o fama, o grandezas, de quien discrepe, antes de expresar mi opinión. Además, me consta que Castillo haría lo mismo que yo. 2ª), mi discrepancia se reduce, en estas líneas, al artículo aparecido en Redes Cristianas, en las que yo también colaboro fecuentemente, con el título “El Papa puede admitir a la eucaristía a los divorciados vueltos a casar” (José M. Castillo, teólogo). Y mi pregunta, y el nudo gordiano de mi artículo es, “¿Por qué el Papa, o alguna conferencia Episcopal, o algún obispo, y no cualquier párroco, o vicario parroquial?, como ya se está haciendo, hace tiempo, en mi caso desde el año 1970, en el que dio inicio mi pastoral en Brasil. En este tema estoy más de acuerdo con el padre Arregui, en artículo de Redes con la misma fecha.
Cada vez me reafirmo más en que las cosas se ven mejor, como decían los teólogos de la Teología de la Liberación, desde la calle, desde las casitas minúsculas entre la gente, desde las favelas, que en los cómodos despachos de los teólogos europeos, con calefacción, en invierno, aire acondicionado, en verano, y suaves vistas, de preferencia a un lindo parque. Nuestro Ronaldo Muñoz, ss.cc., de Chile, se fue a vivir a una casita de la periferia, para inspirarse mejor, y más realmente, en su profunda meditación bíblico-teológica. Así que a los que sacamos nuestra inspiración profética donde se encuentra, como los antiguos profetas, en medio del pueblo, de sus sinsabores, miserias, alegrías y pequeños triunfos, nos choca muchísimo cómo se complican la vida los teólogos profesionales, con sus continuos, y para nosotros, innecesarios guiños, a la autoridad eclesiástica y al Magisterio.
He preguntado “por qué el Papa o los obispos”, y la siguiente pregunta es más clara e incisiva: ¿Es que pueden éstos, a pesar de su ministerio tan alto, corregir, censurar, o mejorar, no solo las enseñanzas de Jesús, sino en el caso de la comunión, sus mandatos imperativos? He repetido ya un buen número de veces, pero parece que no tengo el suficiente peso para que se recuerde, que en lo que llamamos, con nuestra jerga clerical, la institución de la Eucaristía, expresión que ni se le ocurrió, ni podría suceder, al Señor, usó no uno, ni dos, ni tres, sino cuatro imperativos, es decir, dio cuatro órdenes: tomad, comed, bebed, hace esto en memoria mía. Las pronunció en un contexto festivo, alrededor de la mesa, y todavía serían mas fuertes esas órdenes si se pudiera afirmar, taxativamente, que lo hizo en un contesto ritual-pascual.
La donación de su cuerpo y su sangre es, directamente, hecha a los que quieren seguir a Jesús. Es decir, a los que se sienten discípulos y seguidores del Maestro de Nazaret. Éste no puso trabas ni condiciones a sus órdenes: a no ser que hayan fracasado en su matrimonio, y lo hayan intentado rehacer, o hayan cometido un pecado mortal, o, por el motivo que sea, su superior clérigo le haya prohibido, en contra de las palabra del Señor, acercarse a cumplir su mandato. ¿nos imaginamos a Jesús haciendo esas salvedades, o aceptando un pensamiento clerical-religioso, Él que fue, justamente, el azote de la Religión? Además, en sí, no sé por qué se tiene que unir teológica y pastoralmente, el divorcio, con la participación en el banquete fraterno de la Eucaristía. Separemos lo que no tiene por qué estar unido, y aclararemos mejor al pueblo de Dios sus derechos, y, en el caso de la Eucaristía, sus obligaciones. (Ya comenzó muy mal el Lateranense IV cuando, para incitar a la recepción de la Eucaristía, estipuló la obligación de comulgar una vez al año. Ahí comenzó, para clero, y el pueblo, toda la confusión. Y después vino aquel horror de misas de comunión y misas solemnes, sin que ningún clérigo conspicuo cayera en la cuenta, y alertara a todos, de semejante aberración. Etc., etc. Hay mucho tema que aclarar).