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miércoles, 13 de febrero de 2013

La corrupción y las intrigas derrotan a Ratzinger Juan G. Bedoya

La dimisión se lleva rumiando tres años
En la papolatría al uso, suele creerse que el Papa es más pequeño que Dios pero más grande que el hombre. La consecuencia es pensar que nadie hay más poderoso que el Pontífice romano, y que para apuntalar a la Iglesia católica hay que glorificarlo sin pausa. Roma locuta est, causa finita est, se decía en la Edad Media, cuando todos los eclesiásticos sabían latín y daban por sentado que lo que se había decidido en Roma era un asunto concluido.
El obispo de Roma ya era el sucesor del emperador Constantino, y no del pobre y analfabeto pescador Pedro. Hoy todo ha cambiado, sobre todo en la Curia (Gobierno) de Roma, donde anidan todos los poderes de esa poderosa confesión. Lo ha sufrido Benedicto XVI, que ayer se declaró vencido. Su dimisión la llevaba rumiando desde hace tres años, si se toman al pie de la letra sus declaraciones al periodista alemán Peter Seewald, de marzo de 2010. Dijo entonces: “Si el Papa llega a reconocer con claridad que no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho y, en ciertas circunstancias, también el deber de renunciar”.
El todavía papa Ratzinger lleva años enfermo y débil, pero no dimite por ninguna de esas dos razones. Lo hace porque las circunstancias le hacen sentirse incapaz de cumplir con su oficio. Se va derrotado por el cargo. “Apacible pastor rodeado de lobos”, según expresión del periódico de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, y, al frente de una organización “devastada por jabalíes” (en sus propias palabras), su gestión es un rosario de decepciones.
Por empezar por el asunto más grave, el de la pederastia, Benedicto XVI llegó con la orden de apartar de sus cargos a los encubridores, pero han pasado los años sin haberlo logrado. Hace apenas una semana, la archidiócesis de Los Ángeles ha despojado al cardenal Roger Mahony de toda su actividad pública después de que la Iglesia se viera obligada a hacer públicos los documentos que prueban que el cardenal encubrió a los curas que abusaron de menores trasladándolos de parroquia en parroquia y evitando que acudieran a terapia para que los psiquiatras no pudieran alertar a las autoridades. Fue en 2007 cuando se acordó que la Iglesia de Roma iba a entregar esos documentos, donde constan 500 víctimas de abusos e indemnizaciones por 660 millones de dólares (494 millones de euros). La mano derecha de Mahony, Thomas Curry, también ha tenido que renunciar a su cargo al frente de la Iglesia en Santa Bárbara (California) tras saberse que en los expedientes queda claro que protegió a los abusadores junto al cardenal.
Ratzinger lleva años enfermo y débil, pero no dimite por ninguna de esas dos razones
La resistencia a cumplir sus órdenes ha debido doler de forma especial al anciano Ratzinger, porque llegó al cargo con la promesa de actuar con energía. En 2005, los cardenales tomaron pronto la decisión sobre el sustituto de Juan Pablo II. La Iglesia estaba sumida en una grave crisis de prestigio, y la solución exigía conocimiento del problema y mano firme. Ratzinger era el hombre. Había sido hasta entonces presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio de la Inquisición) y había presentado su candidatura en un vía crucis con rezos que parecían un programa de gobierno. En la novena estación, Ratzinger clamó: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar entregados al Redentor! ¡Cuánta soberbia! Kyrie, eleison. Señor, sálvanos”.
Ocho años más tarde, el clamor por la suciedad continúa. “Esa gran crisis afecta al sacerdocio, que apareció como un lugar de vergüenza. Cada sacerdote se vio de pronto bajo sospecha”, volvió a decir en 2010. Se une ahora el escándalo del espionaje (Vatileaks); los enfrentamientos entre cardenales con poder y la resistencia a hacer cumplir sus órdenes, incluso en torno a la depuración de los Legionarios de Cristo, cuyo fundador, Marcial Maciel, se movió durante décadas como pez en el agua por Roma.
Las denuncias contra Maciel llegaron a la mesa del Papa polaco durante años. También las conocía el alemán Ratzinger. Las despreciaron. Maciel llenaba estadios de fútbol en los viajes del líder católico. Aquella protección ensombrece la beatificación de Juan Pablo II y ha amenazado la credibilidad de Ratzinger, elegido papa en 2005 y que no tomó medida alguna contra los Legionarios hasta mayo de 2006.
Suele decirse que ni Juan Pablo II ni Ratzinger supieron de las correrías de Maciel. No es verdad. La primera demanda contra el fundador legionario la presentaron en Roma siete de sus víctimas en 1998, pero los abusos sexuales del fundador legionario ya habían sido investigados entre 1956 y 1959 y durante todo ese tiempo vivió expulsado de Roma.
Las denuncias contra Maciel por pederastia llegaron a la mesa del Papa polaco durante años
Benedicto XVI se ha enfrentado, además, a sus seguidores más acérrimos, los conservadores. No es que se haya convertido de pronto a la modernidad, pero su idea de que “la Iglesia no debe esconderse” le permitió abordar asuntos que otros prelados consideran vedados. Un ejemplo fue el de los preservativos. Benedicto XVI es partidario de su uso “en algunos casos”. Sorprendidos, la idea fue matizada hasta por los obispos españoles. El Papa, seguro de sí mismo, zanjó la polémica con la afirmación de que lo dicho por él “no necesita aclaraciones”.
El último incidente es de la semana pasada, cuando el arzobispo Vincenzo Paglia, presidente del Pontificio Consejo de la Familia, defendió la familia tradicional, reconociendo, sin embargo, derechos para las parejas de facto, homosexuales o no. Al día siguiente fue obligado a rectificar, pese a creerse que lo dicho antes contaba con la idea papal de dejar que el poder civil arregle los problemas de derechos humanos que no puede resolver la doctrina católica. “El legislador debe responder a exigencias que antes no existían”, había proclamado el mismo día el cardenal Rino Fisichella, responsable del ministerio papal de nueva creación con el nombre de Nueva Evangelización.
Nunca pudo librarse Ratzinger de su pasado como gran inquisidor romano. Desde la izquierda eclesial —sobre todo entre los teólogos y sacerdotes de las iglesias populares— , se le ha tenido siempre como un conservador, inflexible en la ortodoxia, y como un freno a medidas innovadoras, pero tampoco la derecha le ha comprendido, acusándole de ser demasiado débil.
Benedicto XVI deja el pontificado con un legado doctrinal mediocre si se tiene en cuenta que está considerado por sus admiradores como uno de los grandes teólogos contemporáneos. Ha escrito tres encíclicas, de las que destaca la última, de 2009, que títuló Caritas in veritate, sobre el desarrollo de los pueblos y las desigualdades sociales, todo ello al principio de la actual crisis económica.
Su segunda encíclica, de 2007, Spe salvi, recuerda a los cristianos que “solo puede ser Dios” el que funde la esperanza en la vida eterna, capaz de resistir “a pesar de todas las desilusiones”. Añade que “la ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo” pero también tiene la capacidad de “destruir al hombre y al mundo”.

Hans Küng: “Los cardenales no van a elegir a un Gorbachov católico”

El teólogo no cree que el próximo papa sea reformista
“Benedicto ha nombrado muchos cardenales conservadores”
El teólogo disidente suizo Hans Küng no tiene esperanzas de que en el próximo cónclave salga elegido un papa reformista para suceder a Benedicto XVI, que anunció ayer que renunciará al pontificado el 28 de febrero.
Así lo afirmó hoy Küng en declaraciones a la emisora pública Radio del Suroeste Alemán (SWR), en las que argumentó que Benedicto ha nombrado muchos cardenales conservadores que tendrán un peso determinante en el cónclave.
“Los conservadores tendrán cuidado de no elegir un papa que se convierta en una especie de Gorbachov católico”, dijo el teólogo suizo.
Küng incluso no descarta que Benedicto XVI influya directamente en la elección de su sucesor, aunque agregó que esperaba que no lo hiciera.
“Él conoce personalmente a todos los cardenales, tiene contactos, tiene todas las posibilidades para influir en la elección. Espero que no lo haga”, señaló Küng
Asimismo comentó que, aunque hay reformas que en principio son ineludibles, es de temer que los conservadores sigan oponiéndose a ellas y sostuvo que con los dos últimos pontificados ha habido incluso un retroceso respecto al ecumenismo.
“En el Concilio Vaticano II sentamos las bases para un concepto más amplio de Iglesia y un diálogo con las otras religiones. Pero en los últimos ocho años hemos tenido un papa que ni siquiera estuvo dispuesto a reconocer a las iglesias protestantes”, agregó.
Küng fue compañero de Josef Ratzinger en la Facultad de Teología de Tubinga, en la que ambos fueron profesores, y los dos estuvieron como asesores en el Concilio Vaticano II y al comienzo de su carrera pertenecieron a un grupo de teólogos católicos alemanes liberales y aperturistas.
No obstante, con el paso de los años Ratzinger dio un viraje hacia la ortodoxia conservadora, mientras que Küng se hizo cada vez más liberal llegando a perder incluso la licencia para enseñar teología católica tras cuestionar el dogma de la infalibilidad papal.
En los últimos años, Küng se ha dedicado ante todo a fomentar el diálogo entre las religiones en busca de la definición de un marco ético común. (RD/Agencias)

Citar el Vaticano II José Arregui, teólogo

Equipo Atrio, 13-Febrero-2013
¿Qué queda del Vaticano II 50 años después? La pregunta ha sido formulada y respondida muchas veces, y no volveré sobre ella. O sí, volveré sobre ella, pero desde un enfoque muy particular: cómo se cita el Vaticano II en el Catecismo de la Iglesia Católica.
“Hay que leer el Concilio en clave de continuidad y no en clave de ruptura con la tradición”, declaró Benedicto XVI, y muchos obispos lo han repetido como si fuera un luminoso criterio para la correcta interpretación del Vaticano II. Pero apenas si ilumina algo. “Continuidad”, “ruptura”: depende de lo que se entienda con esos términos. Cuestión de palabras.
Hace pocos meses, un profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (del Opus), José Luis Gutiérrez, poco sospechoso de ser rupturista, decía en una conferencia de la Universidad Pontificia de Salamanca, en el marco del “Congreso a los 50 años del Concilio”, que la constitución Sacrosanctum concilium supuso una “revolución”. ¿Una revolución no es una ruptura? ¿No fue una ruptura el principio del gobierno colegial de la Iglesia aprobado (aunque también neutralizado, es verdad) por la Lumen Gentium? ¿No fue una ruptura que la Dei Verbum reconociera que en la Biblia hay “cosas imperfectas”? ¿No fue una ruptura que la Nostra Aetate afirmara que en las religiones no cristianas hay “cosas verdaderas y santas” y “deplora” el antisemitismo” histórico de la propia Iglesia católica? ¿No fue una ruptura que la Dignitatis Humanae reconociera la libertad de conciencia o la libertad religiosa condenadas hasta entonces? Sería como decir que no hay ruptura entre el apartheid y su abolición? Claro que la vida, al igual que la historia, es continuidad, pero la continuidad no se da sino a través de saltos y rupturas.
Lo mismo sucede con la lectura del Concilio después de 50 años. En nombre de la continuidad de la vida, ¿debemos acaso seguir repitiendo la misma letra en el mismo sentido de hace 50 años? ¿Esa supuesta continuidad literal no sería en realidad una traición al Concilio? La fidelidad no es neutra, ni consiste en repetir la letra del pasado. Toda lectura es interpretación. Toda lectura es también selectiva. Y cuanto más se empeña alguien en seguir repitiendo la letra del Concilio en nombre de la continuidad, más selectiva y parcial es su lectura o su interpretación.
Es lo que sucede con el Catecismo de la Iglesia Católica del año 1997, plagado de citas conciliares. El Catecismo responde al propósito –contradictorio por principio– de fijar de una vez para siempre la lectura de aquellos documentos, como si su sentido se pudiera encerrar en la letra cerrada, como si 50 años después no se pudiera ni debiera hacer una nueva lectura e interpretación. Pero el propósito del Catecismo iba más allá y resulta más grave: quiso establecer de una vez para siempre una lectura y una interpretación del Concilio en continuidad literal con la teología del Vaticano I y de Trento.
Claro que eso sería simplemente imposible con solo leer todo el texto de todos los documentos (que, por cierto, contienen no pocas contradicciones como textos de compromiso que son, aunque esa es otra historia en la que no entro aquí). El Catecismo cita solamente aquello que interesaba a los que lo compusieron para el doble propósito que acabo de indicar: por un lado, leer el Vaticano II a la luz del Vaticano I y de Trento, y cerrar, por otro lado, toda nueva interpretación. Lo ilustraré con la manera como el Catecismo cita (interpreta) la Gaudium et Spes. El Catecismo de la Iglesia Católica contiene unas 170 citas textuales de dicha constitución. Son muchas, pero ¿basta con ello para poder afirmar que el Catecismo es fiel al espíritu, al aliento, a la inspiración profunda de esta Constitución o del Concilio en su conjunto? Evidentemente no. La cuestión no es el cúmulo de citas, sino la selección de las mismas: qué es lo que cita y, de modo especial, qué es lo que no cita, es decir, aquello que silencia y oculta. Ni lo uno ni lo otro es casual, sino intencionado. Señalaré unos cuantos ejemplos.
El Catecismo no cita el n. 1 (donde se dice que la Iglesia es solidaria de nuestro tiempo), pero sí el n. 2 (donde se insiste en que el ser humano está esclavizado por el pecado); nunca cita los nn. 3 al 9 (donde se habla de “signos de los tiempos”, de la “revolución”, “mutación” y “metamorfosis social y cultural” se estaba produciendo, de su “influjo sobre la vida religiosa”, de “realidad dinámica y evolutiva”, de que es preciso“conocer el mundo en que vivimos”), ni el 11 (donde se dice que es preciso“discernir” en cada época los signos de Dios), pero sí el 10 (“hay muchas cosas permanentes”); no cita, en cambio, el n. 41 (“la Iglesia reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual”), ni el 42 (“cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo social”). El sesgo es evidente.
Sigamos. Cita cuatro veces el n. 17, pero nunca la frase sobre la necesidad de que la persona “actúe según su conciencia y libre elección”; y no cita el n. 28 (que dice que la persona conserva su dignidad “incluso cuando está desviado por ideas falsas”).
Cita el n. 21 sobre el ateísmo, pero no la frase de que su remedio es “la exposición adecuada de la doctrina”.
No cita el n. 33 (que reconoce que la Iglesia “no siempre tiene a mano respuesta adecuada a cada cuestión”). Cita el n. 43, pero no la afirmación de que los cristianos pueden adoptar opiniones u opciones divergentes. Y no cita el n. 75 (“El cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes”), ni el 92 (la Iglesia debe reconocer “todas las legítimas diversidades” de las otras Iglesias).
Cita el n. 44, pero sin mencionar “los muchos beneficios” que la Iglesia “ha recibido de la evolución histórica del ser humano”; asimismo, cita cinco veces el n. 45, pero nunca la frase de que la Iglesia “recibe ayuda” del mundo.
El capítulo más conservador de la Gaudium et Spes es seguramente el referido al matrimonio y la familia; contiene apenas un par de frases que podrían significar una cierta apertura. Pues bien, el Catecismo cita abundantemente este capítulo, pero nunca esas expresiones más aperturistas. Así, cita doce veces el n. 48 (el más citado de la Constitución), pero ninguna sola vez recoge la frase que dice que los esposos deben “participar en la necesaria renovación cultural, psicológica y social a favor del matrimonio y de la familia”; cita cinco veces el n. 50 sobre la procreación, pero nunca la afirmación de que “este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente”.
Cita cuatro veces el n. 36, pero nunca la expresión “legítima autonomía”, y sí varias veces la frase “la criatura sin Dios desaparece”. Cita el n. 58, pero solo la frase “la buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre caído”, y no la afirmación de que “Dios habló según los tipos de cultura propios de cada época”. Nunca cita el n. 59, que dice, por ejemplo: “la cultura… tiene siempre necesidad de una justa libertad para desarrollarse y de una legítima autonomía”. Tampoco menciona el n. 76, que dice que “la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas”, que la Iglesia “no pone su esperanza en privilegios dados por el poder civil”, y que incluso “renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos”, cuando resulten ser un anti-testimonio social.
Cita el n. 62, pero solo la afirmación de que la teología debe “profundizar en el conocimiento de la verdad revelada”, no otras muchas afirmaciones sobre la teología: que hoy se halla ante problemas nuevos que reclaman nuevas investigaciones, debe utilizar las ciencias, debe reconocérsele “la justa libertad de investigación”, hay que distinguir la fe y la formulación… Cita el n. 89, pero solamente la referencia a la “ley divina y natural”. Y no cita el n. 91, que habla de “la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales que existen en el mundo de hoy”, de que la Constitución “más de una vez trata de materias sometidas a incesante evolución” y que, por ello, la enseñanza es solamente “genérica”.
Todo eso no puede deberse a mera casualidad. La intencionalidad es innegable, y la conclusión también: el Catecismo es fiel solamente a una parte de la Gaudium et Spes (y del Concilio en general), a la parte más tradicional y conservadora, a aquella con la que sintoniza la autoridad vaticana de hoy. Ignora o silencia su potencial renovador. Traiciona a aquella corriente conciliar que soñó con otra Iglesia y otra teología para el mundo de hoy.
No hemos de mirar al pasado de nuestro presente sino para realizar el futuro de nuestro pasado. El criterio de la fidelidad es el pasado en cuanto profecía y germen de futuro. No lo que quedó dicho, sino su apertura a lo nuevo por decir. El Catecismo, como la jerarquía vaticana con Juan Pablo II y Benedicto XVI, ha sido fiel a la parte de Trento (1545-1563) y del Vaticano I (1870) que sigue presente en el Vaticano II, pero no es fiel al impulso del Espíritu que inspiró a muchos padres conciliares, el Espíritu que renueva la faz de la Tierra. Lo quien ahogar, pero el Espíritu sopla donde quiere y es imparable. Ahí sigue también presente en muchos textos conciliares, esperando a ser liberado de la servidumbre de la letra.

.El problema no es el “papa”, el problema es el “papado” José M. Castillo, teólogo

Entre los numerosos comentarios, que lógicamente está suscitando la noticia de la dimisión del papa Benedicto XVI, echo de menos una reflexión que, a mi manera de ver, me parece la más importante, la más urgente, la que más puede (y debería) influir en el futuro de la Iglesia y su posible influencia en bien de este mundo tan atormentado en que vivimos.
Me refiero a la reflexión que distingue entre los que es y representa la persona del “papa”, por una parte, y lo que es y representa la institución del “papado”, por otra.
Por supuesto, nadie duda que es importante analizar, enjuiciar y saber valorar los aciertos y desaciertos que ha tenido el papa Ratzinger en sus años de pontificado. Por supuesto, también, que es seguramente más importante aún proponer y saber elegir al hombre más competente que, en este momento, tendría que ocupar el cargo de Sumo Pontífice. Todo eso, nadie lo duda, es de enorme interés en estos días.
Pero, por muy importante que sea enjuiciar a las personas, tanto del pasado como del posible futuro inmediato, nadie va a poner en duda – me parece a mí – que es mucho más determinante detenerse a pensar lo que representa, y lo que tendría que representar, no ya este papa o el otro, sino lo que realmente es y hace la institución que, de hecho, es el papado, tal como está organizada, tal como funciona, y tal como es gestionada, sea quien sea el papa que la ha presidido o que la puede presidir.
Porque, vamos a ver: ¿es lo mejor para la Iglesia que todo el poder para gobernar una institución, a la que pertenecen más de mil doscientos millones de seres humanos, esté concentrado en un solo hombre, sin más limitación que la que le imponen sus propias creencias a ese hombre, el que ocupa el papado? Tal como está dispuesto en el vigente Código de Derecho Canónico, así es como está pensado, legislado, y así funciona el papado (can. 331; 333; 1404; 1372). Porque, entre otras cosas, el papa quita y pone a los más altos y más bajos cargos de la Curía. Quita y pone a cardenales, obispos y cargos eclesiásticos de toda índole. Y hace todo esto sin tener que dar explicaciones a nadie y sin que nadie le pueda pedir responsabilidades. Además, esto se mantiene así, sea quien sea el papa reinante, la edad que tenga ese papa, la salud que goce o padezca, su mentalidad, sus preferencias y hasta sus posibles manías.
Más aún, no echemos mano ingenuamente de la presencia del Espíritu Santo y su presunta inspiración constante en la toma de decisiones del papa reinante. No. Esa presunta intervención del Espíritu Santo no está demostrada en ninguna parte. Como tampoco está demostrado, ni hay argumentos para probarlo, que el obispo de Roma, por muy sucesor de Pedro que sea, tenga que acumular todo el poder que el papa y sus teólogos incondicionales aseguran que acumula por voluntad de Dios. ¿Dónde está eso dicho? ¿En qué argumentos se basa? El mejor conocedor de toda esta historia, que la Iglesia ha tenido en el último siglo, el cardenal Y Congar, dejó escrito en su diario personal que todo eso era una manipulación organizada por los intereses de Roma, cuyas raíces llegan hasta el siglo segundo de la historia del cristianismo.
En todo caso, lo que es seguro es que, en todo el Nuevo Testamento, en ninguna parte consta que la Iglesia tenga que estar organizada así y así tenga que ser gestionada. Y, ¡por favor!, que nadie me venga ahora con el famoso texto de Mt 16, 18-19. Entre los mejores estudiosos del evangelio de Mateo, cada día aumenta el número de los que aseguran que esas palabras no salieron de boca de Jesús. Es un texto “redaccional”, muy posterior al texto original, añadido al evangelio por el redactor último del evangelio que ha llegado a nosotros.
En fin, por hoy, basta con lo dicho. Seguiremos hablando de estas cosas en los próximos días. Pero me parece importante terminar diciendo que la Iglesia está, precisamente en estos días, en un momento privilegiado para afrontar sin miedo estas cuestiones, que apuntan a los problemas de fondo que la Iglesia tiene sin resolver. Y que, si no se afrontan y se toman en serio, esta Iglesia seguirá perdida (y callada), por muy lúcido y muy valioso que sea el papa futuro. Porque, insisto, el problema de la Iglesia no es el papa, es el papado, tal como está organizado y tal como funciona, sea quien sea el hombre que ocupa el trono papal.

martes, 12 de febrero de 2013

BIZKAIKO ABADEEN FOROA

 BIZKAIKO ABADEEN FOROA

Renuncia del Papa Aita Santuaren ukoa

Reunidos en Asamblea ordinaria, recibimos con sorpresa y agradecimiento la noticia de la renuncia del Papa Benedicto XVI “al ministerio de Obispo de Roma…”.
  La renuncia de Benedicto XVI es de una importancia histórica trascendental; esta serena, libre y valiente decisión del Papa marca definitivamente su pontificado; y se convierte en una referencia nítida para un antes y un después en la secular historia de nuestra Iglesia.

Nuestra calurosa alabanza a la decisión de Benedicto XVI no es óbice para que al mismo tiempo percibamos el problema grave de fondo: no existe en el vigente derecho canónico ninguna limitación objetiva de carácter jurídico que haga obligatoria la finalización del gobierno de un Papa, fuera de su propia y exclusiva voluntad, o que se le declarase hereje. Y algo habrá que aprender también en este orden de la sociedad civil.

Reiteramos nuestra unanimidad en la más alta valoración de este acto de coraje de Benedicto XVI, le manifestamos nuestro agradecimiento y le acompañamos con nuestras plegarias.

Foro de Curas de Bizkaia
11 de febrero de 2013.

Hacía casi 600 años que no dimitía un papa

Benedicto XVI es el cuarto pontífice que renuncia a su cargo. El último en hacerlo fue Gregorio XII, en 1415
El Papa Benedicto XVI será el cuarto pontífice en renunciar al ministerio papal en la historia de la Iglesia católica, después de anunciar que dejará el Ministerio el próximo 28 de febrero.
El último Pontífice en renunciar fue Gregorio XII, el veneciano Angelo Correr, que dimitió en 1415, dos años de morir, según catholic.net.
Los otros casos de renuncia al pontificado han sido los de Benedicto IX, elegido en el 1032 y Celestino V, que renunció en 1294 al declararse carente de experiencia en el manejo de los asuntos de la Iglesia.
Benedicto XVI ya explicó en ‘Luz del mundo’ en 2010 que un Papa puede dimitir “en un momento de serenidad, no en el momento del peligro”. En el mismo documento, ya señalaba que notaba cómo sus fuerzas iban disminuyendo y temía que el trabajo que conllevaba su misión “sea excesivo para un hombre de 83 años”.

Arrancan las quinielas sobre quién será el sucesor de Ratzinger

Según los medios italianos, los mejor colocados para su sucesión serían el arzobispo de Milán, Angelo Scola y el canadiense Marc Oullet. Las casas de apuestas británicas, sin embargo, ven al ganés Peter Tukson en cabeza
La noticia de la dimisión del papa Benedicto XVI pilló a todos por sorpresa, aseguró esta mañana en rueda de prensa el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, quien especificó que el hecho de que Joseph Ratzinger hiciera su declaración en latín, ayudó a que cundiera la incertidumbre.
“El anuncio lo hizo al final del Consistorio, en torno a las 11.30 horas o las 11.40 horas. Ese acto termina con una oración. El papa se ha sentado después y le han dado el micrófono y leyó la declaración en latín lo que ha hecho que no todos hayan entendido el sentido estricto de sus palabras. Por eso tuvimos que difundir lo más rápidamente posible la traducción en todas las lenguas”, dijo Lombardi.
Para las casas de apuesta británicas, sin embargo, no hay acontecimiento que les pille por sorpresa. Las dos más importantes, Paddy Power y Ladbrokes, ya han abierto sus listas a las quinielas del público y en ellas aparece el cardenal Peter Turkson en cabeza. Turkson es de Ghana y se convertiría en el primer papa africano si se cumplieran esas previsiones. Tras él aparecen el canadiense Marc Ouellet, uno de los favoritos de Ratzinger, y Francis Arinze, cardenal nigeriano.
Los medios italianos, por su parte, coinciden en que Ouellet es uno de los posibles candidatos, aunque ponen al arzobispo de Milán, Angelo Scola, muy ligado a Benedicto XVI, como el preferido. Scola, de 71 años, es uno de los cardenales más reconocidos a nivel internacional por su actividad literaria, como conferenciante y por haber patrocinado el centro Oasis para el diálogo interreligioso. Su edad -es mucho más joven y por tanto podría durar más años en el cargo- es otro de sus puntos favorables. Desde Italia se apunta además al cardenal Gianfranco Ravasi, como otro de los hipotéticos sucesores.
En cualquier caso, las apuestas no decidirán al nuevo papa. Lombardi explicó que el nombramiento será un proceso relativamente rápido, se debería cerrar en unos 15 días antes de la Pascua y en su designación, a día de hoy, pueden participar hasta 118 cardenales. Según informa el diario Il Messagero, el número definitivo de ‘electores’ en el Cónclave, dependerá, sin embargo, del día concreto en que se celebre ya que hay cuatro de ellos que cumplen 80 años a finales del mes de marzo y, llegados a esa edad, pierden el derecho a votar.
Se trata del ucraniano Lubomyr Husar, el alemán Walter Kasper, el italiano Severino Poletto y el mexicano Juan Sandoval Íñiguez.

Todos los escándalos del Vaticano

A lo largo de la historia, el Vaticano se ha visto envuelto en diversos escándalos, algunos de ellos han tenido notable repercusión en los medios de comunicación.
FILTRACIÓN DOCUMENTOS A LOS MEDIOS
El más reciente es el ya conocido como caso VatiLeaks, la filtración a la prensa de documentos reservados de la Santa Sede, en el que hay dos imputados, y de ellos un detenido, el mayordomo o ayuda de cámara del papa.No es la primera vez que los medios de comunicación publican documentos confidenciales vaticanos.
Ya en el siglo XIX, durante la celebración del I Concilio Vaticano (1869-1870), que definió la infalibilidad del papa, ciertos documentos acabaron, no sin polémica, en los periódicos alemanes.
PAPAS
Asimismo, las fotos de un Pío XII moribundo fueron publicadas en 1958 en diversas revistas después de que Riccardo Galaezzi-Lisi, el que fuera médico del papa hasta dos años antes de su muerte, accediera al apartamento pontificio e hiciera las fotos que vendió a los medios. No de la misma manera, pero también en circunstancias no exentas de teorías conspirativas, tuvo lugar la muerte de Juan Pablo I, cuyo pontificado duró 33 días. El sucesor de Pablo VI apareció muerto el 28 de septiembre de 1978 y, aunque fue de un ataque al corazón, según el comunicado oficial, se publicaron libros e informaciones sobre posibles envenenamientos y oscuras tramas vaticanas.
BANCO AMBROSIANO
Ya durante el pontificado de Juan Pablo II (1978-2005), la quiebra del Banco Ambrosiano, cuyo principal accionista era el Vaticano a través del Instituto para las Obras de la Religión (IOR), fue otro escándalo, que en los años ochenta, sacudió los cimientos de la Iglesia católica, llenó páginas de periódicos e incluso se rodó la película Los banqueros de Dios, del cineasta italiano Giuseppe Ferrara. La quiebra del Banco Ambrosiano, cuyo presidente, Roberto Calvi, fue encontrado ahorcado bajo un puente de Londres en 1982, dio origen a una turbia historia que vio conectadas mafia, finanzas, masonería y religión con operaciones financieras ilícitas que salpicaron al cardenal Paul Marcinkus, máximo responsable entonces del IOR, la banca de la Santa Sede.Aunque en este caso el Vaticano siempre rechazó cualquier responsabilidad, sí admitió su “implicación moral” y pagó 241 millones de dólares a los acreedores de la entidad.
CASO ESTERMANN (GUARDIA SUIZA)
Otro escándalo, que durante el papado de Juan Pablo II dio paso a múltiples conjeturas, tuvo lugar en 1998 y estuvo relacionado con la Guardia Suiza, el único cuerpo militar existente en el Vaticano, que protege al papa. En este caso, plasmado en el libro del periodista británico John Follain City of secrets (La ciudad de los secretos), fueron asesinados el comandante de la Guardia Suiza, Alois Estermann, y su mujer por el cabo Cedrid Tornay, que luego se suicidó con su propia arma y quien, según el Vaticano, actuó por rencor personal. Esta fue la explicación oficial, después de que la Santa Sede diera por terminada la investigación en 2002. Sin embargo, la madre de Tornay se opuso a esta versión y, aunque sus abogados intentaron reabrir el caso, la petición fue siempre rechazada por el Tribunal de Apelación vaticano.

CASO ORLANDI
En 2012, durante el pontificado de Benedicto XVI, la prensa se hizo eco del caso de la joven Emmanuela Orlandi, desaparecida en 1983 y que salió a los medios cuando la Fiscalía de Roma decidió incluir en la lista de investigados al exrector de la basílica romana de San Apolinar, donde estuvo sepultado el mafioso Enrico de Pedis, jefe de la banda de la Magliana y supuestamente vinculado con el caso. La desaparición de Orlandi, hija de un funcionario del Vaticano, fue relacionada, aunque nunca se probó, con el atentado contra Juan Pablo II en 1981 a manos del turco Alí Agca y sobre el que, en ocasiones, ha aparecido la pista de la citada banda de la Magliana.

PEDERASTIA
Sin embargo, uno de los escándalos que más fuertemente han golpeado a la Iglesia católica ha sido el de los curas pederastas que en 2010 puso en entredicho a las iglesias de Irlanda, EEUU, Alemania, Austria y Bélgica, e incluso, salpicó al Papa, que llegó a ser acusado de haber “encubierto” a sacerdotes pederastas durante su etapa al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El Papa Ratzinger se vio obligado a cesar a varios obispos por esta causa, la misma por la que ordenó la limpieza de los Legionarios de Cristo, tras comprobar que su fundador, el cura mexicano Marcial Maciel, fallecido en 2008, abusó sexualmente de seminaristas y tuvo hijos con varias mujeres. Precisamente el pontífice reconoce en el libro-entrevista Luz del mundo, del escritor alemán Peter Seewald, que el caso de Maciel fue afrontado con “lentitud y retraso”, ello debido a que “estaba muy bien cubierto”.

Lo que puede cambiar en la Iglesia con la renuncia de Benedicto XVI Juan Arias

La renuncia de Benedicto XVI Sigue la última hora y las reacciones a la histórica decisión del Papa »
El Derecho Canónico sólo prevé que un Papa dimita en caso de imposibilidad mental
Que un Papa renuncie a su cargo, después de 717 años sin que un Pontífice lo hiciera, no solo es un gesto sorprendente sino que puede acarrear consecuencias impensables para la Iglesia y el Vaticano. A pesar de que el motivo por el que Benedicto XVI renuncia a su cargo ha sido el de su salud precaria, no cabe duda de que detrás de ello existen otros motivos que aún desconocemos.
Papas mucho más enfermos que él han fallecido sin renunciar a lo que, por ejemplo, Juan Pablo II consideraba que era un deber ineludible de un sucesor de San Pedro: continuar en sus funciones hasta la muerte.
En la historia de la Iglesia, se podría decir que el Papa Ratzinger ha sido el primero -entre uno y cuatro, según diferentes historiadores- en una veintena de siglos que ha renunciado a su cargo, ya que la renuncia de Celestino V, en 1296, fue del todo especial ya que era un monje al que prácticamente le obligaron a aceptar el papado contra su voluntad y reconoció enseguida que no estaba preparado para aquel oficio.
Desde entonces, Benedicto XVI ha sido el único papa “normal” que ha decidido abandonar sus funciones a pesar de que hasta teológicamente siempre se ha discutido si un Papa puede renunciar a su cargo.
El Derecho Canónico prevé que un Papa deje sus funciones en caso de que esté en pleno uso de sus facultades mentales y haga la renuncia expresamente pública. Solo cuando el progresista Juan XXIII anunció de sorpresa la convocatoria de un Concilio Ecuménico hace ahora 50 años, algunos cardenales conservadores, entre ellos el entonces cardenal de Génova, Giuseppe Siri, habían tentado deponer al Papa Roncalli alegando que había perdido el juicio.
Cuando en la Iglesia se da un gesto de ruptura histórica como el que acaba de anunciar Benedicto XVI, no cabe duda que ello puede desencadenar por efecto dominó una serie de imprevistos empezando por el problema de su sucesión que podrá ser totalmente diferente de los anteriores, dado, además, que a ese cónclave va a asistir seguramente por la primera vez en la Historia, la persona a la que un cardenal deberá suceder. Y no es impensable que Benedicto XVI, aunque ya no Papa, pueda tener un influjo especial en el nombramiento de su sucesor. Para bien o para mal.

El hermano de Benedicto XVI reconoce que el motivo de la renuncia son los problemas de salud

“La edad pesa y yo estaba al tanto”
“Esto es un hecho natural. Mi hermano quiere más tranquilidad a su edad”
El hermano del Papa relató que el médico de Benedicto le había recomendado dejar de emprender viajes transatláticos
El hermano del papa Benedicto XVI sostuvo que la quebrantada salud del pontífice es el motivo de su renuncia. «La edad pesa», dijo el sacerdote Georg Ratzinger. El papa Benedicto XVI, de 85 años, comunicó hoy de forma inesperada la renuncia al pontificado el 28 de febrero.
El anuncio se produjo durante una misa pública en el Vaticano en el marco del consistorio que se celebra estos días. El hermano del Papa relató que el médico de Benedicto le había recomendado dejar de emprender viajes transatláticos y agregó que también tenía problemas para caminar. «Esto es un hecho natural. Mi hermano quiere más tranquilidad a su edad», comentó Georg Ratzinger, quien es cuatro años mayor que el Pontífice.
El sacerdote alemán sabía de los planes de renuncia de Benedicto desde hace meses. «Yo estaba al tanto».

Los fariseos del catolicismo volverían a crucificar a Jesús, si resucitara Enric Sopena

Benedicto XVI ha hecho su primera y, por cierto, última reforma en la cúpula de la Iglesia católica. Ha anunciado que el 28 de febrero abandonará su Pontificado. Este gesto es encomiable y debería convertirse en el inicio de todos los cambios profundos que necesita -con enorme urgencia- la religión católica y, sobre todo, sus jerarcas.

El látigo de los herejes

Quien, como Joseph Ratzinger, fuera durante más de dos décadas el látigo de los herejes desde su responsabilidad de inquisidor y guardián de las esencias más reaccionarias, muchas de ellas orientadas contra los teólogos de la Liberación -que han sido siempre maldecidos por la ortodoxia vigente-, ha dado por fin un golpe de timón impecable.

El amigo de Hans Küng

Ratzinger estuvo en las filas -más o menos progresistas- a lo largo del Concilio Vaticano II. Amigo entonces de Hans Küng, un reformista de la Iglesia en profundidad que fue y sigue acosado por la derecha eclesiástica, Ratzinger se pasó a los conservadores hasta ser encumbrado por Juan Pablo II a gran jefe de la policía ideológica. Desde el Vaticano II y la muerte de Juan XXIII, los mandatos de Pablo VI y del fallecido Juan Pablo I -muerto de forma, como mínimo, extraña-, otro Papa que estaba dispuesto a modificar la deriva ultramontana, muy frecuente en la historia del catolicismo.
La barca de Jesús se hunde
El tiempo de Benedicto XVI ha sido tormentoso. Los encontronazos internos han estallado con gran tremendismo y han sucedido episodios que han contribuido a hundir más y más a la barca de Jesús de Nazaret. He aquí la situación de la Iglesia católica: obsesionada por el sexo, los homosexuales, las familias no tradicionales, la renuncia a la doctrina social de algunos pocos papas, el odio a los condones y, de manera permanente, el desprecio a los partidos de la izquierda.
El Estado Vaticano
Mientras tanto, la jerarquía aceptaba los pactos del Estado Vaticano -el único no democrático en Europa- con los nazis, los fascistas y los franquistas. Y en la actualidad, salvo honorables excepciones, los católicos que continúan buscando los orígenes de su religión acaban siendo expulsados o apartados de obispos y cardenales. ¿Puede decirse que Rouco Varela crea de verdad en Jesús de Nazaret?
Plagia, arzobispo progresista
Hace unos días Vizencio Paglia, arzobispo progresista, aunque moderado, apoyó públicamente la legalización de las parejas gais. Conmocionó al Vaticano y la Santa Sede empezó a temblar. Ahora el Papa ha dimitido. ¿Qué va suceder? Es un oportunidad de volver a lo que dicen los evangelios y no, sin embargo, a lo que hacen los clérigos y los jerarcas. Deberían los monseñores ver de inmediato la película Las sandalias del pescador.
El Papa Kiril Lakota
El Papa Kiril Lakota (Anthony Quinn) es el que falta en esta Iglesia de mercenarios y de magos sin fe ni caridad. Nos tememos, no obstante, que el continuismo se imponga. Los fariseos del catolicismo, si resucitara Jesús de Nazaret, lo volverían a crucificar. Lo han hecho durante siglos y no amaina el temor. Escrito en El Quijote: “Con la Iglesia hemos topado”. Que Dios nos perdone.
Enric Sopena es director de ELPLURAL.COM

¿El final de una etapa? Una dimisión inesperada Juan Antonio Estrada

La Iglesia católica está regida por ancianos y hay que dejar paso para que sean las necesidades del cargo las que se impongan a las carreras personales
Dimitir de un cargo tan importante como el de Papa de la Iglesia católica y justificarlo alegando razones de salud y porque ya no hay capacidad para atender a las necesidades de la Iglesia universal, es una decisión ejemplar. Se pronuncia con una orientación diferente a la de la elección Papal a los setenta y ocho años, cuando se exigía a los obispos presentar la dimisión a los setenta y cinco. La Iglesia católica está regida por ancianos y hay que dejar paso para que sean las necesidades del cargo las que se impongan a las carreras personales. ¡Ojalá que esto también influya al elegirle sucesor!
¿Y qué ha ocurrido desde 2005 hasta ahora? Es difícil encontrar acontecimientos relevantes en un Pontificado que se puede denominar de transición, como se pretendía que fuera el de Juan XXIII, hasta que la convocatoria del Vaticano II lo hizo decisivo. Durante el de Benedicto XVI se han mantenido las mismas líneas que marcaron el de su antecesor, con la diferencia de ocupar el cargo una persona con menos liderazgo personal y vitalidad que Woitila, pero con mucho más bagaje intelectual y mayor conocimiento de la curia romana, además de asumir el Papado desde una experiencia muy diferente de la del Papa polaco.
Pero la Iglesia que deja es básicamente la que heredó, agudizada porque la crisis ha aumentado desde el 2005 y los grandes problemas que ya existían se han agravado: una curia romana dividida, pero con autonomía respecto del mismo papa; pederastia del clero; escasez de vocaciones; estancamiento en lo referente al papel de la mujer en la Iglesia; frenos al ecumenismo y un creciente anti modernismo, basado en una reinterpretación reductiva del Vaticano II, que retrotrae a la Iglesia a la lucha contra la sociedad moderna, secularizada y democrática. Juan XXIII y el mismo Pablo VI quedan lejos y con ellos la primavera conciliar, a la que ha seguido la retirada a los cuarteles de invierno, como afirmaba Karl Rahner, durante los dos últimos pontificados.
Más que un balance lo que interesa es el futuro. Desde hace años se habla de enfrentamientos curiales que llevaron a L’Osservatore Romano, a hablar de “un pastor rodeado por lobos”. (18/2/2012), que ahora se preparan para el momento decisivo de la elección. Los problemas se amontonan porque el problema mayor no es la persona del Papa, con todo lo que implica éste, sino la estructura monárquica que conserva el Papado desde Trento, refrendada por el Vaticano I, en contra de los intentos frustrados de sinodalidad y colegialidad, que dieran paso a otra manera de organizar la autoridad. Se necesita un Papa que reforme estructuras eclesiales que tienen sus raíces en el medievo, en contraposición al primer milenio, y que hacen del Papado uno de los mayores representantes en el mundo de una monarquía absoluta, sin contrapesos. A esto se añade la nueva situación de un mundo globalizado, de una sociedad occidental postmoderna, laica y no sólo secularizada, y democrática, que cuestiona las grandes instituciones, como la eclesiástica, y rechaza un modelo impositivo de autoridad.
En buena parte, el Concilio Vaticano II ha sido una oportunidad histórica fallida y resulta difícil la perspectiva de un Vaticano III, que piden algunos, dado que sus protagonistas serían obispos que, en su casi totalidad, han sido elegidos por los dos Papas últimos. Por eso, la situación eclesial se ha agravado y dos Pontificados conservadores en lo doctrinal y en lo institucional no han podido resolver la crisis ya detectada en los años sesenta. Ahora viene una elección que puede marcar los próximos decenios y la esperanza no está en Roma, ni siquiera en Europa, sino en las iglesias americanas, africanas y asiáticas que son las que han mostrado una mayor vitalidad, creatividad y apertura en los últimos treinta años. Ellos son los que decidirán al nuevo Papa y con él el futuro próximo del catolicismo.
Juan Antonio Estrada es catedrático de Filosofía en la Universidad de Granada.