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miércoles, 26 de agosto de 2026

«¿Cuál es el peor momento del ateo?» -- Leonardo Boff

 «El peor momento del ateo es aquel en el que siente la
de agradecer y no sabe a quién». Esta frase no es mía, sino de G. K. Chesterton (1874-1936), gran escritor inglés, considerado el «príncipe de la paradoja», admirado por Alceu Amoroso Lima, Gilberto Freyre y, principalmente, por Gustavo Corção.

 

Como todo ser humano, el ateo debe ser respetado en su opción. Pero en la vida se presentan situaciones, independientemente de las opciones de cada uno, en las que el sentimiento de gratitud se vuelve imperioso. No porque lo queramos o no, sino por una fuerza intrínseca al propio hecho. Para esos casos hay varias respuestas. Insuficiente resulta el azar, que para Einstein expresaba solamente nuestra ignorancia.

 

Otros lo atribuyen a la suerte. Pero esta resulta igualmente poco esclarecedora, pues sería como decir: «Por suerte, mi equipo favorito no descendió». Pero hay momentos más dramáticos en los que se impone una respuesta espontánea: el agradecimiento imperioso a Alguien mayor.

 

Doy un ejemplo de carácter personal. Voy conduciendo tranquilamente por la Avenida Paulo de Frontin, en Río de Janeiro, debajo del viaducto del mismo nombre. Alguien detrás de mí toca repetidamente la bocina, intentando adelantarme. Le cedo el paso. Algunos metros más adelante, cae una gran parte del viaducto, hecha de pesado cemento y hierro, y mata a decenas de personas. Sobre quien me había adelantado cayó un enorme pedazo del viaducto, que aplastó el automóvil y al conductor. Bajé del coche y comprobé que ya estaba muerto. Quedé destrozado.

 

¿Por qué no yo? Si no le hubiera cedido el paso, habría sido yo quien recibiera mortalmente el impacto. ¿Por qué fui preservado? Surge un sentimiento de inmensa pena por el fallecido y, al mismo tiempo, un profundo sentimiento de gratitud. Hay hechos cargados de tal densidad —como la vida o la muerte— que no se dejan interpretar como mero azar o pura suerte. Nuestro sentimiento se dirige hacia un Ser Mayor, hacia Aquel que conoce nuestro destino y que deberá tener algún designio para que mi vida haya sido preservada. ¿Quién puede saberlo? Es una pregunta existencial para la que no hay respuesta.

 

Ese sentimiento de gratitud es irresistible y llega incluso a dejarnos perplejos. Surge espontáneamente. Agradecer es mucho más que decir simplemente «muchas gracias».

 

Había un famoso profeta que recorría las calles de Río con su túnica blanca y un estandarte con numerosos adornos religiosos, algunos de ellos críticos con el capitalismo, conocido como el «Profeta Gentileza». Nunca aceptaba que se dijera «muchas gracias», pues sostenía que no estamos necesariamente «obligados» a nada. Deberíamos decir, en cambio, «muy agradecido», porque «agradecido» viene de «gracia».

 

Reconocer que la vida y los gestos de gentileza de unos hacia otros —su lema era «gentileza genera gentileza»— son obras de la gracia, de aquello que no tiene precio porque es gratuito. Merece ser reconocido con gratitud. Pelé tenía razón cuando decía: «Déjenme jugar al fútbol ese don que  Dios me dio gratuitamente». Cruyff, estrella del fútbol holandés, también dijo: «Recibí gratuitamente los dones para ser un buen jugador». Este reconocimiento genera humildad y sencillez. El éxito no ensoberbece a los grandes jugadores ni los distancia de los demás.

 

Pasemos ahora a aquella realidad que merece nuestro agradecimiento cotidiano: nuestra propia existencia. Nadie pidió existir. Alguien nos puso en este mundo. Existir y continuar viviendo es una gracia. Pero hay otro que está tan presente que lo olvidamos: el Sol. Necesitamos el Sol para poder ver. De lo contrario, todo permanecería oscuro. El 99 % de toda la vida en la Tierra depende del Sol. Mantiene el agua en estado líquido y permite así la vida y la fotosíntesis de las plantas. Y nos proporciona el oxígeno sin el cual no podríamos respirar. El propio petróleo, fundamental para nuestro tipo de civilización que todo lo contamina, fue producido por la luz solar mediante la fotosíntesis, en un pasado remoto de millones de años. Necesitamos la luz solar para producir todas las vitaminas, especialmente la vitamina D, de la que dependemos.

 

El Sol existe desde hace 4.570 millones de años, a partir de una nube de gas y polvo que colapsó y se condensó formando esta estrella que es el Sol. Se alimenta de hidrógeno (74 %) y helio (24 %). Es 332.900 veces mayor que la Tierra. Y apenas se encuentra en la mitad de su vida. Cuando termine de consumir el hidrógeno comenzará a quemar helio, cuyo calor será tan intenso que incinerará la Tierra. ¡Calma! Para eso todavía faltan millones y millones de años.

 

Qué hermoso es contemplar por la mañana la niebla baja sobre el suelo, que poco a poco se disipa con el calor del sol y se convierte en rocío, dejando todo el césped mojado. Si la temperatura llega a cero o cerca de cero, como ocurre donde vivo, todo se transforma en el blanco de la escarcha. Con el Sol naciente, poco a poco desaparece. Y el Sol baña todo con su luz benéfica, alimentando los árboles, despertando a los animales y haciendo crecer todo tipo de vegetación y alimentos. Agradezcamos especialmente a las abejas, que garantizan la polinización. Cuando bebamos agua, agradezcamos a la fuente o manantial; cuando bebamos vino, agradezcamos a la cepa de la vid.

Cuando estamos a la mesa disfrutando de las bondades de la naturaleza, sostenida por el Sol, no dejemos de agradecer a esa luminosa estrella que todo nos da. Agradezcamos los frijoles y el arroz, la carne y las verduras que componen nuestro plato. Agradezcamos al agricultor que cultivó todo eso y lo llevó al mercado, y a quienes en la cocina lo transforman en alimentos saludables.

 

Estamos continuamente bajo la acción de las energías del universo, de las estrellas, del Sol, de la Tierra, de las raíces de los árboles, que producen las hojas para la fotosíntesis y las flores para nuestro deleite. Agradezcamos a las nubes que nos traen la lluvia y a la Luna que nos lleva a cantar: «No hay luz de luna como esta del sertão...». Agradezcamos también a ese inmenso pueblo de microorganismos escondidos bajo el suelo y que garantizan la fertilidad de la tierra.

 

Todo es tan obvio y cotidiano que nos olvidamos de agradecer. Este sentimiento debería ser el primero del día y de la noche. Y sabemos a Quién agradecer: al Creador de todas las cosas. Sin Él no existiríamos.

 

Fue Él quien nos sacó de la nada o del All Nourishing Abyss («el Abismo que todo lo alimenta»), en el lenguaje secular de los cosmólogos. Nosotros decimos simplemente: el Dios de mil nombres y de ninguno.

 

La teología enseña que, si Él no dijera a cada instante «hágase» —repito: a cada instante—, volveríamos a la nada. La creación no es algo del pasado. Es el momento permanente en el que el Creador pronuncia la palabra generadora: «hágase». Y todo comienza a existir y a subsistir. Si comprendiéramos este milagro permanente, sabríamos a Quién agradecer, cantar alabanzas y maravillarnos.

 

Debemos respetar a cada uno de los ateos, pues cada cual tiene derecho a definir, a su manera, su lectura del mundo y de su futuro. Pero vemos la buena razón de Chesterton al referirse al sentimiento que puede apoderarse del ateo que, milagrosamente, ha escapado ileso de un accidente aéreo mortal.

 

Como ser humano, algo mayor e interior le hace sentir que debe agradecer. ¿A quién? ¿A la suerte? Es demasiado poco. Debe ser algo más profundo, por ejemplo, ¿a la Vida? Pero esta es siempre mortal. Esta vida remite a aquella Vida que creó la vida mortal. Fue esa Vida misteriosa la que lo salvó para que pudiera continuar viviendo. A Ella corresponde el agradecimiento desde el fondo del corazón, con emoción y con lágrimas.

 

Ateo o religioso, el agradecimiento es un sentimiento radicalmente humano.

 

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL (https://www.revistaliberta.com.br) y escribió también  Gracia y liberación humana, Vozes 1999/2005 (https://www.leonardoboff.org).

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