30 de agosto de 2026
Las palabras del Evangelio contienen experiencias de vida. Por eso, a veces, un solo término es luminoso.
Dice el evangelio de hoy que Pedro, en un diálogo tenso con Jesús, SE PUSO A INCREPARLO. No cabe duda de que Pedro ama a Jesús, más allá de su debilidad, y que Jesús también quiere a Pedro. Pero sus relaciones, como las de todos los humanos, no están exentas, en ciertos momentos de tensión. Dice que Pedro “increpó” a Jesús. Ese verbo “increpar” (epitimaô) es el que se emplea en los relatos evangélicos para dirigirse a los endemoniados. Cuando discuten Jesús y Pedro sobre el modo de cómo ser Mesías, se tratan de “endemoniados”. Eso muestra que, en ocasiones, las relaciones entre Pedro y Jesús fueron muy tensas y se manifestaba esa tensión en un lenguaje duro.
Lo decimos muchas veces: hay que tener cuidado con las palabras. No se las lleva el viento. Se quedan en el fondo del corazón, tanto si son buenas como, sobre todo, si no lo son. Decía el recordado papa Francisco que la persona espiritual es la que tiene «palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan» (FT 223). Mucho del mal que nos hacemos, nos lo hacemos con las palabras. Mucho de bien que nos hacemos, nos lo hacemos con las palabras.
Es verano: tiempo en que se prolongan nuestras conversaciones. Hablemos palabras bondadosas y humanas, desterremos la palabra venenosa que siembra el mal. No exijamos que los demás hablen bien si nosotros hablamos mal. Comencemos por nosotros. Que la boca con la que bendecimos a Dios no maldiga nunca al hermano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario