El contexto en el que aparece el profeta Jeremías es muy similar a nuestro contexto histórico. Imperios que se disputan la hegemonía, que se anexionan países burlando la autonomía de los países más pequeños; pueblos que han cambiado sus valores esenciales para “encajar” en lo que parece ser el progreso, el bienestar, el propio beneficio. Lo que Jeremías ve, el pueblo ni siquiera lo intuye.
El mensaje que recibe Jeremías de parte de Dios es que Judá será destruida por Babilonia, a no ser que se someta a ella y ahí, el pueblo se rebela.
Es acusado de traidor por proclamar este mensaje, y vive en su propia carne el vacío, el insulto de un pueblo que ha pasado de la Alianza con Dios a la idolatría, y que camina completamente de espaldas a la realidad que se le avecina.
Para entender el pasaje que hemos escuchado hoy hay que entrar en los sentimientos de una persona que vive empujada por ese mensaje urgente de Dios, y por otra parte sufre las consecuencias de su fidelidad.
[Pensé en olvidarme del asunto y dije: “No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre”; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo y no podía.] Jeremías 20, 9
La Palabra de Dios no es un texto para filosofar ni una regla moral para ayudarnos a mejorar nuestra conducta. La Palabra de Dios no se analiza fríamente, aunque por supuesto que se puede estudiar desde diferentes ciencias. Cuando se lo permitimos entra para quedarse en lo más profundo de nuestro ser: nos habita, nos mueve, nos calienta las entrañas, porque es el Espíritu de Dios quien se ha instalado en nuestra persona.
“Fuego ardiente” (Esh boéret) en hebreo: El fuego en el Antiguo Testamento representa la presencia y la santidad purificadora de Dios. No es un sentimiento abstracto; es una fuerza física que consume todo a su paso.
Si hacemos un recorrido histórico hasta nuestros días, nos encontramos con cantidad de personas que han experimentado lo mismo en situaciones muy variadas. Sabemos incluso de contemporáneos nuestros que han sido perseguidos, torturados, asesinados por ser fieles a ese mensaje con el que se han identificado totalmente. Entregar la vida de esa manera supone anteponer esa visión a cualquier interés propio.
Por eso los dos primeros versículos del capítulo 12 de la carta a los Romanos apoya tan claramente esta visión que no es para héroes ni para personas “llamadas” por Dios sino para cualquiera que se llame cristiano. Todxs estamos llamados a dejarnos transformar por esa Palabra que nos moldea hasta hacernos pensar, sentir, actuar de otra manera; no a la manera del “mundo”.
Ese es el culto que nos propone Pablo, no el de asistir a ritos sino el de dejar que Dios en nuestro interior y en comunidad nos vaya transformando en nuestra verdadera identidad. Solo así tomaremos las mejores decisiones para construir un mundo mejor. Una gran tarea que está por empezar para ir discerniendo como nos dice Pablo: lo bueno, lo que le agrada a Dios, lo perfecto.
Solo por este camino se puede llegar a vislumbrar el evangelio de hoy. Las palabras tan fuertes de Jesús sobre su sufrimiento y muerte nos producen un rechazo visceral como le ocurrió a Pedro.
El reproche de Jesús va en la línea de su pensamiento. No has sido transformado, no has entendido que hacer vida la Palabra tiene consecuencias, y no las quieres ni para mí ni para ti, parece decirle Jesús.
Jesús se define en la línea del profetismo que provoca enemistad y que tiene consecuencias hasta llegar a dar la vida; no busca algo diferente para sus seguidores. Al igual que Jeremías, ese fuego en su interior no le deja huir y le ayuda a discernir hasta ofrecer su cuerpo como sacrificio vivo.
Ante este mensaje de hoy, ¿cómo recibo la Palabra en mi día a día? ¿Afronto el reto que me ofrece o me evado? ¿A qué me siento llamada hoy?
Carmen Notario, SFCC
No hay comentarios:
Publicar un comentario