30 de agosto
Mt 16, 21-27
Dicen los entendidos que el cerebro humano está programado para protegernos del dolor. Y que, aunque no siempre lo consiga, eso explica en gran parte su modo de funcionar. En todo caso, lo cierto es que el dolor —y, como trasfondo, la muerte— es lo que más nos asusta. Ante su simple presencia, el cerebro dispara sus mecanismos de defensa. Basta nombrarlo —como en el caso del texto que leemos hoy—, para ponernos en guardia…, incluso desde nuestra mejor voluntad: “¡No lo permita Dios!”.
Si desde siempre el miedo al dolor ha acompañado al ser humano, me parece que, en nuestra sociedad, tal miedo se ha exacerbado. Quizás porque hemos podido tener una vida más fácil o llevadera, quizás por una sensibilidad más narcisista que en otras épocas, parece que toleramos mucho peor el dolor y la frustración. Nos cuesta convivir con nuestra vulnerabilidad, no digo ya aceptarla y abrazarla.
Y, sin embargo, no hay atajos. La evitación permanente del dolor a toda costa nos vuelve, paradójicamente, más indefensos ante él. Al tratar de ocultarlo, quedamos inermes. Si queremos reprimirlo, lo convertimos en sufrimiento.
Necesitamos perder el miedo al dolor y necesitamos, más todavía, reconciliarnos con nuestra vulnerabilidad, nuestra fragilidad y nuestras limitaciones. Porque solo abrazando nuestra verdad completa, es posible la paz.
ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO (Boletín semanal)
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