Ante una herida que afecta a más de 130.000 hogares, la Iglesia pide a sus comunidades que escuchen, acompañen y den cobijo a quienes se niegan a dejar de buscar.
El próximo 30 de agosto se celebra el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. En México, la jornada adquiere una dimensión especialmente dolorosa: más de 130.000 personas permanecen desaparecidas o sin localizar. Detrás de esta cifra hay madres, padres, esposas, hijos y hermanos que viven suspendidos entre la esperanza de encontrarlas y el temor a conocer la verdad.
Ante la insuficiencia de la respuesta institucional, muchas familias han tenido que asumir por sí mismas las labores de búsqueda. Organizan colectivos, investigan pistas y recorren terrenos en los que podrían encontrarse fosas clandestinas. No eligieron convertirse en rastreadoras ni investigadoras. Lo hacen porque el amor no les permite resignarse y porque buscar es también una manera de mantener viva a la persona ausente.
Con motivo de esta jornada, la Iglesia mexicana, a través del Diálogo Nacional por la Paz, ha pedido a parroquias y comunidades religiosas que acojan las iniciativas convocadas por las familias buscadoras. La propuesta incluye recibirlas en las celebraciones, ofrecerles escucha y consuelo, incorporar a los desaparecidos en las oraciones y facilitar espacios donde puedan instalar sus llamados «buzones de paz».
Son gestos sencillos, pero poseen una profunda carga simbólica. Abrir las iglesias significa ofrecer un lugar a quienes con frecuencia se sienten abandonados por las instituciones y olvidados por la sociedad. Significa permitir que entren en ellas los nombres, las fotografías y las historias de quienes un día salieron de sus casas y nunca regresaron.
Una persona desaparece dos veces: cuando se pierde su rastro y cuando dejamos de nombrarla. Por eso, acoger a sus familiares también es una forma de proteger su memoria. Mientras alguien conserve su fotografía, pronuncie su nombre y continúe preguntando dónde está, esa vida no podrá quedar reducida a una cifra dentro de un registro.
«Recuperar la paz pasa por sanar la herida de las personas desaparecidas», recuerda la convocatoria. No puede construirse una paz verdadera sobre el silencio, el miedo o la impunidad. La reconciliación necesita conocer la verdad, exigir justicia y reparar, hasta donde sea posible, el daño causado.
La Iglesia no puede resolver por sí sola esta tragedia ni sustituir la responsabilidad de las autoridades. Pero sí puede decidir dónde situarse. Puede limitarse a contemplar el sufrimiento desde lejos o caminar junto a quienes buscan. Puede ofrecer palabras generales de consuelo o convertir sus comunidades en espacios concretos de acogida, memoria y esperanza.
Abrir las puertas de las iglesias no es tan solo ofrecer consuelo para soportar la incertidumbre, sino que sostiene la exigencia de verdad, justicia y reparación. Las madres buscadoras no deberían verse obligadas a ser heroínas, ni a investigar, remover la tierra y recorrer solas el país para encontrar a sus hijos. Esa responsabilidad corresponde a las autoridades. La Iglesia puede acompañarlas y amplificar su reclamación, para conseguir que México se implique en esa búsqueda. De las iglesias abiertas sale una voz que se niega a callar hasta encontrar a los desaparecidos.
Inma Calvo Torrejón
Fuentes consultadas: Vida Nueva, Gobierno de México y Agencia EFE.
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