Mt 16, 21-27
Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén … ser matado y resucitar al tercer día.
Hay dos formas distintas de interpretar este pasaje. Una, Jesús, hombre verdadero, se da cuenta de que su enfrentamiento con las autoridades está yendo demasiado lejos, y advierte a sus discípulos del peligro que entraña seguir con él porque ese rechazo puede acabar en muerte. Otra, Jesús, el Verbo que existe desde el principio junto al Padre, lo sabe todo y va preparando a sus discípulos para un hecho que él conoce desde siempre.
Según sea nuestra postura, entenderemos la cruz como el sacrificio redentor de Jesús siguiendo “la voluntad del Padre”, o como el resultado inevitable de su predicación y la posterior reacción del poder establecido. Hasta hace muy poco, la interpretación habitual era la primera; una interpretación basada en una lectura de la Redención que hoy nos causa escalofríos: el Padre, “el Justo”, ofrece el sacrifico de su Hijo Jesús, “el Bueno”, en satisfacción de las ofensas que ha recibido de la humanidad…
Hoy, la labor concienzuda y rigurosa que realizan los exegetas independientes nos permite interpretar los textos evangélicos mucho mejor que antes, es decir, nos ayuda a conocer mejor la intención de sus autores cuando los escribieron. Hoy sabemos que una lectura poco cualificada nos puede llevar a deducir cualquier disparate con tal de que se ajuste a nuestra mentalidad. Por esa razón, este conocimiento que hoy tenemos es un privilegio que nos ha sido dado, pero tiene el riesgo de inducirnos a dar demasiada importancia a los aspectos técnicos de la lectura y relegar la esencia de la buena Noticia; o dicho de otro modo, tiene el riesgo de que los árboles no nos permitan ver el bosque.
«Aunque yo dominara las lenguas arcanas … si me falta el amor nada soy”… Aunque yo sea un erudito en la interpretación de los textos sagrados, si no soy capaz de vivir los criterios del Reino me estaré perdiendo la buena Noticia y de nada me servirá tanta sabiduría. Un ejemplo. En el episodio del samaritano –resumen y compendio del mensaje de Jesús–, tanto el sacerdote como el levita que se desentienden del herido, conocían maravillosamente la Ley, pero Jesús pone de ejemplo al hereje inculto y despreciado porque la llevaba en el corazón.
Y volvemos a una línea recurrente en estos comentarios. Tendemos a menospreciar a quienes creen distinto de nosotros; a los que están tan trasnochados que siguen creyendo en esa idea horrible de la Redención, o en la transustanciación, o que Dios nos juzga, premia a los justos y castiga a los impíos… Y corremos el riesgo de creemos mejores; de olvidar que el evangelio no es para conocerlo, sino para vivirlo; que la sabiduría y las creencias son secundarias.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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