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miércoles, 26 de agosto de 2026

Fallece faustino vilabrille, sacerdote y teólogo de una fe pegada a la vida

 


El colaborador habitual de Fe Adulta murió en Gijón a los 90 años. Su compromiso cristiano atravesó el mundo rural asturiano, la pastoral penitenciaria y los proyectos de cooperación en Guatemala y Ruanda. Deja también una palabra libre, crítica y esperanzada, empeñada en devolver el Evangelio a la vida de los últimos.

Faustino César Vilabrille Linares falleció en Gijón el 20 de agosto de 2026, a los 90 años. Sacerdote, misionero, cooperativista y teólogo de a pie, fue durante muchos años colaborador de Fe Adulta, donde publicó numerosos artículos sobre justicia social, Iglesia, igualdad, paz, ecología y solidaridad con los pueblos empobrecidos.

Su funeral se celebró el 22 de agosto en la iglesia de San Antonio de Padua de Gijón. Se despedía así a un cura poco amigo de honores y títulos, cuyo ministerio fue, sobre todo, una forma de presencia: junto a las comunidades rurales, los agricultores, las personas encarceladas, los pueblos indígenas y quienes quedaban fuera de los centros de poder, también dentro de la propia Iglesia.

Del seminario al mundo rural

Faustino nació en 1936 en San Andrés de Logares, en A Fonsagrada (Lugo), y estudió en el Seminario de Oviedo. Fue ordenado sacerdote en 1962. Su primer destino pastoral estuvo en San Nicolás de Avilés; posteriormente pasó por San Juan de Muñás y desarrolló una parte decisiva de su ministerio en San Miguel de Trevías, en el occidente asturiano. Desde 1982 quedó vinculado también al barrio gijonés de El Cerillero, según la semblanza publicada por la Archidiócesis de Oviedo.

Él mismo resumió su llegada a Trevías recordando que la parroquia estaba compuesta por 18 pueblos y que ninguno disponía de agua corriente en las casas. Llevar el agua a sus hogares con la colaboración de todos fue, según escribió en su presentación para Fe Adulta, su “primer compromiso social”.

Aquel cura rural entendió pronto que anunciar el Evangelio no podía consistir únicamente en celebrar los sacramentos. La fe debía ayudar a transformar las condiciones materiales de vida. De esa experiencia nació el impulso a la cooperativa agrícola Agrovaldés, que llegó a extenderse más allá de la comarca. Vilabrille trabajó en ella como uno más, renunció a la paga oficial e hizo de la cooperación una respuesta concreta a las dificultades de agricultores y ganaderos.

No se trataba de hacer caridad desde arriba, sino de organizarse para que las personas pudieran sostener su propia vida. Esa convicción acompañaría toda su trayectoria: atender una necesidad inmediata era imprescindible, pero había que actuar también sobre sus causas.

Al lado de las personas encarceladas

Otra dimensión central de su ministerio fue la pastoral penitenciaria en el Centro Penitenciario de Villabona. Faustino acompañó a las personas presas, participó en celebraciones dialogadas y defendió que detrás de cada condena continuaban existiendo una persona, una historia y una posibilidad de reconstrucción.

El cese, a finales de 2015, de todo el equipo de pastoral penitenciaria —formado por varias decenas de voluntarios— provocó en él un profundo dolor. Vilabrille criticó públicamente una decisión que consideraba injusta y perjudicial para los internos. No aceptaba que la obediencia eclesiástica exigiera guardar silencio ante lo que su conciencia le pedía denunciar.

Aquella experiencia puso de manifiesto una tensión que atravesó buena parte de su vida: la distancia entre una Iglesia preocupada por preservar su estructura y otra forma de ver el cristianismo como servicio y cercanía con quienes sufren. Faustino escogió siempre la segunda, aun cuando eso lo convirtiera en una voz incómoda.

Guatemala, Ruanda y una cooperación transformadora

Tras su jubilación continuó colaborando como voluntario en una parroquia popular de Gijón y en Cooperación Internacional de Cáritas. En 2003 permaneció seis meses en Guatemala, trabajando con cooperativas indígenas, impartiendo formación y asesorando a sus juntas directivas.

Allí impulsó durante años el proyecto “Agua para todos y todas”, que permitió instalar 444 depósitos, con capacidad para recoger 8.000 litros de agua de lluvia cada uno, y benefició a más de 400 familias de cinco comunidades indígenas de Alta Verapaz. Su compromiso se extendió igualmente a distintos proyectos sociales en Ruanda.

Faustino desconfiaba de una ayuda que se limitara a aliviar momentáneamente el sufrimiento. “El asistencialismo solo da de comer puntualmente, pero no quita el hambre ni el subdesarrollo”, escribió. Por eso defendía una cooperación que promoviera formación, organización comunitaria, autonomía y transformación social.

África y América Latina tampoco eran para él realidades lejanas. En sus escritos relacionaba la pobreza, las migraciones y las guerras con el expolio de materias primas, el acaparamiento de tierras, el comercio internacional injusto y la indiferencia de las sociedades enriquecidas. Mirar a los pueblos empobrecidos obligaba también a examinar nuestro propio modo de vivir.

Una teología escrita desde la realidad

El catálogo actual de Fe Adulta reúne 82 publicaciones de Faustino Vilabrille. No construyó una teología de lenguaje académico ni separada de la vida. Sus textos nacían de una noticia, una lectura dominical, un viaje, una injusticia o el encuentro con una persona concreta.

Su método era reconocible: abrir el Evangelio, mirar el mundo y preguntar quién estaba sufriendo. Después venían la denuncia, la llamada al compromiso y, casi siempre, una esperanza obstinada.

En “Creo en Jesucristo, pero no en la Iglesia” recordó que el objeto de la fe no es la institución, sino Jesús y su mensaje. En “Qué sencillo es ser cristiano” reducía lo esencial al amor a Dios y al prójimo, inseparable de la justicia, la misericordia y la defensa de los oprimidos. En “Mensaje universal de Jesucristo” presentaba a Jesús como un hombre del pueblo, identificado con los hambrientos, los enfermos, los migrantes y los encarcelados.

Defendió una Iglesia pobre, participativa y desligada de los poderes económicos y políticos; una comunidad en la que la autoridad fuese servicio y el laicado tuviera verdadera responsabilidad. Reclamó con insistencia la plena igualdad de las mujeres y su acceso a todos los ministerios. Su último artículo publicado en Fe Adulta, apenas dos días antes de morir, llevaba un título inequívoco: “La gran marginación de la mujer en la Iglesia”.

También denunció las guerras, el gasto militar, la desigualdad económica, el drama de las migraciones y la destrucción de la naturaleza. Su espiritualidad unía justicia social y cuidado de la Tierra, austeridad personal y solidaridad universal. No concebía una celebración cristiana que no fortaleciera el compromiso con los oprimidos.

El legado de una fe hecha compromiso

Faustino Vilabrille deja infraestructuras de agua en pueblos que carecían de ella; una cooperativa que ayudó a dignificar el trabajo rural; depósitos de lluvia en comunidades indígenas; proyectos compartidos con Ruanda; horas de escucha junto a personas encarceladas y decenas de escritos que continúan formulando preguntas incómodas.

Pero deja, sobre todo, una manera de entender la fe. Para él, seguir a Jesús significaba hacer posible una vida digna, combatir las causas de la pobreza, compartir, organizarse y mantener los ojos abiertos. El altar no podía separarse de la calle; la oración, de la justicia; ni la esperanza cristiana, de la transformación del mundo.

Fe Adulta agradece hoy su vida, su palabra valiente y su testimonio cristiano. Descansa en paz, Faustino.

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