Antes era habitual que la familia despidiera a la persona fallecida con una misa funeral, a la que acudían parientes, amigos y conocidos. Ahora, en muchos casos, el féretro es trasladado directamente desde el tanatorio hasta el cementerio o el crematorio, sin celebrar una misa o un responso. En otras ocasiones se organiza una despedida laica o una sencilla celebración religiosa en el propio tanatorio.
Este cambio me hace pensar que está disminuyendo el número de creyentes y que, para muchas personas, la oración comunitaria ante la muerte ya no significa demasiado ni les ayuda a vivir esos momentos. Quizá también esté debilitándose el sentido comunitario que antes reunía a familiares, amigos y vecinos para acompañarse y compartir el dolor.
Todas las opciones son respetables. Lo importante es vivir la muerte de un ser querido de la manera más consciente, humana y significativa posible.
Mi pequeña experiencia me dice que, cuando la celebración religiosa tiene lugar en la sala del tanatorio y participa un grupo reducido, puede resultar más íntima, familiar y cercana. A veces permite expresar y compartir la fe con mayor sencillez.
Tal vez esta nueva realidad sea también una llamada para que nuestras celebraciones sean más comprensibles, acogedoras y próximas a las personas, de modo que puedan ayudarlas realmente.
Se trata de vivir esos momentos con el mayor sentido posible. La Iglesia ofrece un camino y una posibilidad a quienes encuentran consuelo y esperanza en la fe. Ojalá cada celebración sea verdaderamente una oportunidad de acompañar, recordar, agradecer y confiar.
GERARDO VILLAR
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