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viernes, 23 de octubre de 2026

¿Qué está naciendo en Europa?

 


Avatar de María Eugenia Massariol
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En Europa parece estar ocurriendo algo inesperado: crece el número de adultos que piden el bautismo y muchos jóvenes vuelven a acercarse a la Iglesia. Hay motivos para alegrarse. En sociedades atravesadas por la soledad, la incertidumbre y la búsqueda de sentido, que alguien se pregunte por Dios puede abrir una puerta a una experiencia profunda. Pero la pregunta no termina ahí: ¿qué está naciendo realmente? ¿Una fe que transforma la vida y nos acerca a los demás, o una identidad religiosa que ofrece seguridad frente a un mundo que sentimos amenazante?

No podemos conocer las motivaciones de cada persona a partir de las cifras. Sería injusto sospechar de toda búsqueda espiritual, igual que sería ingenuo dar por hecho que todo crecimiento religioso conduce, por sí solo, al compromiso evangélico. La fe puede ser consuelo, refugio y encuentro interior; el problema aparece cuando se queda encerrada en el bienestar individual y no nos vuelve más sensibles al sufrimiento que tenemos alrededor.

El Evangelio no desprecia la intimidad ni la necesidad de encontrar paz. Jesús se retira, ora y busca espacios de silencio. Pero ese encuentro nunca lo aparta de la gente: lo devuelve a los enfermos, a los pobres, a quienes quedan al margen y a quienes la sociedad considera incómodos. La experiencia de Dios, si quiere llamarse cristiana, no puede convertirse en una espiritualidad que nos haga sentir mejor sin preguntarnos qué les pasa a los demás. La pregunta decisiva no es solamente qué siento cuando rezo, sino qué cambia en mi manera de mirar y tratar al otro.

También existe otro riesgo: que el renacer religioso sea utilizado como una bandera cultural y política. En algunos discursos europeos, el cristianismo aparece menos como una llamada a vivir el Evangelio que como una marca de pertenencia: las raíces que supuestamente nos definen frente a quienes vienen de fuera. La cristiandad puede convertirse así en una frontera simbólica: nosotros, los de aquí; ellos, los que amenazan nuestra identidad.

La inquietud se vuelve especialmente concreta cuando el debate público habla de una «invasión musulmana» o «invasión marroquí». La inmigración plantea desafíos reales —de gestión, convivencia, vivienda, empleo y políticas públicas— que deben abordarse con responsabilidad. Pero llamar invasión a la llegada de personas que huyen de la pobreza, la violencia o la falta de oportunidades no es una descripción neutral: es una palabra que puede convertir a seres humanos en una amenaza colectiva y alimentar el miedo. Una sociedad puede discutir sus políticas migratorias sin olvidar la dignidad de quienes migran.

La reunión del Consejo Europeo celebrada en Bruselas los días 15 y 16 de octubre volvió a mostrar la dificultad de construir una respuesta común. Los Veintisiete adoptaron conclusiones sobre migración, defensa y seguridad, entre otros asuntos, pero las diferencias políticas no desaparecieron: los líderes dejaron el tema migratorio para seguir tratándolo en próximas reuniones. En paralelo, el presupuesto plurianual de la Unión para 2028-2034 continúa siendo objeto de fuertes discrepancias. Alemania y otros países contribuyentes reclaman contención, mientras otros gobiernos defienden preservar recursos para políticas comunes, como la cohesión y la agricultura. La guerra de Ucrania y la necesidad de reforzar las capacidades de defensa añaden presión a unas decisiones que también determinarán qué recursos quedan para otras prioridades.

No se trata de negar la necesidad de seguridad ni de presentar como incompatibles la defensa y la solidaridad. Se trata de preguntar qué Europa queremos construir y qué entendemos por seguridad. ¿Puede llamarse segura una sociedad que refuerza sus fronteras, pero deja crecer la exclusión? ¿Qué lugar ocupan la acogida, la cooperación, la lucha contra la pobreza y la protección de los más vulnerables cuando se distribuyen los recursos comunes? El presupuesto también expresa una idea de sociedad: revela qué consideramos urgente y qué estamos dispuestos a dejar en segundo plano.

Aquí aparece una diferencia que merece ser pensada entre la tradición profética latinoamericana y lo que hoy vemos en Europa. En América Latina, con todas sus contradicciones y límites, la Iglesia profética ha tenido referentes históricos muy visibles en la defensa de los pobres, la denuncia de la injusticia y la cercanía con los pueblos excluidos. No sería justo idealizar esa historia ni afirmar que Europa careció de voces proféticas: las hubo y las hay. Pero sí cabe preguntarse si esas voces han ocupado un lugar central o si, con frecuencia, la Iglesia europea se ha sentido más cómoda cuando estaba cerca del poder político y cultural.

La tradición profética no consiste en bendecir una identidad colectiva ni en ofrecer legitimidad religiosa a un proyecto político. Consiste en mantener la libertad necesaria para señalar la injusticia, incluso cuando la cometen quienes se proclaman defensores de la fe. Por eso, una Iglesia verdaderamente evangélica debería poder incomodar tanto a la izquierda como a la derecha, y especialmente a aquellos que utilizan el nombre de Dios para justificar el desprecio o la exclusión.

Tal vez el aumento de bautismos y el interés de tantos jóvenes sean una oportunidad. No hace falta desconfiar de ellos ni decidir de antemano qué los mueve. Hace falta acompañar esa búsqueda y preguntarnos qué comunidades encuentran, qué imagen de Jesús se les presenta y si descubren una fe que ensancha la vida y los compromete con los demás. La respuesta no estará únicamente en las estadísticas, sino en los frutos: más fraternidad, más justicia, más cuidado de quienes quedan atrás.

En tiempos de miedo, la cristiandad puede ofrecer una identidad que parece protegernos. El Evangelio, en cambio, no nos promete una identidad blindada: nos invita a salir al encuentro. No pregunta primero de dónde viene el otro ni si pertenece a nuestro grupo, sino qué necesita y qué hacemos nosotros ante su necesidad.

Por eso, ante este aparente renacer religioso, la pregunta sigue abierta: ¿qué cristianismo está naciendo en Europa? ¿Uno que recupera símbolos y certezas para levantar fronteras, o uno que vuelve a Jesús y encuentra en los últimos una llamada que no puede desoír? Quizá ahí se juegue la diferencia entre una cristiandad que busca reconocerse a sí misma y una Iglesia profética dispuesta a transformar la realidad.

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