Leer el evangelio
34 Los fariseos, al enterarse de que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se congregaron, 35 y uno de ellos, que era jurista, le preguntó para tentarlo:
36 – Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
37 Él le contestó:
– «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Dt 6,5). 38 Este es el mandamiento principal y el primero, 39 pero hay un segundo no menos importante: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18). 40 De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas.
Mt 22, 34-40
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas»
A Dios se le puede temer, se le puede adorar, se le puede aplacar, pero, ¿realmente se le puede amar?… Las religiones primitivas consideran a los dioses gente peligrosa, poco de fiar, a la que hay que mantener alejada y calmada. Por supuesto, el amor a Dios no tenía en ellas el menor significado.
En el Antiguo Testamento se formula por primera vez el mandamiento de amar a Dios, pero es un mandamiento en cierto modo paradójico, porque la imagen que el pueblo judío tiene de Dios no invita a amarle. ¿Acaso se puede amar al Juez que nos castiga por nuestros pecados? ¿O al Señor que reparte bendiciones entre los elegidos y olvida que la gran mayoría de su pueblo vive marginada y depauperada?…
Jesús nos da una excelente razón para amar a Dios: “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas… porque es tu madre”. Amamos a Dios porque Él nos ama primero, y amamos al prójimo por esa misma razón. Los cristianos hemos visto el amor de Dios en el corazón de Jesús, y ello nos invita a responder a ese amor con amor a los demás. Como decía Ruiz de Galarreta «Dios no necesita nada de nosotros, pero tiene hijos que sí nos necesitan».
Para amar a Dios, como para amar a cualquier otra persona, es necesario conocerle, y el cauce para ello es el conocimiento de Jesús: «A Dios nadie le ha visto jamás, sólo el Unigénito nos lo ha dado a conocer» –nos dice Juan en su prólogo solemne– … «Tanto tiempo con vosotros y no me conoces, Felipe: quien me ha visto a mí ha visto al Padre», –añade Juan en su capítulo catorce–. El quicio del cristiano es creer que en un ser humano, tan humano como nosotros, hemos visto a Dios. Por eso no nos cansaremos de repetir el gran error que supone minimizar la importancia de Jesús en la espiritualidad de los cristianos y prescindir de los cauces para conocerle.
Ahora bien, el problema de conocer a Dios es el mismo que el de conocer a los otros; tratamos de hacerlo a base de asertos, con el conocimiento, y ése no es el camino. Conocer a Jesús es el primer paso para conocer a Dios, pero no basta con conocerle, es necesario sentirle, y el principal medio para sentirle es la oración. Permítanme un símil: sabemos que quien se acerca al fuego se va calentando, y quien se acerca a Dios a través de la oración irá sintiendo su calor, su amor, e irá creciendo en su propio amor hacia Él.
Los místicos van más allá y lo buscan en lo más íntimo de su ser, y la unión con Dios alcanza en ellos la máxima expresión. El místico prescinde del intelecto, reemplaza la razón por la experiencia de la unión con Él y ahí se produce el verdadero conocimiento y la plenitud en el amor. Los místicos describen esta experiencia como la de un enamorado en presencia de su amada.
Termino. Los discípulos de Jesús le conocieron, quedaron fascinados, le siguieron y sólo al final creyeron. Ése es quizás el camino de la fe: primero conocerle.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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