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jueves, 28 de noviembre de 2013

La reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana (o cómo crear una “mayoría silenciada”) Gerardo Pisarello · Jaume Asens

La “mayoría silenciosa” se ha convertido en una categoría central de la política española actual. En manos del Gobierno, es el arma arrojadiza contra cualquier movilización que cuestione sus políticas. Los que protestan –contra los recortes, contra las privatizaciones, exigiendo mayor democracia– son siempre una minoría. Ruidosa, extremista, invariablemente manipulada. La “mayoría silenciosa”, en cambio, sería la expresión ontológica de una sociedad civilizada. La que se queda en casa, la que soporta estoicamente los ajustes y las exhibiciones de impunidad de los que mandan.
El problema se produce cuando las minorías ruidosas comienzan a crecer. O cuando amenazan con votar como no deberían. En esos casos, la “mayoría silenciosa”, o mejor, “silenciada”, ya no es un concepto descriptivo. Es algo que conviene crear. Aparatosamente, a través de una mayor represión directa. O de manera sutil, a través de medidas que neutralicen o desgasten a quienes se resisten a entrar en razón y que dificulten el control judicial. El anuncio del Ministro del Interior Jorge Fernández Díaz de una reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana debe entenderse dentro de esta última estrategia.

Escarmentado por las movilizaciones anti-ajuste contra el PSOE y por el crecimiento del soberanismo en Cataluña, la idea de estrechar el cerco contra la protesta social ha estado presente desde un primer momento en los planes del Partido Popular. El propio Ministro Fernández Díaz ha acompañado cada movilización contra su Gobierno con un anuncio de restricción de libertades y de endurecimiento del marco de sanciones existentes. A menudo, estos anuncios han sido tratados como globos sondas, como una suerte de provocación destinada a quedar en nada o en muy poco. Lo cierto, sin embargo, es que han producido cambios concretos en el marco normativo y han dado cobertura a actuaciones policiales que hubieran resultado intolerables unos años antes.

a) Crear una mayoría silenciada (I): endurecer el Código Penal.

Ya en ocasión de la primera huelga general contra el Gobierno Rajoy, Fernández Díaz denunció un “salto cualitativo” en los hechos de violencias registrados durante las protestas. Esta supuesta “emergencia” era totalmente infundada a la luz de los hechos reales. Sin embargo, le permitió anunciar una reforma del Código Penal que asimilara la llamada “violencia callejera” a conductas terroristas o proto-terroristas. Fernández Díaz también aprovechó la coyuntura para enviar otros mensajes de dureza. Sugirió que asociaciones, partidos y sindicatos respondieran penalmente en aquéllos casos en que algunos de sus afiliados, partícipes en las manifestaciones convocadas, cometieran hechos delictivos. Y pidió lo mismo, en el ámbito civil, para padres y tutores cuyos hijos menores de edad pudieran haber causado daños durante una manifestación.

Muchas de estas medidas fueron descalificadas como un simple exabrupto pour la galerie. Empero, inspiraron buena parte la propuesta de reforma del Código Penal anunciada en ese mismo año por el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón. El Anteproyecto de Gallarón perseguía varios objetivos simultáneos. Por un lado, contemplaba nuevos delitos y endurecía penas y multas que podían afectar las ocupaciones pacíficas y reivindicativas de entidades bancarias u organismos públicos, los bloqueos simbólicos de transportes públicos o el ciberactivismo en las redes sociales. Por otra parte, ampliaba el alcance de delitos ya existentes como el de desórdenes públicos y abría las puertas a la criminalización de la resistencia pasiva, como había pedido Fernández Díaz [1]. Finalmente, establecía la desaparición de las faltas, que pasaban a convertirse, bien en delitos leves, bien en infracciones administrativas. Esta última medida distaba de ser una expresión del principio de intervención mínima. Muchas actuaciones hasta entonces constitutivas de faltas, en realidad, recibieron un tratamiento penal más duro. Con ello, actuaciones de desobediencia protagonizadas por el 15-M, los Yayoflautas, la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH) o el Sindicato Andaluz de Trabajadores corrían el riesgo de recibir abultadas sanciones económicas o de acabar en el banquillo de los acusados, en un juicio penal por delito.

b) Crear una mayoría silenciada (II): reforzar la impunidad policial

Otra de las vías de actuación del Gobierno para “silenciar” a las “minorías ruidosas” sería la ampliación de los márgenes para la represión policial de la protesta. En 2013, la Comisión Legal de la Acampada del 15-M de Sol, de hecho, denunció que en tres años 329 personas habían sido detenidas (y a veces lesionadas) en el transcurso de manifestaciones pacíficas. Estos abusos policiales no merecieron, casi nunca, la apertura de un expediente sancionador. Por el contrario, a menudo contaron con un aval, implícito al menos, de los mandos políticos y policiales. El crédito casi ilimitado dado a los agentes en relación con las víctimas y otros testigos permitiría ampliar las vías represivas de alta y baja intensidad. En poco tiempo, aumentaron los maltratos y las detenciones arbitrarias, se impusieron multas desorbitadas, se abrieron páginas electrónicas para denunciar a sospechosos de “vandalismo” en las manifestaciones y se autorizó la grabación de manifestantes, incluso en aquellos casos en los que no estuvieran cometiendo ilícito alguno.
La generalización de estas prácticas contrastaría con la impunidad concedida a los cuerpos policiales. Esto se pudo ver claramente con motivo de la detención, tras una brutal carga policial, de varias personas en la manifestación del 25 de septiembre de 2012, en protesta por la recién aprobada reforma laboral. Al llegar a la comisaría de Moratalaz los abogados de los detenidos se toparon con un grupo de encapuchados que, a la postre, resultaron ser agentes de la Policía Nacional. A pesar de la queja de los letrados, Fernández Díaz no tuvo empacho en defender los interrogatorios. Es más, tras la difusión de imágenes de policías encapuchados infiltrados en la manifestación, el ministro sostuvo que el ordenamiento jurídico “debe y va a ser capaz” de hallar mecanismos para que el respeto a la libertad de expresión “no sirva nunca de parapeto” para atentar contra el honor de los policías.
La nueva reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana concreta esta aspiración. No en vano, su diseño ha sido encomendado a un inspector vinculado a las unidades antidisturbios del Cuerpo Nacional de Policía. Tampoco es casual que uno de sus responsables políticos haya sido el Secretario de Estado de Seguridad, Francisco Martínez, uno de los pocos miembros del Gobierno que ha defendido sin ambages la utilización de cuchillas “anti-migrantes” en las vallas de Ceuta y Melilla.
c) Crear una mayoría silenciada (III): asfixiar económicamente a los que protestan.
A juzgar por los anuncios realizados por Fernández Díaz, la reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana será un complemento perfecto del resto de medidas represivas adoptadas en estos últimos años. De aprobarse, permitiría aumentar sensiblemente el número de infracciones administrativas previstas en la ley actual: de 39 a 55. El repertorio de conductas sancionables se ampliaría de manera notable: escraches, disolución de manifestaciones con vehículos (como las realizadas en Cataluña contra los peajes), quema de contenedores, protestas frente a instituciones como el Congreso de los Diputados, grabaciones o difusiones de imágenes de agentes de las fuerzas de seguridad en el ejercicio de sus funciones. Las sanciones por estas conductas también se incrementarían, pudiendo llegar en algunos casos a multas de entre 30.001 y 600.000 euros.
Como salta a la vista, ninguna de las infracciones contempladas obedece a la imaginación del Ministerio del Interior. Todas están vinculadas a acciones de protesta que se han producido recientemente. La filosofía de fondo de la propuesta no carece de lógica: el Gobierno piensa que una multa cuantiosa puede contribuir a configurar su soñada “mayoría silenciosa” con igual o mayor eficacia que una carga policial, que unos días de encierro o que un par de golpes en una furgoneta o en una comisaría.
Hace tiempo, en realidad, que la utilización de las multas y de la llamada “buro-represión” ocupa un lugar central en las estrategias más sutiles de desgaste y de neutralización de la protesta social [2]. Tras la aparición del 15-M, de hecho, se hizo frecuente que las autoridades echaran mano de la Ley de Seguridad Ciudadana de 1992 para multar a quienes protestaban contra las políticas gubernamentales. Este régimen sancionatorio ya resultaba cuestionable en el momento de su aprobación. Pero ha devenido aún más arbitrario en los últimos años. Infracciones leves, como negarse a facilitar el DNI, desobedecer ciertos mandatos de la autoridad u originar desórdenes en los espacios públicos, han acarreado multas de hasta 300 euros. En cambio, infracciones consideradas graves como celebrar reuniones en lugares de tránsito público o manifestaciones que no se hayan comunicado a la autoridad gubernativa, han supuesto multas de entre 300 y 30.000 euros. Y si se trata, por fin, de infracciones muy graves, en las que se ha alterado el funcionamiento de servicios públicos o los transportes, pueden llegar a 600.000 euros.
Manifestantes aislados o activistas pertenecientes a movimientos como el 15-M, el Sindicato Andaluz de Trabajadores o la PAH han sido sancionados con multas cuantiosas que pueden tener un efecto desmovilizador mayor incluso que las simples detenciones. Además de engrosar las arcas de las Delegaciones de Gobierno, estas multas han obligado a los movimientos a desviar sus escasos recursos a tareas que no siempre tienen que ver con sus exigencias inmediatas y a convocar constantes actos de solidaridad para afrontar las sanciones.
La propuesta de Ley de Seguridad Ciudadana viene así a complementar la estrategia represiva diseñada con la reforma del Código Penal. El intento de Interior por llevar a la Audiencia Nacional las protestas ante el Congreso, o el escrache a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, a un juzgado de Madrid, se saldó con un rotundo fracaso. Los jueces que entendieron en estas causas emitieron duros autos duros autos contra la actuación policial y primaron la libertad de expresión de los ciudadanos. Las sanciones administrativas, en cambio, alcanzarán a muchas más personas y podrán ser impuestas directamente por las Delegaciones de Gobierno, sin control judicial previo. Para obtener una revisión en sede jurisdiccional, de hecho, habrá que recurrir a la vía contencioso-administrativa y pagar unas tasas judiciales que, tras la reforma Gallardón, se han tornado especialmente abusivas.
d) El silencio del miedo y sus límites
Como bien han sostenido los abogados del Colectivo de Juristas andaluz 17 de marzo, la propuesta de reforma de Fernández Díaz es una suerte de reedición de la Ley de Vagos y Maleantes aprobada en los años 30 del siglo pasado y ampliada durante el franquismo. Además de reforzar la impunidad policial, su objetivo es claro: complementar la profundización del ajuste social con un nuevo ajuste penal. O mejor, con un ajuste penal administrativo, menos garantista pero tan o más eficaz que este último.
Esta combinación entre represión dura y blanda no tiene otro propósito que infundir miedo y convertir a la supuesta minoría ruidosa que desafía al Gobierno en una mayoría silenciada y obediente. Es posible que sus impulsores se salgan con la suya. Pero también podría ocurrir lo contrario. Al amenazar con sanciones económicas elevadas a quienes han perdido su trabajo y su casa, a quienes ya están endeudados o se han visto condenados a una precariedad insoportable, el Gobierno juega con fuego. No solo porque difícilmente le servirá para detener a quienes tienen poco o nada que perder, sino porque entre esos sectores hay mucha gente, cada vez más, que le dio su voto en las últimas elecciones. Negar esa realidad es de necios. Y si el Gobierno insiste en hacerlo, si insiste en imponer por la fuerza el silencio y la resignación, al tiempo que airea su propia impunidad, bien podría ocurrir que el ruido de la indignación, más temprano que tarde, acabe por romperle los tímpanos.
Notas [1] La idea de que la resistencia pacífica y pasiva fuera considerada un delito también había sido defendida en otros ámbitos. Un comisario antidisturbios de la policía catalana, de hecho, llegó a declarar sin disimulo en un programa de Salvados, en la cadena Sexta, que “la resistencia pacífica es violencia” y que si “Ghandi hubiera estado en [la ocupación] de plaza Catalunya” durante el años 2011 debería haber sido detenido [2] Sobre esta noción, vid. Pedro Oliver Olmo (coord.) Burorrepresión. Sanción administrativa y control social, Bomarzo, Albacete, 2013.

Gerardo Pisarello es miembro del Consejo de Redacción de Sin Permiso. Jaume Asens es miembro de la Comisión de Defensa del Colegio de Abogados de Barcelona. Ambos son miembros del Observatorio DESC.

¿Quién vive todo gratis en España? Juan Torres López, catedrático de economía aplicada



El presidente de Iberdrola, Ignacio Galán, acaba de hacer unas declaraciones para criticar la propuesta que estudia la Junta de Andalucía de garantizar el suministro de agua y luz a las familias que perciban el salario social diciendo que “el todo gratis nos ha llevado a una deuda pública de niveles de casi el cien por cien”.
Lamento decirlo de una manera tan directa pero estas declaraciones demuestran que las grandes empresas españolas están en manos de personas sin vergüenza, mentirosas y de muy mala sangre, pues es difícil creer que estando en los puestos en donde están sean tan ignorantes como para desconocer asuntos elementales de nuestra vida económica y social.

Las declaraciones del señor Ignacio Galán tergiversan vergonzosamente la realidad, son falsedades que solo tratan de distraer la atención de la gente para que no se descubran los engaños y robos al Estado y a la población que realizan las empresas como la que él preside.
Antes de entrar en materia hay que decirle al señor Galán que quienes dirigen la Junta de Andalucía y están estudiando esta propuesta no son tan tontos como quiere hacer creer sino que saben perfectamente que esta medida, como otras orientadas a ayudar a familias que se encuentran en situación de exclusión social como consecuencia de las políticas económicas que se vienen aplicando para que personas como Galán tengan los ingresos que tienen, no es gratis. De hecho, el propio vicepresidente de la Junta de Andalucía que anunció su estudio advirtió que podrían costar a unos 20 millones de euros. Y nadie en su sano juicio piensa en Andalucía que esa medida sea “gratis total” sino que se sabe que es costosa. Si finalmente se adopta será porque una gran parte de los andaluces la asumimos por un principio de solidaridad y corresponsabilidad que parece que el señor Galán no sabe lo que es ni por asomo.
Dicho esto, hay que señalar igualmente que el presidente de Iberdrola también miente cuando trata de hacer creer que la deuda pública tan elevada que hoy día tiene España se debe a estas medidas de solidaridad que él califica como de gratis total.
Antes de que empezase la crisis, España tenía superávit presupuestario y una deuda pública de menos del 40% de su PIB, muy por debajo de la de otros países europeos como Alemania, Italia o Francia.
Y si ahora tenemos una deuda cercana al 100% no se puede decir ni mucho menos que haya sido por culpa de que hayan aumentado las medidas “gratis total” a las que se refiere Galán. Todo lo contrario. Cualquier persona mínimamente informada sabe que lo que ha bajado en estos años han sido precisamente los gastos en educación, sanidad o pensiones públicas. Por tanto, es materialmente imposible que estos sean los que han aumentado la deuda pública de menos del 40% al 100%.
La deuda pública ha aumentando en España porque desde 2008 se vienen reduciendo los ingresos públicos a causa de la crisis que provocaron los bancos, porque a éstos últimos y a las grandes empresas, como Iberdrola, y a los patrimonios multimillonarios se le vienen dando sin cesar desde entonces ayudas gratis, bien sea aumentando el gasto hacia ellos bien sea disminuyendo los impuestos que tienen que pagar; y, sobre todo, porque ha habido que financiar la deuda que todo ello ha generado en mercados donde los grandes grupos financieros hicieron el agosto ante la inacción de las autoridades.
Como hemos puesto de relieve algunos economistas, los datos revelan claramente que lo que ha hecho crecer la deuda pública en Europa, y en España en concreto, desde hace años, y más aún en esta crisis, no son los gastos corrientes (los que no incluyen los financieros dedicados a pagar la deuda y sus intereses) sino los financieros.
La deuda española, como la de otros países europeos, sería una nimiedad si se hubiera financiado por un auténtico banco central, como ha ocurrido en otros países. En el gráfico de abajo, proporcionado por el Banco de España, se puede comprobar que el saldo primario -ingresos menos gastos corrientes de la eurozona que se reflejan en la línea superior- ha sido positivo hasta 2009, cuando se sitúa por debajo del nivel 0 (es lógico que a partir de entonces hubiera déficit aunque, como puede comprobarse, ni siquiera se ha producido en gran cantidad pues no llega ni al 4% de media en la eurozona). El déficit, por el contrario, solo se registra cuando se consideran los gastos financieros (la línea de abajo que es la que está debajo del nivel 0) .
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En España se podría decir lo mismo. Lo que ha hecho que aumente la deuda hasta el 100% no han sido los gastos corrientes y mucho menos los de bienestar sino los gastos financieros y los de la deuda que ha habido que emitir para pagarlos (unos 155.000 millones desde 2008). Casi el 70% de lo que hoy debe el Estado español es por concepto de intereses y este concepto es lo que hace que hoy día deba 4,5 veces lo que debía en 1989. Mientras que si los déficits de gastos e ingresos corrientes generados desde 1989 se hubieran financiado por un banco central con los mismos tipos de interés con que el Banco Central Europeo financia a la banca privada, nuestra deuda ahora no llegaría ni al 15% del PIB.
Por tanto, y en contra de las mentiras de Galán, esa factura ingente de intereses demuestra que quien vive gratis total es la banca privada: su avaricia, su irresponsabilidad y sus engaños continuados a millones de clientes provocaron una crisis infernal pero no solo no se hace responsable de ella sino que se lleva a su bolsillo los intereses que hay que pagar para solucionar los problemas que ha generado.
La segunda gran mentira de Ignacio Galán es la que hace creer que quienes viven gratis total en España son quienes se benefician de este tipo de medidas bienestaristas que nacen de la solidaridad ciudadana.
Nadie mejor que el señor Galán para saber que quienes viven gratis total en España son personas como él y sus colegas de otras eléctricas que se han puesto sueldos a sí mismos 30 veces mayores que los que tienen sus homólogos en Japón o 5 veces más elevados que los de Alemania. Por supuesto, a costa de que las familias españolas tengamos que pagar los recibos de luz que están entre los dos o tres más caros de Europa.
Quienes viven en España gratis total son las grandes empresas eléctricas que están obteniendo beneficios extraordinarios, más que en ningún otro lugar de Europa, gracias a las estafas y a la influencia política que tienen como fruto de la corrupción que reina en los partidos políticos españoles (en gran parte alimentada por ellas).
Los que viven gratis total en España son las empresas y los directivos, como Ignacio Galán, que suben el recibo de la luz a millones de españoles facturando por conceptos falsos y sobornado a la clase política para que permita estafas como la de los contadores y otras parecidas que ha denunciado, entre otros, el ingeniero Antonio Moreno (ver http://www.estafaluz.com). Galán y todos esos grandes empresarios y directivos son los que hacen que suba la deuda y aumente la ruina de España.
Los que viven gratis total son las grandes empresas, como Iberdrola, y los grandes patrimonios españoles que cometen las tres cuartas partes del fraude fiscal que se comete en España y los que , cuando lo hacen, apenas si pagan impuestos.
¿Cómo se puede tener tan poco vergüenza para reprochar a los demás la cultura del gratis total cuando se preside una empresa que obtiene beneficios extraordinarios gracias a las ayudas del Estado y al engaño continuo a sus clientes? ¿Cómo puede acusar a los demás de vivir del gratis total quien preside una empresa que es la corresponsable, junto a otras eléctricas, de hacer que el gobierno impida en la práctica que los ciudadanos utilicen la libre energía solar para suministrarse con autonomía energética, que han provocado a base de trampas un llamado déficit de tarifa que no es sino un robo descarado a los ciudadanos, o que corrompen la vida política para acabar con cualquier tipo de competencia?
Lo digo aquí claramente: el señor Galán es un embustero y le reto a que acepte un cara a cara en cualquier televisión para defender sus posiciones frente a cualquiera de las docenas de personas que en este país podemos echar por tierra sus afirmaciones.
Y al mismo tiempo reclamo a los lectores que divulguen esta petición y que ellos mismos la exijan a los medios porque se perfectamente que el señor Galán no tiene ni la valentía ni los conocimientos suficientes como para aceptar voluntariamente un reto de ese tipo. Si los ciudadanos se quedan quietos, si no levantamos nuestra voz frente a los medios que sirven de portavoces de este tipo de empresarios mentirosos, éstos seguirán usando su influencia y poder para confundir a la gente y así paralizarla mientras le roban mes a mes millones de euros.

Teresa Forcades: “Algunas leyes actuales se pueden calificar como terrorismo de Estado”



Arcadi Oliveres
Profesor de Economía Aplicada de la Autónoma de Barcelona y presidente de Justícia i Pau
Dentro de la serie Más Madera que viene editando desde hace unos meses Icaria editorial, ha aparecido recientemente un libro de conversaciones entre Teresa Forcades y Esther Vivas con el título de Sin miedo: de la crisis, la política y la respuesta social. Me parece apreciar tres elementos importantes fruto de una riquísima conversación entre dos mujeres conocidas como pensadoras, luchadoras y activas militantes.

Dividiré mi reflexión en tres partes. Primero, el libro lleva a cabo un análisis exhaustivo de la crisis de este sistema desastroso llamado “capitalismo”, una de sus crisis más profundas y que a mí me gustaría que fuese la definitiva. Una crisis que ha tenido consecuencias sociales muy graves. No hay que olvidar que en determinados casos incluso algunas personas han llegado al suicidio. Hay otros elementos nefastos que lo acompañan como una deuda impagable por parte del Estado español, medidas de ajuste antisociales, diferencias cada vez mayores entre ricos y pobres, aumento de la pobreza en Catalunya y el Estado español. Este es el análisis de la crisis en el que profundizan ambas autoras.
La crisis económica, y esta sería la segunda parte de mi reflexión, incorpora, asimismo, profundos déficits políticos. Teresa Forcades y Esther Vivas hablan de “la violencia del Estado” y en algún caso se atreven a hablar de “terrorismo de Estado”. Y creo que no se equivocan. Hacen referencia a una política sometida completamente al poder financiero, con importantes dosis de corrupción y “puertas giratorias”. En el libro aparece el interesantísimo debate entre lo que sería legal y lo que sería legítimo. Evidentemente, optando por lo legítimo y no por lo legal. Vale la pena hacer hincapié en las críticas que en la obra se hacen al actual modelo político y social de la Unión Europea, con importantes lagunas democráticas. Especialmente, cuando un tratado que tenía que ser constitucional fue convertido en un Tratado de Lisboa que solo necesita de los votos parlamentarios y disminuye, consecuentemente, los niveles de participación. Una maniobra que se llevó a cabo cuando desde las instancias políticas se percibió de forma clara que una parte importante de la población europea no lo quería. Segunda parte de la obra, pues, interesante crítica a la situación política.

Y por último, la parte esperanzadora, la de una respuesta que ambas autoras señalan que debe de ser pacífica pero siempre radical, y ponen como ejemplo el Procés Constituent en Catalunya. Sin olvidar antecedentes como el de los indignados, dos años atrás, que nos brindaron un magnífico ejemplo de cómo empezar a cambiar las cosas. La obra hace referencia a un principio básico que tiene que regir cualquier alternativa que es la coherencia entre los medios y los fines. Por otro lado, se aborda una cuestión de gran actualidad: el nacionalismo y el debate sobre la independencia, considerando que este debe ser un movimiento de ruptura, no excluyente, en ningún caso de derechas y ni mucho menos egoísta. El libro termina con esa afirmación, que a mí tanto me gusta, de que “estamos dispuestos a hacer la revolución y cuando la tengamos hecha la volveremos a hacer”.
“El miedo, la resignación y la apatía son la gran victoria del capitalismo”

Extracto de la conversación entre Esther Vivas y Teresa Forcades contenida en Sin miedo
Esther Vivas
Sí. El miedo, la resignación y la apatía son la gran victoria del capitalismo. Convencernos de que no hay nada que hacer, que no hay alternativas, que no podemos cambiar las cosas es el gran triunfo de los que mandan. Pero, justamente, la gente está empezando a desafiar al poder. La profundidad de la crisis y la emergencia del movimiento de los indignados, y todo lo que ha significado, han hecho caer la máscara del sistema. Las definiciones oficiales de la realidad se han hundido. De golpe, muchos han descubierto que esto es Matrix, que vivimos en un gran engaño. El pensamiento neoliberal ha quedado fuertemente desacreditado, aunque sus valores de consumismo, egoísmo y competencia continúan muy arraigados. Para la mayoría de la población, aunque sea de forma intuitiva, queda claro que la crisis es responsabilidad del poder financiero, y de una clase política supeditada a sus intereses, y que ahora nos pasan a todos la factura. Ya no nos creemos sus mentiras. Vemos cómo el capitalismo acaba haciendo negocio con cada uno de los ámbitos de nuestra vida cotidiana y convierte el derecho a la vivienda, a la alimentación, a la sanidad, a la educación… en un privilegio.
En el Estado español, por ejemplo, cada día se producen 532 desahucios, mientras existen más de tres millones de viviendas vacías. A la gente se la echa de casa, se la deja hipotecada de por vida y la banca continúa ganando dinero a expensas del empobrecimiento y la miseria de las personas. Como se expresa en tantas manifestaciones: «No se entiende, gente sin casa y casas sin gente». El derecho a la vivienda se ha convertido en un negocio. Y lo mismo pasa con el derecho a la sanidad y a la educación. Se privatizan los servicios públicos para que unos pocos saquen beneficio a expensas de nuestros derechos. De hecho, el éxito del sector privado consiste en deteriorar el sector público, y así lo estamos viendo.

Y con el acceso a los alimentos pasa lo mismo: vivimos en un mundo de abundancia de la comida, donde se produce más, si cabe, que en cualquier otro período de la historia. Según la ONU, se cultiva suficiente como para alimentar a 12.000 millones de personas, y en el planeta somos 7.000 millones. Contamos, pues, con comestibles suficientes para todos pero, en cambio, casi una de cada siete personas en el mundo pasa hambre. Si no tienes dinero para pagar el precio cada día más caro de la comida o si no tienes acceso a la tierra, al agua y a las semillas para producirla, no comes. Los alimentos se han convertido en una mercancía.

Teresa Forcades

Vale la pena citar a Jean Ziegler, una voz crítica muy conocida. Algunos dicen que el derecho a tener acceso a los productos alimentarios básicos se ha convertido en una mercancía, y se presenta esta situación como si hubiera llegado por sí sola. Pero es importante señalar que esto ocurre a partir de los años noventa, después de la caída del Muro de Berlín y de la propagación de una globalización neoliberal sin freno; es en este momento cuando Goldman Sachs decide especular con productos alimentarios de primera necesidad, con materias que hasta entonces no habían entrado dentro de este mercado especulativo. La novedad fue empezar a especular con el arroz, con el trigo y con el mijo. Y eso quiso decir que se compraba de forma masiva esta producción, se retenía y se esperaba hasta que subieran los precios. Jean Ziegler califica esta manera de actuar de asesinato programado. Y asesinato programado, en números cuantificados, son 37 millones de personas; este ha sido el coste humano de esta especulación criminal que las leyes actuales condonan y protegen.
Por esto, la magnitud de la crítica tiene que ser tal que no se pierda en los detalles y permita hacer un análisis sistemático y contundente, pero a la vez sin abrumar, porque sino parece que las dimensiones de esta injusticia estructural son tan grandes que estamos sobrepasados por las circunstancias. A veces he hablado de la metáfora bíblica de un gigante con pies de barro, y es una metáfora adecuada, porque en el momento actual la espectacularidad, la potencia y la capacidad de presionar de una serie de organismos internacionales y de sistemas son tan fuertes, que la persona puede tener la sensación de estar ante un poder gigantesco.

Y parece que sea necesaria la fuerza de un gigante para contraponerse. Y, sí, es verdad, si miras arriba y ves todo el oro y la parafernalia del poder produce mucha impresión, pero, siguiendo la metáfora bíblica, no se trata de mirar hacia arriba: se trata de mirar hacia abajo. Si miras hacia abajo, te das cuenta de dos cosas: primero, que el gigante, por más impresionante que parezca, en realidad tiene y siempre ha tenido los pies de barro; y, en segundo lugar, te das cuenta de que abajo hay una multitud con el potencial de realizar un cambio social. Tenemos que proponer un cambio de mirada, tenemos que mirar hacia abajo.

Esther Vivas

Muchas veces se tiende a mirar arriba, como si allá estuviera la respuesta a nuestros problemas. Cuando es, justamente, todo lo contrario. El problema, como bien dices, no es arriba sino abajo. No se trata de que alguien, un líder, como repetidamente señalan los medios, nos saque de este callejón sin salida. La clave, en mi opinión, recae en que la gente tome conciencia del porqué de la crisis, de quién gana y quién pierde con la situación actual, de las causas de la pobreza, saber que hay alternativas y que, como se decía en las plazas en el 15M, «juntas lo podemos todo». Aquí está nuestra fuerza.
En relación a lo que comentabas de la especulación con los alimentos, creo que es importante señalar los vínculos existentes entre la crisis económica y la crisis alimentaria, porque muchas veces parece que esta última se encuentre muy lejos de nosotros. En cambio, aquí, cada vez hay más gente que pasa hambre, y los mismos que nos han conducido a la presente bancarrota económica, que hicieron negocio con las hipotecas subprime, son los que ahora especulan con cereales básicos como el trigo, el arroz, el maíz y la soja. Porque, ¿qué es más seguro y estable que la comida, como negocio, cuando todos nos tenemos que alimentar diariamente para sobrevivir?
Los fondos de inversión, los bancos, los fondos de pensiones compran y venden estas materias primas en los mercados de futuro, no en función de la oferta y la demanda real, sino para ganar dinero. Unas prácticas que generan el aumento del precio de los alimentos y los convierten, a menudo, en inaccesibles para amplias capas de la población, especialmente en los países del Sur. Y esto es lo que han hecho entidades financieras como Catalunya Caixa, con su depósito «100% natural», o el Banco Sabadell, con el fondo de inversión «BS Commodities».
Aquí es donde percibimos la violencia de un sistema que condena al hambre en un mundo donde abunda la comida, que expulsa a la gente de su casa, cuando hay miles de viviendas vacías, que nos excluye de la sanidad y de la educación pública, mientras aumentan las inversiones en el ámbito privado. A menudo, desde los medios de comunicación y del poder, se señala la violencia de aquellos que protestan en la calle, de quienes ocupan bancos, pisos vacíos, escuelas, supermercados, hospitales… pero estos tan solo reivindican una democracia de verdad. Lo que es extremamente violento es el sistema en el que vivimos, a pesar de nos quieran hacer creer todo lo contrario.
La desesperanza es la otra cara de la indignación. Y los datos del Instituto Nacional de Estadística así lo corroboran: 3.180 personas se suicidaron en el año 2011, un 0,7% más que el año anterior. El suicidio es ya la primera causa de muerte no natural en el Estado español. De hecho, desde que empezó este año 2013, diez personas se han suicidado ya al no poder hacer frente al pago del alquiler o la hipoteca. Los problemas económicos, según se dijo en el XVI Congreso Nacional de Psiquiatría, son el principal desencadenante de los suicidios. Si no nos rebelamos, lo que cala en nosotros es la vergüenza, la rabia, la tristeza, la ansiedad, la impotencia, el desaliento.
Teresa Forcades
Algunas leyes actuales creo que se pueden calificar como de terrorismo de Estado. Parece que la palabra terrorismo solo se pueda aplicar a grupos que no forman parte del sistema. Violentar a las personas e inspirarles terror de forma sistemática para conseguir los objetivos propios es terrorismo, tanto si lo hace un grupo marginal como si lo hace un Estado.
Para muchas personas, cuesta creer que los abusos que no dependen de la avaricia de una persona determinada sino que están instituidos en el sistema, sean terrorismo de Estado. Es difícil entender cómo hemos llegado hasta aquí. Me gustaría recordar el discurso de una persona suficientemente conocida en el mundo político, Margaret Thatcher, que popularizó la idea de la «sociedad de los dos tercios»: un planteamiento de tipo político donde se presuponía que era imposible intentar gobernar para el conjunto de la sociedad, y que para gobernar correctamente a finales del siglo XX y en el siglo XXI había que admitir que existía un remanente, no de un 1% o un 2%, que ya sería gravísimo desde un punto de vista cristiano que hubiera una sola persona a la que hay que excluir para que los otros disfruten de una vida próspera, esto ya sería indigno e injustificable.
¡Pero no hablamos de un 1%; hablamos, según Margaret Thatcher, del 33% de la población! Un tercio de la población donde se acumularía, necesariamente, toda esta bolsa de marginación. Y las personas con enfermedades crónicas, inválidas, que no se pueden ganar la vida ni tienen una herencia familiar o alguien que los pueda apoyar, irán directamente a engrosar esta bolsa de marginación. Personas con enfermedades mentales, personas que han cometido algún tipo de delito y que hayan estado mucho tiempo en prisión y al salir no saben volverse a recolocar; centenares de miles de casos, personas que sufren violencia, personas excluidas del sistema económico… Este grupo de personas, el 33% de la población, según la teoría económica y política de la sociedad de los dos tercios, no cuenta. Hay que aceptar que serán excluidos de forma permanente.
Esta sociedad de los dos tercios incluye un cálculo perverso, porque con dos tercios de la población se cuenta con un porcentaje suficiente de votantes para ganar unas elecciones democráticas, tal como las tenemos organizadas en la actualidad. El tercio marginal y problemático puede quedar excluido en la práctica no solo de la vida económica sino también de la política. No cuentan. Esto es terrorismo de Estado. Plantear este hecho desde el punto de vista teórico e intentar gobernar según estos postulados, intentar que la población acepte este terror de tener que sacrificar una de cada tres personas, es terrorismo de Estado. Y esto sin tener en cuenta las guerras; en Irak, por ejemplo, las tropas aliadas utilizaron uranio empobrecido, que está prohibido por todas las convenciones internacionales, y tuvo como resultado que la incidencia de cánceres y malformaciones entre los niños que han nacido en Irak después de estos bombardeos se haya multiplicado por diez. Y esto es a raíz de una actuación que no ha sido fruto de una decisión de un grupo marginal, o de una persona con una enfermedad mental, sino que proviene de una decisión tomada por los organismos oficiales de dos de los países más poderosos del mundo (los Estados Unidos y el Reino Unido).
O sea, la noción de terrorismo de Estado no es ninguna metáfora. Cuando escribí sobre los crímenes cometidos por las grandes compañías farmacéuticas también había gente que decía: «Esto debe de ser una metáfora, ¿no?». Que las grandes compañías farmacéuticas tengan un comportamiento que éticamente no sea loable o no sea excelso ya nos lo creemos, pero que realicen crímenes debe de ser una metáfora. Y no es una metáfora. Porque desde el año 2000 hasta el año 2003 estas grandes compañías farmacéuticas, todas ellas de los Estados Unidos, habían sido condenadas por los tribunales penales. Eran condenas firmes y las compañías habían admitido la culpa. Por lo tanto, esta palabra, «crímenes», aplicada a las grandes multinacionales, no es una metáfora, y la noción terrorismo de Estado aplicada a los estados capitalistas neoliberales tampoco es una metáfora.

Las cuchillas de Melilla Joxe Arregi, teólogo


Cuchillas en la valla de Melilla. La sucesión de las palabras es cacofónica, y la sucesión de los hechos, espeluznante. Se nos traban las letras en la lengua, pero deberíamos repetirlas hasta que se nos claven y duelan en el alma. Hasta que nos duelan como duelen a los inmigrantes africanos las frías, ardientes, crueles cuchillas de la valla de Mellila.
No las llaman cuchillas, sino concertinas, que suena mejor. Pero cortan igual. Una alambrada de púas enzarzada de cuchillas, para que no falte nada, para que se desgarren y se desangren hasta la última gota quienes intenten pasar.
“¡Vergogna!”, deberíamos exclamar, como exclamó el papa Francisco ante la playa de Lampedusa llena de cadáveres africanos. “¡Vergüenza!”, debían haber exclamado todos a una los obispos en la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal reunida en los días pasados. “¡Vergüenza!”, debió haber gritado al Gobierno español Rouco Varela en su discurso de despedida, en lugar de reclamar al Estado el cumplimiento del Concordato con el Vaticano, la reforma de la ley del matrimonio de gais y lesbianas y la sacrosanta unidad de la nación española. “La valla de Melilla es inhumana”, dijo en cambio Gil Tamayo, el nuevo portavoz de los obispos, y reconocimos de nuevo la voz del Evangelio. Sí, esa valla es inhumana.
África es el espejo de Europa y el espejo del mundo, de su inhumanidad. Lo que hacemos con África, eso somos, pues allí nacimos, de allí venimos. Sí, todos los seres humanos de hoy somos hijos e hijas de inmigrantes africanos. En África nació el género Homo hace 2,5 millones de años, y emigró a Europa hace un millón de años. Lo mismo el Homo Sapiens, nuestra especie actual: nació en África hace 200.000 años y emigró a Europa hace 40.000 años. El camino no debió de ser fácil, pero nunca se encontraron con aduanas ni con vallas de cuchillas.
Todos nacimos negros. Luego cambiamos de color para poder sobrevivir, pues la piel clara facilita la síntesis de la vitamina D a partir de la luz solar –más escasa lejos del trópico–, y la vitamina D ayuda al cuerpo a absorber el calcio. Pero parece que la piel blanca es más propensa al cáncer de piel. No quiero ni pensar que también nos exponga más al cáncer del alma. En cualquier caso, en la piel negra del África nos hemos de mirar. Es nuestra piel. “Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos negros a mí me lo hicisteis”, nos diría Jesús, que también fue moreno de piel.
Querida Europa nuestra, admirable por tantos motivos, mírate: playas cubiertas de cadáveres, arenas del desierto llenas de niños y mujeres muertas de sed, alambradas de púas y cuchillas con cuerpos desangrados que cuelgan. He ahí tu espejo. He ahí nuestra civilización: Liberté, Égalité, Fraternité, Democracia, Derechos Humanos, ciudadanía, tanta ciudadanía. Y tanta tradición cristiana. Europa, ¿qué has hecho de tu alma? ¿Perdiste acaso la sabiduría del Sapiens cuando mudaste el color de tu piel?
¿Discurso demasiado demagógico? Sí, tal vez. Sé que la inmigración es un problema complejo. Pero nunca lo podremos resolver de esta manera. Nunca lo podremos resolver mientras olvidemos que todos somos hijos de inmigrantes. Y mientras no tengamos viva la memoria de nuestra historia, bien reciente aún, bien presente todavía, de cómo hemos invadido y saqueado países, continentes enteros, y lo seguimos haciendo, sobre todo en África. Y mientras, por poner un ejemplo, el Gobierno español no recuerde que 400.000 españoles han salido del país desde el año 2008… en calidad de emigrantes. La inmigración es un problema complejo, pero nunca lo resolveremos mientras no sintamos en nuestras carnes el dolor de las cuchillas.
Serán inútiles todas las aduanas y vallas. Lo seguirán intentando, porque lo mismo les da morir de hambre en sus países, ahogados en el mar o desangrados en una valla de cuchillas. Y desde el fondo oscuro de la tierra, de las aguas azules del mar Mediterráneo, de las arenas doradas del Sahara, desde la valla de cuchillas de Melilla, la voz de Dios nos seguirá gritando: “Caín, Caín, ¿dónde está tu hermano?”.
Publicado en el DIARIO DEIA

1 diciembre 2.013: 1º Adviento (ciclo A): Con los ojos abiertos José Antonio Pagola


Enviado a la página web de Redes Cristianas


Las primeras comunidades cristianas vivieron años muy difíciles. Perdidos en el vasto Imperio de Roma, en medio de conflictos y persecuciones, aquellos cristianos buscaban fuerza y aliento esperando la pronta venida de Jesús y recordando sus palabras: Vigilad. Vivid despiertos. Tened los ojos abiertos. Estad alerta.
¿Significan todavía algo para nosotros las llamadas de Jesús a vivir despiertos? ¿Qué es hoy para los cristianos poner nuestra esperanza en Dios viviendo con los ojos abiertos? ¿Dejaremos que se agote definitivamente en nuestro mundo secular la esperanza en una última justicia de Dios para esa inmensa mayoría de víctimas inocentes que sufren sin culpa alguna?


Precisamente, la manera más fácil de falsear la esperanza cristiana es esperar de Dios nuestra salvación eterna, mientras damos la espalda al sufrimiento que hay ahora mismo en el mundo. Un día tendremos que reconocer nuestra ceguera ante Cristo Juez: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, extranjero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te asistimos? Este será nuestro dialogo final con él si vivimos con los ojos cerrados.
Hemos de despertar y abrir bien los ojos. Vivir vigilantes para mirar más allá de nuestros pequeños intereses y preocupaciones. La esperanza del cristiano no es una actitud ciega, pues no olvida nunca a los que sufren. La espiritualidad cristiana no consiste solo en una mirada hacia el interior, pues su corazón está atento a quienes viven abandonados a su suerte.
En las comunidades cristianas hemos de cuidar cada vez más que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la indiferencia o el olvido de los pobres. No podemos aislarnos en la religión para no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre. No nos está permitido alimentar nuestra ilusión de inocencia para defender nuestra tranquilidad.
Una esperanza en Dios, que se olvida de los que viven en esta tierra sin poder esperar nada, ¿no puede ser considerada como una versión religiosa de cierto optimismo a toda costa, vivido sin lucidez ni responsabilidad? Una búsqueda de la propia salvación eterna de espaldas a los que sufren, ¿no puede ser acusada de ser un sutil “egoísmo alargado hacia el más allá”?
Probablemente, la poca sensibilidad al sufrimiento inmenso que hay en el mundo es uno de los síntomas más graves del envejecimiento del cristianismo actual. Cuando el Papa Francisco reclama “una Iglesia más pobre y de los pobres”, nos está gritando su mensaje más importante a los cristianos de los países del bienestar. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Domingo, 24 de Noviembre de 2.013: Acuérdate de mí José Antonio Pagola



Enviado a la página web de Redes Cristianas

Según el relato de Lucas, Jesús ha agonizado en medio de las burlas y desprecios de quienes lo rodean. Nadie parece haber entendido su vida. Nadie parece haber captado su entrega a los que sufren ni su perdón a los culpables. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios. Nadie parece ahora intuir en aquella muerte misterio alguno.
Las autoridades religiosas se burlan de él con gestos despectivos: ha pretendido salvar a otros; que se salve ahora a sí mismo. Si es el Mesías de Dios, el “Elegido” por él, ya vendrá Dios en su defensa.

También los soldados se suman a las burlas. Ellos no creen en ningún Enviado de Dios. Se ríen del letrero que Pilatos ha mandado colocar en la cruz: “Este es el rey de los judíos”. Es absurdo que alguien pueda reinar sin poder. Que demuestre su fuerza salvándose a sí mismo.

Jesús permanece callado, pero no desciende de la cruz. ¿Qué haríamos nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos abandonara para siempre a nuestra suerte?
De pronto, en medio de tantas burlas y desprecios, una sorprendente invocación: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. No es un discípulo ni un seguidor de Jesús. Es un de los dos delincuentes crucificados junto a él. Lucas lo propone como un ejemplo admirable de fe en el Crucificado.

Este hombre, a punto de morir ajusticiado, sabe que Jesús es un hombre inocente, que no ha hecho más que bien a todos. Intuye en su vida un misterio que a él se le escapa, pero está convencido de que Jesús no va a ser derrotado por la muerte. De su corazón nace una súplica. Solo pide a Jesús que no lo olvide: algo podrá hacer por él.
Jesús le responde de inmediato: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ahora están los dos unidos en la angustia y la impotencia, pero Jesús lo acoge como compañero inseparable. Morirán crucificados, pero entrarán juntos en el misterio de Dios.
En medio de la sociedad descreída de nuestros días, no pocos viven desconcertados. No saben si creen o no creen. Casi sin saberlo, llevan en su corazón una fe pequeña y frágil. A veces, sin saber por qué ni cómo, agobiados por el peso de la vida, invocan a Jesús a su manera. “Jesús, acuérdate de mí” y Jesús los escucha: “Tú estarás siempre conmigo”. Dios tiene sus caminos para encontrarse con cada persona y no siempre pasan por donde le indican los teólogos. Lo decisivo es tener un corazón que escucha la propia conciencia.

Carta abierta a Rouco

* Sacerdotes diocesanos de Gipuzkoa, Por Patxi Aizpitarte, FÉlix Azurmendi, Jesús Mari Arrieta, José Ignacio Eguskiza, Jon Etxezarreta y José Ramón Treviño 
 Viernes, 22 de Noviembre de 2013 

LOS medios de comunicación se hacían eco estos días del discurso inaugural pronunciado por usted el pasado lunes, 18 de noviembre, como presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), en su CII Asamblea Plenaria. Tomando como marco y punto de referencia el Año de la Fe (a punto de ser clausurado) y el Plan Pastoral ligado a él, vuelve a insistir recurrentemente sobre una serie de temas problemáticos y delicados, tomando una postura claramente partidista sobre ellos. Nos referimos, sobre todo, al tema de la unidad del Estado español y, con él, al asunto de las víctimas del terrorismo y del conflicto violento que hemos vivido, y la beatificación, el pasado 13 de octubre en Tarragona, de 522 mártires de la Guerra de 1936.
Es sabido que usted se encuentra en la recta final de su mandato como presidente de la CEE y a pocos pasos de su jubilación episcopal. Por eso, su discurso toma un relieve especial. Ha sido percibido como un toque de atención y una llamada a cerrar filas ahora y en el futuro en torno a estas cuestiones, que juzga como preocupantes. No le negamos el derecho a hacerlo, pero reivindicamos al mismo tiempo el derecho a discrepar honestamente de sus ideas y a expresar públicamente las nuestras; ya que los criterios morales, de justicia y pastorales que usted esgrime no tienen categoría doctrinal ni están refrendados por el magisterio último de la Iglesia. Aunque Ud. los califique de criterios "prepolíticos", a nuestro entender son más bien abiertamente políticos y partidistas, muestran una precomprensión ideológica definida y producen un malestar manifiesto en no pocos ciudadanos y creyentes.
A la hora de abordar el momento actual de nuestra sociedad y sus implicaciones humanas y morales, usted se muestra hondamente preocupado ante la posible ruptura de "la unidad fraterna entre todos los ciudadanos de las distintas comunidades y territorios de España, con muchos siglos de historia común". Y señala que "la unidad de la nación española es una parte principal del bien común de nuestra sociedad que ha de ser tratada con responsabilidad moral"; perteneciendo necesariamente a esta responsabilidad "el respeto de las normas básicas de la convivencia -como es la Constitución española- por parte de quienes llevan adelante la acción política".
Lo que es verdaderamente preocupante es la cerrazón ideológica que usted muestra, alineándose y bendiciendo los postulados más radicales del nacionalismo español, defendiendo la unidad de España como parte principal del bien común de nuestra sociedad y consagrando la Constitución española como norma intocable de convivencia que todos debemos aceptar y acatar.
Señor Rouco, usted sabe bien que ni la unidad de España ni la Constitución española del año 1978 son dogmas políticos y menos eclesiales, sino cuestiones abiertas que en el futuro pueden adquirir formas bien diversas. Por favor, no nos haga usted comulgar con ruedas de molino. Nuestra posición al respecto es la que fijaron los obispos de la Comunidad Autónoma del País Vasco en su Carta Pastoral Preparar la Paz (29-V-2002): "Mientras los modelos políticos respeten los derechos humanos y se implanten y mantengan dentro de cauces pacíficos y democráticos, la Iglesia no puede ni sancionarlos como exigencia de la ética ni excluirlos en nombre de ésta. En consecuencia, ni la aspiración soberanista, ni la adhesión a un mayor o menor autogobierno, ni la preferencia por una integración más o menos estrecha con el Estado español son, en principio, para la Iglesia dogmas políticos que requieran un asentimiento incondicionado" (n. 6).
No puede pretender solucionar el problema condenando o borrando de un plumazo las opciones que no coinciden con sus criterios ideológicos. No detenta usted el monopolio hermenéutico sobre la Doctrina Social o Moral de la Iglesia
No habrá verdad
Entre las ciudadanas y ciudadanos del País Vasco y Cataluña coexisten sentimientos de pertenencia o identidades nacionales total o parcialmente contrapuestas y, a veces, hasta conflictivas, y usted no puede pretender solucionar el problema rechazando, condenando o borrando de un plumazo aquellas opciones que no coinciden con sus criterios ideológicos. No es usted quien detenta, ni mucho menos, el monopolio hermenéutico sobre la Doctrina Social o Moral de la Iglesia. En el Pueblo de Dios y en nuestra Iglesia concreta hay diferentes sensibilidades, concepciones y criterios a la hora de interpretarla y no necesitamos ni su tutela ni su intervencionismo para traducirla a nuestra realidad eclesial y social. Nuestra sociedad se caracteriza, entre otras cosas, por disponer de una cultura política sensiblemente superior a otras latitudes del Estado, el pluralismo ideológico forma parte de nuestra realidad política y como creyentes hemos hecho un verdadero esfuerzo para ser cristianos adultos y responsables. No nos dicte usted, pues, nuestro posicionamiento sobre cuestiones que dependen de nuestra propia conciencia, elaboración y decisión personal.
En su discurso mostraba también preocupación ante "las heridas causadas por el terrorismo a tantas víctimas y a la sociedad entera", proponiendo una sanación de tales heridas a través "del arrepentimiento, del propósito de la enmienda y de la satisfacción de las victimas". Aunque usted no hable de pacificación, normalización y reconciliación, todos sabemos que después de un conflicto violento y destructivo de varias décadas, con actuaciones de tipo terrorista por medio, la reconciliación se hace un objetivo inexcusable. Si esta no contara con las víctimas, no las reconociera ni tratara de reparar en lo posible las pérdidas que han sufrido, sería deficitaria e inhumana. No tendría mucho recorrido humano y social. No habrá, en efecto, verdadera reconciliación sin un tratamiento sereno, razonable e inclusivo del sufrimiento de todas las víctimas.
Usted maneja, en cambio, un criterio selectivo, parcial y exclusivo de las víctimas. Se refiere solamente a las víctimas causadas por los atentados terroristas de ETA, pero están también ahí las victimas originadas por la actuación represiva de las fuerzas de seguridad o de la guerra sucia de grupos como el GAL. Ud reduce la denominación de "víctimas" a una parte, realmente importante y mayoritaria si se quiere, pero una parte solamente del conjunto de todas ellas. Incluir no equivale a equiparar, pero diferenciar tampoco puede llevarnos a excluir. En una visión inclusiva, tendríamos que considerar como "victimas" a todas aquellas personas que han tenido la experiencia personal o familiar de un sufrimiento injusto, hondo, grave e incluso irreversible provocado por la confrontación violenta padecida a lo largo de estas décadas. Un sufrimiento que va más allá del signo u origen de esta violencia. Esto obliga a abordar el tema de las víctimas teniendo presente en su totalidad, el amplio y variado "mapa del sufrimiento" injusto originado por el conflicto violento y terrorista vivido.
Con los mártires le pasa lo mismo que con las víctimas: reduce la categoría y compleja realidad de los mártires de la guerra pasada a los testigos de la fe que fueron sacrificados en el llamado "bando nacional". Pero también en el bando republicano, nacionalista o socialista fueron asesinados innumerables personas de buena fe y creyentes cabales. En nuestra tierra tenemos testimonios admirables de un buen número de sacerdotes, laicos y religiosos sacrificados. ¿Por qué beatificar a unos e ignorar a otros?
Beatificaciones masivas como la última de Tarragona llevan a potenciar una memoria eclesial colectiva de corte parcial y selectivo, suponen un agravio hacia las víctimas y los mártires relegados al olvido y refuerzan la convicción del apoyo ofrecido por buena parte de la jerarquía episcopal y el nacional catolicismo español al franquismo durante la guerra y tras la contienda.

Señor Rouco, creemos que su intervención no ha sido acertada y en nada contribuye a restañar heridas y a asentar la convivencia socio-eclesial. Ha sido, más bien, una oportunidad perdida para ayudarnos a ser, como creyentes y según las palabras del Papa Francisco, "fermento de esperanza y artífices de hermandad y solidaridad" en nuestra sociedad.

Asociaciones de jueces califican de “innecesaria y autoritaria” la Ley de Seguridad Ciudadana


Insultar a policías, los escraches y prostituirse en arcenes se multará por ley. La Asociación de Jueces Francisco de Vitoria compara este proyecto con la Ley de Vagos y Maleantes o la Ley de rehabilitación social del franquismo. Jueces para la democracia pide al Gobierno “no castigar a quienes expresen su disconformidad” con una ley “muy represiva” y con multas desorbitadas. Ada Colau (PAH) llama a un día de ‘Desobediencia General’ si se aprueba, mientras el 15-M confía en la “inteligencia colectiva” para buscar nuevas vías. El Sindicato Unificado de Policía califica de “absurdo y desmesurado” sancionar con 600.000 euros: “¿Piensan que va a ser Botín el que se manifieste?”
La Ley de Seguridad Ciudadana que prepara el Gobierno de Mariano Rajoy, por la que se sanciona duramente insultar a un policía, realizar escraches o grabar a agentes de seguridad, es “innecesaria”, “autoritaria” y recuerda “a la ley de Vagos y Maleantes o a la Ley de rehabilitación social que existía en el franquismo”, según explican las principales asociaciones de jueces de España, que detallan la intención de fr. enar las actuaciones críticas con el Gobierno y no la defensa de la seguridad. Es muy represiva de actuaciones y manifestantes, castiga de una forma autoritaria muy discutible De este modo, Jueces para la democracia pide al Gobierno “convencer del acierto de su gestión y no castigar a quienes expresan su disconformidad”. Para esta asociación, la ley es “muy represiva de actuaciones y manifestantes”, con lo que el eje central no es la defensa de la seguridad como la criminalización de la disidencia. “Este proyecto castiga de una forma autoriaria muy discutible”, afirma.
Además, recuerda que la administración sanciona con multas económicas desorbitadas unas conductas que los tribunales habían considerado que no eran infracción penal. Por ejemplo, explican, los juzgados han archivado los casos por escraches, por no ser “ni delitos ni faltas, sino nuevas formas de ejercer la libertad de expresión y del ejercicio al derecho de manifestación”. Así, Jueces para la Democracia concluye que ve “inconstitucionales” algunos puntos del anteproyecto. La Asociación de Jueces Francisco de Vitoria recalca que cualquier restricción por vía administrativa es un “límite indebido” al ejercicio de los derechos fundamentales de las personas. “No hacía falta prohibir escraches, ni impedir a los ciudadanos determinadas cosas.
Es un exceso por parte del Ejecutivo y del Ministerio de Justicia que va a cercenar el derecho a la manifestación y la libertad de expresión que recoge la Constitución, por lo tanto es una ley que más bien recuerda a la ‘ley de Vagos y Maleantes’ o a la ‘Ley de rehabilitación social’ que existía en el franquismo”. Para el control de excesos, dicen, es “suficiente” el Código Penal. El Código Penal es suficiente para el control de los excesosEsta asociación cree “innecesaria” la ley, y destaca que sancionar alguna de estas conductas podría ser inconstitucional, por lo que “así podrían ser declaradas en su momento”. Otras, “suponen un exceso y un desbordamiento absoluto de lo que es la facultad coercitiva del estado”. Son medidas, añaden, “expropiatorias”, porque eliminan el patrimonio de una persona. “El ciudadano está abocado a quedarse en casa, es una ley innecesaria”. Ambas asociaciones lamentan la indefensión del ciudadano. “No tiene más remedio que acudir a la vía contenciosa administrativa y pagar unas tasas que también son elevadísimas”.
Se produce una “violación a la tutela judicial efectiva, al derecho de manifestación y al derecho a la libertad de expresión, que se ven doblemente cercenadas por el exceso del legislador y porque existe un difícil acceso a la función contenciosa. “¿Va a ser Botín el que se manifieste?” “Los que tendríamos que aplicarla no conocemos el anteproyecto, ni se nos ha dado participación ni posibilidad de hacer aportaciones”, lamentan fuentes del Sindicato Unificado de Policía (SUP). “Lo que sabemos es por los medios de comunicación, y por lo que hemos escuchado es un auténtico disparate sobre todo si nos referimos a sacar cosas del Código Penal e introducirlas en esta ley”. Bajo la apariencia de proteger a la policía se criminalizan concentraciones contra políticosDesde este sindicato destacan que un escrache o una manifestación no comunicada “en sí mismos no son delictivos, lo es lo que pase dentro de esa manifestación o escrache”.
Pero esto ya está regulado por leyes administrativas como la Ley del derecho de reunión y manifestación, donde ya se prevén sanciones. “Reiterarlo en esta ley no tiene justificación”. El SUP lamenta que “bajo la apariencia de querer proteger a la policía”, lo que se está haciendo es criminalizar determinadas concentraciones, “y justo en las que se realizan contra políticos, porque son las que afectan únicamente a parlamentos, casas de diputados…”.
Por último, califica de “desmesurado y absurdo” que se sancione con 600.000 euros una infracción de estas características. “Qué piensan, ¿que va a ser Botín el que se manifieste?”. Jornada de ‘Desobediencia General’ La activista Ada Colau, fundadora de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) ha adelantado en Twitter que el día que el Consejo de Ministros apruebe esta ley, que califica como ‘anti 15-M’, “queda convocada una jornada de Desobediencia General”. Es la actuación desesperada por controlar lo incontrolable Colau, en declaraciones a este medio, afirma que el Gobierno “tiene menos legitimidad que nunca” por incumplir sistemáticamente su programa electoral y estar “salpicado de corrupción”.
La activista cree que esta ley trata de recortar derechos constitucionales y asustar a la población limitando el derecho a protestar. “En lugar de cambiar sus políticas, cambian la ley. Es la actuación desesperada por controlar lo incontrolable, que son los movimientos ciudadanos”, añade. “La protesta es la única esperanza de futuro. Si has perdido tu casa, tu trabajo o tus derechos, no tienes nada que perder y no te van a importar las sanciones”. “Confiamos en la inteligencia colectiva” Fuentes de la plataforma de Difusión en Red de Acampada Sol — 15-M explican que la normativa está “hecha a medida de lo que se está haciendo en los dos últimos años en las calles”, pero expresan su confianza en la gente. “Tenemos una capacidad de innovación bastante grande, porque somos mucha gente, y confiamos en la inteligencia colectiva para ir cambiando las formas de movilización”.
Que lo prohíben, ya se nos ocurrirá otra cosa Las manifestaciones funcionan en la medida de que han hecho una ley para intentar acabar con ellas, destacan, pero siempre tendrán un plan. “Que prohíben las acampadas, hacemos escraches. Que lo prohíben, ya se nos ocurrirá otra cosa”. Así, mantienen la idea de que es completamente legítimo que la ciudadanía siga manifestándose en las calles, “participando en la política mucho más allá de votar en las urnas cada cuatro años”.

España: Lo que calla la censura: 3.158 suicidios por la crisis

Censura con silencio de la TV, Prensa y Política sobre los 3.158 suicidios ciudadanos por la crisiscausada por los errores, estafas o lucrarse de ello por políticos y banqueros, con mas de 120 suicidios solo por desahucios. Los suicidios ya supera las muertes por trafico. Recordamos: Grecia 720 desahucios al año, España 512 desahucios al día.
La crueldad e insensibilidad de los políticos en torno al drama de la pobreza y el paro ha convertido a España en la vergüenza del mundo, sin que los poderes públicos se aperciban de la gravedad de la catástrofe para quienes la sufren. Este cataclismo ha obligado al movimiento 15-M a abrir una página en Wikipedia para intentar cuantificar el número de suicidios en España relacionados con la crisis, cifra que va a aumentando cada mes. No están incluidas las tentativas como la del joven Leandro en Málaga, lo que incrementaría notablemente la cifra.
La situación parece evidenciar que en España, ante la falta de alternativas políticas, los ciudadanos optan por quitarse la vida antes que rebelarse contra el régimen o ayudar a su derrocamiento o sustitución. Algunos movimientos sociales están barajando la idea de dar a conocer los nombres de los políticos con cargo y sueldo vigente que desempeñan su labor en la provincia en la que se produce el suicidio de un ciudadano por las crisis, para poder hacerlos algún día responsables del mismo.


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El desastre se agrava porque los periodistas del régimen son obligados a silenciar estos sucesos, ya que los medios de comunicación son víctimas de una creencia política, alimentada por la “casta”, que presupone que la publicación de la noticia de un suicidio provoca un sentimiento de imitación en quien, padeciendo las mismas circunstancias que el afectado, la lee o escucha. Esto llevaal silencio y a la censura, en unos momentos en que es fundamental conocer cual es la realidad del verdadero impacto de la crisis económica en las clases medias y trabajadoras de España.

Mi Iglesia y mi Credo a los 60 años José Arregui, teólogo


60 años no son muchos, pero es como si en ellos me hubiera tocado cambiar dos veces de era cultural y vivir en mi vida tres culturas distintas, tres visiones del mundo y tres paradigmas teológicos. Antes, las eras culturales perduraban milenios; creíamos que el cielo y la tierra estaban inmóviles, y que todo debía regirse por un orden inmutable; la Tierra era el centro del universo, y apenas el sol y la luna giraban lentamente alrededor de ella, para alumbrarnos de día y acompañarnos de noche y marcar los ritmos de la siembra y la cosecha.
Pero hoy sabemos que la tierra gira a 30.000 km. por segundo. Todo en el universo –las galaxias quasi infinitas en número y dimensión, y los átomos quasi infinitos en sus partículas y ondas y vacíos–, todo está unido con todo, y todo se mueve y corre vertiginosamente. Es admirable más que vertiginoso (lo que produce vértigo y estragos es el ritmo del llamado “desarrollo económico”).
La cultura agraria se ha prolongado durante diez milenios –algo menos por estas tierras, donde aprendimos más tarde a cultivar la tierra y a criar animales–. Hace solamente doscientos años nació la era industrial, y la modernidad con ella. Pero ya estamos en otra era: en apenas doscientos años, la era industrial se ha transformado en era postindustrial, la era de la información; paralelamente, la cultura moderna, caracterizada por la fe laica en la razón científica y en el progreso, se ha transformado en cultura posmoderna, marcada por el estallido de la verdad, la fragmentación del saber, la evidencia de la incertidumbre y el reconocimiento del pluralismo en todos los campos. En apenas doscientos años, hemos pasado de la premodernidad a la modernidad y de ésta a la posmodernidad.
Así pues, en mis 60 años de vida he conocido tres épocas culturales distintas, muy distintas. Y al decir “épocas culturales distintas”, me refiero a mi manera de ser creyente, de sentirme iglesia, de rezar el Credo. Durante casi 20 años, mi fe fue totalmente premoderna: la tierra el centro del universo presidido por Dios, Dios era el Ser y el Señor Supremo, la Biblia y los dogmas habían sido directamente revelados por Dios, lo sagrado era superior a todo lo profano, ser sacerdote era lo más grande, el pecado mortal lo más terrible, y el papa tenía siempre la última palabra.
El estudio de la filosofía y de la teología trajo consigo la duda, no exenta de angustias: había que reconciliar –no pocas veces un poco a la desesperada– la filosofía con la teología, la fe con la razón, el teocentrismo con el antropocentrismo, el poder de Dios con la libertad humana, la gracia con la responsabilidad, lo sagrado con lo profano, la transformación política del mundo con la esperanza del “más allá”, la verdad con la tolerancia, la religión con la laicidad, la encarnación única de Dios con el respeto de las religiones no cristianas. Tuve que modernizar mi Credo.
Pero para cuando creí haberlo logrado más o menos durante mis cuatro años del Instituto Católico en París, otro mundo se me abría, o más bien se me imponía. Uno de los detonantes decisivos fue el proceso de elaboración de la tesis doctoral sobre la relación del cristianismo con otras religiones a partir del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar. Tres mundos se confrontaron entre sí dentro de mí: la teología básicamente premoderna de Von Balthasar (el cristianismo es la única religión revelada o al menos la única religión de la encarnación histórica de Dios), la teología moderna de Rahner (el cristianismo es la culminación histórica de la revelación y de la encarnación de Dios, que se da también en las otras religiones) y la teología claramente “posmoderna” de Panikkar (Dios tiene muchos nombres y se encarna de muchas maneras en todas las culturas y religiones). Opté por el tercer modelo más que nada porque los otros me encerraban en un callejón sin salida y sin respiro. Pero el paradigma pluralista era también a su vez como un salto en el vacío, de modo que no había paz en mí (tampoco la hubo en el tribunal ante el que presenté la tesis, en enero de 1991).
En los años posteriores fui buscando dando forma a un paradigma teológico radicalmente pluralista, un paradigma ecológico y liberacionista: Dios no es un Ente, es el alma y el corazón del universo en expansión y en creación permanente sin centro alguno; es el Espíritu o la Ruah de la paz y del consuelo, que gime en la humanidad y en todas las criaturas, hasta la plena liberación, hasta la plena creación. Nuestra especie humana Homo Sapiens, aparecida hace nada más que 200.000 años en este precioso planeta verde y azul, no es ni el centro ni la cima de la creación, ni siquiera el centro y la cima de este planeta, sino que es –nada más ni nada menos– una manifestación maravillosa y todavía inacabada de la creación en marcha, con un triple cerebro –de reptil, mamífero y humano– no muy bien coordinado entre sí, que no le permite más que una conciencia aún muy dormida y una paz muy frágil; un día desaparecerá, como todas las demás especies, pero seguirá desarrollándose la vida en la Tierra (y en otros planetas probablemente, aunque todavía nada podemos saber).
¿Y Jesús? Jesús –¡bendito sea!– es un individuo admirable de esta nuestra pobre y maravillosa especie humana; fue y sigue siendo –porque la Vida que se da no muere– profeta o sacramento o símbolo o encarnación de la Compasión liberadora y creadora; vivió la indignación y la paz, la rebeldía y la esperanza; no le importó la religión, sino la misericordia; no le importó la culpa, sino la curación; él no se opone ni excluye ni incluye a ningún otro sacramento de la Compasión divina, y será plenamente Cristo o Mesías o liberador, en comunión con todos los profetas y liberadores del pasado y del futuro, cuando todos los sueños que él llamaba “reino de Dios” se cumplan del todo. Mientras tanto, la vida en la Tierra seguirá; tiene aún por delante miles de millones de años, y muchísimo más en otras galaxias y planetas; y quiero pensar que aquí o en otro lugar aparecerán especies que puedan y acierten a vivir mejor que nosotros, en una paz más estable y en una armonía mayor consigo mismo y con todos los seres, para gloria de la Vida o de Dios.
En eso estoy, ahí me muevo. Nunca había pensado en publicar un librito como éste, hasta que Credo Ediciones se empeñó en ello hace un par de meses, a raíz de mi artículo “100 días de papado” sobre el papa Francisco, de apenas dos páginas. Siguiendo su invitación, he reunido aquí diversos textos, la mayoría de ellos no publicados todavía en forma impresa. Si a alguien le pudieran servir de algo, debe agradecérselo a la casa editorial.
“Mi Iglesia y mi Credo”: el título es cuando menos equívoco, y puede parecer presuntuoso. No son de ningún modo “mi” Iglesia ni “mi” Credo. No soy fundador de nada. Los artículos posesivos están de sobra. Y, sin embargo, ¿cómo ser Iglesia hoy si no es buscando ser libre, y cómo rezar el Credo de siempre si no es con aquellas palabras que a cada uno nos lleven hoy realmente a vivir?
(Tomado del Prólogo de José Arregi, Mi Iglesia y mi Credo. Reflexiones sobre un cristianismo creíble para hoy, Credo Ediciones, Berlín 2013, pp. 3-6).

La encuesta del Papa José M. Castillo, teólogo

Como es sabido, los católicos de mentalidad tradicional están preocupados, incluso asustados, con motivo de la encuesta que el papa Francisco ha difundido para que los católicos digamos lo que realmente pensamos sobre los temas relacionados con la familia y que más han dado que hablar en los últimos años. Algunos han dicho que la encuesta es sólo para los obispos. Pero no. Que sepamos, hasta este momento, quienes pueden (y deben) responder, a las preguntas planteadas, somos todos.
Pues bien, si toda la Iglesia tiene la palabra para decir lo que piensa sobre temas tan debatidos (aborto, homosexualidad, divorciados, separados, etc, etc.), entonces la encuesta es más revolucionaria de lo que muchos se pueden imaginar. Y lo es, por un motivo que seguramente pocos se imaginan.
Me explico. Muchos querrían que haya un papa que, por fin, le diga a la Iglesia, con su autoridad infalible, lo que hay que pensar y hacer en los problemas mencionados, y en tantos otros relacionados con la vida familiar, sexual…. Temas que son delicados, que tanto preocupan y, sobre todo, de los que tantísimo se discute, se puntualiza, se duda y por los que se apasiona la gente. Pues bien, ¿por qué la encuesta, planteada a quienes tantos discutimos sobre esos asuntos, resulta tan revolucionaria?
El problema de fondo no está en la complejidad de los temas planteados por la encuesta. El problema adentra sus raíces en un asunto bastante más complicado. Lo que está en cuestión no es la respuesta que se pueda – y se deba – dar a cada uno de esos temas. Lo que se va a poner en cuestión es la respuesta que se pueda – y se deba – dar a los límites que tiene la autoridad del papa para zanjar, mediante una definición dogmática, lo que los católicos tenemos que pensar, creer y vivir en asuntos que tan vivamente nos conciernen. Mi pregunta, después de leída la encuesta, es la siguiente: si nos atenemos a lo que enseña el más alto magisterio de la Iglesia, ¿se puede asegurar que el papa tiene autoridad y potestad sagrada para definir, como “dogmas de fe”, doctrinas y formas de vida sobre las que no hay acuerdo entre los católicos, sino más bien una diversidad de doctrinas y teorías, que han desembocado en profundas divisiones, y hasta enfrentamientos, ente los mismos católicos?
Como es sabido, la doctrina sobre la infalibilidad pontificia fue definida en el concilio Vaticano I (en 1870). Las palabras del concilio fueron éstas: “El Romano Pontífice…. goza de aquella infalibilidad de la que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición en de la doctrina sobre la fe y las costumbres” (H. Denzinger – P. Hünermann, nº 3074). Por tanto, según el concilio Vaticano I, la infalibilidad del papa es la infalibilidad de la Iglesia. Lo cual quiere decir que el papa, cuando pronuncia una definición dogmática, no pronuncia una sentencia en cuanto persona privada, sino que expone o define la doctrina de la fe católica como maestro supremo de la Iglesia universal. De forma que el papa, lo que tiene, es “el carisma de infalibilidad de la Iglesia misma”, como dijo el Vaticano II (LG, nº 25).
Por tanto, el sujeto que posee el poder de la infalibilidad es la Iglesia. El papa posee el carisma de pronunciar esa infalibilidad en casos y asuntos concretos. En consecuencia, cuando la Iglesia se encuentra dividida – y hasta enfrentada – en un tema concreto, el papa no puede zanjar semejante situación echando mano de una definición dogmática. Para pronunciar una definición infalible, el papa tiene que tener la razonable garantía de que el tema de su definición es conocido en la Iglesia y está aceptado por la Iglesia. Ésta es la razón por la que el papa Pío XII, antes de proceder a la definición de la Asunción de la Virgen María a los cielos (año 1950), preguntó a todos los obispos del mundo si en sus iglesias se aceptaba esta doctrina como doctrina revelada por Dios. Y, cuando obtuvo la respuesta afirmativa de todos, entonces procedió a hacer la definición dogmática.
Siendo ésta la doctrina y la praxis de la Iglesia católica, no basta que el papa ponga fin a una controversia para que se pueda hablar de una definición. Como tampoco es una definición, hablando con propiedad, el hecho de declarar que un juicio doctrinal es “inapelable” (G. Thils). Como explicó el relator oficial del Vaticano I, Mons. Grasser, “el papa es infalible solamente cuando, desempeñando su cargo de doctor de todos los cristianos y, por tanto, representando a la totalidad de la Iglesia universal, juzga y define lo que debe ser admitido o rechazado por todos” (Mansi 52, 1213 C). Y debe ser admitido o rechazado como una cuestión o verdad de fe.
Todo lo demás, y por más que lo diga el papa, es (y será) un asunto de obediencia. Pero, como es bien sabido, los asuntos que no pasan de la obediencia, en aquellos casos en que el sujeto ve en su conciencia que no tiene por qué obedecer, en tales casos puede (y hasta debe) desobedecer. Ya que, como bien sabemos (desde la lúcida enseñanza de Santo Tomás de Aquino (“Sum. Theol.”, 2-2, q. 104, a. 6; a. 5), el último dictamen de la rectitud de un acto es el dictamen de la propia conciencia, no la mera y pasiva sumisión.
La consecuencia, que se sigue de lo dicho, es clara. Las preguntas que propone la encuesta del papa sobre las familia plantean una serie de asuntos en los que, ni teológicamente ni desde el punto de vista científico o histórico, hay consenso en la Iglesia. Son lo que los entendidos denominan como “quaestiones disputatae” (cuestiones sometidas a discusión). ¿En el Sínodo de Octubre del año que viene se llegará a un acuerdo unánime en tales cuestiones? Sería de desear. Pero no es previsible. La consecuencia será que van a quedar patentes los límites doctrinales que tiene el poder papal a la hora de zanjar una doctrina discutida.

La unidad de la Iglesia no es uniformidad. La unidad se construye sobre el respeto, la tolerancia, la bondad y la búsqueda del bien de todos. Y, por tanto, la unidad se da (y se seguirá produciendo) en la pluralidad de opiniones, conductas y formas de vida, siempre que sean opinables dentro del respeto a los derechos de los demás. Si se consigue mediante la encuesta y el Sínodo que haya más tolerancia, más respeto a quienes piensan de manera distinta y los que viven de forma diferente, la Iglesia dará un paso decisivo hacia la unidad que quiso el Señor. Y si, además de eso, se aclaran determinadas cuestiones, que hoy nos dividen o nos enfrentan, entonces el papa Francisco habrá hecho una aportación decisiva (una más) para bien de todos nosotros.       

Gil Tamayo llega para “mandar en la cancha” Juan G. Bedoya


El nuevo portavoz sostiene que los prelados no son “profetas de calamidades ni gente que arrolle la libertad de los demás”
Los obispos eligen secretario general y portavoz a Gil Tamayo
Campechano, emocionado, como un colega que acaba de regresar de una misión especial, el nuevo portavoz de los obispos, el sacerdote y periodista extremeño José María Gil Tamayo, entró este mediodía en la sala de prensa de la Casa de la Iglesia dando besos, abrazos y apretones de mano. Se le correspondió con entusiasmo casi general. ¿Primer símbolo de un cambio en la política de información de la Conferencia Episcopal Española (CEE)? Es pronto para decirlo. Lo evidente es que la primera comparecencia del nuevo portavoz parecía una enmienda a la totalidad del estilo bronco y distante de su predecesor, Juan Antonio Martínez Camino.

Primera declaración de principios de Gil Tamayo: “La Iglesia católica necesita salir de las páginas de sucesos y ocupar el espacio que le corresponde en la sección de sociedad. No vamos a ser gente de sacristía, ni vamos a ser gente que arrolle faltando a la libertad de los demás. No. Respeto exquisito a la libertad de los demás. Pero sin renunciar en absoluto a ofrecer nuestras propias convicciones, con alegría, con fuerza, con convicción. El secreto de la comunicación está en mostrarse como uno mismo, sin trampas ni cartón. Creo en la transparencia. Es la mejor manera de luchar contra la desinformación”, dijo
Gil Tamayo llega sin programa, pero con las ideas claras. Lo que le ha impresionado es el recibimiento. Ayer a la misma hora estaba dando catequesis a los niños de su parroquia en Badajoz, y un chiquillo, asombrado por el revuelo que sentía en torno al cura, le preguntó: “Pero, padre, qué es eso que le han hecho”. “Me preguntó si me habían hecho secretario del Papa”. Después de saludar a los periodistas como “compañeros y compañeras, y de agradecer las felicitaciones de las autoridades españolas y de altos cargos del Vaticano, entró en materia, lanzando en apenas media hora un plan de comunicación a la manera del papa Francisco.
“Me siento llamado a ser fiel a lo que los obispos decidan en cada momento. Trabajo para una organización colegial. Pero la Iglesia española mirará a Roma, y lo hará con simpatía. Ciertamente, hay en Roma un cambio. He sido testigo del aire nuevo, del aire fresco y nuevo que trae el papa Francisco. Creo que para la realidad española es muy importante ese aporte de renovado empeño evangelizador, al mismo tiempo que ha sido muy importante la profundidad, honestidad, la iluminación del magisterio de Benedicto XVI”. Lo dijo el nuevo secretario general del episcopado antes de recordar a los periodistas que en los dos últimos años ha trabajado en el Vaticano, al lado del portavoz de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, como su adjunto en lengua española en un sínodo de obispos y durante el cónclave del que salió elegido Papa el argentino Jorge Mario Bergoglio.
“Francisco mira de manera especial a España. El papa usa el español cuando quiere expresarse de manera más suelta. La sintonía es efectiva y afectiva. Lo he visto en mi parroquia, con personas que se me acercan y me dicen que es como nosotros, uno de nosotros. Se ha metido en el corazón de la gente”, añadió.
En el pasado, Gil Tamayo ha sido crítico con algunos aspectos de la comunicación de la Iglesia católica. ¿Llega con un cambio de mentalidad? ¿Ha planificado una estrategia comunicativa distinta, alejada de la politización de su predecesor? Respondió con una sonrisa. “Quienes me conocen, y aquí hay muchos, saben que no he sido un crítico ni un enfant terrible, aunque sí creo que podemos y debemos mejorar. En estos años se ha ido ganando en comunicación. Pero solo llevo apenas dos días; no tengo diseñado un plan. Tendré que conocer la realidad y los medios. El objetivo es transmitir el evangelio de forma positiva. No podemos estar jadeantes a esperar a que nos tiren la pelota para dar cada respuesta. Con un símil deportivo, hay que mandar en la cancha. Hay que ir por delante en los temas de la agenda. Y transmitir la voz de la Iglesia con honestidad. Tenemos un deber de justicia: el derecho de la gente a estar bien informado, a saber. Se puede a hacer con seriedad y con buenas formas. Esta institución se dedica a transmitir desde hace casi dos mil años una buena nueva que es nueva pero que es buena. No somos profetas de calamidades, ni debemos ser profetas de calamidades, sobre todo cuando hay tanta gente que está sufriendo. Tenemos un ejemplo en el papa Francisco. Es lo que está haciendo: ser un bálsamo ante los que sufren”.
También se le preguntó por sus posiciones ideológicas, a partir del dato de su pertenencia al Opus Dei: sobre si es moderado, progresista, conservador, o qué. Dijo: “Me defino como un cura al que encargaron que hiciera periodismo Vivo esa doble vida. Las etiquetas pertenecen a una pereza, a un tópico, a un prejuicio de encasillamiento que nos libera de pensar y de aceptar la realidad que nos viene dada. Siempre hay que hacer esquemas, pero no me siento condicionado por esquemas. Creo en la transparencia. Es la mejor manera de luchar contra la desinformación, los tópicos, el rumor, y contra esa pereza que son los prejuicios”