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miércoles, 30 de septiembre de 2026

María y la encarnación de Dios

 


Avatar de Manuel Madueño
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No hay una gradación ni una jerarquía explícita entre las grandes verdades o “misterios” de nuestra fe, aunque, indudablemente, algunos son más importantes que otros. Pero debemos reconocer que el Misterio de la Encarnación tiene algo de sorprendente, de absolutamente inesperado, de “increíble”…

Es probable que, en una primera aproximación, el enunciado “Misterio de la Encarnación” no nos diga mucho; incluso que nos parezca algo demasiado teológico y lejano. Pero intentemos traducirlo a categorías más sencillas.

Es el misterio de un Dios que se hace hombre para compartir nuestra vida.

Es el misterio de un Dios que aparece con rostro y aspecto humano.

Es el misterio de un Dios que nos habla en nuestro propio idioma.

Es el misterio de un Dios que vive el crecimiento y el paso del tiempo como nosotros.

Es el misterio de un Dios que respeta la libertad de cada ser humano.

Es el misterio de un Dios rico, grande y fuerte que se hace pobre, pequeño y débil.

Es el misterio de un Dios que no teme vivir el trabajo, el cansancio, el hambre y la sed.

Es el misterio de un Dios Todopoderoso que quiere tener necesidad de los seres humanos.

Es el misterio de un Dios que nos ofrece el perdón, la misericordia y la ternura.

Es el misterio de un Dios que muere en una cruz para liberarnos y darnos la vida

Podríamos seguir…La lista puede prolongarse con otros muchos rasgos de este misterio inagotable que es el corazón de nuestra fe cristiana. Pero no se trata de elaborar largas listas y de encontrar enunciados originales, sino de contemplar, saborear y rumiar… Lo inimaginable, lo portentoso, lo increíble, lo insensato, lo ilógico: Dios hecho niño pequeño y frágil… Dios conociendo la tentación y el peligro… Dios pronunciando con emoción las palabras “mamá” y “amigo”… Dios alegrándose en una fiesta de casamiento… Dios llorando por la muerte de un amigo… Dios jugando con los niños y conversando con los grandes… Dios sintiendo miedo y angustia… Dios marginado, perseguido y condenado como el peor criminal… Dios muriendo… “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. (Fil 2, 6-8)

¿Se puede pensar algo así? Ni el poeta más inspirado y profundo podría haber creado una historia así. Y, sin embargo, es la historia de nuestra fe y el centro de nuestra religión. El misterio de la Encarnación. Es de nosotros porque lo hemos recibido como don. Pero es para todos porque tenemos que vivirlo y compartirlo como misión. Como ya hemos insinuado en las páginas anteriores, María es la gran maestra y experta en este misterio. Ella lo vivió y lo recibió la primera de todos y lo vive entregando y brindando. Con ella podemos vivirlo y trasmitirlo. Es cuestión de ponerse a la escucha reflexiva y orante, con ella y como ella. Es cuestión de anotarse en la escuela de María.

Profundicemos brevemente en uno o dos de los múltiples rasgos de este misterio grande para entenderlo mejor, para asomarnos a la manera en que lo vivió María.

En la Encarnación, Dios asume todo lo humano

Al hacerse hombre en Cristo, Dios acepta y hace propia la realidad humana, toda la realidad humana. Aquello de lo que nos sentimos orgullosos en nuestra pequeña ingenuidad y aquello que nos hace sentirnos limitados y frágiles. Y esto tiene consecuencias formidables para nuestra manera de vivir y de convivir.

Ante todo, la revalorización, la dignificación de la persona humana y de toda su acción. Es Dios el que ha asumido nuestra naturaleza: por eso mismo nuestra naturaleza adquiere un valor nuevo incalculable. Ya no puedo pensar en la categoría de nadie atendiendo a su inteligencia, sus cualidades, su poder, su apellido o su dinero… Ahora, cada ser humano tiene una dignidad inmensa porque Dios se ha hecho hombre. Apliquemos esto a nuestra manera de catalogar o de juzgar a los demás. Caen por tierra nuestros arraigados y ridículos criterios de importancia, de preferencias y de atribución de honor… Desde la irrupción de Dios en nuestro mundo, todo hombre es valioso y digno de respeto y cuidado porque Dios se ha hecho uno de nosotros; “todo hombre es mi hermano” porque Dios lo quiere como hijo. El viejito enfermo, el discapacitado, el delincuente, el drogadicto, el enfermo de SIDA, el extranjero, el opositor político o religioso…, todos tienen una dignidad que debe ser respetada y ayudada a realizarse plenamente. Y sin necesidad de ir tan lejos, analicemos esas formas tan lamentablemente habituales de nuestra relación con los demás: la indiferencia, la sospecha, la discriminación sutil, la prepotencia, la crítica, la demagogia, la manipulación, la burla… Nada de ello se justifica a la luz de la Encarnación.

En segundo lugar, ya no hay nada propio de nuestra vida que le resulte extraño o desconocido a Dios. Porque lo ha experimentado y sufrido todo en la persona de Jesús. Y ese formidable complejo de inferioridad y de extrañeza que el hombre ha tenido siempre con Dios, se derrumba para siempre. Porque ahora Dios sabe, conoce, comprende, ha vivido lo nuestro… Frente a la confesión de nuestras incapacidades y errores, frente a la manifestación de nuestros dolores y preocupaciones, se alza ahora el rostro sereno y cordial de Jesús que nos dice: “Hermano querido, te comprendo porque yo también lo he vivido…”. ¿No debería cambiar nuestra forma de relacionarnos con Dios? ¿Nuestra oración no tendría que ser mucho más espontánea y confiada?

Por último, cambia la manera de conocer a Dios, la forma de revelarse de Dios. Ya no va a ser más el Dios lejano y desconocido, apenas intuido y temido detrás de sus tremendas manifestaciones del Antiguo Testamento. O el Dios desconcertante que se comunica a través de los oráculos de los profetas. Desde el nacimiento de Belén, Dios nos habla en la persona de Jesús, Dios se nos muestra en el rostro humano de Jesús. Jesús es la palabra suprema y definitiva de Dios a la humanidad. Jesús es la manifestación plena e incuestionable de Dios al mundo. Ya no hay nada más que esperar. Ya no hay nada más que preguntar. Todo está dicho en Jesús. Todo se resume en Jesús. Y esto, tomado en serio, modifica también la forma de entender la religión y la vida, las preguntas y los cuestionamientos sobre Dios y la fe, la manera de leer y vivir la Sagrada Escritura.

En diálogo con Dios y con los demás.

Es otro de los múltiples aspectos que el misterio de la Encarnación nos ofrece para reflexionar y vivir. En Jesús, Dios lleva a su plenitud un estilo de relación con los hombres: el estilo del encuentro personal y del diálogo directo, el estilo de comunicación cara a cara y de palabra escuchada y brindada. En Jesús, Dios nos invita a vivir con Él y con los demás una nueva relación interpersonal. Pero, ¿en qué consiste una “verdadera relación interpersonal”?

Ante todo, es aceptar al otro incondicionalmente, en su libertad y autonomía, en su originalidad irrepetible… Es no intentar, ni por un momento, manipularle, utilizarle, poseerle. Es dejarle ser él mismo, desde el respeto, la comprensión y la aceptación sin límites. Es evidente que este tipo de relación interpersonal sólo puede establecerse mediante el amor. Y amar a alguien es, ante todo, dejarle ser él mismo, con respeto, aceptación, comprensión y hasta silencio.

El encuentro personal comporta dos dimensiones fundamentales: ‘ser para’ el otro y ‘estar con’ el otro. La primera consiste en vivir la misma vida que el otro; la segunda es la experiencia afectiva, que se traduce en presencia mutua, en diálogo, en intimidad y en gozo compartido. Se trata, por tanto, no sólo de ‘ser para’ el otro, sino además de ‘estar con’ el otro… No puede faltar ninguna de estas dos dimensiones en el verdadero encuentro entre personas. Porque si falta el ‘ser para’, caemos en el intimismo infructuoso, en la pura subjetividad, en el sentimentalismo estéril. Y si falta el ‘estar con’, desembocamos en el activismo ideológico, que termina por destrozar toda relación entre personas.

A vivir este tipo de relación estamos llamados. Con Dios y con los demás. El ejemplo aparece nítido en el Evangelio, en cada una de las relaciones de Jesús con los demás. Relaciones plenas de respeto, de sinceridad, de aceptación y paciencia. Encuentros en los que Jesús se brinda y se entrega sin violentar la libertad del otro. La formidable personalidad de Jesús no se impone, no avasalla: dice su palabra y después se calla, escucha y espera. Sí, realmente Jesús fue “el hombre para los demás”, aquel que vino a “estar con nosotros”. Y el que nos llama a estar con él y a vivir para él y para el Reino.

No hace falta explicitar las consecuencias para nuestra vida. Todos los días deberíamos retomar y vivir nuestra relación con Jesús con la ilusión y la emoción de un primer enamoramiento. Todos los días deberíamos encontrar ratos para dialogar con alegría, sinceridad y libertad con Aquel que sabemos que nos ama. Todos los días deberíamos vivir nuestras conversaciones con los demás con la voluntad de hacer de cada una de ellas una experiencia de libertad y de amor que nos haga sentirnos más personas a ambos. Todos los días deberíamos cultivar el arte del diálogo, de ese diálogo que Pablo VI elevó a la categoría de ideal humano y cristiano al definirlo en la encíclica Ecclesiam Suam: “Diálogo con el mundo que es poesía, diálogo con los demás que es amor, diálogo con Dios que es plegaria”.

Todo el misterio de María, toda su experiencia espiritual, están transidos de la experiencia del Misterio de la Encarnación, de la inefable sencillez de Dios. María ha vivido como nadie la experiencia de un Dios que se acerca, de un Dios que se hace nuestro, de un Dios que asume toda la realidad humana, de un Dios que desembarca en la playa de la humanidad. En María entendemos que el Dios Todopoderoso y Fascinante se hace un Dios entrañable y cotidiano; que el Dios Trascendente asume el nombre de Dios-con-nosotros. En María entendemos que –desde la Encarnación– Dios se ha hecho presente en las cosas más simples, más insignificantes, más aparentemente prosaicas de la existencia de los hombres.

María nos habla de la increíble “adaptación” de Dios a todo lo humano y a todos los seres humanos. Una adaptación que en Jesús se hace palabra clara y presencia íntima, gesto de amigo y dolor ante la incomprensión, silencio paciente y palabra que estimula, cansancio del camino y descanso de fiesta, juego con niños y discusión religiosa con los adultos, perdón al culpable y cuestionamiento al orgulloso, liberación para el oprimido y salud para el enfermo, regalo de paz y anuncio de persecución, vida que se entrega por amor a la muerte y amor que de la muerte hace surgir la vida.

La vida de María es un prodigioso aprendizaje de la sencillez y la cercanía de Dios. Todo en ella es discreto, sereno, silencioso, profundo. María presente en todo y presencia confortante para todos. María que nos entrega el Dios grande de las cosas sencillas y el Dios sencillo de las cosas grandes. María que en su hijo aprende la paciencia de Dios, la misericordia de Dios, el tiempo de Dios. María oculta y María indispensable. María Madre de todos, Consuelo de todos, Esperanza de todos. María única y María universal. María sencilla que nos revela en rostro infinito de Dios y Dios infinito que se nos revela en el rostro sencillo de María.

ORACIÓN ANTE EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

Señor Jesús:

te doy gracias porque me has descubierto

la riqueza del misterio de la Encarnación.

Te doy gracias porque nos has amado tanto

que has querido venir a compartir nuestra vida.

Te doy gracias porque ahora siento

que comprendes nuestras dificultades y nuestros dolores.

Creo en Ti como el Revelador y la Encarnación del Padre.

Creo que estás en el Padre y el Padre está en Ti.

Creo que me has llamado para estar contigo y seguirte.

Aumenta mi fe y mi amor para que mi vida cristiana

sea siempre un encuentro profundo de amor y de entrega

contigo y con cada uno de mis hermanos.

María de la Encarnación, Señora del Sí:

enséñame a abrir mi vida, como tú, al Señor que viene

y a entregar mi vida, como tú, a todos mis hermanos.

Amén.

Manuel Madueño, SM

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