Leer el evangelio
33 – Escuchad otra parábola:
Había una vez un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó la torre del guarda (Is 5,1-7), la arrendó a unos labradores y se marchó al extranjero.
34 Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus siervos para percibir de los labradores los frutos que le correspondían. 35 Los labradores agarraron a los siervos, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
36 Envió entonces otros siervos, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.
37 Por último les envió á su hijo, diciéndose: «A mi hijo lo respetarán».
38 Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron:
– Éste es el heredero: venga, lo matamos y nos quedamos con su herencia.
39 Lo agarraron, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.
40 – Vamos a ver, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?
41 Le contestaron:
– Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará su viña a otros que le entreguen los frutos a su tiempo.
42 Jesús les dijo:
– ¿Nunca habéis leído en la Escritura? La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho: ¡Qué maravilla para los que lo vemos! (Sal 118,22-23). 43 Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos.
Mt 21, 33-43
«Se os quitará el reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos»
Estamos ante la mayor diatriba de Jesús contra las autoridades de Israel, y si bien podemos aplicarla a nosotros la Iglesia por nuestro afán de apropiarnos de Dios, me van a permitir que siga con el mensaje de las dos últimas semanas sobre la diferencia de los criterios de los hombres (tú piensas como los hombres…) y los criterios de Dios; es decir, entre los criterios del mundo y los criterios del Reino.
El objeto primero del mensaje de Jesús es el Reino; es decir, el reinado de los criterios de Abbá en el mundo: «Venga a nosotros tu Reino». Éste es el sentido de su misión y el sentido de su vida. «Buscad primero el Reino y su justicia –afirma Jesús– y lo demás se os dará por añadidura». La construcción del Reino es la misión que el propio Jesús nos encomienda a los que nos consideramos sus seguidores, y ése es el sentido de nuestra vida: «Como el Padre me envió…».
Jesús compara el Reino con la masa fermentada por una pizca de levadura, o el gran arbusto que todo lo invade porque ha germinado un grano de mostaza. Porque el Reino no se impone, el Reino se siembra, y cuando cae en buena tierra da el ciento por uno. El Reino es cosecha. Es abundancia. Las primeras comunidades eran fértiles y crecían sin cesar a pesar de las persecuciones y las dificultades. Como la mostaza. El Reino es como un tesoro escondido en un campo, que cuando alguien lo descubre, vende todo lo que tiene para comprarlo, y lo hace «lleno de alegría»; ya sólo le interesa el tesoro que acaba de descubrir; lo demás deja de tener valor para él.
El Reino no crece por la fuerza del dinero o la imposición del poder. El Reino crece por la fuerza interior de la Palabra. En el Reino todo es al revés: desde dentro, por conversión, no por imposición; desde abajo, desde el servicio, no desde el poder. Para el mundo, el primero es el que más tiene; para el Reino, el primero es el que más sirve. Para el mundo, el más importante es el más dotado; para el Reino, el más importante es el más necesitado.
El Reino no es huir de la realidad humana, sino dar pleno sentido a toda realidad humana. Por eso, el Reino no es esencialmente renunciar a nada, sino dirigirlo todo a ese fin. Ninguna dimensión humana está fuera de esta categoría esencial: medios para construir el Reino. Como decía Ruiz de Galarreta, el lema del cristiano podía ser: “máximo compromiso, máxima confianza”, porque no hay límite para lo que se espera de nosotros, pero siempre sin temor a fallar, con plena confianza, porque quien va a juzgar nuestra tarea es nuestra Madre.
Por tanto, el Reino es, a la vez, lo más tranquilizador y lo más exigente del mundo. La ley deja a la persona a sus propias fuerzas, le pone preceptos que ha de esforzarse en cumplir, le amenaza, le premia, le castiga. El Evangelio le coloca ante el don de Dios, le hace conocer a su Padre, le convierte en Hijo, lo cambia por dentro… y ya no tiene que mandarle nada.
Volviendo a Ruiz de Galarreta: «Y todo esto por construir. No somos así»…
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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