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jueves, 13 de agosto de 2026

¿Y a dónde iremos…?

 


Leer el evangelio

21 Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón. 22 Y hubo una mujer cananea, de aquella región, que salió y se puso a gritarle:

– Señor, Hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo.

23 Él no le contestó palabra. Entonces los discípulos se le acercaron a rogarle:

– Atiéndela, que viene detrás gritando.

24 Él les replicó:

– Me han enviado sólo para las ovejas descarriadas de Israel.

25 Ella los alcanzó y se puso a suplicarle:

– ¡Socórreme, Señor!

26 Jesús le contestó:

– No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros.

27 Pero ella respuso:

– Anda, Señor, que también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

28 Jesús le dijo:

– ¡Qué grande es tu fe, mujer! Que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento quedó curada su hija.

Mt 15, 21-28

«¡Ten piedad de mí! … ¡Señor, socórreme!»

Jesús está en tierra de gentiles. Una mujer cananea tiene una hija gravemente enferma, siente necesidad de ayuda, tiene fe en que Jesús puede ayudarle… y su hija queda sana. Nos suena a conocido. Nos recuerda a ese otro episodio en el que un centurión tiene un criado enfermo, sale al encuentro de Jesús en Cafarnaúm, y el criado recobra la salud. «Mujer, grande es tu fe», le dice a la cananea. «Os aseguro que no he encontrado en Israel una fe como ésta», dice del centurión. En ambos casos concurren dos circunstancias que propician el milagro: la primera, que le buscan porque se sienten necesitados de ayuda, y la segunda, que confían en Jesús; que tienen fe en Jesús.

Sentirse necesitado es el primer paso para seguir a Jesús, y por eso le siguieron los necesitados y le dieron la espalda los que se sentían satisfechos tal como estaban. Le siguieron los pobres y los mendigos, que nada tenían y necesitaban de todo; los lisiados y enfermos, que se sentían rechazados y castigados por Dios a causa de sus pecados; los pecadores y publicanos, que necesitaban verse libres de la vergüenza, la humillación y el sentido de culpa que con tanto ahínco fomentaban en ellos los tenidos por buenos; los que soñaban con otro Dios que les amase y no que les juzgase; los que necesitaban un líder que los liberase de los herodianos corruptos y de los invasores romanos…

Jesús ayudó a todos menos a estos últimos. A los pobres los llamó bienaventurados porque eran los primeros a los ojos de Dios, y se ocupó de ellos como nunca antes nadie lo había hecho. A los enfermos los curó y les dijo que Dios no tenía nada que ver con sus calamidades; que el papel de Dios no es castigar a los pecadores, sino ayudarles a salir de la esclavitud que acarrea el pecado. A los pecadores los acogió y mostró así que él no los despreciaba; que lo importante son las personas; que los tenidos por pecadores eran en realidad los más necesitados. A los que buscaban el amor de Dios, les dijo que Dios es Abbá, nuestra Madre que, como cualquier madre, no nos quiere por ser justos sino por ser hijos. Y no sólo lo dijo, sino que él era el fiel reflejo de esta afirmación.

Y nosotros, ¿nos sentimos necesitados de algo?… El estado del bienestar establece sus propios criterios de felicidad y pone a nuestra disposición todo lo que necesitamos para lograrla; y eso nos hace muy difícil el seguimiento. Pero las necesidades esenciales del ser humano no han variado un ápice: dar sentido a la vida y vencer el miedo a la muerte, y eso es algo que no nos proporciona el estado del bienestar y que Jesús nos ofrece. Pero sus criterios son tan contrarios a los del mundo que hace falta tener mucha confianza en él para seguirlos, y para confiar se necesita conocerle y no le conocemos.

Y ésa es nuestra gran asignatura pendiente: restaurar los cauces de conocimiento de Jesús, porque los que nos permitieron a nosotros conocerle, ya no funcionan y el resultado es que Jesús se está convirtiendo en un gran desconocido para las nuevas generaciones… Había una cadena de transmisión que se ha mantenido a lo largo de los siglos y está a punto de romperse por nuestro eslabón. Y recordamos aquel pasaje del evangelio: «¿También vosotros queréis marcharos?» … «¿Y a dónde iremos…?».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

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