En su encuentro con jóvenes franciscanos en Asís, el Papa denunció la instrumentalización de la religión, reconoció las heridas provocadas por la Iglesia y propuso una fe que no domina, sino que sirve y repara.
Del 3 al 6 de agosto, alrededor de 2.500 jóvenes, en su mayoría procedentes de distintos países europeos, se reunieron en Asís para participar en el GO! Franciscan Youth Meeting 2026. El encuentro, dirigido a jóvenes de entre 18 y 33 años —creyentes y no creyentes—, había sido concebido como un espacio de escucha, diálogo, formación, oración y fraternidad para redescubrir la figura de san Francisco y traducir su mensaje a los desafíos del presente.
La convocatoria se enmarcaba en el octavo centenario del Tránsito de san Francisco, es decir, de su muerte en 1226, y evocaba aquellos antiguos “capítulos de las esteras” en los que los primeros frailes se reunían para orar, conversar y compartir su experiencia. El lugar tampoco era casual: la clausura se celebró en la basílica de Santa María de los Ángeles, a los pies de Asís, que guarda en su interior la pequeña Porciúncula, uno de los lugares donde nació la fraternidad franciscana. Allí acudió León XIV el 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración, para dialogar con los jóvenes y presidir la eucaristía con la que culminó el encuentro.
Antes de la celebración, León XIV mantuvo un diálogo público con los jóvenes reunidos en la plaza de Santa María de los Ángeles. A partir de la pregunta de una joven croata y del recuerdo de la guerra de los Balcanes, el Papa advirtió de la peligrosa mezcla entre religión y nacionalismo y de la utilización de la fe en las confrontaciones identitarias. Frente a ellas, afirmó que «la radicalidad evangélica […] es lo contrario del fundamentalismo». Esa radicalidad no produce rigidez ni violencia, sino sensibilidad, humildad, acogida y voluntad de reconciliación. Los cristianos, recordó, están llamados a ser artífices de paz, también cuando eso significa ir a contracorriente.
Otro joven le preguntó por qué tantas personas afirman creer en Dios, pero no en la Iglesia. León XIV no respondió con una defensa automática de la institución, sino reconociendo que muchas personas no han podido experimentar la Iglesia tal y como Jesús la desea. Sus contradicciones, admitió, causan sufrimiento, dejan heridas y pueden convertirse en un «obstáculo para creer», especialmente para los pequeños y los pobres.
Frente a una Iglesia que busca protagonismo o se impone sobre los demás, el Papa propuso ejercer «una fuerza que no humilla, sino que levanta». Reparar la Iglesia exige abandonar la lógica del dominio, caminar juntos y aceptar la corrección mutua. No se trata de aparentar una perfección que no existe, sino de reconocer las propias limitaciones y dejar que el Evangelio transforme las relaciones y convierta la comunidad cristiana en un lugar de libertad, respiro y salvación.
Durante la homilía, León XIV retomó esta invitación a la transformación a partir del evangelio de la Transfiguración. La fe no puede reducirse a contemplar una escena luminosa desde la distancia: «No se puede permanecer sólo como espectadores». Es necesario interpretar el tiempo que vivimos, tomar decisiones y vencer la resignación y el miedo. Nos desfiguramos cuando nos separamos de los demás y nos transfiguramos mediante relaciones que sostienen, reparan y llaman a la vida.
La espiritualidad franciscana, señaló, invita precisamente a reconstruir las relaciones con Dios, con las demás personas y con toda la creación. Por eso animó a los jóvenes a acercarse a los márgenes, allí donde la injusticia y la prepotencia niegan la dignidad y los sueños de tantas personas. También los llamó a abandonar la cultura de la fuerza, derribar los muros y liberar a nuestras sociedades de los «enemigos inventados por miedo e ignorancia».
Ochocientos años después de Francisco y Clara, León XIV no presentó el cristianismo como una identidad que deba protegerse frente al mundo, sino como una fuerza de fraternidad capaz de sanar sus divisiones. La verdadera fidelidad al Evangelio no consiste en dominar, excluir o aferrarse al pasado, sino en reparar heridas, servir y abrir caminos de reconciliación. En palabras del propio Papa: «No un mundo para defender, sino para abrazar».
Fuentes:
Oficina de Prensa de la Santa Sede: Diálogo de León XIV con los jóvenes
Oficina de Prensa de la Santa Sede: Homilía en Santa María de los Ángeles
Orden de Frailes Menores: GO! Franciscan Youth Meeting 2026
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