Mt 15, 21-28
Leer el evangelio
21 Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón. 22 Y hubo una mujer cananea, de aquella región, que salió y se puso a gritarle:
– Señor, Hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo.
23 Él no le contestó palabra. Entonces los discípulos se le acercaron a rogarle:
– Atiéndela, que viene detrás gritando.
24 Él les replicó:
– Me han enviado sólo para las ovejas descarriadas de Israel.
25 Ella los alcanzó y se puso a suplicarle:
– ¡Socórreme, Señor!
26 Jesús le contestó:
– No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros.
27 Pero ella respuso:
– Anda, Señor, que también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
28 Jesús le dijo:
– ¡Qué grande es tu fe, mujer! Que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada su hija.
16 de agosto de 2026
Ocurre que, al leer el evangelio, un detalle secundario nos aporta mucha luz.
Dice el texto que LOS PERRILLOS COMEN LAS MIGAJAS que caen de la mesa de los amos. Alude a la costumbre de la época de comer con las manos (no se habían inventado los cubiertos). Se limpiaban la grasa de los dedos con miga de pan y eso era lo que tiraban a los perros, cosa que con toda seguridad agradaría a los canes. Son migas de una cierta consistencia.
Esto nos lleva a pensar sobre nuestra generosidad: ¿damos migajas o algo más consistente? ¿Damos migajas de tiempo a quien nos pide que le escuchemos o, con paciencia, le dedicamos tiempo suficiente? ¿Damos migajas de consuelo o nos metemos de verdad en el dolor que nos es ajeno? ¿Compartimos los beneficios de la sociedad con cualquier necesitado o queremos que los de aquí seamos los primeros y los únicos? Habríamos de dar de lo que nos hace falta. Pero, si eso nos cuesta mucho, seamos, al menos, generosos.
Es verano, tiempo propicio para dar con más generosidad que durante el año. No vayas solo a lo tuyo, interésate por los demás. No pienses solamente en tu bienestar, comparte la sombra de tu árbol. No digas que ya tienes tú bastante con lo tuyo, échate al hombro un poco la situación de los demás. Seamos un poco más generosos que aquellos comensales de Tiro y Sidón que echaban las migas debajo de la mesa.
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