Mt 15, 21-28
Leer el evangelio
21 Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón. 22 Y hubo una mujer cananea, de aquella región, que salió y se puso a gritarle:
– Señor, Hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo.
23 Él no le contestó palabra. Entonces los discípulos se le acercaron a rogarle:
– Atiéndela, que viene detrás gritando.
24 Él les replicó:
– Me han enviado sólo para las ovejas descarriadas de Israel.
25 Ella los alcanzó y se puso a suplicarle:
– ¡Socórreme, Señor!
26 Jesús le contestó:
– No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros.
27 Pero ella respuso:
– Anda, Señor, que también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
28 Jesús le dijo:
– ¡Qué grande es tu fe, mujer! Que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada su hija.
(Lucas 1, 39-56)
La fiesta de la Asunción es quizá una de las fiestas más populares relacionadas con María y en la que confluyen siglos de reflexión teológica, a lo largo de los cuales se ha ido buscando subrayar la excepcionalidad de esta mujer, que tuvo el privilegio de ser la madre de Jesús de Nazaret. Esa singularidad, sin embargo, ha invisibilizado su camino humano y desdibujado su historia real como mujer.
La mayor parte de los significados y cualidades que se le han atribuido nacieron en culturas patriarcales que proyectaron en ella los ideales femeninos que consideraban adecuados y con los que las mujeres estaban llamadas a identificarse. La progresiva toma de conciencia de las mujeres sobre su identidad y su lugar el mundo ha ido poniendo en cuestión muchos de esos ideales y las narrativas que los acompañaban. Hoy estamos de nuevo invitadas e invitados a preguntarnos: ¿Cómo podemos hablar hoy de María sin reproducir estereotipos patriarcales y sexistas? ¿Cómo actualizar su figura de modo que podamos reconocerla como compañera de camino y hermana de vida? ¿Cómo podemos acercarnos a su memoria y encontrar en ella al Dios que se le reveló, que la fortaleció y la acompañó?
Leer con estas preguntas el texto de la visitación (Lc 1,39-56) que nos propone la liturgia puede ser quizá un comienzo, o un modo de continuar haciendo justicia a esta mujer tan relevante para nuestra historia de fe.
Se levantó y se puso en camino
Lucas comienza el relato afirmando que María se levantó y se puso en camino hacia la región montañosa, a una población de Judá. La brevedad de su descripción, casi una elipsis cinematográfica, quizá nos haya impedido pararnos a pensar lo que suponía para una mujer embarazada en el siglo I viajar de Nazaret a Ain Karem, lugar en el que tradicionalmente se ubica la residencia de Isabel.
La decisión de María de acompañar a Isabel en sus últimos meses de embarazo suponía recorrer unos 130- 150 km, dependiendo de la ruta elegida. Probablemente tuvo que hacerlo formando parte de un grupo de familiares, vecinos o peregrinos ya que el trayecto podía durar entre cinco y siete días y los caminos no estaban exentos de peligros. Además, el viaje requería disponer de algunos recursos para afrontar los gastos de alimentación y alojamiento. Podemos imaginar que José quizá se esforzó por conseguir algún trabajo más de lo habitual y que María pudo vender algunos productos de los que cultivaban en su huerto, reuniendo así lo necesario para emprender el viaje.
Una empresa así no era fácil de asumir para una pareja pobre de Galilea. Sin embargo, el cariño que sostenía los vínculos familiares y la solidaridad que hacía posible la supervivencia en un mundo en el que el acceso a los bienes estaba muy limitado para la mayoría de la población justificaba su esfuerzo.
Detrás de las pocas palabras de Lucas podemos imaginar a María tomando una decisión que suponía emprender un viaje largo, afronta riesgos y pone sus recursos al servicio de otra mujer. Al comienzo, la sororidad; en el horizonte, un encuentro que abrirá paso a una experiencia reveladora de un Dios que escucha, sostiene y acompaña.
Un encuentro sororal que nombra a Dios
El relato lucano nos sitúa a continuación en un espacio femenino en el que dos mujeres embarazadas se encuentran. Una es joven y acaba de recibir una llamada que todavía no comprende del todo. La otra es mayor y ha experimentado también algo que parecía imposible.
Las palabras con que Isabel recibe a María nos sitúan en la larga genealogía de mujeres bíblicas que han recibido su gestación como una experiencia de encuentro salvador con Dios. Para ella recibir a María es algo más que un gesto de hospitalidad, es la confirmación de que las mujeres son también sujetos de la Buena Noticia, que su amor y bondad las abraza y las hace dignas de recibir su palabra y encarnar su sueño de vida plena para todas y todos.
Más allá de la historicidad del relato, la escena describe un espacio que se hace cuerpo de mujer para acoger la nueva realidad que va a encarnarse en la vida y en la acción de Jesús de Nazaret. Al igual que Jesús se encontrará con Juan en el desierto y, en ese encuentro, comenzará a discernir y a asumir la misión a la que su Abba lo convoca, María va al encuentro de Isabel. Y allí, juntas, nombran una presencia que las habita, las desborda y las invita a reconocer que algo nuevo está aconteciendo en sus vidas. Juntas interpretan lo que Dios está haciendo en ellas y lo convierten en relato profético y memoria subversiva que anuncia lo que todo el Evangelio va a proclamar.
Leyendo la vida desde Dios
Ante las palabras de Isabel, María responde incorporando su experiencia compartida a un canto que describe la acción salvadora de Dios a través de acciones concretas y, al mismo tiempo, transformadoras. Para ella, su maternidad y todo lo que implica no son un hecho aislado ni extraordinario, sino que forman parte del sueño de Dios para la humanidad.
La alegría de María nace también de sentir crecer a su hijo en su seno. Sabe que su vida ha cambiado y que tiene ante sí un largo camino por recorrer. Esta experiencia le hace evocar todo aquello que sostiene su fe y alimenta su esperanza. Tiene la certeza de que Dios no dejará de sostenerla como siempre lo hace con todos sus hijos e hijas y que sigue empeñado en ofrecer liberación y futuro a quienes carecen de él. Como Jesús hará más tarde en la sinagoga de Nazaret (Lc 4), María nombra los signos que anuncian la acción de un Dios que rompe con la injustica, restaura la equidad y rescata de cualquier naufragio a quienes han quedado al margen.
María visita a Isabel y Dios las visita a ambas en lo cotidiano de sus vidas, en los rincones de sus anhelos, en los esfuerzos de construir sus vidas con honestidad y confianza. Las visita y las invita a nombrar, junto a él, lo que está aconteciendo en sus vidas. Cuando María e Isabel se encuentran, no solo comparten lo que les ha sucedido: juntas descubren cómo leerlo desde Dios y convierten su experiencia en palabra, esperanza y profecía.
Carme Soto Varela
No hay comentarios:
Publicar un comentario