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martes, 22 de enero de 2013

Las 10 noticias sobre Benedicto XVI y el Vaticano que NO leerá en 2013 Miguel Ángel Vázquez

La semana pasada me crucé con un curioso artículo de ‘Religión en libertad’ titulado ‘Las 10 noticias sobre Benedicto XVI y el Vaticano que leerá en 2013‘. Aparte de llamarme la atención, desde lo profundo de mi vocación periodística, el uso que se hacía del termino noticia, no pudo dejarme indiferente el contenido que se expresaba en esos párrafos. De manera objetiva, casi como una descripción general, se repasaban los grandes actos que el Papa tiene previsto para el año que acabamos de inaugurar.
La mayor parte de ellos destilan ese estilo de iglesia cada vez más envejecida y más ajena a la realidad que le rodea, enrocada en posturas y luchas que cada vez recuerdan menos al proyecto revolucionario del Reinado. Ni una línea para hablar de los empobrecidos en un mundo que se va al garete. Lo que pretendía ser una muestra de la actividad del cuarto pontífice más anciano de la historia, se torna a los ojos de muchos en una nueva decepción, en un nuevo sentimiento de rechazo a una forma de hacer las cosas en la iglesia que por desgracia prevalece sobre otras. Es por eso que para inaugurar el año en esta bitácora de ‘Cristianxs indignadxs’ quiero hacer referencia a ‘Las 10 noticias sobre Benedicto XVI y el Vaticano que NO leerá en 2013′, no sea más que por convocar a la esperanza.
Aprovechando una nueva faraónica Jornada Mundial de la Juventud, y viendo que esta se celebrará en Brasil, Benedicto XVI aprovechará para solicitar la coordinación de la misma a Leonardo Boff y Pedro Casaldáliga, abrazando así a la condenada Teología de la Liberación y abriendo los ojos de miles de jóvenes a los problemas reales del mundo y nuestra radical opción cristiana con ellos desde los empobrecidos.
En su más que probable visita a otros países de América Latina, el pontífice reforzará en su cabeza una idea: igual que su predecesor fue conocido hasta la saciedad por ser “el Papa que acabó con el comunismo”, él será el Papa que definitivamente y de una vez por todas acabe con el capitalismo, causante del genocidio diario del 80% del planeta.
En esa línea, tras el Año de la Fe, Benedicto XVI convocará un año de la Justicia, un año de la Solidaridad y un año de la Pobreza, en un giro inesperado a la figura de San Francisco de Asís, primer teórico del decrecimiento y de la defensa de los recursos naturales.
Estará previsto que, en coherencia de toda esta planificación novedosa, el Vaticano dejé por fin de ser un Estado, abandonando así la iglesia sus reprochables relaciones con el poder y proclamando una autogestión desligada de intereses nacionales e incluso partidistas. En una vuelta radical (de raíz) al mensaje evangélico, no se aceptará ninguna clase de privilegio que no se ofrezca a las capas más desfavorecidas del planeta.
Para el mes de junio, el Vaticano acogerá un encuentro mundial para concienciar sobre el derecho a la vida. En el mismo se tratarán temas como la muerte de 35.000 niños al día en el mundo a causa del hambre que genera el sistema, la violencia generada por las empresas de armas financiadas por los grandes bancos, la falta de ética y escrúpulos de las farmacéuticas en el negocio de las enfermedades del Tercer Mundo y otros grandes temas de máxima urgencia y prioridad para los cristianos. No se descarta que el encuentro termine en una numerosa manifestación.
De las reflexiones del encuentro, e inspirados por la inusual familia de Nazareth, se desechará de una vez por todas ese término tan engañoso, que tanto daño está haciendo y que tan flaco favor le hace al amor y a aquellos que quieren amarse que es la publicitada “familia tradicional”. El Vaticano pondrá el amor por encima de cualquier otro argumento (incluyendo los más animalistas, como los relacionados con la reproducción) para poder celebrar una boda. Allá donde haya amor, habrá matrimonio.
Para terminar de desterrar las grandes marginaciones mantenidas por la iglesia a lo largo de los siglos, es más que probable que en este año que inauguramos Benedicto XVI escriba una potente encíclica sobre la relevancia absoluta de la mujer dentro de la iglesia y en la vida y mensaje de Jesús de Nazareth. Como consecuencia directa de esto, las mujeres podrán acceder al sacerdocio, llenando las iglesias de vida nueva, casi reverdecida.
En la línea de los encuentros mundiales, Benedicto XVI, saliéndose de todo protocolo, tiene previsto uno específico con plataformas de afectados por la crisis mundial, en el que buscarán soluciones conjuntas y apoyos a los problemas más urgentes que plantea la situación actual.
Como muestra de buena voluntad, es más que probable que desde el Vaticano se envíe una nota a todas las diócesis del mundo en la que se invite a utilizar tantos seminarios vacíos como casas de acogida para las familias desahuciadas por el sistema hipotecario criminal. Será una muestra clara del histórico apoyo de la iglesia a la familia.
Para el mes de octubre está prevista una ceremonia en la que puede conseguirse un récord de canonizaciones alcanzando la cifra de 802 nuevos santos. En un gesto ejemplar e histórico, Benedicto XVI aumentará ese número a uno más subiendo a los altares a San Óscar Romero de las Américas, abriendo así el camino a la santidad oficial a tantos mártires latinoamericanos de los empobrecidos. No es descartable que, en un gesto inusual y necesario, declare santo súbito en vida al mencionado al principio de este artículo Pedro Casaldáliga. Por su ejemplo de vida, de iglesia y de profecía.
Amén.

Rotundo informe de Intermón-Oxfam: Los ingresos de las cien personas más ricas del mundo acabarían cuatro veces con la pobreza extrema

Denuncia los paraísos fiscales y las débiles leyes de empleo
Los 240.000 millones de dólares de ingresos netos que solo en 2012 han acumulado las 100 personas más ricas del mundo podrían acabar cuatro veces con la pobreza extrema. Además, el 1% de las personas más pudientes del planeta han incrementado sus ganancias en un 60% en los últimos 20 años y la crisis financiera no ha hecho más que acelerar esta tendencia, en lugar de ralentizarla. Estas son dos de los datos que arroja el informe The cost of inequality: how wealth and income extremes hurt us all (El coste de la inequidad: cómo la riqueza y los ingresos extremos nos dañan a todos), realizado por Intermon Oxfam días antes de que comience el Foro Económico de Davos.
El estudio advierte de que la riqueza y los ingresos extremos no solo no son éticos, sino que además son económicamente ineficientes, políticamente corrosivos, dividen a la sociedad y son medioambientalmente destructivos. José María Vera, director general de Intermón Oxfam, afirma que “no podemos seguir fingiendo que la generación de riqueza por unos pocos beneficiará al resto – y muchas veces la realidad es la contraria. “La concentración de recursos en las manos del 1% más rico debilita la actividad económica y hace la vida más difícil para el resto – particularmente para los más vulnerables y los más pobres”.
“En un mundo en el que incluso los recursos más básicos, como la tierra y el agua son cada día más escasos, no podemos permitirnos concentrar activos en las manos de unos pocos y dejar a la mayoría pelear por lo que queda.” Y es que se estima que cada una de las personas que integran el selecto grupo del 1% más rico del planeta utiliza unas 10.000 veces más carbono que un ciudadano norteamericano medio.
Como paradigma de la tendencia contraria se encuentra Brasil, que ha crecido rápidamente al tiempo que reducía la desigualdad – así como el éxito histórico de los Estados Unidos en los años 30 cuando se implantó el New Deal de Roosevelt que ayudó a reducir la desigualdad y a atajar los intereses espurios. En esta misma línea se manifiesta Vera y asegura que “necesitamos un New Deal global para revertir décadas de incremento de la desigualdad. Como primer paso los líderes mundiales deberían comprometerse formalmente a reducir la desigualdad a los niveles existentes en 1990″.
“Desde paraísos fiscales hasta débiles leyes de empleo, los más ricos se benefician de un sistema económico global que está amañado a su favor. Es hora de que nuestros líderes cambien el sistema para que funcione en el interés de toda la humanidad en lugar de hacerlo para una élite mundial”. Acabar con los paraísos fiscales – que albergan cerca de 32 billones de dólares (o una tercera parte de la riqueza global) podría generar 189.000 millones de dólares adicionales en recaudación impositiva.

El teólogo González Faus reivindica la vigencia del Concilio Vaticano II José Manuel Quesada

El jesuita y responsable del grupo Cristianismo y Justicia pronunció una conferencia organizada por el Centro Indalo Loyola de Almería
“No esperen los fieles que sus obispos tengan la solución para todo. La Iglesia hace un servicio al mundo, pero sabe que puede aprender mucho del mundo, incluso de los no creyentes, incluso de la persecución”. El teólogo José María González Faus reprodujo estas manifestaciones expuestas en la Constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II durante la conferencia pronunciada sobre la novedad que supuso el mismo respecto de Dios, el mundo y la Iglesia.
“Como cristianos, esa actitud servicial es de las cosas que más tendríamos que pedir a la Iglesia de hoy, porque si no es así no somos señal eficaz del amor de Dios a este mundo”.
La libertad religiosa, colegialidad, apertura a las otras religiones o la necesidad de reforma en la Iglesia forman parte no sólo del espíritu sino de la letra del Concilio, que rompen con la tradición del siglo XIX para recuperar la mejor tradición y la vivencia más original de la Iglesia, expuso González Faus. “Novedosamente aparece la idea de Dios, la identidad de Dios. Ante la idea de que Dios es un ser perfectísimo, brota una Iglesia que representa poder sagrado y una sociedad perfecta; pero si tomamos la definición de que Dios es amor, brota una Iglesia que tiene que ser señal y signo visible de ese amor, un sacramento de la comunión, que quiere decir amor realizado y que hace una Iglesia servidora”.
La Constitución Gaudium et spes tiene unas intuiciones eclesiológicas de gran valor para hoy, declaró el teólogo. “Se dirige a todos los hombres para dialogar y lograr la fraternidad, porque toda la sociedad necesita una renovación ya que muchas veces los hombres han velado más que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión”. El dato más negativo que ve el Concilio Vaticano II son las desigualdades, añadiendo que éstas son fundamentalmente económicas. “A buena parte de nuestros obispos parece que lo único que les obsesiona sería la moral familiar, pero es que la moral familiar, tal y como la predica la Iglesia, necesita un mínimo de condiciones económicas que, si no las tiene, es absolutamente impracticable”. El documento ya afirma en 1966 que “son necesarias muchas reformas en la vida económica y social y un cambio de mentalidad y de costumbres en todo”. Y es que nos seduce el sistema, manifestó Faus, porque crea una gran cantidad de riqueza, pero sólo la crea a condición de no repartirla o de repartirla mal, recordando las palabras del Papa Juan Pablo II al afirmar que “estamos en un sistema que produce ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres”. Todo esto, ya avisó el Concilio Vaticano II, es contrario a la paz.
Centrada la raíz de las desigualdades en las económicas, el Concilio vuelve a la moral de la propiedad con el destino universal de todos los bienes como derecho primario, mientras en nuestro mundo destaca la idea de que el derecho de la propiedad privada -secundario- es el derecho primario. Por otra parte, el Concilio constata el divorcio entre la fe y la vida diaria como uno de los más graves errores de la Iglesia actual. “Ante esta situación es necesario ser testigos de Cristo en medio de la sociedad humana”, base del libro ‘ Otro mundo es posible desde Jesús’, de José María González.
El mundo actual anda necesitado de ejemplos de solidaridad, de justicia, de sobriedad. El Concilio afirma que los obispos exponen al mundo el rostro de la Iglesia con su trato y trabajo y “ese rostro es el que sirve a los hombres para juzgar la verdadera eficacia del mensaje cristiano”. Por último, se refirió a las consecuencias que las desigualdades económicas tienen en la convivencia humana, expresando la necesidad de una autoridad mundialmente reconocida y la de acabar con la carrera armamentística, “en la que hay un gasto diario de 4.000 millones, mientras que con 12.000 millones se acabaría con el hambre de un año”.

“Salve Jorge”: ¿de Palestina o de Capadocia? Leonardo Boff, teólogo

En Brasil y en otras partes del mundo hay millones de personas que ven novelas en la televisión. Una, actualmente, “Salve Jorge”, se desarrolla en Capadocia, Turquía, donde habría vivido san Jorge.
Entre los estudiosos existe un debate ya antiguo sobre el lugar de su nacimiento. Ha sido ampliamente discutido por Malga di Paulo, investigadora de la vida del santo, que fue quien proporcionó los datos para la actual novela. Próximamente va a ser publicado un libro suyo. Para Malga, que conoce a fondo la Capadocia, todos los indicios llevan a aquel lugar como la patria natal de este famoso mártir. Otros lo sitúan en Lod, Palestina, hoy Israel, donde se construyó un santuario en su honor.
Es muy poco lo que podemos decir de forma segura sobre el tema. La escuela de historiadores críticos de la vida de los santos y de los mártires, surgida a partir del siglo XVII, los Bolandistas, y su obra el Acta Sanctorum deja abierta la cuestión. Otro grupo, creado en torno a A. Buttler, basándose en los Bolandistas, y accesible en portugués a través de los 12 volúmenes de La Vida de los Santos (Vozes 1984) asevera: «Hay toda una serie de motivos para creer que san Jorge fue un mártir real y verdadero que sufrió la muerte en Lida (Palestina) probablemente en la época anterior a Constantino (306-337). Fuera de esto, parece que nada más se puede afirmar con seguridad» (vol. IV, p. 188).
Me inclino por afirmar que Palestina y no Capadocia es su lugar de nacimiento. La razón se apoya en el hecho de que habría habido una confusión de nombres. En efecto, había en Capadocia un obispo llamado Jorge de Capadocia, hecho históricamente bien confirmado. Entró en la historia de la teología por las polémicas acerca de la naturaleza de Cristo: ¿sería sólo semejante a la de Dios (arrianos) o sería la misma (anti-arrianos)? Tal discusión dividió a la Iglesia. El emperador Constancio II (uno de sus títulos era el de Papa) quería asegurar la unidad del imperio mediante una confesión única, en este caso, la arriana. Ocupó militarmente Alejandría, foco de la resistencia anti-arriana, e impuso a Jorge de Capadocia como obispo arriano (357-361), asesinado más tarde.
Mi hipótesis es que los primeros compiladores de la vida de san Jorge, ya en el siglo V y después en el siglo XII, confundieron a san Jorge con ese conocido Jorge de Capadocia y así lo hicieron nacer allí. Una hipótesis.
Dejando a un lado la discusión, es importante recordar su figura más conocida: un guerrero montado sobre un caballo blanco, vestido con coraza, con una cruz roja sobre fondo blanco, enfrentándose con su lanza puntiaguda a un terrible dragón.
Como su padre era militar siguió esa carrera. Fue tan brillante que el emperador Diocleciano lo incorporó a su guardia personal con el alto cargo de Tribuno. Cuando este imperador obligó, bajo pena de muerte, a todos los cristianos a renunciar a la fe cristiana y adorar a los dioses romanos, Jorge se negó y salió en defensa de sus hermanos en la fe. Preso y torturado, dice la leyenda que salió milagrosamente ileso de la caldera de plomo y de varios envenenamientos. Pero acabó siendo decapitado.
Al principio, en Occidente era venerado como un simple mártir, con su típica palma. Con el tiempo, y especialmente debido a las cruzadas, pasó a ser representado como guerrero, con sus instrumentos propios, y asociado especialmente al enfrentamiento con el dragón, símbolo del mal y del demonio.
La leyenda más conocida en Occidente es la siguiente:
En cierta ocasión, Jorge, como militar, pasó por Libia en el norte de África. En la pequeña ciudad de Silca el pueblo vivía aterrorizado. En un lago vecino reinaba un terrible dragón. Su soplo era tan mortífero que nadie podía aproximarse a él para matarlo. Cobraba dos carneros al día. Terminados estos, exigía víctimas humanas, escogidas por sorteo. Un día la suerte cayó sobre la hija del rey. Vestida de novia fue al encuentro de la muerte. Y he aquí que entonces aparece san Jorge con su caballo blanco y con su larga lanza. Hiere al dragón y lo domina. Le amarra la boca con el cinto de la princesa y ésta lo conduce manso como un cordero hasta el centro de la ciudad. Y todos, agradecidos, se convirtieron a la fe cristiana.
Es patrono de Inglaterra desde 1222 pero oficialmente sólo desde 1347 con Eduardo III, y se celebra con fiesta solemne (the St.George’s Day), y también lo es de Rusia, de Portugal, de Bulgaria, de Grecia, de Cataluña y de muchísimas ciudades.
Cuando el Vaticano en 1969 hizo una revisión de la lista de los santos y retiró de ella al popular San Jorge, por motivos no totalmente claros, se organizó una gran polémica. Hubo un clamor general, especialmente por parte de Inglaterra, de Cataluña y también del equipo de futbol Corinthians. El cardenal don Paulo Evaristo Arns, corinthiano fervoroso, intercedió ante el Papa Pablo VI en 1969 para que mantuviese la veneración a san Jorge, al menos como celebración optativa. A lo que el Papa respondió: “No podemos perjudicar a Inglaterra ni a la nación corinthiana; sigan con la devoción”. En el año 2000 Juan Pablo II, con sentido pastoral, restableció la fiesta. San Jorge está presente en las tradiciones afro: Ogum para la Umbanda y Oxossi para el candomblé-nagô. En Río de Janeiro el 23 de abril, que es su fiesta, es día feriado municipal, pues es el patrono oficioso de la ciudad.
En el próximo artículo intentaremos descifrar el arquetipo de base que subyace al guerrero san Jorge y al dragón. Hasta entonces, hacemos nuestra la oración popular:
«Andaré vestido y armado con las armas de san Jorge para que mis enemigos, teniendo pies no me alcancen, teniendo manos no me peguen y teniendo ojos no me vean… que mis enemigos queden humildes y sumisos a Vos. Amén

¿Por qué mienten los políticos? José M. Castillo, teólogo

El hecho está a la vista de todos. Basta leer la prensa diaria, oír los informativos de la radio o de la tele, las tertulias de todo color y de todo pelaje. No hay que demostrarlo. Lo sabemos de sobra. Nadie, creo yo, lo va a poner en duda.
Pero lo más preocupante no es el hecho de vivir engañados. Lo peor de todo es que se nos engaña en cosas muy graves. Y además la política del engaño y la mentira va en aumento a una velocidad de vértigo. Sin que nos demos cuenta, cada día tenemos menos derechos, ganamos menos, vivimos más inseguros, la sanidad funciona peor, la educación es más deficiente, nadie sabe a ciencia cierta cómo va a vivir el mes que viene….
Y encima de lo dicho, se nos asegura que esto es lo que más necesita España, lo que nos conviene a todos. Por no hablar de las macabras y repugnantes noticias, que nos llegan cada mañana, sobre nuevos y asquerosos casos de corrupción, ejecutados impunemente y con guante blanco por quienes todos los días nos dicen que tienen la conciencia tranquila y las manos limpias. De verdad, si se piensa despacio, todo este cúmulo de despropósitos llega a representar, para muchas personas de bien, un vomitivo insoportable. De ahí, la pregunta: ¿por qué nos mienten tanto nuestros gobernantes y los que aspiran a serlo? ¿Por qué aguantamos este cúmulo de engaños y desvergüenzas?
Para empezar a responder, me parece pertinente recordar un sabio principio que supo formular un clásico, bien conocido, en asuntos de política. Nicolás Maquiavelo, en “El Príncipe” (XVIII, 466), dejó escrito: “Los hombres son tan ingenuos, y responden tanto a la necesidad del momento, que quien engaña siempre encuentra a alguien que se deja engañar”. Esto es lo que pasaba a finales del s. XV. Siempre había “alguien” que se dejaba engañar. Ahora, que tanto sabemos y tanto hemos progresado, el gobernante que engaña, no se encuentra ya a “alguien” que se deja engañar. En este momento, por más que nos manifestemos a gritos por las calles, la pura verdad es que somos “millones” los que votamos, como salvadores de nuestros males, a los más embusteros que se hartan de predicarnos mentiras y patrañas. ¿Es que los políticos son ahora más perversos? ¿o es que nos han degradado en la ingenuidad que no pudieron ni imaginar las gentes de hace más de quinientos años?
El problema es más complejo de lo que muchos se imaginan. Si no me equivoco, el fondo del asunto está en que los intereses económicos le han ganado la partida a los intereses políticos. Dicho más claramente: el sistema económico manda más que el sistema político. Es decir, el sistema capitalista y la codicia del dinero tiene más poder, en la vida y en las decisiones de los que manejan el cotarro, que el sistema democrático y los derechos de los ciudadanos. Pero, es claro, lo que ocurre es que los gobernantes no pueden aparecer, ante la gente, como defensores del “Estado del Capital” (que es lo que realmente son), sino como los protectores que garantizan el “Estado de Derecho”. Lo cual quiere decir que, tal como se han puesto las cosas, al político de oficio, si no es un hombre ejemplar por los cuatro costados, no le queda más salida que convertirse en un embustero de oficio.
Yo no digo que todos los políticos sea así. Lo que digo es que, hoy, el ejercicio de la política exige una integridad ética para la que muchos profesionales de la “cosa pública” no están éticamente preparados. Y así nos luce el pelo. Porque, si los gobernantes necesitan una integridad ética indiscutible, la misma integridad necesitamos los gobernados. Y si no, ¿qué puñeta hacemos, cada cuatro años, dando nuestro voto de confianza a quien sabemos que nos está engañando y lo va a seguir haciendo?

viernes, 18 de enero de 2013

JOSE ANTONIO PAGOLA DOMINGO 20 ENERO 2013

PAREJAS
Entre los desajustes que pueden darse hoy en una pareja, no es menos importante el desajuste religioso.
Cada vez son más los matrimonios que discrepan profundamente en su actitud religiosa. Mientras uno de ellos se siente creyente, el otro vive su fe de manera vacilante o ha abandonado toda vinculación con lo religioso.
Esta situación relativamente nueva entre nosotros requiere una mayor reflexión. El hecho de que el marido o la esposa se declare más o menos increyente no tiene por qué conducir a la pareja al abandono total de Dios. Al contrario, puede ser un estímulo para plantearse juntos el verdadero sentido de la vida desde su raíz. Ante todo, es necesario extremar más que nunca el mutuo respeto, profundo y sincero. Cada uno es responsable de su propia vida. Ni el agnóstico ha de menospreciar al que cree como si su fe fuera fruto de la ingenuidad, ni éste ha de sentirse superior porque tiene unas creencias o acepta unas prácticas religiosas.

Lo importante es exigirse coherencia. Que cada uno se esfuerce por actuar de manera coherente con sus propias convicciones. Son los hechos los que ponen de manifiesto la verdad de nuestra vida o la frivolidad de nuestros planteamientos verbales.
El creyente no ha de olvidar que la fe se encarna en la vida diaria: en el trabajo y en el descanso, en el amor conyugal y en la dedicación a los hijos, en la convivencia familiar y en la vida social.

Lo que se ha de evitar a toda costa es la polémica crispada o la mutua agresividad en temas religiosos. Por lo general, este tipo de reacciones proviene de una falta de seguridad, acomplejamiento o confusión. El que habla desde una experiencia interior gozosa, lo hace con actitud abierta y comprensiva.

En el terreno de las creencias, el diálogo ha de comenzar por mostrar qué es lo que a cada uno le aportan sus propias convicciones. El creyente debería comunicar cómo le estimula su fe en Dios a vivir de manera responsable y esperanzada. El que ha abandonado toda referencia religiosa debería exponer desde dónde da un sentido último al misterio de la existencia.

Siempre hay un punto de encuentro y es el amor mutuo y el proyecto común de buscar juntos el bien de la pareja y de los hijos.
El cristiano, por su parte, cree en un Dios que ama con amor infinito a todo hombre, a quien le busca con sincero corazón y a quien camina por la vida a tientas sin saber a dónde dirigir sus pasos.

La actuación de Jesús en Caná de Galilea, preocupado por la felicidad de un joven matrimonio en la fiesta de sus bodas, es un «signo» cargado de hondo significado. A Dios le interesa la felicidad de la pareja humana.

VINO BUENO

A Jesús se le identifica, por lo general, con el fenómeno religioso que conocemos por cristianismo. Hoy, sin embargo, comienza a abrirse paso otra actitud: Jesús es de todos, no sólo de los cristianos. Su vida y su mensaje son patrimonio de la Humanidad.(LEER EL EVANGELIO)

Nadie en occidente ha tenido un poder tan grande sobre los corazones. Nadie ha expresado mejor que él las inquietudes e interrogantes del ser humano. Nadie ha despertado tanta esperanza. Nadie ha comunicado una experiencia tan sana de Dios, sin proyectar sobre él ambiciones, miedos y fantasmas. Nadie se ha acercado al dolor humano de manera tan honda y entrañable. Nadie ha abierto una esperanza tan firme ante el misterio de la muerte y de la finitud humana.

Dos mil años nos separan de Jesús, pero su persona y su mensaje siguen atrayendo a los hombres. Es verdad que interesa poco en algunos ambientes, pero también es cierto que el paso del tiempo no ha borrado su fuerza seductora ni ha amortiguado el eco de su palabra.

Hoy, cuando las ideologías y religiones experimentan una crisis profunda, la figura de Jesús escapa de toda doctrina y transciende toda religión para invitar directamente a los hombres y mujeres de hoy a una vida más digna, dichosa y esperanzada.

Los primeros cristianos experimentaron a Jesús como fuente de vida nueva. De él recibían un aliento diferente para vivir. Sin él, todo se les volvía de nuevo seco, estéril, apagado. El evangelista Juan redacta el episodio de las bodas de Caná para presentar simbólicamente a Jesús como portador de un «vino bueno», capaz de reavivar el espíritu.

Jesús puede ser hoy fermento de nueva humanidad. Su vida, su mensaje y su persona invitan a inventar formas nuevas de vida sana. Él puede inspirar caminos más humanos en una sociedad que busca el bienestar ahogando el espíritu y matando la compasión. Él puede despertar el gusto por una vida más humana en personas, vacías de interioridad, pobres de amor y necesitadas de esperanza.




FALTA VINO 
El episodio de Caná es de gran riqueza para quien se adentra en la estructura y la intención teológica del relato.
Esta boda anónima en la que los esposos no tienen rostro ni voz propia, es figura de la antigua alianza judía.
En esta boda falta un elemento indispensable. Falta el vino, signo de alegría y símbolo del amor, como cantaba ya el Cantar de los Cantares.

Es una situación triste que sólo quedará transformada por el «vino» nuevo aportado por Jesús. Un «vino» que sólo lo saborean quienes han creído en el amor gratuito de Dios Padre y viven animados por un espíritu de verdadera fraternidad.

Vivimos en una sociedad donde cada vez se debilita más la raíz cristiana del amor fraterno desinteresado. Con frecuencia, el amor queda reducido a un intercambio mutuo, placentero y útil, donde las personas sólo buscan su propio interés. Todavía se piensa quizás que es mejor amar que no amar. Pero en la práctica, muchos estarían de acuerdo con aquel planteamiento anticristiano de S. Freud: «Si amo a alguien, es preciso que éste lo merezca por algún título».

Uno no sabe qué alegría puede sobrevivir ya en una sociedad modelada según el pensar de profesores como F. Savater que escribe así: «Se dice que debo preocuparme por los otros, no conformarme con mi propio bien, sino intentar propiciar el ajeno, incluso, renunciar a mi riqueza o a mi bienestar personal o a mi seguridad para ayudar a conseguir formas más altas de armonía en la sociedad, o para colaborar en el fin de la explotación del hombre por el hombre. Pero, ¿por qué debo hacerlo?... ¿No es signo de salud que me ame ante todo a mí mismo?».

Uno comprende que cuando no se cree en un Dios Padre sea tan fácil olvidarse de los hermanos. En la nueva constitución de nuestro país ha desaparecido el término «fraternidad» sustituido por la palabra «solidaridad». Cabe preguntarse si sabremos comprometernos en una verdadera solidaridad cuando no nos reconocemos como hermanos.

¿Es suficiente reducir la convivencia a una correlación de derechos y obligaciones? ¿Basta organizar nuestra vida social como una mera asociación de intereses privados?

Esta sociedad donde cualquier hombre puede ser secuestrado e instrumentalizado al servicio de tantos intereses, necesita la reacción vigorosa de quienes creemos que todo hombre es intocable pues es hijo de Dios y hermano nuestro.

El amor al ser humano como alguien digno de ser amado de manera absoluta es un «vino» que comienza a escasear. Pero no lo olvidemos. Sin este «vino» no es posible la verdadera alegría entre los hombres.

nterpretación feminista del relato de la creación Leonardo Boff, teólogo

Las teólogas feministas nos han descubierto los rasgos antifeministas del actual relato de la creación de Eva (Gn 1,18-25) y de la caída original (Gn 3,1-19), que ha venido reforzando en la cultura los prejuicios contra las mujeres. Según este relato, la mujer fue formada de una costilla de Adán que, al verla, exclama: «esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos, y se llamará varona (hebreo: ishá) porque fue sacada del varón (ish); por eso el varón dejará a su padre y a su madre para unirse a su varona: y los dos serán una sola carne» (2,23-25).
El sentido originario pretendía mostrar la unidad hombre/mujer, pero la anterioridad de Adán y la formación de la mujer a partir de su costilla fue interpretada como superioridad masculina.
El relato de la caída también suena antifeminista: «Vio, pues, la mujer que el fruto de aquel árbol era bueno para comer… tomó el fruto y lo comió; le dio a su marido y lo comió. Inmediatamente se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos» (Gn 3,6-7). La mujer es considerada aquí como sexo débil, pues fue ella quien cayó en la tentación y, a partir de ahí, sedujo al hombre. Esta es, pues, la razón de su sometimiento histórico, ahora ideológicamente justificado: «estarás bajo el poder de tu marido y él te dominará» (Gn 3,16).
Pero hay una lectura más radical, presentada, entre otras, por dos teólogas feministas: Riane Eisler (Sacred Pleasure, Sex Myth and the Politics of the Body, 1995) y Françoise Gange (Les dieux menteurs, 1997), que resumo aquí. Estas autoras parten del hecho histórico de que hubo una era matriarcal anterior a la patriarcal. Según ellas, el relato del pecado original habría sido introducido por interés del patriarcado como una pieza de culpabilización de las mujeres para arrebatarles el poder y consolidar el dominio del hombre. Los ritos y los símbolos sagrados del matriarcado habrían sido demonizados y retroproyectados a los orígenes en forma de un relato primordial, con la intención de borrar totalmente los rasgos del relato femenino. El actual relato del pecado original trata de eliminar los cuatro símbolos fundamentales del matriarcado.
El primer símbolo atacado es la mujer en sí, que en la cultura matriarcal representaba el sexo sagrado, generador de vida. Como tal, simbolizaba a la Gran-Madre, y ahora pasa a ser la gran seductora.
En el segundo se deconstruye el símbolo de la serpiente, que representaba la sabiduría divina que se renovaba siempre como se renueva la piel de la serpiente.
En el tercero se desfigura el árbol de la vida, considerado como uno de los símbolos principales de la vida, gestada por las mujeres, ahora bajo prohibición: «no comáis ni toquéis su fruto» (3,3).
En el cuarto se distorsiona el carácter simbólico de la sexualidad, considerada sagrada pues permitía el acceso al éxtasis y al conocimiento místico, y representada por la relación hombre-mujer.
¿Qué es lo que hace el actual relato del pecado original? Invierte totalmente el sentido profundo y verdadero de esos símbolos. Los desacraliza, los demoniza, y transforma lo que era bendición en maldición.
La mujer es eternamente maldita, convertida en un ser inferior, seductora del hombre que «la dominará» (Gn 3,16). Su poder de dar la vida se realizará con dolor (Gn 3,16).
La serpiente, además de maldita, pasa a ser el enemigo radical de la mujer, que la herirá en la cabeza, pero ella la morderá en el calcañar (Gn 3,15).
El árbol de la vida y de la sabiduría cae bajo el signo de lo prohibido. Antes, en la cultura matriarcal, comer del árbol de la vida era imbuirse de sabiduría. Ahora, comer de él significa un peligro letal (Gn 3,3).
El lazo sagrado entre el hombre y la mujer es sustituido por el lazo matrimonial, ocupando el hombre el lugar de jefe y la mujer el de dominada (Gn 3,16).
En este relato tal como está en el Génesis se operó una deconstrucción profunda del relato anterior, femenino y sacral. Hoy todos somos, bien o mal, rehenes de este relato adámico, antifeminista y culpabilizador.
¿Por qué escribir sobre esto? Para reforzar el trabajo de las teólogas feministas que nos indican cuán profundas son las raíces de la dominación de las mujeres. Al rescatar el relato más arcaico, feminista, buscan proponer una alternativa más originaria y positiva, en la cual aparezca una relación nueva con la vida, con los géneros, con el poder, con lo sagrado y con la sexualidad.

Prebendas y privilegios Ana Rodrigo Contra

Al leer la respuesta de la Conferencia Episcopal Española al artículo del profesor y teólogo señor Tamayo, he tenido la sensación de estar leyendo una autojustificación impropia de quienes representan a la Iglesia católica en España. Quieren justificar su conducta desde las normas legales que les otorgan las prebendas y los privilegios de los que disfrutan, sin tener en cuenta que no siempre la legalidad está ajustada a la ética, a la decencia y a la justicia.
Pero lo más grave es que la CEE ha perdido la perspectiva de su razón de ser y existir, es decir, el Evangelio y el mensaje y ejemplo de Jesús, que no solo no buscó privilegio alguno, sino que quedó muy claro su testimonio de no tener posesiones (“el hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza”), así como dejando como su legado específico el luchar por la liberación de los más desfavorecidos. La Iglesia no puede predicar para los empobrecidos desde su situación de riqueza, o escamoteando los impuestos ciudadanos como cualquier ciudadano, o de estar al lado del poder para conseguir privilegios.— Ana Rodrigo Contra.

Otra música, la música José Arregi, teólogo

El pasado día 8, acompañado de dos franciscanos, asistí en Bilbao a un concierto en homenaje a Félix Ibarrondo, amigo franciscano músico compositor (no sé en qué orden debo escribirlos), con ocasión de sus 70 cumpleaños. La soprano Donatienne Michel-Dansac y el grupo Krater Ensemble interpretaron tres obras del propio Ibarrondo, así como sendas composiciones de Georges Aperghis y de Beat Furrer, y una obra de estreno de Xabier E. Adrien.
Es una música muy distinta de aquella a la que estoy habituado, y me brinda la ocasión para volver a plantear cuestiones de largo alcance y de difícil respuesta: Si los cánones estéticos cambian tanto, ¿qué valen nuestros juicios? En asuntos de belleza, ¿todo es en el fondo cuestión de gustos? (En asuntos de verdad, ¿todo es solamente cuestión de opiniones?). Y si decimos que no, ¿qué es la belleza?, ¿qué es la música?, ¿cuándo una música es bella?
Si hubiéramos escuchado unas Cantatas de Bach, la Patética de Beethoven o Las vísperas de Rachmaninof, yo no hubiera duda en decir: “¡Qué belleza! ¡Qué maravillosa armonía! ¿Qué sobrecogedoras melodías!”. Y nadie me lo hubiera discutido. Pero ¿qué decir de la música de Ibarrondo? ¿Son bellas sus obras Iruki, Silencios Ondulados y Ekain que disfrutamos –pues es indudable que disfrutamos– la semana pasada? Reconozco que quedé y sigo perplejo, y no sabría qué responder. Y no es tanto porque dude de Ibarrondo, sino de mi capacidad o criterio para decir: “Esto es bello y esto no”.
No podemos vivir sin la belleza, pero ¿qué es la belleza? Es la Gracia que nos agrada y arrebata, y sin la cual no podemos vivir. Pero ¿quién sabe decirlo? ¿Qué cuadro, qué escultura, qué pintura, qué música es bella? No todo debe de ser bello (un sentimiento de odio, un gesto de desdén…), ni todo debe de ser bello por igual, pero ¿cómo se mide la belleza, y quién es capaz de medirla?
Normalmente llamamos bello a aquello que nos gusta. Pero a veces sucede que algo nos gusta porque nos han dicho que es bello, y comúnmente nos gusta aquello que conocemos o nos resulta familiar, como aquellos sonidos, perfumes y colores que quedaron prendidos al alma en los años de una infancia feliz. Si yo pudiera volver a escuchar el dulce gemido que producían la madera de los ejes y el hierro de las ruedas de aquellas viejas carretas por los caminos de tierra y piedra de mi infancia, creo que para mí sería la música más bella del mundo. O aquel monótono quejido del rodillo de piedra pisando la tierra en los caseríos vecinos…
Claro que los gustos hay que educarlos (¡ojalá nos gustara, por ejemplo, solamente aquello que nos hace bien y nos hace mejores, y no disfrutáramos tanto con tanto espectáculo indigno!). La historia está llena de artistas que no fueron profetas en su tierra y en su tiempo (tampoco Ibarrondo lo es) y solo más tarde o en otros lugares fueron reconocidos. ¿Su obra era bella a pesar de no ser reconocida, o tal vez no es bella a pesar de ser reconocida como tal? No sé qué decir. ¿Será acaso que las cosas son bellas más allá de mis gustos y criterios, y sin embargo, cada vez que afirmo que algo es bello lo hago única e inevitablemente desde mi gusto y criterio?
Llegado hasta aquí, y llevado por la analogía, no me resisto a hacer un comentario sobre eso que llamamos “verdad religiosa”, “verdad teológica”, “verdad revelada”. ¿Qué es la verdad? Quien habla, por objetivo y ortodoxo que pretenda ser (o incluso infalible, como en el caso del papa…), en realidad habla siempre desde una perspectiva particular; lo que dice nunca se identifica enteramente con “lo que es”. Solo el que calla es realmente “objetivo”. Pero, puesto que no es posible callar del todo, debemos reconocer que todas nuestras “verdades” teológicas, en cuanto hablamos, dejan de ser “la verdad” y son solamente “nuestra verdad”. Y lo mejor que podrían hacer los teólogos (y todas las jerarquías religiosas) sería aprender a ser muy modestos.
Y lo mejor de todo sería que, siendo todos muy modestos, todos se empeñaran por hacer una teología bella, cada uno a su manera, sin pretender resolver la insoluble cuestión de la belleza en sí, pues es seguro que quien pretendiera resolver la cuestión de la belleza la estaría matando. Lo mismo pasa con quien pretende haber resuelto la cuestión de la verdad en sí: quien pretende poseerla la está negando.
Volvamos a la música. Mi oído, como el de casi todos nosotros, está acostumbrado a melodías tejidas y ordenadas en tonos armónicos, en torno a los cuales gravitan todos los sonidos con sus medidas. Melodías gregorianas, renacentistas, barrocas, clásicas, románticas. Melodías centenarias de tantas etnias, pueblos y culturas. Melodías que, cuando por algo nos conmueven y transportan, llamamos bellas. La tierra está llena de bellas melodías. Pero la música de los grandes compositores de hoy es muy distinta. También la de Félix Ibarrondo es otra música.
La llaman atonal, porque carece de ese tono de base (Do mayor, La menor…) que da unidad y armonía al conjunto, o al menos es lo que creemos. Sonidos suaves y fuertes, graves y ligeros, dramáticos y líricos, como gritos o gemidos o himnos que suben de las entrañas, como sonidos del agua o del viento, el leve suspiro del violinista, el ruido de las hojas de la partitura… todo se conjunta sin orden aparente, como en el alma, en el bosque, en el mar. Como en la vida. ¿Significa que no hay armonía ni melodía en esa sucesión aparentemente desordenada de notas que son gritos, gemidos o ruidos? No es tan seguro que no haya otras armonías y otras melodías, y belleza más allá de nuestros gustos y hábitos. Lo que es seguro es que debemos seguir educando el gusto y ensanchando el criterio. Y escuchando no solamente la música, toda música, sino también a los músicos.
¿Qué es la música? “La música es sonido vivido”, dice Ibarrondo. O sonidos de la naturaleza amaestrados por el músico. “El trabajo del compositor es el del orfebre o el del cantero”. Como el cantero extrae la piedra de una cantera, el músico busca los sonidos en la materia; como el escultor talla la piedra y la pule, así el compositor da forma a los sonidos del universo.
¿Y qué es el sonido? El sonido es vibración de ondas. Y todo vibra: una onda empuja a otra onda, como cuando dejamos caer suavemente una piedrecilla en un estanque de agua. Esa agua que vibra está sonando, aunque no nosotros no podemos oírla. El átomo y las galaxias vibran y suenan, como las cuerdas de un arpa, como los tubos de un órgano, aunque nuestros oídos sean incapaces de captar su sonido silencioso y toda su belleza. Es como si todos los seres estuvieran animados por una misteriosa vibración silenciosa. Pues bien, la música es el arte de hacer oír, palpar, vivir la vibración y el sonido de la vida, de la realidad, del universo. O –¿por qué no?– el arte de expresar con sonidos y silencios la vibración silenciosa de Dios en todo más allá de todo.
Así, toda música bella –sea tonal o atonal, y aunque no seamos capaces de decidir cuándo es bella y cuándo no– es “religiosa” en el mejor sentido de la palabra, que poco tiene que ver con las instituciones religiosas y sus sistemas. Todo sonido bello, y sobre todo el silencio, es revelación de la Belleza y de la Bondad que nos sostienen y que nuestras entrañas anhelan. A Félix Ibarrondo le pidieron que subiera a dirigirnos unas palabras. Subió y dijo: “Música es cuando hay una transcendencia, más allá de lo que se ve y se oye. Gracias a la música podemos captarlo, vivirlo”. El silencio forma parte de esa música absoluta, o tal vez es su mejor expresión. Todo vibra también en el silencio, sobre todo en el silencio, como en la obra 4’ 33” de John Cage: un famoso pianista se sentó al piano, y siguieron 4 minutos y 33 segundos de puro y pleno silencio.
Toda música, también esa música que nos resulta extraña porque no hemos cultivado el gusto y la mente, sus notas y sus bellos sonidos en aparente desorden… toda música –aquella y ésta– nos remiten a la realidad anterior, a la vivencia originaria, a las entrañas de la vida que gime y canta. La frente que se hunde hacia la tierra y que del fondo de la tierra, en forma de elegía o de himno, se alza al “cielo” más allá de todo espacio, al “cielo” que proclama la gloria de Dios en todo el universo, al corazón de Dios que vibra y suena en el cosmos entero desde las entrañas de las galaxias a las entrañas de la tierra y a nuestras pobres entrañas que sufren y gozan.
Cuando, después del bautismo, Jesús salió de las entrañas del Jordán y el agua hizo silencio, desde el corazón vibrante del agua, del cielo y del silencio, a Jesús le pareció escuchar una música maravillosa: “Tú eres mi hijo amado”. Afina tu oído y escúchalo también tú en el sonido y en el silencio, y atrévete a decir, a pesar de todo, “Alabad a Dios, que la música es buena. Dios [o el Corazón vibrante, latiente, de todo cuanto es] merece una alabanza armoniosa” (Salmo 147).

jueves, 17 de enero de 2013

¿Por qué no hay una rebelión social en España? Manuel Medina

La situación es catastrófica, pero nada parece indicar que no estemos dispuestos a seguir soportándola
Como si se tratara de un impetuoso tsunami, el pesimismo está arrasando a toda la sociedad española. Según los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del pasado mes de diciembre, el 60% de las personas consultadas asume que la crisis tiene aún mucho trecho por delante. Pero eso, sin embargo no es lo peor. Los ciudadanos consultados llegan aún más lejos. La mayoría de ellos tienen la convicción de que en el curso del próximo lustro se producirá en España una auténtica catástrofe.
La percepción de la ciudadanía consultada por el CIS es muy clara: aumentarán las dificultades para poseer una vivienda, se acrecentaran las diferencias sociales, se incrementará el número de personas sin hogar… Una gran mayoría, tiene la convicción de que la calidad de la asistencia sanitaria caerá en picado, y que los servicios básicos de lo que hasta ahora han denominado “Estado del bienestar” se esfumarán.
El 60,9% de los encuestados que se encuentran en situación de desempleo consideran que no tienen ninguna posibilidad de encontrar un trabajo a lo largo del año 2013. Sólo un 30% de los desempleados preguntados auguraron que podrían conseguir un trabajo en el curso de los próximos 12 meses.
Pero el pesimismo social no sólo cunde en las filas de quienes no reciben un ingreso mensual a cambio de su trabajo. El 16,9% de aquellos que siguen trabajando apuntan como algo “probable” que en el curso del 2013 puedan perder su empleo. El 5% de ellos lo considera “muy probable”.
Como réplica, el 13,3% de los españoles tiene esperanzas de que la situación mejorará, frente a un 50% que estima que el próximo año nos encontraremos aún peor. En relación a cómo nos encontrábamos hace un año, el 72,6 opina que la situación económica ha empeorado.
¿ POR QUÉ NO SE PRODUCE, ENTONCES, UNA REBELIÓN SOCIAL?
Al analizar estas cifras, diríase que una buena parte de los habitantes del Estado español han asumido con resignación la situación existente. Lo cual proporciona un diagnóstico realmente alarmante, pues nos sitúa ante una perspectiva en la que los actores sociales no articulan voluntad alguna de cambiar la realidad que los machaca. Tal actitud ha sido históricamente característica de aquellas sociedades que, sufriendo enormes presiones provenientes del poder y de las clases sociales hegemónicas, dan salida a ese sufrimiento a través de explosiones sociales espontáneas, que frecuentemente concluyen sin mayores consecuencias.
El estado de ánimo que hoy domina al conjunto de la sociedad española es la expresión de un largo vacío político y organizativo que se ha prolongado durante los últimos treinta y cinco años. A lo largo de más de tres decenios esta sociedad , y particularmente sus generaciones más jóvenes, no han encontrado referentes políticos ni sociales que los ayuden a interpretar ni la realidad social que estan viviendo, ni los precedentes históricos que los han conducido hasta la situación actual. Ya son dos generaciones las que afrontan inermes, sin instrumentos de análisis, sin herramientas para la acción, una crisis sin precedentes en la historia del Estado español. Y aunque ahora con cierta lentitud, miles de jóvenes empiezan a romper con la atonía política precedente, a cuestionar al sistema político y económico resultante del llamado “consenso de la Transición”, el conjunto de la ciudadanía, incluida la clase trabajadora, continúa refugiándose en el fatalismo de la resignación como única alternativa a sus males presentes. No atisban, en suma, ningún horizonte de cambio , ninguna perspectiva movilizadora que abra la esperanza de una sociedad nueva.
Los asalariados no se aperciben, tampoco, de su poder como clase, de su capacidad para ser sujeto determinante de los cambios que reclama dramáticamente el momento presente. No es esta una situación nueva, sino una sensación de incapacidad inducida tan vieja como la historia. Gracias a ella las clases sociales menos numerosas han podido ejercer durante siglos su dominio omnipotente sobre las clases mayoritarias.
Tampoco es la consecuencia de una especial idiosincrasia de las actuales generaciones, como pretenden argumentar algunos. Quienes alcanzaron su uso de razón después de desaparecido el dictador, no solo heredaron la desmemoria programada sobre las luchas y horrores del pasado, sino que también se les impuso cuál debía ser el régimen político del futuro. Todo ello formó parte del paquete de compromisos contraído entre las cúpulas de los partidos de izquierda y los representantes del heredero del Dictador y de su dictadura, el rey Juan Carlos I. Reprocharles, pues, a los más jóvenes su actual desorientación política es, además de una injusticia histórica, una incalificable expresión de cinismo.
La razón de las presentes debilidades es preciso encontrarlas – además de en otros factores que no vienen ahora al caso – en la traición de los sindicatos y organizaciones políticas que tenían como cometido el cuestionamiento permanente de un sistema caduco cuyo destino ha debido ser siempre su destrucción. Lejos de ello, quiénes ostentaban formalmente la representación de las clases trabajadoras se integraron progresivamente en él, legitimando de esa forma su existencia. ¿Cómo se va esperar hoy que los asalariados tengan una percepción clara sobre quiénes son sus enemigos de clase? ¿Con qué derecho se va a exigir que amplios sectores sociales comprendan que el sistema políticos y económico vigente no es más que una continuidad del que lo precedió? Recuperar el nexo con el pasado que quebró la Guerra Civil y los casi cuarenta años de dictadura que le siguieron es un camino que está todavía por recorrer.
En la historia, como en la vida personal, las renuncias de ayer terminan, tarde o temprano, pasando inexorablemente la factura. Y esa es la que hoy todos estamos pagando.