Una cosa es ejercer la paciencia como virtud tolerante que nos permite una sana inteligencia emocional ante las contrariedades de la vida y las limitaciones de nuestros semejantes. Y otra cosa, a un nivel diferente, es ejercitarse en la paciencia con Dios. La paciencia bíblica es una actitud alejada de la espera pasiva. Más bien se trata de una disposición de ánimo activa y dinámica, confiada siempre, con la firme voluntad de permanecer abiertos en el día a día ante el silencio aparente de Dios que se mueve en claves más profundas que las humanas. Al final, nuestra paciencia será recompensada porque el Reino se manifiesta en los que buscan en el día a día, sin indiferencia o desesperación.
Acabo de releer el libro de Tomás Halík La paciencia con Dios. Cerca de los lejanos (Hérder, 2014), quien ha conocido persecuciones sin cuento. Y me he sentido removido por el enfoque de sus mensajes sencillos, profundos y directos: “Conozco tres formas de paciencia (profundamente interconectadas) frente a la ausencia de Dios: se llaman fe, esperanza y caridad”. Y añade que la paciencia es la principal diferencia entre la fe y el ateísmo porque a estos últimos les falta paciencia dado que Dios no vive en la superficie de nuestras cosas.
La paciencia con Dios es aceptación ante lo inevitable, pero no desde la actitud entristecida sino permaneciendo en el amor. No es un mero esperar sino una forma determinada de acción ante la espera. Quien más quien menos debe encontrarse ante el nubarrón y entonces tendrá que optar entre pedir fortaleza para vivir en santa paciencia, o desarbolarse sufriendo por no haber aprendido a aceptar la vida tal cual es, con el amor como fundamento de todo.
Lo que me ha conmovido de su lectura es la reflexión que hace sobre el sufrimiento en paciente espera de Teresa de Lisieux ante su experiencia de la ausencia de Dios, que ella aceptaba como una expresión de solidaridad con los no creyentes (sic). Un signo radical de paciencia con Dios y solidaridad con los no creyentes, en un tiempo en el que la Iglesia solo veía al ateo como un pecador a excluir, mientras que ella los consideraba explícitamente como su hermano. Ella, que a las puertas de la muerte había perdido la fe, se vincula a Dios con la pasión del amor e hizo de su paciencia teologal el anticipo de la vida plena.
Halík reflexiona sobre esta actitud revolucionaria de esta santa cuando rechaza el afán de sus hermanas de convento por presentar su agonía como “padecimiento heroico”, llegando a la conclusión de que la paciencia activa es un compartir la misma mesa con los no creyentes, pero no para arrastrarlos al seno de la Iglesia, sino para ampliar el interior de la misma con la experiencia de su oscuridad, conquistando nuevos territorios, ella también desarmada de las seguridades que da la experiencia de la fe. Me parece una lección de amor con su abrazo amoroso -y asombroso- a los no creyentes, contrario al sentido que la religión tenía en su tiempo, que estaba centrado en la condena del pecador. Así no hay evangelización posible. Su noche oscura del alma la disolvió en el amor dejando para nuestra reflexión que existen muchas clases de ateísmo, incluido el que proviene de nuestros fariseísmos escandalosos y excluyentes.
La paciencia con Dios, en fin, es un ejercicio de oración, amor, fe y humildad que nos hace crecer como personas, abiertos siempre “al otro”, al diferente. Pero esta reflexión quedaría coja si no nos lleva a recordar también la paciencia que Dios demuestra con nosotros. Él sigue insistiendo eterna y pacientemente, pese a la falta de respuesta. Su amor nos desarma; ¡afortunadamente!
¡A descansar, feliz verano!
Gabriel Mª Otalora
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