Los jugadores Ferran y Nico, pero también Rodri —capitán de la selección española y Balón de Oro del Mundial—, que no dudó en mencionar a Dios al hablar de las emociones vividas tras la victoria, representan a una nueva generación de jóvenes que viven su fe con naturalidad. No tienen miedo de expresar públicamente el cristianismo que les sostiene en los momentos difíciles y muestran, además, un espíritu de equipo y de solidaridad que recuerda una idea repetida durante todo el campeonato: «Juntos somos mejores».
Alegra encontrar testimonios así, tanto de palabra como de vida. Personalmente, no comparto la enorme dimensión que ha adquirido un acontecimiento como la final del Mundial. Me cuesta asumir el despliegue económico, la espectacularización del evento o algunas de las implicaciones políticas que lo han acompañado.
Sin embargo, prefiero fijarme en los aspectos positivos. Valoro el esfuerzo compartido, la entrega de quienes buscan dar lo mejor de sí mismos y el testimonio de aquellos futbolistas que han reconocido con sencillez que creen en Dios y que la oración forma parte de su vida.
Sin dejar de ser crítico con algunos excesos del Mundial, merece la pena reconocer estos signos de inspiración cristiana. Ojalá sirvan de estímulo para muchos jóvenes y, también, para quienes ya no lo somos tanto. Porque esa frase que ha acompañado al equipo español no solo es válida para el deporte, sino también para la vida: «Juntos somos mejores».
Gerardo Villar
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