Parece mentira. Estamos a principios de curso y ya nos piden a todos un examen. Se trata de que analicemos y examinemos las propuestas de los distintos partidos políticos. Me parece una oportunidad estupenda para hacer un análisis lento, profundo y amplio.
Nos convocan a votar. Es una suerte y un derecho. Cada uno de nosotros puede dar su opinión mediante el voto. Yo quiero estudiar las propuestas de cada partido, sus contenidos, su historia, sus ofertas y sus exigencias. Un examen lento, profundo y sereno. Sin intereses personales, sin dejarme llevar por la propaganda. Quiero conocer el programa y las condiciones de cada agrupación. Con mucha serenidad y más con la cabeza que con el corazón.
Si apoyo unas propuestas, tendré que ser consecuente y trabajar en esa línea.
Me da miedo dejarme llevar por ciertos grupos, por sus gritos o por orientaciones no contrastadas. Me doy cuenta de que con mi voto estoy contribuyendo a decidir el futuro de los próximos cuatro años. Y estaré atento para comprobar si esas propuestas se cumplen.
Incluso voy a fijarme despacio en los carteles, a ver qué proponen y qué ofrecen para toda la sociedad desde unos principios humanos y cívicos. Que no defiendan solo mis intereses, sino el bien común y la solidaridad. Nada de venganzas ni de afán de mandar o imponer.
Quiero mirar a la sociedad para ver qué necesita, qué me exige, qué puedo ofrecer y qué puedo pedir. Y darme cuenta de que no todos vivimos en las mismas circunstancias ni tenemos las mismas necesidades. Quiero contribuir a una sociedad justa. Nada de rencores, impulsos, afán de dominio o imposiciones.
No quiero mítines ni violencia. Somos ciudadanos y podemos leer los programas electorales. No voy a escuchar a nadie que presente su programa insultando, ni a nadie que provoque violencia. En lugar de escuchar mítines, leeré los proyectos de cada partido y votaré según mi conciencia.
GERARDO VILLAR
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