Una historia profundamente vinculada a América Latina
El Papa León XIV, nacido como Robert Francis Prevost Martínez, es el primer papa estadounidense de la historia y el primer miembro de la Orden de San Agustín en llegar al máximo cargo de la Santa Sede. Pero cuando hablamos de él no podemos quedarnos solamente con su origen norteamericano.
Su madre tenía raíces españolas y ecuatorianas. Y, además, a mediados de la década del 1980, fue enviado como misionero a Perú, un país que marcaría su vida por completo. Allí sirvió durante más de dos décadas, llegando a naturalizarse peruano. Fue obispo de Chiclayo y posteriormente tuvo también responsabilidades en el Callao, donde el papa Francisco le encomendó la administración de un obispado que sufría múltiples tensiones internas.
En el Callao los marianistas tenemos un hermoso colegio y una comunidad. En ese tiempo Robert Prevost nos visitaba con frecuencia. Por eso, para quienes hemos conocido algo de su trayectoria, su visita a Latinoamérica no es simplemente la llegada de un Papa a una región del mundo. Sabemos que hay toda una historia personal y pastoral que lo vincula profundamente con nuestra América Latina.
Una espiritualidad de comunión
Las tres características fundamentales de la espiritualidad agustiniana se manifiestan con claridad en el papa León XIV: el carisma de la unidad y la comunión fraterna, la búsqueda comunitaria de la verdad a través del diálogo, y una profunda espiritualidad que se vuelca al servicio social y al compromiso con los pobres.
La vida comunitaria está inspirada en el ideal de san Agustín de poseer «una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios». El pontífice ha hecho de la comunión y la paz un eje central. Esto se refleja en su lema pontificio y episcopal, “In Illo uno unum”, «En el Uno somos uno», promoviendo una Iglesia que construye puentes y fomenta la sinodalidad, una de las grandes herencias que nos dejó el papa Francisco. León, si cabe, es todavía más sinodal que Francisco.
También aparece la búsqueda comunitaria de la verdad a través del diálogo: de ahí la apertura al diálogo franco y a la escucha. En lugar de imponer certezas de manera unilateral, promueve la reflexión compartida, el entendimiento mutuo y la resolución dialogada de los desafíos de la Iglesia contemporánea.
Y junto a esto está la interioridad, la profunda espiritualidad y, a la vez, el servicio social y la sensibilidad por los pobres. En la espiritualidad agustiniana, el encuentro profundo con Dios no conduce a una introspección aislada, sino que se proyecta en el servicio al prójimo, en la sensibilidad ante la pobreza y en el compromiso con quienes más lo necesitan.
¿Qué puede significar su visita a Argentina?
La visita del papa León XIV a Argentina reviste un carácter excepcional. La última visita papal al país ocurrió en 1987, hace casi cuarenta años. Y también es posible que avive el recuerdo de la controversia que generó que nuestro papa Francisco, fallecido en 2025, no nos haya visitado.
Está previsto en su programa un homenaje especial a Francisco en la catedral de Buenos Aires que sin duda volverá a poner en valor sus enseñanzas. En su pontificado, muy clara y explícitamente, el papa León está recogiendo el legado de Francisco.
¿Qué puede aportar en la Argentina de Milei? Creo que el Papa intentará dejar claro que es el Pastor de todos los argentinos. En este sentido su presencia puede ser un llamado a la unidad y a la vez a la aceptación de la pluralidad, una llamada al diálogo constructivo que no descalifique de ninguna manera al que no piensa igual.
Y esta presencia y llamado se da en tiempos de mucha polarización dentro de la misma Iglesia, al menos entre los que se dicen cristianos.
Sus actividades, por sí mismas, más allá de sus homilías y enseñanzas, visibilizarán sectores de la sociedad que hoy se intentan invisibilizar o que no son justamente valorizados por la política económica del gobierno: sindicatos, discapacitados, personas vulnerables, jubilados, personas privadas de libertad, jóvenes…
Para muchos católicos su presencia, como lo logró también el papa Francisco con su propio estilo, puede constituir una nueva invitación a recuperar el sentido de pertenencia a la Iglesia.
Una visita que no debería quedar atrapada en la política
Más allá de que la visita sea un hecho político, porque el Papa también es un «jefe de Estado», y como tal tendrá una reunión con el presidente, dados los desafíos que presenta la organización de su visita, tres partidos políticos diferentes y distintos gobiernos provinciales estarán obligados a dialogar, ponerse de acuerdo y coordinar acciones comunes.
Pero el primer y gran desafío será mantener la visita en el plano pastoral, fuera de disputas partidarias, tratando de no ser manipulada por ningún sector. Por eso, en su agenda, por sobre los indispensables compromisos institucionales o protocolares, ha primado la intención de que el Papa camine las calles y mantenga un contacto directo y masivo con la población.
El principal desafío lo tendrán quienes gobiernan y cada uno de nosotros, toda la sociedad, porque el Papa no dejará de predicar el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, como lo está haciendo en los primeros documentos que ha ofrecido a toda la Iglesia.
Las señales de su pontificado
No es menor que hoy día, en el contexto mundial que vivimos, tengamos un papa norteamericano. No es menor que esté marcado por la espiritualidad agustina, que siempre privilegia la unidad, la comunión. Así lo expresa el lema que eligió cuando lo hicieron obispo: «En el Uno somos uno».
Tampoco es menor su formación académica: licenciado en Matemáticas, en Filosofía y doctor en Derecho Canónico. Y no es menos significativo el nombre que eligió como papa: León XIV, en directa referencia al papa León XIII, que fue quien fundó la Doctrina Social de la Iglesia con su encíclica Rerum Novarum.
Lo primero que habría que decir es que el papa León guarda, como Papa, una gran coherencia con lo que ha sido toda su vida. Tiene un estilo propio, que ha mantenido siempre. No tiene gestos o actitudes tan disruptivas como el papa Francisco. Sin embargo, ha retomado, repito con su estilo, a su manera, la herencia, el camino que abrió para toda la Iglesia el papa Francisco. En algún caso radicalizándolo más aún. Sobre todo, acerca de la sinodalidad y del compromiso con los pobres.
Por esa razón su primera Exhortación Pastoral, «Dilexit te», se refiere al amor a los pobres. Y es un compendio maravilloso de toda la Doctrina, o Pensamiento Social de la Iglesia.
Y su primera encíclica, «Magnífica humanidad», tiene como objetivo la defensa del ser humano, de nuestra humanidad, en tiempos de inteligencia artificial. Frente al riesgo de manipulación del ser humano a través de las tecnologías digitales, a los fenómenos que se han dado en llamar transhumanismo y poshumanismo, y a la carrera descontrolada por desarrollar nuevas tecnologías sin resguardo moral, social ni humano, León XIV ha levantado con firmeza su voz.
Abrir los ojos y el corazón
Creo que como Iglesia el Papa nos está invitando a abrir los ojos, a salir de cierto letargo, a dejar de estar adormilados, a tomar conciencia de los riesgos que estamos corriendo como humanidad.
La mayor parte de los «buenos cristianos», de la «gente de bien», vivimos muy distraídos con nuestros asuntos, nuestro trabajo, nuestros viajes, nuestro consumo y nuestros compromisos familiares, tenemos la cabecita y nuestro corazón bien encerrados en nuestro metro cuadrado, sin levantar la mirada y darnos cuenta del «diluvio que viene», que el Titanic enfila hacia el iceberg.
Sorprende ver cómo hemos naturalizado comportamientos, modales y expresiones de algunos políticos. Cómo no nos escandaliza que tres o cuatro personas no sólo acaparen la mitad de la fortuna del mundo, sino también el poder, dado que pueden manipular, comprar, levantar o hacer caer a los políticos que deseen.
No insistiré. Hay mil ejemplos de indiferencia o insensibilidad en la «buena gente». Se atribuye a Martin Luther King este dicho: «Lo que me preocupa no es el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin-patria, de los sin-conciencia. Lo que me preocupa es el silencio de los buenos».
Es muy probable que el papa León nos ayude a abrir los ojos y el corazón con su sencillez, su humildad y con su voz profética. Desde luego, para ello, tanto quienes están dentro como quienes están fuera de la Iglesia tendremos que superar los prejuicios y los preconceptos, y escucharlo con la mente y el corazón abiertos: no solo para oír aquello que nos gusta escuchar, sino también lo que el Espíritu quiera enseñarnos a través de él.
Quizá esa sea la mejor manera de vivir su visita a Latinoamérica: no convertirla simplemente en un acontecimiento político o eclesial, sino recibirla como una oportunidad para escuchar, para mirar nuestra realidad con mayor lucidez y para preguntarnos, una vez más, qué nos está pidiendo hoy el Evangelio.
Luis A. Casalá, SM Sacerdote Marianista
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