Leer el evangelio
1 De nuevo tomó Jesús la palabra y les habló en parábolas:
2 – Se parece el reinado de Dios a un rey que celebraba la boda de su hijo. 3 Envió a sus criados para avisar a los que ya estaban convidados a la boda, pero éstos no quisieron acudir.
4 Volvió a enviar criados, encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado los terneros y los cebones y todo está a punto. Venid a la boda.»
5 Pero los convidados no hicieron caso: uno se marchó a su finca, otro a sus negocios; 6 los demás echaron mano de los criados y los maltrataron hasta matarlos.
7 El rey montó en cólera y envió tropas que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a su ciudad. 8 Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los que estaban convidados no se lo merecían. 9 Id ahora a las salidas de los caminos, y a todos los que encontréis invitadlos a la boda.»
10 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
11 Cuando entró el rey a ver a los comensales, reparó en uno que no iba vestido de fiesta, 12 y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?» El otro no despegó los labios.
13 Entonces el rey dijo a los sirvientes: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»
14 Porque hay más llamados que escogidos.
Mt 22, 1-14
«El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo…»
Jesús se refiere habitualmente al Reino como banquete, como cosecha, como abundancia… En contra de lo que nos han hecho creer, el Reino no es una carga que Dios nos impone para hacernos dignos de la vida eterna, sino la invitación a un modo de vida que nos hace más felices. Jesús plantea las Bienaventuranzas en términos de felicidad: «Cuánto más felices seríais…», y remacha la idea cuando Pedro le pregunta por su recompensa por haberlo dejado todo por seguirle: «El ciento por uno en esta vida, y además la vida eterna».
El ciento por uno en esta vida… No es extraño que Jesús compare el Reino con un tesoro escondido en el campo que hace palidecer todo lo demás. Y no se trata de una exageración más de Jesús, pues lo vemos cotidianamente en personas cercanas a nosotros que lo han hallado, que han vendido todo para comprarlo y ahora siembran la paz a su alrededor y transmiten una felicidad que quizá otros no somos capaces de vislumbrar siquiera.
Pero hay más, porque sabemos dónde encontrar el tesoro y cómo comprarlo por un precio muy módico, pues se reduce a la renuncia a aquello que estropea nuestra vida… Y parece un buen negocio, pero a pesar de todo, no nos decidimos a abrazarlo porque requiere apostar y a nosotros nos gustan las certezas; nos gusta jugar a lo seguro; y como no nos fiamos de Jesús esta el punto de apostar la vida a sus criterios, preferimos no poner en riesgo los bienes evidentes y tangibles que nos ofrece el mundo. «Si quieres saber lo que es bueno –le dice Jesús al joven rico–, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y sígueme»… Pero a aquel joven le pasaba lo mismo que a nosotros: que tenía muchos bienes y se fiaba poco de Jesús.
El mundo nos dice que seremos más felices si somos ricos, si tenemos poder o prestigio social, si no nos dejamos avasallar, si somos más listos que los demás para los negocios, si vamos de diversión en diversión, si no nos metemos en líos, si no nos insultan ni nos persiguen… Pero Jesús nos propone un código de felicidad distinto e inverosímil: ¿Queréis ser felices?… pues conformaos con poco, compartid lo que tenéis con los que no tienen, aprended a sufrir, decid siempre la verdad, no seáis violentos, trabajad para que prevalezca la justicia, y no os preocupéis si os insultan y os persiguen por ello.
El mundo nos ofrece lo tangible y Jesús nos invita a no conformarnos con ello… Y no nos atrevemos y nos lo perdemos. Como decía Jon Sobrino: «A eso es a lo que tenemos miedo, a ser felices a lo cristiano». La clave es fiarse de Jesús como se fían los sencillos que se sienten necesitados de Jesús, le siguen y son felices. El error es preferir nuestra sabiduría a la sabiduría de Dios ofrecida en Jesús a los seres humanos.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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