Mujeres libres que desde el final de la Edad Media amaban, conocían y servían. Las beguinas dieron un hermoso testimonio de amor con sencillez, valentía y entrega. Siguen teniendo mucho que enseñarnos.
Dios sabe cómo tocar las cuerdas del alma. En las beguinas nos muestra la transparente sencillez que concede a muchas personas. ¿Pero, quiénes fueron las beguinas, esas extraordinarias mujeres que hoy estamos empezando a descubrir? Durante los siglos XIII y XIV, sobre todo el primero, se extendieron por Europa, crecieron por millares creando un modo de vida atípico que, en general, no sería entendido, antes bien, objeto de burlas calumniado y perseguido.
Y, sobre todo, ¿qué pueden enseñarnos hoy? ¿Qué podemos aprender de ellas? ¿Estamos necesitados de su ejemplo? ¿Podemos imitar, adaptado a nuestro tiempo, su singular modo de vida? Silvia Bara, autora a la que me referiré luego, considera que «siguen teniendo mucho que aportar en nuestros días, y, por ello, vale la pena visibilizarlas».
Ellas mismas responden a mi pregunta del inicio, como se recoge en unos versos de los Dichos del alma (siglo XIII), de los que destaco:
«¿Sabéis a qué llamo Beguinaje? / Conciencia atenta, / buen y devoto afecto, / retirar su corazón de toda mala hierba, / que tanto daña al espíritu, / para sentir a Dios en oración».
Afortunadamente disponemos en nuestro idioma de algunos libros excelentes, que enseguida indicaré. Pero a las beguinas hay que leerlas, dejarse fascinar por la belleza y el atrevimiento de su estilo, que vertía en sus lenguas vernáculas las figuras de la poesía trovadoresca tornándolas metáforas del más puro amor divino. Fueron herederas, además, de la mística del amor que desarrollaron los cistercienses y les influyeron mucho los comentarios al Cantar de los Cantares,
Las beguinas fueron mujeres libres. Decididas a vivir según el Evangelio, no ingresaban en ninguna orden religiosa (al menos al principio y mientras no se las obligó a ello), no hacían votos, no se casaban para no estar sometidas al varón. Trabajaban para mantenerse, vivían solas o en comunidades más o menos grandes, siempre en las ciudades para atender a los pobres, cuidar de los enfermos y los moribundos, ayudar también a enterrarlos, y enseñar a quienes lo necesitaban. Integraron en su vida la acción y la contemplación, pues oraban temprano y al atardecer. Solían elegir a una superiora o maestra, a la que llamaban Marta, por servir a todas las demás. También tenían como modelo, junto con María, a María Magdalena, que ya fue considerada, desde el siglo III, "apóstol de apóstoles".
Fueron llamadas "mujeres religiosas" o "benignas", y ciertamente lo eran. Entendieron que el amor nace de la libertad y hace posible la más alta libertad. Mujeres de deseo, valientes, entregadas, que tuvieron experiencia de lo que llamamos Dios, pues su sabiduría no la obtuvieron de los libros, ni de los sermones que frecuentaban: era una misma cosa con ese gustar y saborear el beso de su Amado.
Por desgracia, ese torrente de libertad y verdadero espíritu no pudo encontrar en su época las condiciones favorables. Bien que ellas entendían y aceptaban las dificultades y la persecución, el daño que supuso su condena y final supresión, yo así lo entiendo, nos hizo daño a todos. No me detendré en ello, pero sí diré que causa enorme pena la lectura del decreto Cum de quibusdam mulieribus del Concilio de Vienne (1311-1312), por sus vaguedades, imprecisiones e inexactitudes. No obstante, como se lee en el mismo decreto, se decidió «prohibir perpetuamente su estado de vida y abolirlo por completo de la Iglesia de Dios», ordenando abandonarlo «bajo pena de excomunión».
En 1310 fue quemada en París Margarita Porete. Pero ya antes muchas veces debieron las beguinas adoptar la vida religiosa, ingresando en un convento o vinculándose a las Órdenes terciarias, para evitar ser molestadas o perseguidas.
Cierto que esa persecución no fue tan radical como a veces se ha creído, y así lo demuestran investigaciones recientes. En el primer tercio del siglo XIII las beguinas contaron, por poner un solo ejemplo, con la aprobación y protección del Papa Gregorio XI. Su vinculación, desde el principio, con las órdenes mendicantes, dominicos y franciscanos, les permitió también, así en Francia, mantenerse después de las condenas. Con la llegada de la Devotio Moderna algunas beguinas se convirtieron en Hermanas de la Vida Común, cuyo fundador (de las Hermanas y Hermanos) fue Geert Groote (1340-1384).
Por lo demás, hubo beguinas en Alemania hasta la reforma de Lutero, y en Bélgica incluso hasta nuestros días. ¿Acaso podrá morir un impulso tan poderoso?
Muy recientemente se ha publicado el libro de mi admirada amiga Silvia Bara Bancel: Saber a Dios: Beguinas, maestras y místicas en la Edad Media, Verbo Divino, 2026. De él tomo muchos datos e ideas. Y hay otros libros excelentes. Recomiendo, aunque puede estar agotado, el de Georgette Épiney-Burgard y Émilie Zum Brunn: Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval, Paidós, 1998, que comienza dedicando dos capítulos a Hildegard von Bingen; el de Prado Pérez de Madrid: El beso de Dios. Las beguinas y la espiritualidad del Amado y los cuidados, San Pablo, 2023. El libro permite acceder a las canciones de la propia Prado y su disco Trovadoras del Amor, que recomiendo; de María Toscano y Germán Ancochea, aunque no trate solo de las beguinas: Mujeres en busca del Amado, Obelisco, 2003; de Victoria Cirlot y Blanca Garí: La mirada interior. Mística femenina en la Edad Media, Siruela (3ª), 2025, que añade, a las beguinas tratadas, a Juliana de Norwich, Margarita de Oingt, Hildegarda de Bingen y Ángela de Foligno. No he podido leer aún el libro de María Cristina Inogés Sanz: Beguinas. Memoria herida, PPC, 2021. Por último, un abanico más amplio, con varios autores, en edición de Pablo Beneito: Mujeres de luz: La mística femenina, lo femenino en la mística, Trotta, 2001.
Mi primer acercamiento serio a estas mujeres y a sus sorprendentes escritos, hace unos siete años, fue la doble lectura del libro de Matilde de Magdeburgo: La luz que fluye de la divinidad. Primero en su versión latina, que es posterior, y luego en la alemana, traducida por Almudena Otero (por cierto, ambas con significativas diferencias). Esta última la leí en edición digital, por lo que no cito las páginas. Todo el capítulo IV de la versión latina lo podemos leer como un hermoso comentario al Cantar de los Cantares, donde Matilde recrea las expresiones del texto sagrado.
Las beguinas hicieron posible este milagro que se produjo en Europa hacia el final de la Edad Media: que unas sencillas mujeres, fuesen cultas y nobles o no, quisieran ser plenamente libres amando, conociendo y sirviendo, y lo lograran dando un testimonio de amor que nada ha podido ni podrá borrar.
Francisco Martínez Albarracín
Artículo publicado originalmente en El hombre y lo divino.