FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Trovadoras del cielo que fecundan la tierra

 


Avatar de Francisco Martínez Albarracín
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Mujeres libres que desde el final de la Edad Media amaban, conocían y servían. Las beguinas dieron un hermoso testimonio de amor con sencillez, valentía y entrega. Siguen teniendo mucho que enseñarnos.

Dios sabe cómo tocar las cuerdas del alma. En las beguinas nos muestra la transparente sencillez que concede a muchas personas. ¿Pero, quiénes fueron las beguinas, esas extraordinarias mujeres que hoy estamos empezando a descubrir? Durante los siglos XIII y XIV, sobre todo el primero, se extendieron por Europa, crecieron por millares creando un modo de vida atípico que, en general, no sería entendido, antes bien, objeto de burlas calumniado y perseguido.

Y, sobre todo, ¿qué pueden enseñarnos hoy? ¿Qué podemos aprender de ellas? ¿Estamos necesitados de su ejemplo? ¿Podemos imitar, adaptado a nuestro tiempo, su singular modo de vida? Silvia Bara, autora a la que me referiré luego, considera que «siguen teniendo mucho que aportar en nuestros días, y, por ello, vale la pena visibilizarlas».

Ellas mismas responden a mi pregunta del inicio, como se recoge en unos versos de los Dichos del alma (siglo XIII), de los que destaco:

«¿Sabéis a qué llamo Beguinaje? / Conciencia atenta, / buen y devoto afecto, / retirar su corazón de toda mala hierba, / que tanto daña al espíritu, / para sentir a Dios en oración».

Afortunadamente disponemos en nuestro idioma de algunos libros excelentes, que enseguida indicaré. Pero a las beguinas hay que leerlas, dejarse fascinar por la belleza y el atrevimiento de su estilo, que vertía en sus lenguas vernáculas las figuras de la poesía trovadoresca tornándolas metáforas del más puro amor divino. Fueron herederas, además, de la mística del amor que desarrollaron los cistercienses y les influyeron mucho los comentarios al Cantar de los Cantares,

Las beguinas fueron mujeres libres. Decididas a vivir según el Evangelio, no ingresaban en ninguna orden religiosa (al menos al principio y mientras no se las obligó a ello), no hacían votos, no se casaban para no estar sometidas al varón. Trabajaban para mantenerse, vivían solas o en comunidades más o menos grandes, siempre en las ciudades para atender a los pobres, cuidar de los enfermos y los moribundos, ayudar también a enterrarlos, y enseñar a quienes lo necesitaban. Integraron en su vida la acción y la contemplación, pues oraban temprano y al atardecer. Solían elegir a una superiora o maestra, a la que llamaban Marta, por servir a todas las demás. También tenían como modelo, junto con María, a María Magdalena, que ya fue considerada, desde el siglo III, "apóstol de apóstoles".

Fueron llamadas "mujeres religiosas" o "benignas", y ciertamente lo eran. Entendieron que el amor nace de la libertad y hace posible la más alta libertad. Mujeres de deseo, valientes, entregadas, que tuvieron experiencia de lo que llamamos Dios, pues su sabiduría no la obtuvieron de los libros, ni de los sermones que frecuentaban: era una misma cosa con ese gustar y saborear el beso de su Amado.

Por desgracia, ese torrente de libertad y verdadero espíritu no pudo encontrar en su época las condiciones favorables. Bien que ellas entendían y aceptaban las dificultades y la persecución, el daño que supuso su condena y final supresión, yo así lo entiendo, nos hizo daño a todos. No me detendré en ello, pero sí diré que causa enorme pena la lectura del decreto Cum de quibusdam mulieribus del Concilio de Vienne (1311-1312), por sus vaguedades, imprecisiones e inexactitudes. No obstante, como se lee en el mismo decreto, se decidió «prohibir perpetuamente su estado de vida y abolirlo por completo de la Iglesia de Dios», ordenando abandonarlo «bajo pena de excomunión».

En 1310 fue quemada en París Margarita Porete. Pero ya antes muchas veces debieron las beguinas adoptar la vida religiosa, ingresando en un convento o vinculándose a las Órdenes terciarias, para evitar ser molestadas o perseguidas.

Cierto que esa persecución no fue tan radical como a veces se ha creído, y así lo demuestran investigaciones recientes. En el primer tercio del siglo XIII las beguinas contaron, por poner un solo ejemplo, con la aprobación y protección del Papa Gregorio XI. Su vinculación, desde el principio, con las órdenes mendicantes, dominicos y franciscanos, les permitió también, así en Francia, mantenerse después de las condenas. Con la llegada de la Devotio Moderna algunas beguinas se convirtieron en Hermanas de la Vida Común, cuyo fundador (de las Hermanas y Hermanos) fue Geert Groote (1340-1384).

Por lo demás, hubo beguinas en Alemania hasta la reforma de Lutero, y en Bélgica incluso hasta nuestros días. ¿Acaso podrá morir un impulso tan poderoso?

Muy recientemente se ha publicado el libro de mi admirada amiga Silvia Bara Bancel: Saber a Dios: Beguinas, maestras y místicas en la Edad Media, Verbo Divino, 2026. De él tomo muchos datos e ideas. Y hay otros libros excelentes. Recomiendo, aunque puede estar agotado, el de Georgette Épiney-Burgard y Émilie Zum Brunn: Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval, Paidós, 1998, que comienza dedicando dos capítulos a Hildegard von Bingen; el de Prado Pérez de Madrid: El beso de Dios. Las beguinas y la espiritualidad del Amado y los cuidados, San Pablo, 2023. El libro permite acceder a las canciones de la propia Prado y su disco Trovadoras del Amor, que recomiendo; de María Toscano y Germán Ancochea, aunque no trate solo de las beguinas: Mujeres en busca del Amado, Obelisco, 2003; de Victoria Cirlot y Blanca Garí: La mirada interior. Mística femenina en la Edad Media, Siruela (3ª), 2025, que añade, a las beguinas tratadas, a Juliana de Norwich, Margarita de Oingt, Hildegarda de Bingen y Ángela de Foligno. No he podido leer aún el libro de María Cristina Inogés Sanz: Beguinas. Memoria herida, PPC, 2021. Por último, un abanico más amplio, con varios autores, en edición de Pablo Beneito: Mujeres de luz: La mística femenina, lo femenino en la mística, Trotta, 2001.

Mi primer acercamiento serio a estas mujeres y a sus sorprendentes escritos, hace unos siete años, fue la doble lectura del libro de Matilde de Magdeburgo: La luz que fluye de la divinidad. Primero en su versión latina, que es posterior, y luego en la alemana, traducida por Almudena Otero (por cierto, ambas con significativas diferencias). Esta última la leí en edición digital, por lo que no cito las páginas. Todo el capítulo IV de la versión latina lo podemos leer como un hermoso comentario al Cantar de los Cantares, donde Matilde recrea las expresiones del texto sagrado.

Las beguinas hicieron posible este milagro que se produjo en Europa hacia el final de la Edad Media: que unas sencillas mujeres, fuesen cultas y nobles o no, quisieran ser plenamente libres amando, conociendo y sirviendo, y lo lograran dando un testimonio de amor que nada ha podido ni podrá borrar.

Francisco Martínez Albarracín

Artículo publicado originalmente en El hombre y lo divino.

Ceuta: No enterrar la solidaridad

 


Avatar de Koldo Aldai
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No pelearemos por plantar banderas, sino para despejar la tierra de ellas, para que las jóvenes sin protección la tengan, para que no deban dormir con un ojo abierto.

Es cierto, al abrir la puerta de mi casa no me encuentro con inmigrantes saharianos y subsaharianos. Cuando despliego mi sombrilla en la playa, no me alcanza el ruido de chamizos y chabolas en los que se refugian otros hermanos de piel más morena. Cuando me aqueja una dolencia, no tengo que hacer larga cola si deseo que me atienda mi médica comarcal… "Es muy fácil hablar, defender a los inmigrantes desde la distancia…", se nos dice en las redes.

Indudablemente tienen su parte de razón. ¿Tendremos en ese caso que callar…? Seguramente sí, sin embargo, nosotros no queríamos ser ni "gauche", ni "divine" que se entretiene ponderando sobre la inmigración desde la terraza climatizada. Queremos que Ceuta no sea ariete interesado, queremos luz, moderación y verdad sobre la complejísima crisis, queremos compromiso. Primero, el nuestro.

Ceuta y su desafío demandan diferentes atalayas y lecturas, pero desde ninguna nos podremos sustraer al enfoque solidario inherente a la condición humana. Ceuta es un ejemplo más de lo acuciante que se presenta hoy el reto global del compartir, de la necesidad que nos asalta de empezar a asumirlo.

Estamos muchos miles de millones de almas sobre el planeta y es llegado el momento de renunciar a bastantes de nuestros pretéritos privilegios. El pulso entre el espíritu del cooperar y compartir o de mantener el privilegio se dirime tanto en la esfera política, como en la cotidiana. En la esfera política se hace evidente con el ascenso fulgurante de la extrema derecha por doquier, en la esfera cotidiana por ejemplo con el empuje del flujo migratorio que está alcanzando una fuerza sin precedentes.

Es cierto que como nación no podemos atender a todo ese flujo, no tenemos capacidad de acogida para todos los que desean entrar en nuestra geografía, pero sí manifestar cuanto menos cierta empatía y generosidad en la medida que podamos. Hay quinientas mujeres en situación de vulnerabilidad que debían haber pasado ya el estrecho y disfrutar en España de una digna acogida. ¿Por qué no están aún con nosotros…? El deseo de que "todo continúe como antes" era uno de los anhelos de los manifestantes "pro Ceuta" del día pasado en las ciudades españolas. Sin embargo, ya nada volverá a ser como antes, por más que nos empeñemos.

Es preciso readaptarnos al presente y con unos reflejos solidarios, no proteccionistas, nacionalistas. Ghandi nos habla con más actualidad que nunca: "Vive sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir." Ceuta nos invita a abandonar el consumo y el derroche de otrora para que podamos cada vez atender a más demanda solidaria que nos alcanza desde el Sur.

No tanto quién enarbola más alto la enseña patria, sino quién raya más arriba en compromiso con los últimos. No tanto si ese terreno es tuyo o mío, sino qué podemos hacer juntos ante la necesidad que dentro de él se ha manifestado con urgencia. No tanto si Ceuta es española, marroquí o japonesa, sino cómo haremos para atender a este desafío solidario de envergadura. No tanto la titularidad del territorio, sino la vulnerabilidad de quienes ya son entre nosotros. Sin voluntad alguna de abrir ninguna caja de truenos, es preciso observar que Ceuta no deja de ser un enclave que está inserto en pleno continente africano y no nos debieran extrañar las reivindicaciones de Marruecos sobre la plaza.

No pelearemos, por lo tanto, por plantar banderas, sino más bien para despejar la tierra de ellas, para que las jóvenes sin protección la tengan, para que no deban dormir con un ojo abierto, para que el duro asfalto con cartón deje de ser su único colchón. Sí, "Ceuta somos todos", pero no todos vamos descalzos. Solidaridad, si las posibilidades nos alcanzan, con quien llega a nado, con quien avanza por el muelle sin futuro, ni zapatos.

No negamos el origen geopolítico de la crisis. Apuntamos a la necesidad de abordarla desde una actitud más solidaria que nacionalista. ¿"Gobierno traidor"? ¿A qué? ¿A quién, si nuestra esencia humana es ayudar, compartir, entregar? ¿Quién está traicionando a quién, bien envuelto en la rojigualda…? Ceuta nos invite más a apurar al máximo la acogida, que a pintar rojo y amarillo por doquier. Ceuta no puede ser la enésima excusa de las fuerzas de la reacción para tumbar a Sánchez. No corremos a salvar el actual gobierno, por más que no veamos ningún repuesto que nos satisfaga, corremos a salvar lo que nos queda del espíritu solidario español que nunca debimos enterrar, ni siquiera a las puertas del desierto.

Koldo Aldai

La fuerza liberadora del perdón

 


Avatar de Rosario Ramos
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13 de septiembre de 2026

Mt 18, 21-35

El evangelio de este Domingo muestra uno de los temas más relevantes del legado de Mateo: el compromiso ético de la fe y las consecuencias de no vivirlo de manera coherente y auténtica. En este caso se centra en el asunto del perdón.

La introducción de este texto ya es el mensaje esencial que queda argumentado y explicitado con la parábola que narra a continuación; un breve diálogo entre Jesús y Pedro termina clarificando cómo vivir el perdón desde una visión cristiana y las actitudes que supone.

La pregunta de Pedro indica que, como buen militante del judaísmo, ya conocía el deber del perdón de las ofensas. Ahora bien, el perdón se recibía a través de unas tarifas determinadas. Las escuelas rabinas exigían que sus discípulos perdonasen tantas veces a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, etc.., y estas tarifas eran diferentes según la escuela. Lo que hace Pedro es preguntar a Jesús cuál era su tarifa para saber si era tan severa como la de la escuela que requería perdonar siete veces a su hermano.

La respuesta de Jesús, una vez más desconcertante, utiliza el número siete jugando a multiplicarlo, para transmitir que el perdón ha de ser en totalidad según el significado de ese número en la simbología judía. Perdonar en totalidad es perdonar de manera auténtica, de corazón, de raíz, sin tarifas o grados. Se trata de un perdón que trasciende lo emocional, lo supera y se sitúa en el mismo suelo del ser humano. Esta parábola libera al perdón de toda tarifa para hacer de él un signo de un perdón que no es un deber moral, sino el eco de la conciencia de haber sido perdonado previamente. Jesús introduce este elemento nuevo en la parábola: nuestra capacidad de perdonar en totalidad es directamente proporcional a nuestras experiencias de haber sido perdonad@s auténticamente. Estas vivencias, bien integradas y conscientes, van despertando una sensibilidad que ablanda la comprensión y empatía con aquellos que nos dañan y ofenden, nos conectan con la realidad más profunda y espiritual dándose un crecimiento de la persona tan exponencial como el setenta veces siete del que habla Jesús.

Ahondando en el significado de la parábola, se puede percibir que el perdón cristiano tiene una doble vertiente: la psicológica y la referida al vínculo con la Divinidad. Integrar ambas vertientes construye al creyente unificando su persona y convirtiendo la fe en una posición ante la vida y no en una obligación. Perdonar totalmente o de corazón supone haber reabsorbido la rabia y los sentimientos negativos y legítimos que se despiertan, aunque se necesite un camino complejo para restaurar la relación cuando la dignidad ha sido violada por el daño realizado.

En el proceso del perdón, como indica la parábola, hay que tener en cuenta ambas partes: quien daña y quien es dañado. No se trata de dar un perdón ingenuo, romántico o meloso, de perdonar con las emociones porque se quedaría en las arenas movedizas de los sentimientos, sino que, en el ejercicio de ese perdón, es importante situarse con una nueva dignidad frente a quien daña. Sólo así el perdón puede llegar a cambiar a la otra persona para que no siga dañando a terceros o reincidir en el daño causado. Esta es la dimensión educativa del perdón. Tras el perdón es necesario un cambio de posición por ambas partes. Una mala gestión del perdón genera tortura, como dice la parábola, que es vivir desde el rencor, la venganza o la disposición vulnerable a ser dañados de nuevo. Es muy importante perdonar con dignidad para recibir el perdón con posibilidad de cambio. Así es el perdón de Dios del que nos habla Jesús, un perdón que pretende transformar a la persona “para que no peque más”.

Nadie se libra de estas dos experiencias: ofender y perdonar. Es todo un reto en la vida aprender a perdonar y a recibir el perdón de manera sana y profunda, así como ser conscientes de este doble dinamismo que puede interferir en las relaciones humanas y en nuestro vínculo con Dios. Todo ser humano, por ser reflejo del Ser de Dios, nace equipado de una capacidad para perdonar que se activa al experimentar un perdón auténtico y en totalidad. Esta es la fuerza liberadora del perdón.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Ten paciencia conmigo

 


Avatar de Fidel Aizpurúa
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13 de setiembre de 2026

Los textos evangélicos son textos que difunden claridad e iluminan nuestra vida. Por eso nos son de tanta utilidad.

En el texto evangélico que hemos leído los dos deudores, tanto el que debe una barbaridad como el que debe una minucia, dicen lo mismo: TEN PACIENCIA CONMIGO. Se apela a la paciencia con argumento de humanidad: el que es paciente entenderá la situación del deudor de millones y la del que está expuesto a ser vendido como esclavo para pagar una deuda pequeña pero exigida.

Efectivamente, hablar de paciencia es hablar de humanidad. Quizá por eso observamos déficit en nuestra sociedad de hoy: ya no se habla de paciencia y por eso se habla menos de humanidad. Parece estar en el aire que la paciencia es una virtud de débiles y que hay que pedir más justicia y menos paciencia, como si ambas estuvieran reñidas.

Y, sin embargo, muchas situaciones de nuestra vida no pueden asimilarse sin hacer acopio de paciencia. Como se suele decir, hoy lo queremos todo y ya. Pero ese no es un camino realista. Las cosas, a veces, vienen lentas y es preciso asimilar esa lentitud con humanidad, con paciencia.

¿Con quién habríamos de ejercitar la paciencia? ¿Hacia dónde nos empuja el evangelio?

Sé paciente con quien camina más lento: porque esa lentitud es lenguaje del Dios que tiene paciencia con cada uno de nosotros.

Sé paciente con quien tiene otra experiencia religiosa: porque todos vamos al mismo puerto que es Jesús, aunque vayamos en distinta barca.

Sé paciente con quien vive en modos alternativos: porque todos tenemos un lugar en la mesa común aunque vengamos ataviados con vestidos diferentes.

El recordado Papa Francisco nos dejó pensamientos muy atinados sobre la paciencia. En su exhortación Amoris laetitia nos dice: «Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla» (n. 92).

Decía santa Teresa que «la paciencia todo lo alcanza», quizá no todo, pero muchas cosas sí. Que derramemos la lluvia benéfica de la paciencia en nuestro entorno para no nos pueda ni la inquietud ni el desasosiego.

Apología del perdón

 


Avatar de José Antonio Pagola
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Casi siempre que he escrito sobre el perdón he recibido cartas, por lo general anónimas, en que se me acusaba de olvidar el sufrimiento de las víctimas del terrorismo, de no entender la humillación de quien ha sido traicionado por su cónyuge, de no «tener los pies sobre el suelo» y cosas semejantes.

No me resulta difícil comprender esta resistencia al perdón. ¿Cómo no voy a intuir la rabia, impotencia y dolor de quien ha sido víctima de la violencia, el desprecio o la traición? Pero, precisamente, el resentimiento y la agresividad que se advierten tras esas líneas me hacen ver con mayor claridad qué sería de un mundo en que se suprimiera el perdón.

Hay un mecanismo de defensa bien conocido por los psicólogos. En virtud de un «mimetismo misterioso», quien ha sido víctima de una agresión tiende a su vez a imitar de alguna manera a su agresor. Se trata de una reacción casi instintiva que se desata en el inconsciente individual o colectivo y puede incluso transmitirse de generación en generación.

Si, en algún momento, no se produce una reacción de signo contrario, el mal tiende a perpetuarse. Cuando la víctima no quiere o no puede perdonar, queda en ella una «herida mal curada» que le hace daño, pues la encadena negativamente al pasado. De la misma manera, el resentimiento instalado en una sociedad hace más difícil la lucidez para buscar caminos de convivencia, y puede bloquear todo esfuerzo por encontrar solución a los conflictos.

El deseo de revancha es, sin duda, la respuesta más instintiva ante la ofensa. La persona necesita defenderse de la herida recibida, pero, como advierte el conocido experto Jacques Pohier, quien pretenda curar su herida infligiendo sufrimiento al agresor, se equivoca. El sufrimiento no posee un poder mágico para curar de la humillación o la agresión recibidas. Puede producir una breve satisfacción, pero la persona necesita algo más para volver a vivir de forma sana. Lo decía hace mucho tiempo Henri Lacordaire: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».

A veces se olvida que el proceso del perdón a quien más bien hace es al ofendido, pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida, le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a perdonar «hasta setenta veces siete», está invitando a seguir el camino más sano y eficaz para erradicar de nuestra vida el mal. Sus palabras adquieren una hondura todavía mayor para quien cree en Dios como fuente última de perdón: «Perdonad y seréis perdonados».

Publicado en: https://www.gruposdejesus.com

Perdonar es el mayor signo de amor

 


Avatar de Fray Marcos
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DOMINGO 24º (A) (Mt 18,21-35)

Mateo sigue con la instrucción sobre cómo comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón sería imposible la convivencia. El perdón es la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón.

La frase setenta veces siete no significa perdonar 490 veces. Quiere decir siempre. El perdón no es un acto, sino una actitud sostenida. Los rabinos hablan de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro añade otras tres. Siete era un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente. Si Pedro todavía lleva cuenta de los perdones, quiere decir que en realidad no perdona.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda. El señor perdona una inmensa deuda (60.000.000 denarios) y el empleado es incapaz de perdonar 100. “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo” nunca lo pudo decir Jesús. Dios es otra cosa.

El perdón del que hablamos solo puede nacer del amor. Los dos van en contra del instinto. Desde nuestro ego es imposible entender el perdón del evangelio. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono al otro para dejar clara mi superioridad. De ahí la famosa frase “perdono, pero no olvido”.

Debo descubrir que no hay nada que perdonar. Hacer daño es siempre ignorancia. Desde nuestro concepto de pecado es imposible perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien.

Pero la voluntad no tiene posibilidad de discernir entre el bien y el mal, depende del conocimiento que es siempre limitado. De ese modo con frecuencia creemos que es bueno para mí lo que es malo. Digo para mí, porque el pecado me daña a mí. Si tengo la sensación de que el perjudicado es el otro, nunca corregiré mis fallos.

El perdón de Dios es siempre lo primero. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el juridicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. La primera lectura decía: "Del vengativo se vengará el Señor". "Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados". Mejor sería pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe perdonar.

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo.

El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en la que es objeto del amor. El amor a los que son amables no es garantía ninguna de amor cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

En torno al perdón

 


Avatar de Enrique Martínez Lozano
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13 de septiembre

Mt 18, 21-35

El egocentrismo hace que nos tomemos lo que nos ocurre “muy en serio” y “de manera personal”. No vemos simplemente lo ocurrido, sino que, en una cavilación que no cesa, añadimos interpretaciones que giran, en una especie de bucle constante, en torno a “lo que me han hecho”.

Esta tendencia suele agudizarse cuando alguna persona nos hace daño. No es extraño que, en esas situaciones, emerja en nosotros una necesidad de “ajustar cuentas” con ella, unida a sentimientos de rencor y deseo de venganza, alimentando la idea de que nos han hecho un agravio “imperdonable”, instalándonos, de esa manera, en un resentimiento que se hace crónico.

Es curioso, sin embargo, que el resentimiento daña a quien lo vive, del mismo modo que el veneno perjudica a quien lo ingiere; como cuando alguien, queriendo molestar al vecino con el humo, prende fuego a su propia casa.

Solo cuando perdonamos, lo ocurrido —también el daño recibido— deja de controlar nuestro estado de ánimo. Perdonar, por tanto, es dejar de sufrir y renunciar al deseo de venganza.

Frente a la trampa mortal que encierran el resentimiento y el deseo de venganza —nacidos del egocentrismo—, el perdón nace de la comprensión. Al comprender que la otra persona hace lo que puede y lo que sabe y al hacernos conscientes de que el libre albedrío no existe, se abre camino el perdón, no como un don concedido desde una supuesta —y agraviada— superioridad moral, sino desde el reconocimiento de que no hay nada que perdonar.

Esto no significa justificar lo ocurrido —sencillamente, lo comprendemos—, como tampoco elimina la necesidad de autoprotección legítima.

Perdón tampoco significa necesariamente reconciliación. Esta es obra de dos y requiere que ambas partes hayan recorrido un camino de lucidez, humildad y amor. Pero, incluso en el caso de que la reconciliación no sea posible, la persona siempre puede —aun, tal vez, reconociendo la necesidad de un proceso gradual— liberarse de la tiranía absurda del resentimiento y vivir el perdón que nace de la comprensión profunda y amorosa.

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO (Boletín semanal)

Perdonar de corazón

 


Avatar de José Luis Sicre
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Domingo 24 Ciclo A

El domingo pasado, Jesús hablaba a sus discípulos de la forma de corregirse fraternamente. Hoy aborda el tema del perdón a nivel individual y personal, el que afecta a la inmensa mayoría de las personas.

Argumentos para perdonar (Eclesiástico 27,33-28,9)

La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.

El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: «Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone». Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».

Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias: 1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado? 2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]

Pedro y Lamec

Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).

El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:

«Por un cardenal mataré a un hombre,

a un joven por una cicatriz.

Si la venganza de Caín valía por siete,

la de Lamec valdrá por setenta y siete» (Génesis 4,23-24).

Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?». Toma a Caín como modelo contrario: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.

Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.

La parábola (Mt 18,21-35)

Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.

1ª escena (en la corte): el rey y un deudor. Se subraya: 1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales. 2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones. 3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia. 4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

2ª escena (en la calle): está construida en fuerte contraste con la anterior. 1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito. 2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los sesenta millones. 3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba». 4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.

3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor. 1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura. 2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?"

Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy interesantes porque indican también en qué consiste perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.

La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio

Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.

El mundo de la justicia y el mundo del amor

 


Avatar de Miguel A. Munárriz Casajús
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Mt 18, 21-35

«Hasta setenta veces siete»

Los ciudadanos normales soñamos con un mundo en el que reine la justicia, pero Jesús fue muncho más lejos y nos invitó a trabajar por un mundo en el que reine el amor. Como le dijo a Pedro «Tú piensas como los hombres y no piensas como Dios». Una de las parábolas en las que se muestra esta propuesta de manera inequívoca es la de los viñadores de la última hora, en la que vemos que quienes apenas habían trabajado recibieron lo mismo que los que lo habían hecho a lo largo de todo el día. Y desde nuestra mentalidad, los viñadores de la primera hora que protestaron tenían razón; na hay derecho a semejante injusticia, a semejante agravio comparativo, pero gracias a la actitud del dueño aquellos últimos viñadores pudieron dar ese día algo de cenar a su familia…

El Estado Civil en el que vivimos basa la convivencia en las leyes. Quien se salta la ley es perseguido y en su caso juzgado y condenado. Y eso está muy bien, y es necesario, pero refleja una sociedad todavía inmadura a la que le falta mucho trecho por recorrer. Porque la ley deja a la persona a sus fuerzas, le pone preceptos que debe cumplir, le amenaza, le castiga, pero no le cambia el corazón y el mal prevalece. En el Reino con el que soñó Jesús se siembran unos valores que cambian a la persona por dentro y ya no es necesario mandarle nada.

Y esto no significa que se pueda prescindir de las leyes, sino que el énfasis debe ponerse en el arraigo de esos valores que fomenten la convivencia –por ejemplo, el perdón– y no en la promulgación leyes y más leyes. Y es que la convivencia se puede imponer (o tratar de imponer) y se puede sembrar. Si se siembra tarda un tiempo en dar fruto, pero cuando lo da, da el ciento por uno… Y éste es el estilo de Jesús, el estilo del Reino, que lo fía todo al poder de la semilla o la acción de la levadura.

En Jesús hemos visto que el modo humano de vivir es perdonando, no llevando la cuenta de las ofensas recibidas, dejando siempre lugar a la concordia, no exigiendo a nadie la perfección… Es decir, hemos visto que el perdón es uno de los puntos clave de la buena Noticia y que es, además, un excelente test para medir la sinceridad de nuestra fe. El episodio de la mujer adúltera que iba a ser lapidada por los santos de Israel es una buena muestra del talante de Jesús; por encima de la ley el amor, pero quizá la mejor de ellas sea la del propio Jesús perdonando en la cruz a quienes le están crucificando.

Los cristianos anhelamos una sociedad basada en el perdón, pero no estamos en ella y a lo máximo que podemos aspirar por el momento es a que prevalezca la justicia. Sin embargo, quien sigue a Jesús no se conforma, y se ve llamado a trabajar para propiciar otro tipo de convivencia; para hacer posible el perdón; para que la cultura del perdón y la concordia acabe por empapar el mundo: «Que los hombres vean en vuestras buenas obras el amor del Padre»

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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