13 de septiembre
Mt 18, 21-35
El egocentrismo hace que nos tomemos lo que nos ocurre “muy en serio” y “de manera personal”. No vemos simplemente lo ocurrido, sino que, en una cavilación que no cesa, añadimos interpretaciones que giran, en una especie de bucle constante, en torno a “lo que me han hecho”.
Esta tendencia suele agudizarse cuando alguna persona nos hace daño. No es extraño que, en esas situaciones, emerja en nosotros una necesidad de “ajustar cuentas” con ella, unida a sentimientos de rencor y deseo de venganza, alimentando la idea de que nos han hecho un agravio “imperdonable”, instalándonos, de esa manera, en un resentimiento que se hace crónico.
Es curioso, sin embargo, que el resentimiento daña a quien lo vive, del mismo modo que el veneno perjudica a quien lo ingiere; como cuando alguien, queriendo molestar al vecino con el humo, prende fuego a su propia casa.
Solo cuando perdonamos, lo ocurrido —también el daño recibido— deja de controlar nuestro estado de ánimo. Perdonar, por tanto, es dejar de sufrir y renunciar al deseo de venganza.
Frente a la trampa mortal que encierran el resentimiento y el deseo de venganza —nacidos del egocentrismo—, el perdón nace de la comprensión. Al comprender que la otra persona hace lo que puede y lo que sabe y al hacernos conscientes de que el libre albedrío no existe, se abre camino el perdón, no como un don concedido desde una supuesta —y agraviada— superioridad moral, sino desde el reconocimiento de que no hay nada que perdonar.
Esto no significa justificar lo ocurrido —sencillamente, lo comprendemos—, como tampoco elimina la necesidad de autoprotección legítima.
Perdón tampoco significa necesariamente reconciliación. Esta es obra de dos y requiere que ambas partes hayan recorrido un camino de lucidez, humildad y amor. Pero, incluso en el caso de que la reconciliación no sea posible, la persona siempre puede —aun, tal vez, reconociendo la necesidad de un proceso gradual— liberarse de la tiranía absurda del resentimiento y vivir el perdón que nace de la comprensión profunda y amorosa.
ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO (Boletín semanal)
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