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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Ten paciencia conmigo

 


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13 de setiembre de 2026

Los textos evangélicos son textos que difunden claridad e iluminan nuestra vida. Por eso nos son de tanta utilidad.

En el texto evangélico que hemos leído los dos deudores, tanto el que debe una barbaridad como el que debe una minucia, dicen lo mismo: TEN PACIENCIA CONMIGO. Se apela a la paciencia con argumento de humanidad: el que es paciente entenderá la situación del deudor de millones y la del que está expuesto a ser vendido como esclavo para pagar una deuda pequeña pero exigida.

Efectivamente, hablar de paciencia es hablar de humanidad. Quizá por eso observamos déficit en nuestra sociedad de hoy: ya no se habla de paciencia y por eso se habla menos de humanidad. Parece estar en el aire que la paciencia es una virtud de débiles y que hay que pedir más justicia y menos paciencia, como si ambas estuvieran reñidas.

Y, sin embargo, muchas situaciones de nuestra vida no pueden asimilarse sin hacer acopio de paciencia. Como se suele decir, hoy lo queremos todo y ya. Pero ese no es un camino realista. Las cosas, a veces, vienen lentas y es preciso asimilar esa lentitud con humanidad, con paciencia.

¿Con quién habríamos de ejercitar la paciencia? ¿Hacia dónde nos empuja el evangelio?

Sé paciente con quien camina más lento: porque esa lentitud es lenguaje del Dios que tiene paciencia con cada uno de nosotros.

Sé paciente con quien tiene otra experiencia religiosa: porque todos vamos al mismo puerto que es Jesús, aunque vayamos en distinta barca.

Sé paciente con quien vive en modos alternativos: porque todos tenemos un lugar en la mesa común aunque vengamos ataviados con vestidos diferentes.

El recordado Papa Francisco nos dejó pensamientos muy atinados sobre la paciencia. En su exhortación Amoris laetitia nos dice: «Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla» (n. 92).

Decía santa Teresa que «la paciencia todo lo alcanza», quizá no todo, pero muchas cosas sí. Que derramemos la lluvia benéfica de la paciencia en nuestro entorno para no nos pueda ni la inquietud ni el desasosiego.

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