FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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jueves, 3 de septiembre de 2026

La liturgia es algo vivo que ha evolucionado a lo largo de los siglos

 


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León XIV sitúa la reforma del Vaticano II dentro de la tradición de la Iglesia y recuerda que los fieles no pueden permanecer «mudos y pasivos» en las celebraciones.

León XIV dedicó la audiencia general del miércoles 26 de agosto a explicar las razones que llevaron al Concilio Vaticano II a promover la reforma de la liturgia. La catequesis, celebrada en la basílica de San Pedro, cerraba su recorrido por la constitución Sacrosanctum Concilium, el documento conciliar dedicado a las celebraciones de la Iglesia.

El Papa quiso dejar clara una primera idea: la reforma no apareció de repente ni supuso una ruptura con la historia anterior. Desde comienzos del siglo XX, Pío XI, Pío XII y Juan XXIII ya habían introducido modificaciones y simplificaciones en los ritos. El Vaticano II recogió ese camino y lo llevó adelante con el propósito de acercar la riqueza de la liturgia al conjunto del pueblo cristiano.

«La liturgia, al ser una realidad viva, siempre ha estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios», afirmó León XIV. En ella existen elementos esenciales que pertenecen a la fe de la Iglesia, pero también formas humanas que pueden y, en ocasiones, deben modificarse cuando dejan de expresar adecuadamente aquello que celebran.

Esta afirmación resulta especialmente significativa en un momento en que algunos sectores presentan cualquier cambio como una traición a la herencia recibida. Para León XIV, la reforma promovida por el Concilio se sitúa precisamente «en la línea de la tradición viva de la Iglesia». La tradición no es una pieza de museo que deba conservarse inmóvil, sino una herencia capaz de seguir hablando a las personas de cada tiempo.

El objetivo central de la reforma fue favorecer una participación más consciente y activa de los fieles. El Papa recuperó unas palabras de Pablo VI: los cristianos «no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos». No basta con estar físicamente presentes en una celebración mientras permanecemos espiritualmente ausentes. Los ritos, las oraciones y las lecturas deben ayudar a toda la comunidad a comprender lo que celebra y a entrar realmente en relación con Dios.

Esto no significa convertir la liturgia en un espectáculo ni repartir funciones para mantener ocupada a la asamblea. Participar es escuchar, responder, orar, guardar silencio, dar gracias y ofrecer la propia vida junto con el pan y el vino. La comunidad no asiste desde fuera a una ceremonia realizada por el sacerdote, porque las acciones litúrgicas «no son acciones privadas»: pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia.

León XIV también advirtió sobre los abusos y las interpretaciones equivocadas que se han producido después del Concilio. La liturgia no puede quedar sometida al gusto personal de quien preside ni reinventarse arbitrariamente en cada celebración. Debe respetar las normas y resplandecer por su «noble sencillez». El Papa se aleja así de dos extremos: la rigidez que convierte las rúbricas en un absoluto y una creatividad que acaba alejada de lo que se pretende celebrar.

Las normas son necesarias para proteger una celebración que pertenece a toda la comunidad. Pero pierden su sentido cuando se convierten en un instrumento para vigilar, juzgar o excluir. La cuestión decisiva no es quién ejecuta con mayor exactitud cada gesto, sino si la liturgia nos permite encontrarnos con Dios, crecer en comunión y salir dispuestos a ofrecer nuestra vida a los demás.

Una liturgia fiel no consiste en convertir a la comunidad en espectadora ni en permanecer prisionera del pasado. La tradición se custodia permitiendo que siga viva y continúe conduciendo a las personas al encuentro con Dios.

Fuentes consultadas: Vatican News y Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Lo de ceuta me hace pensar

 


Avatar de Gerardo Villar
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Apunto una serie de ideas y sugerencias que me han ido surgiendo estos días a raíz de la situación que viven las personas inmigrantes y la población ceutí.

No quiero emitir juicios de valor sobre los distintos comportamientos, sino ofrecer las reflexiones que me suscita contemplar a esas personas viviendo esta realidad.

1. Una multitud de personas procedentes de Marruecos y de países subsaharianos ha entrado en Ceuta y vive allí situaciones muy difíciles. Me hago una pregunta: ¿qué las ha movido a salir de sus países y entrar en Ceuta? Pienso en una botella demasiado llena, que termina expulsando lo que ya no cabe en ella.

También me viene la imagen de una serie de globos que explotan porque ya no tienen más espacio.

Contemplo a los miles de personas que salen de sus países porque allí no encuentran la posibilidad de llevar una vida digna. Carecen de oportunidades para vivir, trabajar y realizarse, y las buscan donde pueden, aunque muchas no las encuentren y otras mueran en el intento.

2. Los ceutíes se sienten agobiados por una situación que los desborda. Desean que se resuelva y poder recuperar la tranquilidad y la convivencia, sin violencia.

3. Hay personas que, desde determinadas opciones políticas, pretenden aprovechar la situación mediante la violencia y la agresividad: «A río revuelto, ganancia de pescadores». Se suman al malestar del pueblo ceutí con actitudes agresivas y manifestaciones violentas.

4. Las autoridades, desde posiciones diversas, tratan de encontrar soluciones y buscan respuestas eficaces, aunque, a mi entender, lo hacen con demasiada lentitud. No veo respuestas rápidas ni eficaces.

5. Grupos de personas, vecinos y ONG prestan sus servicios con generosidad y valentía. Lo mismo hacen las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad, que afrontan la dureza de la situación con entrega y trabajo.

6. Algunas autoridades no han reaccionado a tiempo ni con la entrega necesaria; otras han tenido que afrontar sus propias dificultades.

He visto también actuaciones guiadas por intereses personales y partidistas.

Futuro: ante todo, respeto absoluto a los ceutíes y que ellos participen en la elaboración de las medidas que se adopten. No tengo soluciones claras. Es preciso que las personas inmigrantes puedan descubrir un futuro y encontrar alternativas, y que existan proyectos claros para ellas. Por encima de todo, han de prevalecer la paz, la justicia, el orden y el respeto a las personas, sin injerencias interesadas. Que esta crisis sea una oportunidad para buscar alternativas desde la justicia y la atención a las necesidades. Para ello, hay que contar con las organizaciones y con los gobiernos, no solo de los dos países implicados, sino también de Europa y del resto del mundo. No es un problema puntual, sino universal.

Sé que no es la solución definitiva, pero pienso que ha llegado la hora de plantear la acogida de personas inmigrantes en nuestras familias. Desde cada hogar podemos acoger a alguien durante un tiempo, hasta que encuentre una salida. Lo digo desde mi experiencia: a lo largo de mi vida he convivido con unas treinta personas —mujeres que ejercían la prostitución, presos, inmigrantes y transeúntes— que han pasado largas temporadas en mi casa, y la convivencia ha resultado relativamente fácil. La mayoría encontró trabajo en los pueblos por los que he pasado. Son muchas las personas acogidas por familias que después han podido desarrollar su vida de manera plenamente integrada.

También pienso que, en muchos de los países de los que salen quienes buscan trabajo, sería posible vivir dignamente si sus riquezas se explotaran de manera justa. Esa puede ser otra alternativa.

Gerardo Villar

Llamar «invasión» a una tragedia humanitaria deshumaniza a las víctimas y traiciona el evangelio

 


Avatar de José Antonio Vázquez Mosquera
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«Fui extranjero y me acogisteis.» (Mt 25,35)

Hay palabras que matan. No porque disparen un arma, sino porque preparan el terreno para que otros la disparen. No levantan fronteras ni agreden directamente a nadie. Pero moldean nuestra manera de mirar hasta conseguir que dejemos de ver personas y empecemos a ver amenazas. Eso está ocurriendo estos días con la llegada de miles de personas pobres a Ceuta.

Numerosos medios de comunicación han presentado esta tragedia humana como una "invasión". El término se repite una y otra vez hasta construir una imagen profundamente falsa: la de un ejército atacando nuestras fronteras.

Los pobres se convierten en soldados. Los refugiados pasan a ser invasores. Las víctimas aparecen como amenaza. Y la pobreza deja de ser el problema para convertirse en sospechosa.

Es difícil imaginar una inversión más radical del Evangelio.

El lenguaje nunca es inocente

Llamar "invasión" a una crisis humanitaria no es simplemente elegir una palabra desafortunada. Es construir un marco mental.

Cuando durante horas una sociedad escucha que está siendo invadida, deja de ver niños, familias o jóvenes desesperados y empieza a ver combatientes. Y cuando aparecen combatientes, cualquier respuesta violenta parece más fácilmente justificable.

No es casual que, paralelamente a este discurso, hayan aparecido manifestaciones con gritos de «¡A por ellos!» y agresiones contra migrantes.Las palabras preceden muchas veces a la violencia. Los imaginarios terminan convirtiéndose en conductas.

La verdadera noticia no son los migrantes, es la pobreza.

Mientras las tertulias hablan de invasiones, apenas se escucha la pregunta verdaderamente importante. ¿Por qué miles de personas abandonan Marruecos? ¿Por qué arriesgan la vida? ¿Por qué tantos jóvenes consideran preferible jugarse la muerte antes que permanecer donde nacieron?

La respuesta no está en Ceuta. Está en la pobreza estructural. En la desigualdad económica. En un sistema económico internacional profundamente injusto que sigue reproduciendo relaciones neocoloniales entre el Norte y el Sur.

Está también en una situación de graves vulneraciones de derechos humanos en Marruecos denunciadas desde hace años por organismos internacionales.

Y tampoco puede descartarse que el régimen marroquí, con sus aliados Trump, Netanyahu y toda la ultraderecha internacional, enemigos del gobierno de España,  utilice los flujos migratorios como instrumento de presión política, algo que merece una investigación rigurosa.

Pero incluso si hubiera intereses geopolíticos detrás de estos movimientos, quienes cruzan la frontera siguen siendo personas vulnerables. Nunca dejan de ser víctimas porque otros intenten utilizarlas.

El Evangelio nunca habló de invasiones

Jesús jamás llamó amenaza a los pobres. Nunca convirtió al extranjero en enemigo.Nunca identificó la seguridad con el rechazo del necesitado.Al contrario. Se identificó personalmente con él. «Fui extranjero y me acogisteis.» No dijo: «Fui extranjero y me llamasteis invasor.»

El criterio definitivo del juicio de Mateo 25 no será cuánto protegimos nuestras fronteras. Será qué hicimos con quien tenía hambre. Con quien era extranjero. Con quien estaba desnudo. Con quien sufría.

El cristianismo comienza precisamente cuando dejamos de mirar al otro como una amenaza y empezamos a reconocer en él el rostro de Cristo.

La auténtica espiritualidad conduce necesariamente a hacerse cargo del mundo y a una praxis de justicia y compasión hacia quienes más sufren. Una espiritualidad que no desemboca en el compromiso con las víctimas termina convirtiéndose en una espiritualidad vacía.

La mayor vergüenza

Pero quizá lo más doloroso de estos días no haya sido escuchar este discurso en determinados sectores políticos. Lo verdaderamente desconcertante es escucharlo también en medios de comunicación vinculados a la Iglesia.

Que en TRECE TV o en COPE, en determinados programas, se utilice reiteradamente el término "invasión" para referirse a una tragedia humanitaria constituye una profunda vergüenza para la Iglesia institucional propietaria de estos medios.

Precisamente los medios que deberían ayudarnos a mirar la realidad con los ojos del Evangelio terminan muchas veces contemplándola con las categorías del miedo, de la sospecha y de la confrontación.

Uno espera escuchar las Bienaventuranzas.Y escucha discursos donde los pobres aparecen como un peligro. Uno espera encontrar el relato del Buen Samaritano.Y encuentra marcos narrativos extraordinariamente parecidos a los que hoy difunden amplios sectores de la extrema derecha internacional.

Resulta difícil comprender cómo unos medios supuestamente nacidos para evangelizar pueden terminar utilizando un lenguaje que desfigura el núcleo mismo del Evangelio.

La responsabilidad de la Conferencia Episcopal Española

Aquí ya no basta con responsabilizar únicamente a periodistas o tertulianos. También existe una responsabilidad pastoral. Los obispos españoles no pueden limitarse a guardar silencio mientras unos medios vinculados a la Iglesia difunden de manera reiterada un lenguaje que convierte a los pobres en sospechosos y a los migrantes en una amenaza.

El silencio también comunica. La pasividad también educa.

No basta con publicar documentos sobre la Doctrina Social de la Iglesia ni citar al papa León XIV  cuando después se permite que desde medios de inspiración cristiana se difundan discursos incompatibles con el corazón del Evangelio.

No se trata de imponer una determinada posición política sobre la inmigración. Es legítimo debatir sobre las políticas migratorias y sobre cómo gestionar las fronteras. Lo que no resulta compatible con el Evangelio es demonizar a quienes huyen del hambre, de la pobreza o de la desesperación.

Si un medio de comunicación que habla en nombre del cristianismo convierte sistemáticamente a los pobres en una amenaza, quienes tienen la responsabilidad última sobre esos medios deberían preguntarse seriamente si están cumpliendo su misión evangelizadora.

Porque no puede proclamarse el domingo que Cristo está presente en el pobre y permitir durante la semana que desde medios vinculados a la Iglesia se contribuya a presentarlo como un enemigo social.

Cuando la Iglesia adopta el lenguaje del poder

La historia demuestra que el cristianismo pierde su alma cuando deja de hablar el lenguaje de las víctimas para adoptar el lenguaje del poder.

Ocurrió con la esclavitud. Con el colonialismo. Con demasiadas dictaduras. Y puede volver a ocurrir con la inmigración.

El seguimiento de Jesús nunca consistió en tranquilizar a los poderosos. Consistió en anunciar una buena noticia para los pobres.

La consecuencia más preocupante de este clima no es únicamente el aumento del rechazo social. Es que llegará un momento en que quienes acompañen, alimenten, defiendan jurídicamente o simplemente abracen a personas migrantes serán presentados como ingenuos, cómplices o traidores.

Ya sucede en otros países. Sacerdotes, religiosas, voluntarios y organizaciones humanitarias han sido objeto de campañas de desprestigio simplemente por practicar aquello que el Evangelio llama misericordia. Sería una inmensa contradicción que esa sospecha acabara siendo alimentada, directa o indirectamente, desde medios vinculados a la propia Iglesia.

Recuperar el lenguaje de Jesús

Quizá el primer paso para construir una sociedad más humana sea recuperar las palabras. No llamar invasión a la desesperación. No llamar ejército a quienes huyen del hambre. No llamar amenaza a quien busca sobrevivir.

Porque la verdadera invasión no es la de quienes llegan pobres a nuestras fronteras. La verdadera invasión es la del miedo ocupando el lugar de la compasión. La del nacionalismo ocupando el lugar de la fraternidad. La de la propaganda ocupando el lugar de la verdad.

Y, lo que resulta todavía más doloroso, la de un lenguaje ajeno al Evangelio ocupando el espacio de medios de comunicación que deberían llenarse con las palabras de Jesús.

El día en que la Iglesia llame invasor al extranjero dejará de anunciar el Reino de Dios para repetir el discurso de los poderosos.

Y mientras seguimos discutiendo sobre fronteras, el Evangelio continuará haciéndonos la única pregunta verdaderamente decisiva: ¿Qué has hecho con tu hermano?

José Antonio Vázquez Mosquera

Religión Digital

Los mártires de la creación: El nuevo rostro del compromiso cristiano frente al colapso planetario

 


Avatar de Jesús Lozano Pino
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El grito de la Tierra sacude a las parroquias: el giro radical de las comunidades locales que asumen la ecología integral como un mandato innegociable

Hubo un tiempo en que el martirio cristiano se asociaba casi exclusivamente a la defensa dogmática de la fe o a la persecución política bajo regímenes totalitarios. Hoy, el mapa de la santidad y del sacrificio evangélico se está dibujando en un escenario distinto: el de los territorios en disputa, los ríos contaminados, las selvas esquilmadas y las comunidades desplazadas por el extractivismo feroz. Los nuevos testigos de la fe no mueren por negarse a adorar a un emperador, sino por negarse a adorar al dios dinero que destruye la casa común.

Son los mártires de la Creación. Una realidad sangrante que ya no se limita a un único rincón del planeta, sino que se ha convertido en el examen de conciencia global para la Iglesia del siglo XXI.

De la Amazonía al sudeste asiático: Una red global de resistencia

Es innegable que la cuenca amazónica sigue siendo el epicentro mediático de esta cruzada. Allí, la herencia de figuras como Dorothy Stang (asesinada por un sicario en el 2005 en la selva Amazónica cuando leía la Biblia mientras caminaba a una reunión con sus feligreses.) o el sufrimiento de los pueblos indígenas defendidos por la Iglesia continúan en el centro de la diana de las mafias madereras. Sin embargo, reducir este fenómeno a la Amazonía es invisibilizar una red global.

Para entender la magnitud actual de este conflicto hay que mirar, por ejemplo, a Filipinas. Allí, en comunidades rurales e islas gravemente amenazadas por el cambio climático, líderes laicos, catequistas y sacerdotes locales se han convertido en el último escudo humano frente a los gigantes de la minería a cielo abierto y la deforestación. En el archipiélago filipino, defender la tierra desde una opción de fe no es una declaración teórica; es un billete hacia la persecución, las amenazas de muerte y, con dolorosa frecuencia, el asesinato a manos de grupos paramilitares al servicio de intereses corporativos.

De América Latina a Asia, pasando por las órdenes religiosas que frenan el acaparamiento de tierras en África subsahariana, el compromiso con la ecología integral ya no es una opción pastoral periférica. Es el núcleo de la opción por los pobres.

Los movimientos Laudato si’ diocesanos: La resistencia desde la base

Frente a esta violencia estructural, la respuesta eclesial está dejando de ser una serie de protestas aisladas para convertirse en una red organizada. Aquí radica una de las mayores novedades de los últimos años: el auge de los movimientos y comisiones Laudato si’ dentro de las propias diócesis.

Ya no hablamos de colectivos ecologistas externos a la Iglesia, sino de delegaciones diocesanas, parroquias y comunidades de base que han asumido las encíclicas del Papa Francisco como un mandato institucional. Estos movimientos están velando, audazmente, por estas cuestiones a tres niveles:

Vigilancia comunitaria: Actúan como radares locales frente a abusos ambientales en sus territorios, dando voz a los campesinos e indígenas que los gobiernos prefieren ignorar.

Conversión de estructuras: Animan a sus propios obispados para auditar el consumo energético de los templos, eliminar plásticos y, de forma más crucial, exigir la desinversión de los fondos eclesiales en industrias contaminantes.

Espiritualidad de la encarnación: Reeducan a los fieles para entender que el pecado litúrgico o moral no está separado del pecado ecológico contra la creación de Dios, que tanto nos hablaba Francisco, el de Asís, con sus obras y el “Papa verde” con sus Encíclicas Laudato si y Fratelli tutti.

Un altar en el corazón del mundo

Este escenario plantea interrogantes incómodos para nuestras comunidades de retaguardia. Mientras hombres y mujeres se juegan la vida en la primera línea ambiental en el Sur Global, o mientras los jóvenes (y no tan jóvenes) de los movimientos diocesanos intentan mover las estructuras, muchas de nuestras parroquias occidentales siguen instaladas en una fe de sacristía, ajenas a la crisis civilizatoria que nos rodea.

La Iglesia de los primeros siglos se edificó sobre las tumbas de los mártires en las catacumbas. La Iglesia del futuro, si quiere ser creíble, se sostendrá sobre el testimonio de quienes hoy defienden la vida en su sentido más amplio.

Los mártires de la Creación y los movimientos que los respaldan nos recuerdan que el altar no está encerrado entre cuatro paredes de piedra; el altar es el mundo herido. Celebrar la Eucaristía hoy nos obliga a partir el pan, pero también a defender la tierra que lo produce y a los seres humanos que la custodian.

Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos

 


Avatar de Mª Luisa Paret García
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El lenguaje humano es esencial en la comunicación. Va acompañado por una amplia gama de sonidos, matices, pausas, acentos. Además, empleamos gestos expresivos. También, a veces las palabras sobran: es suficiente una mirada, un abrazo, un gesto sencillo para comunicar una emoción profunda.

En general, las palabras son esenciales. La palabra revela a quien la pronuncia, es lazo de comunicación humana, unifica o separa, incide en todo el ser de la persona. La palabra actúa, se manifiesta y desempeña su papel como expresión; la relación causa-efecto es importante. En la liturgia, la palabra sacramental pertenece a lo que hoy llamamos palabra ‘performativa’ o eficiente. Es palabra que se manifiesta en el pasado, el presente y el futuro. Incide en la propia existencia personal en relación a una tarea de notable trascendencia.

Para que estas palabras sean eficientes se necesitan unas condiciones concretas: pueden ser beneficiosas o estériles, dichosas o miserables, creadoras o devastadoras. Es necesario, además, que sean correctas e íntegras, sinceras y coherentes por parte de quien las pronuncia.

En el mundo actual no predominan éstas precisamente. A diario escuchamos palabras hirientes, que descalifican al contrario por el mero hecho de serlo, mentiras dichas con total impunidad, verdades a medias según convenga. La mentira no es honesta en ningún caso.

Dios se comunica con palabras y su revelación se ha materializado en las Escrituras. Más aún, Jesucristo es la Palabra hecha carne, cuerpo. Por la palabra fueron hechas todas las cosas y palabra de promesa es la palabra de Dios (Jn 1,1-18). Tener los oídos atentos a la palabra de Cristo y pronunciar palabras veraces en la reunión de los hermanos/as es condición básica del creyente. Vivir de apariencia y prepotencia no es seguir a Jesús. La verdad se anuncia desde el ser interior que nos habita. En la carta de Pablo a los Romanos (13,8-10) se nos dice que el amor al prójimo incluye todos los demás mandamientos. Es más, esos otros mandamientos, si no están impulsados por el amor al prójimo, dejan de tener todo el valor moral para convertirse en pura hipocresía.

Es lo que Jesús nos advierte en esta perícopa sobre la corrección fraterna. Jesús al ir construyendo una comunidad ‘cristiana’, no renuncia a darle un estatuto referente a la admisión o exclusión de sus miembros, pero establece un sistema de valores: primero dialogar con la persona, después buscar consejeros, discernir en común, finalmente tratar el asunto a nivel de comunidad. Sólo así se evita la arbitrariedad dictatorial y la prepotencia caracterizada por la actitud arrogante, soberbia y altanera de una persona que utiliza su autoridad para obtener beneficios o imponer su voluntad sobre los demás. Esta actitud genera sentimientos de frustración, malestar, miedo, ira y daño emocional en aquellos que la sufren.

Volviendo al texto, Jesús señala: “Si reprendes a tu hermano y te hace caso, has salvado a tu hermano”; de la prepotencia, de la soberbia, de un ego subido que no tiene límites, del desprecio sistemático de todo aquel que no piensa como yo.

Y continúa con unas palabras que siempre han sido interpretadas referidas al perdón de los pecados ejercido por el ministerio de los sacerdotes, pero que supera ampliamente ese ámbito. Es muy poco probable que Jesús tuviera en mente una iglesia como la conocemos hoy. El perdón es una actitud fundamental de toda persona. Es un proceso emocional y cognitivo que implica renunciar a sentimientos negativos, como el resentimiento y la ira, hacia una persona que nos ha hecho daño y viceversa. Es un acto de liberación personal que posibilita la curación emocional y el crecimiento personal.

Jesús va más allá de lo meramente humano y sugiere que “todo lo que atéis en la tierra atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo. Viene a ser el nexo de unión entre el ámbito divino y humano en armónica reciprocidad, nunca separados como nos enseñaron…

Atar y desatar tienen significados diversos en un sentido y en otro. Atar relaciones de convivencia, de buena vecindad, de acogida, de equidad, de inclusión, de generosidad, de verdad, de coherencia. Desatar prejuicios, conflictos, desencuentros, rencor, miedos, venganzas sibilinas, ‘egos’ asfixiantes, prepotencia manipuladora. Todo ello en un plano positivo como Jesús explica a sus discípulos y discípulas.

¿Estamos dispuestos/as a seguir esta práctica cotidiana? ¿Serán los poderosos y dirigentes capaces de aprender y poner en práctica algo tan comprometido y sanador en favor de los ‘humildes de la tierra’ (Sal 37,11)? ¿Tendrán esos mismos jerarcas la valentía de realizar una autocrítica a los regímenes políticos neoliberales, totalitarios, populistas y nacionalistas que dividen, enfrentan, manipulan la historia mintiendo descaradamente y enriqueciéndose a costa de los ciudadanos? ¿Serán capaces de ‘desatar’ detalles menores (competencias, responsabilidades, administrativas y autonómicas, protocolos, vanas disputas, oportunismos…) mientras se ignoran o toleran los errores y faltas de mayor gravedad como la justicia, la honestidad y la verdad? “¡Ay de vosotros… que no dejáis pasar el mosquito y os tragáis el camello! (Mt 23,24).

¿Estará la Iglesia dispuesta a desatar ‘entuertos’, palabras obstinadas, actitudes clericales, exclusiones y discriminaciones injustas? ¿Atará ella el sentir común de la fraternidad-sororidad que proclamó ‘Fratelli tutti’ como valor y elemento ordenador de las sociedades, las naciones y la convivencia mundial?

¿Contribuiremos nosotros a ‘atar y desatar’, en el sentido positivo y generoso que utiliza Jesús, como estilo y norma de vida personal y comunitaria? ¿Ayudaremos a “desarmar las palabras” evitando la descalificación permanente del adversario, como León XIV recordaba en su discurso en las Cortes? “La firmeza no exige desprecio y la discrepancia no conlleva humillación”. “No podemos creer en Jesús y promover la guerra, abandonar a quien sufre o a quien huye de la miseria”. Renunciar, pues, a las expresiones hirientes, los juicios inmediatos y las calumnias en las familias, el trabajo y las redes sociales.

Y termina el texto con una frase profética: “porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. ¿Somos capaces de crear comunidad, vivir la comunión en la diversidad, aceptar la pluralidad, respetar los derechos humanos de toda persona, y entablar el diálogo aun en la discrepancia?

¡Activemos la corrección fraterna! desde el amor que nos constituye como hijos e hijas de Dios, como personas de toda condición.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret.

Si dos de vosotros se ponen de acuerdo

 


Avatar de Fidel Aizpurúa
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6 de setiembre de 2026

La lectura del evangelio se hace desde muchas perspectivas. Eso, más que un peligro, es una riqueza.

Dice el evangelio de este domingo que SI DOS DE VOSOTROS SE PONEN DE ACUERDO para pedir algo, el Padre lo dará. Pedir la unidad es algo muy recurrente en la Iglesia, quizá porque es difícil conseguirla. Aunar voluntades, unificar criterios, trazar planes de acción conjunta es siempre un desafío. Por eso en la eucaristía de cada jornada pedimos insistentemente por la paz y la unidad.

Pero la unidad es cosa distinta de la uniformidad. A veces nos da la impresión de que hay cristianos y jerarcas que hablan mucho de unidad, pero entienden por tal lo que ellos entienden, su manera de ver las cosas, que nadie se salga del marco establecido. Buscan una uniformidad que les ampara y que les interesa. Dicen: «Vamos en la misma barca», aludiendo a la “barca” de la Iglesia. Pero quizá sería más interesante pensar y decir que vamos hacia el mismo puerto, que es Jesús, aunque lo hagamos en distinta barca, distinta ideología, distinta Iglesia, incluso sin Iglesia.

Por eso es tan importante, en la vida y en la fe, aprender la lección de la diversidad. La grandeza de la vida es que, aunque seamos diversos, podemos caminar hacia el horizonte común de la dicha. Termina el verano, tiempo en que quizá hemos palpado un poco más de cerca la manera diversa de vivirnos y de entendernos. Pero esto habría que mantenerlo durante todo el año. Unidos en la diversidad caminemos como humanos y como creyentes.

La trampa de la “censura” religiosa o los peligros de la “corrección fraterna”

 


Avatar de Enrique Martínez Lozano
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6 de septiembre

Mt 18, 15-20

Nos hallamos ante un texto que, con toda probabilidad, no tuvo su origen en Jesús, sino en el ordenamiento que fue surgiendo a medida que las primeras comunidades se iban desarrollando.

Y fue en él donde, a lo largo de los siglos, se asentó la práctica de la llamada “corrección fraterna”. Práctica que, más allá de su posible buena intención, derivaba con facilidad en juicio sobre actitudes y comportamientos no aceptados por la persona que la ejercía.

De ese modo —quizás como efecto no deseado—, se fue instalando un clima de juicio —con sus secuelas de culpa, castigo y miedo—, que crecía a la par que el fomento de una actitud paternalista por parte de quienes se creían llamados a velar en todo momento por la “ortodoxia” del grupo.

En el peor de los casos, aquella práctica fue dando lugar a actitudes de vigilancia y censura, típicamente sectarias que, en algunos grupos, se siguen ejerciendo a día de hoy.

Resulta prácticamente imposible que la llamada “corrección fraterna” no se deslice hacia actitudes paternalistas, moralizantes y enjuiciadoras. En su lugar, es preferible practicar la verdad (humildad) —el reconocimiento en mí mismo de aquello que me altera cuando lo veo en la otra persona— y el respeto, que, aun pudiendo preguntar, nunca olvida que tendemos a ver más fácilmente la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio (Mt 7,3).

Es innegable que todo grupo necesita de un marco que regule su funcionamiento. El problema surge cuando ese marco se sitúa por encima de las personas, cayendo en la trampa vigorosamente denunciada por Jesús, cuando proclamaba que “no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre” (Mc 2,27).

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO (Boletín semanal)

¡Qué fácil es criticar, qué difícil corregir!

 


Avatar de José Luis Sicre
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Domingo 23. Ciclo A.

La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No solo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de los diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:

* ambición (18,1-5)

* escándalo (18,6-9)

* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:

* corrección fraterna (18,15-20)

* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:

* ante el matrimonio (19,3-12)

* ante los niños (19,13-15)

* ante la riqueza (19,16-29)

* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La obligación de corregir (Ezequiel 33,7-9)

Al tratar de la corrección fraterna, es muy buen punto de partida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta. Si el profeta calla por comodidad o miedo, se le pedirá cuenta de su silencio.

El modo de corregir (Mateo 18,15-20)

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquiera entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testigos; 3) recurso a los miembros más antiguos e importantes («los grandes»); 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué significa la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La corrección fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

El mejor modo de corregir: el amor (Romanos 13,8-10)

Los textos de Ezequiel y del evangelio suponen situaciones conflictivas en la comunidad; hablan de malvados y de personas que pecan. La carta a los Romanos también conoce el peligro del adulterio, el asesinato, el robo, la envidia… Pero no se centra en denunciar esos pecados, sino en fomentar la caridad. «Uno que ama a su prójimo no le hace daño». El que ama cumple toda la ley, y su amor puede ser el mejor modo de corregir.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán

Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación

1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).

2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los "grandes" sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).

4) «El que calumnia a los "grandes", que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea. (…) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos

«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los "grandes" será castigado treinta días».