Mt 18, 15-20
«Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo»
Esta frase le ha servido tradicionalmente a la Iglesia para basar en ella su poder, pero existe otra interpretación mucho más profunda y humanizadora: “Si perdonáis y compadecéis, habrá perdón y compasión en el mundo, y si no, no los habrá” …
Jesús está diciendo una obviedad: que el mundo será finalmente lo que nosotros hagamos de él; que cada persona y la humanidad entera están por construir, y que está en nuestras manos que esa realidad que vamos conformando día a día sea plena y armoniosa, o un desastre fruto de nuestras pasiones. Cada uno de nosotros, el mundo, la humanidad, se pueden estropear y está en nuestra mano evitarlo.
Esta interpretación implica además que el mundo tiene sentido, que está dirigido a un fin, y que el sentido de nuestra vida está íntimamente ligado al destino del mundo. Dios nos ha engendrado por amor y nos ha confiado a nosotros, sus hijos, la tarea de completar su obra. Y para que podamos llevar a cabo esa tarea, nos ha insuflado su espíritu, es decir, nos ha dotado de la capacidad de amar y de compadecer, y también nos ha dotado de inteligencia y libertad. Pero aquí surge el problema, porque la libertad nos permite obrar el mal, y el mal nos impide caminar hacia la meta.
Por eso, nuestra tarea, el sentido de nuestra vida, es la lucha contra el mal, pero nunca podremos vencer si no tenemos confianza en el resultado; si creemos que el amor y la compasión son armas demasiado pobres para luchar contra la injusticia, la opresión y la explotación que ejercen los poderosos con las poderosas armas que proporciona el poder.
Pero Jesús tenía gran confianza en el poder de la semilla, de la levadura, capaces de hacerse árbol frondoso o fermentar toda una masa, y por eso debemos mantener la confianza en que si no cejamos, alcanzaremos un mundo donde el mal haya sido erradicado; y no porque confiemos en nuestras fuerzas, sino porque en Jesús hemos visto que Dios está de nuestro lado en esta lucha contra el mal. Sin su implicación tendríamos la batalla perdida de antemano, porque el mal es mucho más fuerte que nosotros; porque lo tenemos tan arraigado, que solemos estar a su merced (Romanos 7,15).
Como dice Juan Antonio Estrada en su obra “La pregunta por Dios”, tenemos la capacidad de luchar contra el mal físico, usando la razón y con la ayuda de la ciencia, y contra el mal moral, movidos por nuestra conciencia que nos empuja a defender los derechos de todos. El soplo de Dios que alienta en nosotros es el que nos da la fuerza necesaria para evitar que el mal se adueñe de nosotros, para impedir que nos termine doblegando y nos esclavice, para combatir su potencial destructivo, para afrontar los sucesos negativos con esperanza, para seguir soñando con un final feliz donde el mal haya sido definitivamente aniquilado…
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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