6 de setiembre de 2026
La lectura del evangelio se hace desde muchas perspectivas. Eso, más que un peligro, es una riqueza.
Dice el evangelio de este domingo que SI DOS DE VOSOTROS SE PONEN DE ACUERDO para pedir algo, el Padre lo dará. Pedir la unidad es algo muy recurrente en la Iglesia, quizá porque es difícil conseguirla. Aunar voluntades, unificar criterios, trazar planes de acción conjunta es siempre un desafío. Por eso en la eucaristía de cada jornada pedimos insistentemente por la paz y la unidad.
Pero la unidad es cosa distinta de la uniformidad. A veces nos da la impresión de que hay cristianos y jerarcas que hablan mucho de unidad, pero entienden por tal lo que ellos entienden, su manera de ver las cosas, que nadie se salga del marco establecido. Buscan una uniformidad que les ampara y que les interesa. Dicen: «Vamos en la misma barca», aludiendo a la “barca” de la Iglesia. Pero quizá sería más interesante pensar y decir que vamos hacia el mismo puerto, que es Jesús, aunque lo hagamos en distinta barca, distinta ideología, distinta Iglesia, incluso sin Iglesia.
Por eso es tan importante, en la vida y en la fe, aprender la lección de la diversidad. La grandeza de la vida es que, aunque seamos diversos, podemos caminar hacia el horizonte común de la dicha. Termina el verano, tiempo en que quizá hemos palpado un poco más de cerca la manera diversa de vivirnos y de entendernos. Pero esto habría que mantenerlo durante todo el año. Unidos en la diversidad caminemos como humanos y como creyentes.
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