El lenguaje humano es esencial en la comunicación. Va acompañado por una amplia gama de sonidos, matices, pausas, acentos. Además, empleamos gestos expresivos. También, a veces las palabras sobran: es suficiente una mirada, un abrazo, un gesto sencillo para comunicar una emoción profunda.
En general, las palabras son esenciales. La palabra revela a quien la pronuncia, es lazo de comunicación humana, unifica o separa, incide en todo el ser de la persona. La palabra actúa, se manifiesta y desempeña su papel como expresión; la relación causa-efecto es importante. En la liturgia, la palabra sacramental pertenece a lo que hoy llamamos palabra ‘performativa’ o eficiente. Es palabra que se manifiesta en el pasado, el presente y el futuro. Incide en la propia existencia personal en relación a una tarea de notable trascendencia.
Para que estas palabras sean eficientes se necesitan unas condiciones concretas: pueden ser beneficiosas o estériles, dichosas o miserables, creadoras o devastadoras. Es necesario, además, que sean correctas e íntegras, sinceras y coherentes por parte de quien las pronuncia.
En el mundo actual no predominan éstas precisamente. A diario escuchamos palabras hirientes, que descalifican al contrario por el mero hecho de serlo, mentiras dichas con total impunidad, verdades a medias según convenga. La mentira no es honesta en ningún caso.
Dios se comunica con palabras y su revelación se ha materializado en las Escrituras. Más aún, Jesucristo es la Palabra hecha carne, cuerpo. Por la palabra fueron hechas todas las cosas y palabra de promesa es la palabra de Dios (Jn 1,1-18). Tener los oídos atentos a la palabra de Cristo y pronunciar palabras veraces en la reunión de los hermanos/as es condición básica del creyente. Vivir de apariencia y prepotencia no es seguir a Jesús. La verdad se anuncia desde el ser interior que nos habita. En la carta de Pablo a los Romanos (13,8-10) se nos dice que el amor al prójimo incluye todos los demás mandamientos. Es más, esos otros mandamientos, si no están impulsados por el amor al prójimo, dejan de tener todo el valor moral para convertirse en pura hipocresía.
Es lo que Jesús nos advierte en esta perícopa sobre la corrección fraterna. Jesús al ir construyendo una comunidad ‘cristiana’, no renuncia a darle un estatuto referente a la admisión o exclusión de sus miembros, pero establece un sistema de valores: primero dialogar con la persona, después buscar consejeros, discernir en común, finalmente tratar el asunto a nivel de comunidad. Sólo así se evita la arbitrariedad dictatorial y la prepotencia caracterizada por la actitud arrogante, soberbia y altanera de una persona que utiliza su autoridad para obtener beneficios o imponer su voluntad sobre los demás. Esta actitud genera sentimientos de frustración, malestar, miedo, ira y daño emocional en aquellos que la sufren.
Volviendo al texto, Jesús señala: “Si reprendes a tu hermano y te hace caso, has salvado a tu hermano”; de la prepotencia, de la soberbia, de un ego subido que no tiene límites, del desprecio sistemático de todo aquel que no piensa como yo.
Y continúa con unas palabras que siempre han sido interpretadas referidas al perdón de los pecados ejercido por el ministerio de los sacerdotes, pero que supera ampliamente ese ámbito. Es muy poco probable que Jesús tuviera en mente una iglesia como la conocemos hoy. El perdón es una actitud fundamental de toda persona. Es un proceso emocional y cognitivo que implica renunciar a sentimientos negativos, como el resentimiento y la ira, hacia una persona que nos ha hecho daño y viceversa. Es un acto de liberación personal que posibilita la curación emocional y el crecimiento personal.
Jesús va más allá de lo meramente humano y sugiere que “todo lo que atéis en la tierra atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo”. Viene a ser el nexo de unión entre el ámbito divino y humano en armónica reciprocidad, nunca separados como nos enseñaron…
Atar y desatar tienen significados diversos en un sentido y en otro. Atar relaciones de convivencia, de buena vecindad, de acogida, de equidad, de inclusión, de generosidad, de verdad, de coherencia. Desatar prejuicios, conflictos, desencuentros, rencor, miedos, venganzas sibilinas, ‘egos’ asfixiantes, prepotencia manipuladora. Todo ello en un plano positivo como Jesús explica a sus discípulos y discípulas.
¿Estamos dispuestos/as a seguir esta práctica cotidiana? ¿Serán los poderosos y dirigentes capaces de aprender y poner en práctica algo tan comprometido y sanador en favor de los ‘humildes de la tierra’ (Sal 37,11)? ¿Tendrán esos mismos jerarcas la valentía de realizar una autocrítica a los regímenes políticos neoliberales, totalitarios, populistas y nacionalistas que dividen, enfrentan, manipulan la historia mintiendo descaradamente y enriqueciéndose a costa de los ciudadanos? ¿Serán capaces de ‘desatar’ detalles menores (competencias, responsabilidades, administrativas y autonómicas, protocolos, vanas disputas, oportunismos…) mientras se ignoran o toleran los errores y faltas de mayor gravedad como la justicia, la honestidad y la verdad? “¡Ay de vosotros… que no dejáis pasar el mosquito y os tragáis el camello! (Mt 23,24).
¿Estará la Iglesia dispuesta a desatar ‘entuertos’, palabras obstinadas, actitudes clericales, exclusiones y discriminaciones injustas? ¿Atará ella el sentir común de la fraternidad-sororidad que proclamó ‘Fratelli tutti’ como valor y elemento ordenador de las sociedades, las naciones y la convivencia mundial?
¿Contribuiremos nosotros a ‘atar y desatar’, en el sentido positivo y generoso que utiliza Jesús, como estilo y norma de vida personal y comunitaria? ¿Ayudaremos a “desarmar las palabras” evitando la descalificación permanente del adversario, como León XIV recordaba en su discurso en las Cortes? “La firmeza no exige desprecio y la discrepancia no conlleva humillación”. “No podemos creer en Jesús y promover la guerra, abandonar a quien sufre o a quien huye de la miseria”. Renunciar, pues, a las expresiones hirientes, los juicios inmediatos y las calumnias en las familias, el trabajo y las redes sociales.
Y termina el texto con una frase profética: “porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. ¿Somos capaces de crear comunidad, vivir la comunión en la diversidad, aceptar la pluralidad, respetar los derechos humanos de toda persona, y entablar el diálogo aun en la discrepancia?
¡Activemos la corrección fraterna! desde el amor que nos constituye como hijos e hijas de Dios, como personas de toda condición.
¡Shalom!
Mª Luisa Paret.
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