6 de septiembre
Mt 18, 15-20
Nos hallamos ante un texto que, con toda probabilidad, no tuvo su origen en Jesús, sino en el ordenamiento que fue surgiendo a medida que las primeras comunidades se iban desarrollando.
Y fue en él donde, a lo largo de los siglos, se asentó la práctica de la llamada “corrección fraterna”. Práctica que, más allá de su posible buena intención, derivaba con facilidad en juicio sobre actitudes y comportamientos no aceptados por la persona que la ejercía.
De ese modo —quizás como efecto no deseado—, se fue instalando un clima de juicio —con sus secuelas de culpa, castigo y miedo—, que crecía a la par que el fomento de una actitud paternalista por parte de quienes se creían llamados a velar en todo momento por la “ortodoxia” del grupo.
En el peor de los casos, aquella práctica fue dando lugar a actitudes de vigilancia y censura, típicamente sectarias que, en algunos grupos, se siguen ejerciendo a día de hoy.
Resulta prácticamente imposible que la llamada “corrección fraterna” no se deslice hacia actitudes paternalistas, moralizantes y enjuiciadoras. En su lugar, es preferible practicar la verdad (humildad) —el reconocimiento en mí mismo de aquello que me altera cuando lo veo en la otra persona— y el respeto, que, aun pudiendo preguntar, nunca olvida que tendemos a ver más fácilmente la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio (Mt 7,3).
Es innegable que todo grupo necesita de un marco que regule su funcionamiento. El problema surge cuando ese marco se sitúa por encima de las personas, cayendo en la trampa vigorosamente denunciada por Jesús, cuando proclamaba que “no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre” (Mc 2,27).
ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO (Boletín semanal)
No hay comentarios:
Publicar un comentario