Existe un consenso extendido, dentro y fuera de las comunidades cristianas, de que en gran parte del llamado Occidente se llevó a cabo un proceso social y cultural que desplazó la impronta religiosa del centro de la vida cotidiana. Son claros los signos de este corrimiento, como ya han descripto ilustres teólogos y pastoralistas. Corrimiento necesario y positivo para la Iglesia, aunque en algunos hermanos provoca un dejo de nostalgia o hasta fastidio.
Haber salido del centro supone estar en los márgenes. El cristianismo no ha desaparecido de las sociedades urbanas posmodernas, pero el foco ya no está puesto sobre él, sobre sus prácticas y su cosmovisión. Márgenes o periferias, hacia las cuales el Papa Francisco nos invitaba a “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar” (Evangelii Gaudium, # 20), para asumirlas como lugares prioritarios para la misión de la Iglesia. Ya el profeta resaltaba el valor de los centinelas, de los que están en las puertas y murallas de una ciudad, en sus fronteras, porque ellos visualizan las primicias de lo que viene y por eso se les pregunta, una y otra vez, “cuánto queda de la noche” a lo que responden “llega la mañana” (cf Is, 21, 11-12). A la Iglesia como institución y a sus comunidades de vida les viene muy bien aprovechar el lugar periférico en el que ahora estamos, porque nos hace ganar en humildad, capacidad de escucha, sensibilidad hacia lo que viven y sueñan las personas concretas, dimensión profética.
Estar en ese lugar periférico nos permite, más que quedarnos en debates sobre las carencias y faltantes que tenemos como Iglesia, enfocarnos en la manera en que los creyentes habitamos hoy la historia con “vocación a la escucha, al diálogo y al servicio” (cf. MH, # 19). Al hacerlo, al poner el foco en ese lugar muchas veces alejado de los grandes titulares, quizás descubramos que algo está surgiendo -y para bien- en estas sociedades occidentales calificadas de posmodernas y poscristianas. Algo que puede ayudarnos a los cristianos a ser mejores servidores de los hombres y de las mujeres con los que convivimos y a los cuales seguimos anunciando el Evangelio siempre nuevo, siempre potente, siempre agua viva de Jesucristo.
Tres hechos me mueven a proponer que veamos lo que está surgiendo. El primero son los cientos de miles de personas en las calles de Madrid y Barcelona para recibir a León XIV. Personas diversas procedentes de experiencias y contextos plurales, algunas de ellas con fuerte historia anticlerical. Con seguridad, la mayoría de ellas sin “carné de afiliación” o con cuotas sin pagar en materia del “deber ser” o con situaciones vitales “irregulares”. No todos de comunión dominical o militantes de movimientos y parroquias. Varios seguramente no creyentes, pero curiosos, en búsqueda de algo con sentido. ¿Por qué esta cantidad de personas se han movilizado? ¿Por qué fueron y vieron? O mejor dicho, ¿qué nos puede decir o que ha puesto de manifiesto esta movilización, esta atención a una persona que venía de afuera a visitarlos?
Si la visita del Papa a España sorprendió por la cantidad de personas en las calles, su paso por Francia no dejó de ser impactante. Lógicamente se podía prever una gran convocatoria en un santuario religioso como Lourdes, pero lo visto en París llama la atención. Cientos de miles de personas a lo largo de Champs Elysees y rodeando la plaza de la Concordia, para saludarlo y participar en una misa. Una tremenda movilización en una ciudad donde el laicismo y el corrimiento hacia los márgenes de lo religioso tiene un enorme arraigo. Acontecimiento inesperado y que algunos interpretaron con las lentes antiguas: así se habló de un resurgir de la religiosidad católica, el regreso de la “hija predilecta de la Iglesia”, una especie de revancha de la vivencia religiosa de antaño. Me parece que, por el contrario, estos hechos requieren ser vistos con lentes diferentes, desde la periferia en la que el cristianismo se encuentra en nuestras sociedades, para poder ver, como los centinelas bíblicos, lo nuevo que está gestando una Iglesia en salida.
El tercer hecho que merece una lectura atenta se produjo en Argentina. Durante el primer fin de semana de octubre, como es habitual desde hace 52 años, se realizó la Peregrinación a Luján, una movilización de fe y piedad popular entre Buenos Aires y el santuario mariano, distante a 70 kilómetros. Este año participaron en la peregrinación 2.700.000 personas, la mayor cifra en más de cincuenta años. Algunos fueron con las parroquias, los colegios o los movimientos eclesiales, pero la mayoría lo hizo con familiares y/o amigos. Una multitud variopinta, policlasista, con diversos grados de adhesión a lo religioso. Con muchísimos jóvenes. Todos unidos en torno a una Madre a quien se siente que nos acompaña, nos espera y nos acoge a todos, sin excepción, condicionamientos o exámenes. Caminando como pueblo, juntos, en torno a una meta. A un mes de la visita del Papa a la Argentina…
En su pontificado, Francisco recuperó el concepto de “sensus fidei” como un parámetro indispensable para la Iglesia. Ese olfato “ese instinto de fe que los ayuda (a todos los bautizados) a discernir lo que viene realimente de Dios” (EG, # 119) es una fuente de sabiduría, muchas veces sorprendente para los “sabios” pero que vale la pena escuchar y percibir, para interpretar más profundamente lo que vive, siente y busca el Pueblo de Dios en estos tiempos. Intuyo que si ahondamos en el sensus fidei podremos ver lo que está surgiendo. Porque, como bien señala León XIV en su encíclica, “creemos en la fuerza del Reino, que se desarrolla a partir de la pequeñez de un grano de mostaza, como una semilla que, una vez sembrada, brota y crece”, pues “mientras el ruido de la confusión nos rodea, el bien crece silenciosamente desde la tierra (MH, # 210). El posicionamiento (en salida), la cercanía y la presencia junto a las personas (olor a oveja), la sensibilidad hacia el dolor, el sufrimiento y la desesperanza (el hospital de campaña), el foco en la alegre evangelización antes que en cuestiones autorreferenciales, han sido y son abonos y nutrientes que priorizó Francisco y que continúa León. La semilla del Reino crece en una Iglesia samaritana, encarnada y no atrapada en discusiones litúrgicas o de poder, que acompaña con humildad y cercanía a la humanidad que camina y ansía una vida buena.
Ese estilo eclesial hace que las personas, más allá de sus filiaciones religiosas, purezas doctrinales o debates teológicos, vuelvan a conectar con sus propuestas. Algo está surgiendo, por debajo de cuestiones académicas, debates normativos, interpretaciones sesudas. De manera muy variada, a los tumbos, subiéndose a los árboles como nuevos Zaqueos, confiados en que existen comunidades que confiesan a Jesucristo y a su Reino y que los ven, los reconocen, los reciben y están con ellos, mano a mano y como servidores, las personas se acercan. Una Iglesia que está aprendiendo a “acoger, trabajar y contemplar”, como nos canta Salomé Arricibita. Una Iglesia que surge desde los márgenes culturales, samaritana y servidora, que asume que el viento del Espíritu sopla donde quiere (cf. Jn 3, 8), y que está llamada a ser un cauce amplio donde ““custodiar e interpretar la vocación de la humanidad de una vida plena y justa” (MH, # 3).
Gustavo J. Magdalena
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