FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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jueves, 15 de octubre de 2026

A Dios, lo que es de Dios

 


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Mt 22, 15-21

Leer el evangelio

15 Se retiraron entonces los fariseos a elaborar un plan para cazar a Jesús con una pregunta.

16 Le enviaron a sus discípulos con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:

– Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios con verdad; además, no te importa de nadie, porque tú no miras lo que la gente sea. 17 Por eso, dinos qué opinas: ¿está permitido pagar tributo al César o no?

18 Calando Jesús su mala intención, les dijo:

– ¿Por qué me tentáis, hipócritas? 19 Enseñadme la moneda del tributo.

Ellos le ofrecieron un denario 20 y él les preguntó:

– ¿De quién son esta efigie y esta leyenda?

21 Le respondieron:

– Del César.

Entonces les replicó:

– Pues lo que es del César devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a Dios.

(Mt 22,15–21)

En el evangelio de hoy (y en el del próximo domingo) Jesús discute en Jerusalén con distintos grupos que representan el poder religioso y, de algún modo, el político, social y económico. No nos ha de extrañar esta discusión, pues en los tres domingos anteriores hemos escuchado una serie de parábolas en la que estos grupos no quedaban bien parados. La parábola de los dos hijos enviados a trabajar a la viña, la de los labradores homicidas y la de las bodas del hijo es una crítica al rechazo a Juan Bautista (Mt 21,28-32), al Hijo del Hombre (21,33-46) y a los enviados “pospascuales” (22,1-14).

Tras haberlas escuchado, los fariseos se “han retirado”. Lo que ha sucedido es que se han visto reflejados en el hijo que dijo “sí” al padre pero luego no va a trabajar a su campo, en los viñadores malvados que tuvieron la osadía de matar al hijo y en los invitados al banquete que rechazaron la invitación. Saben que el pueblo está con Jesús y que no les conviene enfrentarse más a él, pero no abandonan su intento de acusarle de algún modo. Por eso, envían a sus discípulos junto a los herodianos para hacerle una cuestión resbaladiza ante la cual no será fácil salir airoso: “¿es lícito pagar impuesto al César o no?”.

¿Por qué esta pregunta? Porque, si Jesús responde que hay que pagar el impuesto, quedará patente su “sumisión” a los poderes de la tierra, algo totalmente inadecuado en un buen israelita que ha de tener como único rey y señor a Dios. Además, se aliaría así con quienes están oprimiendo al pueblo, lo que le pondría en contra de este. Si, en cambio, responde que no, podrá ser acusado de traición política. En el tiempo de la comunidad mateana, a su vez, el debate sobre los impuestos de Roma seguía siendo oportuno pues existía conflicto ante el llamado fiscus iudaicus, el tributo que Vespasiano impuso a los judíos a partir del año 70 d.C. como consecuencia de su victoria en la guerra judía.

También hoy es pertinente esta cuestión para nosotros. Toda la realidad social, pero quizás aún con más fuerza los últimos acontecimientos vividos (la llegada de miles de migrantes a Ceuta, el desahucio de Maricarmen…), nos enfrentan a esta pregunta. Los fariseos de turno nos quieren hacer creer que estamos llamados a posicionarnos con el César o contra él para acusarnos, así, de izquierdistas o derechistas, de progres o carcas, de defender un color u otro…

Jesús lo primero que hace es desenmascarar la verdadera intención de quienes le cuestionan y verbalizar la malicia de la pregunta. Acto seguido, les pide que muestren una moneda (a diferencia del evangelio de Marcos, donde Jesús pide que se la traigan). Al hacerlo, Jesús pone en evidencia que aquellos que le están intentando acorralar son los primeros que pagan el tributo, pues lo llevan consigo. Por eso responde diciendo “dad al César lo que es del César”.

Pero, en el fondo, lo que hay detrás de la cuestión es la imagen que se tiene de Dios. Y, para Jesús, lo verdaderamente importante es que se reconozca a Dios como el único Señor y que se viva desde Él. Esto es lo que reclama con su respuesta. Por eso añade “dad a Dios lo que es de Dios”, interpelando directamente de nuevo a los mismos que le cuestionan. Porque ¿qué es “lo de Dios” sino nosotros mismos que hemos sido creados a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,27)? No es cuestión de dar de lo que nos sobra, sino de darnos nosotros mismos al servicio de quien lo necesita. Los fariseos, como los viñadores de la parábola, en lugar de “dar frutos”, se habían “apropiado de la herencia”; en lugar de entregarse al servicio del pueblo, que debía ser su misión, se aprovechaban de él.

También a nosotros se nos dice hoy “dad a Dios lo que es de Dios” y esta invitación, junto a la afirmación de que “lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40), se convierte en una profunda interpelación para que hagamos vida su Palabra y sepamos acoger al que no tiene hogar, compartir nuestros bienes con el hambriento y el sediento, vestir al desnudo y visitar al enfermo o encarcelado (cf. 25, 35-36). Frente a la deshumanización y el rechazo al diferente, dar a Dios lo que es de Dios es hacernos cargo, vital y afectivamente, de quien es hermano o hermana nuestra.

Más allá del bombardeo partidista que propicia la fuerte polarización y el enfrentamiento político, que hace del miedo una herramienta de poder y que utiliza a las personas más vulnerables como instrumentos de presión, los creyentes en Jesús somos invitados a hacer vida su evangelio. Y eso no pertenece a ningún césar. Eso es dar a Dios lo que es de Dios.

Inma Eibe, ccv

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