FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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miércoles, 15 de junio de 2022

EL PECADO DE OMISIÓN EN LA IGLESIA CATÓLICA (DOS VISIONES DISTINTAS)

col coviella

 RELIGIÓN DIGITAL

Introducción

De los 200 años del cardenal Martini, que dijo en 2009 que: “La Iglesia se ha quedado 200 años atrás”. A los 100 años que el cardenal Omella, dijo (13-5-2022) que son necesarios para asimilar el cambio. “…Somos partícipes de ese cambio pero el fruto no se verá hasta dentro de 100 años…”. Dijo también que “…el Concilio Vaticano II, no lo tenemos asumido del todo… se necesitarán 100 años por lo menos para integrarlo bien…”

Estoy de acuerdo con la afirmación del cardenal Martini. Y veo la de Omella muy pesimista y falta de valentía cuando menos. ¿Estamos ante un pecado de omisión?

Estamos en un proceso sinodal. La Iglesia entera (todos los bautizados, es decir, Papa, obispos, sacerdotes, consagrados y laicos) participan, garantizando el tomar parte en la reflexión, buscando la comunión, la fraternidad y caminando juntos en la misión. Hasta el 15 de agosto de 2022 es el plazo para la presentación de los resúmenes de las consultas por parte de las Conferencias Episcopales, las Iglesias Orientales Católicas sui iuris y los demás organismos eclesiales.

Comisión y omisión

Todo lo negativo que se genera en el mundo, se genera también por la apatía o la omisión de las personas. Lo negativo que se haga o se permita siempre acaba repercutiendo a toda la humanidad. Los pecados de comisión son aquellas acciones negativas que se realizan de manera proactiva. Mentir, robar, calumniar, etc. son ejemplos de pecados de comisión. El pecado de omisión es un pecado que sucede al no hacer algo que es correcto. Es preciso tomar conciencia de que si el bien no actúa, el mal sí actúa.

“…El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado…” (Sant.4,17). En la parábola del Buen Samaritano vemos que el hombre que necesitaba ayuda es visto por un sacerdote y un levita que pasan de largo. Los dos sabían lo que hacían y no hicieron nada. El tercer personaje, un samaritano, se detuvo y tuvo compasión del que necesitaba ayuda. (Lc.10,30-37).  Jesús nos dice, con este relato, que es pecado también el evitar hacer el bien.

Y en Mt.25,31-46, viene a decir lo mismo cuando describe que los que vieron a otros hambrientos y sedientos, pero no les dieron agua y alimento; o los que vieron a gente con necesidad de vestido o enfermos o en la cárcel y no hicieron nada para vestirlos, consolarlos, visitarlos, son conductas de pecado de omisión, porque podrían haber atendido a esas personas en esas necesidades y no lo hicieron.

Carlo María Martini: “La Iglesia se ha quedado 200 años atrás”

La rigidez «proviene del miedo al cambio. Detrás de toda rigidez «hay un desequilibrio». A Carlo María Martini, fallecido en 2012, uno de los más prestigiosos biblistas católicos, se le atribuye la afirmación, poco antes de morir: «la Iglesia católica lleva más de 200 años de retraso”, quería la revisión del papel de la mujer en la Iglesia, conocedor de que «en la historia de la Iglesia hubo diaconisas. No se puede entender una Iglesia sin mujeres, pero mujeres activas en la Iglesia. Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia.

“…Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir… El sacerdocio ministerial es uno de los medios que Jesús utiliza al servicio de su pueblo, pero la gran dignidad viene del Bautismo, que es accesible a todos…”“Evangelii Gaudium” (2013),( nº: 104), año 2013.

"La Iglesia se ha quedado doscientos años atrás (decía Martini en el año 2009)"

-Nuestra cultura ha envejecido,

-Las casas religiosas están vacías y el aparato burocrático de la Iglesia crece.

-Los ritos y hábitos son pomposos.

Hay cuestiones candentes que afectan a la Iglesia y que, en palabras del cardenal Martini, no pueden esperar más y han de ser abordadas de forma inmediata. Temas como la actitud de la Iglesia hacia los divorciados (es obligado hacer una revisión de la normativa canónica y eclesial), el nombramiento y la elección de los obispos, el celibato de la vida consagrada y los sacerdotes, el papel de los laicos en la Iglesia, la relación entre la jerarquía eclesial y la política y los gobiernos, son algunas de esas cuestiones.

La Iglesia necesita hacer una mirada retrospectiva, ver lo que se ha logrado, considerar los pecados. Martini expresó que la Iglesia debe reconocer sus propios errores y debe realizar un cambio radical.

¿Cómo tiene que ser la Iglesia del siglo XXI?

1-Se precisa conversión. Las preguntas sobre la sexualidad y sobre todos los temas que implican el cuerpo son un ejemplo de ello. Tenemos que preguntarnos si las personas aún escuchan los consejos de la Iglesia. Muchas personas se han alejado de la Iglesia, y la Iglesia se ha alejado de las personas ¿Es la Iglesia todavía una autoridad de referencia o sólo una caricatura en los medios? Hoy no es la Iglesia la única que produce cultura, ni la primera, ni la más escuchada. Por tanto, es necesario un cambio de mentalidad pastoral.

2-Fidelidad a la Palabra de Dios. El Concilio Vaticano II devolvió la Biblia a los católicos.

3-Los Sacramentos. Los sacramentos no son una herramienta para la disciplina, sino una ayuda en los momentos del caminar y en las debilidades de la vida.  ¿Llevamos los sacramentos a las personas que necesitan una nueva fuerza?

4-La tradición. La tradición es el rio vivo. La Tradición es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes, decía Benedicto XVI en abril del 2006. La Tradición es pues la suma total del dogma, moral, disciplina, liturgia y actividad pastoral. Los elementos que completan lo que es la Tradición si pueden cambiar.

La tradición no es una colección de cosas, de palabras, como una caja de cosas muertas. La Tradición es el río de la vida nueva, que viene desde los orígenes, desde Cristo, hasta nosotros, y nos inserta en la historia de Dios con la humanidad. (3 mayo 2006)

Cardenal Juan José Omella. “…los cambios se realizan lentamente: necesita 100 años…”

El 13 mayo 2022, en Fórum Europa estuvo el Cardenal y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Juan José Omella.

Durante su intervención dijo que en este momento estamos en un cambio de época y como dicen los entendidos, los cambios de época se realizan lentamente: necesita 100 años… con lo cual nosotros somos participes de ese cambio pero el fruto no se verá hasta dentro de 100 años. Y en ese tiempo de crisis, de cambio no sabemos muy bien por dónde ir.  En estos momentos hay que discernir cuáles serían los grandes retos que tenemos delante y por los que tenemos que trabajar.

Ante la pregunta por ¿qué opina de la incorporación de la mujer al sacerdocio? El cardenal recuerda que ya Juan Pablo II dijo que el tema del acceso de las mujeres al sacerdocio estaba cerrado. … Tengo que decir lo mismo, dijo Omella. Ahora bien, eso no quiere decir que se pueda plantear y eso los teólogos tendrán que decir al respecto y tendrá que decir la Santa Sede, el Papa. Yo, dijo el cardenal, si hay cambio lo aceptaré y si no hay cambio también aceptaré.

Ahora bien a veces vemos que el acceso o no acceso del sacerdocio a las mujeres es un tema visto desde el poder; yo creo, dijo, que eso es una un concepto equivocado. En esta línea de la sinodalidad, lo importante no está en los cargos de arriba (Papa, obispos, sacerdotes). Venimos de un concepto piramidal de la iglesia donde el poder está arriba y el pueblo abajo obedeciendo. Esa visión piramidal el Concilio Vaticano II, que no lo tenemos asumido del todo (se necesitará 100 años por lo menos para integrarlo bien) le ha dado la vuelta.

Partimos (nueva visión) de un círculo; un círculo donde el centro es el pueblo de Dios, todos los bautizados somos el sujeto, el centro y cada uno está al servicio de este pueblo de Dios. ¿El obispo qué hace? Como guía de la comunidad va delante indicando el camino pero a la vez tiene que estar en el centro compartiendo y a la vez detrás recogiendo a todos los que se van quedando. Es el servidor de la comunión.

¿Una mujer puede presidir? Sí; pero eso Dios dirá si esto se puede hacer o no se puede hacer; Dios dirá. Ahora bien lo que importa no es el poder sino el servicio a la comunidad y ese servicio a la comunidad para ejercicio de la comunión lo podemos hacer todos pero de manera especial lo tiene que hacer el sacerdote y el obispo. Es preciso escuchar qué dice y qué quiere el espíritu en este momento y juntos discernir y tomar la decisión y no por votos sino por consenso, porque creemos que esa es la voluntad de Dios. Eso exige discernimiento y saber ceder. Es lo que pasó en el Concilio de Jerusalén (siglo I).

No estamos acostumbrados a esto. Creo, dijo Omella, que el Papa, para todas esas cuestiones (sacerdocio de mujer…etc.) ha marcado el camino, un camino sinodal; esta actitud que es nueva para nosotros, ha estado en el origen de la Iglesia. El ADN de la Iglesia es la sinodalidad. Lo estamos de alguna manera recuperando.

¿PODEMOS AÚN LLAMAR “DIOS” A LO QUE INSPIRÓ A JESÚS?

col arregi

 

Texto prolongado de mi intervención en la Consulta Internacional online Por un humanismo bioecocéntríco. ¿Qué podemos aportar los seguidores de Jesús? (5 de junio de 2022)

¿Qué podemos aportar los seguidores de Jesús al humanismo bioecocéntrico? No un plus de valores, ni un fundamento exclusivo, sino la inspiración de Jesús, la inspiración que lo movió y que emana de su figura humana, de sus actitudes y opciones vitales, de sus relaciones y prioridades, de sus palabras libres y de sus acciones liberadoras.

1. Como toda inspiración, como el aire que respiramos y espiramos, la inspiración de Jesús es universal y particular a la vez. Es universal, porque transciende toda forma física, psíquica, cultural; pero es también inevitablemente particular, parcial, y se expresa en una forma, en una vida, en una historia humana concreta, cuya memoria ha sido transmitida de manera libre, creativa, plural, no supeditada a la “verdad historiográfica”, en un rico lenguaje simbólico, complejo y coherente: mesianismo, liberación universal, sanación, fraternidad-sororidad, filiación divina, comensalía abierta, pan y vino, bienaventuranzas, justicia y paz universal, gracia, perdón, cielo nuevo y tierra nueva, encarnación, resurrección, cristificación, etc…

Ninguno de estos y otros motivos simbólicos por separado es exclusivo de la tradición de Jesús (casi todos provienen de la tradición judía), pero juntos forman un corpus lingüístico, narrativo, característico, e insisto: plural. Son palabras, figuras, relatos… que pueden reavivar una Presencia, infundir una inspiración, iluminar la conciencia e impulsar la acción. Pueden evocan y despertar la inspiración de Jesús, lo que le inspiró a él y lo que él nos inspira.

2. ¿Qué inspiró, pues, a Jesús? A Jesús le inspiró “ESO” mismo que anima al cosmos, la vida y también, por lo tanto, el compromiso en favor de un humanismo bioecocéntrico, un humanismo centrado en la vida de todos los vivientes y en la comunión de todos los seres. A ESO –el Espíritu que, según el mito del Génesis, vibraba o aleteaba sobre las aguas primordiales, es decir, el aliento profundo de la vida y de todo lo que es– Jesús lo llamaba “Dios” (Elohim) con diversos calificativos como Señor, Creador, Rey, Abbá… Y mi pregunta es: ¿podemos hoy todavía calificar a ESO con los mismos calificativos de Jesús? Es más: a ESO, a la hondura de la realidad, ¿podemos todavía llamarle también “Dios”?

Pero quede claro desde el principio: si la respuesta a la pregunta señalada fuese afirmativa, ello no significaría de ningún modo que el cosmos, la vida y el compromiso ético-político-ecológico carezcan de aliento profundo si negamos a “Dios” (una afirmación absurda que, sin embargo, sigue siendo muy frecuente en el discurso de muchos creyentes, teólogos y dirigentes eclesiásticos); significaría más bien lo contrario: que al aliento profundo o a lo más real de cuanto existe también se le podría llamar “Dios” (“Quien permanece en el amor permanece en Dios”: 1 Jn 4,16). Pero ¿es legítimo seguir todavía llamándolo así?

3. La palabra Dios es la más equívoca de todos los diccionarios. Es signo de contradicción no solo para quienes lo afirman como lo más real, sino también para quienes lo niegan como enteramente irreal. Quienes dicen “creer” en “Dios” creen en cosas muy distintas, incluso contradictorias; igualmente, quienes rechazan a “Dios” rechazan cosas muy diversas; y sucede a menudo que lo que afirman muchos llamados creyentes tiene poco que ver con lo que niegan muchos llamados ateos, y viceversa.

En estas condiciones de confusión, ¿merece la pena seguir hablando todavía de “Dios”? Es discutible, lo reconozco, pero personalmente –es una opción personal–, a pesar de todos los equívocos, pienso que sí. Y pienso que sí por tres razones fundamentales: en primer lugar, porque la palabra Dios, con todos sus equívocos, está ahí en todos nuestros diccionarios, y en nuestro lenguaje desde milenios antes que los diccionarios; en segundo lugar, porque, para lo mejor y también para lo peor, esa palabra forma parte inseparable de mi historia de la que no quiero renegar y que tampoco quiero canonizar; y, en tercer lugar, porque pienso que cualquier circunloquio con que quisiéramos reemplazar el término Dios no sería menos equívoco que éste.

4. En este tiempo de transición hacia un paradigma posteísta o transteísta, y a pesar de la certeza que albergo de que un día –seguramente más pronto que tarde– la imagen tradicional de Dios como Ente Supremo personal extrínseco al mundo y tal vez la misma palabra Dios desaparecerán, a pesar de ello, hoy todavía no descarto su uso. Dependiendo de cómo me siento o dónde o con quién me halle, no renuncio a decir “Dios” para referirme, no a ningún Ente Supremo omniexplicativo, sino al Misterio universal. No absolutizo ninguna palabra, menos aun la palabra Dios, porque el Misterio absoluto conlleva la radical desabsolutización de todo vocablo, de toda doctrina, de toda imagen.

Tampoco pretendo que todo el mundo atribuya a la palabra Dios el mismo significado, pues el significado cambia sin cesar, y Dios está más allá de todos los significados de los diccionarios y de los credos. Dígalo, pues, cada cual con los términos y las figuras que más sugerentes y razonables sean para él, de la manera que le resulte más coherente con su visión, su lenguaje, su gramática del mundo. Y aun cuando hablemos lenguajes distintos y tracemos significados diversos, en la medida en que el espíritu o el alma de la vida nos inspiren, todos respiraremos el mismo Aliento, todos nos entenderemos en lo Incomprensible más allá de la palabra.

Hoy, domingo 5 de junio de 2022, la liturgia católica celebra Pentecostés (“quincuagésimo” en griego), heredera de la fiesta judía de Shavuot, la fiesta primaveral de las “primicias” o de las primeras gavillas de la cosecha, 50 días después de la Pascua, la fiesta en que también celebraban la entrega por Dios a Moisés de las tablas de la Ley de la libertad. Pentecostés significa que la vida renace como el grano que se convierte en tallo, espiga y grano, en gavilla y en pan. La vida conlleva transformación, libertad y comunión, mientras que la fijación de una forma significa parálisis y conduce a la muerte, a la disgregación del organismo viviente. Pentecostés es, por lo demás, lo contrario de Babel: en Babel, la imposición de una única lengua, la lengua imperial, conduce a la confusión universal; en Pentecostés, cada uno habla su lengua, pero todos se encuentran en lo Indecible, en la lengua de fuego que habita y transciende toda lengua hecha de palabras.

5. Toda palabra es histórica. También, y sobre todo la palabra por antonomasia, Dios, que viene del latín Deus, que viene del griego Theos, que viene del sánscrito Deva, que viene de la raíz deiv, que significa “resplandor”… y ¿de dónde viene el resplandor? El resplandor es el origen de todas las imágenes, pero no está sujeto a ninguna imagen, a ningún “dogma” (que significa opinión y apariencia). Como todos los términos que se refieren a Dios, también todas sus imágenes tienen su origen en una época, una cultura, una forma de vida.

Digamos, pues, lo Inefable con libertad de pensamiento, de imaginación y de palabra. Y no nos precipitemos en censurar y condenar a nadie como “hereje” porque utilice otras palabras e imágenes para decir lo que no sabemos ni podemos aprehender. No hay ortodoxia que no haya sido antes una “herejía”, que significa “elección”. No hay lenguaje sin herejía, sin elección (siempre condicionada) de una manera de pensar y de hablar.

Jesús fue hereje, hizo opciones libres y arriesgadas, antes de que su movimiento herético se convirtiera en una religión, con su inevitable división de fieles e infieles (se llama “fieles” a los “nuestros”, a quienes optan por hablar o actuar como nosotros, e “infieles”  a los “otros”, los de fuera). Pablo fue hereje antes de que él mismo condenara a quienes no pensaban como él. Tomás de Aquino fue sospechoso de herejía, como el Maestro Eckhart, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila o Ignacio de Loyola. Lutero fue condenado y recondenado como hereje maldito, pero en el Instituto Católico de París, en los años 80 del siglo pasado, aprendí de Daniel Olivier, sacerdote católico y máxima autoridad mundial en la historia, la obra y el pensamiento del gran reformador, que éste ha sido el mejor teólogo de todos los tiempos.

7. ¿Qué lograron las autoridades eclesiásticas que condenaron a la hoguera a Margarita Porete, Giordano Bruno o Miguel Servet? ¿Qué lograron las autoridades judías de Ámsterdam que expulsaron a Spinoza y las autoridades católicas que le acusaron de panteísta e introdujeron sus obras en el Índice de los libros prohibidos, y los papas que silenciaron a Teilhard de Chardin, Edward Schillebeeckx, Bernard Häring y Hans Küng, porque hablaron de Dios, del mundo y de la vida de una forma nueva? ¿Qué lograron las iglesias protestantes que, ofuscadas por el prestigio teológico de K. Barth, relegaron a Bonhöffer, Tillich, Robinson o Spong, que tomaron en serio la “muerte de Dios” del teísmo tradicional?

Lograron que la inmensa –y creciente– mayoría de las mujeres y de los hombres de nuestro tiempo hayan identificado a Dios con un Ente Supremo omnipotente, arbitrario y alienante, y que, en consecuencia hayan desterrado –expulsado de su tierra, hecha de paraísos y de infiernos– no solamente la palabra Dios, lo que no tendría importancia, sino también todo aquello que asocian a “Dios”, como, por ejemplo, el riquísimo legado espiritual, simbólico, literario, ritual, ético, vital de las tradiciones religiosas teístas. Y ese destierro podría ser una pérdida para vivir y encarnar “poética” o creadoramente, inspiradora y liberadoramente, la Hondura de lo real.

8. Yo también me reconozco ateo del “Dios” que niegan los ateos de ayer o de hoy, pero pienso que la palabra Dios no designa ni sugiere únicamente lo que la religión dogmática y el ateísmo dogmático niegan.

Cuando digo “Dios”, distingo el significado del término –que puede ser diferente para cada uno– y el referente –que transciende todas los conceptos y sus significados–. Cuando digo “Dios”, me refiero a la Realidad primera o última; no a una determinada realidad junto a otras realidades, no a un Ente o a una Forma, no a Algo ni a Alguien, a un objeto distinto de otros objetos, sino a Aquella/Aquel/Aquello –más allá de todo género y número– que hace que todo lo real sea, vaya siendo, se vaya haciendo; al Fondo de todo lo real, que es en todo, que no es nada de nada, sino la Nada que es Todo en todo.

Cuando digo “Dios”, no me refiero a “una Persona Absoluta” distinta de otras personas, de modo que “Dios” y yo seríamos dos, sino a la Interioridad sin exterioridad, a la Alteridad sin división, al Tú que es cada yo para sí, al Yo que encontramos en cada tú –en una persona, en un perro, en una hoja, en una gota de agua–, a Esa/Ese/Eso que no es “personal” ni “impersonal”, sino más que personal, “suprapersonal” o “transpersonal” (como enseñaron Tillich, Schillebeeckx, Küng…).

Cuando digo “Dios”, me refiero a la Relación universal que nos funda y sostiene a todos los seres, que hace que todas las cosas estén unidas y que cada cosa sea también Todo. Al Misterio de Relación que puedo invocar como el Tú originario, el Tú más profundo, el Tú suprapersonal que admiro, venero e invoco en todo tú: en el rostro humano y en todo animal, en el árbol, la fuente, la montaña y el firmamento sin fin.

Cuando digo “Dios”, me refiero al Misterio inefable, a la Realidad fontal, a la posibilidad creadora que emana de cada partícula y de cada átomo, de las galaxias en formación y del universo en expansión. Cuando digo “Dios”, me refiero a la creatividad ilimitada y perenne, a la energía originaria eterna e inagotable, al campo electromagnético eterno y ubicuo de cuya chispa se produjo el Big.Bang (incontables Big-Bangs tal vez) y brotó la luz y se creó este universo o incontables universos que siguen creándose.

Cuando digo “Dios”, me refiero al Espíritu o Aliento o Alma de la vida que “anima” el mundo, a la Bondad creativa o al Amor más fuerte que el ego y la muerte, a la Conciencia cósmica eterna en la que todo es y que todos los seres encarnan, mejor, que podemos ir encarnando, dándole forma y cuerpo, o haciéndolo ser más plenamente en una evolución sin comienzo ni término temporal.

9. Vivir humanamente, con hondura, es dejar que nuestra vida en general (sentimiento y conocimiento, palabra y praxis inseparablemente), y el humanismo bioecocéntrico que nos proponemos en particular, sea animado, alentado, inspirado. La experiencia de Dios, con este u otro nombre o sin nombre alguno, consiste en el aliento vital profundo que inspira o mueve nuestro deseo y nuestra opción hacia la bondad creativa, que nos impulsa al silencio profundo, a la contemplación admirativa, al respeto de cuanto es, a la compasión personal y política para con todos los heridos.

Esa es la experiencia profunda que movió a Jesús de Nazaret, de acuerdo a los relatos evangélicos, canónicos o apócrifos, en los que las primeras comunidades del movimiento cristiano plasmaron su recuerdo de Jesús de manera libre, creativa y plural. En un mundo en el que todo se vuelve epifanía o símbolo revelador del Todo, miro a Jesús como figura y símbolo de la encarnación del Fuego, del Eros, del Ágape que puede conducir el mundo a una mayor libertad y a una mayor comunión.

No necesito, sin embargo, afirmar a Jesús como la única ni como la perfecta ni siquiera como la más perfecta encarnación del fuego divino creador. Pero es para mí la figura más cercana y familiar que me inspira y me anima a encarnar el Aliento universal que le inspiró a él, que le animó a querer vivir la libertad solidaria y a encontrar ahí su bienaventuranza.

Tampoco necesito seguir imaginando a Dios como Jesús lo imaginaba, porque su imagen de Dios –junto toda su cultura– fue histórica, relativa, inacabada, abierta, como la nuestra. Quiero más bien dejarme llevar por el mismo Espíritu que le impulso a él a vivir como vivió: acompañando a los marginados, compartiendo la mesa, levantando a los caídos, sanando a los heridos, siendo hermano de todos empezando por los últimos.

10. Y no me siento sujeto ni a la historia particular de Jesús, ni a la letra de sus enseñanzas, pues él fue innovador de lo recibido y liberador de cadenas. Y decía: “Levántate y camina”.

Por eso, los “seguidores de Jesús” no tienen por qué expresar la inspiración que emana de Jesús con el mismo lenguaje en todos los lugares y tiempos. No tienen por qué sentirse sujetos a las creencias y a los dogmas referidos a Jesús, pues no hay creencias ni dogmas inamovibles, sino lenguajes abiertos, plurales, siempre en camino y en diálogo. Las primeras comunidades cristianas son el mejor ejemplo de libertad creativa y plural en la manera en que entendieron y transmitieron la memoria de Jesús. Nunca confesaron la “divinidad” de Jesús como esencia o naturaleza divina singular, una divinidad distinta de la humanidad, sino como la hondura humana y, por lo tanto, vocación universal de todos los seres humanos. Y lo dijeron de maneras muy distintas e incluso contradictorias, y nunca convirtieron su confesión de la divinidad en dogma inamovible. En definitiva, todos los dogmas y doctrinas cristológicas a lo largo de los siglos (divinidad, preexistencia, concepción virginal, muerte sacrificial, resurrección, ascensión, presencia eucarística “real” en oposición a “simbólica”…) se resumen en aquello que los Hechos de los Apóstoles ponen en boca de Pedro, pescador de Galilea: “Pasó la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos” (Hch 10,38). Todo lo demás son añadiduras.

 

José Arregi

Aizarna, 5 de junio de 2022

www.josearregi.com

LAS VENTAJAS DEL ADN

col acebo

 RELIGIÓN DIGITAL

Con frecuencia escuchamos en los medios de comunicación a personas que reivindican su filiación, no reconocida, de gente importante. En el fondo quieren llamarse a formar parte de la herencia del susodicho que presumen alta y no les importa el reconocimiento público de sus madres como casquivanas, una palabra que aunque caída en el olvido todos sabemos lo que significa. Hoy han disminuido los pretendientes con el descubrimiento del ADN que coteja los datos y descarta los que no coincidan.

Los casos más famosos que yo viví en mi infancia fueron los del hijo de Luis XVI, Luis Carlos de Borbón que fue encarcelado en el Temple durante la Revolución Francesa en 1792 y donde murió con 9 años. Corrieron rumores de que no había fallecido y aparecieron, aquí y allí, sucesivos pretendientes que fueron desenmascarados porque un oficial Dumont, con motivo de la autopsia del niño, se había llevado el corazón que guardó en alcohol, líquido que cambiaba a menudo, hasta que quedó totalmente disecado. En el año 2001 su descendiente, Edouard Dumont, lo puso a disposición del gobierno francés y dos laboratorios distintos comprobaron que el mechón de pelo que guardaba María Antonieta de su hijo y el corazón, pertenecían a la misma persona.

La otra historia corresponde a Anastasia, la hija pequeña del zar Nicolás II de Rusia, ejecutado junto a su familia en Ekaterimburgo en 1918, ya que una leyenda aseguraba que se había hecho la muerta y un soldado por piedad la había rescatado. Aparecieron muchas impostoras; la más famosa fue Anna Anderson que daba entrevistas y contaba historias inverosímiles hasta que su ADN se cotejó con el del príncipe Felipe de Edimburgo, demostrando que nada tenía que ver con la familia imperial.

Estas historias me han hecho pensar en el ADN de los seguidores de Jesucristo ya que me parece que se han interpuesto en la historia del cristianismo muchos componentes que no se corresponden con lo que predicó el Maestro. Se privilegió la anulación de la conciencia primando a la ortodoxia que impone la obediencia a unos dogmas que pueden haber quedado obsoletos, frente a la ortopraxis cuyo meollo es la misericordia que nunca condena, sino que trata de ayudar al desfavorecido o al que yerra. La Iglesia insiste en defender causas que pudieron ser válidas en otro momento pero que hoy a los cristianos nos hacen aparecer como personas de otro tiempo. La liturgia, preciosa en sus formas, se ha esclerotizado y emplea términos y símbolos que el pueblo no entiende y en la que no se le permite participar. Un recorrido muy distinto al de la religión popular que, a pesar de todos sus pesares, mantiene vivo el deseo de encuentro con la trascendencia.

Hay que volver a los inicios cuando el ADN de los cristianos salía a relucir en la medida que sus contemporáneos veían cómo se amaban, que celebraban en los hogares las liturgias donde todos podían participar, incluso las mujeres. No es casualidad que Cáritas, el brazo caritativo de la Iglesia tenga actualmente más prestigio que la institución que la creó. Mi consejo es que nos convirtamos todos los cristianos en miembros de Cáritas, aunque no sea oficialmente, para recuperar de esa manera el ADN cristiano que irá en beneficio nuestro y en el de nuestros contemporáneos.

 

ODA CONTRA LA DESESPERANZA

col otalora

 FE ADULTA

No creo equivocarme cuando percibo un desánimo general social causado por las malas noticias que leemos y escuchamos cada día. Decía en sus diarios el Premio Nobel de Literatura, Imre Kertész, que la realidad es todo lo contrario a la teoría darwinista: el principio de la naturaleza es la contra-selección, no dominan los mejores, sino los peores. Lo decía como constatación, no porque le pareciera acertado para vivir de la manera más humana. Creía que “los malos” están ganando el día a día, y así parece a primera vista también en este tiempo nuestro.

Nuestra Iglesia no es ajena a esta reflexión, desgraciadamente. Una persona del grupo de Biblia en el que participo, expresó una sensación similar hace unos días y fue precisamente ahí cuando vislumbré la situación contraria, que lo bueno sobrevive dando grandes frutos a pesar de las actitudes contrarias al Evangelio, aunque el corto plazo parezca desmentirlo. La razón es porque ocurre de manera silenciosa y no apreciable, como la hierba cuando crece de noche. De hecho, los comportamientos egoístas, en sus muy diferentes manifestaciones, parecen ganar casi siempre a corto plazo… pero ocurre lo contrario a largo plazo.

Reflexionemos con algún ejemplo: Juan de la Cruz estuvo perseguido por su orden religiosa hasta el punto que algunos de sus dirigentes lo encerraron en Toledo  en una celda sin luz ni ropa para cambiarse, según cuenta el propio frailecillo. Allí le torturaron con un flagelo de cuerdas tres veces por semana aunque lograra escapar de milagro. “Fue más doloroso el azote de las palabras que el de los verduguillos”,  calumniado y vejado por sus hermanos por mantenerse él en aplicar la reforma carmelita. ¿Quién se acuerda de esta gran y santa lumbrera mística? ¿Quién se acuerda de su poema Noche oscura del alma, creado mentalmente y memorizado en aquellos meses de dolor y zozobra? Sin embargo, ¿cuántos se acuerdan del nombre de sus perseguidores? Lo mismo podemos decir de Antonio Mª Claret, expulsado de su orden y hoy un santo de referencia en la Iglesia. Y tantos y tantas más...

En el lado opuesto ocurre algo similar; nadie se acuerda de Papas como Sergio III y su ejemplo nefando, mientras ocurre todo lo contrario con León XIII, “el Papa de los obreros”. Aunque el mejor ejemplo lo tenemos en Jesús de Nazaret y su lugar en la historia, frente al de quienes le hicieron la vida imposible y con el mayor daño que fueron capaces.

A nivel popular, todos conocemos ejemplos cercanos de personas que han pasado por nuestras vidas haciendo el bien a diario de manera silenciosa y que dejan al morir un rastro de santidad ejemplar y aparentemente pasan desapercibidas. Pero cuando mueren, vemos que eran un gran regalo. Sin ir más lejos, acaba de fallecer la sacristana de una iglesia trinitaria cercana que dirigía el rezo del rosario y era monitora de la misa que se celebra seguidamente. Una mujer abnegada y servicial cuyo ejemplo diario vale más que cualquier oropel eclesiástico.

Al final, la sencillez en su sentido más genuino es la virtud que atesora la capacidad de transformación humana para amar de verdad con un corazón humilde. Actitud esta que está desprestigiada porque ahora nos venden que para ser feliz y comerse el mundo no se puede ser sencillo, algo bien diferente a la simpleza.

Las personas dignas de ser emuladas se centran en sí mismas y en los demás en forma positiva, ven la pureza del mundo y quieren ayudar dándose y dando con espíritu generoso y solidario. Esta mayoría silenciosa, como la sacristana a la que me acabo de referir, forman parte de la viga maestra donde se apoya la verdadera transformación del mundo a mejor, anónimamente. Sin estas personas, hace tiempo que habríamos descarrilado la existencia; parafraseando a Herman Melville, no están en ningún mapa, las personas verdaderas nunca lo están. Contagian desde lo cotidiano, son el antídoto contra la desesperanza que el Espíritu alimenta de una manera todavía más silenciosa. Lo mejor de todo es que cada uno de nosotros puede decidir, en cualquier momento, convertirse en una de ellas.

¿QUÉ LE PIDEN LAS MONJAS DE CLAUSURA AL SÍNODO 2023?: "QUE NOS DEJEN PENSAR"

col jose lorenzo

FE ADULTA

Las monjas trinitarias de Suesa han enviado sus aportaciones: “Hemos pedido al dicasterio para la Vida Consagrada que deje pensar a las monjas, que las deje actuar en su propio camino vocacional, que no se les impongan criterios desde arriba".

“Abogamos por una Iglesia participativa y corresponsable. Las personas participan y son responsables cuando sienten la Iglesia como su casa. Estamos en una Iglesia piramidal y jerárquica, donde las normas vienen de arriba”.

“Nos preocupa mucho la cuestión de la mujer en la Iglesia. Su participación en igualdad de condiciones en la Iglesia católica es una cuestión estructural, y no una reforma secundaria”.

José Lorenzo

Religión Digital

“Las monjas no somos seres etéreos, anacrónicos o sordos. No estamos de moda, pero existimos”. Lo dicen las monjas trinitarias de Suesa, en Cantabria, pero podrían suscribirlo los cientos de monasterios diseminados por nuestra geografía, que sin hacer ruido, pero con la misma determinación, le están dando la vuelta a una forma de ser y vivir su vocación que rompe los estereotipos que aún adornan su existencia.

“No pongas mi nombre en la entrevista, pon el de la comunidad”, me dice una hermana. “Porque las respuestas las hemos hecho en sinodalidad”. Y lo llevan haciendo mucho antes de que se hubiese convocado el Sínodo sobre la Sinodalidad, porque, como dicen sobre la esencia misma de su vocación, “procuramos que cada hermana sea escuchada desde el corazón”. Y hoy, en la Jornada Por Orantibus -cuyo lema es ‘La vida contemplativa: lámparas en el camino sinodal’- “su” día de fiesta, más que nunca.

- ¿Qué supone para la Vida Contemplativa la celebración de la Jornada Pro Orantibus?

- La vida contemplativa se construye cada día en la gratitud, escucha y sencillez del trato con Dios y con las hermanas. Esta jornada es un recordatorio al mundo de una manera diferente de vivir, donde la unicidad, que es lo que significa monachos, nos lleva a ser una con toda la humanidad y con  la creación.

Buscamos días específicos para celebrar y también nos sirve para recordar que cada instante es una celebración donde la vida de Dios transforma las nuestras. La vida contemplativa es vivir cada instante en la Presencia. Cada instante es único, es  don y reto.

- ¿Qué aporta la Vida Contemplativa al Camino Sinodal?

- Procuramos vivir los valores del Reino, donde intentamos vivir el Amor para ser amantes porque nos sentimos amadas. Esto va de ser entrega y acogida de las demás en su diferencia. La comunión es vida que acoge a cada una con su especificidad, porque el rostro, la impronta de cada hermana, es el sueño del  Dios Trinitario para la comunidad.

La vida contemplativa aporta sinodalidad, siendo testigos de nuestra manera de relacionarnos. Bajar de la mentalidad patriarcal, para vivir en la horizontalidad de relaciones entre iguales, donde cada una aporta su don y trabaja su límite. Procuramos que cada hermana sea escuchada desde el corazón. Vivir en comunidad es entrar a formar parte del latido comunitario, implicarnos y responsabilizarnos en las propuestas y decisiones.

La vida monástica está llamada a ser, con sus debilidades, un camino sinodal, donde el poder no se ejerce desde arriba, sino desde el centro de la misma comunidad, que no domina, sino que más bien invita. Desde aquí el poder es servicio.

- Más de 200 monasterios han participado en la fase de escucha preparatoria en España para el Sínodo de 2023. ¿Qué nos dice esta cifra tan alta y significativa, muy por encima de otras instancias de la Iglesia?

Significa que es una fuerza viva y grande que necesita ser escuchada en su pluralidad, que posee una palabra concreta, nacida de la reflexión, la oración, y de la actualidad. La variedad de la vida contemplativa es grande  y  todas marcan el mismo objetivo, el Absoluto de Dios. Quizás sea necesario “preguntar” más a la vida monástica, contemplativa.

Las monjas no somos seres etéreos, anacrónicos o sordos. No estamos de moda, pero existimos. Tenemos la suerte de vivir unos ritmos y habitar unos espacios que nos permiten leer los acontecimientos sin la distorsión de lo pasajero. Estamos entrenadas para detectar la luz natural y no fijarnos en las luces artificiales que ciegan. Nuestro mundo está sediento, tiene sed de autenticidad, de hondura, de consistencia. Queremos aportar nuestra gota de agua, recibida del manantial donde brota y que nos quita verdaderamente la sed

Hay una sed inmensa de Dios en la humanidad, pero necesitamos testigos vivos de la fuerza del amor. Testigos que sean resplandor del Amor Trinitario, de la comunión, no testigos del individualismo.

- ¿Han participado también ustedes de este camino sinodal? ¿Han enviado sus aportaciones? Si es así, ¿se podría saber cuáles son las más importantes para ustedes?

Hemos redactado un documento con la participación de toda la comunidad, después de reunirnos varias veces y escuchar otras voces acerca del sínodo. Estos puntos que aportamos a continuación nos parecen esenciales.

Abogamos por una Iglesia participativa y corresponsable. Las personas participan y son responsables cuando sienten la Iglesia como su casa. Estamos en una Iglesia piramidal y jerárquica, donde las normas vienen de arriba. Esto se refuerza por la falta de formación teológica y espiritual, fomentada por el difícil acceso a las facultades de teología para el laicado, incluidas las religiosas. Es necesario y urgente generar una formación que permita la reflexión sobre cuestiones de moral, bioética, ecología, pacifismo, relaciones interculturales…

Reclamamos una Iglesia que se comprenda a sí misma desde la sencillez, la vulnerabilidad, el encuentro, la búsqueda del consenso y de una participación de forma natural.

Nos preocupa mucho la cuestión de la mujer en la Iglesia. Su participación en igualdad de condiciones en la Iglesia católica es una cuestión estructural, y no una reforma secundaria. Acogemos con gozo las propuestas del papa en la Constitución apostólica Predicate Evangelium, aunque consideramos que hay que dar pasos más transcendentales “hasta que la igualdad se haga costumbre”.

Consideramos que la Iglesia precisa un diálogo más abierto con la sociedad, desde una postura de verdadera escucha, en que se acoja la realidad y situación de las personas sin ánimo moralizante. Que no se demonice la sexualidad ni que se considere que es el centro de cualquier pecado, y menos aún que el cuerpo de la mujer es provocación.

Creemos que la Iglesia ha de ser testimonio en la sociedad ejerciendo el liderazgo de la escucha, la acogida, la comprensión. La escucha es un valor de la tradición cristiana que no estamos practicando ni proponiendo a la sociedad, cuando tenemos la experiencia y los medios para llevarla a cabo. Se deben generar espacios accesibles para que personas de diferentes ámbitos y formas de vida tengamos la posibilidad de expresarnos, siendo agentes activos. Los medios de comunicación digitales y las redes sociales facilitan que todo el mundo pueda expresarse, y en la Iglesia se tiene en cuenta poco este ámbito.

Hemos pedido al dicasterio para la Vida Consagrada que deje pensar a las monjas, que las deje actuar en su propio camino vocacional, que no se les  impongan criterios desde arriba, puesto que desconocen una parte importante de la vida monástica femenina

Finalmente, consideramos que es urgente que la Iglesia se ponga en marcha en el cuidado de la Creación. En la Iglesia deberíamos estar a la cabeza en el consumo de energías renovables, el consumo responsable, etc. Nos parece un gran pecado de nuestra época no hacer todo lo posible para evitar que la Creación desaparezca.

- ¿Cómo se sienten ustedes con el pontificado del papa Francisco?

Sentimos que es un soplo de libertad en la Iglesia, que intenta vivir en la sencillez del Evangelio y en la escucha profunda de toda la sociedad. A pesar de ello, soñamos con que se den más pasos en la Iglesia, que haya aún más audacia.

¡DADLES VOSOTROS…!

col santos com

 FE ADULTA

Había sido un buen día. La gente seguía a Jesús y se olvidaba de los mínimos, hasta de comer. Tus palabras les alimentaban. Pero como todo en la vida, lo que empieza tiene también un punto final: “El día comenzaba a declinar”. Pronto todo estaría oscuro. ¡Qué hacer con aquella gente cansada y emocionada con todo lo vivido en el día!

Los Doce pensaron que había llegado el momento de resolver la papeleta que tenían delante. En el texto aparecen palabras que claman por quitarse de encima el problema cuanto ante: “despide… que se vayan… que busquen alojamiento y comida… descampado. Todo en negativo, sin atisbo de creatividad, empatía o alguna idea original, nada.

Dadles vosotros de comer”, les dices.

Imaginamos las caras de los Doce mirando los cinco panes y los dos peces. Pero te pones en marcha para atender a la gente a tu manera: implicando a los tuyos.

“Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”.

He aquí el efecto comunitario. He aquí lo que celebramos en la Eucaristía. He aquí la puesta en común. He aquí la comprensión de que la cosa va más allá de “cinco panes y dos peces” y más acá… va de mirada al cielo, de oración desde el corazón, de bendición y de Amor sin límites. Lo que venías repitiendo una y otra vez por todos los caminos que recorrías.

“Dadles vosotros…” susurras hoy también desde el silencio, la oración, la acogida… ¡vosotros, sí, en este tiempo, en el 2022. Estáis llamados atender la necesidad de los demás. Los “cinco panes y los dos peces” son el cuidado al otro, el tiempo de escucha, la lucha contra la injusticia, la empatía con quien sufre, la solidaridad con los que quedan en el descampado de la vida, la creatividad que ayude a enfrentar los problemas unidos, la alegría de compartir lo que cada uno pueda aportar. Asumiendo un compromiso de vida. Sin dar media vuelta a la menor dificultad.

Dadles vosotros…” puede escuchar quien se abra al eco de tus palabras convocándonos a la implicación comunitaria que es alimentar el cuerpo y el alma de una humanidad que camina junta pero no acababa de enterarse.

Lo dejaste bien claro, sólo falta que nos pongamos a ello, no desde la cabeza sino desde el corazón y el soplo de Espíritu.

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – C (Lucas 9,11b-17) L'EUCHARISTIE COMME ACTE SOCIAL

 Según los exegetas, la multiplicación de los panes es un relato que nos permite descubrir el sentido que la eucaristía tenía para los primeros cristianos como gesto de unos hermanos que saben repartir y compartir lo que poseen.


JOSÉ ANTONIO PAGOLA

Según el relato, hay allí una muchedumbre de personas necesitadas y hambrientas. Los panes y los peces no se compran, sino que se reúnen. Y todo se multiplica y se distribuye bajo la acción de Jesús, que bendice el pan, lo parte y lo hace distribuir entre los necesitados.

Olvidamos con frecuencia que, para los primeros cristianos, la eucaristía no era solo una liturgia, sino un acto social en el que cada uno ponía sus bienes a disposición de los necesitados. En un conocido texto del siglo II, en el que san Justino nos describe cómo celebraban los cristianos la eucaristía semanal, se nos dice que cada uno entrega lo que posee para «socorrer a los huérfanos y las viudas, a los que sufren por enfermedad o por otra causa, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso y, en una palabra, a cuantos están necesitados».

Durante los primeros siglos resultaba inconcebible acudir a celebrar la eucaristía sin llevar algo para ayudar a los indigentes y necesitados. Así reprocha Cipriano, obispo de Cartago, a una rica matrona: «Tus ojos no ven al necesitado y al pobre porque están oscurecidos y cubiertos de una noche espesa. Tú eres afortunada y rica. Te imaginas celebrar la cena del Señor sin tener en cuenta la ofrenda. Tú vienes a la cena del Señor sin ofrecer nada. Tú suprimes la parte de la ofrenda que es del pobre».

La oración que se hace hoy por las diversas necesidades de las personas no es un añadido postizo y externo a la celebración eucarística. La misma eucaristía exige repartir y compartir. Domingo tras domingo, los creyentes que nos acercamos a compartir el pan eucarístico hemos de sentirnos llamados a compartir más de verdad nuestros bienes con los necesitados.

Sería una contradicción pretender compartir como hermanos la mesa del Señor cerrando nuestro corazón a quienes en estos momentos viven la angustia de un futuro incierto. Jesús no puede bendecir nuestra mesa si cada uno nos guardamos nuestro pan y nuestros peces.

Selon les exégètes, la multiplication des pains est un récit qui nous permet de découvrir le sens que l'Eucharistie avait pour les premiers chrétiens en tant que geste de frères qui savaient distribuer et partager ce qu'ils possédaient.

Selon le récit, il y a une foule de personnes dans le besoin et affamées. Les pains et les poissons ne sont pas achetés, mais rassemblés. Et tout est multiplié et distribué sous l'action de Jésus, qui bénit le pain, le rompt et le distribue à ceux qui en ont besoin.

Nous oublions souvent que, pour les premiers chrétiens, l'Eucharistie n'était pas seulement une liturgie, mais un acte social dans lequel chacun mettait ses biens à la disposition de ceux qui en avaient besoin. Dans un texte bien connu du IIe siècle, dans lequel saint Justin décrit la manière dont les chrétiens célébraient l'Eucharistie hebdomadaire, il nous est dit que chacun donne ce qu'il possède pour «aider les orphelins et les veuves, ceux qui souffrent de maladie ou de toute autre cause, ceux qui sont en prison, les étrangers de passage, en un mot, tous ceux qui sont dans le besoin».

Au cours des premiers siècles, il était inconcevable d'aller célébrer l'Eucharistie sans apporter quelque chose pour aider les indigents et les nécessiteux. Ainsi Cyprien, évêque de Carthage, reproche à une riche matrone: «Tes yeux ne voient pas les nécessiteux et les pauvres parce qu'ils sont obscurcis et couverts d'une nuit épaisse. Tu es chanceuse et riche. Tu crois être en train de célébrer la Cène du Seigneur sans tenir compte de l'offrande. Tu viens au repas du Seigneur sans rien offrir. Tu supprimes la part de l'offrande qui revient aux pauvres».

La prière que l'on fait aujourd'hui pour les divers besoins des personnes n'est pas un ajout faux et extérieur à la célébration eucharistique. L'Eucharistie elle-même exige de partager et distribuer. Dimanche après dimanche, nous, croyants qui venons partager le pain eucharistique, nous devons nous sentir appelés à partager plus réellement nos biens avec ceux qui sont dans le besoin.

Il serait contradictoire de prétendre partager en tant que frères et soeurs la table du Seigneur tout en fermant notre coeur à ceux qui, en ce moment, vivent l'angoisse d'un avenir incertain. Jésus ne peut pas bénir notre table si nous gardons chacun notre pain et notre poisson pour nous.

EL PAN ES SIGNO DE LA REALIDAD QUE ESTÁ SIEMPRE EN NOSOTROS CORPUS (C) Lc 9,11-17

col fraymarcos

 

FE ADULTA

Es muy difícil no caer en la tentación de decir sobre la eucaristía lo políticamente correcto y dispensarnos de un verdadero análisis del sacramento más importante de nuestra fe. Son tantos los aspectos que habría que analizar, y tantas las desviaciones que hay que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto el mensaje original del evangelio, que lo hemos convertido en algo ineficaz para nuestra vida espiritual. Para recuperar el sacramento debemos volver a la tradición.

Lo último que se le hubiera ocurrido a Jesús, es pedir que los demás seres humanos se pusieran de rodillas ante él. Él sí se arrodilló ante sus discípulos para lavarles los pies; y al terminar esa tarea de esclavos, les dijo: “vosotros me llamáis el Maestro y el Señor. Pues si yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, vosotros tenéis que hacer lo mismo”. Esa lección nunca nos ha interesado. Es más cómodo convertirle en objeto de adoración que imitarle en el servicio y la disponibilidad para con todos los hombres.

Hemos convertido la eucaristía en un rito cultual. En la mayoría de los casos no es más que una pesada obligación que, si pudiéramos, nos quitaríamos de encima. Se ha convertido en una ceremonia rutinaria, carente de convicción y compromiso. La eucaristía fue para las primeras comunidades el acto más subversivo imaginable. Los cristianos que la celebraban se sentían dispuestos a vivir lo que el sacramento significaba, recordaban lo que Jesús había sido y se comprometían a compartir como él compartió su vida entera.

El problema de este sacramento es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente su esencia, que es su aspecto sacramental. Con la palabreja “transustanciación” no decimos nada, porque la “sustancia” aristotélica es solo un concepto que no tiene correspondencia alguna en la realidad física. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son ritos mágicos ni son milagros. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda la capacidad de comunicación, que los seres humanos hemos desplegado, se realiza a través de signos. Todas las formas de lenguaje no son más que una intrincada maraña de signos. Con esta estratagema hacemos presente mentalmente realidades que no están al alcance de nuestros sentidos. Ahora bien, todos los sonidos, todos los gestos, todos los grafismos que sirven para comunicarnos son convencionales, no se pueden inventar a capricho. Si me invento un signo que no dice nada a los demás, será solo un garabato para los demás.

El signo no es el pan sino el pan partido, preparado para ser comido. Es lo que fue Jesús toda su vida. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El signo está en la disponibilidad para ser comido. Jesús estuvo siempre preparado para que todo el que se acercara a él pudiera hacer suyo todo lo que él era. Se dejó partir, se dejó comer, se dejó asimilar; aunque esa actitud tuvo como consecuencia la muerte. La posibilidad de morir, por ser como era, fue asumida con la mayor naturalidad.

El segundo signo es la sangre derramada. Es muy importante tomar conciencia de que, para los judíos, la sangre era la vida misma. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. Tenían prohibido tomar la sangre de los animales porque, como era la vida, pertenecía solo a Dios. La sangre está haciendo alusión a la vida de Jesús que estuvo siempre a disposición de los demás. No es la muerte la que nos salva sino su vida, que estuvo siempre disponible para todo el que lo necesitaba. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial y nos despista de su verdadero valor.

La realidad significada es una realidad trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Por eso tenemos necesidad de los sacramentos. Dios no los necesita, pero nosotros sí, porque no tenemos otra manera de acceder a esas realidades. Esas realidades son eternas y no se pueden ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Están siempre ahí. En lo que fue Jesús durante su vida, podemos descubrir esa realidad, la presencia de Dios como don.

El principal objetivo de este sacramento, es tomar conciencia de la presencia divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Toda celebración que no alcance, aunque sea mínimamente, este objetivo, se convierte en completamente inútil. Celebrar la eucaristía pensando que me añadirá algo automáticamente, sin exigirme la entrega al servicio de los demás, es un autoengaño. Si nos conformamos con realizar el signo sin alcanzar lo significado, solo será un garabato.

En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús, que es el AMOR. El Amor, que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total, Amor total, sin límites. El comer el pan y beber el vino consagrados, lo que quiere decir es que hago mía su vida y me comprometo a identificarme con lo que fue e hizo Jesús. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando como sino cuando me dejo comer, como hizo él.

El ser humano no tiene que liberar o salvar su "ego", a partir de ejercicios de piedad, que consigan de Dios mayor reconocimiento, sino liberarse del "ego" y tomar conciencia de que todo lo que cree ser, es artificial y anecdótico y que su verdadero ser está en lo que hay de Dios en él. Intentar potenciar el “yo”, aunque sea a través de ejercicios de devoción, es precisamente el camino opuesto al evangelio. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestra religiosidad que solo pretende acrecentar el yo, y no solo aquí y ahora, sino para siempre en el más allá. 

La comunión no tiene ningún valor si la desligamos de signo sacramental. El gesto de comer el pan y beber el vino consagrados es el signo de nuestra aceptación de lo que significa el sacramento. Comulgar significa el compromiso de hacer nuestro todo lo que Es Jesús. Significa que, como él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, no muriendo, sino estando siempre disponible para todo aquel que me necesite. Es una pena que sigamos oyendo misa sin pensar en la importancia que tiene celebrar una eucaristía.

Todas las muestras de respeto hacia las especies consagradas están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia. A Jesús hay que descubrirlo en todo aquel que espera algo de nosotros, en todo aquel a quien puedo ayudar a ser él mismo, sabiendo que esa es la única manera de llegar a ser yo mismo.

 

JESÚS ALIMENTA, LA COMUNIDAD RECUERDA Fiesta del Corpus Christi Ciclo C

 col sicre art

FE ADULTA

La institución de la Eucaristía se celebra el Jueves Santo. ¿Qué sentido tiene dedicar otra fiesta al mismo misterio? Podríamos decir que, en el Jueves Santo, el protagonismo es de Jesús, que se entrega. En la fiesta del Corpus, el protagonismo es de la comunidad cristiana, que reconoce y agradece públicamente ese regalo. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

En el ciclo C, las lecturas centran la atención en el compromiso del cristiano con Jesús, al que debe recordar continuamente con gratitud (2ª lectura), porque él lo sigue alimentando igual que alimentó a la multitud (evangelio).

1ª lectura. ¿El primer anuncio de la Eucaristía? (Gn 14,18-20)

El c.14 del Génesis cuenta una batalla casi mítica de cinco reyes contra cuatro, en la que termina tomando parte Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Al volver victorioso, devuelve al rey de Salén (Jerusalén) los prisioneros que le habían hecho. Y su rey, Melquisedec, «le sacó pan y vino» y lo bendijo. A nosotros puede parecernos traído por los pelos el que se elige esta lectura por el simple hecho de mencionar al pan y el vino, pero los Padres de la Iglesia y los artistas han visto siempre en esta escena un anuncio de la eucaristía, como la mejor ofrenda que se nos puede hacer.

2ª lectura. “En recuerdo mío” (1 Corintios 11,23-26)

Dos veces insiste Pablo, al recordar la institución de la Eucaristía, en que hay que realizarla «en memoria mía». Evoca la imagen de un padre o una madre que, antes de morir, entrega una foto suya a los hijos diciéndoles: «acuérdate de mí». Lo que pide Jesús es que recordemos todo lo que hizo por nosotros a lo largo de su vida. La Eucaristía nos obliga a echar una mirada al pasado y agradecer lo que hemos recibido de él. Pablo no omite la mirada al pasado, pero la limita a la muerte de Jesús, su acto supremo de entrega; y la proyecta luego al futuro, «hasta que vuelva».

Pablo escribe estas palabras a propósito de los desórdenes que se habían introducido en la celebración de la Eucaristía en Corinto, donde algunos se emborrachaban o hartaban de comer mientras otros pasaban hambre. Por eso les advierte seriamente: cuando celebráis la cena del Señor, no celebráis una comida normal y corriente; estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Evangelio. Segundo anuncio de la Eucaristía (Lc, 9,11b-17)

Si la lectura del Génesis ha sido considerada el primer anuncio de la Eucaristía, la multiplicación de los panes es el segundo. Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce personas (unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

El trasfondo del Antiguo Testamento

Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

― Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

― ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

― Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que lo siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed... tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

COMPROMISO 19 de junio Lc 9, 11b-17

col lozano art

 

FE ADULTA

El test de la comprensión es el amor, que se manifiesta como compasión en situaciones de dolor o de necesidad y se plasma en compromiso o cuidado amoroso y eficaz. En síntesis, podría afirmarse que espiritualidad es compromiso.

Ahora bien, conscientes como somos de las trampas que se nos cuelan, de manera tan fácil como inadvertida, me parece importante atender tanto a lo que hacemos como al porqué o al desde donde lo hacemos. Porque son precisamente la motivación que lo anima y el lugar de donde nace los criterios decisivos que garantizan un compromiso adecuado, como supo ver Pablo cuando escribía: “Ya podría dar todos mis bienes a los pobres e incluso entregar mi cuerpo a las llamas; si no tengo amor, de nada me sirve” (1Cor 13,3).

La vivencia o no del compromiso puede verse afectada por dos trampas: la evasión y la apropiación, que dan lugar a dos modos desajustados de plantearlo y a dos distorsiones de la espiritualidad.

La evasión es característica del narcisismo egocentrado que gira en torno a los propios intereses y busca, de manera prioritaria, lograr el mayor bienestar posible (o el menor malestar), para lo que pone toda su energía en la construcción de un pequeño “paraíso narcisista” en el que sentirse a gusto y protegido de cualquier cosa que pueda molestarlo. Es claro que una actitud de este tipo hace imposible cualquier forma de compromiso y da lugar a una (pseudo)espiritualidad etérea, desimplicada y, en último término -por más que constituya un oxímoron-, narcisista. La espiritualidad se vive al servicio del ego, en su ansiosa búsqueda de “autoprotección”.

La apropiación, por su parte, consiste en vivir el compromiso al servicio de la autoafirmación del yo, que busca satisfacer necesidades generalmente inconscientes: reconocimiento, aprobación, notoriedad, compensación de culpas inconscientes, moralismo voluntarista, baja tolerancia a la frustración… Dos rasgos característicos que acompañan a esta actitud son el dualismo (“yo te ayudo a ti”) y el voluntarismo (“yo hago”) que, aun sin ser conscientes de ello, actúan como mecanismos que buscan la autoafirmación del yo. Lo que todo ello produce es un compromiso desconectado y, por ello mismo -aunque aparezca el oxímoron anteriormente mencionado-, narcisista. También aquí la espiritualidad se vive al servicio del ego, en su ansiosa búsqueda de “autoafirmación”.

El compromiso que nace del amor y de la compasión es desapropiado y desegocentrado. Naciendo de la comprensión de lo que somos, fluye con limpieza a través de nosotros. Porque la comprensión nos ha hecho ver que, en contra de la tendencia apropiadora que define al yo, en cuanto individuos particulares, no somos la fuente última de lo que acontece en nosotros. Somos, más bien, el cauce por el que acción pasa. La luz de la comprensión nos libera, tanto de la evasión cómoda, como de la apropiación caracterizada por el dualismo y el voluntarismo.

¿De dónde nace el compromiso en mí?

 

LA FE Y LAS OBRAS Lc 9, 11-17

col munarriz

comentario editorial fa7

 

FE ADULTA

«Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos…»

En la fiesta del Corpus Christi se celebra la presencia real de Jesús en las especies sacramentales del pan y del vino, y esto se manifiesta sacando la custodia a la calle e invitando a los fieles a adorarla.

Desde nuestra óptica ilustrada, este tipo de devoción nos parece trasnochado, y nuestro primer impulso suele ser criticarlo o descalificarlo. Pero nos encontramos con un problema, y es que muchos cristianos —probablemente la mayoría— lo comparten, interpretan las palabras de Jesús como una fórmula mágica que convierte el pan y el vino en su cuerpo y su sangre, y se conmueven al adorar la custodia o contemplarla en procesión por las calles de su ciudad.

Y al verlo, solemos pensar que son ellos los que creen mal y nosotros los que creemos bien; y como creemos bien, nos expresamos a menudo con un lenguaje asertivo que no deja espacio para ninguna otra creencia que no sea la nuestra. Nosotros somos la vanguardia que debe marcar el camino, porque, no en vano, nuestra fe se soporta sobre una firme base filosófica o exegética y no en tradiciones de dudosa procedencia e intencionalidad como son las de la Iglesia.

Hasta nos permitimos mirar con desdén a muchos que felizmente han alcanzado un equilibrio espiritual sano a través de esa fe, y que han adquirido tal espíritu de servicio, que los convierte en referentes para todo aquel que comparta los criterios evangélicos.

Si una mayoría de cristianos profesa una fe que a una minoría nos parece inapropiada, nos hallamos ante un dilema en el que solo parecen caber dos alternativas: o bien la devoción popular es la que interpreta adecuadamente el mensaje de Jesús, «Te doy gracias Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a los humildes», o bien el cristianismo genuino es algo reservado a iniciados capaces de entender aquello que la gente normal no entiende.

La primera de estas alternativas nos resulta difícil de digerir y la segunda descabellada, así que algo debe estar fallando en nuestro razonamiento… Acudimos al evangelio y encontramos la respuesta, pues vemos el poco énfasis que se hace en la doctrina y su constante exhortación a la acción, al amor, al perdón, al servicio… Sería imposible recoger aquí todas las referencias al respecto que en él encontramos, pero podemos destacar como más relevantes las parábolas del buen samaritano, la higuera estéril y el juicio final.

El evangelio nos da dos claves importantes para enfocar bien las cosas. La primera, que las creencias son secundarias; que lo importante es el amor que da fruto. La segunda, que no se es vanguardia por pensar muy bien o saber más, sino por amar más y servir más… «El que quiera ser el primero entre vosotros…»

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí