FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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jueves, 6 de agosto de 2026

Le tendió la mano y lo agarró

 


Mt 14,22-33

Abbá, ¿podrías contarme de nuevo la historia de Jesús calmando las aguas? Los truenos me inquietan… Parece que se avecina una tormenta y, estando en esta barca siento algo de miedo, pero ese relato siempre me serena.

Claro, Josué, también es una de mis historias favoritas. Entre pescadores la recordamos mucho… aunque −he de decirte− esta historia no se refiere solo a un episodio de pesca… Nuestros hermanos y hermanas de la comunidad de Mateo nos la transmitieron después de que Jesús ya hubiera sido crucificado y, lo más importante, después de haber experimentado con fuerza que Dios lo resucitó y sigue vivo entre nosotros. Así que, hijo mío, me alegra mucho que te guste y te produzca serenidad y confianza, porque en la vida tendrás que afrontar muchas otras tormentas que quizás no te dejarán empapado, pero que seguramente te provocarán más miedo que el que puedas estar sintiendo en estos momentos.

¿De verdad, abbá? ¡Cuéntamela! Ahora todavía me resulta mucho más interesante.

Dicen que ocurrió tras una multiplicación de panes y peces, uno de esos momentos en los que Jesús mostraba su compasión con quienes buscaban su consuelo y sanación. Como buen Maestro, él siempre aprovechaba estas oportunidades para enseñarnos cómo hemos de actuar sus seguidores. Siempre con compasión, acogida y solidaridad.

Pues bien, después Jesús envió a sus discípulos más cercanos a la otra orilla del lago. “Ir a la otra orilla”, Josué, no significa solo un movimiento geográfico. Es toda una invitación a salir al encuentro de lo diferente, a abrir nuestra mente y corazón y dejarnos sorprender por Dios en lo desconocido y diverso. No en vano la comunidad de Mateo dejó por escrito detrás de esta historia un diálogo de Jesús y sus discípulos sobre las tradiciones de pureza y el encuentro con la mujer cananea. ¡Cuánto aprendieron los discípulos en ese momento! ¡Y cuánto aprendió Jesús mismo!

Pero, volviendo a nuestra historia, el hecho de señalar que los discípulos iban por un lado mientras el Maestro se quedaba rezando por otro era el modo de describir lo que les supuso la ausencia física de Jesús. En realidad, esta experiencia fue la que vivieron tras su muerte, algo que todo seguidor de Jesús puede experimentar en cualquier momento. Que Jesús no esté a nuestro lado físicamente puede llevarnos, si la fe flaquea, a dudar de su presencia resucitada entre nosotros y a creer que las dificultades son más fuertes que nosotros.

Empiezo a entender, abbá, que la fe aquí tiene mucha importancia. ¿Por eso llamó a Pedro “hombre de poca fe” cuando dudó y comenzó a hundirse?

¡Eso es, Josué! Esa es la clave. Ya puedes imaginarte por qué se escogió −entre otras razones− el escenario del lago para describir esta experiencia. Nosotros creemos firmemente que los fenómenos naturales solo pueden ser dominados por Dios mismo. El viento, la tormenta, el mar embravecido… ¡es imposible que cualquier ser humano los calme! Pero Jesús es el Señor, el Hijo de Dios, y, por eso, él puede serenar nuestras tormentas y aplacar los vientos que en ocasiones nos combaten. Fíjate que todo sucedió “en la cuarta vigilia”, o sea, cuando se acercaba el amanecer, como sucedió en el Éxodo (cf. Ex 14,24) o en la propia Resurrección de Jesús (cf. Mt 28,1). Ese sol que amanece nos recuerda que Dios vence todas las tinieblas.

¡Qué fuerte, abbá! ¿Es que todo lo que se nos cuenta en la historia tiene un significado?

Sí, hijo mío, por eso es importante estudiar bien las Escrituras…

Entonces, que Jesús caminara sobre las aguas en ese momento y que dijera: “Soy yo, no temáis”, seguro que también tiene un sentido, ¿verdad?

Exacto, Josué. Esa expresión nos evoca el “Yo soy” que escuchó Moisés ante la zarza (cf. Ex 3,14) y lo que anunciaron los profetas (cf. Is 41,13; 43,11). Cuando los discípulos la escucharon, sintieron que, en Jesús, Dios mismo se acercaba a ellos. Por eso el impulsivo Pedro enseguida le pidió ir hacia él caminando sobre las aguas.

Sí, y ahí fue cuando logró dar unos pasos, pero comenzó a dudar y a hundirse…

Josué, lo que le pasó a Pedro nos puede pasar a todos cuando ponemos la confianza en nosotros mismos y en nuestras propias fuerzas en lugar de descansar en Dios. ¿No te ha sucedido a ti alguna vez que, ante algo difícil o doloroso, has sentido que eras incapaz de afrontarlo por ti mismo? En esos momentos es normal que surja miedo, duda, desconfianza, desesperanza…

Pero, como decía el hermano Pablo, hemos de mantenernos firmes en la fe (cf. 1Cor 16,13), que nuestros ojos estén fijos en Jesús y confiar en él. Entonces también nosotros podremos caminar sobre las aguas en medio de la tormenta. Y, ¿sabes qué es aún mejor, Josué?

¿Qué, abbá?

Lo mejor es que, si en algún momento flaquea nuestra fe, siempre podemos hacer como Pedro y gritar: “¡Señor, sálvame!” Y ahí estará siempre Jesús, con su mano tendida, para agarrarnos fuerte y sacarnos de las aguas…

Porque esta historia no promete una vida sin tempestades. La presencia salvadora de Dios junto a nosotros no conlleva la ausencia de tormentas en la vida, como si Dios fuera un amuleto mágico…

Esta historia nos recuerda, hijo mío, que lo importante es atreverse a poner en juego la fe, aunque esta sea pequeña como un grano de mostaza (cf. Mt 17,20). La fe no es ausencia de miedo o de dudas, sino la capacidad para, en medio de ellas, seguir adelante con la certeza de que no estamos solos. Por eso, querido Josué, no dejes de creer que Jesús, el Señor, permanece a tu lado. Él conoce tus temblores, zozobras y noches y aun así, o precisamente por eso, te tiende su mano.

¿Será por eso que, aunque está empezando a llover, yo ya no tengo miedo, abbá?

Sí, Josué, seguro que es por eso. Pero ¡vamos!, rememos rápido hacia la orilla antes de que caiga más fuerte y tu immá nos regañe por llegar empapados.

Inma Eibe, ccv

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