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jueves, 6 de agosto de 2026

La paradoja del eco: ¿Por qué no escuchamos la voz?

 


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Escucha

Vivimos obsesionados con entender los mandatos de Jesús. Discutimos teología, analizamos el contexto histórico y debatimos si en nuestra vida actual nos está pidiendo ponernos en marcha ("Sígueme") o soltar las cargas del pasado para cambiar de rumbo ("Vete y no peques más").

Sin embargo, en medio de tanto análisis, podría decirse que se nos escapa el paso cero: de nada sirven los mandatos si somos incapaces de escuchar la Voz que los pronuncia.

El peligro de ser multitud

Los Evangelios están llenos de multitudes. Miles de personas que vieron pasar a Jesús de lejos, que lo apretujaban por necesidad o curiosidad, pero que quizás jamás experimentaron una transformación real.

¿La diferencia con los personajes del milagro?

Podríamos llamarla la antena interior. Si hoy no entrenamos nuestra percepción interna, corremos el riesgo de convertirnos en simples espectadores históricos.

Para interactuar con lo divino, el relato evangélico parece invitarnos a pasar de la masa al encuentro personal. Pero eso requiere un entrenamiento del que no siempre se habla. La puerta estrecha hacia adentro

¿Cómo se entrena esa percepción para descifrar lo que se nos está pidiendo?

La respuesta puede entenderse como una paradoja que rompe con la lógica del mundo: para entrar al corazón, hay que encogerse. La "puerta estrecha" bien puede leerse, más que como un lugar físico o un conjunto de reglas morales, como un estado del ser.

Mientras el mundo nos exige ser grandes, fuertes, ruidosos y llenos de certezas, la entrada al santuario interior parece sugerir todo lo contrario:

Hacerse pequeño: Recuperar la inocencia y la confianza del niño que no necesita demostrarle nada a nadie.

Hacerse humilde: Vaciarnos del ego, del orgullo y de las máscaras que nos inflan. Cabría pensar que una persona "inflada" difícilmente cabe por una puerta estrecha.

Silenciar el ruido: Apagar las expectativas ajenas y los traumas propios para que el susurro de la Voz pueda ser descifrado. Una tarea para toda la vida.

Se podría sugerir que buena parte de la vida espiritual se resume en esto. Ese es el trabajo de toda una vida. No se trata tanto de correr hacia afuera buscando respuestas, sino de descender hacia adentro en busca de la sintonía.

Cuando nos disponemos a hacernos lo suficientemente pequeños para cruzar esa puerta interior, dejamos atrás la actitud de la multitud que mira de lejos.

Solo ahí, en la intimidad del silencio, el oído puede limpiarse para vislumbrar, con mayor claridad, el mapa de nuestro destino.

Carlos Gutierrez
Director y Autor de carl/Teologia inédita

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