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jueves, 6 de agosto de 2026

Ceuta y el precio de la deshumanización

 


La tragedia de Ceuta obliga a preguntarnos no sólo quién abrió una frontera, sino cómo hemos llegado a aceptar que miles de personas puedan ser utilizadas como instrumento de presión política.

La mayor crisis migratoria vivida hasta ahora en Ceuta ha dejado una profunda conmoción dentro y fuera de España. Entre el 29 y el 30 de julio, decenas de miles de personas cruzaron la frontera desde Marruecos hacia la ciudad autónoma en un movimiento sin precedentes. Mientras continúan las labores de búsqueda, el balance provisional supera ya el centenar de fallecidos y mantiene un número todavía indeterminado de personas desaparecidas.

Las circunstancias que hicieron posible una entrada de tal magnitud siguen siendo objeto de investigación. El Gobierno español sostiene que confluyeron diversos factores: la actuación de redes dedicadas al tráfico de personas, la difusión de falsas expectativas sobre la posibilidad de permanecer en España tras una reciente resolución judicial y una relajación del control fronterizo por parte de Marruecos. Rabat rechaza haber utilizado la migración como instrumento de presión política y niega cualquier forma de chantaje diplomático. Por su parte, la Unión Europea ha expresado su apoyo a España, ha reforzado la cooperación con Marruecos y mantiene que será necesario esclarecer plenamente lo sucedido antes de extraer conclusiones.

Más allá del debate político y diplomático, la tragedia deja una pregunta mucho más profunda. ¿En qué momento dejamos de mirar a estas personas como seres humanos para empezar a hablar únicamente de presión migratoria, efecto llamada, defensa de fronteras o estrategia geopolítica?

Es legítimo que los Estados protejan sus fronteras y gestionen los flujos migratorios. También lo es exigir responsabilidades cuando una crisis de estas dimensiones pone en riesgo tantas vidas. Pero hay una línea que nunca deberíamos cruzar: la que convierte a seres humanos en instrumentos al servicio de intereses políticos. Cuando las personas dejan de tener rostro para convertirse en cifras, amenazas o piezas de una negociación, algo esencial se rompe también en nuestra conciencia.

Cada uno de los fallecidos tenía un nombre, una familia, una historia y un futuro que soñaba construir. Muchos huían de la pobreza, de la violencia o de la falta absoluta de oportunidades. Otros fueron víctimas de falsas promesas o de quienes hacen negocio con la desesperación. Reducir todo ese sufrimiento a una discusión sobre estrategia fronteriza supone aceptar una deshumanización que debería inquietarnos profundamente.

El papa Francisco denunció durante años la «globalización de la indiferencia», esa capacidad de acostumbrarnos al sufrimiento ajeno hasta dejar de considerarlo un problema propio. Quizá la tragedia de Ceuta sea un reflejo doloroso de esa enfermedad. Nos escandalizamos durante unos días, discutimos sobre culpables y responsabilidades, pero corremos el riesgo de olvidar demasiado pronto que detrás de cada estadística había una vida irrepetible.

Para un cristiano, la acogida del extranjero no es una opción ideológica, sino una exigencia del Evangelio. Jesús lo expresó con una claridad desarmante: «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). Y no era una idea nueva. Desde el Antiguo Testamento, la Biblia insiste una y otra vez en proteger y acoger al extranjero, recordando a Israel que también él fue emigrante y forastero en tierra de Egipto. No se trata de un mandato aislado, sino de uno de los fundamentos más profundos de la ética bíblica.

Ceuta deja importantes preguntas abiertas: qué falló, quién debe responder por lo ocurrido y cómo evitar que una tragedia semejante vuelva a repetirse. Pero deja también una pregunta que nos interpela a todos: ¿reconocemos en quienes llaman a nuestras puertas a personas con la misma dignidad que nosotros? ¿Somos capaces de ver en ellas a hermanos y hermanas? Cuando dejamos de reconocer la humanidad del otro, levantamos la valla más peligrosa de todas.

Fuentes consultadas

Ministerio del Interior de España.

Comisión Europea.

Gobierno de Marruecos.

El País, cobertura especial sobre la crisis de Ceuta.

Cadena SER, seguimiento de la evolución del balance de víctimas.

ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados).

Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

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