Meta está acusada de diseñar sus redes para enganchar a los menores: la rentabilidad también necesita límites éticos.
Meta, propietaria de Facebook e Instagram, se enfrenta en California a uno de los juicios más importantes de su historia. Los fiscales de cuatro estados norteamericanos acusan a la compañía de haber diseñado deliberadamente sus plataformas para fomentar un uso compulsivo entre niños y adolescentes, pese a conocer los posibles daños para su salud mental.
Según la acusación, mecanismos tan cotidianos como el desplazamiento infinito de la pantalla, la reproducción automática, los «me gusta», los filtros de imagen o las recomendaciones del algoritmo no son inocentes. Han sido pensados para conseguir que permanezcamos conectados el mayor tiempo posible. Cuanto más miramos, más datos proporcionamos y más publicidad puede vender la empresa.
El sistema, sostuvo ante el jurado la fiscal adjunta de California, «funcionaba especialmente bien con los niños». La compañía habría estudiado la sensibilidad del cerebro infantil a las recompensas y a la aprobación social para aumentar su dependencia de las plataformas. «Los niños son un producto», llegó a afirmar. Una frase brutal que resume el fondo del debate: el peligro de convertir la vulnerabilidad humana en una oportunidad de negocio.
Meta rechaza estas acusaciones y asegura que lleva años incorporando medidas para proteger a los adolescentes. El juicio acaba de comenzar y serán los tribunales quienes determinen las responsabilidades. Pero, más allá de su resultado, las pruebas y testimonios conocidos vuelven a plantear una pregunta que afecta al conjunto de nuestra sociedad: ¿hasta dónde puede llegar una empresa para aumentar sus beneficios?
La actividad empresarial crea empleo, desarrolla servicios útiles y puede mejorar la vida de millones de personas. El beneficio económico es legítimo y necesario. Pero no puede convertirse en el único criterio. No todo lo que resulta técnicamente posible y económicamente rentable es moralmente aceptable, especialmente cuando están en juego la salud, la intimidad y el desarrollo de niños y adolescentes.
Es importante el debate que esta noticia pone sobre la mesa. Nos invita a detenernos y preguntarnos qué sociedad estamos creando cuando exponemos la salud mental de los más jóvenes a mecanismos pensados para generar adicción, precisamente en la edad en que comienzan a abrirse al mundo.
El problema no está en las redes sociales en sí mismas. También nos permiten comunicarnos, aprender, compartir proyectos y mantener vínculos que de otro modo se perderían. El límite aparece cuando la persona deja de ser usuaria y se convierte en producto; cuando el objetivo ya no es prestarle un servicio, sino capturar su atención, conocer sus debilidades y utilizarlas para retenerla.
La tentación de convertir en absolutos los instrumentos creados para servirnos no es nueva. Jesús criticó a quienes habían convertido una norma religiosa en un absoluto: «El sábado ha sido hecho para el ser humano y no el ser humano para el sábado». La ley debía estar al servicio de la vida, y no la vida sometida a la ley. Trasladado a nuestros días, podríamos formularlo así: las empresas están para servir a las personas, no para servirse de ellas. Algunas multinacionales han acumulado tanta capacidad de influencia que pueden condicionar incluso a los gobiernos democráticos. Es una señal de que hemos perdido el norte ético.
Poner límites no significa estar en contra de la innovación ni del progreso. Significa recordar que ninguna rentabilidad justifica aprovecharse de la fragilidad de los demás. Mucho menos cuando esa fragilidad pertenece a quienes todavía están creciendo. Porque, también en los negocios, la dignidad humana debe ser siempre el límite que no se puede traspasar.
Fuentes consultadas: La Vanguardia y El País.
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