FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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SAN JUAN BOSCO (Pinchar imagen)

COLEGIO SALESIANO - SALESIAR IKASTETXEA

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ATALAYA ENERO 2025

miércoles, 26 de febrero de 2025

PEDIR POR EL PAPA


col arregi

 

Confieso que me siento muy incómodo cada vez que leo en los periódicos o escucho en la televisión una llamada a pedir por el Papa. O por la unidad de las iglesias, por el cese del hambre en África, por el fin de las masacres en Palestina, por la paz en Ucrania... Obviamente, lo que me extraña no es que se pidan oraciones. Los problemas nos preocupan a todos, como personas que no queremos renunciar a nuestra humanidad. Por supuesto, también a los que, hombres o mujeres, nos sentimos y queremos vivir como personas cristianas. Y ciertamente no podemos dejar de pensar en Dios a la vista de todo eso. En Él y en su presencia creemos como centro de nuestra vida y criterio último de nuestra conducta.

Orar es, pues, normal. Pensar en Dios y entrar de manera consciente en esa relación, tan difícil y misteriosa como normal y espontánea, que es la oración. Sin ella no es posible la fe, como no es posible que sin agua dé fruto una finca, según dijera la santa de Ávila. El problema no está en orar. El problema está en cómo orar.

Los titulares de la prensa y las llamadas de los pastores parecen dejarlo claro: orar sería, o sería casi siempre, pedir. Y la pregunta nace por sí misma: ¿pedir qué o para qué? ¿Para que Dios cure el Papa o acabe con la guerra? ¿Es preciso informarle de lo que está pasando o convencerlo para que actúe y ponga remedio? Pero el Maestro de Nazaret, en la única ocasión en que habló de manera expresamente crítica acerca de este tema en los evangelios, fue claro y explícito: “Y al orar, no os perdáis en palabras como hacen los paganos, creyendo que Dios los va a escuchar por hablar mucho. No seáis como ellos, pues ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de que vosotros se lo pidáis” (Mt 6,7-8).

Así, las cosas ya no son tan claras. Los que vivimos en una cultura que ha pasado por la Ilustración, hemos descubierto que todo cuanto pasa en el mundo obedece a leyes propias, sean las propias de la naturaleza o las decisiones de la libertad humana. Es pues dentro del mundo y atendiendo a sus leyes, como se puede modificar algo, para mejorarlo o modificarlo. Por eso estudiamos las causas de las enfermedades o de los terremotos, y buscamos remedios más o menos eficaces. Y por eso la cultura actual es muy celosa de la autonomía humana. No queremos que nadie fuerce o suplante nuestra libertad. 

Los cristianos viven, vivimos, como todos en ese mundo y tuvimos la suerte de escuchar al Vaticano II, proclamando. “Si por autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la misma sociedad disfrutan de leyes y valores propios, que el ser humano debe descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima la exigencia de esta autonomía” (Gaudium et spes, n. 36).

La oración se realiza en este mundo, dentro de nuestro tiempo y se dirige al Dios anunciado por Jesús. Por lo primero, no tiene sentido “pedirle” que rompa esas leyes, anulando la autonomía y haciendo milagros para suplir lo que nosotros no podemos o no queremos hacer. Por lo segundo, tampoco tiene sentido informarlo o convencerlo. Y aquí está el punto y salta de nuevo la verdadera pregunta: ¿entonces, tiene sentido la oración de petición? No, claramente no, si eso significa continuar con la rutina de rogarle a Dios que cure al Papa, sin tener en cuenta las críticas más elementales que hoy vienen a la cabeza de cualquiera. ¿Qué pasaría si lo cura? Entonces, ¿por qué a él y no a los millares y millones de enfermos, que también son hijos suyos? Y ¿si no le cura, ¿dónde están su amor y su poder infinito? Repito de nuevo: ¿Tiene sentido pedir y, si no lo tiene, vale la pena orar?

Estas dos preguntas son muy distintas. A la primera es preciso reconocer que no parece tener sentido. En cambio, sí lo puede tener y lo tiene la segunda. Desde la fe en el Dios anunciado por Jesús, pienso que no solo es así, sino que abre una puerta de luz que anima a la confianza, llama al compromiso y asegura la esperanza. Pueden sonar a meras palabras, si no se llenan con la idea del Dios que, creando por amor, piensa únicamente en el bien de su creatura.

Como ya en el siglo II había dicho san Ireneo, su gloria consiste en apoyarnos y ayudarnos en nuestra realización lo más auténtica, plena y feliz posible. Algo que, como bien habían subrayado Schelling y Kierkegaard e incluso llamó la atención aprobadora de Sartre, sólo resulta posible ante Alguien que, actuando desde su plenitud, puede respetar la libertad y la autonomía de aquellos a quienes les está dando todo su ser

Por eso Dios crea creadores y, expresado desde la fe, trae a la vida hijos y hijas, a los que desde siempre y sin excepción acompaña, apoya y ayuda en el camino de la realización más plena posible en la historia y en la esperanza de la realización definitiva, pese al mal inevitable por las leyes de la finitud natural y de las resistencias de la libertad humana. 

Es en este marco donde se inscribe la oración auténtica, con su sentido verdadero. Ante la enfermedad del Papa o de la nuestra o cualquier ser humano, no se trata de reprimir la expresión del deseo o ahogar la compasión. Pero no para expresarlas alimentando la actitud desmovilizadora de una petición que, dejándole encargada a Dios la solución, permite quedar tranquilos y marcharse a casa. Sino de asumirlas activamente, sabiéndonos acompañados en nuestra preocupación y fortalecidos en nuestro deseo para sintonizar con su llamada incansable en el fondo más auténtico de todo corazón humano. Llama a colaborar en su trabajo de llevar adelante su lucha contra el mal inevitable en un mundo finito, donde Él está siempre en el enfermo contra la enfermedad, en la víctima, contra lo victimario, en la esperanza contra la angustia.

Soy muy consciente de que, tras siglos de decir lo contrario, todo esto puede sonar a discurso pío o a especulación teológica. Pero invitaría a traspasar tópicos y volver a las palabras originarias que hablaban en el nombre de Dios. A las voces de los profetas, en favor de los huérfanos y de las viudas, de los esclavos y de los extranjeros. A la Buena Noticia de Jesús, anunciando que, incluso cuando no se cree con la cabeza, Dios cree en el hombre que visita al enfermo, viste al desnudo, da pan al hambriento. No solo apoya y anima, sino que se identifica con el enfermo, con el pobre o con la víctima: “a mí me lo hicisteis”.

 

Andrés Torres Queiruga, teólogo

Religión digital

POR EL FRUTO SE CONOCE AL ÁRBOL. ¿QUÉ CLASE DE FRUTO SOY YO? DOMINGO 8º T.O. (C) (Lc 6, 39-45)


col labrador

 La metáfora del árbol y sus frutos es el hilo conductor de las lecturas de este 8º domingo. La sabiduría popular iba recabando información de la realidad que se estaba viviendo a lo largo de los años, quedaba recogida en dichos, proverbios, patrimonio de todas las culturas antiguas y mediante la observación de los hechos y sus consecuencias se hizo su imagen del ser humano. Su libertad le resulta sorprendente; siempre está en evolución adaptándose a la realidad de lo que acontece tal como es; conserva así su misterio. El ser humano se va definiendo y se va explicando cuando decide y opta libremente; solo después se puede hacer un juicio de él, ver si se ha ajustado o no a la realidad que la vida le puso por delante.

El autor del libro del Eclesiástico (Eclo 27,5-8) y otros, como el de los Proverbios, recoge lo que se ha ido guardando en la memoria colectiva de las comunidades y expone la relación entre lo que uno/a es y lo que dice o hace empleando la imagen del grano, de la vasija y del árbol; la calidad de éstos se revela en la prueba; la del hombre en su decisión (Mt 7,16-20). Dios, que está en el interior, en lo íntimo, conoce todo el ser humano.

El salmista, con un rico lenguaje oriental, insiste en ello para mostrar que los frutos del justo, de la persona íntegra, serán espléndidos y duraderos. En todo caso, la libertad debe estar informada por la justicia y la verdad.

En el Evangelio, Lucas nos recuerda que una actitud crítica frente a los demás es muy sana y recomendable. Pero ha de ir precedida por una postura rigurosa y honestamente autocrítica. Jesús apunta hacia la interioridad como lugar donde se gestan las decisiones más profundas del ser humano y proclama tajante: “sólo quien tiene un corazón bueno puede ser el árbol bueno que da frutos buenos”. Tanto la bondad como la maldad son cualidades de la persona que deben ser desveladas en las circunstancias concretas de cada uno. Es enormemente difícil acceder al interior del ser humano y, por ende, emitir un juicio de valor absolutamente veraz. Ya nos lo advierte el mismo Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados” (Lc 6,37), pues no siempre podemos descubrir lo que de verdad se esconde en lo más profundo de la persona.

La filosofía oriental nos recuerda: “Toma un momento de silencio interno para considerar todo lo que se presenta y toma tu decisión después. Así desarrollarás la confianza en ti mismo/a y la sabiduría”.  

Cristiano/a no es sólo el/a que cree en la esperanza del Reino sino, sobre todo, quien practica las obras de Jesús, no quien dice y no hace; ese sería el fariseo, el levita, los escribas principales adversarios de Jesús.

La fe entraña confianza, obediencia al estilo de Jesús, conocimiento y reconocimiento del Salvador, sin reservas. Las obras no son sólo una consecuencia y manifestación de la fe sino la confirmación de la misma. No hay fe si no se hace acción, trabajo, compromiso. Con todo, también las obras pueden ser una tapadera para maquillar un interés no tan inocente sin relación con las actitudes fundamentales de la persona. De la misma manera, un acto reprobable puede ser fruto de un momento de cólera, de indignación que tampoco refleja la actitud real de la persona.

El ser humano existe para transformar el mundo, humanizarlo y recrearlo constantemente. La fe pues, no es un añadido sino una dimensión esencial de transformación, de liberación. Un aspecto, por otra parte, humilde, auténtico, comprometido, eficaz.

Lo específico del/a seguidor/a de Jesús no es una doctrina ni un código de pureza o determinados preceptos, sino quien practica el amor de Jesús en su vida en la medida que ese amor cambia las relaciones sociales y transforma la persona. Es la savia que fluye incesante en cada Ser. Hemos sido llamados/as para anticipar, como él y en memoria suya, ese futuro que es interrupción[1] de este tiempo de incertidumbre y de amenazas terribles.

La persona creyente transforma su entorno personal y social para hacerlo más libre y humano; se reconoce creyente porque da su adhesión a Cristo, como realidad última y la confiesa a los demás. Si los/as cristianos/as nos desentendemos de las obras, no nos ajustamos a la praxis de Jesús. La calidad de la persona se revela en su decisión y en su actuación, “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16-20).

Lucas quiere que los cristianos de sus comunidades comprendan la palabra de Dios, pero sobre todo que la pongan en práctica. Así es como podrán formar parte de la familia de Jesús. El Dios que transparenta Jesús en su existencia, todo lo que dice, lo que hace, la novedad que anuncia o la denuncia que proclama arriesgándose a la confrontación, no es un universal sin rostro, sino “uno de los nuestros”. No podemos prescindir de las bienaventuranzas, de los/as crucificados/as de todos los tiempos, ni de las expectativas gozosas de los “tabores” visibles en el presente.

San Vicente de Paúl muestra la identificación de Jesús con los pobres, “a mí me lo hacéis” (Mt 25,31). Los pobres son el sacramento y la mediación indiscutible para relacionarse con Dios. La búsqueda de paz interior no puede olvidar la cruz o las bienaventuranzas. La relación con Dios pasa por la conversión a Quien así se identifica en los descartados. La persona que anhela unirse a Él tiene la posibilidad de experimentarlo compartiendo su vida con los necesitados, con los/as hermanos/as.

Retomando el texto, Jesús arremete contra el fariseísmo que se cuela sutilmente en nosotros, quedándonos en las formas, en lo externo, en mi ego y descuidando el fondo, el interior, la relación con Dios en lo más íntimo de mí mismo/a. Por eso la observación, la vigilancia o la escucha de nuestra mente y nuestro corazón es el mejor remedio para evitar la hipocresía y el autoengaño generalizado en nuestra sociedad, en nuestro mundo.

“El que es bueno saca el bien de la bondad de su corazón, y el que es malo saca el mal de la maldad de su corazón; porque de la abundancia del corazón habla su boca”.

Podríamos preguntarnos, ¿qué clase de fruto soy yo?

¡Shalom!

 

Mª Luisa Paret

[1] Categoría que utiliza Johann B. Metz. Dios viene a los campos de exterminio del mundo para salvar, pero su Presencia es eficaz en la medida en que hay hombres y mujeres que interrumpen ese sufrimiento. Cuadernos CJ, 239, F. Javier Vitoria, Dar razón de la esperanza en tiempos de incertidumbre.

DE LO QUE REBOSA EL CORAZÓN HABLA LA BOCA

 


Hay páginas del evangelio que no necesitan explicación porque su mensaje es claro como el agua. Esta que hemos leído es una de ellas.

Muchas veces hemos hablado en nuestras reflexiones de la importancia de las buenas palabras. Decimos que a las palabras se las lleva el viento. Pero, en realidad, las palabras quedan en nosotros como un poso, un recuerdo muchas veces inolvidable. Las buenas y las malas. Porque las palabras desvelan el fondo del corazón.

Por eso se dice al final del pasaje que leemos hoy: DE LO QUE REBOSA EL CORAZÓN HABLA LA BOCA. Todos asentimos: lo que anida en el corazón cobra cuerpo y reflejo en nuestras palabras. Un corazón bueno siempre tiene y encuentra palabras amables. Un corazón retorcido y ruin se manifiesta en palabras que hieren y hacen daño. Palabras amargas. Por eso avisaba Jesús: “que vuestro sí sea sí y vuestro sea no; lo que pase de ahí, viene del mal” (Mt 5,37).

Para decir palabras buenas tenemos que superar hoy la llamada “cultura del desprecio”, esa actitud ante quien piensa distinto que no solamente lo ve como un adversario, sino también como alguien a quien despreciar y maltratar con palabras hirientes. Es la anomalía social de que al mero hecho de tener puntos de vista diferentes vaya asociado al improperio y al insulto. Eso no es compatible con una visión cristiana de la vida.

¿Cómo pasarse justamente al lado contrario, a una cultura del aprecio?

· Aprecia los detalles: porque, como decimos, en los detalles está el gusto. Los detalles muestran la verdad escondida de lo que uno es. Fijémonos en ellos.

· Aprecia sin adular: ya que no hace falta adular, mentir en definitiva, para valorar a una persona o a una situación. Quien quiere seguir a Jesús huye tanto del menosprecio cuanto de la adulación.

· Aprecia aunque no estés de acuerdo: no es necesario estar de acuerdo para apreciar los puntos de vista de otra persona. El aprecio llevará al esfuerzo de buscar un terreno común.

En otras ocasiones hemos citado un número de la FT que es elocuente. Permítasenos traerlo de nuevo a la mesa de la Palabra: «San Pablo mencionaba un fruto del Espíritu Santo con la palabra griega benignidad  (Ga 5,22), que expresa un estado de ánimo que no es áspero, rudo, duro, sino afable, suave, que sostiene y conforta. La persona que tiene esta cualidad ayuda a los demás a que su existencia sea más soportable, sobre todo cuando cargan con el peso de sus problemas, urgencias y angustias. Es una manera de tratar a otros que se manifiesta de diversas formas: como amabilidad en el trato, como un cuidado para no herir con las palabras o gestos, como un intento de aliviar el peso de los demás. Implica «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (FT 223). Las palabras del dictador Trump sobre Gaza son, además de inadmisibles, condenables por ser hondamente despectivas.

Decía san Francisco a sus hermanos que se puede “crucificar con la boca” y daba un consejo muy útil para moderarnos y contener nuestra lengua: «Dichoso quien no dice nada a espaldas del otro que no se atrevería a decir delante de él». Quizá entonces nos sea más fácil decir palabras buenas.

 

LA FALTA DE VERDAD José Antonio Pagola

 

La veracidad ha sido siempre una preocupación importante en la educación. Lo hemos conocido desde niños. Nuestros padres y educadores podían «entender» todas nuestras travesuras, pero nos pedían ser sinceros. Nos querían hacer ver que «decir la verdad» es muy importante.

Tenían razón. La verdad es uno de los pilares sobre los que se asienta la conciencia moral y la convivencia. Sin verdad no es posible vivir con dignidad. Sin verdad no es posible una convivencia justa. El ser humano se siente traicionado en una de sus exigencias más hondas.

Hoy se condena con fuerza toda clase de atropellos y abusos, pero no siempre se denuncia con la misma energía la mentira con que se intenta enmascararlos. Y, sin embargo, las injusticias se alimentan siempre a sí mismas con la mentira. Solo falseando la realidad fue posible hace unos años llevar a cabo una guerra tan injusta como fue la agresión a Iraq.

Sucede muchas veces. Los grupos de poder ponen en marcha múltiples mecanismos para dirigir la opinión pública y llevar a la sociedad hacia una determinada posición. Pero con frecuencia lo hacen ocultando la verdad y desfigurando los datos, de manera que las gentes llegan a vivir con una visión falseada de la realidad.

Las consecuencias son graves. Cuando se oculta la verdad existe el riesgo de que vayan desapareciendo los contornos del «bien» y del «mal». Ya no se puede distinguir con claridad lo «justo» de lo «injusto». La mentira no deja ver los abusos. Somos como «ciegos» que tratan de guiar a otros «ciegos».

Frente a tantos falseamientos interesados siempre hay personas que tienen la mirada limpia y ven la realidad tal como es. Son los que están atentos al sufrimiento de los inocentes. Ellos ponen verdad en medio de tanta mentira. Ponen luz en medio de tanta oscuridad.

ANTES DE CORREGIR A LOS DEMÁS, DEBEMOS PALPARNOS BIEN LA ROPA DOMINGO 8º (C) Lc 6,39-45

fe adulta

 El sermón del llano en Lucas termina con una retahíla de proverbios ancestrales, que tratan de explicar el contenido del mensaje. Recordemos que Mateo lo coloca en lo alto del monte mientras que Lucas nos dice que lo pronunció en un rellano (Jesús bajó del monte y se paró en un rellano). En la mitología de la época el monte era el lugar de la divinidad (de ahí que todas las teofanías se dieran en los montes. El valle era el lugar del hombre. Para Mateo Jesús habla desde el ámbito de lo divino, para Lucas habla desde una situación intermedia. Quiere hacer ver que Jesús hace de puente entre lo divino y lo humano.

Las frases que acabamos de leer y las que leíamos el domingo pasado son refranes que eran patrimonio de todas las culturas del entorno, no son inventadas por Jesús sino un destilado de la sabiduría popular que durante miles de años se había ido condensando en frases rotundas fáciles de recordar. Tengamos en cuenta que durante la mayor parte de la prehistoria humana no hubo escritura y durante la mayor parte del tiempo en que ya se había inventado, la inmensa mayoría de la gente no sabía ni leer ni escribir. Era muy importante facilitar la retención de ideas centrales, que eran claves en la vida de cada día.

Aun en nuestros días estamos acostumbrados a aplicar frases famosas a personajes concretos sabiendo que no las pronunciaron ellos, pero son muy útiles para hacer ver la sabiduría de aquellos a los que se les atribuye o resaltar la importancia de la frase, atribuyéndola a una persona de gran prestigio. En el AT hay un libro que se llama “Proverbios” y que el mismo texto atribuye a Salomón, cuando hoy sabemos que está escrito cuatro siglos después. En el caso de Jesús, está claro que esos proverbios pueden servir para destacar la sabiduría que estaba manifestando en todo momento. Se utilizan como resúmenes de su mensaje. “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”.

Como el evangelio aborda temas tan diversos, hoy nos vamos a fijar en la mota y la viga en el ojo. Lo primero que tenemos que advertir es la importancia que en la vida espiritual ha tenido la luz y la visión como metáfora de las posibilidades de acceder a un ámbito especial de existencia que me abre a otro mundo. En ningún caso se trata del ojo físico. Es un símbolo de las posibilidades que todo ser humano tiene de ver otra realidad que le coloca en situación privilegiada para afrontar la vida entera desde otra perspectiva.

Con esta metáfora nos está advirtiendo de lo complicado de la psicología humana. Los dichos, que se atribuyen a Jesús, muestran un conocimiento de las profundidades del ser humano. En los evangelios nos muestran un Jesús con un increíble conocimiento de la psicología humana. Más que con valores espirituales, la imagen de la mota en el ojo nos habla de la necesidad de conocer nuestro inconsciente y saber orientarnos en esa relación con los demás que nos puede hacer más humanos. Dar importancia en los demás a los fallos que nosotros mismos tenemos es la mejor manera de hacer patente nuestra falsedad. Nos desahogamos criticando en los demás lo que no aguantamos en nosotros mismos.

La naturaleza del ojo es ver. Sin no hay impedimento alguno y el ojo está sano, la visión es la cosa más natural del mundo. Por eso el ejemplo no habla del ojo en sí sino de lo que puede impedir desarrollar la función que le es propia. En los evangelios se utiliza con profusión la imagen de la luz y la visión. El mismo Jesús dijo: yo soy la luz del mundo, el que viene a mí no camina en tinieblas. Y a sus discípulos les dijo: vosotros sois la luz del mundo. Está claro que el que llega a “ver” con claridad, se convierte en luz para los demás.

Esta metáfora del ojo y de la luz es universal y la podemos encontrar en cualquier religión a lo largo del tiempo y el espacio. En las religiones orientales ha tenido incluso mucho más impacto que en occidente. La imagen del tercer ojo es un claro ejemplo de ello. Se habla con toda naturalidad de un ojo especial que permite a la persona descubrir lo que para la inmensa mayoría está oculto. No se trata de una realidad física, aunque a veces se han empeñado en identificarla con un órgano específico del cuerpo. El tercer ojo hace referencia a una sensibilidad especial para descubrir la realidad trascendente y dejarse guiar por ella.

En la religión egipcia el ojo de Horus es una de las claves de interpretación de la espiritualidad. Fue durante milenios el amuleto más potente de los usados. Se encuentra por todas partes en las inscripciones de templos y tumbas. Se creía en su poder de protección tanto para los vivos como para los muertos. Tal es la fuerza de atracción que posee que aun hoy es utilizado como amuleto o tatuaje por personas de todo el mundo.

El afán de corregir a los demás es una constante, sobre todo entre los que nos creemos religiosos. A pesar de que el evangelio nos aconseja la corrección fraterna, no hay nada más peligroso en la vida espiritual. No solo porque nunca podemos estar seguros de lo que es mejor para el otro, incluso cuando hayamos constatado que es bueno para nosotros mismos; sino porque tendemos a corregir al otro desde la superioridad moral que creemos tener. Si te sientas superior, sea moral o intelectualmente, estás incapacitado para ayudar.

La actitud de superioridad nace siempre de la superficialidad, está en estrecha relación con nuestro falso ser. El caparazón que nos envuelve es lo único que nos interesa. En materia del espíritu, creemos que es suficiente con lo aprendido de otros, creyendo que el simple conocimiento nos hace sabios. Jesús nos invita a la autenticidad, es decir, a bajar a lo hondo de nuestro ser y descubrir allí lo que está de acuerdo con lo que somos. Por eso está siempre criticando una acomodación externa a las normas. La única Ley definitiva es la que está escrita en nuestro propio ser y es ahí donde hay que descubrirla para que sea eficaz.

El creernos en posesión de la verdad y por tanto con el derecho de imponerla a otros, es la actitud más contraria al mensaje evangélico. Según el evangelio, debíamos estar siempre con los oídos muy abiertos para escuchar lo que nos pueden decir los demás y con la boca cerrada para no engañar a los demás con nuestros discursos interesados y simplistas. No hay nada más desagradable que un sabelotodo que está siempre queriendo decir la última palabra sobre lo que hay que hacer o evitar. El mundo no está necesitado de maestros sino de discípulos. Dice un proverbio: cuando el discípulo está preparado, el maestro surge.

La imagen del ciego guiando a otro ciego es muy esclarecedora. Parece absurda, pero es la postura que con más frecuencia adoptamos los humanos. Siempre nos creemos con derecho a enseñar porque confundimos nuestra verdad con la verdad. Decía Machado: “tu verdad no, la verdad y ven conmigo a buscarla, la tuya quédatela”. Esto es verdad en todos los aspectos del conocimiento, pero en el aspecto religioso, se ha llevado al paroxismo. Cuando esta postura se institucionaliza se convierte en un verdadero sarcasmo. Solo nos queda un paso para afirmar con toda rotundidad: fuera de la Iglesia no hay salvación.

 

CUATRO ERRORES QUE DEBEMOS EVITAR Domingo 8. CICLO C

 fe adulta


La última parte del “Discurso de la llanura” desconcierta por la variedad de personajes que aparecen: dos ciegos, un discípulo y su maestro, dos miembros de la comunidad, un hombre bueno y otro malo. Y también son muy diversas las imágenes: un hoyo, la mota y la viga en el ojo, el árbol sano y el árbol podrido; higos y zarzas, uvas y espinos. Evidentemente, se trata de frases de Jesús pronunciadas en diversos momentos y circunstancias. Sin embargo, pueden relacionarse con el tema que preocupa a Lucas, leído el domingo pasado: “no juzguéis, no condenéis”.

Cuatro grandes errores

1. Si te consideras con buena vista para juzgar y condenar a los demás, te equivocas. Estás ciego. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caen en el hoyo.

2. Si te consideras muy listo y bien preparado para juzgar y condenar a los demás, te equivocas. No eres un catedrático, sino un alumno de 1º. A lo más que puedes aspirar, después de mucho esfuerzo, es a ser como el catedrático.

3. Si te consideras digno de juzgar y condenar a los demás, te equivocas y eres un hipócrita. Tus fallos son mucho mayores. La viga de tu ojo es mucho más grande que la mota en el ojo de tu hermano y te impide ver bien.

4. Si piensas que cuando juzgas y criticas a los demás lo único que haces es disfrutar o hacerles daño, te equivocas. Te haces daño a ti mismo, porque las palabras que salen de tu boca dejan al descubierto la maldad de tu corazón. [En esta última comparación del árbol bueno y el malo, la clave está en las palabras finales: “De lo que rebosa el corazón habla la boca”. Del hombre bueno nunca saldrán críticas, juicios malévolos ni murmuraciones; solo saldrá perdón y generosidad. En cambio, quien critica, juzga, murmura, revela que tiene el corazón podrido.]

1ª lectura: ¿Quieres saber cómo es una persona? (Eclesiástico 27,5-8)

Este breve texto, desconcertante a primera vista, resulta claro cuando lo relacionamos con las palabras del evangelio: “De lo que rebosa el corazón habla la boca”. ¿Quieres saber cómo es una persona? Fíjate en lo que hace la gente de tu entorno (estamos en el siglo II a.C.).

Cuando quiere separar el trigo de la paja, criba.

Cuando quiere probar una vasija de barro, la mete en el horno del alfarero.

Cuando quiere saber si un árbol es bueno, mira sus frutos.

Cuando tú quieras conocer a fondo a una persona,

 fíjate en cómo razona y en lo que dice.

“De lo que rebosa el corazón habla la boca”.

Reflexión

El “Discurso de la llanura”, aunque no tenga la fama del “Sermón del monte” de Mateo, es un resumen muy bueno de la actitud que debemos tener ante enemigos y hermanos. Generalmente se recuerda más el amor a los enemigos, y es frecuente olvidar el amor a los otros miembros de la iglesia, la obligación de no juzgar ni condenar a quienes piensan o actúan de forma distinta.

El carácter tan radical de algunas afirmaciones requiere explicación. Pero el mejor comentario no está en inglés ni en alemán. Es el mismo evangelio de Lucas. Leyendo y releyéndolo se iluminan muchas frases misteriosas.

 

LA MOTA Y LA VIGA VIII Domingo del TO 2 de marzo Lc 6, 39-45

 

fe adulta

Dos mil años antes de que en las facultades de psicología se estudiara el tema de la “sombra”, Jesús lo resume en un aforismo profundamente sabio, que constituye, a la vez, una herramienta eficaz para vivirnos en verdad hacia nosotros mismos y en respeto incondicional hacia los demás.

El aforismo se concreta de este modo: todo aquello que veo como una “mota” en el otro -aquello que me altera o me crispa emocionalmente- no es sino el reflejo, como en un espejo, de alguna “viga” que hay en mí, de la que quizás ni siquiera era consciente. El otro me hace de espejo porque, aun de manera inadvertida, he proyectado en él aquello que en mí no acepto, no me gusta o rechazo.

El mecanismo de la proyección funciona de este modo: lo que en mí he reprimido, desde el comienzo de mi existencia, permanece oculto, pero nunca eliminado. Es energía psíquica que, al no poder existir en mí, la proyecto fuera, en personas que guardan algún “parecido” con el rasgo que en mí mismo había rechazado. Más en concreto: si el otro me hace de espejo, se debe solo a lo que, previamente, he proyectado en él.

Esto significa que cuantas más cosas me crispan en los otros, más elementos hay en mí que no termino de aceptar. Y, a la inversa, en la medida en que “hago las paces” conmigo mismo, en un ejercicio de lucidez y de humildad, más dejaré de proyectar en los demás, lo cual, a su vez, posibilitará vivir relaciones más constructivas.

No es difícil ver que la integración de la propia sombra constituye una condición imprescindible, tanto para crecer en unificación y armonía personal, como para sanar la vida relacional en todos sus aspectos.

La clave básica en toda esa tarea pasa por la aceptación cada vez más completa de toda nuestra verdad. Porque lo que nos hace daño no es la sombra, sino el hecho de ignorarla o rechazarla. La sombra aceptada nos pacifica interiormente, serena nuestras relaciones haciéndolas respetuosas y, más aún, nos humaniza. Porque solo abrazándola podemos vivirnos en verdad. Y solo la verdad sobre nosotros mismos desmonta la falsa imagen ideal donde buscaba encontrar asiento nuestro ego. El conocimiento y la aceptación de la propia sombra nos baja del pedestal sobre el que pretendía engrandecerse el ego y, de ese modo, nos hace humildes y humanos.

LA SABIDURÍA DE DIOS Lc 6, 39-45

fe adulta

 


¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?

En los hechos y los dichos de Jesús vemos los cristianos la sabiduría de Dios. La sabiduría humana suele expresarse en términos técnicos, al alcance de pocos, y en muchas ocasiones resulta estéril pues no nos enseña a vivir. No es el caso de Jesús, que pone la sabiduría de Dios al alcance de los más sencillos para que podamos vivir con sentido sin equivocar el camino.

Y así, hoy nos dice que no sigamos a los guías ciegos que nos salen al paso para no arriesgarnos a caer en el precipicio; que antes de juzgar a los demás nos miremos a nosotros mismos para no ser injustos en nuestros juicios; que no nos dejemos llevar por las apariencias; que a las personas sólo se las conoce por sus frutos. ¡Qué sencillo y qué profundo!

Pero hoy queremos centrarnos en la forma peculiar que tiene Jesús de decir las cosas. Nosotros somos hijos de los griegos y nos expresamos a través de conceptos fríos y precisos. Jesús es un semita, y se expresa por medio de imágenes y analogías que resultan mucho más ricas y rotundas para hablar de lo trascendente. Por ejemplo, cuando alguien dice que una persona es “hospitalaria”, todos entendemos lo que quiere decir, pero su expresión carece de la fuerza y la riqueza que en el fondo encierra el concepto. En cambio, un semita probablemente lo diría de esta forma: «La puerta de su casa está siempre abierta»... y esta expresión tiene una fuerza muy superior a la del concepto seco con que nosotros la expresamos.

Jesús es un orador genial que arrastra con su palabra a multitudes y es capaz de fascinar hasta a los alguaciles que van a prenderle: «¿Por qué no le habéis traído?» … «Jamás hombre alguno habló como éste». Lo más característico de su estilo son las parábolas, pero también son de resaltar sus exageraciones. Cuando quiere poner el énfasis en algo, inventa una gran exageración y ya nunca se olvida.

Y así, nos habla de la viga en el ojo o de colar el mosquito y tragarnos el camello… y nos sentimos interpelados porque nos vemos fielmente reflejados en ello. O del camello que pasa por el ojo de la aguja… y nos planteamos si es compatible nuestra mentalidad de ricos con el Reino. O de poner la otra mejilla… y entendemos mejor los planteamientos de vida propios de los seguidores de Jesús. O de sacarnos un ojo o cortarnos una mano… y comprendemos la radicalidad con la que Jesús nos anima a tomarnos la vida en serio y no echarla a perder por culpa de las pasiones…

Jesús es un extraordinario conocedor de la naturaleza humana, sabe que tenemos propensión a equivocarnos y se vale de estas exageraciones inverosímiles para señalarnos el camino. El problema es que las tomemos como norma de conducta y vivamos angustiados por no estar a la altura de una moral tan exigente.

 

miércoles, 19 de febrero de 2025

Unión de las Extremas

 ATRIO

Antonio Zugasti, 13-febrero-2025

¿De qué extremas hablamos cuando no referimos a su unión? Pues está claro, de la extrema derecha y  la extrema riqueza. Un personaje que ha saltado mucho a los medios de comunicación con motivo de la elección de Trump, su amigo Elon Musk, personifica muy bien esta unión.

Su riqueza, más de 400.000 millones de dólares, resulta una cantidad obscena en un mundo con millones y millones de hambrientos. Y su postura política no puede estar más clara: abrazo con la neofascista italiana Giorgia Meloni, y descarado  apoyo a la extrema derecha alemana, la AfD. Sin  andarse con rodeos: “Solo AfD puede salvar a Alemania. Fin de la historia”, dijo Musk.

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Abrumado… Extralimitado… Derrocado.

 Redacción de Atrio

Nadie, especialmente Trump, lo sabe todavía.

Su destino, su caída y su perdición están, mientras hablamos, escritos en piedra. Y considerando el papel que lleva, pocos creerán lo que estoy escribiendo aquí. Menos mal. Es mejor no creer ni repetir lo que les estoy diciendo. Afortunadamente, Trump está tan lleno de sí mismo y es demasiado estúpido para ver lo que está haciendo con su dulce victoria. Seguirá haciendo lo que está haciendo —conmocionar y atemorizar , talar y quemar , violar y saquear, una picana colectiva para todos nosotros— porque cree que está hiriendo gravemente a lo que él considera el “enemigo desde adentro”. Usted y yo.

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Argentina. Diputados de Unión por la Patria presentarán un pedido de juicio político a Javier Milei


 Resumen Latinoamericano

El bloque de legisladores confirmó que avanzará en un pedido de juicio político contra el Presidente por su participación “en un delito de estafa cripto”. “Es un escándalo sin precedentes”, aseguraron.
El bloque de diputados de Unión por la Patria informó que presentará un pedido de juicio político contra el presidente Javier Milei, a quien acusan de promover en sus redes sociales una “estafa cripto”. “Es un escándalo sin precedentes”, aseguraron. Ver noticia

El matrimonio feliz no depende de papeles: una reflexión teológica e histórica -- José Carlos Enríquez Díaz

articulosincensura

La institución del matrimonio, tal como la conocemos hoy, ha evolucionado significativamente a lo largo de la historia, y no siempre ha estado ligada a los "papeles de la iglesia" o al reconocimiento sacramental formal que conocemos. Para entender por qué los papeles no son necesarios para un matrimonio feliz y cómo, desde una perspectiva teológica, el sacramento del matrimonio lo realizan los esposos mismos, es vital explorar tanto el contexto histórico como las reflexiones de teólogos progresistas.

El matrimonio antes de los papeles: una tradición que evoluciona

En los primeros siglos del cristianismo, el matrimonio no era considerado un sacramento ni requería la intervención directa de la Iglesia. El Derecho Romano, que influyó profundamente en la organización de las sociedades occidentales, definía el matrimonio como una unio consensualis, es decir, una unión basada exclusivamente en el consentimiento mutuo de los cónyuges. No era necesaria una ceremonia religiosa ni la intervención de autoridades externas. Este enfoque fue adoptado por las primeras comunidades cristianas, que valoraban la autodeterminación de los esposos como base de la unión conyugal.

La Iglesia comenzó a involucrarse más activamente en el matrimonio alrededor del siglo IX, cuando los obispos buscaron formalizar la unión matrimonial para ejercer un mayor control sobre la moralidad y la dinámica social. Sin embargo, incluso entonces, el consentimiento mutuo seguía siendo el criterio determinante. El Papa Alejandro III (1159-1181) estableció que el consentimiento de los esposos, expresado de manera verbal o física, era suficiente para validar un matrimonio, sin necesidad de una ceremonia oficial. Esta doctrina fue reafirmada en el Concilio de Letrán IV en 1215, donde se declaró que los matrimonios clandestinos eran válidos si contaban con el consentimiento de las partes, aunque se recomendaba su publicación para evitar disputas legales o familiares.

Fue recién en el Concilio de Trento (1545-1563) cuando la Iglesia instituyó formalmente la exigencia de que los matrimonios fueran celebrados ante un sacerdote y dos testigos para ser considerados válidos. Esta medida no buscaba redefinir el matrimonio, sino combatir los abusos relacionados con los matrimonios secretos y proteger los derechos de las mujeres y los hijos. Sin embargo, esta regulación formal representó un cambio drástico al trasladar el matrimonio de un acto esencialmente privado a uno controlado por la institución eclesiástica.

El sacramento nace en los esposos, no en la Iglesia

Desde una perspectiva teológica, el matrimonio como sacramento tiene sus raíces en la vida de los contrayentes, y no exclusivamente en la intervención clerical. Los Padres de la Iglesia, como San Agustín, reconocían que el matrimonio era una realidad natural y espiritual que existía antes de la formalización eclesial. San Agustín consideraba que el "bonum coniugii" (bien del matrimonio) residía en tres elementos: la fidelidad, la procreación y el sacramento entendido como la unidad indisoluble entre los esposos. Para él, la bendición eclesial enriquecía el matrimonio, pero no era su elemento constitutivo.

Teólogos contemporáneos como Karl Rahner han argumentado que el matrimonio es un "sacramento existencial", donde los esposos son los verdaderos ministros del sacramento. Rahner enfatizó que el compromiso de amor, expresado en la cotidianidad de la vida matrimonial, es la verdadera manifestación de la gracia divina. Esta visión es coherente con el Catecismo de la Iglesia Católica, que en el numeral 1623 afirma que los contrayentes son los ministros del sacramento y que el sacerdote actúa como testigo. Este enfoque desafía la visión institucionalista del matrimonio y refuerza la idea de que el acto esencial del matrimonio radica en el consentimiento y amor mutuo.

Otro argumento teológico relevante proviene de Edward Schillebeeckx, quien subrayó que el matrimonio es un signo vivo del amor de Dios y que esta realidad no puede ser limitada por estructuras humanas. Schillebeeckx explicó que la comunidad eclesial debe acompañar y apoyar a las parejas, pero no monopolizar el acto matrimonial como un requisito para que sea válido o bendecido.

El contexto histórico: un recordatorio del cambio constante

La historia también muestra que el concepto de matrimonio ha variado considerablemente según las épocas y culturas. En el judaísmo del Antiguo Testamento, el matrimonio era visto como un contrato social y familiar, donde las bendiciones religiosas eran importantes, pero no esenciales para su validez. En los Evangelios, Jesús nunca ordenó un ritual específico para el matrimonio. Su única intervención destacada en una boda fue en Caná, donde transformó agua en vino, un gesto que simbolizaba la abundancia y la alegría, pero no un mandato sacramental formal.

En el mundo moderno, muchos matrimonios felices no están formalizados por la Iglesia, pero están profundamente arraigados en valores cristianos como el amor, la fidelidad y el perdón. Esta diversidad refleja cómo la gracia de Dios opera más allá de las normas institucionales.

Sin embargo, en algunos sectores de la Iglesia, ciertas posturas rígidas sobre el matrimonio tienden a alejarse de la esencia del mensaje evangélico. Algunos clérigos, debido a una formación teológica insuficiente o a un enfoque excesivamente institucional, promueven la idea de que el matrimonio sin la bendición formal de la Iglesia carece de validez ante Dios. Estas visiones no solo ignoran siglos de evolución histórica y teológica, sino que también pueden generar culpabilidad y exclusión en las parejas que optan por formas alternativas de compromiso. Esto contradice el mensaje inclusivo de Jesús, quien colocó el amor, la misericordia y la autenticidad por encima de las normas humanas.

Un amor comprometido: clave para la felicidad matrimonial

Estudios recientes también refuerzan que los elementos institucionales no son determinantes para la felicidad matrimonial. Investigaciones de la Universidad de Cambridge han revelado que factores como la comunicación abierta, el respeto mutuo y la capacidad de resolver conflictos son mucho más influyentes en la estabilidad y satisfacción matrimonial que la formalización religiosa. Estas conclusiones confirman que las relaciones basadas en el amor y el compromiso son plenamente válidas y satisfactorias, independientemente de los papeles o ceremonias.

¡Por otro lado, también es necesario considerar las situaciones en las que el formalismo eclesiástico puede convertirse en un obstáculo! Muchas parejas que no pueden acceder al matrimonio por la Iglesia, ya sea por razones económicas, personales o culturales, experimentan una exclusión injustificada a pesar de vivir relaciones profundamente comprometidas y amorosas. Esto contradice el mensaje inclusivo de Jesús, quien predicó el amor y la misericordia como valores supremos.

Conclusión: más allá de los papeles, el amor prevalece

La historia, la teología y los estudios contemporáneos demuestran que el matrimonio no depende de los papeles de la Iglesia para ser válido o feliz. Desde los primeros siglos del cristianismo hasta los debates actuales, ha quedado claro que el verdadero sacramento del matrimonio está en la entrega mutua de los esposos. Teólogos como Karl Rahner y Edward Schillebeeckx han enfatizado que la gracia divina trasciende las estructuras humanas, mientras que los datos históricos muestran que el matrimonio fue durante siglos un acto privado fundamentado en el consentimiento.

En un mundo donde las estructuras eclesiásticas pueden ser un obstáculo más que una ayuda, es fundamental reconocer que el amor y el compromiso son suficientes para hacer sagrado un matrimonio. Lo esencial no está en cómo se formaliza la unión, sino en cómo se vive en el día a día, reflejando el amor de Dios en las pequeñas acciones cotidianas.

La institución del matrimonio, tal como la conocemos hoy, ha evolucionado significativamente a lo largo de la historia, y no siempre ha estado ligada a los "papeles de la iglesia" o al reconocimiento sacramental formal que conocemos. Para entender por qué los papeles no son necesarios para un matrimonio feliz y cómo, desde una perspectiva teológica, el sacramento del matrimonio lo realizan los esposos mismos, es vital explorar tanto el contexto histórico como las reflexiones de teólogos progresistas.

¿Es posible garantizar la sostenibilidad de la Tierra? -- Leonardo Boff

 


Si tenemos en cuenta la frecuencia de los trastornos que están ocurriendo en la Tierra, especialmente el creciente calentamiento global, sumado al hecho de que los negacionistas, como el presidente Trump, son poderosos, cabe preguntarnos seriamente si el planeta todavía es sostenible o si nos dirigimos hacia una tragedia inmensa.

Tomemos como aviso los datos publicados por el Institute and Faculty of Actuaries de la Universidad de Exeter (Reino Unido), conocido por su seriedad. Ahí se afirma: «con temperaturas 3°C por encima de los niveles preindustriales, la mortalidad humana podrá alcanzar a la mitad de la humanidad, cerca de cuatro mil millones de personas», no en un futuro lejano sino en algunas décadas.

Necesitamos un concepto de sostenibilidad más amplio que el del famoso Informe Brundland (1987) que solo se centraba en el ser humano y omitía la naturaleza. Propongo uno más inclusivo: “Desarrollo sostenible es toda acción destinada a mantener las condiciones energéticas, informativas y físicoquímicas que sustentan a todos los seres, especialmente a la Tierra viva, la naturaleza y la vida humana para asegurar su continuidad y atender las necesidades de la generación presente y de las futuras, de tal forma que se mantenga y enriquezca el capital natural en su capacidad de regeneración, de reproducción y de coevolución”.

¿Qué hacer para garantizar este tipo de sostenibilidad? Estoy convencido de que las narrativas del pasado ya no nos muestran un futuro de esperanza. Esto no significa que vayamos a desistir de mejorar la situación. El principio esperanza que arde dentro de nosotros puede proyectar utopías minimalistas que alivian la vida y preservan la naturaleza. Para eso hay que partir de abajo, del territorio, en el cual se puede construir una sostenibilidad en el marco de las condiciones ecológicas trazadas por la naturaleza, con sus selvas y bosques, sus ríos, su población con sus religiones y tradiciones.

Depende de nosotros si queremos cambiar o seguir por el mismo camino. Ha llegado el momento en que no tenemos otra alternativa sino creer, confiar y esperar en nosotros mismos. Tenemos que beber de nuestro propio pozo. En él están los principios y valores que, activados, podrán salvarnos. Enumero algunos de los principales.

En primer lugar el cuidado. Sabemos por la reflexión antigua (mito del cuidado de Higinio) y por la moderna (Heidegger) que la esencia del ser humano reside en el cuidado, condición para vivir y sobrevivir. Si todos los elementos de la evolución no hubiesen tenido entre sí un cuidado sutil, no habría aparecido el ser humano. Como no tiene ningún órgano especializado, necesita cuidado para vivir y sobrevivir. De la misma forma, la naturaleza si no es cuidada, se muere.

Después, los biólogos (Watson/Crick) demostraron que el amor pertenece al ADN humano. Amar significa establecer una relación de comunión, de reciprocidad con todas las cosas e implica crear un lazo afectivo con ellas.

Es fundamental el valor de la solidaridad. La bioantropología ha mostrado que la búsqueda de los alimentos consumidos comunitariamente permitió el salto de la animalidad a la humanidad. Lo que una vez fue verdadero, vale mucho más aún en los sombríos días actuales.

Somos también seres de compasión: podemos ponernos en el lugar del otro, llorar con él, compartir sus angustias y no dejarlo solo nunca. Es una de las virtudes más ausentes hoy en día.

También somos seres de creación: continuamente estamos inventando cosas para resolver nuestros problemas. Hoy más que nunca la innovación es urgente si no queremos llegar atrasados a la salvaguarda de la vida y naturaleza.

Somos, desde la más remota antigüedad, cuando emergió el cerebro límbico hace 200 millones de años, seres de corazón, de afecto y de sensibilidad. En el corazón sensible reside la ternura, la espiritualidad y la ética. Hoy más que nunca debemos unir mente y corazón, racionalidad y sensibilidad, pues todo el edificio científico se construyó colocando bajo sospecha la afectividad. Por la sensibilidad humanitaria condenamos hoy el genocidio perverso hecho a cielo abierto en la Franja de Gaza de más de 13 mil niños inocentes y de más de 60 mil civiles.

Somos, en lo más profundo de nuestra humanidad, seres espirituales. La espiritualidad es parte de la naturaleza humana, con el mismo derecho de ciudadanía que la inteligencia, la voluntad y la libido. La espiritualidad debe ser distinguida de la religiosidad, si bien pueden venir juntas y potenciarse, pero no necesariamente. La espiritualidad natural es, sin embargo, más originaria. La religiosidad supone y se alimenta de la espiritualidad. La espiritualidad vive del amor incondicional, de la solidaridad, de la compasión, del cuidado de los más frágiles y de la naturaleza.

Más aún, como seres espirituales somos capaces de identificar aquella Energía vigorosa y amorosa que sustenta todas las cosas y todo el universo, ante la cual podemos abrirnos reverentemente. O integramos la espiritualidad natural, viviendo como hermanos y hermanas junto con la naturaleza o nos condenamos a repetir el pasado con todos los peligros que amenazan hoy nuestra existencia.

Una eco-civilización fundada sobre tales valores y principios puede garantizar la sostenibilidad de la Casa Común. Dentro de ella se encuentran los distintos mundos culturales que pueden y deben convivir pacíficamente. ¿Una utopía? Sí, pero una utopía necesaria si es que todavía queremos tener un futuro sostenible junto con la Madre Tierra.


*Leonardo Boff ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad y de amistad social, Vozes 2021.

El genocidio israelí sobre Gaza: «Ya se ha superado la cifra de 61 mil víctimas mortales» -- Diario Al-Quds Libération

 


kaosenlared

La Oficina de Medios del Gobierno en Gaza anunció que el número de víctimas de la guerra en Gaza ha superado los 61.000 mártires, en medio de una destrucción generalizada que ha afectado a diversos aspectos de la vida.Ver noticia

El saqueo continúa -- Eubilio Rodríguez

 


Es el título provocador con que Intermon-Oxfam presenta su último Informe de Enero- 2025 sobre la desigualdad en el mundo. Ofrecemos un resumen del mismo, con algunos datos que nos lo muestra:

En 2024, la riqueza conjunta de los milmillonarios creció tres veces más rápido que en 2023. En cambio, el número de personas que viven en la pobreza apenas ha variado desde 1990.

Estas personas siguen siendo quienes más sufren los efectos de las múltiples crisis, desde las cicatrices de la pandemia hasta los conflictos y la crisis climática. Es un círculo perverso que agrava aún más la pobreza y la desigualdad. 

Hay un falso mantra, reforzado por los medios de comunicación y la cultura popular, de que la riqueza extrema es la recompensa a un talento extraordinario. Nada más lejos de la realidad.  La mayor
parte de la riqueza de los milmillonarios no es fruto del esfuerzo o del emprendimiento sino del saqueo:
el 60 % es heredada, o bien está marcada por el clientelismo y la corrupción, o vinculada al poder monopolístico.

Las raíces de la extrema riqueza de los superricos no están en la meritocracia, sino que son un legado del colonialismo y sus repercusiones. Vivimos en un mundo profundamente desigual y marcado por una larga historia de dominación colonial. Las personas más pobres, las personas racializadas y las mujeres y los grupos excluidos se han visto sometidos, y continúan siéndolo, a una explotación sistemática. 

El colonialismo continúa estando presente en el mundo actual de diversas maneras. El voto de un ciudadano europeo promedio en el Banco Mundial vale 180 veces más que el de una persona de Etiopía.
El sistema actual sigue extrayendo la riqueza del sur global en beneficio del 1 % más rico de la población, que reside mayoritariamente en el norte global, a un ritmo de 30 millones de dólares por hora. 

Ante esta situación, el índice de compromiso por la reducción de la desigualdad, elaborado por Oxfam y Development Finance International revela que, desde 2022, la inmensa mayoría de países
registran tendencias negativas en sus políticas. Nuestras grandes empresas transnacionales contribuyen a aumentar las brechas entre los que más y menos tienen.

Muchas personas no pueden llegar a fin de mes, no pueden cubrir las necesidades básicas. La precariedad laboral, jornadas parciales no deseadas y salarios bajos impiden que estas familias salgan de la pobreza.
Especialmente precaria es la situación de los inmigrantes. El Pacto Europeo sobre Migración y Asilo ha sido criticado por los riesgos que generan para los derechos humanos de las personas migrantes y
refugiadas. Son los que más sufren las condiciones de vida de una situación que, a pesar del crecimiento económico y el aumento del empleo en España, no ha logrado reducir la pobreza laboral.

Si queremos acabar con tal situación, es esencial transformar radicalmente un sistema económico basado en relaciones comerciales coloniales y explotación laboral. Los gobiernos deben reconocer su legado de pobreza y desigualdad estructural, acompañando ese reconocimiento con acciones
concretas. Acabar con los sistemas que conforman el colonialismo moderno, como la gobernanza de instituciones internacionales basada en la dominancia formal e informal del norte global. Hacer que los
más ricos paguen más impuestos para acabar con la riqueza extrema. Promover la solidaridad y la cooperación

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Religión Digital

Los líderes cristianos instan a los dirigentes mundiales a tomar medidas eficaces para detener la catástrofe humanitaria en la Franja y oponerse al proyecto de deportación de todos sus habitantes Ver noticia 

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 el diario

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