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miércoles, 26 de febrero de 2025

DE LO QUE REBOSA EL CORAZÓN HABLA LA BOCA

 


Hay páginas del evangelio que no necesitan explicación porque su mensaje es claro como el agua. Esta que hemos leído es una de ellas.

Muchas veces hemos hablado en nuestras reflexiones de la importancia de las buenas palabras. Decimos que a las palabras se las lleva el viento. Pero, en realidad, las palabras quedan en nosotros como un poso, un recuerdo muchas veces inolvidable. Las buenas y las malas. Porque las palabras desvelan el fondo del corazón.

Por eso se dice al final del pasaje que leemos hoy: DE LO QUE REBOSA EL CORAZÓN HABLA LA BOCA. Todos asentimos: lo que anida en el corazón cobra cuerpo y reflejo en nuestras palabras. Un corazón bueno siempre tiene y encuentra palabras amables. Un corazón retorcido y ruin se manifiesta en palabras que hieren y hacen daño. Palabras amargas. Por eso avisaba Jesús: “que vuestro sí sea sí y vuestro sea no; lo que pase de ahí, viene del mal” (Mt 5,37).

Para decir palabras buenas tenemos que superar hoy la llamada “cultura del desprecio”, esa actitud ante quien piensa distinto que no solamente lo ve como un adversario, sino también como alguien a quien despreciar y maltratar con palabras hirientes. Es la anomalía social de que al mero hecho de tener puntos de vista diferentes vaya asociado al improperio y al insulto. Eso no es compatible con una visión cristiana de la vida.

¿Cómo pasarse justamente al lado contrario, a una cultura del aprecio?

· Aprecia los detalles: porque, como decimos, en los detalles está el gusto. Los detalles muestran la verdad escondida de lo que uno es. Fijémonos en ellos.

· Aprecia sin adular: ya que no hace falta adular, mentir en definitiva, para valorar a una persona o a una situación. Quien quiere seguir a Jesús huye tanto del menosprecio cuanto de la adulación.

· Aprecia aunque no estés de acuerdo: no es necesario estar de acuerdo para apreciar los puntos de vista de otra persona. El aprecio llevará al esfuerzo de buscar un terreno común.

En otras ocasiones hemos citado un número de la FT que es elocuente. Permítasenos traerlo de nuevo a la mesa de la Palabra: «San Pablo mencionaba un fruto del Espíritu Santo con la palabra griega benignidad  (Ga 5,22), que expresa un estado de ánimo que no es áspero, rudo, duro, sino afable, suave, que sostiene y conforta. La persona que tiene esta cualidad ayuda a los demás a que su existencia sea más soportable, sobre todo cuando cargan con el peso de sus problemas, urgencias y angustias. Es una manera de tratar a otros que se manifiesta de diversas formas: como amabilidad en el trato, como un cuidado para no herir con las palabras o gestos, como un intento de aliviar el peso de los demás. Implica «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (FT 223). Las palabras del dictador Trump sobre Gaza son, además de inadmisibles, condenables por ser hondamente despectivas.

Decía san Francisco a sus hermanos que se puede “crucificar con la boca” y daba un consejo muy útil para moderarnos y contener nuestra lengua: «Dichoso quien no dice nada a espaldas del otro que no se atrevería a decir delante de él». Quizá entonces nos sea más fácil decir palabras buenas.

 

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