FUNDADOR DE LA FAMILIA SALESIANA

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SAN JUAN BOSCO (Pinchar imagen)

COLEGIO SALESIANO - SALESIAR IKASTETXEA

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sábado, 6 de agosto de 2022

SÓLO EL PERDÓN

col koldo

 

Sólo el perdón nos sacará de los rincones más oscuros de la historia. No sólo plumas, no sólo folklore mediático... En esa cabeza, profusamente decorada al modo indio, habita un genuino y sincero pesar por lo que hizo mal la Iglesia, un verdadero anhelo de regeneración, de hacer definitivamente las cosas de otra forma.

El Papa ha pedido perdón por los abusos de la Iglesia a niños indígenas. La vida recoja las plumas esparcidas, sane el pretérito desatino en América y tantas otras partes del mundo, sople sobre los rescoldos de las tradiciones sagradas perseguidas, perdidas. El mismo Gran Espíritu "Wakantanka" que alentó todas las tradiciones auténticas, nos conduzca a las inmensas y fértiles praderas del reencuentro.

Dicen las tradiciones indígenas, concretamente la leyenda de Mujer Cría de Búfalo Blanco que cuando pase la tormenta, el rescoldo de las tradiciones sagradas, encenderá un amanecer más resplandeciente que cualquier otro anterior: "La caza será abundante y el Espíritu se regocijará en la armonía de un nuevo orden perfecto. Todo lo que se ha roto volverá a integrarse...". Por ello, los misioneros que nunca debieron haber salido de sus parroquias, ni atravesado inmensos mares, se postran con contrición junto al Pontífice de la esperanza.

Lo sagrado, con todos sus nombres y formas, revivirá a partir de la profética semilla del perdón. Observemos por lo tanto el mundo y sus principales actores con flexibilidad de miras y generosidad en el corazón, la misma generosidad que querremos ver derrochada sobre nuestras propias actuaciones. ¡Gracias siempre Francisco!


MISERICORDIA SOLO PARA PERROS, GATOS Y CABALLOS. (PROHIBIDO AYUDAR A MORIR A LA RAZA HUMANA)


col agua

 

Cuando uno piensa y escribe contracorriente ya se siente miedo. Pero cuando te manifiestas contra "el sunami" de una embarrada tradición absolutizada y de una autoridad usurpada a Dios, entonces mi cobardía me hace callar ante las seguras pedradas del desprecio y el destierro.

No he tenido valor para enfrentarme antes al "problema de la muerte humana" que con tanta dureza, ausencia de racionalidad y falta de misericordia se viene tratando. Hoy no he podido reprimir el desgarro de mi corazón ante tanta "muerte horrible" y me he atrevido a escribir.

Oponerse a lo "religiosamente correcto, a lo impuesto, a lo esculpido en la conciencia colectiva" es terrorífico. Exponerse a una segura condena es de locos. Sin embargo, esa fue la historia de Jesús, al que frágil, ilusa y cobardemente uno pretende seguir.

La absurda teoría que nos imponen los "gurús de turno" se resume en que puedes ser compasivo con tu perro, tu gato o tu caballo. Pero jamás uses la misericordia con tu padre o madre moribundos. El último hachazo -dicen- es misión de la "voluntad de Dios", de un "dios guadaña" que ellos entronizan y nos imponen.

Adelanto el esquema de mis certezas profundas, largamente meditadas, por si alguno no aguanta tragarse este "sapo" completo.

1º.- Me escandaliza que la religión de la Misericordia se obstine en negar la misericordia a los moribundos, es decir, a toda la Humanidad. Porque por ahí pasaremos todos.

La historia avanzará y dejará en ridículo a una religión que olvidó sus raíces. Que no supo comprender y hacerse humana.

Priorizar una "ideología inventada" sobre la misericordia no es cristiano. Querer imponer el "sábado" por encima del "hombre" no es cristiano. Obligar a los seres humanos a morir peor que un perro es abominable.

2º.- La DIGNIDAD del ser humano exige respetar su LIBERTAD, incluso a la hora de morir.

3º.- Los cacareados "cuidados paliativos" son mera excusa. ¿A cuántas personas llegan en realidad? Querer justificar la ausencia de misericordia con rígidos "argumentos ideológicos" es de tramposos.

Lo humano y por ende cristiano es facilitar el proceso de morir a quien "libre y voluntariamente" desea terminar cuanto antes. Podría poner trágicos ejemplos reales de personas buenas que quisieron y no pudieron, pero no quiero alargarme.

4º.- Una limitación, una única limitación para quienes quieren adelantar su muerte: ¿Perjudica a terceros? Si existe "daño a terceros", entonces no es ético adelantar la muerte.

5º.- La libertad es un "don de Dios". Nadie puede privar a nadie de ese don, cuando no suponga daño o peligro para otros.

6º.- La mal llamada "muerte natural" NO es una exigencia de la "voluntad de Dios". Es inmisericorde e inhumano manipular la "voluntad de Dios" para mantener una "falsedad ideológica" que viene arrastrando sufrimientos sin fin a la raza humana.

Dios nos ha entregado la ADMINISTRACIÓN del mundo y de nuestra propia existencia. Él NO quiere el dolor ni la desesperación, siempre quiere la felicidad de sus criaturas. También en el inevitable proceso de morir.

7º.- El colmo del "anticristianismo" es "la orden" de privar al moribundo de los sacramentos, si los solicita y, al tiempo, decide morir dignamente.

8º.- En nuestra santa Iglesia católica, apostólica, romana y pagana en gran medida, se mantienen, por desgracia, muchos fanatismos, errores, ideologías tradicionales, dominación clerical y arrogancia absolutista... ¿Dónde hemos dejado el respeto a la "conciencia profunda" y el no juicio?

Sigo afirmando que nos falta mucha CONVERSIÓN para llegar a ser una "religión humanizadora, positiva, luminosa y alegre" que es la que emana de Jesús de Nazaret. Nos parecemos muchísimo a quienes le persiguieron y le crucificaron.

Vayamos ahora a los argumentos que mantienen y difunden torticeramente los pluscuamperfectos y sus maestros. Básicamente son dos: "el 5º NO matar" y "la muerte es cosa de la voluntad de Dios".

A) No matar. Mienten descaradamente. Nadie habla de "matar", sino de "ayudar a morir y respetar la libertad de morir" cuándo y cómo cada cual decida. De morir no podemos escapar, es nuestra limitación original: caducos y mortales. Pero "quitar el aguijón a la muerte" debe ser obligación de todos y para todos.

Afirma el Papa Francisco: "No podemos ser indiferentes ante el sufrimiento de los más pobres". ¿Pero hay alguien más pobre, más necesitado, más desvalido que un moribundo, un enfermo incurable carcomido por el dolor, un anciano que arrastra la vida y desea la paz?

Al parecer, muchos pueden ser indiferentes ante el "sufrimiento de la muerte". Sus neuronas cuadriculadas e insensibles les hacen esclavos de unos principios falsos. A mí, desde luego, me acongoja la enorme cantidad de "sufrimiento evitable" que causan las leyes al no dejar en libertad a quienes nacemos libres pero somos esclavizados ante la muerte.

La mayoría no teme tanto la muerte como la "forma de morir", temen el dolor de la enfermedad y la agonía.

Yo me he apuntado a la forma de morir de mi abuelo y mi madre. El abuelo con un calcetín puesto y el otro sin poner cuando se levantaba de la cama. Mi madre mientras la ayudaban a levantarse para ir al baño. Aunque yo tuviera garantizada esa forma de morir instantánea, no dejaría de defender la "libertad de morir" para toda la Humanidad. La misericordia que late en mi fondo me lo exige.

B) La voluntad de Dios. El argumento de la "voluntad divina" es ruin, deleznable, irracional e impío. ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo?

Pues simple y llanamente que nos ha creado un "dios canalla". Alguien que caprichosamente a uno le manda un cáncer, a otro un infarto, a otro un accidente mortal y a otro una pluma blanca para que vuele a la eternidad...

Está tan aburrido en su cielo que juega a la ruleta con los humanos y les aplica el "golpe mortal" que en ese momento más le divierte.

Esa ignominiosa forma de pensar es una blasfemia para un cristiano, por más que esté enquistada en doctrinas y mandatos. Nada tiene que ver la "forma de morir" con la "voluntad divina". Como nada tienen que ver el hambre, la enfermedad, las guerras y todos los males del mundo.

Morirse antes o después, de una manera u otra, NO depende de Dios. Morir es un proceso natural inherente a nuestra condición carnal. La "forma de morir" está condicionada por la "forma de vivir" que hayas llevado. Dependerá de si has vivido una vida ordenada y has cuidado tu cuerpo (si has podido) o le has expuesto a innumerables peligros y daños.

Por otro lado, quizás el más determinante, dependerá de tu "herencia genética". Que, a su vez, dependerá del orden o desorden y de las posibilidades de vivir sanamente que hayan tenido tus antepasados.

Así de simple, racional y humano. Son nuestras "formas de vivir" y las de nuestros ancestros, las que condicionarán nuestra "forma de morir".

De ninguna manera es Dios quien aprieta un botón y te deja caer un rayo o un piano, te manda una enfermedad corta o larga, te deja ciego o inmóvil, o, si has sido buenecito, te manda un ángel a recogerte en volandas.

Nuestra obligación humana y cristiana es tanto "ayudarnos a vivir" como "ayudarnos a morir", cuando nuestra libertad y nuestras circunstancias nos empujen a tomar esa decisión.

No existe un mandato divino que exija esperar a que la enfermedad te vaya devorando o te arrastre como a una gacela en las fauces del león. Ni existe impedimento divino para que preveas y decidas tu muerte para cuando tus facultades humanas te hayan abandonado convirtiéndote en un pelele.

La "administración de tu vida y de tu muerte" te está encomendada a ti por el Creador. Tú me ayudas a mí y yo te ayudo a ti, en la vida y en la muerte. Eso es lo humano y cristiano. Eso será lo que se practique en un futuro para bien de toda la Humanidad.

El argumento de la "voluntad divina" es el preferido por los jerarcas religiosos (de todas las religiones), que se revisten a sí mismos de "autoridad divina", para someter a los fieles y privarles de su libre albedrío.

Es el método certero para infundir temor y ser obedecidos. El "temor a la transgresión" (el pecado, que solo ellos pueden perdonar) y el "temor al castigo" (un inexistente infierno eterno).

Es decir, la "voluntad divina" creada, administrada e impuesta por los líderes religiosos, es la mejor arma de manipulación para someter a un Pueblo y privarle de libertades básicas, empezando por la "libertad de pensar y decidir".

"Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen con su poderío. Entre vosotros no debe ser así, sino que si alguno de vosotros quiere ser grande, que sea vuestro servidor; y el que de vosotros quiera ser el primero, que sea el servidor de todos; de la misma manera que el hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida por la liberación de todos" (Mt 20,25).

Que la llamada "voluntad divina" es un arma arrojadiza con la que se amenaza y somete a los fieles lo demuestra sobradamente la historia. Hace dos mil años fue "voluntad divina" crucificar a Cristo (algo que sigue manteniendo la doctrina y liturgia actuales).

Siglos después lo fue enviar a una "guerra santa" a los cruzados. Hace apenas unos siglos se quemaba a brujas y herejes por esa "voluntad". Anteayer se bendecía la pena de muerte. Y hoy mismo se conceden "indulgencias simples o plenarias" con el "dedo de dios"…

Son solo unos ejemplos para demostrar la evidente manipulación de la "voluntad divina" por la que se han cometido tantas atrocidades. Nos han hecho creer que esa "voluntad" mana del autoritarismo de los clérigos reinantes, pero la misma Escritura que ellos sacralizan lo desmiente: "Pondré mi ley en su interior, la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Jer 31,33).

«Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos". Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7,6)

Decía Juan Pablo II "la fe se propone, no se impone". Pero se ha quedado en una frase romántica. La realidad es muy distinta porque para ser buen cristiano, según la dictadura religiosa, estás obligado a tener "fe clerical" (adhesión al Clero) distante y distinta muchas veces de la "fe cristiana" (adhesión a Cristo).

Seguro que nuestros dirigentes religiosos actuales son buenísimos y tienen una buenísima voluntad (también la tenían los fariseos y maestros "in illo témpore"). Pero han olvidado que el Creador nos hizo "libres y autónomos" y no se mete en nuestros guisos diarios, ni en cómo administramos nuestra vida y nuestra muerte.

El único mandato que mana del fondo es el "amor a ti mismo y al otro", que conlleva la buena gestión de los dones recibidos, la compasión y la misericordia. "Pues si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis bajo la ley" (Gal, 5 18).

Es decir, vivir "dejándote amar por Dios y amando" (esa podría ser la redacción actualizada del primer mandamiento de Moisés). Quien se deja amar por Dios buscará administrar bien y gozará las consecuencias, esa felicidad que Él quiere para sus criaturas. Quien ama a los demás será inevitablemente compasivo y misericordioso en la vida y en la muerte, porque la muerte forma parte de la vida. "Dichoso el que toma una decisión y no obra contra su conciencia" (Rom 14,22).

Es una aberración imaginar que cada humano nace con la "condena a la silla eléctrica" en el bolsillo, sin saber si el "corredor de la muerte" será corto o largo, doloroso o siniestro…

Pensar que un "dios perverso" mantiene la dramática y dolorosa incertidumbre de cuándo pulsará el interruptor… es de una irracionalidad e incoherencia tal, que es inexplicable que seres racionales lo mantengan.

Afirmar a continuación que ese "dios del interruptor" es Amor y Misericordia infinita revela una incoherencia tan colosal que no entiendo cómo puede caber en las cabezas -ya no digo en el corazón- de esos "sabios y entendidos" inhumanos…

¿No hay en la vida suficiente esfuerzo y dolor? ¿Por qué quieren imponernos un final peor, en vez de facilitarnos el libre desembarco en la paz? Nacemos llorando. ¿Por qué nos exigen morir gimiendo?

Llegará el día, ya lo creo que llegará, en que la racionalidad y la compasión humanas se impondrán. Y las leyes civiles se adelantarán a la dureza de corazón de unos líderes religiosos más dedicados a dominar que a servir, más aficionados a la proliferación de ritos que a descubrir la conciencia personal, más complacientes con ídolos populares que exigentes en la búsqueda del Dios único y verdadero.

Muchos se escandalizarán por lo que escribo, porque nadie puede imaginar la pasión con que deseo que "abandonando los ídolos, nos volvamos a Dios, para amar y servir al Dios vivo y verdadero" (1Tes 1,9).

 

Jairo del Agua

https://jairoagua.blogspot.com/

¿POR QUÉ NO ME QUEDÉ EN EL PALACIO APOSTÓLICO? POR MOTIVOS PSIQUIÁTRICOS


col jose lorenzo

 religión digital

Entrañable conversación en la Residencia Santa Marta entre dos viejos amigos, el el papa Francisco y el padre Guillermo Marcó, durante 10 años portavoz del Pontífice en sus tiempos de cardenal primado de Buenos Aires, diálogo que fue grabado para el podcast que el sacerdote porteño desarrolla periódicamente en Spotify.

Un diálogo de hora y media alejado de la 'política eclesial’, centrado en el día a día de un Papa, en las cosas más personales de alguien que tiene sentimientos, de cómo se reza siendo Papa, de cómo se vive con la carga del cargo, de cómo se afrontan las dificultades y las crisis, y también el peso de los años…

La añoranza de "callejear"

Por ejemplo, la añoranza de poder pasear tranquilamente por la calle, como hacía en Argentina. “Extraño ‘callejear’ -le confiesa Jorge Mario Bergoglio-. Allá en Buenos Aires o iba caminando o iba en el bus, etcétera. Acá las dos veces que tuve que salir me agarraron in fraganti. Dos veces, en invierno. Siete de la tarde que no pasa nada, todo oscuro... Cuando fui a la óptica una señora desde el balcón [gritó] '¡El Papa!’, y ahí se acabó. Y cuando fui a la disquería que no había nadie -fui a bendecir porque era una disquería de amigos que la habían reestructurado y todo- la gente me pidió '¿por qué no viene usted que nos ayudó tanto?’. Entonces yo fui. Oscuro... tanta mala suerte que justo ahí hay una parada de taxis cerca había un periodista esperando un amigo para tomar un taxi”, recordó, divertido, el Papa.

En este punto, el antiguo portavoz le pregunta, con esa confianza que preside todo el diálogo, sobre “el mito” de sus escapadas del Vaticano. “No es verdad. El qué sí hacía eso era san Juan Pablo II. Se las arreglaba. A él le encantaba esquiar y lo solía hacer. Iba con el gorro de esquí que le cubría la cara y nadie lo reconocía. Esquiaba un poco y después se venía. En verano nadaba. Y un día un chico gritó '¡el Papa!', lo reconoció. Ahí se vino enseguida y comenzó a tener un poco más de miedo, pero si no, nadie lo había reconocido”.

Un embudo, pero al revés

Francisco le contó también cómo fue su decisión de quedarse en Santa Marta en vez de en el Palacio Apostólico. “Cuando me eligieron yo estaba acá en la pieza de enfrente. Al segundo día había tenido que ir tomar posesión al Palacio Apostólico. Impresionante lo amplio que es aquello. No es tan lujoso, pero es enorme. Solo. Es como un embudo, pero al revés. Entra el que tiene permiso para entrar, entonces caes en manos de los colaboradores, perdés independencia y sin gente... Entonces le pedí al Señor ‘dame una salida’”.

“Y una tarde -prosigue el Papa- hablé con el cardenal Bertello. ‘Venite a vivir acá conmigo’, me dijo. ‘Bueno, voy a pensar y veo...’. Al día siguiente, salí de mi pieza y estaba esta puerta abierta y las señoras haciendo limpieza. Y curioseo... ‘¿qué es esto?’. ‘Es el apartamento de huéspedes y lo estamos limpiando para su toma de posesión’. El dormitorio, con un baño ahí, esto para recibir y el estudio. Y yo dije: ‘Papita para el loro’. Dios me lo puso en la mano. Y cuando me preguntaron por qué no me había quedado a vivir allá yo dije: ‘Por motivos psiquiátricos, si no, no hubiera aguantado. Y todos los domingos tengo un almuerzo con los empleados [de Santa Marta], es un almuerzo de familia’”.

"No sabemos manejar las crisis"

Francisco también se refirió a cómo se deben administrar las crisis, sin citar ninguna en concreto, señaló: “No sabemos manejar las crisis. Y las crisis son las que nos hacen crecer. Veo historias de políticos grandes... los fundadores de la Unión Europea, por ejemplo... Estos grandes hombres supieron manejar las crisis y crecieron con las crisis. No las transformaron en conflictos. O blanco o negro. Cuando vos transformás una crisis en conflicto... perdiste. La unidad es mayor al conflicto. El conflicto te reduce”.

En cuanto a los efectos de la edad, le comentó a Marcó que “no la siento. Quizás cuando pienso que tengo 85 años me parece una cosa no real. ¿Yo esta edad? Y me río de mí mismo y sigo adelante”.

"Que los jóvenes hablen con los viejos"

Francisco le confiesa al viejo amigo que la de Europa "es una sociedad de descarte, el que no sirve, se descarta, sea al comienzo de la vida, al final, y ahora con la crisis económica a los jubilados los llaman a que cuidan a los pequeños, y hay que desterrar eso, hay que fomentar el diálogo de los jóvenes con los viejos, hay que insistir mucho en eso, porque los viejos son las raíces".

Francisco le confiesa que la oración que hace es la misma que cuando era obispo, caracterizada por “mirar, cuidar, interceder, agradecer por todo el bien que se hace...”, y que sigue siendo muy madrugador para rezar “porque si no rezás a la mañana, no rezás más, ¿eh? Porque te agarra la picadora de carne”, dice con su típico humor.

En ese tono de confianza, Bergoglio le confiesa que en esos momentos está leyendo un libro del cardenal Martini y, cuando finaliza la entrevista y Marcó le pide una bendición para él y sus oyentes, no se olvida de pedir a Dios "que les dé sentido del humor para superar las dificultades".

ROMA LOCUTA, CAUSA FINITA


col serna

 religión digital

El dicho que encabeza estas reflexiones es casi un apotegma [tomado del sermón 131.10 de san Agustín, pero referido a los judíos], que “como corresponde, se formula en latín”. Significa que, puesto que “Roma” (= el Vaticano) ha hablado sobre un tema, ya no hay nada más que decir. El tema está terminado. Por más que la milenaria historia de la Iglesia lo ha desmentido y sigue desmintiendo, sin embargo, en ciertos ambientes eclesiales, se sigue esperando la palabra definitiva de Roma que ya no se modificará… Hasta que se modifique por el peso de la realidad.

Habitualmente suelen pronunciarlo los sectores más conservadores o tradicionalistas de la Iglesia, los que, con frecuencia, no se caracterizan por su libertad para avanzar con la osadía impulsada por el Espíritu Santo; por el contrario, suelen atarse a la ley, (por ejemplo, al Código de Derecho Canónico, o a momentos de la historia leídos sin ninguna mediación hermenéutica). Hijos o hijas del temor necesitan la seguridad que les da la ley, o la “madre” Iglesia que les da la seguridad necesaria para la vida sin zozobras. El miedo al error, por ejemplo, o a no hacer “lo debido” los o las paraliza hasta que “Roma habla” y, entonces, los o las invade una extraña paz. En ocasiones, además, algunas o algunos, después de que “Roma ha hablado”, “militan” la obediencia, la fidelidad, la “estricta observancia”, y – puesto que – según dicen – el tema está concluido por la “palabra romana” – levantan banderas religiosas de unidad, comunión, carismas, además de las mencionadas…

Se podría analizar el tema en su complejidad y preguntarnos si antes no han roto la unidad o la comunión las actitudes y acciones subrepticias, ocultas o demás mientras salen de cacería de la esperada palabra romana, luego de la cual respiran aliviados o aliviadas, y, ahora sí, visiblemente, pretenden exhibir a “los otros” como artífices de la desunión o la falta de unidad y comunión…

Por otro lado, podríamos hacer referencia a lo que Pedro Casaldáliga llamó “una rebelde fidelidad”, o – más todavía – a que muchos dudamos claramente que la “causa, realmente sea, finita”.

Empecemos señalando que nuestra primera fidelidad ha de ser a nuestra conciencia, el ámbito primero e ineludible de la obediencia. Pero luego de esta, es evidente que la obediencia fundamental y primera ha de ser al Evangelio del Reino. Obediencia que debe también “Roma”, algo que – no pocas veces – ha manifestado desconocer, aunque en ocasiones pida perdones 500 o 1000 años después.

Obedecer remite, etimológicamente (tanto en el latín como en el griego) a la audición. Se trata de una reacción ante lo que se ha escuchado (ob-audire). Una reacción acorde a lo escuchado.

Pero es importante destacar que – teniendo todo esto en cuenta – ciertamente no es lo mismo cuando la obediencia se aplica a ministros ordenados, a religiosos y religiosas y a laicos y laicas. Las y los religiosos, por ejemplo, profesan un “voto” de obediencia. Esta es a un “superior” o “superiora” (sic) y hace referencia, ciertamente, al carisma fundacional de la orden o congregación. De todos modos, ha de señalarse que, carismáticamente, no es lo mismo la obediencia entre los jesuitas que entre los franciscanos, por ejemplo. Se ha de señalar, claramente, que los votos (castidad, pobreza y obediencia) son constitutivos de la vida religiosa, aunque ciertamente estos hayan de entenderse teológicamente y antropológicamente además de carismáticamente (nunca fundamentalistamente). Otra es la obediencia de los ministros ordenados, presbíteros y diáconos, al obispo (“¿prometes respeto y obediencia?”). en este caso no se trata de un voto sino una promesa y, además, ligada al respeto. Pero no debe descuidarse lo ya dicho: también el obispo debe “respeto y obediencia” a la comunidad eclesial (también el obispo de Roma, ciertamente). Si un obispo “mandara” algo contrario al decir y sentir eclesial, ciertamente nadie estaría obligado a “obedecerlo”. Finalmente, la obediencia laical ciertamente se despliega según el propio carisma del laicado. Veamos:

Es sabido que se solía decir que había una Iglesia docente y una Iglesia discente (catecismo de Pio X [1905], nros. 181-192), es decir, una Iglesia que enseña y una que recibe la enseñanza, una que manda y una que obedece. La imagen piramidal que esto implica indicaba que el laicado debe “obedecer” a la Iglesia jerárquica. Dejamos de lado esta imagen de las y los laicos como “menores de edad” (los mismos que merecen ser alimentados con papilla, como sería un catecismo, y a quienes se les da la comunión en la boca). Esta eclesiología quedó felizmente detonada con el Concilio Vaticano II, aunque muchas y muchos que esperan que “Roma” hable, se resisten a sepultar.

Una breve nota sobre el laicado: antes del concilio, y del despliegue de la teología post-conciliar, era habitual presentar a los laicos y laicas como aquellas y aquellos que “no son” … No son religiosos, no son ministros ordenados. No están dirigidos a la perfección (vida religiosa), no son los que deben “conducir” (ministros ordenados), son quienes deben ser enseñados. Modelo de esta eclesiología eran aquellos laicos o laicas cuyo sentido estaba dado por actuar bajo la enseñanza de la jerarquía (ieros – arjé, “principio sagrado”, sic). Los modernos estudios teológicos y bíblicos llevaron a la teología (y al Concilio) a entender la Iglesia como “pueblo de Dios”, una comunidad ya no “jerárquica” sino circular (o poliédrica, como le gusta decir al papa Francisco). Un pueblo en medio de los pueblos implica la urgencia (como la levadura en medio de la masa) de “encarnarse” en la historia, en los sindicatos, la empresa, la educación, la política, los medios de comunicación, etc. Pero no como “obedientes” a una orden superior (al estilo de los antiguos partidos cristianos, empresarios cristianos, etc.) sino como fermento. Quizás hoy la pregunta no sea tanto cuál es el rol o el ser del laicado, sino el de los ministros ordenados. Pero es otro tema.

Decenas de comunidades religiosas, movimientos o instituciones laicales nacidas en la historia, han debido, con resistencias y creatividades, modelarse según la nueva vida eclesial del postconcilio. Curiosamente, hay quienes en nombre de la fidelidad se han resistido y resisten a aquel que “hace nuevas todas las cosas” (ver Ap 21,5). El ejemplo de lo ocurrido con las carmelitas descalzas ciertamente es significativo (curiosamente, en todo el proceso de renovación y división del Carmelo, “Roma” habló varias veces y se desdijo otras tantas) y – como ocurre tantas veces – hoy asistimos a dos grupos bastante diferentes entre sí y cada una afirma y se sienten las “herederas del verdadero espíritu y carisma de Teresa”. Debemos decir, además, que, en este caso, “Roma”, en lugar de ser garante de la unidad, fue artífice de la división.

Muchas palabras entran en cuestión cuando de “obediencia” se trata. Para empezar, una palabra que se escucha y ante la que se reacciona. Pero una palabra que debe “pesarse”, ya que una es la palabra que pronuncia nuestra conciencia, otra la palabra de Dios en las Escrituras, otra la palabra que la Iglesia ha pronunciado de un modo comunitario y universal (un Concilio, por ejemplo), etc. Los llamados “lugares teológicos”, codificados por Melchor Cano (1509 – 1560) pueden ser un buen punto de partida de esta “jerarquía” de “palabras”. Pero no es posible – sería teológicamente insustancial – ignorar el presente. La historia es el ámbito donde se pronuncia (o se encarna) la “palabra”. Es evidente que una palabra sabiamente pronunciada ayer, ha de mirar sabiamente el hoy antes de ser “escuchada” y “obedecida”. El fundamentalismo, una especie de “suicidio del pensamiento”, conduce a una obediencia que está lejos de la libertad, lejos de la vida y lejos de una verdadera “escucha”. Seguir “ciegamente” los textos bíblicos, conduce a una evidente deshumanización y, además, manifiesta un Dios bastante diferente al que Jesús en su vida y palabras eligió revelar. Y, ciertamente, es evidente que, si hemos de “interpretar” a los nuevos tiempos los viejos textos bíblicos, no es menos evidente que hemos de interpretar, adaptados a esos mismos nuevos tiempos, los carismas fundacionales, por ejemplo. “Roma” podrá hablar – ¡tantas veces movida por el temor, por el “siempre se hizo así” o por ideologías siempre conservadoras, cuando no por otras razones menos sanctas todavía! (y algunas canonizaciones son expresión evidente de esto) – pero, ciertamente, antes, es indispensable escuchar lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2-3). “Roma habló” al hablar de Iglesia docente e Iglesia discente (algo que fue aceptado durante todo el s. XX hasta el Concilio) pero luego “Roma habló” otras palabras. Si de unidad y comunión se trata, no es esto en torno a una “palabra” fija sino en torno a un pueblo de Dios vivo, a una unidad “perijorética” (comunión en la diversidad y el amor). La comunión incluye las diferencias en la gestación de la unidad. Sin diferencias se trataría de “uniformidad”, que es algo bastante diferente… y dudosamente evangélico. Habrá quienes, desde el temor, o desde ideologías esclerosadas, salen de cacería en búsqueda de “palabras romanas”, pero habrá quienes desde el amor (que vence al temor, como se sabe; ver 1 Jn 4,18) eligen la osada escucha del Espíritu. Creo que ya sé dónde elijo estar.


CARTA ABIERTA A FRANCISCO I, PAPA

fe adulta

col carminna navia

 

Hermano Francisco:

No creo que nunca esta carta llegue a sus manos ni sea leída por usted, ni mucho menos contestada. Me sale sin embargo desde muy adentro escribirla y mandarla a recorrer el mundo

Quiero decirle que lo admiro mucho. Usted es un líder espiritual de una gran sabiduría y fortaleza. Creo que su intención de tener una vida coherente desde la sencillez y la cercanía a la gente corriente es particularmente valiosa y nos habla de una iglesia más cercana al espíritu de Jesús de Nazaret. Le escribo principalmente con motivo de su viaje a Canadá, un viaje que usted ha definido como de penitencia y petición de perdón a los pueblos indígenas por lo que padecieron en manos de sectores eclesiales. Es un viaje valiente, especialmente en sus condiciones de salud, y esa petición de perdón demuestra una sintonía muy especial y necesaria con los marginados y maltratados de la historia. No es la primera vez que usted pide perdón y hace gestos de acercarse a los otros, a los distintos, a los y las que transitan por rutas diferentes, a los desposeídos y sufrientes.

En sus actitudes motivo mis palabras. La verdad, le confieso que no espero demasiado de la iglesia. Es tan fuerte el desvío que ha tenido de los anuncios y llamados evangélicos que no creo sea posible un regreso a los rumbos de Jesús. Sin embargo, muchos de sus gestos y sus palabras, me devuelven una muy débil luz de la esperanza…

Y ahora, mi motivo central:

¿No cree que la Iglesia, en su cabeza o en la de otra persona, tendría que pedir perdón a la mujer, a las mujeres en general? Hay tantos motivos, a lo largo de la historia, para ello: El silenciamiento a que ha sido y es sometida, la falta absoluta de reconocimiento. El intentar robar la memoria histórica de una potencia como la de María de Magdala. La condena del cuerpo femenino como un camino hacia el pecado. La persecución a las brujas y sus asesinatos. La marginación y condena a unas mujeres tan extraordinarias y visionarias como las Beguinas, el pasar sobre ellas en silencio en todas las historias de la iglesia y memorias de cristianismo. Una lectura bíblica que las ha identificado con el mal, con la “carne” y sus connotaciones negativas, con el pecado. El no haberle dado jamás un lugar adecuado en la estructura eclesial y el negarle la igualdad plena de derechos y oportunidades en este ya avanzado siglo XXI.

Podría seguir enumerando situaciones, pero en esta carta no se trata de eso. Tan sólo quiero apelar a su sensibilidad tan fina en algunos aspectos y problemas, para que ella se ubique frente a las mujeres creyentes y las anime a vivir nuevas épocas, nuevos amaneceres, nuevas acogidas.

Confío en usted, Papa Francisco. Sé que ha intentado reparar el gran error eclesial cometido con las mujeres, al perderse de su aporte y riqueza… pero se trata hasta ahora de intentos tímidos que no se concretan en los puntos nodales. Varias veces usted ha hecho promesas, ha creado comisiones de estudio, ha ofrecido cambios reales creando en muchas una gran ilusión… sin embargo a la hora de concretar, todo se ha diluido. Tal vez usted no pueda cambiar mucho las cosas… tal vez está cautivo de los poderes invisibles… Pero pedir perdón  puede. Está en sus manos. Las mujeres que amamos al Maestro de Galilea, esperamos esa petición que puede abrirnos a un futuro en abrazos sororos.

Pido a la Divina Sabiduría lo bendiga y proteja.

Sororalmente,

Carmiña Navia Velasco

Cali, Julio de 2022 - Desde el Círculo Espiritual María de Magdala.

CLAMOR DE FRANCISCO POR LA PAZ EN UCRANIA: "LA ÚNICA COSA RAZONABLE QUE SE TENDRÍA QUE HACER SERÍA DETENERSE Y NEGOCIAR"

 

col bastante

"La única cosa razonable que se tendría que hacer sería detenerse y negociar. Que la sabiduría inspire pasos concretos de paz". Para estar, según algunos, a punto de renunciar al Papado, Bergoglio no para un segundo quieto. No se ha tomado ni un día libre. Recién llegado de un agotador viaje a Canadá, el Papa Francisco quiso volver a encontrarse con los fieles que lo esperaban en la plaza de San Pedro para el Angelus, el mismo día de la fiesta de San Ignacio de Loyola, y volvió a reclamar un alto el fuego definitivo en Ucrania.

El fundador de los jesuitas y los recuerdos de su 'peregrinaje penitencial' marcaron las reflexiones del Pontífice, quien recordó que "ayer por la mañana regresé a Roma después de seis días en Canadá". "Quiero agradecer a aquellos que han hecho posible esta peregrinación penitencial", señaló, apuntando que hablará del tema este miércoles, en la Audiencia General.

"Agradezco de corazón a los que me han acompañado con sus oraciones, gracias a todos", señaló. "Durante el viaje no he dejado de pensar por le pueblo de Ucrania, agredido y martirizado, pidiendo a Dios que le libre del flagelo de la guerra", recalcó. "Un saludo muy especial a mis hermanos jesuitas. Sean valientes".

Antes, en la reflexión previa, el Papa subrayó las peleas que, lamentablemente, surgen en las familias "a causa de la herencia". Tomando como base el Evangelio de Lucas, Francisco hizo suya la expresión de Jesús: "Guardaos de toda codicia", y aprovechó para preguntar a los fieles. "¿Qué es la codicia?".

"Es la ambición desenfrenada por las posesiones, siempre queriendo enriquecerse. Es una enfermedad que  destruye a las personas, porque el hambre de posesiones es adictiva", contestó, incidiendo en que "especialmente los que tienen mucho nunca están satisfechos: siempre quieren más, y sólo para ellos mismos".

"Pero así ya no es libre: está apegado, es esclavo de lo que paradójicamente debería haberle servido para vivir libre y sereno. En lugar de servir al dinero, se convierte en un servidor del dinero", lamentó. La codicia, añadió, "es también una enfermedad peligrosa para la sociedad: por su culpa hemos llegado hoy a otras paradojas, a una injusticia como nunca antes en la historia, donde unos pocos tienen mucho y muchos tienen poco".

Guerras y comercio de armas

"Pensemos también en las guerras y los conflictos: el ansia de recursos y riqueza está casi siempre implicada. ¡Cuántos intereses hay  detrás de una guerra! Sin duda, uno de ellos es el comercio de armas", recordó.

Pero, no nos engañemos: la codicia no sólo está en "unos pocos poderosos o ciertos sistemas económicos: está la codicia que hay en el corazón de todos". "¿Cómo es mi desprendimiento de las posesiones, de las riquezas? ¿Me quejo de lo que me falta o me conformo con lo que tengo? ¿Estoy tentado, en nombre del dinero y las oportunidades, a sacrificar las relaciones y el tiempo por los demás? Y de nuevo, ¿estoy tentado a sacrificar la legalidad y la honestidad en el altar de la codicia?", preguntó el Papa, quien recalcó el término "'altar' porque los bienes materiales, el dinero, las riquezas pueden convertirse en un culto,  en una verdadera idolatría. Por eso Jesús nos advierte con palabras fuertes. Dice que no se puede servir a  dos señores, y -tengamos cuidado- no dice Dios y el diablo, o el bien y el mal, sino Dios y las riquezas". Porque, en definitiva, "servirse de las riquezas sí; servir a la riqueza no: es idolatría, es ofender a Dios".

¿Qué herencia quiero dejar? ¿Dinero en el banco, cosas materiales, o gente feliz a  mi alrededor, buenas obras que no se olvidan, personas a las que he ayudado a crecer y madurar?

Ricos al estilo de Dios

Frente a esto, alguien podría pensar: "¿No se puede desear ser ricos?". "Por supuesto que se puede, es más, es  justo desearlo, es bueno hacerse rico, ¡pero rico según Dios!", aclaró el Papa, quien insistió en que "Dios es el más rico de todos: es rico en compasión, en misericordia. Su riqueza no empobrece a nadie, no crea peleas ni divisiones".

"Es una riqueza que ama dar, distribuir, compartir. Hermanos, hermanas, acumular bienes materiales no es  suficiente para vivir bien, porque -repite Jesús- la vida no depende de lo que se posee. En  cambio, depende de las buenas relaciones: con Dios, con los demás y también con los que tienen menos.  Entonces, nos preguntamos: ¿cómo quiero enriquecerme? ¿Según Dios o según mi codicia? Y volviendo  al tema de la herencia, ¿qué herencia quiero dejar? ¿Dinero en el banco, cosas materiales, o gente feliz a  mi alrededor, buenas obras que no se olvidan, personas a las que he ayudado a crecer y madurar?", finalizó.

 

Jesús Bastante


EN VELA Y CON CORAZÓN

fe adulta

col depalma

 

Como suele pasar con la mayoría de los relatos evangélicos, las comparaciones puestas en boca de Jesús exceden la realidad y los relatos se vuelven intrigantes y hasta distópicos. Estos relatos del texto de Lucas 12,32-48 son cuanto menos inquietantes y se distancian bastante de lo que podemos suponer que se daba en el entorno de Jesús. Ciertamente, es muy improbable que en la práctica un sirviente se mantenga en vela toda la noche, todas las noches. Mucho más increíble es que el señor, al llegar, si encontrara a sus sirvientes en vela, se pusiera a servir él mismo a los sirvientes. La metáfora resulta cada vez más increíble: sirvientes que cumplen la voluntad de un señor aún sin conocerla y un señor que castiga con azotes o que sirve él mismo a sus sirvientes, según el caso.

Es clara la insistencia de este texto acerca del estar en vela, vigilante, el estar preparados y, sobre todo, acerca de la premura por cumplir la voluntad de Dios. Pero no se trata de hacer lo que se pueda con buena intención o de intentar conocer la voluntad de Dios. El relato es sumamente exigente: conocer o no conocer la voluntad no exime de cumplirla, y todas las acciones tienen consecuencias drásticas.

Este relato podría interpretarse de manera actual como una llamada a convertirnos en agentes de nuestra propia vocación y misión y a discernir en común espacios institucionales que hagan posible la realización del reino. Siempre teniendo presente que estas exigencias son realizables ya que están en función de una promesa: “No temas, pequeño rebaño, que el Padre ha querido darles el reino”.

Por el contrario, el activismo es uno de los desafíos que sigue acechando nuestras comunidades. Incluso en las comunidades más vitales, se piden muchas obras y tareas a cada uno, la mayoría de ellas muy buenas y necesarias. Sin embargo, en el relato no se habla de cantidad; no se trata de hacer mucho; se trata de mantenerse “en vela” y de estar atentos para cumplir la voluntad de Dios. Este estar en vela requiere fe y atención; requiere de un discernimiento individual y de uno colectivo, de uno personal y de otro institucional.

Unir la atención, el trabajo y la acción no resulta sencillo. Los tiempos actuales están mucho más llenos de activismo que de acción. La filósofa Hannah Arendt distingue bien el trabajo y la acción. El trabajo estaría más vinculado al hacer para cubrir las necesidades mientras que la acción sería aquella actividad propiamente humana que tiene un sentido más allá de las necesidades y que contribuye a la formación de realidades que colaboran en el crecimiento y desarrollo de todos y de todo. Por supuesto que un activismo sin dirección queda descartado de las opciones éticas.

En el mismo sentido, orientar las decisiones, las expectativas e incluso las posesiones al sentido profundo de la vida es el requisito sine qua non para que crezca el reino. Y esta disposición desapegada genera entusiasmo, inspiración, prevalece frente a los obstáculos y anima a la acción, porque está claro que “donde está tu tesoro allí está tu corazón”.

 

19 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,32-48) CUIDADO CON EL DINERO MÉFIEZ-VOUS DE L’ARGENT

col pagola

 



Jesús tenía una visión muy lúcida sobre el dinero. La resume en una frase breve y contundente: «No se puede servir a Dios y al Dinero». Es imposible. Ese Dios que busca con pasión una vida más digna y justa para los pobres no puede reinar en quien vive dominado por el dinero.

Pero no se queda solo en este principio de carácter general. Con su vida y su palabra se esfuerza por enseñar a los ricos de Galilea y a los campesinos pobres de las aldeas cuál es la manera más humana de «atesorar».

En realidad, no todos podían hacerse con un tesoro. Solo los ricos de Séforis y Tiberíades podían acumular monedas de oro y plata. A ese tesoro se le llamaba mammona, es decir, dinero que «está seguro» o que «da seguridad». En las aldeas no circulaban esas monedas de gran valor. Algunos campesinos se hacían con algunas monedas de bronce o cobre, pero la mayoría vivía intercambiándose productos o servicios en un régimen de pura subsistencia.

Jesús explica que hay dos maneras de «atesorar». Algunos tratan de acumular cada vez más mammona; no piensan en los necesitados; no dan limosna a nadie: su única obsesión es acaparar más y más. Hay otra manera de «atesorar» radicalmente diferente. No consiste en acumular monedas, sino en compartir los bienes con los pobres para «hacerse un tesoro en el cielo», es decir, ante Dios.

Solo este tesoro es seguro y permanece intacto en el corazón de Dios. Los tesoros de la tierra, por mucho que los llamemos mammona, son caducos, no dan seguridad y siempre están amenazados. Por eso lanza Jesús un grito de alerta. Cuidado con el dinero, pues «donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón». El dinero atrae nuestro corazón y nos seduce porque da poder, seguridad, honor y bienestar: viviremos esclavizados por el deseo de tener siempre más.

Al contrario, si ayudamos a los necesitados nos iremos enriqueciendo ante Dios, y el Padre de los pobres nos irá atrayendo hacia una vida más solidaria. Aun en medio de una sociedad que tiene su corazón puesto en el dinero es posible vivir de manera más austera y compartida.


Jésus avait une vision très claire au sujet de l’argent. Il la synthétise en une phrase courte et percutante: «Vous ne pouvez pas servir Dieu et l’argent». C’est impossible. Le Dieu qui cherche passionnément une vie plus digne et plus juste pour les pauvres ne peut pas régner dans le coeur de ceux qui vivent sous la domination de l’argent.

Mais il ne se contente pas seulement de ce principe général. Par sa vie et sa parole, il tente d’enseigner aux riches de Galilée et aux paysans pauvres des villages quelle est la manière la plus humaine de «thésauriser».

En réalité, tout le monde ne pouvait pas faire fortune. Seuls les riches de Sepphoris et de Tibériade pouvaient accumuler des pièces d’or et d’argent. Un tel trésor était appelé mammona, c’est-à-dire «argent sûr» ou argent «donnant de la sécurité». Dans les villages, il n’y avait pas de pièces de cette valeur en circulation. Certains paysans se procuraient quelques pièces en bronze ou en cuivre, mais la plupart d’entre eux vivaient de l’échange de marchandises ou de services dans un régime de pure subsistance.

Jésus explique qu’il y a deux façons de «thésauriser». Certains cherchent à accumuler toujours plus de mammona; ils ne pensent pas aux nécessiteux; ils ne font l’aumône à personne: leur seule obsession est d’amasser toujours plus. Il existe une autre façon, radicalement différente, de «thésauriser». Elle ne consiste pas à amasser des pièces de monnaie, mais à partager ses biens avec les pauvres afin de «se constituer un trésor dans le ciel», c’est-à-dire devant Dieu.

Seul ce trésor est sûr et reste intact dans le coeur de Dieu. Les trésors de la terre, même si nous les appelons mammon, sont caducs, ne donnent pas de la sécurité et sont toujours menacés. C’est pourquoi Jésus lance un cri d’alarme: Méfiez-vous de l’argent, car «là où est votre trésor, là sera votre coeur». L’argent attire nos coeurs et nous séduit parce qu’il nous donne le pouvoir, la sécurité, l’honneur et le bien-être: mais il risque de nous faire vivre asservis par le désir de toujours avoir plus.

Au contraire, si nous aidons ceux qui sont dans le besoin, nous deviendrons de plus en plus riches devant Dieu, et le Père des pauvres nous entraînera vers une vie plus solidaire. Même au milieu d’une société dont le coeur est fixé sur l’argent, il est possible de vivre de manière plus austère et partagée.

 

¿EN QUÉ QUEDAMOS? ¿DIOS ES UN PADRE QUE NOS HACE REYES O UN SEÑOR QUE NOS QUIERE ESCLAVIZADOS?


col fraymarcos

 fe adulta

DOMINGO 19 (C)

Lc 12,32-48

El texto del evangelio de este domingo forma parte de un amplio contexto, que empezaba el domingo pasado con la petición de uno a Jesús: “dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. A partir de ahí, Lucas propone una larga conversación con los discípulos que abarca 35 versículos y toca muy diversos temas. Se trata de pensamientos dispersos que el evangelista organiza a su manera. Sin duda reflejan la manera de ver la vida de la primera comunidad, como lo demuestra la conciencia de ser un pequeño rebaño.

Que el texto utilice el lenguaje escatológico nos ha despistado. El que nos hable de talegos o tesoros en el cielo que nadie puede robar, o que Dios llegará como un ladrón en la noche, nos ha alejado del Dios de Jesús. Este lenguaje mítico a nosotros hoy no nos aclara nada. Dios no tiene que venir de ninguna parte. Está llamando siempre pero desde dentro. No pretende entrar en nosotros sino salir a nuestra conciencia y manifestarse en nuestras relaciones con los demás. No hemos superado la idea de un Dios que actúa desde fuera.

El domingo pasado se nos pedía no poner la confianza en las riquezas. Hoy se nos dice en quién hay que poner la confianza para que sea auténtica: no en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe, sino afianzamiento en una actitud que debe atravesar toda nuestra vida. Confiadamen­te, tenemos que poner en marcha todos los recursos de nuestro ser, conscientes de que Dios actúa solo a través de sus criaturas, y que solo a través de cada una de ellas la creación evoluciona. Ayúdate y Dios te ayudará.

Se trata de estar siempre en actitud de búsqueda. Más que en vela, yo diría que hay que estar despiertos. No porque puede llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige plena atención a lo que está más allá de los sentidos y no es fácil de descubrir. El tesoro está escondido y hay que “trabajar” para descubrirlo. No se trata de confiar en lo que nosotros podemos alcanzar, sino en que Dios ya nos lo ha dado todo. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros en el momento en que pretende darse él mismo sin limitación ni restricción alguna.

Si hemos descubierto el tesoro que es Dios, no hay lugar para el temor. A las instituciones no les interesa la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad. El miedo paraliza a la persona, que inmediatamente tiene necesidad de alguien que le ofrezca su ayuda para poder conseguir aquello que ya poseían plenamente antes de tener miedo.

Cuentan que una madre empezó a meter miedo de la oscuridad a su hijo pequeño. El objetivo era que no llegara nunca tarde a casa. Con el tiempo, el niño fue incapaz de andar solo en la noche. Eso le impedía una serie de actividades que hacía muy difícil desarrollar su personalidad. Entonces la madre, fabricó un amuleto y dijo al niño: esto te protegerá de la oscuridad. El niño, convencido, empezó a caminar en la noche sin ningún problema, confiando en el amuleto que llevaba colgado del cuello. ¡Sin comentario!

No debo confiar en un Dios externo sino en mi propio ser que tiene a Dios como fundamento y me proporciona posibilidades infinitas desde dentro de mí mismo. Esto es lo que significa: “vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”. El dios araña que necesita chupar la sangre al ser humano no es el Dios de Jesús. El dios del que depende mi futuro, no es el Dios de Jesús. El dios que me colmará de favores cuando cumpla su santa voluntad, no es el Dios de Jesús. El Dios de Jesús es don total, incondicional e irrevocable.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. No tengáis miedo, estad preparados, etc., depende de esta verdad. Si el Reino es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. Nuestra tarea será descubrir el tesoro, todo lo demás surgirá espontáneamente. El Reino es el mismo Dios escondido en lo más hondo de mi ser. Los demás valores deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino.

“Dar el reino” aplicado a Dios no tiene el mismo sentido que puede tener en nosotros el verbo dar. Dios no tiene nada que dar. Dios se da el mismo, pero a nosotros se da antes de que nosotros seamos. De ese modo, Dios se convierte en el sustrato y fundamento de mi ser. Sin Él, yo no sería nada. Ese don descubierto y vivido es la raíz de todas mis posibilidades de ser. Lo que puedo llegar a ser, más allá de mi biología, es consecuencia de esa presencia de Dios en mí que me capacita para llegar a ser lo que Él mismo es.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me entendéis bien: Dios no tiene futuro. Es un continuo presente. Ese presente es el que tengo que descubrir y en él lo encontraré todo. No se trata de esperar a que Dios me dé tal o cual cosa dentro de unos meses o unos años. El colmo del desatino es esperar que me dé, después de la muerte, lo que no quiso darme aquí.

La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma. Todo lo que podemos proyectar para el futuro, está ya aquí y ahora a nuestro alcance. Aquí y ahora puedo vivir la eternidad, puesto que puedo conectar con lo que hay de Dios en mí. Aquí y ahora puedo alcanzar mi plenitud, porque teniendo a Dios lo tengo todo.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando ya. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada; ya lo está haciendo. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que soy. Por eso hay que estar despiertos. Por eso tenemos que vivir el momento presente, porque es el definitivo y en él puedo dar el paso a la experiencia cumbre. Ese sería el momento definitivo de mi vida.

Demostramos falta de confianza y exceso de miedos, cuando buscamos a toda costa seguridades, sea en el más acá sea para el más allá. El miedo nos impide vivir el presente. Solo viviremos cuando perdamos el miedo. Debemos caminar aunque no tengamos controlado ni el camino ni la meta. Mientras más se acerca a la plenitud un ser humano, más vasto es el horizonte de plenitud que se le abre. Esto, que en sí mismo es un don increíble, a veces lleva a la desesperanza, porque la vida humana es siempre un comienzo.


UNA CRISIS ANTIGUA SEMEJANTE A LA NUESTRA Domingo 19 Ciclo C

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El Nuevo Testamento termina con unas palabras de Jesús en el libro del Apocalipsis: “Sí, vengo pronto”. A las que responde el autor: “Amén. Ven, Señor Jesús”. Aunque la mayoría de los católicos no ha leído el Nuevo Testamento de punta a cabo, a muchos les suena la idea de “la segunda venida de Jesús” o “la vuelta del Señor”, sin que a nadie le quite el sueño. Esa vuelta no la ven como algo inmediato, ni siquiera a largo plazo.

A gran parte de los cristianos de finales del siglo I, cuando Lucas escribe su evangelio, le ocurría lo mismo. Desde niños, o desde que se convirtieron, les habían anunciado la pronta vuelta del Señor. Pero pasaron años, décadas, y no volvía. Escritos muy distintos del Nuevo Testamento recogen el desánimo y el escepticismo que se fue difundiendo en las comunidades. Hasta el punto de que el autor de la segunda carta a los Tesalonicenses se siente obligado a negar la inminencia de esa vuelta: «No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por profecías o discursos o cartas fingidamente nuestras, como si el día del Señor fuera inminente» (2 Tes 2,2).

Lucas también está convencido de que el fin del mundo no es inminente. Antes habrá que extender el evangelio «hasta los confines de la tierra», como expone en los Hechos de los Apóstoles. Pero aprovecha la enseñanza de generaciones anteriores para exhortar a la vigilancia.

[El sacerdote puede elegir este domingo entre una lectura breve y otra larga. Sin detenerme en justificar los motivos, aconsejo limitarse a la breve: Lucas 12,39-40.]

Si se lee el texto de forma rápida parece hablar de los mismos personajes: unos criados y su señor. Sin embargo, habla de dos señores distintos:

1) uno que vuelve de un banquete o una boda, al que esperan sus criados;

2) otro, que no tiene criados, se entera de que esa noche va a venir un ladrón, y lo espera en vela.

Dos comparaciones anticuadas

Veinte siglos hacen que incluso las imágenes más expresivas se desvirtúen. La primera comparación trae a la memoria la serie Downton Abbey, con toda la servidumbre perfectamente uniformada y dispuesta a la entrada del palacio esperando la llegada del señor o la familia. Esto pasó a la historia. Imaginando una comparación actual diría: “Tened los chalecos antibalas puestos y las armas preparadas, igual que los agentes de seguridad que esperan que el Presidente salga de la recepción”. Demasiado llamativo, y aplicable a poca gente. Pero lo más desconcertante es lo que hace el Presidente: en vez irse a descansar o a dormir, se dedica a servir la cena a sus guardias.

La segunda comparación, la del que espera la venida del ladrón, también parece anticuada. Esa función la cumplen las agencias de seguridad y la policía. Sin embargo, dados los numerosos fallos en este campo, es posible que el dueño de la casa se mantuviese en vela.

Los protagonistas y los consejos

Las imágenes tan distintas de los criados (1ª comparación) y del dueño de la casa (2ª) se refieren a nosotros, los cristianos. El otro gran protagonista es Jesús, presentado una vez como señor y otra como ladrón. Como señor es algo caprichoso, puede volver a cualquier hora, sin avisar; y lo mismo le ocurre como ladrón.  

Ya que se trata de dos comparaciones distintas, los consejos también difieren: en el primer caso, debemos imitar a los criados que esperan a su señor, con paciencia, aceptando que venga cuando quiera; en el segundo, imitar al propietario que espera al ladrón, preparados para la llegada imprevista del Hijo del hombre.

Hay también una notable diferencia en cuanto al tono: la primera comparación da por supuesto que el señor encontrará a los criados vigilando y los proclama dos veces bienaventurados. La segunda tiene un tono de amenaza y peligro.

De la vuelta del Señor al encuentro con el Señor

A mediados del siglo XX, los Testigos de Jehová estaban convencidos de que el fin del mundo sería en 1984 (70 años después de 1914, el comienzo de la Primera Guerra Mundial). Supongo que ahora mantendrán otra fecha. Pero no debemos reírnos de ellos. La adaptación de antiguas profecías a nuevas realidades es frecuente en el Antiguo Testamento y también en la iglesia primitiva.

En el caso concreto de la lectura de hoy, sin negar la vuelta del Señor, el acento se ha desplazado a algo más cercano e indiscutible: el encuentro personal con él después de la muerte. En esta perspectiva, la exhortación a la vigilancia sigue siendo totalmente válida.

Pero vigilar no significa vivir angustiados, sino cumplir adecuadamente las propias obligaciones, como recuerdan las exhortaciones de las cartas del Nuevo Testamento: en la vida de familia, el trabajo, la sociedad, la comunidad, es donde el cristiano demuestra su actitud de vigilancia.

La primera lectura

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría 18, 6-9, ofrece dos posibles puntos de contacto con el evangelio.

Primer punto de contacto: vigilancia esperando la salvación.

El libro de la Sabiduría piensa en la noche de la liberación de Egipto

El evangelio, en la salvación que traerá la segunda venida de Jesús.

En ambos casos se subraya la actitud vigilante de israelitas y cristianos.

Segundo punto de contacto: solidaridad

Al momento de salir de Egipto, los israelitas se comprometen a compartir los bienes: serían solidarios en los peligros y en los bienes.

En la forma larga del evangelio, Jesús anima a los cristianos a ir más lejos: Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo.

Reflexión final

Leer este evangelio en el primer domingo de agosto, cuando muchos acaban de empezar las vacaciones, no parece lo más adecuado. Sin embargo, precisamente al comienzo de las vacaciones es cuando más nos aconsejan una actitud de vigilancia: con respecto a la protección de la casa, las ruedas del coche, la revisión del motor, la protección de los rayos solares… Siendo realistas, también al comienzo de las vacaciones es cuando muchos se encuentran definitivamente con el Señor. La vigilancia no es solo para el otoño.


LA TRAMPA DE LA CODICIA Domingo XIX del T.O. 7 de agosto Lc 12, 32-48

col lozano art


fe adulta

La sentencia de Jesús invita a poner luz en aquello que consideramos nuestro tesoro. ¿Qué es, en la práctica, más allá de las palabras, lo realmente importante para mí? Porque será eso lo que me movilizará, ya que ahí habré puesto también mi corazón.

Un modo simple de saber cuál es nuestro tesoro consiste en ver cómo reaccionamos ante las diferentes pérdidas o las frustraciones. Porque aquella pérdida o frustración que más me altere será un indicador inequívoco de que allí tenía puesto mi corazón. La explicación es simple: reaccionamos con mayor intensidad cuanto más valoramos aquello que perdemos. La alteración que nos produce una pérdida es directamente proporcional al valor que atribuimos al objeto perdido y al apego que vivíamos hacia él.

Por lo tanto, únicamente podremos liberarnos de los falsos “tesoros”, que terminan confundiéndonos y esclavizándonos, cuestionando, tanto el valor que atribuimos a las cosas, como nuestro apego a las mismas. Es claro que valor y apego son deudores del modo como nos vemos a nosotros mismos. Al crecer en comprensión de lo que soy, siendo consciente de que, en mi verdadera identidad, soy plenitud de consciencia, dejaré de atribuir un valor desproporcionado a lo que solo es un objeto. Y, en consecuencia, aflojará en la misma medida el apego que vivía hacia él.

Dicho brevemente: la comprensión relativiza tanto el valor como el apego. Porque desnuda a los objetos de su pretensión de ser “tesoros”, lo cual permite, a su vez, que nos liberemos del apego y pongamos nuestro “corazón” en lo realmente real.

¿Qué es lo que más valoro? ¿A qué estoy más apegado?

  

POR UN PLATO DE LENTEJAS


col munarriz

comentario editorial fa7

 

Lc 12, 32-48

«No acumuléis tesoros en la tierra…»

La cultura de la riqueza nos ha proporcionado un bienestar inimaginable hace tan solo unos años, pues, al menos en apariencia, la felicidad es la tónica general entre los ciudadanos de las sociedades opulentas. Vistas desde una sociedad próspera como la nuestra, las recomendaciones que hoy leemos en el evangelio parecen muy poco afortunadas, y da la impresión de que Jesús no llegó a vislumbrar siquiera el potencial que tiene el progreso para llenar la vida y generar felicidad.

Pero si escarbamos un poco bajo la superficie, quizá comprobemos que el precio que estamos pagando por mantener esta prosperidad es desmedido, y ello sin necesidad de aludir a los grandes problemas globales que nos están abocando al desastre, sino limitando nuestra reflexión al ámbito personal.

Porque bajo esa superficie engañosa y aparente, encontramos en primer lugar una sociedad compleja en extremo que nos abruma; que nos somete a tal cúmulo de preocupaciones, compromisos y desvelos, que nos impide encontrar el sosiego y la paz necesarios para plantear la vida en plenitud y vivirla con sentido.

Pero hay más, porque si seguimos profundizando, caeremos en la cuenta del grado de alienación que nos produce el dinero y todo lo que se puede comprar con dinero. No es que la riqueza en sí sea mala, y de hecho hay quien la convierte en talento para construir el Reino, pero suele ocurrir que no somos nosotros los que poseemos las riquezas, sino que son las riquezas las que nos poseen a nosotros. Convertimos así un talento en una “pasión” que nos esclaviza, que nos maneja a su antojo y nos transforma en personas “pasivas” a su merced.

En la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, Jesús nos muestra hasta qué punto puede endurecerse el corazón de alguien que está poseído por sus riquezas. Dice la parábola que Epulón, en medio de los tormentos del Hades, le pide a Abraham que envíe a Lázaro a visitar a su padre y a sus hermanos para que se arrepientan y eviten su destino, y Abraham le contesta: «No harán caso, aunque resucite un muerto».

Finalmente, y allá en el fondo, descubrimos que la cultura de la riqueza nos enfrenta nada menos que a nuestra propia esencia, porque el motor de nuestro mundo es la ambición, y la ambición nos inhabilita para compadecer, para perdonar, para ayudar, para servir, y nos convierte en personas peligrosas carentes de humanidad y capaces de cualquier cosa por alcanzar sus objetivos.

Y la conclusión es que quizá Jesús no andaba tan descaminado; que quizá debamos preguntarnos si lo que el mundo llama progreso, no es en realidad una tiranía despiadada que nos impide vivir con sentido, nos esclaviza y nos deshumaniza…

Quizá debamos preguntarnos si no estamos vendiendo la primogenitura por un plato de lentejas.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí